Cristo en las prisiones comunistas

Primera parte

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Me mantuvieron en encierro solitario durante los dos años siguientes. No tenía nada que leer, ni material para poder escribir. Sólo me acompañaban mis pensamientos, y yo no era un hombre meditativo, sino un alma que raramente había conocido la quietud. Tenía a Dios, pero, ¿había yo realmente vivido para servir a Dios o lo mío era sencillamente una profesión?

Todo el mundo esperaba que los pastores sean modelos de sabiduría, pureza, amor, veracidad; mas no siempre pueden serlo genuinamente, porque también son hombres. Por consiguiente, en mayor o menor grado comienzan a "representar" el papel. Según pasa el tiempo, menos pueden distinguir lo que hay de teatro en su conducta.

Recordaba el profundo comentario que Savonarola escribió al salmo 51 cuando se encontraba en la prisión con los huesos rotos, al extremo que tuvo que firmar el incriminatorio papel con la mano izquierda. Afirmó que había dos clases de cristianos; los que sinceramente creen en Dios y los que, tan sinceramente como los otros, creen que sí creen. En los momentos decisivos es posible reconocerlos por sus acciones. Si un ladrón que intenta robar la casa de un rico ve a un extraño que pudiera ser un policía, se contiene. Si después de pensarlo bien entra de todos modos, esto prueba que no cree que el individuo sea un agente de la ley. Nuestras creencias se demuestran por lo que hacemos.

¿Creía yo en Dios? Había llegado el momento de la prueba. Estaba solo, sin un salario que ganar ni opiniones importantes que tomar en cuenta. Dios sólo me brindaba sufrimiento. ¿Seguiría amándolo?

Me remonté a una de mis obras favoritas, El Patrístico, relativo a ciertos santos del siglo IV que fundaron monasterios en el desierto cuando la iglesia fue perseguida. Constaba de 400 páginas, pero la primera vez que lo tomé en mis manos no comí, bebí o dormí hasta haberlo acabado. Los libros cristianos son como el buen vino: mientras más añejos, mejores. Contenía el siguiente pasaje:

"Un hermano le preguntó a un anciano: _Padre, ¿qué es el silencio? La respuesta fue: _Hijo mío, el silencio es sentarte solo en tu celda, en sabiduría y temor de Dios, escuchando el corazón de las flechas ardientes del pensamiento. Un silencio como éste, hace resaltar lo bueno. ¡Oh, silencio sin preocupación, escalera hacia el cielo! ¡Oh, silencio en el cual uno sólo se preocupa por las primeras cosas, y únicamente habla con Jesucristo! Guarda silencio el que canta: ¡mi corazón está listo para alabarte, oh Señor!"

Me pregunté cómo podía yo alabar a Dios con una vida de silencio. Al principio oré mucho porque me libertaran. Pedía: "Tú has dicho en las Escrituras que no es bueno que el hombre esté solo. ¿Por qué me mantienes solo?" mas los días se convirtieron en semanas, y mi único visitante era el guardia, que me traía trozos de pan negro y sopa aguada, y jamás pronunció una palabra.

Su llegada me recordaba diariamente el dicho: "Los dioses caminan con zapatos suaves". Es decir, los griegos creían que era imposible percibir la proximidad de una divinidad. Tal vez en este silencio yo me estaba acercando a Dios. Quizá, también, me transformaría en un pastor mejor. Había notado que los mejores predicadores eran hombres que poseían un silencio interior, como Jesús. Cuando la boca está demasiado abierta _hasta para hablar el bien _ el alma pierde fuego, por igual motivo que la habitación pierde calor cuando se abre la puerta.

Lentamente aprendí que en el árbol del silencio cuelga el fruto de la paz. Empecé a comprender mi verdadera personalidad, y a comprobar que pertenecía a Cristo. Hallé que incluso aquí mis ideas y sentimientos se volvían a Dios, pudiendo pasar noche tras noche en oración, ejercicio espiritual y alabanza. Entonces sabía que no estaba actuando como un actor, creyendo que creía.

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Establecí una rutina que mantuve durante los dos años siguientes. Me pasaba la noche despierto. Cuando la campana de las 10 p.m. avisaba que era hora de dormir, empezaba mi programa. En ocasiones me sentía triste; otras, contento, pero las noches no eran suficientemente largas para todo lo que tenía que hacer. Comenzaba con una oración de la que rara vez estaban ausentes las lágrimas, a menudo de agradecimiento. Las oraciones, como las señales de radio, se escuchan más claramente de noche. Es entonces que se entablan las grandes batallas espirituales. Seguidamente predicaba un sermón, igual que lo haría en iglesia, iniciándolo con: "Queridos hermanos", en un susurro, para que el guardia no oyera, y terminando con "Amén". Por fin predicaba, con absoluta sinceridad. Ya no necesitaba preocuparme de lo que el obispo pensaría, lo que la congregación dijera, o los espías reportasen. No predicaba a un vacío. Cada sermón lo oía Dios, sus ángeles y santos; pero sentía que entre los que me escuchaban se hallaban quienes me habían traído a la fe, miembros de mi rebaño, tanto muertos como vivos, mi familia y mis amigos. Ellos eran la "nube de testigos" de que habla la Biblia. Experimenté "la comunión de los santos" que menciona el Credo.

Todas las noches conversaba en imaginación con mi esposa y mi hijo. Reflexionaba en todo lo que había de bueno y excelente en ellos. A veces mis pensamientos llegaban a Sabina por encima de las paredes de la prisión. Ella tiene en su Biblia una nota de ésta época: "Hoy vi a Richard. Estaba acostado en la cama, y se inclinó y me habló". Efectivamente, yo había concentrado todas mis fuerzas para transmitirle un mensaje de amor. Nos recompensaron magníficamente, con un pensamiento recíproco que duraba varios minutos al día. En contraste con tantos matrimonios destruidos por la prisión, el nuestro se conservó firme, se fortaleció.

El pensar en mi familia podía también doler. Sabía que Sabina sería sometida a intensa presión para que se divorciara de mí. Si se negaba, y a la vez continuaba el trabajo de la iglesia, era casi seguro que la arrestarían. Entonces Mihai, que apenas tenía diez años de edad, se quedaría solo. Me acosté boca abajo en el jergón y lo abracé como si fuera mi hijo. En una ocasión di un salto y pegué con los puños en la puerta de acero, gritando: "¡Devuélvanme a mi hijo!". Los guardias corrieron a sujetarme, mientras me ponían una inyección que me dejó inconsciente durante horas. Cuando desperté me pareció que me estaba volviendo loco. Sabía que muchos habían enloquecido.

Me daba valor pensar en la madre de Jesús, que permaneció al pie de la cruz sin proferir una palabra de queja. Me pregunté si acertábamos al interpretar su silencio como un dolor absoluto, sin mezcla. También debió de haberse sentido muy orgullosa de que El estuviera dando Su vida por los hombres. En la noche de ese día, por ser Pascua, canté alabanzas a Dios, de acuerdo con el ritual judío. También yo debía dar gracias a Dios por los sufrimientos que mi propio hijo pudiera experimentar. De nuevo cobré esperanza: aunque Sabina no estuviese allí, nuestro amigos, sin duda, cuidarían a Mihai.

 Uno de mis constantes ejercicios espirituales era imaginar un cuadro en el cual yo entregaba mi vida a Cristo: el pasado, el presente y el futuro; mi familia, mi iglesia, mis pasiones, mis pensamientos secretos, cada miembro de mi cuerpo. Confesé a Cristo mis anteriores pecados, sin reserva, y lo vi a El limpiarlos con la mano. Muchas veces lloré.

En los primeros días dediqué mucho tiempo a escudriñar el alma. Fue un error. El amor, la bondad, la belleza, son criaturas tímidas, que se esconden cuando saben que son observadas. Mi hijo me dio una lección cuando tenía cinco años. Lo había regañado, diciéndole: "Jesús tiene un gran libro de tareas, y una de sus páginas lleva tu nombre. Esta mañana tuvo que escribir que habías desobedecido a tu madre. Ayer te peleaste con otro chico, y le echaste la culpa a él, de modo que eso también quedó anotado". Mihai comentó, después de pensar un minuto: "Papaíto, ¿Jesús solamente escribe las cosas malas que hacemos, o también las buenas?

¡Con qué frecuencia estaba mi hijo en mis pensamientos! Recuerdo con delicia sus lecciones de teología. Estaba yo leyendo en la Epístola a los Corintios: "Examínate a ti mismo para ver si mantienes tu fe", y Miguel preguntó:

_¿Cómo puedo examinarme yo mismo?

_Golpéate el pecho y pregunta: "Corazón, ¿amas a Dios?" _y a decirlo me golpeé el pecho.

_Eso no está bien _protestó Mihai _. Una vez, en la estación de los trenes, el hombre que golpeaba las ruedas con un martillo me dejó probar, y me recomendó: "Sólo tienes que darles un golpecito ligero para que no se rompan, no gran porrazo". Por eso yo tampoco tengo que golpearme para poder saber que amo a Jesús.

Supe entonces que el quieto "sí" de mi corazón cuando me preguntaba: "¿Amas a Jesús?", bastaba.

Todas las noches pasaba una hora viviendo en las mentes de mis principales adversarios: ¡el coronel Dulgheru, por ejemplo! Poniéndome en su lugar, hallaba miles de excusas para él; en esta forma podía amarlo a él y a los otros torturadores. Entonces recapacitaba en mis propias faltas, desde el punto de vista de él, y lograba una nueva comprensión de mí mismo. Es más fácil consolar a otros que consolarse a uno mismo, al igual que es posible leer con tranquila simpatía sobre las víctimas de la guillotina, pero estar horrorizado cuando una revolución nos amenaza. Así que proseguí a invertir los eventos del tiempo, pensando en el presente como si estuviera pasando en una era anterior, y acerca del pasado como si estuviera ocurriendo hoy día. En esta forma uno puede aún esperar conocer a los santos de antaño.

Pensaba en qué haría su fuera un gran estadista, multimillonario, el emperador de China, el Papa. Soñaba con la vida teniendo yo alas o una toga de invisibilidad. Decidí que por casualidad había encontrado una definición del espíritu humano: que es una invisible fuerza alada que puede transformar el mundo. Estas eran fantasías divertidas, pero llenaban el tiempo. Un arquitecto activo no especula sobre lo que haría con materiales que no existen, tal como piedra que no pesa, vidrio elástico, etc. La meditación, como la arquitectura, debe ser constructiva. Pero tales digresiones me ayudaban a comprender cómo entidades opuestas pueden unirse en la vida del espíritu, y ahora ya comprendí cómo Cristo podía contener todas las cosas, ser el león de Judá y a la vez el cordero de Dios.

Ni me hacía falta diversión en mi celda vacía. Me conté chistes e inventé nuevos chistes. Jugué al ajedrez conmigo mismo, usando piezas hechas de pan moreno; negras contra menos negras, pintándolas con tiza de la pared. Logré dividir mi mente de manera que las negras no supieran el siguiente movimiento de las menos negras, y viceversa. Como no perdí un solo juego en dos años, llegué a considerarme un maestro.

Descubrí que el gozo puede adquirirse, como un hábito, igual que una hoja de papel doblada cae naturalmente dentro del mismo pliegue. "Regocíjate" es un mandamiento de Dios. John Wesley solía declarar "Nunca he estado triste ni un cuarto de hora". No puedo gloriarme de tanto, pero aprendí a regocijarme aún en las peores condiciones.

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Los comunistas creen que la felicidad viene de la satisfacción material, pero hallándome solo en mi celda padeciendo frío, hambre, y vestido de harapos, todas las noches bailé de alegría. Esta idea surgió al evocar recuerdos de mi juventud, cuando vi bailar a los derviches. Me había conmovido inexplicablemente su éxtasis, la belleza grave de loso monjes musulmanes, la gracia de sus movimientos al volverse llamando a Dios con el nombre que ellos le dan, "Alá". Más tarde me enteré que muchos otros _Judíos, pentecostales, primitivos cristianos y personajes bíblicos como David y Miriam, así como los monaguillos de la catedral de Sevilla celebrando Pascua Florida, aún en el presente_ también bailaban para Dios. Las palabras solas nunca han logrado expresar lo que un hombre siente en la cercanía de la divinidad. A veces estaba tan lleno de gozo que me parecía que iba a estallar si no le daba salida. Recordaba estas palabras de Jesús: "Bienaventurados sois cuando los hombres os odian, cuando os aparten de sí, os injurien y desechen vuestro nombre. ¡Regocijaos en aquel día, y saltad de gozo!" Me dije a mí mismo: "Solamente he cumplido la mitad de este mandamiento. Me he regocijado, pero no es suficiente. Jesús ciertamente dice que también debemos saltar".

Cuando el guardia miró la siguiente vez por el mirador, me vio saltando en la celda. Seguramente tenía órdenes de distraer a cualquier recluso que diera señales de demencia, porque se marchó y regresó con alimento procedente del cuarto de los empleados: un pedazo de pan, queso y azúcar. Al tomarlos recordé el verso de San Lucas: "Regocijaos en aquel día y saltad de gozo, porque en verdad vuestra recompensa es grande". Era un enorme pedazo de pan; más de la ración semanal.

A partir de entonces, rara vez dejé de transcurrir una noche sin bailar, aunque jamás me volvieron a recompensar por hacerlo. Compuse canciones, y las canté quedamente, dentro de mí, y danzaba al compás de mi propia música. Los guardias se acostumbraban a esto. No rompía el silencio, y además, ellos habían visto muchas cosas extrañas en estas celdas subterráneas. Los amigos a quienes se lo he contado posteriormente me han preguntado: "¿Para qué bailabas? ¿Con qué finalidad?". Con ninguna; era una manifestación de alegría como la danza de David; un sagrado sacrificio ofrecido ante el altar del Señor. No me importa si mis aprehensores creían que yo estaba loco, ya que había descubierto en Cristo una belleza que no había conocido anteriormente.

Tuve visiones frecuentes. En una ocasión, mientras bailaba, me pareció que llamaban mi nombre _no "Richard" sino otro nombre que no puedo revelar, y supe que era yo al que llamaban por mi nuevo nombre. Me pasó por la mente, sin saber por qué: "Debe ser el Arcángel Gabriel". Entonces la celda se llenó de luz. No oí más, pero comprendí que iba a trabajar con Jesús y los santos para fabricar un puente entre el bien y el mal; un puente de lágrimas, oraciones y abnegación, para que los pecadores lo cruzaran y se unieran a los bienaventurados. Comprendí que nuestro puente tenía que ser de tal índole que hasta los más débiles en rectitud pudieran cruzarlo. Jesús prometió que en el Juicio Final los que habían alimentado al hambriento y vestido al desnudo se sentarían a su derecha, mientras que los malvados serían arrojados a la oscuridad exterior. Actualmente, no cabe duda que cada hombre ayuda a otros algunas veces, y otras veces no; el cuerpo es uno, pero el espíritu no lo es. La Biblia habla del hombre "interior" y del hombre "exterior", del hombre "nuevo" y del "viejo"; del hombre "natural" y el hombre "espiritual". El hombre interior, espiritual, es el que puede lograr la felicidad en la vida eterna.

Me di cuenta de que yo debía amar a los hombres como son, no como debieran ser. Otra noche percibí una multitud de ángeles moviéndose despacio por la oscuridad, hacia mi cama. Cuando se acercaron, me cantaron una canción de amor que Romeo pudiera haber cantado a Julieta. Me pareció increíble que los guardias no oyeran esta maravillosa y apasionada música, que para mí era tan real.

Los prisioneros que están mucho tiempo solos suelen tener visiones. Para estos fenómenos hay explicaciones naturales que no las anulan. El alma usa el cuerpo para sus propios fines. Estas visiones ayudaron a sostener mi vida, y esto basta para demostrar que no eran meras alucinaciones.