Cristo en las prisiones comunistas

Segunda parte

3

Dos días después, Tachici me susurró:

_Te vas. ¡Que Dios te acompañe!

Otro guardia siguió, y entre los dos me condujeron a la entrada principal. Contemplé a Bucarest desplegado abajo _la última vez que la vería en seis años. Remacharon alrededor de mis tobillos cadenas que pesaban cincuenta libras. Me auparon al interior de un camión en el que ya había unos cuarenta hombres y varias mujeres. Todos, incluso los enfermos, iban encadenados. Junto a mí lloraba una joven, y traté de consolarla.

_¿No se acuerda de mí? _sollozó.

La miré con mayor detenimiento, pero su cara no me decía nada.

_Yo formaba parte de su congregación.

Después de mi arresto, la pobreza la había impulsado a dedicarse al robo, teniendo ahora que cumplir tres meses.

_Me siento tan avergonzada _dijo con voz llorosa_. Yo que pertenecía a su iglesia, y ahora usted es un mártir y yo soy una ladrona.

_Yo también soy un pecador, salvado por la gracia de Dios, la consolé.

_Cree en Cristo y tus pecados te serán perdonados.

Me besó la mano, prometiéndome que cuando la soltaran, le haría saber a mi familia que me había visto.

En un desviadero del ferrocarril nos hacinaron en un vagón especial para transportar prisioneros. Las ventanas eran diminutas y opacas. Traqueteando lentamente por la llanura y dentro de las colinas al pie de los Cárpatos, descubrimos que todos padecíamos de tuberculosis, por lo que nos dimos cuenta que nos conducían a Tirgul-Ocna, donde existía un sanatorio para prisioneros tuberculosos. Durante unos 40 años los convictos habían trabajado en las minas de sal locales, y treinta años atrás un doctor famoso, Romascanu, construyó el sanatorio y se lo dio al Estado. Había disfrutado de excelente reputación antes que los comunistas dominaran.

Al cabo de un viaje de 200 millas que nos tomó un día y una noche, llegamos a la estación de Tirgul-Ocna, una ciudad de 30.000 habitantes. Junto con otros seis hombres que no podían caminar, me acostaron en una carreta. Los otros tiraron de ella y nos llevaron, mientras los guardias miraban, a un enorme edificio en el límite de la ciudad. Cuando nos entraron vi una cara conocida, la del doctor Aldea, un ex fascista convertido que se había hecho amigo de la familia. En seguida que me acostaron en el cuarto de cuarentena me examinó.

_Yo soy un prisionero también _me dijo_, pero me dejan trabajar como doctor. No hay enfermeras, y sólo un médico, así es que nos tenemos que cuidar los unos a otros lo mejor que podamos.

Me tomó la temperatura e hizo su examen.

_No voy a engañarte _dijo_. Nada podemos hacer. Te quedan dos semanas de vida. Procura comer lo que te den, aunque no sea bueno. De lo contrario... _me tocó el hombro y siguió adelante.

En los días que siguieron murieron dos de los que habían viajado en la carreta desde la estación. Oí que otro le suplicaba a Aldea con voz ronca:
_Le juro que estoy mejor, doctor. La fiebre se está yendo, lo sé. ¡Escuche, por favor! Hoy solamente escupí sangre una vez. ¡No deje que me pasen a la Habitación Cuatro!

Le pregunté al individuo que me trajo el atole aguado, qué pasaba en la Habitación Cuatro. Puso el plato con cuidado, y replicó:
_Ahí es donde mandan a los incurables.

Traté de comer el atole, pero no podía. Alguien me alimentó con cuchara. La comida no bajaba. El doctor Aldea dijo:
_Lo siento, pero insisten en que vayas a la Habitación Cuatro.

Volví a juntarme con mis compañeros de la carreta.

 

4

Para todos los efectos ya estaba muerto. Los prisioneros se persignaban al pasar por el pie de mi cama. Pasaba la mayor parte del tiempo acostado, en estado comatoso. Si me quejaba, loso demás me revolvían para el otro lado y me daban agua.

El doctor Aldea no podía hacer mucho.

_¡Si al menos tuviéramos algunas medicinas modernas! _se lamentaba. Corrían rumores de que un nuevo invento norteamericano, la estreptomicina, estaba haciendo maravillas por los tuberculosos, aunque la línea del Partido había clasificado lo anterior como propaganda occidental.

En los quince días siguientes, cuatro de los que entraron conmigo en el cuarto murieron. Yo mismo no estaba seguro a veces de estar vivo o muerto. Por la noche a ratos, despertándome con punzadas de agonía. Los otros prisioneros me cambiaban de lado unas cuarenta veces aproximadamente, para aliviar mi dolor. Me salía pus de una docena de llagas. Tenía el pecho inflamado, con la columna vertical también afectada. Escupía sangre constantemente.

Sobreviví la primera crisis. La mirada de lástima del doctor Aldea se transformó en una de asombro, viéndome aferrarme a la vida. No me administraban medicinas, pero durante una hora en la mañana la fiebre bajaba ligeramente y mi mente estaba más lúcida. Empecé a mirar en torno mío en la habitación, y a hacer inventario de lo que me rodeaba.

 

5

La habitación contenía doce camas muy juntas, y algunas mesitas. Las ventanas estaban abiertas, y podía ver a los hombres trabajando en un trozo del huerto, y más allá las altas murallas y los alambres de púas. Todo estaba muy quieto. No había timbres de alarma, ni carceleros que gritaran; es más, no había carceleros. Por temor al contagio se mantenían tan lejos de los pacientes como podían. Podía decirse que Tirgul-Ocna era administrada a distancia, y debido al descuido y la indiferencia se convirtió en una de las prisiones menos rigurosas. Escasamente se nos daba o se hacía algo por nosotros. Usábamos la ropa en que habíamos sido arrestados, remendadas en el transcurso de los años con lo que tuviéramos a mano.

El alimento lo traían malhechores comunes a la puerta de la sección política, y de allí era llevada a las celdas. los que podían caminar iban por su ración; al resto se la daban en la cama. Consistía en sopa de col aguada, unas pocas habichuelas verdes, o un ligero guiso de cebada o maíz.

Varios prisioneros que estaban bastante bien, cavaban el terreno fuera del edificio. El resto descansaba en las literas y chismeaba para matar las horas. Pero en la Habitación Cuatro la atmósfera era diferente. Como nadie había salido vivo de allí, la llamaban "La Celda de la Muerte".

Un gran número de hombres morían, y su lugar lo ocupaban otros en los treinta meses que permanecí acostado en ese cuarto. Lo remarcable es que nadie murió siendo ateo. Los fascistas, comunistas, santos, asesinos, ladrones, sacerdotes, ricos terratenientes, y los más pobres entre los campesinos, se amontonaban en una pequeña celda. Sin embargo, ninguno murió sin haber hecho las paces con Dios y con el hombre.

Muchos ingresaron en la Habitación Cuatro como ateos firmemente convencidos, pero su descreimiento cayó siempre ante las faz de la muerte. Se dice: "Si un gato puede cruzar un puente, eso no significa que el puente es seguro; pero si un tren lo cruza, entonces sí lo es". Igualmente, si un hombre se llama ateo mientras se sienta con su esposa a tomar té y pasteles, ello no es prueba de ateísmo. Una verdadera convicción tiene que sobrevivir bajo inmensa presión, y el ateísmo no sobrevive.

 

6

El anciano Filipescu recitaba con frecuencia pasajes de Shakespeare, que le encantaban, o nos contaba relatos de su vida, para pasar el tiempo. Había sido revolucionario durante cincuenta años. El primero de sus muchos arrestos por agitación política fue en 1907, pero en 1948 la policía secreta vino por él.

_Padecí por el socialismo antes que ustedes nacieran _les dijo. Le replicaron que en ese caso debió haberse unido a los comunistas y compartir el fruto de la victoria.

_Cuando les contesté a estos jóvenes "El socialismo es un cuerpo viviente con dos brazos, Democracia Social y Comunismo Revolucionario; ¡corten uno de ellos y el socialismo queda lisiado!", se rieron.

Filipescu fue sentenciado a veinte años.

_Un carcelero me anunció: "¡Vas a morir en prisión!"

Yo le repliqué:

_No he sido sentenciado a muerte, ¿por qué quieres matarme?

Nos contó el principio de su vida como zapatero; como después se auto educó y aprendió a apreciar lo bello de la vida. Aceptaba las enseñanzas marxistas acerca de la religión, es decir, que la iglesia estaba del lado del opresor, que los clérigos eran mantenidos por el rico para persuadir a los pobres de que su recompensa la hallarían en el cielo.

Nadie, sin embargo, conoce las profundidades de su propio corazón; cuántos se creen religiosos y no lo son, mientras otros se creen ateos sin serlo. Filipescu negaba a Dios, pero lo que negaba era su concepto primitivo de la palabra, no las realidades del amor, la piedad y la eternidad. Le expresé esta opinión mía de él.

_Creo en Jesucristo y lo amo como el más grande de los seres humanos _dijo_, pero no puedo pensar en El como Dios.

Su condición se agravó progresivamente. Antes de quince días, después de una serie de hemorragias, vino el fin. Me dijo sus últimas palabras:

_Amo a Jesús _murmuró. Esa semana habían muerto varios, y lo tiraron desnudo dentro de una fosa común que los prisioneros cavaron.

El general Tobescu, un antiguo jefe de la Gendarmería, levantó la voz desde su rincón cuando oyó esto:

_Ese es el destino que los socialistas del Occidente se están labrando ellos mismos cuando se hacen aliados de los comunistas.

El abate Iscu de Tismana, su vecino, se persignó:

_Al menos debemos estar agradecidos de que al final se acercó a Dios _dijo quedamente.

En el otro extremo del cuarto el sargento mayor Bucur expresó su desacuerdo:

_¡Nada de eso! Declaró que no podía pensar en Cristo como Dios.

Bucur no amaba a nadie, pero adoraba su concepto del Estado, con él como virrey de la villa donde había dispensado su propio estilo de justicia. Era aficionado a contar a todos cómo siendo sargento de la Gendarmería había pegado a ladrones y mendigos, y hasta a sus mismos hombres cuando osaban contradecirlo, y especialmente judíos.

_Ninguno está marcado _se vanagloriaba_. Primero se les ponen colchas de arena en la espalda. ¡Duele igual, pero no pueden quejarse, porque no tienen cicatrices que mostrar!

Bucur no podía comprender su deposición bajo el nuevo régimen, pues se hallaba listo para combatir a los anticomunistas con tanto ardor como cualquier otro, por deber.

Aunque estaba muy enfermo, no quería admitirlo. Cuando el doctor Aldea lo examinaba una noche, exclamó:

_¿Por qué me retiene aquí? No tengo nada serio ¡Yo no estoy como los otros!

Aldea miró el termómetro y sacudió la cabeza.

_No _dijo_ estás peor que ellos. Debieras dejar de discutir, y pensar en tu alma.

Bucur se puso furioso.

_¿Quién crees que eres? _le gritó después que el doctor se fue.

_Sospecho que Aldea tiene sangre judía _añadió. Era lo peor que podía pensar de nadie.

A Bucur le gustaba pelear con Moisescu, un judío chiquito, de mediana edad, cuya cama estaba cerca de la suya.

_La Guardia de Hierro sabía cómo tratarte _lo provocó.

_¿Sabes que fui arrestado como miembro de la Guardia de Hierro? _dijo Moisescu, sonriendo. Todos se rieron en la habitación.

_Es verdad _prosiguió_. Después que la Guardia de Hierro fue derrocada, era una grave ofensa poseer una camisa verde, que se consideraba un uniforme. Nosotros los Judíos hemos perdido tanto durante su mandato que yo pensé: "He aquí una buena oportunidad de recuperar algo de lo nuestro. Compra todas las camisas verdes no vendidas, tíñelas de azul, y véndelas". Mi casa estaba atestada con todas las camisas verdes que habían en Bucarest cuando la policía vino a registrar. No escucharon mi explicación, ¡de manera que me tildaron de Guardia de Hierro y siendo judío me mandaron a prisión como simpatizante de loso nazis!

Aunque Bucur declaraba en alta voz ser cristiano militante, su existencia entera había sido una pelea con Dios. Iba a la iglesia, mas no encontraba guía. los sacerdotes de su villa no eran ministros de la religión sino maestros del ceremonial ortodoxo. Ahora no podía comprender por qué moría, ni lo que significaba la verdadera fe.

Le dije:

_Sientes que no tienes motivos para esperar, pero recuerda que la noche es más negra antes del amanecer. Los cristianos creen que la aurora vendrá. La fe puede resumirse en dos palabras: "aunque" y "sin embargo". En el libro de Job leemos: "Aunque el Señor me mate, confiaré en El". Estas palabras aparecen juntas numerosas veces en la Biblia. Nos piden tener fe en los momentos más negros.

A Bucur le complació que alguien se interesara por él, pero no demostró remordimiento por la crueldad y el mal de su pasado, hasta el día que comprendió que el doctor Aldea tenía razón. Su vida se apagaba rápidamente. Declaró con voz asustada:
_Muero por mi patria.

Estuvo inconsciente durante horas. Cuando despertó, pidió:
_Deseo confesarme delante de todos ustedes. ¡He pecado tanto! ¡No! No puedo morir pensando en ello. Su voz adquirió una extraña calma. Confesó haber matado a gran cantidad de Judíos, no por seguir órdenes de otros sino porque sabía que nunca sería castigado. Había asesinado a mujeres y a un niño de doce años. Había estado sediento de sangre como un tigre.

Al final de su confesión murmuró:
_Ahora el señor Wurmbrand me odiará.

_No _le repliqué_. Tú mismo odias a esta criatura que mataba. Tú la has vilipendiado y rechazado. Tú ya no eres aquel asesino. Un hombre puede nacer de nuevo.

A la mañana siguiente aún se aferraba a la vida.

_Ayer no lo dije todo _admitió_; me dio miedo.

Había asesinado a niños en los brazos de sus madres. Cuando las municiones se le acababan, los golpeaba hasta matarlos. Su espeluznante relato parecía interminable; mas, cuando por fin terminó se quedó dormido. Su respiración se hizo ronca e irregular. El pecho se alzaba y bajaba como si no le entrara suficiente aire. Todos estábamos silenciosos. Sus manos se apretaban y se soltaban sobre la frazada sucia, y finalmente se agarraron a la pequeña cruz que le colgaba del cuello. Cuando dejó de respirar, su garganta emitió un angustioso estertor.

Alguien llamó a uno en el pasillo, y dos hombres vinieron a llevarse el cuerpo de Bucur. El sol de la mañana penetró por las ventanas abiertas y se posó en su cara, pero ya los ojos estaban cerrados y las duras líneas de la boca estaban en reposo. En la muerte, sus facciones mostraban una inmensa paz, como no la había conocido jamás durante su vida.