Cristo en las prisiones comunistas
Primera parte
3
Mi conversión ocurrió seis meses después de mi matrimonio con Sabina, una joven que jamás había dedicado un pensamiento a las cosas espirituales. Para ella fue un terrible golpe. Era joven y bella, y había carecido mucho en su niñez. Anticipaba el comienzo de una vida más feliz cuando el hombre que amaba, su compañero de placer, se tornó un creyente que hablaba de hacerse pastor. Posteriormente me confesó que incluso contempló la idea del suicidio.
Un domingo le propuse asistir al culto nocturno, pero rompió a llorar, manifestando su deseo de ver una película.
_Está bien _accedí_. Iremos, porque te amo.
_Caminamos de un teatro a otro y elegimos la película que nos pareció más sugestiva. A la salida la llevé a un café donde ella se comió una tarta de crema.
_Vete a la la casa a acostarte _le dije_. Voy a buscarme una muchacha para llevarla a un hotel.
_¿Qué dijiste?
_Muy sencillo. Te vas tú a la casa. Quiero buscarme una mujer y llevarla a un hotel.
_¿Cómo puedes decir semejante cosa?
_¿No me obligaste ir al cine y ver lo que el héroe hizo? ¿Por qué no puedo yo hacer lo mismo? Si vamos mañana, y pasado, y el otro, a ver películas de esa índole... cada hombre se vuelve lo que observa. Pero si quieres que yo sea un buen esposo, ven a la iglesia conmigo algunas veces.
Lo pensó. Entonces, calladamente, sin estridencias, comenzó a asistir a la iglesia más a menudo. Todavía refunfuñaba, porque quería llevar una vida alegre. Y cuando quería ir a alguna parte yo iba también. Una noche fuimos a una fiesta en la que muchos estaban borrachos. El aire se hallaba cargado de humo. Las parejas bailaban y se hacían el amor abiertamente. De pronto mi esposa se llenó de asco y exclamó:
_¡Oh, vámonos ahora mismo!
_¿Por qué?, si acabamos de llegar _le rebatí. Y nos quedamos hasta la madia noche. De nuevo quiso irse para la cama y de nuevo me negué. Igual sucedió a la 1 y a las 2. Cuando comprendí que de veras aborrecía lo que estaba pasando, convine en marcharnos.
Salimos al aire frió, y Sabina me dijo:
_¡Richard! Voy ahora mismo a la casa del pastor para que me bautice. ¡Será como tomar un baño después de toda esta suciedad!
Me reí y le dije:
_Ya que has esperado tanto, puedes aguardar hasta la mañana. Deja dormir al pobre pastor.
4
Nuestra vida cambió por completo. Anteriormente peleábamos por cualquier tontería. A veces poco me hubiera costado divorciarme de Sabina cuando ella interfería en mis placeres. Ahora nos había nacido un hijo. Mihai fue un regalo de Dios, porque en los primeros años no deseábamos una criatura que pudiera interrumpir nuestras diversiones.
Nos alegramos mucho cuando el reverendo Georges Steven, jefe de la Misión de la Iglesia Anglicana de Bucarest, me pidió que fuera su secretario. Hice lo que pude por adaptar mis instintos de negocios, tropezando con dificultades cuando persuadí a un agente de seguros a aceptar cohecho y desistir de una reclamación contra la Misión. Para sorpresa mía, Mr. Stevens no estuvo de acuerdo con el arreglo que yo le proponía.
_Dígame quién tiene razón, ¿la Compañía o nosotros? _preguntó.
Le confesé que la reclamación era justificada.
_Entonces debemos pagar _añadió, dando por terminado lo que para mí resultó un intercambio revelador.
En 1940 se rompieron las relaciones entre Rumania y Gran Bretaña, y los clérigos ingleses tuvieron que marchar. Como no había nadie disponible, tuve que apañarme para seguir desempeñando yo el trabajo pastoral de la iglesia, pero lo hacía de un modo profesional y forzado.
Estudié y aprendí yo mismo a predicar, hasta que me ordené como pastor luterano. En todo este tiempo estuve considerando las denominaciones rivales que había en el país. La iglesia ortodoxa, a la cual pertenecía la inmensa mayoría de la gente, me pareció muy inclinada al espectáculo externo. Igual me sentía con respecto al ritual católico. Un domingo de Resurrección después de escuchar toda la liturgia latina y un discurso político que pronunció el obispo, me fui sin oír siquiera, en mi propio idioma, que Cristo se levantó de entre los muertos. Me atrajeron los sencillos servicios protestantes que hacían del sermón _en el cual uno podía aprender, y proporcionar un banquete a la mente_ su parte central. Además, sentía una especie de afinidad espiritual con Martín Lutero, por su grandeza. Era un hombre de mal carácter, discutidor, pero amaba a Jesús tan hondamente que esto le llevó a pensar que el hombre no se salva por sus obras sino por su fe. Por eso me convertí en luterano.
Siempre me había acercado al clero de la iglesia con cautela, especialmente con aquellos dispuestos a preguntarme si yo estaba "salvado". Ahora, aunque no llevaba el atuendo clerical, sentía el irresistible impulso de meter al mundo entero en mi parroquia. No me bastaba con los conversos que hacía, Llevaba una lista de mi congregación y la repasaba en autobuses y en salones de espera, preguntándome qué estaría haciendo en ese momento cada uno de ellos. Si alguno desertaba, me sumía en tristeza durante horas. Era un dolor, una pena casi física, como un cuchillo clavado en mi corazón, al extremo de tener que rogarle a Dios que me lo quitase. No podía seguir viviendo con ese dolor en el corazón.
5
Entre las condiciones impuestas por Stalin para ayudar económicamente a Hitler durante la guerra, estaba la de fragmentar la Europa Oriental. Un tercio de nuestro territorio nacional fue dividido entre Rusia, Bulgaria y Hungría. La influencia nazi apoyó el crecimiento del movimiento llamado "Guardia de Hierro", cuyos miembro trataron de lugar a la iglesia ortodoxa al terrorismo político. La noche antes del asesinato del Primer Ministro Calinescu _su principal oponente_, nueve fanáticos pasaron horas postrados en el piso de la iglesia con sus cuerpos formando una cruz. Más tarde la Guardia de Hierro ayudó al protegido de Hitler, general Ion Antonescu, a tomar el poder. Al rey Carol lo forzaron a abdicar en favor de su joven hijo Miguel, en cuyo nombre Antonescu gobernó como un dictador.
La Guardia de Hierro tuvo entonces mano libre para tratar con los judíos, comunistas y protestantes. El crimen se paseaba por las calles. Nuestra Misión fue acusada de traición. A mí me amenazaban diariamente. Un domingo vi desde el púlpito a un grupo de individuos vestidos con las camisas verdes de la Guardia de Hierro. Estaban reunidos sin hacer ruido en la parte de atrás de la iglesia. La congregación, que miraba hacia el altar, no había notado la presencia de los extraños, a quienes les vi pistolas en las manos. Se me ocurrió que de ser éste mi último sermón, tenía que ser bueno.
Era sobre las manos de Jesús. Les conté que ellas habían enjugado lágrimas, alzado niños, y alimentado al hambriento; habían curado al enfermo y habían sido clavadas en la cruz. También habían bendecido a los discípulos antes que El ascendiera al Cielo.
Entonces levanté la voz:
_Pero ustedes, ¿qué han hecho con sus manos?
La congregación me miró asombrada. Sus manos sostenían los libros de oraciones.
Denuncié en tono amenazador:
_¡Ustedes está matando, pegando y torturando a muchos inocentes! ¿Y se llaman cristianos? ¡Límpiense las manos, pecadores!
Los tipos de la Guardia de Hierro se pusieron furiosos, pero no se atrevieron a interrumpir el servicio. Se sentaron con las pistolas sacadas, mientras yo hacía una plegaria. Pronuncié la bendición, y el público empezó a dispersarse. Cuando casi todos se habían marchado sanos y salvos, bajé del púlpito y me metí detrás de una cortina. Oí pasos que corrían, y gritos de : "¿Dónde está Wurmbrand? ¡A cogerle!", antes que yo me metiera por una pequeña puerta y la cerrara con llave. Esta salida secreta la habían construido hacía muchos años. Atravesando pasillos hallé la salida a la calle y escapé.
Según la guerra avanzó, muchas de las minorías cristianas sufrieron persecución _ adventistas, bautistas y pentecostales_ fueron asesinados o llevados a campos de concentración junto con los judíos. Todos los familiares de mi esposa fueron apresados y jamás volvimos a verlos. Yo había sido arrestado antes por los nazis en tres ocasiones; me sometieron a juicio, me interrogaron, me golpearon y me pusieron cada vez en prisión. De manera que estaba bien preparado para lo que me sobrevendría bajo los comunistas.
6
Por la ventana de mi celda en Calea Rahova podía ver una esquina del patio. En el momento que miré, vi que dejaban entrar por las compuertas a un sacerdote que cruzó rápidamente el asfalto y entró por una puerta. Era un delator que venía a informar acerca de sus feligreses.
Sabía que me aguardaban interrogatorios, maltratos, posiblemente años de prisión, y la muerte. Me pregunté si mi fe era lo bastante fuerte. Recordé entonces que en la Biblia está escrito 366 veces, una por cada día del año: "No tengas miedo." 366, no 365 veces, para incluir el año bisiesto. ¡Y éste era el 29 de Febrero _una coincidencia que me hizo sentir que no debía temer!
Los interrogadores no mostraron prisa por verme, porque las prisiones comunistas son como archivos, que se examinan en cualquier oportunidad en que se necesita información. Me interrogaron una y otra vez durante los catorce años y medio que pasé en prisión. Sabía que en opinión del Partido, mis conexiones con las misiones de la iglesia occidental y con el Concilio Mundial de Iglesias eran prueba de traición, pero había mucho más de importancia que ellos ignoraban y no debían saberlas por mí.
Me había preparado para la prisión y la tortura, como un soldado en tiempo de paz se prepara para las vicisitudes de la guerra. Había estudiado la vida de los cristianos que compartieron semejantes fatigas y tentaciones sin darse por vencidos, y pensaba en la manera de aprovechar sus experiencias. Muchos que no estaban preparados, fueron aplastados por el dolor, o engañados para decir lo que no debían.
A los pastores y sacerdotes les decían siempre los interrogantes: "Como cristianos deben prometer decirnos la verdad." Por mi parte, en la seguridad de que sería hallado culpable sea lo que fuese que dijera, decidí que bajo tortura me podría incriminar a mí mismo, pero jamás delatar a amigos que me habían ayudado a propagar el Evangelio. Me propuse, en fin, dejar a mis interrogadores más confusos al final de su investigación que al comienzo. Los despistaría por completo.
Mi primera tarea sería ingeniármelas para evitar una advertencia a mis colegas y hacer saber a mi esposa dónde yo estaba. Pude sobornar a un guardia para que me sirviera de intermediario, ya que por entonces mi familia todavía tenia dinero. Recibió casi 1.000 dólares de mi esposa por llevar mensajes en las próximas semanas. Muy pronto, empero, nos quitaron todo lo que poseíamos.
El guardia me trajo noticia de que el Embajador Sueco había protestado por mi desaparición, alegando que había mucha gente en Escandinavia y en Inglaterra que me quería. El Primer Ministro, la señora Ana Pauker, replicó que no sabían nada de mí, que había dejado secretamente la misión hacía algún tiempo.
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