Sergei Prokofiev

 (1891-1953)

Prokofiev fue un artista de ida y vuelta, que sólo se instaló en los moldes de la vida soviética a mitad de su vida, no como consecuencia de un cambio ideológico, sino más bien de su compleja, múltiple y a veces contradictoria personalidad. En su autobiografía definió hasta cinco «líneas estilísticas» en su música: la clásica, la modernista (caracterizada por la tendencia a la atonalidad y aún a la cacofonía intencionada), la «motorista» (con ritmos ostinato), la lírica y la grotesca o burlona. Pero no se trata, como el mismo Prokofiev se cuidó de advertir, de etapas o periodos, sino de tendencias superpuestas, que se alteran o confluyen según los casos. Si hubiera que señalar periodos, sería preferible enumerar uno modernista, otro neoclásico (con muchas sinuosidades), y un tercero adaptado a la música soviética (también con cambios y hasta tendencias «desviacionistas»).

Prokofiev fue un niño prodigio, a los nueve años compuso su primera sinfonía. Su fama, sin embargo, le vino de su dominio del piano, cuya condición de virtuoso le permitió viajar por todo el mundo y ganar mucho más dinero que como compositor. La primera obra que trascendió fue un concierto para piano (1911), causa al mismo tiempo de fama y escándalo. Su manejo del instrumento era asombroso, pero su falta de respeto al oído de los oyentes, con golpes agresivos, ritmos descompuestos y ese sentido sarcástico que casi siempre le acompañó, le granjearon la animadversión de muchos. No menos escándalo suscitó la Suite escita (1914), una obra que recuerda a Stravinsky, con sus ritmos sobrecargados, sus frases politonales y algunas salidas inesperadas que no parecen tener otro fin que la sorpresa.

Pero Prokofiev era capaz de sorprender hasta por su clasicismo, como el que mostró, como una faceta más, en su Sinfonía Clásica (1917), una obra hecha «pensando en lo que hubiera escrito Mozart de haber vivido en el siglo XX». La verdad es que la Sinfonía Clásica, una breve obra de cuatro movimientos en sólo 13 minutos, es conservadora en la forma, pero un tanto fría y artificial, más correcta que inspirada, y no demasiado mozartiana, aunque imita inteligentemente las «maneras» antiguas. Para Downes es «un homenaje, burlesco y afectuoso a la vez, a una época que reverenciaba profundamente».

Tras la revolución soviética, Prokofiev se trasladó a Occidente. No reincidió en el clasicismo, pero fue desde entonces menos enfant terrible y escogió una música de melodís cortadas, con fondo tonal apartado de Stravinsky, y podría decirse que entraba en plena vena lírica si sus temas, con frecuencia de finísima inspiración, tuviesen un mínimo de continuidad. En Prokofiev, interrumpir la melodía recién creada era una especie de obligación.

La ópera El amor de las tres naranjas (1919), basada en una fábula italiana del siglo XVIII, brillante, original, llamativa, fue tal vez su mejor obra, y por supuesto aquella que tuvo mejor aceptación en Occidente. La segunda sinfonía (1924) y sobre todo la tercera (1928) revelan una enorme fuerza rítmica; siguen las melodías cortadas y los golpes bruscos, pero con una inclinación creciente al neoclasicismo. Del mismo espíritu es el brillantísimo tercer concierto para piano, quizá la más conocida e interpretada de sus obras instrumentales.

Por entonces, sin embargo, se encontraba ya en plena divergencia con 

, y para muchos fue la mutua aversión entre los dos músicos la causa principal de su regreso a Rusia, entonces Unión Soviética. ¿Contó también el deseo de componer una música más formalista, capaz, sin embargo, de ser aceptada como buena? El hecho es que ya en 1927 hizo una gira por su patria, donde se le tributaron tales honores, que Prokofiev se decidió a jugarse su porvenir. En 1933 se establecía definitivamente en Moscú. Para las autoridades soviéticas fue esta repesca un auténtico triunfo. A Prokofiev se le concedió, en 1934, el Premio Stalin y la orden de la Bandera Roja. En respuesta, compuso un ballet muy apropiado para la situación: Paso de Acero.

Pero fue Romeo y Julieta (1935) la obra que congració a la Unión Soviética con la gloriosa tradición del ballet ruso, hasta entonces poco menos que prohibido. Romeo y Julieta es una obra extensa -más de tres horas en representación-, que gustó en Rusia por su colorido y su aparente aire popular, y en Occidente por sus rasgos originales y sus audacias expresivas. El ballet permite, como el cine, muchos recursos atonales o antiarmónicos, que son aceptados como golpes de efecto, y que parecerían estridentes o cacofónicos en un simple concierto. Prokofiev supo aquí bascular inteligentemente entre dos gustos y entre dos hemisferios; fue quizá su mayor triunfo a escala mundial.

En Pedro y el lobo (1936) recurre a la música mínima que Stravinsky había puesto en boga con su Historia del soldado, conjugando con no menor habilidad lo nuevo, lo popular y lo infantil, como que es un cuento de niños -como de costumbre, aparentemente destinado a los niños-, con un narrador y unos pocos instrumentos que hacen de personajes (los violines son Pedro, las trompas el lobo, el fagot el abuelo, el clarinete el gato y la flauta el pájaro). Es un buen ejemplo de aprovechamiento «muy económico» de los timbres. La obra fue aceptada en la URSS por su carácter didáctico y en Occidente por su ingenuo dadaísmo.

Más destinados al público soviético están la cantata Alexander Nevsky (1939) y Guerra y Paz (1942), una «ópera patriótica» convenientemente adaptada de la obra de Tolstoi.

La desgracia de Prokofiev llegó una vez terminada la guerra mundial, cuando coincidieron el deseo del compositor de buscar caminos nuevos y la «dictadura musical» de Zdanov. La Quinta y Sexta sinfonías, más avanzadas y tendentes a la vanguardia tonal, no gustaron, y le valieron el dicterio de «desviacionista antidemocrático». La tormenta estalló con la ópera Historia de un verdadero hombre (1948), que fue prohibida por el Comité Central del Partido Comunista, mientras su autor era acusado de «lacayo degenerado y vil de la burguesía occidental». Para congraciarse con las autoridades, tuvo que realizar la consiguiente autocrítica, y como penitencia escribió la Séptima Sinfonía, basada en temas populares. Su final fue triste; y, sarcasmos de la vida y de la muerte, falleció un día después que Stalin.