Cristo en las prisiones comunistas

Tercera parte

1

Por un tiempo corrieron alarmantes rumores acerca de un sistema para "reeducar" a los prisioneros, practicado ya en las prisiones de Suceava y Piteshi. No se efectuaba por medio de libros, sino a golpes. Los instructores eran generalmente Guardias de Hierro renegados, los cuales habían formado una "Organización de Prisioneros con Convicciones Comunistas" (PCC). Escuchamos los nombres de Turcanu, Levitkii y Formagiu como los organizadores del grupo. Al parecer se estaban comportando como salvajes.

Temíamos que introdujeran el procedimiento entre nosotros, pero Boris lo tomó a broma. No podía creer que sus antiguos asociados de la Izquierda permitieran semejantes atrocidades.

_Ellos saben que por el terror no se desarraigan nunca las ideas _alegó_. Eso es lo que Karl Kautsky, el pensador socialdemócrata escribió en el comienzo de la revolución rusa.

_Sí _repliqué_, y recuerdo que Trotsky, entonces Ministro de la Guerra, contestó: "Señor Kautsky, usted no sabe qué clase de terror aplicaremos". Resulta irónico que las propias ideas de Trotsky hayan sido eliminadas por el terrorismo en Rusia con tanta efectividad como lo ha sido el capitalismo.

El abate interpuso:
_Temo que el terror y la tortura, aplicados cruel y largamente, pueden quebrantar la resistencia de un hombre, a menos que ocurra un milagro de Dios.

_Yo no creo en milagros _afirmó Boris_. Puedo pasarme sin ellos, gracias. Nada ha podido afectar aun mis convicciones.

El ambiente de la prisión empeoró después de una breve visita del líder reeducador Formagiu, enviado desde Piteshi con instrucciones de inaugurar el sistema. Hasta entonces, aunque uno era atormentado gran parte del día, se sabía que tarde o temprano los guardias tendrían que comer o dormir. Ahora "los prisioneros con convicciones comunistas" se mudaron con nosotros. Tenían el poder de pegar y amedrentar a su antojo, y para realizar su trabajo portaban garrotes de caucho. Habían sido seleccionados por las autoridades entre los prisioneros peores y más violentos, y no había manera de escapar de ellos; por cada cincuenta prisioneros había un grupo de diez o veinte "PCC" y el número fue creciendo cada vez más. Los que se declaraban listos para volverse comunistas, tenían que probar su conversión convirtiendo a su vez a otros.

La cruda violencia era puntuada por sesiones de la más refinada crueldad, bajo supervisión médica, a fin de que los prisioneros no muriesen. Los doctores mismos eran muchas veces PCC. Conocí a un tal doctor Turcu, que después de examinar a un compañero de celda recomendaba una pausa, le daba al individuo una inyección para aumentar su resistencia. Y les comunicaba a los reeducadores cuando comenzar de nuevo. El doctor Turcu decidía cuándo el prisionero había alcanzado el límite y tenía que ser lanzado de nuevo a la celda de reeducación hasta el día siguiente.

Una ola de locura barrió la prisión. Los pacientes de tuberculosis eran desnudados, y empapados con cubos de agua helada. Delante de hombres que habían estado padeciendo de hambre durante días, arrojaban al suelo bazofia de cerdos, y como llevaban las manos atadas por la espalda, los forzaban a lamerla. Ninguna humillación, por vil que fuese, era escatimada. En muchas prisiones los hombres eran obligados por los matones de los PCC a tragar excremento y beber orina. Algunos lloraron y suplicaron que siquiera les diesen lo propio, no lo de otros. Varios enloquecieron y pidieron más. También obligaban a los convictos a ejecutar públicamente actos de perversión sexual. No me imaginaba que fuese posible tal escarnio del cuerpo y del alma.

Los que se apegaban a su fe eran los peor tratados. A los cristianos los ataban durante cuatro días a cruces que diariamente eran depositadas en el suelo, ordenándose entonces a los prisioneros defecar en las caras y en los cuerpos atados. Después volvían a alzar las cruces.

Un sacerdote católico a quien trajeron a la Habitación Cuatro nos contó que en la prisión de Poteshi, un domingo, lo habían empujado dentro del pozo negro de la letrina y le habían mandado decir misa sobre el excremento y dar a los hombres la comunión.

_¿Obedeció usted? _le pregunté.

Hundió el rostro en las manos y lloró:

_He sufrido más que Cristo _dijo.

Todo esto se llevó a cabo con el visto bueno de la Administración de la prisión, cumpliendo órdenes desde Bucarest. Turcanu, Formagiu y los otros especialistas fueron llevados de prisión en prisión reclutando PCC y encargándose de que la campaña no flaqueara.

Los líderes del Partido, incluso miembros del Comité Central como Constantino Doncea y el Sub-Secretario del Ministerio del Interior, Marin Jianu, vinieron a observar este deporte. Boris, que había laborado con Jianu, se abrió paso entre los guardias para protestar, pero si Jianu reconoció a su antiguo colega, no lo admitió:

_No interferimos cuando un cerdo le proporciona una paliza a otro _comentó.

Es decir, el Partido se desligaba de los torturadores, pero les permitía torturar.

_Llévenselo _dijo con respecto a Boris, quien fue golpeado hasta que pidió clemencia.

El antiguo combatiente del sindicato se desintegró por completo. Expuesto a humillación y tortura día y noche, algo se apagó dentro de él. Se arrastró para besar las manos de quienes lo torturaban.

_Gracias, camarada _decía_, me has hecho ver la luz _y comenzaba a parlotear sobre los gozos del comunismo, y de lo criminal que había sido al persistir en su error. Después de semejante desplome, su amor propio requería un cambio total de lealtad; de lo contrario hubiera aparecido ridículo ante sus propios ojos. Boris se unió al grupo de los PCC. Uno de los primeros en quien utilizó su porra fue en el doctor Aldea.

El sistema de reeducación, importado de Rusia, trajo increíbles resultados. Las víctimas expusieron secretos que habían podido mantener durante meses de interrogatorio. Denunciaron a amigos, esposas y padres, por lo que naturalmente se produjeron miles de arrestos.

 

2

Por este tiempo un grupo de seis hombres de las minas de plomo fueron traídos a una celda especial en Tirgul-Ocna. Se les unieron otros prisioneros que al saber que algunos de los recién llegados eran sacerdotes, se confesaron con ellos y de este modo ganaron su confianza. Los mineros hablaron libremente de sus actividades religiosas y políticas de carácter secreto. Posteriormente los trasladaron a una celda mayor, para reeducarlos, y fue allí donde se enteraron de haber estado conversando con delatores.

A uno de ellos lo condujeron herido y sangrante a la Habitación Cuatro. Nos dijo que el "reeducador" encargado era un joven bien plantado, de sonrisa fija, que constantemente hacía chistes. "¿Te duele? _preguntaba_ ¡Cuánto lo siento! Probaremos algo nuevo. ¿Te gustó esto?"

_Si alguna vez le echo el guante _anunció la víctima_, lo voy a desollar vivo.

_¡Aquí mismo! _saltó el viejo campesino Badaras_, y le echas sal y pimienta, así se hace!

La diaria canción de Badaras era: "En el nombre del... Dios destruya a los comunistas, los haga padecer y los hiera, ¡marranos que son!"

_¿Por qué te expresas así? _le preguntaba_. Eso no es lo que se espera de un cristiano.

Levantaba los puños al cielo como una invocación.

_¡Lo digo porque Dios no va a permitir que entre en el paraíso nadie que no maldiga a los bastardos!

Muchos, como Badaras, vivían aguardando el día en que pudieran torturar a sus torturadores. Creían en el infierno para que los comunistas se frieran en él.

_No podemos alentar el odio _lo reconvine_. Estos hombres, como le pasó a Boris, han cedido bajo una presión atroz.

Boris se convirtió en un tópico delicado en la Habitación Cuatro. Su intento de probar su conversión al comunismo golpeando al doctor Aldea, quien había declarado abiertamente su desprecio por Turcu y otros doctores PCC, lo convirtió en uno de los hombres más odiados en la prisión. Aldea padecía terriblemente con unos granos que le habían salido en la espalda y los hombros, y Boris lo había golpeado precisamente en la espalda. Los prisioneros hubieran dado su vida por Aldea, quien la estaba dando por ellos. Después de la paliza, al doctor se le buscó una cama en la Habitación Cuatro. Entonces vino uno a decirle que un prisionero gravemente enfermo quería verlo.

_¡El doctor está muy enfermo para moverse! _protestó el Abate.

Aldea inquirió:

_¿Quién es?

_Boris _contestó el hombre.

El médico se levantó penosamente de la cama, y nadie dijo una palabra cuando salió del cuarto.