Cristo en las prisiones comunistas

Primera parte

16

La policía secreta había sido paciente, me dijeron, pero había llegado el momento de obtener resultados. El coronel Dulgheru, su gran inquisidor, nunca fallaba en lograrlos. Se sentó en su escritorio, inmóvil y amenazador, y con las manos extendidas hacia adelante.

_Ha estado jugando con nosotros _dijo.

Dulgheru había trabajado antes de la guerra en la Embajada soviética. Entonces, bajo los fascistas, fue internado, fraternizando así con Gheorghiu-Dej y otros comunistas presos, los cuales notaron sus cualidades de dureza e inteligencia, y falta de piedad. Por eso estaba ahí, representando poderes de vida y muerte.

En seguida Dulgheru empezó a preguntarme sobre un individuo del ejército rojo a quien habían pescado pasando Biblias de contrabando en Rusia. Hasta ahora los interrogadores parecían no saber nada de mi labor entre los rusos, pero aunque el soldado arrestado no me había denunciado, averiguaron que nos conocíamos. Ahora más que nunca tenía yo que pesar mis palabras, porque lo cierto es que lo había bautizado en Bucarest y lo había invitado a participar en nuestra campaña.

Las preguntas de Dulgheru eran persistentes. Creyó estar en la pista de algo importante. En las semanas que siguieron me sentí agotado, por una serie de factores. Quitaron las camas de la celda, y apenas lograba dormir una hora cada noche, en equilibrio sobre una silla. Dos veces por minuto, el mirador de la puerta hacía un sonido metálico y aparecía el ojo del guardia. A menudo, cuando cabeceaba, entraba y me daba coses para despertarme. Al fin perdí toda noción del tiempo. Una vez desperté para comprobar que la celda se hallaba entreabierta. En el pasillo se escuchaba una suave música. O, ¿era una ilusión? Entonces el sonido se transformó, y oí una voz de mujer que sollozaba. Comenzó a gritar. ¡Era mi esposa!

_¡No, no, por favor, no me peguen! ¡No más, no puedo soportarlo!

Se oyó un chasquido de un látigo en la carne. Los gritos se agudizaron atrozmente. Cada músculo de mi cuerpo se contrajo en rictus de horror. Lentamente la voz se desvaneció, siempre quejándose, pero ahora era una voz desconocida. Retornó el silencio. Me quedé vacío de sentimiento, temblando, y bañado en sudor. Después supe que era una grabación en cinta magnética, aunque cada prisionero que escuchó pensó que la víctima era su esposa o su novia.

Dulgheru era un bárbaro refinado, hecho a la medida de los diplomáticos soviéticos con los cuales se había mezclado.

_Ordeno la tortura a mi pesar _me dijo. Como era todopoderoso en las prisiones, podía prescindir de notas y testigos, y a menudo reaparecía en mi celda, por la noche, para continuar el interrogatorio. Una sesión difícil se prolongó durante horas. Me preguntó sobre mi contacto con la Misión de la Iglesia Anglicana. ¿Qué había hecho en ella? Le conté haber visitado la Abadía de Westminster, y esto le puso iracundo.

_¿No sabe _dijo con saña_, que puedo ordenar su ejecución esta misma noche, por contrarrevolucionario?

_Coronel, le ofrezco la oportunidad de realizar un experimento _le dije_. Usted dice que puede mandarme a fusilar. Yo sé que puede. Por eso, ponga la mano en mi corazón. Si late apresuradamente en señal de que tengo miedo, sabe entonces que no hay Dios, ni la vida eterna. Pero si late tranquilamente, como diciendo: "Voy al encuentro del que amo", piénselo bien. Hay un Dios, y una vida eterna.

Dulgheru me golpeó la cara, e inmediatamente lamentó su falta de control.

_Eres un tonto, Georgescu _dijo_. ¿No ves que estás a merced mía, y que tu Salvador, o como le llames, no abrirá las puertas de ninguna prisión? Nunca volverás a ver la Abadía de Westminster.

_Jesucristo es poderoso _dije_, y si El quiere puede soltarme, y también veré Westminster.

Dulgheru me fulminó con la mirada; parecía que le faltaba el aire. Por fin gritó:

_Está bien, mañana verás al camarada Brinzaru.

Lo había esperado. El comandante Brinzaru, ayudante del coronel, presidía en una habitación donde guardaban los palos, garrotes y látigos. Tenía los brazos velludos como los de un gorila. Otros interrogadores invocaban su nombre como amenaza. El poeta ruso contemporáneo, Voznesensky, escribe: "En estos días de indecible sufrir, es afortunado el que no tiene corazón", y Brinzaru tenía esa suerte. Me enseñó la variedad de armas.

_¿Le apetece una? _preguntó_. Aquí nos gusta ser democráticos.

Desplegó su arma favorita, un garrote largo, de caucho negro.

_Lea el rótulo.

Decía: "HECHO EN USA."

_Nosotros proporcionamos la golpiza _dijo Brinzaru con un despliegue de dientes amarillos_, pero mis amigos los norteamericanos nos facilitan las herramientas. Entonces me mandó de nuevo a la celda, a meditar sobre este incidente.

El guardia me contó que Brinzaru había trabajado antes de la guerra para un político prominente, quien lo había tratado como a uno de la familia. Cuando los comunistas triunfaron y él fue ascendido en las filas de la policía secreta, le trajeron a un joven para interrogarlo. Era el hijo del político, y había iniciado un movimiento patriótico. Brinzaru le recordó:

_Solía cargarte en mis rodillas cuando era un bebito _y enseguida torturó al mozo y lo ejecutó con sus propias manos.

Curiosamente, Brinzaru no me dio la paliza prometida. En su ronda nocturna de inspección, abrió el mirador para observarme durante un momento.

_¿Todavía está ahí, Georgescu? ¿Qué está haciendo Jesús esta noche?

_Está rogando a Dios por usted _le repliqué. Se alejó sin contestar.

Al próximo día regresó. Bajo su supervisión, me obligaron a pararme delante de una pared, con las manos alzadas por encima de la cabeza de modo que la punta de los dedos apenas la tocaran.

_Mantenlo así _Brinzaru advirtió a los guardias antes de salir.

Al fin comenzó la tortura. No deseo extenderme mucho en esto, pero hay que decirlo, por ser éstas las prácticas comunes en todas las prisiones de la policía secreta. Primero permanecí de pie varias horas, hasta que mis brazos perdieron toda sensación y mis piernas empezaron a temblar, y después a inflamarse. Cuando caí al suelo de fatiga, me dieron una corteza de pan y un trago de agua y me forzaron a pararme nuevamente. Un guardia relevaba a otro. Algunos me obligaron a adoptar posturas ridículas y obscenas, y esto siguió, con breves intervalos, durante días y noches, sin poder mirar sino a la pared.

Pensé en las paredes mencionadas en la Biblia, recordando un verso de Isaías que me había entristecido: Dios alega que las malas acciones de Israel levantaron una pared entre El y la gente. Las fallas del cristianismo habían propiciado el triunfo comunista, y por eso yo tenía una pared frente a mí. Entonces me vino a la memoria esta frase "Con la ayuda del Señor, yo salto la muralla". Yo también pudiera saltar esta pared y entrar en el mundo espiritual de la confraternidad con Dios. pensé en los espías judíos que regresaban a Canaán a informar que ciudades eran grandes y amuralladas, pero así como las murallas de Jericó se derrumbaron, la pared que estaba delante de mí caería también si era la voluntad de Dios. Cuando el dolor era intolerable, me recitaba una frase de "El cantar de los cantares": "Mi amado es como un corzo o un cervatillo. Contemplando parado detrás de nuestra muralla". Me imaginaba a Jesús de pie detrás de mi muralla, dándome aliento. Recordaba que mientras Moisés mantuvo las manos en alto en la montaña, el pueblo elegido avanzó en la victoria; quizá nuestros sufrimientos estaban ayudando al pueblo de Dios a ganar su batalla también.

De vez en cuando el comandante Brinzaru miraba, preguntándome si estaba listo para cooperar. En una ocasión, estando yo en el suelo, me dijo:

_¡Levántate! Hemos resuelto dejarte ver la Abadía de Westminster después de todo. Ahora comienzas.

_¡Camina! _me dijo el guardia. Traté de ponerme los zapatos, pero tenía los pies demasiado inflamados_. ¡Vamos, apúrate! Sigue caminando a todo alrededor. Te estoy vigilando desde afuera.

La celda tenía doce pasos a la redonda; cuatro pasos, una pared; dos pasos, la siguiente; entonces cuatro; entonces dos. Di la vuelta con mis calcetines desgarrados. El mirador se abrió:

_¡Más aprisa, si no quieres que te dé una paliza!

Chocaba penosamente contra la pared. Los ojos me ardían del sudor; siempre circulando, circulando. Se abrió el mirador:

_¡Párate, da la vuelta! Ahora en la dirección opuesta. ¡Más aprisa!

Tropecé, pero me enderecé.

_¡Sigue moviéndote!

Cuando me caí, el guardia entró y me pegó en el codo con su palo, mientras yo luchaba por levantarme. El dolor era tan fiero que me volví a caer.

_¡Levántate, sigue moviéndote! ¡Estás en el "entrenamiento"!

Casi todos teníamos que pasar por el "entrenamiento", como se le llamaba. Las horas transcurrían antes que uno pudiera conseguir un vaso de agua o algo de comer. La sed anulaba el hambre. Era incluso peor que el pinchazo de cuchillos calientes corriéndole a uno por las piernas. Más insoportable aún era tener que empezar a andar de nuevo antes de haber podido descansar unos pocos minutos, o unas pocas horas en la noche, en un estupor, sobre el piso. Las articulaciones rígidas, los músculos reventados, los pies lacerados, no podían soportar el peso del cuerpo. Uno se agarraba a las paredes mientras los guardias chillaban órdenes. Cuando ya era imposible tenerse en pie, era preciso caminar a cuatro patas.

 

No sé cuántos días y noches pasé en el entrenamiento. Comencé a orar por los guardias, mientras me movía. Pensé en el "Cantar de los Cantares", donde se habla de la danza sagrada que ejecutó la Novia de Cristo en honor de su prometido. "Me moveré con tanta gracia como si se tratase de una danza de divino amor, por Jesús", decidí. Por un momento me pareció lograrlo. Cuando un hombre "desea" hacer todo lo que tiene que hacer, en este caso sólo hace lo que quiere; las pruebas más duras, si son voluntarias, resultan más fáciles. Y al dar vueltas parecía como si todo revolviera alrededor de mí. No podía distinguir una pared de la otra, o una pared de la puerta, de igual manera que el divino amor no distingue entre hombres malos y buenos, y puede abrazarlos a todos.

17

Casi había estado sin dormir un mes cuando el guardia me puso un par de anteojeras negras y me llevó a una nueva entrevista en la oficina. En la habitación grande y desnuda, detrás de una mesa se sentaban tres o cuatro figuras que solo podía ver a medias, debido a la cegadora luz de los reflectores enfocados sobre mi cara. Me paré delante de ellos, esposado y descalzo; llevaba puesta solamente una camisa sucia y rota. Me repitieron preguntas familiares, y di las mismas respuestas. Esta vez había una mujer entre los inquisidores. En un momento dado dijo con voz estridente:

_Si no contestas como es debido tendremos que estirarte en el bastidor.

Esta máquina, empleada por última vez en Inglaterra hace 300 años para forzar confesiones, ¡había sido añadida a los instrumentos de persuasión del Partido! Hallé la manera de contestarle:

_En la Epístola de San Pablo a los Efesos, está escrito que debemos esforzarnos por alcanzar la medida de la estatura de Cristo. Si me estiran en el potro me estarán ayudando a lograr mi cometido.

La mujer golpeó la mesa y hubo discusión detrás del centelleo de los reflectores. En ocasiones, una contestación rápida conseguía desviar el golpe. No me pusieron en el potro del tormento. En cambio retrocedimos a la Inquisición, es decir, a la paliza.

Me llevaron a otra celda, me pusieron una capucha sobre la cabeza, y me ordenaron agacharme y colocar los brazos alrededor de las rodillas. Pasaron una barra de metal entre los codos y las rodillas, y después la alzaron sobre un bastidor, de modo que yo colgara boca abajo, liado con los pies en el aire. Mientras me sujetaban la cabeza, alguien me flagelaba las plantas de los pies. Los golpes eran como explosiones. Algunos caían sobre loso muslos y la base de la columna vertebral. Si me desmayaba, me empapaban en agua fría, para revivirme, constantemente asegurándome que si les daba siquiera alguno de los nombres que deseaban, se detendrían. Cuando me bajaron del caballete tuvieron que llevarme cargado a mi celda.

En cada viaje a esta habitación me ponían las anteojeras, para que no me aprendiera la disposición interior de la prisión. A veces me las dejaban puestas mientras me pegaban. Cuando uno ve venir un golpe, se contrae para recibirlo, pero si no lo ve ni sabe dónde va a caer el golpe, ni cuando, el temor se redobla.

Pasé por otras torturas. Brinzaru tenía un látigo de nylon. Después de administrarme uno cuantos latigazos, perdí el conocimiento. Una vez me pusieron un cuchillo en la garganta, mientras Brinzaru me conminaba a hablar, si quería vivir. Sentí intensificarse su garra, y que la hoja atravesaba la piel. Me desmayé nuevamente, y al despertar me hallé con el pecho lleno de sangre. Por un embudo me echaron agua en la garganta, hasta que el estómago pareció estallar. A continuación los guardias me patearon y me pisotearon. Me dejaron pan cerca, pero no me atreví a tocarlo. Por fin comprendí que los perros no iban a atacar, pero chasqueaban los dientes a pocas pulgadas de mi cara con demasiada frecuencia. También me marcaron con un hierro calentado al rojo.

Por último firmé con respecto a mí, todas las "confesiones" que quisieron: que yo era un adúltero y al mismo tiempo un homosexual; que había vendido las campanas de la iglesia y me había embolsado el dinero (aunque nuestra iglesia era un oratorio desprovisto de campanas); que bajo el simulacro de laborar por el Concilio Mundial de Iglesias había espiado con el propósito de derrocar el régimen mediante traición; que yo y otros nos habíamos infiltrado en ocasiones en la organización del Partido bajo falsas apariencias, y habíamos divulgado sus secretos.

Brinzaru leyó estas confesiones y preguntó:

_¿Dónde están los nombres de las personas a quienes les pasaste los secretos?

Quedó complacido cuando le entregué una lista de nombres y direcciones; confiaba que esto le ganaría un bono y una promoción. Pocos días después recibí otra flagelación. Habían comprobado los nombres, que eran los de individuos que habían huido al Occidente o estaban muertos. Más durante ese intervalo recuperé algo de mis fuerzas.

Tal vez el esperar era la peor tortura; yacer allí, oyendo los gritos y llantos, sabiendo que en una hora me tocaría a mí. Pero Dios me ayudó, y nunca dije una palabra que pudiera perjudicar a otro. Perdía el conocimiento fácilmente, y ellos deseaban que viviese. Cada prisionero podía ser una fuente de información adicional, de utilidad en cualquier giro que posteriormente tomase la suerte del Partido, a despecho del tiempo que quedara detenido. En las sesiones de tortura estaba presente un doctor para tomar el pulso y comprobar que la víctima no iba a escapar al otro mundo mientras la policía secreta tuviese necesidad de él. Era como una imagen del infierno, en el cual el tormento es eterno y uno no puede morir.

Costaba trabajo recordar la Biblia. No obstante, procuré retener en mente que Jesús hubiera podido venir a la tierra como un rey y sin embargo eligió ser condenado como un delincuente, y flagelado. Una flagelación romana era algo terrible, y a cada golpe que yo recibía, pensaba que El también había experimentado ese dolor, produciéndome gozo el poder compartirlo con El.

La burla y humillación eran asimismo más de lo que muchos podían aguantar. Jesús dijo repetidamente que sería azotado, escarnecido y crucificado. Yo solía pensar que el escarnio, comparado con el flagelo y la crucifixión, no eran nada. Ignoraba que un hombre podía ser forzado a abrir la boca para que otros escupieran u orinasen en ella, mientras nuestros amos se reían y mofaban.

Parece increíble, pero así como los agentes de la Inquisición española estimaron que era sagrado deber quemar a los heréticos, muchos hombres en el Partido creyeron justificado lo que hacían, el coronel Dulgheru entre ellos, acostumbraba a decir: "Es de interés vital para la sociedad que los hombres sean maltratados si se resisten a dar la información necesaria para que el Partido pueda protegerla". Mucho después cuando me vio reducido a una ruina y llorando de fatiga nerviosa, me insinuó en tono que sonaba a piedad:

_¿Por qué no cede? ¡Es inútil tu resistencia! No eres sino carne, y terminarás por claudicar.

Yo poseía prueba de lo contrario: si hubiera sido únicamente carne, no hubiera podido resistirlo, pero el cuerpo sólo es residencia temporal del alma. Confiando en el instinto de conservación, los comunistas juzgaban que un individuo era capaz de cualquier cosa por evitar su extinción. Se equivocaban. Los cristianos convencidos de lo que decía su iglesia, sabían que morir no era el fin de la vida, sino su cumplimiento; no extinción, sino promesa de eternidad. Esto ocurrió desde el principio del Cristianismo y ha ocurrido siempre.

18

Había pasado siete meses en la prisión, Calea Rahova, y el invierno se nos venía encima. Padecíamos mucho con el frío, y también de hambre y maltrato, y aún quedaban meses de invierno por transcurrir. Contemplando desde mi ventana la cellisca que caía en el patio de la prisión, titiritaba. Sin embargo, mi ánimo no estaba caído. Todo lo que pudiera hacer por Dios con paciente amor mientras estuviera prisionero sería de poca monta _pensaba, pero el bien de la vida siempre luce pequeño comparado con la cantidad de mal. En el Nuevo Testamento el mal está representado por una inmensa bestia de siete cuernos, pero el Espíritu Santo descendió en la forma de una paloma. Sin embargo, ¡la paloma derrotará a la bestia!

Una noche me sirvieron un plato de sabroso guiso de carne con cuatro tajadas de pan. Antes que pudiera comerlo, el guardián regresó y me hizo recoger mis cosas y seguirlo a un lugar donde los otros prisioneros se alineaban. Pensando en mi perdido guiso, me llevaron en camión al Ministerio del Interior. Este espléndido edificio es muy admirado por los turistas, quienes ignoran que está construido encima de una vasta prisión, albergando, en un laberinto de corredores, a cientos de indefensos prisioneros.

Mi celda se hallaba muy abajo, en el subterráneo. Una bombilla eléctrica brillaba desde el techo en las paredes desnudas, y había un armazón de hierro con tres camas de madera y un jergón de paja. El aire entraba por un tubo colocado en lo alto de la pared. Observé que no había cubo y que tendría que esperar siempre por el guardia para que me llevara a la letrina, la mayor molestia para los prisioneros. A veces lo hacían esperar a uno durante horas, riéndose de las súplicas. Hombres, y también mujeres, se abstenían de comer y beber por temor a aumentar su agonía. Yo confieso haber comido en el mismo plato en que he hecho mis necesidades, sin haberlo podido lavar, porque no había agua.

Aquí el silencio era casi completo, con toda premeditación. Nuestros guardias usaban zapatos con suela de fieltro, y uno podía oír sus manos en la puerta antes de que la llave hallase la cerradura. De tarde en tarde, a lo lejos, se escuchaba un prisionero golpear periódicamente su puerta, o gritar. La celda solamente permitía dar tres pasos en cada dirección, de manera que me acostaba a contemplar la bombilla, que quedaba encendida toda la noche. Como no podía dormir, oraba. El mundo exterior había dejado de existir. Todos los ruidos a que yo estaba habituado, el del viento y la lluvia en el patio, los clavos de acero de las botas en los pisos de piedra, el zumbido de una mosca, una voz humana, todo había desaparecido. Mi corazón parecía encogerse, como si yo también fuera a detenerme en este silencio iluminado.