Cristo en las prisiones comunistas
Segunda parte
7
Los prisioneros de otros pabellones vinieron a menudo a la Habitación Cuatro a pasar la noche con nosotros, ayudando a los moribundos y ofreciéndoles consuelo.
En Pascua Florida, un amigo trajo algo envuelto en un cucurucho de papel, para Valeriu Gafencu, un antiguo soldado de caballería de la Guardia de Hierro. Procedían de la misma ciudad.
_Lo he pasado de contrabando _le dijo_. ¡Ábralo!
Gafencu deshizo el papel, y en él había dos terrones de una sustancia blanca y reluciente: ¡azúcar! Ninguno de nosotros había visto terrones de azúcar durante años. Nuestros cuerpos consumidos la apetecían. Todos los ojos se fijaban en Gafencu y en la preciada posesión que tenía en la mano. Despacio, él la envolvió de nuevo.
_No voy a comerla todavía _dijo_. Alguien puede empeorar más que yo durante el día. Pero gracias.
Con mucho cuidado colocó el presente junto a su cama, y allí se quedó.
Días después mi fiebre aumentó, y me puso muy débil. El azúcar pasó de cama en cama hasta que vino a descansar en la mía.
_Es un obsequio _explicó Gafencu.
Le di las gracias, pero dejé el azúcar intocado, por si alguien la necesitaba más al día siguiente. Cuando mi crisis pasó, se lo di a Soteris, el más viejo de los dos comunistas griegos, cuya condición era peor.
Durante dos años el azúcar pasó de mano en mano en la Habitación Cuatro (y dos veces volvió a mí); cada vez el paciente esperaba tener fuerzas para resistir.
Soteris y Glafkos eran guerrilleros comunistas que huyeron a Rumania al final de la guerra civil en Grecia. Habían sido arrestados, como muchos de sus camaradas, por pelear mal; no se cansaban de alardear de sus hazañas antes de que la marea de la batalla se volviera contra ellos. Habían saqueado los famosos monasterios de Monte Atos, llevándose cuanto pudieron cargar y destrozando el resto. A las mujeres les estaba prohibido entrar en Atos, y muchos de los 2.000 monjes no habían visto una en años.
_Llevamos con nosotros a un grupo de muchachas guerrilleras _contó Soteris_. ¡Hubieran visto a los vejetes correr!
Soteris estaba orgulloso de su ateísmo, mientras pudo bromear y esperaba vivir. Cuando le llegó la hora, a gritos pidió a Dios que lo ayudara. Únicamente lograba calmarlo la voz del sacerdote murmurando palabras prometedoras de celestial perdón. Entonces, él también, tuvo la gran fuerza moral de renunciar a los dos pedazos de azúcar.
Su cuerpo fue preparado para su entierro, por un prisionero de afuera que frecuentemente venía a ayudar. Lo llamaban, respetuosamente, "el profesor", y su nombre era Popp. Rara vez su figura cargada de espaldas y profesoral asomaba sin la compañía de alguno a quien estuviese enseñando historia, francés, o cualquier otra materia.
En una ocasión le pregunté cómo se las arreglaba, puesto que no contaba con materiales de escritura.
_Frotamos la mesa con un pedazo de jabón y arañamos la palabra con un clavo _me explicó.
Al expresar mi admiración por su persistencia, los inocentes ojos azules resplandecieron.
_Antes pensaba que lo hacía por ganarme la vida. ¡En la prisión he aprendido que enseño porque amo a mis alumnos!
_¿Siente vocación, como dicen los sacerdotes?
_Bueno _replicó_, aquí se nos enseña lo que valemos.
Al preguntarle si era cristiano pareció agitarse.
_Pastor, he tenido muchos desengaños. En mi última prisión, Ocnele-Mari, convirtieron la iglesia en un almacén y pidieron que alguien se prestara a bajar la cruz de la torre. Ninguno quería hacerlo. Por último, fue un sacerdote quien se prestó.
Alegué que no todos los hombres que pertenecen a órdenes
sagradas albergan un corazón sacerdotal, ni todos los que se llaman cristianos
son discípulos en el genuino sentido de la palabra. El que visita a un barbero
para que lo afeite, u ordena un traje a un sastre, no es discípulo sino cliente;
y el que se acerca al Salvador solamente para ser salvado, no es su discípulo.
Si lo fuera le diría a Cristo:
_¡Cómo quisiera hacer una labor igual a la tuya! ¡Ir de sitio en sitio
disipando el temor; trayendo, en cambio, consuelo, y la vida eterna!
Popp sonrió:
_¿Y qué me dices de los que se vuelven discípulos a la última hora? Me ha sorprendido ver a tantos convencidos ateos volverse creyentes en los últimos momentos.
Tuve que explicarle que nuestra mente no funciona al mismo nivel.
_Un genio puede hablar tonterías a veces, o tener un altercado con la esposa, pero no lo juzguemos por estos detalles. Respetemos nuestra mente, y la suya, cuando nos superamos, cuando nos esforzamos por hallar salida a un momento de crisis suprema. Es entonces cuando es preciso afrontar la separación de la muerte en la que la fachada del ateísmo casi siempre se derrumba.
_¿Y por qué cree que un hombre como el sargento Bucur desea confesar sus pecados públicamente?
Le di la razón:
_En una época yo vivía cerca del ferrocarril, y jamás notaba los trenes de
día, porque la ciudad estaba llena de ruidos. Pero por la noche oía los
silbidos distintamente. Cuando la muerte se aproxima en el silencio de la
prisión, donde no hay distracciones, los hombres oyen la voz que no habían
oído antes.
El abate dijo:
_En la última prisión que estuve, en Aiud, había un pobre anciano en encierro
solitario. Por la noche se despertaba gritando: "¿Quién está en la celda
contigua? ¿por qué no para de tocar la puerta?"
_¿Y qué _preguntó Popp.
_La celda contigua estaba vacía.
_Yo sé algo que le gana a eso _ofreció Moisescu_. En mi último lugar de prisión había un guardia de hierro que había matado a un rabí. Estaba convencido de que el rabí cabalgaba en sus hombros y le hundía las espuelas en la carne.
8
Como no tenía fuerzas para lavarme, el profesor Popp se encargó de esa tarea. Le pregunté si había duchas en la parte de la prisión donde él vivía.
_Sí _dijo_, en la República del Pueblo de Rumania contamos con los más modernos equipos. Lo malo es que no funcionan. Las duchas han estado secas por años. _Enderezó la espalda y prosiguió_: ¿Ha oído usted del comunista y el capitalista que al fallecer se encontraron en el Infierno? Vieron dos puertas. Una decía: "Infierno Capitalista", y la otra decía: "Infierno Comunista". Aunque los hombres eran enemigos de clase, se pusieron de acuerdo para decidir cuál sería el infierno más pasable. El comunista propuso: "Camarada, vayamos al departamento comunista. Allí, cuando hay carbón no hay fósforos. Cuando hay fósforos, no hay carbón. Y si tienen carbón y fósforos, el horno no funciona."
El profesor continuó lavándome, y los otros rieron. Aristar el campesino dijo:
_Los primeros comunistas eran Adán y Eva.
_¿Por qué? _preguntó el condescendiente Popp.
_Porque no tenían ropas, ni casa, además tuvieron que compartir una manzana, y todavía creyeron estar en paraíso.
El relatar chistes y cuentos era muy importante para nosotros. Los hombres permanecían acostados el día entero, con sólo sus aflicciones en que pensar, y el que pudiera llevarles a olvidar por unos momentos les estaba haciendo un acto de caridad. Frecuentemente hablé durante horas, a pesar de estar enfermo y aturdido del hambre; un buen relato, al igual que un pedazo de pan, podía sostener la vida del hombre. Cuando Popp me insistía en que ahorrase mis energías, le aseguraba tener suficientes para una anécdota más esa mañana.
_El Talmud habla de un rabí que andaba por la calle cuando oyó la voz del profeta Elías decir: "Aunque ayunes y reces, nunca merecerás el alto lugar que espera en el cielo a esos dos hombres al otro lado del camino." El rabí corrió detrás de los extraños y les preguntó: "Habéis dado mucho a los pobres?" "No, ¡si somos mendigos!" "Entonces, ¿oráis continuamente?" "No, somos ignorantes. No sabemos rezar." "Díganme, pues, ¿qué hacéis?" "Contamos chistes para hacer reír a la gente cuando está triste."
Popp pareció sorprenderse:
_¿Vas a decirme que los que hacen reír a los hombres alcanzan mayores honores
en el cielo que quienes los ayudan?
_Eso enseña el Talmud, ese libro de sabiduría hebrea. Pero incluso en el salmo segundo de la Biblia se afirma que Dios mismo se ríe a veces.
A la vez que me ayudaba a ponerme las ropas, Popp afirmó:
_Dios nos hallaría mucho de qué reírse aquí. Pero, ¿dónde está El,
pastor, y por qué no nos ayuda?
Como respuesta relaté:
_Un día llamaron a un pastor al lecho de muerte de un individuo. La madre trataba de consolar a la hija, que sollozaba, pero la muchacha increpó: "¿Dónde se halla el brazo protector de Dios del cual predica usted, pastor?", y éste replicó: "Está detrás de tu hombro, en la forma del brazo de tu madre". Cristo se encuentra con nosotros en la prisión de muchas maneras. Primeramente, puede verse en nuestros doctores cristianos, que aunque les pegan y los atemorizan, siguen ayudando. En Vacarasti, algunos doctores oficiales han hecho pasar medicamentos, y con ello se han ganado diez años de prisión. En segundo lugar, Cristo reside aquí en los sacerdotes y pastores afanosos por aliviar la carga de los otros, y en todos los cristianos que proporcionan alimento, ropa y ayuda a quienes están peor que ellos. En tercer lugar, se manifiesta en los que nos enseñan acerca de Dios y también en los que nos narran historias; en las personas de quienes nos sirven, y en la de aquellos a quienes ustedes pueden servir. Jesús promete que en el Juicio Final, Dios separará el bueno del malo, a Su mano derecha y a su izquierda. A los de la derecha, les dirá: "Venid y heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo y me cubristeis; enfermo y me visitasteis en la cárcel y vinisteis a mí". Los justos le responderán diciendo: "Señor, ¿cuándo te vimos enfermo y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos o desnudo y te vestimos; o cuándo te vimos enfermo y en la cárcel y vinimos a ti?" Y el Rey les responderá y les dirá: "De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mi lo hicisteis". Mt. 25:34-40.
9
Gafencu había pasado toda su vida adulta en prisión, pero a semejanza de otros secuaces de la Guardia de Hierro en los cuales la creencia cristiana había prevalecido, creía que no podía hacer lo suficiente para expiar sus faltas. Cada día daba el ejemplo, poniendo a un lado parte de su mísera ración a fin de ayudar a fortalecer a quien se hallara más débil entre nosotros. Su antisemitismo era cosa del pasado. Cuando algunos amigos fascistas quisieron verlo en la Habitación Cuatro, de repente salió con un comentario que los sorprendió:
_Me gustaría ver a la nación regida enteramente por judíos.
Sus camaradas lo contemplaron aterrado.
_Sí _añadió Gafencu tranquilamente_. Primer Ministro, legisladores, empleados civiles, todo el mundo. Con una condición: tendrían que ser hombres como los antiguos líderes judíos, como José, Moisés, Daniel, San Pedro y San Pablo, y Jesús mismo, porque si tenemos más judíos como Ana Pauker, Rumania desaparece.
Gafencu había sido encarcelado cuando tenía 19 años. Su
juventud había transcurrido sin haber conocido nunca una muchacha. Cuando otros
le hablaban del sexo, él preguntaba:
_¿Cómo es?
Un día me refirió:
_Mi padre fue deportado de Besarabia por los rusos. Nunca tuvimos suficiente que
comer. Me pegaban en la escuela, y después me pusieron en la prisión por
escaparme y unirme a la Guardia de Hierro. Jamás he conocido una sola persona
buena, sincera, amante. Por eso llegué a esta conclusión: Lo de Cristo es una
leyenda. Hoy en día no hay nadie en el mundo como él, ni creo que lo haya
habido jamás. Pero cuando ya había estado en prisión varios meses, tuve que
admitir mi error. Hubo enfermos que me regalaron su última costra de pan.
Compartí mi celda con un obispo de tal bondad que uno sentía como si el roce
de su hábito pudiera curar.
Gafencu había permanecido en la Habitación Cuatro un año, y en todo ese tiempo no había podido acostarse. Le dolía mucho. Tenía que ser apuntalado constantemente. Cada día tenía menos control sobre su cuerpo, y a veces hacía sus necesidades acostado, teniendo entonces que esperar, a veces durante horas, por la noche, a que alguien viniera a limpiarlo.
Los pacientes de afuera, que se sentían más fuertes, se encargaban de asear a los que no podían hacerlo. Lavaban camisas, ropa interior, fundas, a veces veinte sábanas al día, aunque para llegar al agua tenían que romper hielo en el patio. Mis propias ropas se hallaban siempre incrustadas de pus y sangre, pero cuando trataba de impedir que un amigo las lavase, se ofendía.
Gafencu no se quejaba nunca. Se sentaba muy derecho en la cama, a veces moviendo la cabeza un poco para asentir o para expresar gratitud. Al saber que no le quedaba mucho más de vida sus amigos antiguos y nuevos, se reunieron alrededor de su cama derramando lágrimas. Sus postreras palabras fueron: "El Espíritu de Dios desea celosamente que seamos de El".
Después que murió, los otros se arrodillaron y oraron. Yo comenté: "Dice Jesús que si una semilla no cae en la tierra y muere, no puede dar fruto; que así como la semilla renace en una bella flor, el hombre muere y su cuerpo se renueva en el cuerpo espiritual. Y su corazón, si se ha llenado con los ideales cristianos, seguramente dará fruto".
Después que un sacerdote hubo ofrecido una plegaria, envolvieron a Gafencu en su sábana y lo condujeron al mortuorio. Por la noche fue enterrado en la fosa común por los criminales convictos, que siempre desempeñaban esta tarea.
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