Cristo en las prisiones comunistas

Primera parte

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Un día en que nuestras letrinas estaban tupidas, me llevaron al retrete usado por los guardias. Había un pedazo de espejo en la pared, sobre el lavabo, y por primera vez en dos años pude verme.

Era joven y sano al entrar en la prisión. Me consideraba un buen tipo. Ahora podía contemplar cómo me había vuelto, y me reí con una risa triste, risa homérica. ¡Tantas mujeres me habían admirado y querido! Si pudieran ver al espantoso viejo que tenía frente a mí, se hubieran horrorizado. Aprendí como lección que lo realmente de valor en nosotros, es invisible al ojo físico. Aún me pondría más feo, un esqueleto y una calavera, y el tener esto muy presente, fortaleció mi fe y el deseo de conservar la vida espiritual.

En el retrete había un periódico, el primero que veía desde mi arresto. Contenía las nuevas de que el primer ministro Groza había decidido firmemente eliminar a los ricos, cosa que me pareció cómica. ¡Un gobierno empeñado en liquidar a las gentes de buena posición, mientras el resto del mundo luchaba por acabar con la pobreza! Busqué el nombre de Patrascanu, por si lo habían repuesto en su cargo, pero no estaba entre los ministros presentes en la Cámara cuando Groza pronunció su discurso.

Al regresar a mi celda escoltado, oí a una mujer llorar y gritar locamente. Sus chillidos parecían venir de un nivel inferior de la prisión, y después de elevarse en paroxismo, se apagaron de pronto.

Pocos días después pusieron un nuevo prisionero en la celda contigua a la mía. Golpeé la pared para decirle en clave: "¿Quién eres?", y recibí una respuesta inmediata. Era Ion Mihalache, ex miembro de varios gobiernos de la preguerra, y colega del gran líder político Julius Maniu. Cuando se desató el terror del Partido, Mihalache se unió a un grupo que trató de escapar al extranjero. Lo arrestaron en el aeropuerto, y en octubre de 1947 fue sentenciado a cadena perpetua. Mihalache pasaba de los sesenta.

_Toda mi vida luché por ayudar a mis compatriotas, y ésta es mi recompensa _dijo.

_Si deseas lo que sucede, entonces lo que sucede es solamente lo que quieres _le indiqué en clave _la renunciación es el camino hacia la paz.

Me contestó, también por toques:
_No hay paz sin libertad.

_En una nación donde reina la tiranía... la prisión es un lugar de honor _dije.

Declaró que Dios estaba perdido para él.

Dios jamás está perdido para ningún hombre _le repliqué _ Somos nosotros los que nos perdemos... si nos encontramos a nosotros mismos... encontraremos la Divinidad dentro de nosotros... la prisión puede ayudarnos en esta pesquisa.

Prometió ensayar de nuevo.

Antes que Mihalache fuese trasladado dos días después, me dijo que la mujer cuyos gritos escuché era la esposa de un antiguo primer ministro, Ion Gigurtu. Por la forma en que los gritos cesaron, se deducía que le habían inyectado para callarla. Cuando golpeé la pared al día siguiente, no hubo contestación. Mihalache no estaba.

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Poco después reanudaron mi interrogatorio. Generalmente estaba a cargo del teniente Grecu, un joven de pelo en pecho, inteligente y lleno de confianza, bien instruido en la creencia de que estaba creando un mundo mejor. Sus preguntas sacaron a relucir nuevamente el socorro contra el hambre que yo había emprendido en favor de los cristianos con la ayuda de la iglesia escandinava. "¿Todavía vas a negar que tenías concomitancias con el extranjero?" Me acusó de que los fondos se utilizaban para el espionaje bajo la excusa de beneficencia.

_Comprendo sus sospechas de que los ingleses  los americanos gasten dinero en espionaje aquí _le contesté_, pero, ¿qué interés pudiera tener Noruega o Suecia en semejantes actividades?

_Ambos países son instrumentos de los imperialistas _replicó.

_Noruega es famosa por su espíritu democrático, y Suecia ha tenido un gobierno socialista durante cuarenta años.

_¡Pamplinas! _declaró_; son fascistas como el resto.

En nuestro próximo encuentro Grecu admitió haber investigado. Creía que yo tenía razón.

Seguidamente me preguntó sobre la distribución del Evangelio en Rusia. Sugerí que el director de la Sociedad Bíblica, llamado Emile Klein, podía estar detrás del asunto. Inquirió por qué yo había visitado en repetidas ocasiones la ciudad de Iasi (uno de los centros de esta labor). Le dije que tenía invitaciones para visitar al patriarca actual.

A la mañana siguiente me llamaron de nuevo. Grecu estaba en su escritorio, con una porra de caucho en la mano.

_Su historia es mentira _gritó_. Emile Klein murió antes de su arresto. Por eso usted lo nombró. Han comprobado las fechas de sus viajes a Iasi, y el patriarca Justiniano casi nunca estuvo allí. _Empujó la silla hacia atrás_. ¡Ya basta! Aquí tiene papel. Sabemos que usted se ha comunicado en clave con otros prisioneros, incluyendo a Mihalache. Ahora tenemos que saber exactamente lo que les dijo a cada uno de ellos. Queremos saber acerca de sus otras infracciones de los reglamentos de la prisión. Y más vale que diga la verdad, porque si no... _Golpeó con la porra en el escritorio_. Tiene una hora _dijo, y abandonó el cuarto.

Me senté a escribir. La primera palabra tenía que ser "declaración". Me costaba trabajo empezar. Hacía dos años que no había tomado una pluma. Reconocí haber quebrantado los reglamentos y haber enviado en clave el mensaje del Evangelio, a través de las paredes; haber acumulado píldoras para suicidarme; haber hecho un cuchillo con un pedazo de hojalata, y piezas de ajedrez con pan y tiza. Me había comunicado con otros prisioneros, aunque ignoraba sus nombres. No mencioné haber recibido confesiones, e incluso traído individuos a la fe por medio de la clave Morse. Escribí: "Nunca he hablado en contra del comunismo. Soy un discípulo de Cristo, quien nos dice amar a nuestros enemigos. Yo los entiendo, y oro por su conversión para que se vuelvan mis hermanos en la fe. No puedo declarar sobre lo que otros me hayan confesado en clave, porque un ministro de Dios no puede jamás ser testigo en una acusación. Mi oficio es defender, no acusar."

Grecu regresó a tiempo, balanceando su porra. Acababa de pegar a unos prisioneros.

Tomó mi "declaración" y empezó a leerla. Al cabo de un rato puso la porra a un lado. Cuando acabó, me miró con ojos preocupados, diciéndome:
_Señor Wurmbrand (no me había llamado señor antes), ¿por qué dice usted que me ama? Este es uno de sus mandamientos cristianos que nadie puede cumplir. Yo no podría amar a alguien que me ha encerrado por años en solitario, que me ha matado de hambre y me ha pegado.

No es cuestión de guardar un mandamiento _le dije_. Cuando me hice cristiano fue como si hubiera nacido de nuevo, con un nuevo carácter, lleno de amor. Así como de una fuente sólo brota agua, sólo amor puede salir de un corazón amante.

Durante dos horas hablamos sobre cristianismo, y su relación con las doctrinas marxistas en las que había sido educado. Grecu se sorprendió cuando le informé de que la primera obra de Marx había sido un comentario sobre el Evangelio según San Juan. También desconocía que Marx, en su prólogo a El Capital, escribió que el cristianismo, especialmente en la forma protestante, "es la religión ideal para renovar las vidas destruidas por el pecado". Como mi vida había estado plagada de pecados, le aseguré que sencillamente seguía el consejo de Marx al volverme cristiano protestante.

Después de este encuentro, Grecu me llamó a su oficina casi diariamente durante una o dos horas. Había confirmado las citas, y esto fue el pretexto para interminables discusiones sobre el cristianismo, en las cuales procuré dar énfasis a su original espíritu democrático y revolucionario.

Grecu afirmó repetidamente:

_Me criaron como ateo, y jamás seré otra cosa.

Pero yo le repliqué:
_el ateísmo es una palabra sagrada para los cristianos. Cuando a nuestros antepasados los arrojaron a las bestias por su fe, Nerón y Calígula los llamaron ateos, de manera que su alguien dice ser ateo, lo respeto por ser el nombre aplicado a nuestros más grandes antepasados cristianos.

Grecu sonrió. Proseguí:

_Teniente, uno de mis antepasados fue un rabí del siglo diecisiete. Sus biógrafos declaran que al encontrarse con un ateo él le dijo: "¡Te envidio, querido hermano! Tu vida espiritual seguramente es más consistente que la mía. Cuando veo a un prójimo en dificultades tengo la tentación de decir: "Dios lo ayudará" y pasar de largo. Pero como tú no crees en Dios, tienes que asumir la carga y ayudar a todo el que encuentras." Los cristianos no critican al Partido por su ateísmo, sino por fomentar el tipo equivocado de ateo, de los que hay dos clases: una, los que alegan: "No hay Dios, de modo que puedo hacer todo el mal que me plazca"; y otra que razona: "Como no existe Dios, tengo que hacer todo el bien que Dios haría si existiese". El más grande de todos los ateos, en este segundo sentido, fue Cristo mismo. Cuando vio a los hombres hambrientos, enfermos, y llenos de calamidades, no pasó de largo diciendo: "Dios lo ayudará", sino que actuó como si la responsabilidad fuera suya. Por eso la gente comenzó a preguntar: "¿Acaso este hombre es Dios? ¡Hace obras de Dios!" Así es cómo descubrieron que Jesús era Dios. Teniente, si desea convertirse en esta clase de ateo, amando a todo el mundo y sirviéndolos a todos, los hombres pronto descubrirán que usted se ha vuelto hijo de Dios, y usted mismo descubrirá la Divinidad en su interior.

Tal vez algunos hallen chocante estos argumentos, pero, como dijo San Pablo, los misioneros tienen que ser judíos entre los judíos, y griegos entre los griegos. Yo tenía que ser marxista con el marxista Grecu, y hablarle en un lenguaje que él entendiera. Las palabras le llegaron al corazón. Comenzó a pensar en Jesús y a amarlo. Dos semanas después, en su uniforme caqui, que llevaba en el cuello los apéndices azules de la Policía de Seguridad, Grecu se confesó conmigo, a pesar de mis remendados harapos de prisión. Nos volvimos hermanos.

Desde entonces, valerosamente, ayudó a los prisioneros lo mejor que pudo, en medio de dificultades y riesgos. Siguió prestando homenaje de boca al Partido, y desempeñó su papel externo. Un día desapareció, y nadie supo qué le había sucedido. Interrogué cautelosamente a los guardias, quienes creían que lo habían arrestado. En efecto, esconder una verdadera conversión no es fácil.

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Hallé otros creyentes ocultos entre la Policía Secreta, y algunos seguían desempeñando sus deberes. ¡Que no se diga que un hombre no puede torturar y orar al mismo tiempo! Jesús nos habla del cobrador de impuestos (cuya labor, en tiempos de Roma, iba de la mano con la extorsión y la brutalidad) que oraba pidiendo misericordia como pecador y se fue a su casa "justificado". El Evangelio no estipula que el individuo debe abandonar inmediatamente un trabajo desagradable. Dios mira dentro del corazón, y ve en una oración la promesa de una nueva vida futura.

Durante el segundo año de encierro pusieron en mi celda una de esas almas divididas. Mientras permaneció conmigo llevaba las manos encadenadas tras la espalda. Yo tenía que alimentarlo y hacérselo todo.

Dionisiu era un joven escultor atiborrado de ideas nuevas en un mundo que únicamente pedía favorecedores bustos de Stalin. Como carecía del dinero para el pan, se colocó en la Policía Secreta. El puesto lo obligaba a golpear a los prisioneros, pero al mismo tiempo se exponía a graves riesgos para prevenirlos contra los delatores. Al llegar a ser objeto de sospechas, optó por huir de la nación. Entonces, ya próximo a la libertad, se sintió secretamente compelido a regresar y a entregarse. Estas personalidades divididas se encuentran dondequiera bajo el comunismo. Dionisiu había oscilado entre dos direcciones toda su vida.

Durante diez noches, hasta que amaneció, le enseñé a Dionisiu la Biblia. Logré quitarle su sentido de culpa. Antes de que se lo llevaran de mi celda me dijo:
_Si alguno de los quince clérigos que habían en mi pueblecito se hubiera detenido a hablarme así cuando yo era joven, ya hubiera encontrado a Jesús hace mucho tiempo.

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El interrogatorio no cesó con la partida del teniente Grecu, pero Dios me concedió el don de poder olvidar los nombres de todos aquellos a quienes pudiera perjudicar. Aunque estaba en prisión, compuse más de 300 poemas, con un total de 100.000 palabras, y los escribí todos al salir. Podía poner mi mente en blanco durante el interrogatorio . por lo tanto, ensayaron algo diferente.

Con el pretexto de que mi tuberculosis había empeorado _efectivamente, la tos era casi continua_, los doctores me ordenaron tomar una nueva droga, una cápsula amarilla que me ocasionaba un dormir prolongado, lleno de sueños deliciosos. Cuando despertaba, me daban otra. Permanecí inconsciente varios días, siendo despertado solamente cuando los guardias me traían las comidas, que entonces se habían vuelto ligeras y nutritivas.

Mi recuerdo del recomenzado interrogatorio es confuso. Sé que la droga no me hizo traicionar a mis amigos, porque cuando me sometieron a juicio posteriormente, me juzgaron a mí sólo. No hubo sensacional proceso de los implicados en la "red de espías" del Concilio Mundial de Iglesias. Esta droga la usaron con el Cardenal Mindszenty, con los trotskistas y con muchos otros. La droga debilita la fuerza de voluntad hasta que la víctima se entrega a un delirio de auto acusación. Más tarde escuché a individuos bajo este tratamiento dar puñetazos en las paredes de la celda y pedir ver al oficial político con objeto de aportar nuevos cargos contra ellos mismos. El tratamiento pude tener también efectos de alucinación; hombres que habían estado bajo el mismo durante meses, después me confesaron pecados que de ninguna manera podían haber cometido. Es posible que la tuberculosis contrarrestara la droga en mi cuerpo, o tal vez me habían dado una dosis no bien mesurada. En todo caso, por la gracia de Dios, me libré de traicionar.