Cristo en las prisiones comunistas

Segunda parte

1

Después de casi tres años de encierro solitario me hallaba al borde de la muerte. A menudo escupía sangre.

El coronel Dulgheru dijo:

_No somos asesinos como los nazis. Queremos que viva y sufra. Llamaron a un especialista. Ansioso de evitar el contagio, hizo su diagnóstico a través del mirador de la celda. Dio orden de pasarme a una prisión hospital.

Me subieron desde las celdas subterráneas, y en el patio del Ministerio del Interior contemplé de nuevo la luz de la luna y las estrellas. Acostado en una ambulancia, di una familiar ojeada a Bucarest. Viajábamos en la dirección de mi casa, y por un momento pensé que me llevaban a ella a morir. Cuando casi estábamos allí, la ambulancia dobló y comenzó a subir una colina en las afueras de la ciudad. Entonces comprendí que nos dirigíamos a Vacaresti, uno de los grandes monasterios de Bucarest, que en el siglo pasado fue convertido en prisión. La magnífica iglesia y ayuda de parroquia habían sido transformadas en tinglados de almacenamiento. Habían derrumbado numerosas paredes entre las celdas de los monjes, transformándolas en habitaciones en las cuales los prisioneros vivían en gran número. Quedaban pocas celdas en que los hombres pudieran permanecer aislados.

Antes que los guardias me sacaran de la ambulancia me envolvieron la cabeza con una sábana. Me agarraron por debajo de los brazos y me llevaron casi a cuestas por el patio, algunas escaleras, y a lo largo de un balcón. Cuando me quitaron la sábana, me encontré en una celda estrecha y desnuda. Oí a un oficial hablar con un guardia en la baranda exterior.

_Nadie puede ver a este hombre excepto el doctor, y para eso usted tiene que estar presente _dijo.

El hecho de que yo seguía viviendo debía quedar en secreto.

El guardia, un hombrecito entrecano, se llenó de curiosidad con todas estas precauciones. Al irse el oficial, me preguntó qué había hecho yo.

_Soy un pastor y un hijo de Dios _le contesté.

Inclinándose sobre mí, murmuró:

_¡Alabado sea el Señor! ¡Yo soy uno de los soldados de Cristo!

Era miembro secreto de "El Ejército del Señor", un movimiento de renovación que se había separado de la iglesia ortodoxa. A pesar de ser perseguidos por los comunistas al igual que por los sacerdotes, se había diseminado rápidamente por los pueblos, reuniendo cientos de miles de seguidores.

El guardia se llamaba Tachici. Intercambiamos versículos de la Biblia, y me ayudó tanto como se atrevió. Algunos carceleros habían sido sentenciados a doce años por ofrecer una manzana o un cigarrillo a un prisionero. Yo me sentía demasiado débil para abandonar la cama, y con frecuencia yacía en mi suciedad. Por breves momentos en la mañana podía pensar claramente, pero entonces empezaba a dar vueltas y a agitarme en un delirio. Dormía poco. Sin embargo, había una ventanita por la cual podía ver de nuevo el cielo, y por las mañanas me despertaba un extraño sonido, ¡hacía tanto tiempo que no había escuchado el canto de los pajarillos!

Le conté a Tachici:

_Cuando Martín Lutero andaba por los bosques se alzaba el sombrero ante los pájaros y les decía: "Buenos días, teólogos, ustedes se despiertan y cantan, pero yo, viejo tonto, sé menos que ustedes y me preocupo de todo, en lugar de confiar simplemente en el celestial cuidado de Dios".

Por la ventana podía ver una esquina de la yerba y el patio; éste generalmente estaba vacío. A veces, doctores en bata blanca pasaban precipitadamente por allí, hasta temerosos de dar un vistazo hacia arriba. Tenían que practicar medicina "en el espíritu de la guerra de clases".

Podía oír a los hombres hablar cuando salían a hacer ejercicios. En el pasado, había anhelado escuchar el sonido de una voz humana, pero ahora me irritaba. No hablaban de nada. Sus pensamientos me parecían triviales y falsos.

Una mañana, desde la celda siguiente me llegó la voz de un viejo:

_Soy Leonte Filipescu. ¿Quién eres tú?

Reconocí el nombre de uno de los primeros socialistas rumanos, un individuo brillante a quien el Partido había utilizado y entonces descartado.

_Lucha con tu enfermedad _me dijo_. ¡No desistas! Todos estaremos libres en un par de semanas.

_¿Cómo lo sabe? _le pregunté.

_Los americanos están haciendo retroceder a los comunistas en Corea. En dos semanas estarán aquí.

_Pero aunque no hallen oposición, seguramente les tomará más de una quincena llegar a Rumania _le refuté.

_¡Tonterías! La distancia no es nada para ellos. Poseen aviones supersónicos a chorro.

No discutí. Los prisioneros vivían de ilusiones. Si el diario "atole" (sopa de puré) era un poco más espeso, esto significaba que los rusos estaban asustados por un ultimátum de los americanos, por lo que el tratamiento que nos daban había mejorado. Si alguien era derribado por un carcelero quería decir que los comunistas estaban aprovechando lo más posible sus últimos días de poder. Los hombres regresaban muy animosos de sus ejercicios en el patio.

_¡El Rey Miguel ha dicho por radio que estará en el trono el mes que viene!

Ninguno podía resistir la idea de pasar los siguientes diez o veinte años en prisión. Filipescu todavía esperaba una pronta liberación cuando lo transfirieron un mes después a otra prisión hospital donde nos encontraríamos nuevamente. En su lugar vino un líder de la Guardia de Hierro, Radu Mironovici, quien a pesar de profesar ser cristiano, continuamente vomitaba odio por los judíos.

Le pedí a Tachici que me ayudara a subir a la cama y llamara a Mironovici.

_Cuando tomas la Sagrada Comunión en tu iglesia ortodoxa, ¿no son el pan y el vino realmente transformados en el verdadero cuerpo y sangre de Cristo?

Contestó que sí.

_Jesús era judío _le dije_. Si el vino se vuelve su Su sangre, entonces es sangre judía, ¿no?

Contra su voluntad tuvo que admitir que sí. Pero seguí:

_Jesús promete que cualquiera que coma de Su cuerpo y beba de Su sangre tendrá vida eterna. De modo que, para tener vida eterna, a tu sangre aria le tienes que añadir unas cuantas gotas de sangre judía. ¿Cómo puedes entonces odiar a los judíos?

No pudo contestarme. Le rogué ver lo absurdo que era para un prosélito de Cristo _que era judío_ odiar a esta raza; por la misma razón que era absurdo que los comunistas fuesen antisemitas, mientras creían en un judío llamado Karl Marx. Con el tiempo, Mirinivice fue pasado a otra celda distante, pero le confió a Tachici:

_Una parte de mi vida era falsa, se ha desprendido. Yo era un cristiano demasiado orgulloso para seguir a Cristo.

 

2

Un día en que tenía fiebre muy alta y me sentía enfermo y débil, los guardias vinieron otra vez por mí. Me cubrieron la cabeza con una sábana y me condujeron a lo largo de un corredor. Cuando la sábana cayó, me vi en una habitación espaciosa y desnuda, con ventanas enrejadas. Cuatro hombres y una mujer me contemplaban detrás de una mesa. Era mi juicio, y ellos eran mis jueces.

_Hemos encargado a un abogado que lo defienda _dijo el presidente del tribunal_. El ha cancelado su derecho a presentar testigos, puede sentarse.

Los guardias me sujetaron en una silla, a la vez que me ponían una inyección para fortificarme. Cuando me pasaron las oleadas de náuseas y mareo, el fiscal se puso de pie. Empezó a decir que yo participaba de igual ideología criminal que Josef Broz Tito en Yugoslavia. Creía delirar. Por la época de mi arresto el mariscal Tito era tenido por un comunista modelo. No sabía que desde entonces lo habían expuesto como desviado y un traidor. Prosiguió su interminable discurso acerca de mi culpa: labor de espionaje por medio de las misiones de la iglesia escandinava y el Concilio Mundial de Iglesias, extendiendo la ideología imperialista bajo el disfraz de la religión, infiltrando el Partido con el mismo pretexto, con el verdadero objetivo de destruirlo, y así por el estilo. Mientras la voz seguía, sentí que me deslizaba de la silla. Demoraron los procedimientos para inyectarme otra vez.

El abogado defensor hizo lo que pudo, que no era mucho.

_¿Tiene algo que alegar? _inquirió el Presidente. Su voz sonaba distante, y la habitación se oscurecía. Sólo una cosa penetró en mi cerebro confuso.

_Amo a Dios _dije.

Escuché mi sentencia: veinte años de trabajos forzados. El juicio había durado diez minutos. Cuando me llevaron, volvieron a ponerme la sábana en la cabeza.