Cristo en las prisiones comunistas
Tercera Parte
3
El Abate Iscu narró a veces sus experiencias en los campos de esclavos en el canal del Danubio al Mar Negro, donde miles de prisioneros morían del maltrato y hambre. El canal había sido empezado principalmente a instigación de Rusia, ya que con esto drenaría a Rumania de sus productos con mayor rapidez de lo que ya estaba haciendo. También, como proyecto de prestigio para nuestro gobierno. El gigantesco plan se había transformado en símbolo de logro comunista, tanto que cuando un grupo de ingenieros advirtió que el río probablemente no sería capaz de suministrar suficiente agua para el canal y para su red de irrigación, fueron fusilados como "saboteadores económicos". Los recursos de Rumania se usaron pródigamente en el plan, y más de 200.000 prisioneros políticos y comunes trabajaron de 1949 a 1953 para construirlo.
El abate fue a parar a Poarta Alba, una de las colonias penales a lo largo de la ruta. Viviendo en barracas destartaladas, detrás de alambradas, 12.000 personas tenían que mover a mano, cada uno, ocho metros cúbicos de tierra diariamente. empujaban las carretillas por cuestas empinadas, bajo golpes de los guardias. La temperatura bajaba a menos de 25 centígrados en el invierno, y el agua, acarreada en barriles, se congelaba hasta solidificarse. La enfermedad era común. Numerosos prisioneros se internaron en áreas prohibidas alrededor del campo, esperando que los mataran.
Pusieron a los criminales más brutales a cargo de "brigadas" de unos cien prisioneros cada una, pagándoles con alimento o cigarrillos por los resultados. A los cristianos los metieron dentro de una supuesta "brigada de sacerdotes" en la que si alguien hacía siquiera la señal de la cruz _una acción refleja entre los ortodoxos_, era apaleado. No había día de descanso, ni en Navidad ni en Pascua.
Sin embargo, en Poarta Alba, contaba el
abate, presenció los actos más nobles. Un joven católico, el padre Cristea,
incurrió en el odio de un sacerdote ortodoxo convertido en delator, quien le
preguntó:
_¿Por qué cierras los ojos con tanta frecuencia? ¿Es en oración? Te reto a
decirme la verdad. ¿Aún creer en Dios?
Una respuesta afirmativa sería castigada, por lo menos con flagelazos.
El padre Cristea dijo:
_Sé que me tientas, Andreescu, igual que los fariseos tentaron a Jesús, para
después acusarme. Pero así como Jesús le dijo a ellos la verdad, yo también
voy a decírtela. Sí, creo en Dios.
_¿Y también crees en el Papa? _prosiguió Andreescu.
_También creo en el Papa _contestó Cristea.
Andreescu corrió al oficial político, quien vino y llamó al joven delante de otros. Cristea estaba delgado, exhausto; tiritaba en sus harapos. En cambio el oficial estaba bien alimentado abrigado con un gabán, y llevaba puesto un sombrero de piel ruso.
_Me dicen que crees en Dios _observó.
El padre Cristea abrió la boca para contestar, y en ese momento comprendí por qué está escrito en el Evangelio según San Mateo, antes del Sermón de la Montaña, que Jesús "abrió su boca y habló", sin duda algo insólito, puesto que nadie habla con la boca cerrada. Aunque Cristea apenas había entreabierto los labios para hablar, todos percibimos que una gran perla saldría de su boca en ese momento decisivo. Los cristianos allí reunidos nos fuimos sobrecogiendo de admiración.
Estas fueron sus palabras:
_Cuando me ordené sabía que miles de sacerdotes, a lo largo de la historia, han pagado por su fe con la vida, mas cuantas veces me acerqué al altar y prometí a Dios: "Ahora te sirvo a Ti en bellas vestiduras, pero si aún me pusieran en prisión te seguiría sirviendo". De manera, teniente, que la prisión no es un argumento contra la religión. Yo creo en Dios
El silencio que siguió fue roto por el
sonido del viento. El teniente no supo de momento qué decir, agregando por fin:
_¿Y crees en el Papa?
_Desde San Pedro, siempre ha habido un Papa, y hasta que Jesús retorne, siempre habrá uno. El Papa actual no ha hecho las paces con el comunismo, ni la hará con sus sucesores. ¡Sí creo en el Papa!
El abate terminó así su relato:
_Me costó trabajo perdonar al hermano ortodoxo vuelto delator, y no soy un
seguidor de Roma, pero en ese momento tuve ganas de gritar: "¡Viva el
Papa!"
_¿Qué le pasó al padre Cristea?
_Lo encerraron una semana en el calabozo, donde uno tiene que estar de pie y nunca duerme; después lo golpearon. Como todavía rehusó abjurar de su fe, se lo llevaron a ver.
4
La reeducación hacía nuevas víctimas cada día, prevaleciendo la opinión de que si no hacíamos algo pronto, todos seríamos "convertidos" o asesinados. A la Habitación Cuatro llegó el rumor de que entre los prisioneros comunistas se estaba incubando una especie de protesta, y ellos eran los más osados entre nosotros, al extremo de que los guardias tenían más cuidado con ellos, pues quien hoy estaba en prisión, ayer había estado en el poder y podía estarlo mañana.
Los cristianos debatimos lo que debíamos hacer. De haber motín, ¿nos uniríamos o había llegado el tiempo de "poner la otra mejilla?" Varios prisioneros se opusieron a que hubiera pelea.
_Jesús se le representa generalmente como "humilde y manso" _dije_, pero también era un combatiente. El expulsó a los mercaderes del templo con un látigo, y dio la pauta a sus primeros seguidores del Antiguo Testamento con su fuego y fiereza.
Decidimos trabajar con los rebeldes. Pocos podíamos hacer en secreto, porque entre nosotros había numerosos delatores; y por los recelos que existían entre los presos antisemitas y los judíos, el campesino y el terrateniente, y entre ortodoxos y católicos.
En la ciudad de Tirgul-Ocna, la única diversión era el partido semanal de balompié en un estadio cerca de la prisión. El día primero de mayo, que coincidía con un nuevo y salvaje brote de reeducación, nos enteramos que el partido del Día del Trabajo se jugaría en el estadio a las 5 de la tarde, y que toda la ciudad lo presenciaría. Era nuestra oportunidad para dar una demostración. la señal sería romper una ventana.
Poco después de empezar el juego se oyó un tintinear de vidrio roto en alguna parte, y la prisión completa se convirtió en una Babel. Ventanas destrozadas, platos y jarros lanzados hacia afuera, sillas hechas añicos. Alguien comenzó a cantar en sonsonete: "¡Ayúdennos, ayúdennos!". Desde las altas ventanas desde las cuales se dominaba el estadio los prisioneros gritaron: "¡Aquí nos torturan! ¡aquí son asesinados vuestros padres, hermanos e hijos!".
El juego se suspendió. La multitud se puso en pie, y pronto se reunieron centenares en el camino debajo de las murallas. Dentro, uno de los prisioneros se había cortado las muñecas, y los guardias comenzaron a pegar con palos. Las tropas, esgrimiendo cabos de rifles, rápidamente dispersaron a las multitudes en la calle. Quedó la tarea de poner la prisión en orden y contar las pérdidas. Entre ellos, Boris, que había sido derribado y malherido tratando de rescatar a otro prisionero de debajo de los pies de los guardias. De nuevo el doctor Aldea tuvo que asistirlo. Enviamos mensajes amistosos, pero no obtuvimos contestación. Luego nos enteramos que lo habían transferido a otra prisión.
Las noticias de la revuelta se propagaron velozmente por la totalidad de la nación. No hubo represalias francas, sino que el régimen se volvió más rígido. Los sospechosos de haber sido instigadores fueron pasados a otras prisiones, y al quedar privados de la atención médica que recibían en Tirgul-Ocna, muchos sucumbieron.
5
El abate Iscu tosía diariamente durante largos períodos. Su cuerpo desgastado por los años de hambre y exposición al canal, sufría tremendos ataques. Acostado, lo veíamos morir. Cuando estaba consciente pasaba horas murmurando oraciones y siempre tenía palabras de consuelo para los otros.
Otros supervivientes del canal habían venido a Tirgul-Ocna, y sus relatos de horror se asemejaban a los de la esclavitud de Israel en Egipto, con el agravante de que en el caso moderno el oprimido estaba obligado a alabar a sus opresores. Un famoso compositor entre los prisioneros había sido forzado a escribir himnos exaltando a Stalin, y las brigadas marchaban a trabajar cantándolos.
En una ocasión un individuo se desmayó, y el doctor lo declaró difunto. El coronel Albon, el odiado comandante de Poarta Alba, gritó:
_¡Pamplinas!_ y le dio al cadáver una patada_ ¡Póngalo a trabajar!
Mi cama estaba entre la del abate y la del joven Vasilescu, que era víctima del canal, pero de una clase diferente. Vasilescu era un criminal común a quien habían puesto a dirigir la brigada de los clérigos, habiendo trabajado con ellos hasta que se acabaron. Por algún motivo el coronel Alton le había cogido tirria, y él a su vez era tratado tan brutalmente que se hallaba moribundo. Su tuberculosis se hallaba muy avanzada.
Vasilescu no era por naturaleza un joven malo. Tenía una cara cuadrada, toscamente desbastada, con oscuro cabello rizado que le caía muy bajo en la frente dándole un aire de azoramiento. Tosco, ignorante, era demasiado aficionado a lo que él llamaba las cosas buenas de la vida para dedicarse a un trabajo fijo. Su vida había sido dura, como el asesino pagado de Macbeth "a quien los viles golpes y embates del mundo han exasperado al punto de no importarme lo que haga, por tal de ir contra él".
Una vez que a uno lo internan en esos campos _nos contó_ se hace cualquier cosa por salir, ¡lo que sea! Albon me prometió que si hacía lo que él me decía, yo saldría libre. _Vasilescu deseaba buena ropa, una muchacha para llevar a bailar, y el Partido le dio a elegir entre unirse a los torturados o a los torturadores.
_Nos llevaron en grupo a un campo especial donde entrenan a la policía secreta _continuó_, y una de las cosas que teníamos que hacer era disparar a gatos y perros, rematando con alcayatas de acero a los que aún vivían. "¡Yo no puedo hacer eso!", dije yo, y el tipo replicó: "¡Entonces te lo hacemos a ti!"
A Vasilescu le pesaba. Repetidamente mencionó las atrocidades que cometiera en el canal. No se le había escapado ni al abate. Como se estaba muriendo, procuré consolarlo, pero no lograba descansar. Una noche me despertó buscando aire.
_Pastor, me voy _dijo_. ¡Por favor, ora por mí!
Se adormiló, se despertó de nuevo, y gritó: _¡Creo en Dios! _Seguidamente empezó a llorar.
Por la madrugada, el abate Iscu llamó a dos prisioneros a su cama y les ordenó:
_¡Sáquenme de aquí!
_Usted está muy enfermo para moverse _le arguyeron, mientras todos en la habitación se agitaban.
_¿Qué pasa? _preguntaban las voces_. ¡Deje que lo hagamos nosotros!
_Esto es algo que ustedes no pueden hacer. ¡Levántenme de aquí!
Lo complacieron.
_Llévenme a la cama de Vasilescu _les dijo.
El abate se sentó al lado del joven que lo había torturado, y le puso la mano tiernamente sobre su brazo.
_Tranquilízate, eres joven. Apenas te dabas cuenta de lo que hacías. _Enjugó con un trapo el sudor que corría por la frente del muchacho, consolándolo. _Te perdono de todo corazón, y también te perdonarían otros cristianos. Si nosotros podemos perdonarte, seguramente Cristo, que es mejor que nosotros, te perdonará. En el cielo hay un lugar para ti.
Recibió la confesión de Vasilescu y le dio la Sagrada Comunión antes de ser conducido de nuevo a su cama.
Durante la noche, el abate y Vasilescu murieron. Me parece verlos ir al cielo cogidos de la mano.
6
El doctor Aldea opinaba que yo necesitaba un neumotórax. Sólo llevaba unos cuantos minutos aplicarla, y consistía en introducir una aguja hueca para que entrara aire y acojinara el pulmón. Fue relativamente indoloro, y después me quedé dormido. Al despertar me sentí feliz de hallar al profesor Popp sentado al lado de mi cama. Había estado meses en la prisión Jilava, y también había padecido mucho bajo el sistema de "reeducación". Conversamos muchas horas.
El profesor me contó de numerosos suicidios en Jilava, al igual que en otras prisiones. En Gherla y Piteshi los hombres se tiraban abajo desde los pisos superiores, teniendo que cubrir con alambre los espacios entre los rellanos, para detenerlos. Algunos se cortaban las muñecas con vidrio; otros se ahorcaban; muchos se envenenaban con fluido de limpieza. Un infeliz sacerdote se lanzó al suelo desde lo alto de su litera, para romperse el cráneo. Repitió el intento hasta lograr matarse.
_Lo habían torturado _me relató el profesor_. Temía que si los reeducadores recomenzaban con él, cedería y tendría que traicionar su fe. Era un individuo muy rígido: cuando un prisionero le confesó haber laborado una vez para los comunistas, ¡el padre Ioja le prohibió tomar la comunión hasta que pasaran quince años!
Algunos de los suicidas eran hombres famosos, como Gerge Bratianu, conocida figura política en la Rumania de la preguerra. No encontró otro medio de quitarse la vida que morirse de hambre sin que lo advirtieran los prisioneros, que ni lo sabían ni les preocupaba. El líder del Partido Liberal, Rosculet, se había estimado que los comunistas "locales" no eran iguales a la variedad rusa, pero después de aprovechar su nombre como Ministro de Cultos, el Partido lo puso en prisión como contrarrevolucionario.
La brutalidades de la "reeducación" causaban inquietud en muchas prisiones, y los rumores se extendieron por todo el país. Por fin, dos incidentes sin relación alguna entre sí expusieron abiertamente la verdad.
En el transcurso de uno inspección en Tirgul-Ocna, un odiado coronel de la policía secreta, Sepeanu, notó que había una valla nueva.
¿Para qué la construyeron? _preguntó al comandante Burma_ Esa madera hubiera servido mejor para golpear a estos contrarrevolucionarios. Se rieron con ganas.
La brutal historia causó indignación. La atmósfera de rebelión hervía en Tirgul-Ocna. Un antiguo comandante gritó:
_¡Hay que hacer algo! _y decidió que el hombre indicado era él mismo.
Cuando Sepeanu se marchó, el comandante pidió a voces que trajeran a un interrogador especial de Bucarest, para que oyera un secreto que él no había confesado.
El comandante le dijo al interrogador que vino:
_Usted sabe que estoy sirviendo veinte años como criminal de guerra por ejecutar a prisioneros rusos. Como comandante de Brigada, yo no disparé a esos hombres personalmente. Puedo decirle quién lo hizo: un teniente llamado Sepeanu, que hoy día es coronel de la policía secreta.
Sepeanu fue juzgado por crímenes de guerra, y sentenciado a veinte años. Durante el juicio habló de lo que sucedía en las prisiones bajo el sistema de "reeducación".
El segundo incidente involucraba a otro jefe de la policía secreta, Virgil Weis, quien había sido amigo de Ana Parker y de otras personalidades en el Gobierno. Al enemistarse con ellos e ir a parar a la prisión de Piteshi, cayó en manos de Turcanu, líder de los "Prisioneros con Convicciones Comunistas".
Uno que ayudó a Turcanu a torturar víctimas, me dijo posteriormente que el coronel Weis se desmayó tres veces en una hora, mientras lo reeducaban. Lo revivieron con agua fría, y él convino:
_Está bien, diré lo que ocultaba. Veremos si vuestros jefes pueden soportarlo.
Turcanu pensó haber tropezado con secretos capaces de ganarle la ansiada liberación prometida.
_Si mientes esta vez, te mato _le advirtió.
_Tengo cosas importantes que decir, pero no a usted. Concierne a traidores en esferas elevadas.
Lo llevaron a Bucarest, donde pasó varias semanas en el hospital. Los miembros del Comité Central del Partido, rivales del grupito de Pauker, lo entrevistaron allí. Reveló que Pauker, Luca y Georgescu, los ministros dirigentes, habían recabado la ayuda de Weiss para obtener pasaportes falsos con los cuales poder abandonar Rumania rápidamente si fuera preciso. También habían transferido considerables sumas de dinero a bancos suizos.
La información fue pasada al Secretario General del Partido, Gheorghiu-Dej, instigador principal contra la facción Pauker.
El coronel Weiss narró la historia de la reeducación, mostrando a los amigos de Dej sus efectos en su propio cuerpo. Se alarmaron. Otro cambio acechaba en los destinos del Partido. Algunos ignoraban estos extraños excesos, y los demás fingieron no saber nada, aunque se iniciaron las investigaciones. Los principales "reeducadores" fueron interrogados en la oficina central de la policía secreta, y varios de ellos, incluso Turcanu, fueron sentenciados a muerte.
El escándalo de la reeducación se esgrimió como arma contra el Ministerio del Interior, presidido por Teohari Georgescu, y en la purga política de 1952 el triunvirato que había gobernado en Rumania desde que tomaron posesión los comunistas, fue derrotado. Los demás ministros envueltos en los cargos del coronel Weiss, Vasile Luca y Ana Pauker, pagaron los platos rotos por la catastrófica inflación y los desastres ocasionados por la colectivización.
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