CRISTO EN LAS PRISIONES COMUNISTAS
Por Richard Wurmbrand
Tercera parte
7
Muchos de los que vinieron a ayudarnos en la Habitación Cuatro eran campesinos que se habían rebelado contra la forzada colectivización de su tierra. Las prisiones rumanas estaban llenas de ellos, y miles más habían sido fusilados.
Tenían cosas terribles que contar. Sus propiedades habían sido embargadas, y bajo la ley de "reforma agraria" de 1949, no recibieron compensación. Convertidos de la mañana a la noche en vagabundos que nada tenían que perder, hicieron resistencia. Los oficiales corrían peligro de ser disparados, golpeados o quemados vivos con gasolina, pero esto no condujo a nada. Los campesinos carecían de organización. Su revuelta ocurrió en distintos momentos y en diferentes regiones, por lo que el Gobierno pudo sofocarlas.
Un arrugado y viejo campesino de ovejas llamado Ghica, me dijo:
_La policía secreta me enseñó dos rifles mohosos. "Los desenterramos de tu granero _alegaron_. Si te unes a la colectiva puedes evitarte un juicio". Accedí, mas cuando vinieron a apoderarse de mis animales perdí la cabeza y traté de detenerlos. Me pegaron, y aquí estoy, cumpliendo quince años ¡Todo lo he perdido, tierra, ganado, esposa, hijos!
Todos los campesinos se lamentaban por este estilo.
Otro relató haber sido despojado de su rebaño. Suplicó que al menos le permitieran conservar los cencerros. Los oficiales se rieron, pero lo complacieron. Entonces se llevó las campanas a su desván y las sujetó con una cuerda. Toda la noche se sentó allí, tocando los cencerros de cuando en cuando. Al llegar la mañana, corrió por la villa hasta las oficinas del Parlamento, y mató al secretario a puñaladas.
Un tercer campesino poseía dos caballos de arar. Su mayor placer consistía en alimentarlos y cuidarlos. Cuando se los tomaron, quemó los establos de la granja colectiva.
Ese año entraron pocos campesinos en la prisión. Gheorghiu-Dej, si bien retenía el mandato del Partido, se nombró ministro en 1952 y procuró ganar popularidad demorando la colectivización. Luca, Pauker y Georgescu fueron despedidos de sus puestos.
Llegó el invierno con sus fuertes tormentas de nieve. Del techo colgaban gruesos carámbanos, y la blanca escarcha trazaba dibujos en los vidrios de la ventana. Afuera, el frío lo hacía a uno jadear. En diciembre la nieve alcanzaba seis pies de profundidad. Fue el invierno más frío en cien años, dijeron. No había calefacción, pero hasta entonces habíamos tenido dos o tres frazadas cada uno, en lugar de la reglamentaria, porque cada vez que uno fallecía en la Habitación Cuatro, nos cogíamos sus ropas de cama. Al tener lugar la revisión, no dejaron con una sola cubierta por cabeza. El invierno entero dormimos con las ropas puestas. A menudo carecíamos de pan. La sopa, hecha de zanahorias demasiado podridas para poder venderse, venía más clara cada día.
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