Cristo en las prisiones comunistas
Primera parte
13
Patrascanu trató de divertirse a costa mía hablando de los planes del Partido para desarraigar y eliminar el Cristianismo en Rumania. Ya Ana Pauker, Georgescu y otros miembros del Comité Central habían conferenciado con Justiniano en secreto, decidiendo que éste le serviría bien para su objetivo principal.
_Justiniano _comentó_ tiene tanto que ver con Dios como yo con el Emperador del Japón. En cuanto al anciano Patriarca Nicodim, ya chochea. ¿Cómo puedo sentir respeto por por un hombre que lanzó encíclicas al inicio de la guerra, llamándonos a todos a pelear contra el dragón bolchevique de siete cabezas, y entonces, cuando rompió con Hitler, inició a su rebaño a marchar con el glorioso Ejército Rojo contra el monstruo nazi? Eso es lo que hizo que el patriarca Nicodim, y toda Rumania lo sabe. Estos son los príncipes de la Iglesia, y el resto no vale mucho más. ¡No irá usted muy lejos con ellos!
Le contesté que si él no salía de la prisión tan pronto como esperaba, quizás tuviera oportunidad de hallar cristianos más ejemplares.
_El patriarca Nicodim es un buen hombre _le dije_ pero es un viejo acabado. Tampoco puedo condenar al futuro patriarca Justiniano, y a los que han sido llevados por maña o fuerza a seguir su camino. Es igual que abusar de una joven y llamarla ramera.
Me imaginé que esta observación sarcástica me ayudaría a convencer a Patrascanu, quien tenía la tendencia de expresarse crudamente sobre temas sexuales. Traté, asimismo, de enseñarle lo que el mensaje cristiano significa, pero tan embargado estaba por sus propias dificultades que no me puso mucha atención al principio. Era hombre aficionado a los libros, y como se sentía perdido sin tener nada que leer, discutía para distraerse. De la religión decía:
_Pasé por todo eso en la escuela. Acostumbraba rezar, pero luego desistí.
Le pregunté por qué.
_Su Jesús pide demasiado. Especialmente cuando uno es joven.
_Jamás he creído que Jesús pide demasiado de los hombres _le rebatí._ Cuando mi hijo Mihai era pequeño le di dinero para comprarme un regalo de cumpleaños. También Jesús nos da las virtudes que El parece pedir, haciéndonos mejores. Tal vez usted no tuvo buenos maestros en religión.
_Probablemente. Estos no abundan _y Patrascanu se sentó y bostezó.
_Además, en el cristianismo hay mucho que no puedo tragar.
_¿Por ejemplo?
_La humildad, y especialmente la sumisión a la tiranía. Tome por ejemplo la Epístola de San Pablo a los romanos, donde declara que toda autoridad procede de Dios, de modo que debemos de comportarnos bien, pagar impuestos prontamente y sin cocear contra el aguijón. ¡Y esto en una época en que Nerón regía el mundo!
Le respondí:
_Lea la Biblia de nuevo y la encontrará llena de ardor revolucionario. Comience con los judíos esclavos rebelándose contra el Faraón. Prosiga con Samuel, Jael, Jehu, y muchos otros rebeldes contra la tiranía. Además de seguir adelante, pregúntese cómo vino al poder la autoridad aprobada por Dios. Generalmente es resultado de revoluciones; por lo que sumisión a la autoridad significa sumisión a los que han hecho una revolución triunfante. Washington se convirtió en autoridad cuando derrotó a los ingleses.
_Como cuando Lenin derrotó a los zares _interrumpió Patrascanu.
_Sólo para introducir un terror mayor. Algún día el hombre tendrá que acabar también con la tiranía comunista, estableciendo el gobierno libre que será entonces la autoridad procedente de Dios, y a la cual deberemos someternos. Lo que esta parte de las Escrituras enseña verdaderamente no es sumisión a los tiranos, sino evitar inútiles derramamientos de sangre en revoluciones que no tienen probabilidad de triunfar.
Patrascanu preguntó:
_¿Y qué me dices de "Dad al César lo que es del César?" ¿No estaba Jesús urgiendo a los judíos a someterse al tirano romano con este lema?
_El primer César fue un usurpador _le dije_ incluso en Roma. Era un general que se impuso como dictador. Sus sucesores no tenían en Palestina, convertida por la fuerza en una colonia romana, más derechos que los rusos tienen aquí. Claramente Cristo quiso decir: "Dad al César lo que le debemos; a veces le debemos una patada en el trasero, ¡y fuera con él!"
Patrascanu se rió con ganas.
_Si todos los clérigos explicaran la Biblia como usted lo hace, pronto arribaríamos a un mejor entendimiento _afirmó.
Yo no estaba tan seguro.
Una noche me pidió que le resumiera en dos palabras la fe cristiana. Le recité el Credo Niceno diciéndole:
_A cambio, explíqueme lo que el credo comunista es realmente.
Patrascanu reflexionó un momento:
_Nosotros los comunistas creemos que dominaremos en el mundo _dijo, y se volvió a acostar en el sucio jergón.
A la mañana siguiente se lo llevaron de la celda. No lo vi más. Intimamos mucho en la semana que estuvimos juntos. Me pareció notarlo afectado por las cosas que le dije, aunque no convenía a sus planes admitirlo ni a sí mismo. Pasaron años ante de saber lo que se hizo de él.
14
Mi próximo inquisidor, un hombrecito llamado Vasilu a quien agradaba hablar con la comisura de la boca, leyó una lista de preguntas mecanografiadas. La primera era la más difícil:
_Escriba los nombres de todo el que usted conoce, dónde lo conoció y qué relaciones tenía usted con esa persona.
Había muchos amigos a quienes yo quería proteger, pero si no los mencionaba y la policía se enteraba, sospecharían de ellos doblemente. Como vacilé. Vasilu saltó abruptamente:
_No escoja. Yo dije "todo el mundo".
Para comenzar, escribí los nombres de mis ayudantes y feligreses conocidos. Esta lista me llevó una página o dos. Agregué miembros comunistas del Parlamento, y todos los compañeros de viajes y delatores de quienes logré acordarme.
_La pregunta número dos _explicó Vasilu_, consiste en decir qué ha hecho usted en contra del Estado.
_¿De qué se me acusa? _pregunté.
Vasilu golpeó la mesa.
_¡Usted sabe lo que ha hecho! Confiéselo todo! Empiece por decirnos de sus contactos con su colega ortodoxo, padre Grigoriu, y lo que piensa de él. Simplemente escriba y escriba.
A los clérigos se les pregunta siempre acerca de sus compañeros. A los protestantes les inquirían sobre los sacerdotes ortodoxos; a los católicos sobre los adventistas, y así sucesivamente, para fomentar rivalidades sectarias. Cualquier cosa que uno escribiera podía servir para incriminarlo. A un prisionero se le ordenaba:
_¡Firme con un seudónimo, así acostumbramos aquí! Después de haber hecho varias declaraciones con diferentes nombre, se le pedía denunciar a un amigo, advirtiéndole que si rehusaba, todos sabrían que era un delator que había hecho falsas declaraciones con nombres supuestos. Esta amenaza era suficiente para que muchos se volvieran delatores de verdad. Durante las largas, solitarias esperas entre interrogatorios, preparaban preguntas frescas. Uno procuraba acordarse de lo que había declarado antes y lo que había ocultado. Los inquisidores solían venir en parejas, con las preguntas mecanografiadas. Si uno salía, el otro callaba hasta que su compañero retornaba. En esos primeros días algunos de los interrogadores eran individuos bastante decentes, que tenían que ganarse la vida de alguna manera. Uno de ellos, cuando el compañero abandonó la habitación, me mostró las declaraciones hechas en contra mía. Algunas estaban firmadas por individuos en quienes yo había confiado, y me di cuenta de la presión que seguramente habían ejercido sobre ellos.
Yo estaba todavía en la etapa inicial de un largo proceso. El número de prisioneros era abrumador, y escaseaban los interrogadores competentes, aunque más y más eran entrenados cada día en los métodos soviéticos. Por lo menos tenía tiempo de prepararme, y me alegré cuando el barbero, al afeitarme, me murmuró al oído que Sabina estaba bien, y encargada de nuestra labor. Mi alivio fue indescriptible. Temía que mi esposa hubiera sido arrestada también, y Mihai, mi hijo, abandonado a morirse de hambre o tener que depender de la caridad de los vecinos. Ahora me hallaba listo para ahondar en tanto capítulos de mi biografía espiritual como los interrogadores quisieran. De otros asuntos revelaba lo menos posible. El simple hecho de que un amigo hubiera visitado alguna vez el Oeste, podía dar motivo a que su familia fuese arrestada y él recibiera una salvaje paliza.
Los interrogadores continuaron mes tras mes. El prisionero tenía que persuadirse de su culpa criminal; antes de poderle implantar los ideales comunistas; éstos sólo arraigaban cuando la persona sucumbía a la creencia de estar enteramente, irrevocablemente, en poder del Partido, entregando cada fragmento de su pasado.
Por entonces se decía en Rumania que la vida consistía en cuatro "autos": la "autocrítica", registrada periódicamente en la oficina y la fábrica; el "automóvil" que lo conducía uno a la policía secreta; la "autobiografía" que le obligaban a escribir; y la "autopsia".
15
Sabiendo que me aguardaba la tortura, resolví matarme antes que delatar a otros. Esta idea no me producía escrúpulos morales, ya que para un cristiano, morir significa ir a Cristo. Yo se lo explicaría, y El seguro, mi Señor, lo entendería. Si Santa Ursula ha sido canonizada por matarse antes de perder su virginidad por los bárbaros que saquearon el monasterio, entonces el deber de proteger a mis amigos estaba por encima de mi propia existencia.
El problema era asegurar los medios de suicidarme antes de que sospecharan mis intenciones. Los guardias registraban regularmente a los prisioneros y sus celdas, buscando posibles instrumentos de muerte; astillas de vidrio, un pedazo de cordón, una hoja de afeitar. Una mañana, cuando el doctor hacía su ronda, le dije que no podía recordar todos los detalles que me pedían los interrogadores porque no había dormido desde hacía semanas. Me recetó píldoras de dormir, y todas las noches un guardia me registraba la boca para comprobar que me la tragaba. Lo que yo hacía era sostener la píldora debajo de la lengua, sacándomela cuando se iba.
Pero, ¿dónde esconder mi preciada posesión? No en mi cuerpo, al cual pudieran sucederle muchas cosas. No en mi jergón, que era sacudido y doblado diariamente. Quedaba el otro jergón donde Patrascanu había dormido. Deshice algunas de las puntadas, y todos los días escondí una píldora en la paja.
Al final del mes tenía treinta píldoras, lo cual era un consuelo contra el temor de ceder bajo tortura, pero al pensar en ellas me sucedían ataques de negra depresión. Era verano. Escuchaba ruidos familiares que venían del exterior. Una muchacha cantando, un tranvía doblando la esquina, una madre llamando a sus hijos: "¡Silviu, Emil, Matei!" Semillas plumosas flotaban suavemente y se posaban en el piso de cemento. Le pregunté a Dios qué hacía El entre tanto. ¿Por qué me veía forzado a poner fin a una vida que había dedicado a Su servicio? Una noche, mirando hacia arriba por la estrecha ventana, vi la primera estrella aparecer en el cielo crepuscular, y se me ocurrió que Dios me la había enviado. Sin embargo, esta luz había iniciado su aparentemente inútil jornada hacía billones de años, y en ese momento pasaba por los barrotes de mi celda para consolarme.
A la mañana siguiente, cuando el guardia vino, sin decir una palabra recogió el jergón extra lleno de mis píldoras, y se lo llevó a otro prisionero. Al principio me sentí nervioso. Después me reí, con más calma de la que había experimentado durante semanas. Ya que Dios no quería que yo me suicidara, El me daría fuerzas para resistir el sufrimiento que me esperaba.
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