Cristo en las prisiones comunistas

Primera parte

22

Una noche o un golpeteo en la pared de mi cama. Un nuevo prisionero haba llegado a la celda prxima, y me estaba enviando seales. Contest, y esto dio lugar a una racha de nuevos toques. Por fin advert que mi vecino me estaba transmitiendo una clave sencilla: A, un toque; B, dos toques; C, tres toques.

_¿Quién eres? _fue su primer mensaje.

_Un pastor _respondí.

Partiendo de este engorroso comienzo, desarrollamos un nuevo sistema: un golpe por para indicar las primeras cinco letras del alfabeto; dos golpes para el segundo grupo de cinco, y as sucesivamente. De modo que B era un solo gole seguido de una pausa, y entonces dos golpes ms; F era dos golpes seguidos despus de un espacio por uno. Esta clave tampoco satisfizo a mi nuevo vecino. Conoca la clave Morse, y me pas las letras una por una hasta que las aprend todas.

Indicó su nombre.

_Bendito seas _repliqué trabajosamente _. ¿Eres cristiano?

Transcurrió un minuto.

_No puedo decir que lo soy.

Al parecer, era un ingeniero de radio, aguardando juicio por una acusación capital. Tenía cincuenta y dos años de edad, y mala salud. Había perdido la fe años atrás, al casarse con una agnóstica; se sentía deprimido. Le hablé todas las noches a través de la pared, volviéndome cada vez más experto en la clave Morse.

Al poco tiempo dijo:

_Quisiera confesar mis pecados.

Fue una confesión interrumpida por muchos silencios.

_Tenía siete años… y pateé a un chico… porque era judío. Me maldijo diciendo: "Que no puedas ver a tu madre… cuando muera…" Mi madre estaba muriendo… cuando me arrestaron.

Después de haber descargado infinidad de cosas que pesaban en su corazón, pidiendo el perdón de Dios, me aseguró sentirse más feliz de lo que había estado en muchos años. Nos hicimos amigos por clave Morse, como otros se hacen amigos por correspondencia. Le enseñé versos de la Biblia. Intercambiamos bromas, y nos indicamos por toques los movimientos del juego de ajedrez. Le mandé mensajes acerca de Cristo, predicando en clave. Cuando el guardia me sorprendió, me transfirieron a otra celda con otro vecino. Allí comencé de nuevo. Con el tiempo muchos apredimos la clave. Los prisioneros eran transladados a menudo, y en más de una ocasión me traicionó un delator. Por lo tanto, sólo transmitía por señales versículos bíblicos y palabras sobre Cristo. No estaba dispuesto a sufrir por polémicas políticas.

El encierro solitario fuerza a los hombres a ahondar en sucesos profundamente enterrados. Las viejas traiciones y faltas de honradez retornan con inexorable persistencia, como si se aparecieran en la celda y lo mirasen a uno con reproche; madre, padre, muchachas abandonadas hacía muchos años, amigos calumniados, o despojados de lo que les era debido. Todas las confesiones que escuché en Morse comenzaban diciendo: "Cuando era niño", "Cuando estaba en la escuela…". El recuerdo de viejos pecados se plantaba como salvajes perros guardianes ante el santuario de la paz de Dios. Mas la Cabala afirma que cuando todas las puertas del cielo se cierran para un hombre, queda la bab hadimot, la puerta de las lágrimas, y era por esta puerta que los prisioneros debían pasar.

23

Una mañana, cuando un vecino me anunció con toques que era Viernes Santo, hallé un clavo en el retrete y escribí: "JESUS" en la pared de mi celda, esperando que sirviera de consuelo a los que vinieran después que yo. El guardia se puso colérico. "¡Tienes que ir al calabozo!"

Me llevó por el pasillo a un armario empotrado en la pared, apenas lo bastante alto para poderme parar, y de unas veinte pulgadas cuadradas con varios agujeros pequeños, para el aire, y uno para introducir por él los alimentos. El guardia me metió allí y cerró la puerta. Puntas agudas punzaron mi espalda. Me incliné hacia adelante, para se pinchado de nuevo en el pecho por otro juego de púas. Me entró pánico, pero me obligué a permanecer inmóvil. Entonces, moviéndome cautelosamente en la oscuridad, sentí los lados del armario, todos cubiertos de clavos de acero. Sólo permaneciendo rígidamente vertical podía evitarse el empalamiento. Esto era el calabozo de castigo.

Las piernas comenzaron a dolerme. Al cabo de una hora cada músculo me dolía. Mis pies, adoloridos desde el "entrenamiento", se estaban inflamando. Cuando me caí, lacerándome contra las clavijas, me sacaron para que descansara, y me volvieron a encerrar. Procuré concentrarme en las agonías de Cristo, pero las mías eran demasiado intensas. Entonces recordé que cuando mi hijo Mihai era muy tierno me había dicho:

_¿Qué haré, papaíto? Estoy aburrido.

Le contesté yo:

_Piensa en Dios.

Mihai me replicó:

_¿Por qué tengo que pensar en El? Mi cabeza es pequeña y la suya es grande; El es quien tiene que pensar en mí.

Ahora me dije a mí mismo: "No trates de pensar en Dios. No pienses en nada." En la sofocante escuridad me acordé de los yogas hindúes, que despejaban la mente de todo pensamiento al repetir una y otra vez una fórmula sagrada. Mucho de esto era el método empleado por los monjes del Monte Atos en su interminable "plegaria del corazón", en la cual se pronuncia una palabra por cada latido de corazón: "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ¡ten piedad de mí!" Ya sabía que Dios era misericordioso, pero así como acostumbraba decirle a mi esposa diariamente que la amaba, se me ocurrió hacer lo mismo con Jesús. Comencé a repetir: "Jesús, esposo querido de mi alma, te amo." El quieto latido de mi corazón amante es una música que llega muy lejos, por lo que dije esta frase al mismo ritmo del corazón. Al principio me parecía ver al diablo hacer un gesto de desprecio: "Tú lo amas, y El deja que sufras. Si es todopoderoso, ¿por qué no te saca del calabozo?" Yo seguí repitiendo tranquilamente: "Jesús, esposo querido de mi alma, te amo." En breve tiempo el sentido de estas palabras se nubló y se perdió. había cesado de pensar.

Más tarde practiqué este aislamiento mental en los momentos malos, pero con una muestra más significativa. Jesús dice en el Evangelio según San Mateo: "Porque cuando menos lo esperéis, el Hijo del Dios vendrá." Este texto, referente a su Segunda Venida, tiene también un sentido místico espiritual. Esta ha sido mi experiencia con El. No pienses y Cristo vendrá, cogiéndote de sorpresa. Pero la claridad de Su luz es difícil de soportar. A veces invertí el proceso y huí de ella a mis propios pensamientos.

24

Pasé dos días en el calabozo de castigo. Algunos prisioneros eran encerrados en él durante una semana o más, pero el doctor advirtió que mi condición se estaba haciendo peligrosa. Ya estaba viviendo en la línea divisoria entre la vida y la muerte. Como consecuencia de mi largo encierro y la falta de sol, alimento y aire, el cabello había dejado de crecerme. El barbero no tenía necesidad de afeitarme durante días. Tenía las uñas pálidas y blandas como una planta mantenida en la oscuridad.

Las alucinaciones se apoderaron de mi mente. Contemplaba mi diminuta copa de agua para convencerme en momentos de desesperación que no me encontraba en el Infierno, donde no hay agua, y entonces se transformaba en un casco. Vi platos deliciosos colocados en una mesa que se extendía más allá de mi celda. Desde lejos, mi esposa se acercaba llevando un plato repleto de salchichas ahumadas, pero le gruñí: "¿Eso es todo? ¡son muy pequeñas!" A veces mi celda se expandía, convirtiéndose en una biblioteca con estantes colmados de libros encuadernados que subían hasta perderse en la oscuridad; novelas famosas, poesía, biografías, obras religiosas y científicas, se elevaban muy por encima de mí. En ocasiones, miles de rostros se volvían ansiosamente hacia mí: me rodeaban grandes multitudes, esperando que yo hablara. Gritaban preguntas. Voces contestaban. Se oían vítores y contravítores. Un mar de caras que se perdía hasta el infinito.

También me aquejaban sueños de violencia contra quienes me habían puesto en prisión, y fantasías eróticas. Este es un infierno difícil de comprender para los que no han estado en él. Yo tenía treinta y nueve años cuando entré en prisión, sano y activo, y ahora la recaída de la tuberculosis había acrecentado mi deseo sexual. Acostado, pero despierto, experimentaba ardientes sueños sudorosos, de placer sensual con mujeres y muchachas, y entonces, anque me esforzaba por apartarlas de mi mente, sobrevenían visiones de perversiones y exageraciones del acto amoroso. La frustración y el sentido de pecado me causaban horribles sufrimientos; a veces agudos y ardientes; otras veces con un deje de fastidio, pero insistentes.

Hallé la manera de sacudir tales alucinaciones, tratándolas como intrusos hostiles, como los microbios de la tuberculosis en mi cuerpo. Lejos de culparme a mí mismo por sus incursiones, me atribuí mérito pro resistirlas. Una vez que las consideré enemigos y no pecados, pude planear su destrucción. Los malos pensamientos pueden ser subyugados mediante la razón, si se pesan calmadamente sus consecuencias. No intenté arrojarlas, sabiendo que se colarían nuevamente por una puerta lateral. Las dejé permanecer, mientras ponía en la balanza el costo en la vida real, si uno cedía a ellos. Sucumbir a esas tentaciones, con seguridad traería dolor a otras familias y a la mía. Mi esposa tendría que divorciarse, el futuro de mi hijo estaría en peligro, mis feligreses perderían la fe, y entonces, despreciado por todos, todavía tendría que responder a Dios por el daño causado. Así como los doctores usan un virus para matar otro, podemos utilizar la máxima del Diablo: "Divide y vencerás" para derrotarlo a él. El diablo del orgullo, el temor a despretigiarnos, puede ser esgrimido contra el demonio de la concupiscencia. ¡El demonio de la avaricia odia los vicios que cuestan dinero!