DE LA TIERRA A LA LUNA
por Julio Verne
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Un enemigo para veinticinco millones de amigos
Los más insignificantes pormenores de la empresa del Gun-Club excitaban el
interés del público americano, que seguía uno tras otro todos los pasos de la
comisión. Los menores preparativos de tan colosal experimento, las cuestiones
de cifras que provocaba, las dificultades mecánicas que había que resolver, en
una palabra, la ejecución del gran proyecto le absorbía completamente.
Más de un año había de mediar entre el principio y la conclusión de los
trabajos, pero este transcurso de tiempo no podía ser estéril en emociones. La
elección del sitio para la construcción del molde, la fundición del
columbiad, su muy peligrosa carga, eran más que suficientes para excitar la
curiosidad pública. El proyectil, apenas disparado, desaparecería en algunas décimas
de segundo, sin ser accesible a mirada alguna; pero lo que llegaría a ser después,
su manera de conducirse en el espacio y el momento de llegar a la Luna, no podían
verlo con sus propios ojos más que unos cuantos privilegiados. Así pues, los
preparativos del experimento, los pormenores precisos de la ejecución, constituían
entonces el verdadero interés, el interés general, el interés público.
Sin embargo, hubo un incidente que sobreexcitó de pronto el atractivo puramente
científico.
Ya se sabe que el proyecto de Barbicane había agolpado en torno de éste
numerosas legiones de admiradores y amigos. Pero aquella mayoría, por grande,
por extraordinaria que fuese, no era la unanimidad. Un hombre, un solo hombre en
todos los Estados de la Unión, protestó contra la tentativa del Gun-Club y la
atacó con violencia en todas las ocasiones que le parecieron oportunas. Es tal
la naturaleza humana, que Barbicane fue más sensible a esta oposición de uno
solo que a los aplausos de todos los demás.
Y eso, pese a que conocía el motivo de semejante antipatía, y que conocía la
procedencia de aquella enemistad aislada, enemistad personal y antigua, fundada
en una rivalidad de amor propio.
El presidente del Gun-Club no había visto ni una vez en la vida a aquel enemigo
perseverante, lo que fue una dicha, porque el encuentro de aquellos dos hombres
hubiera tenido funestas consecuencias. Aquel rival de Barbicane era un sabio
como él, de carácter altivo, audaz, seguro de sí mismo, violento, un yanqui
de pura sangre. Se llamaba capitán Nicholl y residía en Filadelfia.
Nadie ignora la curiosa lucha que se empeñó durante la guerra federal entre el
proyectil y la coraza de los buques blindados, estando aquél destinado a
atravesar a ésta y estando ésta resuelta a no dejarse atravesar. De esta lucha
nació una transformación de la marina en los Estados de los dos continentes.
La bala y la plancha lucharon con un encarnizamiento sin igual, la una creciendo
y la otra engrosando en una proporción constante. Los buques, armados de
formidables piezas, marchaban al combate al abrigo de su invulnerable concha. El
Merrimac, el Monitor, el Ram Tennessee, el Wechausen(Buques de la Armada
americana.) lanzaban proyectiles enormes, después de haberse acorazado para
librarse de los proyectiles contrarios. Causaban a otros el daño que no querían
que los otros les causasen, siendo éste el principio inmoral en que suele
descansar todo el arte de la guerra.
Y si Barbicane fue el gran fundidor de proyectiles, Nicholl fue un gran forjador
de planchas. El uno fundía noche y día en Baltimore, y el otro forjaba día y
noche en Filadelfia. Los dos seguían una corriente de ideas esencialmente
opuestas.
Apenas Barbicane inventaba una nueva bala, Nicholl inventaba una nueva plancha.
El presidente del Gun-Club pasaba su vida pensando en la manera de abrir
agujeros, y el capitán pasaba la suya pensando en la manera de impedirle que
los abriera. He aquí el origen de una rivalidad continua que se convirtió en
odio personal.
Nicholl se aparecía a Barbicane en sus sueños bajo la forma de una coraza
impenetrable contra la cual se estrellaba, y Barbicane se aparecía en sus sueños
a Nicholl como un proyectil que le atravesaba de parte a parte.
Los dos sabios, si bien seguían dos líneas divergentes, se hubieran al fin
encontrado a pesar de todos los axiomas de geometría, pero se hubieran
encontrado en el terreno del duelo. Afortunadamente, aquellos dos ciudadanos,
tan útiles a su país, se hallaban separados uno de otro por una distancia de
50 a 60 millas, y sus amigos hacinaron en el camino tantos obstáculos que no
llegaron a encontrarse nunca.
No se podía decir de una manera positiva cuál de los dos inventores había
triunfado del otro. Los resultados obtenidos volvían difícil una apreciación
justa. Parecía, sin embargo, que al fin la coraza había de ceder a la bala.
Con todo, había dudas entre las personas competentes. En los últimos
experimentos, los proyectiles cilindrocónicos de Barbicane se clavaron como
alfileres en las planchas de Nicholl, por cuyo motivo éste se creyó
victorioso, y atesoró para su rival una dosis inmensa de desprecio. Pero más
adelante, cuando Barbicane sustituyó las balas cónicas con simples granadas de
seiscientas libras, el presidente del Gun-Club tomó su desquite. En efecto,
aquellos proyectiles, aunque animados de una velocidad regular, rompieron,
taladraron, hicieron saltar en pedazos las planchas del mejor metal.
A este punto habían llegado las cosas, y parecía que la bala había quedado
victoriosa, cuando terminó la guerra, y terminó precisamente el mismo día en
que Nicholl concluía una nueva coraza de hierro forjado, que era en su género
una obra maestra, capaz de burlarse de todos los proyectiles del mundo. El capitán
la hizo trasladar al polígono de Washington, desafiando a que la destruyeran
los proyectiles del presidente del Gun-Club, el cual, hecha la paz, se negó a
la prueba.
Entonces Nicholl, furioso, ofreció exponer su plancha al choque de las balas más
inverosímiles, llenas o huecas, redondas o cónicas.
Ni por ésas; el presidente no quería comprometer su última victoria.
Nicholl, exasperado por la incalificable obstinación de su adversario, quiso
tentar a Barbicane dejándole todas las ventajas. Barbicane siguió terco en su
negativa. ¿A cien yardas? Ni a setenta y cinco.
-A cincuenta -exclamó el capitán insertando su desafío en todos los periódicos-,
colocaré mi plancha a veinticinco yardas del cañón, y yo me colocaré detrás
de ella.
Barbicane hizo contestar que aun cuando el capitán Nicholl se colocase delante,
no dispararía un solo tiro.
Nicholl, al oír esta contestación, no pudo contenerse y se deshizo en
insultos; dijo que la cobardía era indivisible, que el que se niega a tirar un
cañonazo está muy cerca de tener miedo al cañón; que, en suma, los
artilleros que se baten a 6 millas de distancia han reemplazado prudentemente el
valor individual por las fórmulas matemáticas, y que hay por lo menos tanto
valor en aguardar tranquilamente una bala detrás de una plancha como en
enviarla según todas las reglas del arte.
Siguió Barbicane haciéndose el sordo. O tal vez no tuvo noticia de la
provocación, absorbido enteramente como estaba entonces por los cálculos de su
gran empresa.
Cuando dirigió al Gun-Club su famosa comunicación, el capitán Nicholl se salió
de sus casillas; mezclábase con su cólera una suprema envidia y un sentimiento
absoluto de impotencia. ¿Cómo inventar algo superior a aquel columbiad de 900
pies? ¿Qué coraza podía idearse para resistir un proyectil de veinte mil
libras?
Nicholl quedó abatido, aterrado, anonadado por aquel cañón, pero luego se
reanimó y resolvió aplastar la proposición bajo el peso de sus argumentos.
Atacó con violencia los trabajos del Gun-Club, publicando al efecto numerosas
cartas que los periódicos reprodujeron. Quiso demoler científicamente la obra
de Barbicane. Empeñado el combate, se valió de razones de todo género con
harta frecuencia especiosas y rebuscadas.
Empezó a combatir a Barbicane por sus cifras. Se esforzó en probar por A+B la
falsedad de sus fórmulas, y le acusó de ignorar los principios rudimentarios
de la balística. Echó cálculos para demostrar, amén de otros errores, que
era absolutamente imposible dar a un cuerpo cualquiera una velocidad de doce mil
yardas por segundo; con el álgebra en la mano sostuvo que aun en el supuesto de
que se consiguiera esta velocidad, jamás un proyectil tan pesado traspasaría
los límites de la atmósfera terrestre. Ni siquiera iría más a11á de 8
leguas. Más aún, suponiendo adquirida la velocidad suficiente, la granada no
resistiría la presión de los gases desarrollados por la combustión de un millón
seiscientas mil libras de pólvora, y aunque la resistiera, no soportaría una
temperatura semejante, se fundiría al salir del columbiad, y convertida en
lluvia de hierro derretido, caería sobre el cráneo de los imprudentes
espectadores.
Barbicane, sin hacer caso de estos ataques, continuó su obra.
Entonces Nicholl miró la cuestión bajo otros aspectos. Dejando a un lado su
inutilidad absoluta, consideró el experimento como muy peligroso para los
ciudadanos que autorizasen con su presencia tan reprobado espectáculo y para
las poblaciones próximas a aquel cañón vituperable. Hizo notar también que
el proyectil, si no alcanzaba, como no lo alcanzaría, el objetivo a que se le
destinaba, caería y la caída de una mole semejante, multiplicada por el
cuadrado de su velocidad, comprometería singularmente algún punto del globo.
Sin atacar los derechos de los ciudadanos, había llegado el caso en que la
intervención del gobierno era de absoluta necesidad, pues no era justo
comprometer la seguridad de todos por el capricho de uno solo.
Véase a qué exageraciones se dejaba arrastrar el capitán Nicholl. Nadie
participaba de su opinión, ni tuvo en cuenta sus funestos pronósticos. Se le
dejó gritar y desgañitarse cuanto le diera la gana. Así quedó constituido el
capitán en defensor de una causa perdida de antemano; se le oía, pero no se le
escuchaba, y no privó al presidente del Gun-Club, ni de uno solo de sus
admiradores. Barbicane no se tomó siquiera la molestia de contestar a los
argumentos de su implacable rival.
Acorralado en sus últimas trincheras, Nicholl, ya que no podía pagar con su
persona, resolvió pagar con su dinero.
En el Enquirer, de Richmond, propuso públicamente una serie de apuestas en la
forma siguiente:
Apostó:
1.° A que no se reunirían los fondos necesarios
para llevar a cabo la empresa del Gun-Club.................. 1.000 dólares
2.° A que la fundición de un cañón de
900 pies resultaría impracticable y no tendría éxito ........2.000 dólares
3.° A que sería imposible cargar el columbiad, y a que
la pólvora se inflamaría por la Bola presión del proyectil....3.000 dólares
4.° A que el columbiad reventaría al primer disparo ........ 4.000 dólares
5.° A que la bala no alcanzaría a más de 6 millas y caería
a los pocos segundos de haberla disparado ...................5.000 dólares
Corno se ve, era importante la suma que, en su obstinación invencible,
arriesgaba el capitán. Tratábase nada menos que de 15.000 dólares.
A pesar de la importancia de la apuesta, recibió el 19 de mayo un pliego
lacrado. Era lacónico:
«Baltimore,18 de octubre. »
Aceptadas.
BARBICANE.»