TEOLOGÍA INFANTIL
Lector, ¡hasta de teólogo haré
alarde!
Con Juan, con Margarita y con
María
tuve ayer, a las cuatro de la
tarde
una gran discusión de teología.
Nunca estudié esa ciencia ni me
viste
en tratos con los sabios
tonsurados,
ni tuve como muchos "noche
triste"
ni conozco los cánones
sagrados.
Pero tienen los niños unas
cosas
y hacen tales preguntas a su
modo,
que entre muchas misiones
peligrosas
tiene un papá la de explicarlo
todo.
Pregunta existe que en su fondo
encierra
un gran caudal de ciencia
comprimida:
¿Por qué nacen los hombres en
la tierra?
¿Cómo vienen los hombres a la
vida?
¿Quién ha clavado el sol en el
espacio?
¿Quién construyó tal alta la
montaña?
¿Por qué enferma el que vive en
un palacio
y está sano el que habita en la
cabaña?
Y otras cuestiones con diversos
temas
sacados de dos mil filosofías,
que llaman en las cátedras:
problemas,
y en el hogar se llaman
niñerías.
La primera razón en ciencia y
artes
la adquiere el niño en la
materna falda.
¿Dónde está Dios? En todas
partes.
Tal dice el catecismo de
Rispalda.
Pero esto que al principio
satisface
por ser la solución fácil y
nueva,
después no le conforma, no le
place,
busca el último análisis: la
prueba
Ayer, hablando en el idioma
llano
que en nada amengua el paternal
respeto,
después de que Margot tocó en
el piano
un fácil pot-pourrí de
Rigoletto,
se vino a mi con intención
pensada
y así como entre veras y entre
chiste,
me dijo a mis rodillas apoyada:
¿Tú me vas a probar que Dios
existe?
Ante cuestión tan ardua, lo
confieso,
me sentí confundido, anonadado,
y por ganar el tiempo, le di un
beso,
saqué un cigarro y me quedé
callado.
Margot me contempla con fijeza
y sin chistar, pendiente de mis
labios,
creyendo al ver desnuda mi
cabeza
que cuantos calvos hay, todos
son sabios.
Oyeron sus hermanos la pregunta
y dejando muñecas y tambores
sentados gravemente, como en
junta
a discutir se sientan los
doctores.
Me clavaron cual dardos sus
miradas,
y con gran confusión, perdido
el tino,
diserté con razones no pensadas
sobre la Summa de Tomás de
Aquino.
¿La razón natural? No era
argumento.
¿Intuición? ¡Qué misterio tan
profundo!
Era preciso hallar en el
momento
lo que entiende y acepta todo
el mundo.
Mira, dije a Margot, tienes
delante
los papeles que Juan llenó de
trazos,
con ellos voy a hacer en un
instante
más de dos centenares de
pedazos.
Llévalos y con ellos en tu
alcoba
formas una montaña de manera
que no pueda ni el viento ni la
escoba
cambiar su forma, ni sacarlos
fuera.
Pon gran seguridad, el caso es
grave,
cierra puertas, rendijas y
ventanas,
y sin prestar a tu papá la
llave
dejemos que transcurran dos
semanas.
El término se vence, llega el
día
en que abrimos la puerta con
anhelo
y encontramos tú y yo, Juan y
María,
regados los papeles en el
suelo.
¿Quién podrás figurarte que
habrá sido?
Dije aquí terminando mis
razones.
Y los tres, declarándome
vencido,
exclamaron a coro: ¡los
ratones!
Los ratones, muy bien; pero si
hallamos
que con esos pedazos que
pusiste
se ha formado en la alfombra
que pisamos
un letrero que dice: DIOS
EXISTE.
¿Diréis que los ratones lo
pusieron?
¿Diréis que el viento lo
escribió a su paso?
¿Diréis que los papeles se
movieron
o que el letrero lo formó el
acaso?
Y me responde Juan, que es el
más tuno,
con infantil serenidad que
arroba:
Ese letrero nos lo puso alguno
que sabiendo escribir, entró en
la alcoba.
Ya, sólo alguno que escribir
supiera
y que pudiese entrar, muy bien
los has dicho,
nada pudiera ser de otra manera
ni las cosas se forman al
capricho.
Pues todo en negra alcoba
imaginaos,
que estuvo en el desorden más
profundo.
Y en esa alcoba oscura, que fue
el caos,
pusieron un letrero: que fue el
mundo.
¿Quién entró allí dejándonos
por huellas
fértiles tierras, montes
seculares,
brillando en el espacio las
estrellas,
rugiendo siempre los profundos
mares?
¿Quién encendió allí el sol?
¿Quién hizo al hombre?
¿Quién le dio voluntad y
pensamiento?
¡Pues ese es Dios! Se encierra
en ese nombre
cuanto ignoran la ciencia y el
talento.
No sé cómo será, nadie lo sabe,
está del hombre en la
conciencia escrito,
y no hay astro ni flor que no
lo alabe
con su luz o su aroma en lo
infinito.
No hay obra sin autor y el que
ha creado
cuanto de forma y de color
reviste,
ese se llama Dios, y está
velado
a los ojos del hombre, pero
existe.