Cristo en las prisiones comunistas

Primera parte

7

El embajador, como enviado neutral, no pudo seguir insistiendo en el asunto, y menos que nadie con la señora Pauker, una mujer ante la cual se intimidaban muchos hombres fuertes. Yo la había conocido, y a su padre, un clérigo llamado Rabinovici, quien me había confesado tristemente: "Ana no alberga en su corazón la menor simpatía por nada que sea judío." Estudió medicina, y se dedicó a enseñar en la Misión de la iglesia anglicana, antes de abrazar la causa comunista y casarse con un ingeniero de ideas similares, llamado Marcel Pauker. Ambos entraban y salían de la prisión para conspirar, pero Ana demostró ser la secuaz más violenta. Marchó a vivir a Moscú y Marcel la siguió, aunque con menos entusiasmo. Durante una de las purgas desencadenadas por Stalin antes de la guerra, Marcel fue "ejecutado" _asesinado de un tiro _, se dijo, a manos de su esposa. Pocos dudaron esta historia. Ana era externamente una mujer política, pero por dentro otra Lady Macbeth "de la cabeza a los pies llena de la crueldad más horrenda." Después de pasar el resto de la guerra como una ciudadana soviética en Moscú, con rango de Oficial en el Ejército Rojo, la señora Pauker regresó con el nombramiento de Ministro del Exterior, convirtiéndose en la influencia dominante en Rumania.

Tal era su lealtad a Rusia que cuando un día le preguntó alguien por qué andaba por todo Bucarest con la sombrilla abierta se afirmaba que Ana contestó: "¿No han oído el pronóstico del tiempo? Está lloviendo en Moscú."

Después que un grupo de líderes políticos encabezados por el joven rey Miguel depusieron valientemente al General Antonescu y terminaron su asociación con Alemania, se convocó una reunión en Moscú para decidir la forma que tomaría el mundo de la posguerra. Churchill le propuso a Stalin : "¿Qué le parece si ustedes se quedan con el noventa por ciento del mando en Rumania, mientras nosotros tomamos el noventa por ciento en Grecia?" Y escribió las palabras en una hoja de papel. Stalin hizo una pausa. Luego hizo una indicación en el papel con un lápiz azul y se la devolvió.

Un millón de tropas rusas cayeron en Rumania. Eran nuestros nuevos "aliados".

¡Ya vienen los rusos!" no era un chiste popular. Los nuevos ocupantes del país sólo tenían una meta en la vida: beber, robar y saquear a los "explotadores capitalistas. Miles de mujeres de todas las edades y condiciones fueron violadas por soldados que irrumpieron en sus hogares. A los hombres les robaban en la calle tales "artículos de lujo" como bicicletas y relojes de pulsera. Cuando a disparos se restauró el orden en el Ejército Rojo, y las tiendas comenzaron a levantar los postigos, las tropas visitantes se asombraron de las excelentes mercancías expuestas, y mucho más cuando supieron que la mayor parte de los clientes eran campesinos y trabajadores de fábricas.

La capitulación proclamada el 23 de agosto de 1944 todavía se celebra todos los años como el día en que Rumania fue liberada. La realidad es que sus términos se usaron para despojar a la nación de toda su Marina, la mayor parte de la flota mercante, la mitad de su material rodante, y todos sus automóviles. Los productos de granja, caballos, ganado, y nuestras existencias de aceite y petróleo, fueron llevados a Rusia. Fue así como Rumania, conocida como el granero de Europa, se convirtió en un área de hambre.

8

El día de mi conversión yo había pedido: "Dios mío, yo fue un ateo. Ahora déjame ir a Rusia a trabajar como misionero entre los ateos, y no me quejaré si después tengo que pasar el resto de mi vida en prisión." Pero Dios me evitó el largo viaje a Rusia; en cambio, Rusia vino a mí.

Durante la guerra, a pesar de la persecución, los seguidores de nuestra misión habían aumentado grandemente, y muchos de los filo-nazis que antes molestaron a los judíos y protestantes, ahora adoraban a Dios al lado de sus anteriores víctimas, llenos de temor.

Después de la guerra continué mi trabajo para las misiones de la iglesia occidental. Contaba con oficina, equipo, secretarias _un "frente" para mi campaña.

Hablo bien el ruso. Me era fácil conversar con los soldados rusos en las calles, tiendas, y trenes. No llevaba traje de clérigo, y me tomaban por un ciudadano cualquiera. Los hombres más jóvenes, sobres todo, se sentían aturdidos y extrañaban su tierra. Les encantaba que les enseñara las vistas de Bucarest y los invitara a visitar hogares amistosos. En eso tuve la ayuda de numerosos jóvenes cristianos que también hablaban ruso. A las muchachas les dije que podían valerse de su belleza para atraer a los soldados a Cristo. Una joven que a vio soldado ruso solo en una taberna, se sentó a su lado y aceptó su oferta de beber, sugiriéndole entonces que fueran a un lugar más tranquilo, para hablar.

_Contigo voy a donde sea _le dijo el ruso, y ella lo trajo a mi casa. El soldado se convirtió, y como él, vinieron muchos otros.

Secretamente publicamos el Evangelio en ruso. Más de 100.000 libros fueron distribuidos en cafés, parques, estaciones de ferrocarril, dondequiera que hubiera rusos _durante más de tres años. Pasaban de mano en mano hasta que se hacían pedazos. Muchos de nuestros ayudantes era arrestados, pero ninguno me denunció.

No solamente nos admirábamos del número de conversiones, sino de su sencillez. Loso rusos ignoraban totalmente nuestra religión, pero en lo profundo de su corazón, por así decirlo, habían buscado la verdad, que ahora reconocían con delicia. En su mayoría eran jóvenes campesinos que habían trabajado la tierra, sembrado y cosechado, y en la médula de sus huesos sabían que alguien da órdenes a la naturaleza, aunque por haber sido criados como ateos, creían serlo, al igual que muchos creen ser cristianos y no lo son.

En un viaje por tren conocí a un joven pintor de la Siberia exterior, y mientras viajábamos le hablé de Cristo.

_¡Ahora comprendo! _dijo_. Solamente sabía lo que nos enseñaron en las escuelas que la religión es un instrumento del imperialismo, y cosas por el estilo. Pero yo acostumbraba caminar por un viejo cementerio cerca de mi casa, donde podía estar solo. Frecuentemente me iba a una casita abandonada entre las tumbas. _Comprendía que era la capilla ortodoxa del cementerio_. En la pared había una pintura con un hombre clavado en una cruz. Debió haber sido una gran criminal para ser castigado de esa manera, pensé. Pero, si fue un criminal, ¿por qué su retrato ocupa un lugar de honor como si fuera Marx o Lenin? Llegué a la conclusión de que primero lo habían creído un criminal y luego lo habían hallado inocente, por lo que, de remordimiento tenían allí su retrato.

_Está a medio camino a la verdad _le dije al punto. Cuando llegamos a nuestra estación horas después, sabía todo lo que yo le podía contar sobre Jesús. Al despedirme, confesó:

_Planeaba robar algo esta noche, como hacemos todos, pero ahora no puedo. Creo en Cristo.

9

Trabajamos asimismo entre los comunistas rumanos. Cada libro tenía que pasar por la censura. Presentábamos libros que llevaban en la portada el retrato de Karl Marx, y unas cuantas hojas de apertura repitiendo sus argumentos y los de Lenin sobre religión. El censor no seguía leyendo, y por suerte, porque el resto del libro tenía un contenido enteramente cristiano. Al censor le gustaba otro de nuestros títulos: La religión, el opio del pueblo. Confrontando con pilas de libros viejos y nuevos que leer, no se molestaba en mirar adentro, donde habría hallado únicamente argumentos cristianos. A veces un censor pasaba cualquiera cosa a cambio de una botella de licor.

El número de comunistas rumanos había aumentado de unos pocos miles a millones, ya que una tarjeta del Partido podía representar la diferencia entre comer y pasar hambre. Stalin había instalado un gobierno de "frente unido" de su propia elección, con Groza, el líder del "Frente del Labrador", a la cabeza. Aparte de Ana Pauker, que según los comentarios "inventó" a Groza, el poder lo ejercían los rusos a través de tres camaradas veteranos del Partido: Lucretiu Patrascanu, nombrado Ministro de Justicia; Teohari Georgescu, que se encargó de la policía y "seguridad" como Ministro del Interior; y Georghe Gheorghiu-Dej, un tosco obrero del ferrocarril que fue Primer Secretario del Partido.

Asistí en el papel de observador a una reunión de sacerdotes ortodoxos a los cuales
Gheorghiu-Dej se dirigió después que los comunistas tomaron el poder. Jovial y rechoncho, les aseguró que estaba dispuesto a "perdonar y olvidar". A pesar de las muchas conexiones que su iglesia tuvo en el pasado con la Guardia de Hierro y otras organizaciones de derecha, el Estado seguiría pagando sus sueldos como antes. Sus obsevaciones seguirían finales acerca de la similaridad entre los ideales cristianos y los comunistas recibieron aplausos.

En ocasiones informales Gheorghiu-Dej era franco acerca de su ateísmo y de su convicción de que el comunismo se extendería por el mundo entero. Sin embargo, se refería indulgentemente a su anciana madre que llenaba sus hogares de iconos y criaba a las hijas como creyentes ortodoxas. En once años de prisión bajo el viejo régimen. Dej tuvo tiempo de estudiar la Biblia y discutir religión con muchos sectarios presos a los cuales expresó simpatía. Habiendo escapado de la cárcel justamente antes de que los rusos vinieran, hubiera sido capturado y asesinado por el dictador Antonescu de no haberlo asilado un sacerdote benévolo. Pero si la religión había tocado la vida de Gheorghiu en sus días de lucha, ahora que se hallaba en el pináculo no había sitio para ella. La esposa que tanto tiempo esperó su retorno fue repudiada, ocupando su lugar una actriz del cine. La casa se llenó de criados y aspirantes; Dej era rico y famoso, y no estaba en disposición de escuchar a nadie.

Cuando en sus encuentros con sacerdotes alguien enderezaba la conversación hacia los canales espirituales, replicaba con los habituales argumentos del Partido. Nos aseguró que todos tendríamos completa libertad de conciencia en la nueva Rumania, siempre que los pastores y religiosos prometieran abstenerse de causar problemas al Estado. Yo escuché, y me reservé mis dudas. Muchos clérigos salieron de esa reunión convertidos en campeones de la manera de vivir comunista, pero tarde o temprano chocaron con alguna doctrina del Partido y acabaron en prisión.

La campaña para minar la religión se desarrolló rápidamente. Todos los fondos y posesiones de la iglesia ortodoxa fueron nacionalizados. Un individuo nombrado Ministro de Cultos controlaba por completo la clerecía, pagando salarios y confirmando nombramientos. El patriarca Nicodim, que envejecía y virtualmente de la iglesia ortodoxa. El Partido, sin embargo, necesitaba un instrumento más flexible, por lo que Dej decidió que el hombre indicado era el sacerdote que lo había escondido de los fascistas el año anterior. De este modo el padre Justiniano Marina, un oscuro maestro de seminario en Rimincul-Vilcea, subió al obispado, y pronto los catorce millones de rumanos ortodoxos que asistían a las iglesias, comprendieron que el verdadero patriarca era Dej, en todo menos en el nombre, que ostentaba Nicodim.

La tarea siguiente fue separar a los católicos romanos de los griegos, de los cuales había dos millones y medio. Los católicos griegos, generalmente llamados Unidos, a la vez que conservaban muchas tradiciones propias (incluyendo el derecho de los sacerdotes a casarse) aceptaban la supremacía del Papa. Ahora se apoderaban de ellos obligándolos a "consolidarse" a la fuerza con la obediente iglesia ortodoxa, separado de Roma. La mayor parte de los sacerdotes, y todos los obispos que objetaban a esta boda a la fuerza, fueron arrestados, sus diócesis fueron abolidas, y sus propiedades confiscadas. A los católicos romanos se les obligó a romper con el Vaticano. Como rehusaron, ellos también pagaron muy caro su resistencia. Con las cárceles llenas de sacerdotes, y los espeluznantes relatos que se propagaban por toda la nación acerca del el trato que se les daba, las religiones en minoría sencillamente inclinaron la frente y aguardaron su destino.