REVISTA DE LA SEMANA

Se compara por algunos la vida a una larga cadena cuyos eslabones de diversos metales son los años.

Admitida la exactitud de la comparación, natural es que nos preocupe la duda de si el que vamos a añadirle será de hierro o de oro.

Si la Providencia al determinar el curso de los sucesos siguiese la regla heráldica que prohibe poner un metal sobre otro de la misma clase, ya tendríamos un dato para nuestras investigaciones. La calidad del año que nace podría colegirse por la del que muere. Pero en cuestión de años, viene observándose de muy antiguo que buenos y malos suelen darse por rachas como los colores en el juego.

En esta incertidumbre cada cual consulta el barómetro que cree más seguro para calcular el tiempo que nos aguarda.

Los que opinan que el jefe del vecino imperio tiene aún en sus manos los destinos de Europa y la paz o la guerra del mundo, esperaban impacientes para fijar su criterio la gran recepción de primero de año. La recepción ha tenido lugar; la esfinge de las Tullerías ha hablado al fin: sólo falta un Edipo que descifre su enigma.

Napoleón cree en la paz: al menos así lo ha dicho. Al oírle es seguro que más de una mefistofélica sonrisa habrá vagado por los finos labios de sus diplomáticos oyentes.

Las seguridades del césar francés han hecho, no obstante, en algunos el efecto de un iris tendido sobre el nebuloso cielo de la política. Verdad es que otros niegan la exactitud de los pronósticos imperiales y aseguran haber oído en lo alto del Vaticano palabras temerosas que predicen grandes y próximos cataclismos. ¿Quiénes estarán en lo cierto? Al tiempo, gran maestro de verdades, dejamos el encargo de despejar la incógnita. Entre tanto, y siguiendo el deseo natural en el que recoge una herencia, tratemos de ver si es buena o mala la que al morir nos ha legado el año de 1865.

Si tendemos la vista por Europa, encontramos que casi todos los países se hallan preocupados en la resolución de algunos de esos importantes problemas que afectan directamente a la vitalidad de las naciones.

La Francia imperialista siente que se bambolean sus obras, aflojándose los lazos con que ha querido hacerlas solidarias de su fortuna; la silueta de Grant comienza a dibujarse amenazadora para el trono de Méjico en el porvenir de los Estados Unidos, a cuya jefatura parece llamado, y el rey galantuomo se encuentra impotente ante los conflictos que a cada paso le crea el partido de acción, el cual se olvida de Solferino para no acordarse más que de Aspromonte.

En Inglaterra, el fenianismo por un lado y la insurrección de la Jamaica por otro, han dejado tan profunda huella en el espíritu público, agitándolo en diversos sentidos, que los radicales, dueños al fin del poder tras una larga lucha parlamentaria, dudan y no se atreven a plantear la más pequeña de las importantes reformas que prometieron en la oposición.

Y lo que decimos de estas dos grandes naciones, que por la actitud en que se encuentran y los medios que poseen, se han llamado con razón los dos platos de la balanza política del mundo, se hace extensivo en mayor o menor escala a las demás potencias importantes. Por fortuna, el espíritu de incesante actividad que anima a los pueblos y que puede decirse que es el secreto de su conservación, ni se desalienta ni se asusta, y a pesar de la general inquietud y de los funestos vaticinios, rompe la atmósfera de preocupaciones que lo envuelve y tornasola con un rayo de esperanza y vida las tempestuosas nubes que se amontonan en su horizonte. ¡Gloria al genio del siglo que, al través de las convulsiones, los trastornos y el pánico de la sociedad, marcha con paso seguro y sin apartar los ojos de la meta a que se dirige a la conquista de las grandes verdades y a la realización del triunfo de la inteligencia!

A él se debe el grandioso proyecto de la próxima Exposición Universal, donde compitiendo en lucha gigantesca las artes y la industria del mundo, al par que se ofrece el magnífico espectáculo de la más hermosa fiesta de la civilización podrán abrirse nuevos veneros a la riqueza y al tráfico, estrechando las relaciones de los pueblos.

A él se debe la perforación del istmo de Suez, problema insoluble hasta que ha venido a resolverlo la generación actual, que, según las últimas noticias, verá dentro de un brevísimo término confundidas las aguas de dos mares y abierto al comercio de Europa ese camino de Oriente tanto tiempo soñado por nuestros navegantes.

A él se debe, en fin, el generoso impulso a que obedecen los soberanos, convocando en Constantinopla las conferencias sanitarias, verdadero acontecimiento científico que derramará la luz sobre esa enfermedad terrible y misteriosa que guarda aún el secreto de su deletéreo influjo.

Esta misma lucha entre el espíritu de actividad y vida, y el marasmo y el temor que engendran las preocupaciones de la doble crisis política y financiera por que atraviesa Europa, podemos observarla en España.

El estado de la Hacienda, las luchas de los partidos, la paralización y el luto que ha dejado en pos de sí el cólera, contribuyeron por un instante a detener el natural movimiento, dando pie a los augures de desdichas para trazar cuadros lamentables del porvenir que nos aguarda. No obstante, el país despierta poco a poco de su letargo. Al patriótico llamamiento del comercio de Madrid, que en una memoria luminosa expone a grandes rasgos los motivos de su momentánea decadencia e indica los medios de remediarla, se han apresurado a responder, adhiriéndose al pensamiento, primero el Círculo Mercantil de Barcelona, y después los de todas las ciudades más importantes de España. En los centros industriales y artísticos también se nota una actividad desusada debida a la reciente circular de la comisión nombrada para disponer el envío de nuestros productos a la Exposición Universal de París.

Los teatros, que bajo tan malos auspicios comenzaron sus tareas se ven ya concurridos por un público numeroso. El Real, a fuerza de ir pasando ante los ojos de los espectadores una interminable serie de cantantes de segundo orden como figuras que cruzan por el lente de una linterna mágica, ha conseguido sacar a salvo una tiple. Pero no contento todavía con este éxito el señor Caballero, sigue impávido el itinerario del que podríamos llamar Viaje alrededor de un cantante de punta.

En el Circo, la lindísima comedia del señor Rubí, titulada Física experimental, continúa llamando la atención del público, y mientras el Príncipe que, teniendo en cuenta la aristocrática sociedad que concurre a sus localidades, podremos llamar la sucursal del regio coliseo, sin abandonar los preparativos para las anunciadas representaciones del César y el Hernán Cortés, saca a luz las gloriosas obras de nuestros inmortales poetas antiguos; la Zarzuela, ansiosa de ofrecer alguna novedad, contrata la compañía de cuadros plásticos de Mr. Farriol que con tanta aceptación ha recorrido las primeras capitales de nuestras provincias.

Por último, aún no se han desvanecido los rumores de las pasadas fiestas; aún suenan en el oído los ecos del tambor que acompaña los cantos populares, cuando ya comienza a percibirse la alegre algarabía del carnaval que se acerca a nosotros agitando su cetro de cascabeles y llamando con su voz destemplada y chillona a los adoradores de Terpsícore.

Lástima grande será que los lamentables sucesos que han venido de improviso a turbar el orden público, detengan el desenvolvimiento de tantos intereses y la realización de tantas esperanzas, saliéndonos a recibir en el dintel del nuevo año con su enojoso cortejo de inquietudes, preocupaciones y temores.

Por su parte, El Museo Universal que con este primer número entra en el décimo año de su publicación, ajeno en un todo a las luchas y a las pasiones políticas, procurará seguir ese movimiento de adelanto que nota a su alrededor difundiendo el gusto hacia el estudio de las ciencias y las artes, delicadas flores del ingenio humano, cuyo cultivo inclina a los hombres al amor de la paz y de los saludables progresos. A fin de conseguirlo, continuaremos en el discurso del año que comienza trabajando con la misma fe que en los precedentes dándonos por muy satisfechos si merced a la variedad de los asuntos, al interés de los artículos especiales y la perfección de las ilustraciones, logramos que, como hasta aquí, ocupe un lugar distinguido en la consideración del público.

El Museo Universal