Reconciliación
¡Qué mal nos separamos, querida, ayer!¿por qué?
Sí, ¿por qué? ¿no recuerdas la promesa que hicimos
de no reñir ya y creer en nuestra mutua fe?
Pero no fui esta vez yo... ni tú... y si reñimos
¿sabes quién fue el culpable? ¡el amor! sí, !el amor!
¡Fue tan amarga nuestra última despedida!
¡Ah, qué innobles palabras dictó nuestro rencor!
Tú reprimías tus lágrimas en tu altivez herida
y yo... tú ya lo sabes que mi orgullo es mi honor.
¡Qué extraño! desde que nuestras vidas unimos
parece que una fuerza nos quisiera separar.
A esa fuerza ninguno de los dos contribuimos
porque si tú me amas, yo te amo a la par.
Quizá sea porque en mucho, en todo nos parecemos
o porque al vernos siempre tanto nos conocemos
y es claro, los defectos se ven así mejor...
creemos saberlo todo, ya no se es indulgente
se observa, se cavila, se duda... y lo peor:
se va la fe. Ya entonces nos arrastra la corriente.
Es así, mira: no hace mucho nos adorábamos
como dos locos, y era lo malo eso, quizá
porque en verdad nosotros - confiesa - exagerábamos;
¡atormentarse el alma, pedirle más y más!
Porque en verdad es tonto amarse locamente,
idolatrarse... cuando ya es difícil por sí
amarse normalmente, es decir, tontamente.
En fin, bien meditado creo que estando así
las cosas, nos convienen un poco menos.
Nos adoramos, ya lo sabemos: de acuerdo.
Frecuentémonos poco y así serán serenos
nuestros diálogos cuando nos volvamos a ver.
Diremos cosas nuevas... ¡ah, y ya verás, mi alma
qué dichosos de nuevo volveremos a ser!
Tendremos nuevos goces y perdurable calma.
¡Vamos de nuevo a amarnos! ¡te adoro mi tirana!
¡Ah, trata de venir más temprano mañana!
_Paul Géraldy