CRISTO EN LAS PRISIONES COMUNISTAS
Por Richard Wurmbrand
Cuarta parte
1
La Habitación Cuatro había sido como un altar en el cual los hombres se transformaban y transfiguraban por su fe. Me sentía contento de estar todavía vivo, pero dejarla equivalía a un descenso. De una atmósfera de nobleza y abnegación, retornaba al mundo de las peleas, la vanidad y las apariencias. Era tragicómico presenciar cuántos de la antigua clase superior se empecinaban en sus ilusiones. Desarrapadas "excelencias" se daban los buenos días. "Generales" muertos de hambre inquirían por la salud del otro. Se discutía interminablemente sobre el retorno de su desvanecida prosperidad.
Uno de éstos, Vasile Donca, aceptó de mí un pedazo de cordel para sujetarse los pantalones. Los cordones eran una posesión valiosa en la prisión. Mas cuando le hablé al día siguiente, me ignoró, por haberme dirigido a él sin llamarle "general".
Donca, como otros tantos, daba cualquier cosa por un cigarrillo. Los guardias eran los únicos que podían proporcionarlos, y aunque les estaba prohibido, fumaban copiosamente durante la noche, llenando el patio de colillas. Los líderes y delatores de las celdas eran los primeros a quienes permitían salir en las mañanas con el objeto de mantener su monopolio en la recolecta de colillas. Pero si otro prisionero encontraba una, sus amigos se paraban en círculo junto con él a fumarlo en el extremo de un alfiler.
Una mañana un guardia encendió un cigarrillo al pasar por la puerta de mi celda, cerca de mi tarima. Donca atravesó el cuarto para hablarle en voz baja y urgente.
_¡Guardia! ¿Qué pide por ese cigarrillo?
El guardia se sonrió sarcásticamente.
_¿Qué tienes que ofrecer, general?
Donca no tenía nada, pero alardeó:
_Todavía conservo amigos en posiciones encumbradas. ¡Será recompensado por las atenciones que tenga conmigo!
_Amigos influyentes, ¿eh? _dijo el guardia_. ¿De modo que es realmente un comunista después de todo, general?
_Soy rumano leal, sargento.
_Bueno, general, si usted fuese un rumano comunista leal a la "causa" le daría este cigarrillo.
Donca vaciló, mirando furtivamente a su alrededor. El guardia hizo ademán de marcharse.
_¡Espere! ¡Por supuesto que soy un comunista rumano leal!
El guardia hizo señas a sus camaradas para que vinieran a compartir la chanza.
_¿Así que bailarías al son de una melodía rusa, general? ¡Baila con nosotros! ¡Baila como un oso ruso! _y le alargó el cigarrillo.
Con los brazos extendidos y un rictus de dolor en la cara, Donca empezó a saltar de un pie al otro. Los guardias se morían de risa. Los prisioneros volvían la cara mientras Donca hocicaba entre sus piernas para pescar el desechado cigarrillo.
Cuando lo trasladaron a otra parte, ocupó su puesto otro antiguo miembro del Estado Mayor, el general Stavrat, pero los galones no hacen al oficial, como el hábito no hace al monje. Stavrat era todo lo que Donca no era. Aunque corto de estatura, empequeñecía a sus compañeros de prisión por la simple fuerza de su personalidad. Brusco, pronto a despreciar la debilidad, y sin embargo lleno de bondad y de sentido común, en general, le gustaba llamar a todos en la celda: "¡Hombres!"
Juliu Stavrat era un general sin botas. Las había regalado. Compartimos mi par, usándolas en días alternos para hacer ejercicios en el patio. A poco de su llegada se permitieron los primeros paquetes de alimentos, y uno fue entregado el general Stavrat. Lo abrió frente a un público excitado. Hubo exclamaciones. Jamón, salchicha ahumada, pastel de frutas, chocolate, ¡todo comprado con enorme sacrificio por su esposa, seguramente! Stavrat, que se había alimentado opíparamente durante ocho años, envolvió el paquete y se acercó a mi cama.
_Pastor, tenga la bondad de dividir esto entre los hombres.
Stavrat era cristiano antes que soldado. Al saber que Rusia había explotado la primera bomba A, comentó:
_En este caso no debemos esperar más la intervención americana militar en gran escala: es preferible pudrirnos en la prisión que millones de gentes perezcan en la guerra atómica.
_¿Crees que sería la destrucción de la humanidad? _le pregunté.
_Sí, su futuro, y su pasado también. No quedará nadie que sepa de nuestra lucha y progreso en el transcurso de las edades. _Stavrat sentía profundamente la historia. Podía conversar elocuentemente del pasado rumano_. Pero si la guerra nuclear no resuelve nada _añadió_, y la civilización y el comunismo no pueden subsistir juntos, yo no sé cuál es la respuesta.
_Es el cristianismo _contesté_. En una forma vital, puede cambiar las vidas de grandes hombres, e incluso la de otros hombres menos importantes. Recuerde a los numerosos dirigentes bárbaros como Clodoveo de Francia, Esteban de Hungría, Vladimiro de Rusia, que se convirtieron e hicieron cristianos a sus países. Puede repetirse, y entonces veremos derretirse la Cortina de Hierro.
_¿Comenzaremos con Gheorghiu-Dej _sonrió Stavrat_. ¡Una tarea peliaguda!
2
Gheorghiu-Dj, con todos sus rivales ya eclipsados, era entonces nuestro dictador. Admitió libremente los serios errores cometidos, entre ellos el proyecto del Canal del Danubio al Mar Negro. Después años de desperdiciar millones de dólares y hacer perecer miles de vidas, sólo habían terminado cinco de las proyectadas cuarenta millas. Los ingenieros principales y los administradores del campo fueron acusados de sabotaje. A tres sentenciaron a muerte, siendo dos de ellos fusilados sumariamente. Treinta más recibieron sentencias desde quince años a cadena perpetua. Una nueva investigación probó que el Danubio no podía suministrar suficiente agua para el proyecto. Únicamente por decir esto, los ingenieros consultados al inicio fueron ejecutados. Fue abandonado el Canal. Lo único aprovechado de la gran inversión en tiempo y dinero efectuada en Rumania en la primera década del mandato comunista, fueron los campos de trabajo, que apenas lograban acomodar la superabundancia de hombres procedentes de las prisiones.
Estando hablando de este fracaso, el profesor Popp me llevó a un lado, diciéndome:
_Desde mi retorno a Tirgul-Ocna le he ocultado una cosa, porque el doctor Aldea pensó que sería demasiada conmoción para usted en las condiciones en que está. Su esposa se halla en prisión, y la han llevado al canal.
Popp lo había sabido por varios prisioneros que trabajaron allí. A Sabina la habían arrestado dos años después que a mí. No la acusaron de nada. Dirigía a las mujeres de la iglesia como diaconisa, y se le decía lo que debía predicar, pero ella no podía conformarse con predicar política y proclamaba el Evangelio. En Poarta Alba la pusieron con las otras mujeres obligadas a excavar tierra y depositarla en carretillas para transportarla a grandes distancias. Las que no llenaban su cuota, se quedaban sin pan. Entre las prisioneras había escolares patriotas, prostitutas, damas de sociedad y creyentes que padecían por su fe. En el Campo del Kilómetro 4 el comandante Kormos fue posteriormente sentenciado a labor forzada, por violar a treinta jóvenes prisioneras. La acusación consistió en que "había dañado el prestigio del régimen."
Mi esposa cayó bajo las órdenes de una figura notoria, el coronel Albon, jefe de Poarta Alba. Sabina comió yerba como un animal; ratas, serpientes, perros, de todo devoraron. Algunos de los que habían comido carne de perro afirmaron que sabía bien.
_¿La volverían a comer? _les pregunté.
_¡Oh, no! ¡Oh, no! _dijeron.
Sabina era diminuta y frágil. La broma favorita de los guardias era echarla al Danubio helado y pescarla de nuevo. Pero sobrevivió. Le salvó la vida el fracaso del proyecto. La enviaron junto con otras prisioneras a una granja del Estado donde criaban puercos, aunque allí también el trabajo era duro; pero podían vivir algo mejor.
El profesor contó que un prisionero de Vacaresti había hablado allí en el hospital con mi esposa.
_Ha estado muy enferma _contó Popp_, pero vivirá. Sabe que usted está a salvo. Las mujeres que estaban con ella mencionaron a un pastor que se suponía se hallase moribundo, y el cual había predicado el evangelio "subterraneo" (o sea, ilegalmente). Le dijeron a su esposa que habían dejado de oír su voz en el 1950 y que seguramente usted había fallecido. Ella se negó a creerlo, reiterando que estaba vivo, cualquiera que fuera la evidencia en contrario.
Estas noticias casi me descontrolaron. Procuré orar, pero en mi mente se posó una nube sombría. Durante días no le hablé a nadie. Entonces una mañana, en el patio de la prisión, vi a un anciano sacerdote, con aire de dignidad, parado junto al guardia, con la barba blanca soplando en el frío viento. Acababa de llegar y lo habían dejado allí. Varios oficiales estaban de pie a su alrededor.
_¿Qué hace este sacerdote viejo aquí? _preguntó uno de ellos.
_Ha venido a confesarlos _se burló otro.
Esto fue lo que el padre Suroianu hizo enseguida. Lo rodeaba tal aura de santidad que uno sentía el impulso de contarle toda la verdad. Yo inclusive, si bien no creía en la confesión sacramental, le revelé mi sentimiento de desesperación, y pecados que no había confesado a nadie. Las raíces del mal no suelen quedar expuestas en el confesionario, pero en mi caso si le decía toda la verdad buscando consejo en su experiencia. Pero mientras yo me acusaba, el padre Suroianu me miraba con más amor, en lugar de desprecio.
A Suorianu le sobraban motivos para lamentarse. La tragedia había tocado a toda su familia. A una de sus hijas, que era lisiada, le habían arrebatado al esposo, quien se hallaba en Tirgul-Ocna con nosotros. Otra hija y su esposo, habían sido sentenciados a veinte años. Uno de sus hijos había muerto en prisión. El segundo, en quien Suroianu había puesto grandes esperanzas como sacerdote, se había vuelto contra él. Sus nietos habían sido expulsados de la escuela o habían perdido sus empleos, debido a las "actividades contra el Partido" desarrolladas por sus padres. Sin embargo, el padre Suroianu, un hombre sencillo y autoeducado, pasaba los días alentando y alegrando a los demás.
Nunca saludaba con un "buenos días", sino con el bíblico: "¡Regocíjate!". A mí me dijo:
_El día que no puedas sonreír, no abras tu establecimiento. ¡Para sonreír hace falta mover diecisiete músculos faciales, pero cuarenta y tres para fruncir el entrecejo!
Le pregunté:
_¿Cómo es que teniendo tantas desgracias encima puede "regocijarse" siempre?
_Porque es un grave pecado no hacerlo _me contestó_. Siempre hay buenas razones para regocijarse. Hay un Dios en el cielo y en el corazón. Esta mañana tuve un pedazo de pan. ¡Sabía tan bien! ¡Mira cómo está brillando el sol ahora mismo! ¡Hay aquí tantos que me quieren! ¡Cada día que no se regocijes es un día perdido, hijo mío! ¡Nunca volverás a tener ese día!