Cristo en las prisiones comunistas
Cuarta Parte
3
Yo también tenía razón para regocijarme, en el sentido de que al menos ahora estaba saciando el deseo acariciado desde que me ordené: ser pastor en la prisión. En la vida ordinaria, uno toca la campana y espera a que la gente acuda a la iglesia, pero aquí los feligreses ya estaban "en la iglesia" conmigo; y no una mañana de la semana, sino todos los días. Tenía que escuchar, aunque no siempre gustosamente.
Lazar Stancu, un hábil linguista cuyo crimen había consistido en trabajar para una agencia de noticias extranjeras, nos interrumpió:
_¡No más cristianismo, por favor! Hay otras religiones muy interesantes.
_Bien_ dije_, sé algo de Confucio y del budismo _y relaté una de las parábolas menos conocidas del Nuevo Testamento que apoya un precepto de Confucio.
_¡Fascinante! _exclamó Stancu, alabando el hermoso y original pensamiento.
_Me alegro que pienses así _y le expliqué que era realmente la enseñanza cristiana_. ¿Por qué persigues otras religiones? _le pregunté_. ¿Es que se trata del viejo proverbio rumano: "La gallina de tu vecino es siempre un pavo"?, o simplemente la inquieta búsqueda intelectual de la novedad?
_Bernard Shaw sugirió en una ocasión que la gente se encuentra tan inoculada desde la niñez con pequeñas dosis de cristianismo, que rara vez sus verdades le afectan seriamente _afirmó Stancu.
Una noche, un joven prisionero se puso a dar saltos y a gritar:
_¡No sigan! ¡No sigan! ¡No sigan!
Entonces nos callamos. Era un recién llegado, y los otros lo miraron sorprendidos. Dio la vuelta y corrió a su tarima. donde se desplomó. Tenía un rostro sensitivo, pero la mandíbula y el cuello estaban cubiertos de improvisados vendajes. Me dio una extraña mirada preñada de lágrimas, y se volvió de espalda. Comprendiendo que sólo estaría molestándolo al intentar hablarle en este momento, desistí.
El doctor Aldea me informó que su nombre era Josif.
_Un buen muchacho _agregó_, pero quedará por vida con una úlcera en la cara. Es otro caso de tuberculósis ósea. Me contó que hace cuatro años, cuando sólo tenía catorce, Josif había sido arrestado en el intento de llegar a Alemania, donde vivía su hermana. La policía secreta lo puso bajo custodia de perros entrenados que le saltaban en cuanto se movía, tratando de morderlo en la garganta. El temor y el choque habían obsesionado su mente; hablaba incesantemente de las horas pasadas en la frontera, a la merced de los perros. Posteriormente, habiendo resultado sospechoso de ser peón en determinado juego político, Josif fue llevado a Bucarest y torturado para que suministrara información que no poseía. Por fin lo enviaron junto con un grupo condenado a labor forzada en el canal, donde pasó hambre y se enfermó de tuberculosis.
Observé a Josif, dándole tiempo a que se acostumbrase a nosotros. La vida no había podido corromper su honradez y franqueza nativas. A veces, olvidando sus problemas, se alisaba hacia atrás su masa de cabello oscuro y se reía a carcajadas de algún viejo chiste de la prisión. En cambio, otras veces se llevaba las manos a la cara desfigurada, que además le dolía, aunque lo peor para él era la idea de haber perdido para siempre su buena apariencia.
Seguro de que podía ayudarlo, aguardé el momento oportuno y conseguí que me escuchara con atención.
4
Durante varios meses después de la muerte de Stalin se permitieron los paquetes mensuales enviados desde casa. Los aguardábamos ansiosamente. En las tarjetas que nos dieron para que escribiéramos los pedidos, incluí alimento, cigarrillos, y "la ropa usada del doctor Filon".
Yo detestaba fumar, mas como los prisioneros estaban ávidos de cigarrillos, siempre pedí mi cuota completa, para regalarlos. Como consecuencia, aquellos para los cuales no tenía ninguno se resintieron, y a quienes les di les entró a menudo la sospecha de que les estaba dando más a otros.
La petición de "la ropa usada del doctor Filon" dejó perpleja a mi familia. El doctor era un hombre pequeño, y yo era muy alto. Confiaba que adivinaran que lo que realmente deseaba de él era streptomicina. Aldea me había dicho que la terapéutica socialista ya reconocía que la droga descubierta en América diez años atrás, servía. Si recibía alguna, él podía tratarme. No obstante, no estaba permitido solicitarla en nuestros paquetes.
Aparte de la tuberculosis, padecía también de uno de los frecuentes accesos de dolor de muelas que nos asediaban a todos. Los dientes se cariaban rápidamente por falta de alimento adecuado y tratamiento, o nos los fracturaban durante las palizas. Frecuentemente yo llevaba cadenas de cincuenta libras alrededor de los tobillos, por lo que me era imposible dar unos cuantos pasos para aliviar el dolor. Pero jamás fue peor que durante ese tiempo en Tirgul-Ocna. Uno de los dientes superiores me tenía en constante agonía todos el día; hacia el crepúsculo el dolor se pasaba a la mandíbula inferior. Carecíamos de dentista, y de cualquier esperanza de alivio. Se afirma que Pascal combatía el dolor de muelas resolviendo problemas matemáticos, por lo que traté de componer sermones. Pero el dolor se presta mejor a las matemáticas que a la redacción. Los sermones resultaron malísimos. Empecé a escribir poemas, pero eran poemas de desesperación.
Procuré olvidar el dolor conversando con Josif. Me senté junto a él y le pregunté por qué se había puesto tan bravo cuando le hablé.
_¡Odio a Dios! _me respondió_. Si sigue, llamo a los guardias _y los ojos se le empañaron de lágrimas_. ¡Déjeme solo!
La buena índole del muchacho salió a flote, y uno o dos días después me confió sus esperanzas de reunirse con su hermana en Alemania y marcharse juntos a América.
_En ese caso debes comenzar a estudiar inglés _le aconsejé.
_Me encantaría, pero, ¿quién va a enseñarme?
Le ofrecí darle lecciones, si quería.
_¿Puede? ¿De veras? _me preguntó muy contento. Resultó un alumno brillante, a pesar de carecer de libros, papel o lápiz.
Le mensioné los libros en inglés que yo había leído, haciéndolo repetir conmigo pasajes que me sabía de memoria, y que eran sacados de la Biblia.