Cristo en las prisiones comunistas

Primera parte

10

No tuvieron que esperar mucho. En 1945 se convocó un "Congreso de Cultos" en el Edificio del Parlamento rumano, con 4.000 delegados de la clerecía ocupando asientos fijos. Obispos, sacerdotes, pastores, rabíes, mullahs, aplaudieron cuando se anunció que el camarada Stalin (cuyo inmenso retrato colgaba de la pared) era patrón del congreso. Prefirieron olvidar por el momento que al mismo tiempo era Presidente de la Organización Atea Mundial. El anciano patriarca Nicodim, todo tembloroso, bendijo la asamblea. El Primer Ministro, Groza, la abrió. Admitió ser él mismo hijo de sacerdotes, y sus generosas promesas de apoyo, secundadas por otros personajes que lo siguieron, fueron vitoreadas con agradecimiento.

Uno de los principales obispos ortodoxos contestó diciendo que en el pasado muchos riachuelos políticos habían desembocado por el río de su iglesia_verdes, azules, tricolores_ y que acogía con entusiasmo la perspectiva de que se uniera uno rojo. Un líder tras otro _calvinistas, luteranos, el rabí principal, se levantaron en turno para hablar, expresando su buena voluntad en cooperar con los comunistas. Mi esposa, sentada a mi lado, no pudo contenerse más. Me dijo:

_¡Ve y limpia esa vergüenza del rostro de Cristo!

_Si lo hago pierdes a tu marido _le contesté.

_No necesito a un cobarde. ¡Ve y hazlo! _insistió Sabina.

Pedí hablar, y con mucho gusto me invitaron a la tribuna. Los organizadores del acto esperaban publicar al día siguiente el mensaje de congratulación del pastor Wurmbrand, ligado a la Misión de la iglesia sueca y el Concilio Mundial de Iglesias.

Comencé con unas breves palabras sobre el comunismo. Dije que era nuestro deber como sacerdotes glorificar a Dios y a Cristo, no a los poderes terrenos transitorios, y apoyar Su reino eterno de amor, contra las vanidades efímeras. A medida que avanzaba, los sacerdotes que por horas se habían sentado a escuchar las floridas patrañas sobre el Partido, parecieron despertar de un sueño. Uno comenzó a aplaudir. La tensión se soltó, y súbitamente estallaron los aplausos, en olas sucesivas, en tanto que los delegados, de pie, me aclamaban. El Ministro de Cultos, un antiguo sacerdote ortodoxo llamado Barducea, fascista activo en otras épocas, me gritó desde la plataforma que mi derecho a hablar quedaba revocado. Repliqué que yo tenía el derecho de Dios, y proseguí. Por fin desconectaron el micrófono, pero para entonces imperaba en la sala tal tumulto que no se podía oír nada.

Esto cerró el congreso por ese día. Me enteré que el Ministro de Cultos intentaba anular mi licencia como pastor, y se me aconsejó recabar la ayuda del influyente patriarca electo. Después de varias tentativas logré comunicarme con Justiniano, a su retorno de una visita a Moscú, donde lo habían hecho objeto de gran publicidad. De negra barba, sonriente, embargado por su nueva dignidad, pero de ninguna manera un tonto, este individuo tenía por entonces a su cargo cuatro quintas partes de la población rumana que asistía a las iglesias, y de pronto resolví visitarle para ventaja de la causa, sin mencionarle mis propias dificultades y temores. Le expresé que desde su ascenso él había estado constantemente en mis oraciones; que tener la responsabilidad de catorce millones de almas era verdaderamente una carga imponente para llevarla un solo hombre; que debía sentirse como San Ireneo, el cual lloró cuando la gente lo hizo obispo contra cu voluntad, alegando: "Hijos míos, ¿qué habéis hecho? ¿cómo puedo volverme el hombre que esta carga requiere? La Biblia afirma que un obispo tiene que ser un hombre modelo.

Yo hablaba y él decía poco, aunque después de irme preguntó a sus amigos sobre mí. Por una temporada cesaron las habladurías sobre la revocación de mi licencia. Más adelante, cuando la policía me detuvo para una investigación que duró seis semanas, Justiniano estuvo entre los que me ayudaron a conseguir la libertad, y aun después me invitó a Iashi, la sede de su obispado, donde nos hicimos amigos. Su ignorancia de la Biblia era asombrosa, pero no excepcional entre los sacerdotes ortodoxos. Escuchaba atentamente cuando yo le recordaba la Parábola del Hijo Pródigo. Tomando sus manos en las mías, le aseguré que Dios acogía de nuevo a todos loso extraviados, incluso a obispos. Otros cristianos además de mí usaron toda la influencia posible para convencer a Justiniano, quien había iniciado una vida de oraciones y de amor a Dios cuando, sin tener en cuenta sus sentimientos, el Partido lanzó una campaña de lleno contra la religión, y lo perdí de vista durante varios años.

La campaña contra Dios se desencadenó mano a mano con la eliminación de los partidos de oposición, porque una vez que Stalin obtuvo de sus aliados de guerra cuanto quería, desaparecieron hasta los últimos vestigios de democracia. El importante líder rumano del Campesino Nacional, Juliu Maniu, fue sometido a juicio junto a otros dieciocho por acusaciones falsas, y a la edad de más de setenta años lo sentenciaron a diez años de prisión, muriendo en prisión cuatro años más tarde. En el reinado del terror que siguió, se estima que unos 60.000 "enemigos del Estado" fueron ejecutados.

Irónicamente, el Ministro de Justicia que presidió esta purga, Lucreitu Patrascanu, de 47 años, había recibido considerable ayuda de Maniu en su defensa de los comunistas perseguidos antes de la guerra. Los dos hombres también laboraron juntos con el rey Miguel en el planteamiento de un armisticio que Patrascanu firmó entonces en Moscú en nombre de Rumania. Cuando Maniu fue silenciado, Patrascanu y otros líderes del Partido forzaron a nuestro querido y joven camarada a abdicar.

Proclamaron, pues, una República Popular, pero, ¿quién la presidiría? No el títere Groza, ciertamente. Ana Pauker era detestada hasta en el Partido; los otros estaban de punta. Muchos de los admiradores de Patrascanu vieron en él un comunista nacionalista que guiaría a la nación sin los desmanes de Stalin. Era un comunista tipo "occidental", procedente de una familia de terratenientes, teniendo todo el mundo mejor opinión de él cuando declaró ser romano antes que rojo.

El problema del liderazgo fue tema de encendido debate en el Comité Central del Partido.

Hasta entonces mi vida como pastor había sido completamente satisfactoria. Tenía todo lo que necesitaba para mi familia. Disfrutaba de la confianza y el amor de mis feligreses, pero me faltaba paz. ¿Por qué se me permitía vivir como siempre mientras una cruel dictadura destruía cuanto me era querido, y otros padecían por su fe Muchas noches Sabina y yo oramos juntos, pidiendo a Dios que nos permitiera llevar la cruz.

11

Mi arresto, en las recogidas generales muy frecuentes en esa época, pudo considerarse una respuesta a mis oraciones, pero jamás hubiera imaginado que el primer hombre que me hizo compañía en la celda fuera el camarada Patrascanu mismo.

Cuando se abrió la puerta de mi cuarto en Calea Rahova, pocos días después de mi llegada, para admitir al alto Ministro de Justicia, al principio creí que había venido a interrogarme en persona, y me pregunté a qué se debía este honor. Entonces la puerta se cerró tras él, y lo que era más extraño aún, llevaba la camisa abierta en el cuello, y no tenía puesta corbata. Miré sus zapatos bien lustrados y sin cordones. El segundo prisionero en mi flamante celda era el hombre que había introducido el comunismo en nuestra patria.

Se sentó en la otra litera y subió los pies. Un intelectual de recia mentalidad como él era, no iba a dejar que la transformación de Primer Ministro a prisionero afectara su aplomo. Envueltos en nuestros abrigos para protegernos del frío de marzo, nos pusimos a conversar. Aunque me constaba que las doctrinas de Patrascanu habían hecho trizas la justicia y ocasionado mucho destrucción, era fácil sentirse atraído hacia él como individuo y creer en su sinceridad. Se encogió de hombros hablando de su arresto. No era ésa su primera temporada en prisión. Los antiguos gobernantes de Rumania lo habían arrestado innumerables veces. Al parecer, su creciente popularidad fue la causa de que los otros líderes del Partido se confabularan contra él. En su congreso que tuvo lugar días antes, lo había denunciado como traidor burgués en la guerra de clases, su colega Teohari Georgescu, Ministro del Interior. Otra acusación, la de que Patrascanu había sido "virtualmente ayudado por los poderes imperialistas" fue respaldada por Vasile Luca, Ministro de Finanzas, quien había cumplido prisión bajo el antiguo régimen. Las acusaciones fueron remachadas por Ana Pauker, también una vieja amiga.

La conspiración databa de algún tiempo, dijo Patrascanu, pero el particular incidente que lo perjudicó como comunista fue haber preguntado a uno de los funcionarios de Georgescu si eran ciertos los rumores de que los prisioneros eran torturados. Desde luego, le contestó el hombre del Ministerio, "eran contrarrevolucionarios que no merecían piedad, sobre todo cuando se reservaban la información que poseían". Esto perturbó a Patrascanu. "¿Acaso fue para esto _quiso saber_ que se había luchado todos estos años a fin de traer el Partido al poder?" Su protesta llegó a Georgescu, y enseguida sobrevino la denuncia al Congreso.

_Al abandonar el edificio _me contó_ vi un nuevo chofer esperando en el automóvil. Me informó: "Su chofer, Ionescu, ha enfermado y tuvieron que llevárselo, camarada Patrasacanu _dijo_." Entré en el automóvil y dos policías secretas subieron tras de mí, y aquí estoy.

Estaba seguro de que pronto le libertarían, y a la hora de la cena empecé a sospechar que a lo mejor tenía razón en ser optimista. En lugar de cebada hervida le dieron pollo, queso, fruta y una botella de vino del Rin. Patrascanu tomó un vaso de vino y me pasó la bandeja, diciendo que no tenía apetito.

Mientras yo trataba de no comer con demasiada voracidad, me relató historias divertidas. Una se refería a un Senador suizo que pretendía se Ministro de Marina. "Pero si no tenemos Marina", refutó el Primer Ministro. "¿Y eso qué importa?" preguntó el Senador. "Si Rumania tiene un Ministro de Justicia, ¿por qué no puede tener Suiza un Ministro de Marina?" Patrascanu se reía a sus anchas con esta anécdota, aunque ridiculizaba la "justicia" creada por él y de la cual ahora era víctima.

A la mañana siguiente Patrascanu fue escoltado desde la celda. Pensé que para interrogarlo. Por la noche regresó de mal humor, diciéndome que no había estado contestando sino dando una conferencia en la universidad, donde enseñaba leyes. El Partido deseaba mantener secreto su arresto, por el momento, y él, con treinta años de disciplina comunista, tenía que avenirse a sus deseos. Me explicó por qué no podía hablar, ni siquiera fuera de la prisión, con nadie más. Revelar a nadie, ni siquiera a su esposa, que estaba "sometido a investigación", o pedir consejo ajeno, sería una ofensa capital. Esta aislamiento le oprimía los nervios, que era precisamente lo que se pretendía. Sólo podía ser sincero conmigo, no teniendo motivo para creer que yo vería nunca más el mundo exterior.

Cuando Patrascanu me contó cosas de sus primeros años, me intrigó el que se hubiera hecho comunista no por razonamiento objetivo sino como protesta por tempranas dificultades. Su padre, un hombre próspero, apoyó a los alemanes con tanto entusiasmo en la Primera Guerra Mundial que después de ganar los aliados, la familia entera tuvo que expatriarse. El joven Patrascanu se vio obligado a obtener una educación universitaria en Alemania, y a su regreso se afilió al único partido político que le dio al bienvenida. Su primera esposa, una comunista, murió en las purgas estalinistas. Cuando él se volvió a casar, lo hizo con otra miembro del partido que casualmente había sido condiscípula de mi esposa.

Procuré mostrar a Patrascanu la fuente de sus convicciones.

_Usted es como Marx y Lenin _le dije_, cuyas ideas y acciones fueron asimismo el resultado de tempranos sufrimientos. Marx sintió el genio arder en él, pero como judío en Alemania cuando el antisemitismo imperaba, no podía darle salida excepto como revolucionario. El hermano de Lenin murió en la horca por un atentado a la vida del emperador. Su ira y frustración le hicieron querer trastocar el mundo. Igual ha ocurrido con usted.

Patrascanu rechazó la idea. Desahogó sus nervios en tiradas contra la maldad de la iglesia. Repasó los días infames de los Papas Borgia, la Inquisición española, el salvajismo de las Cruzadas, la persecución de Galileo.

_Pero esos crímenes y errores de la iglesia son los que nos dan mucho más motivo para admirarla _le rebatí.

Patrascanu se sorprendió:

_¿Qué quiere decir?

_Aunque un hospital huela a pus y sangre, puede tener belleza _dije_, puesto que recibe al enfermo con sus repugnantes llagas y sus espantosas enfermedades. La iglesia es el hospital de Cristo. Millones de pacientes son tratados amorosamente en él. La iglesia acepta a los pecadores y ellos sigue pecando, siendo ella la que paga la culpa. Para mí, en cambio, la iglesia es como una madre, fiel a sus hijos aunque cometan crímenes. La política y los prejuicios de sus servidores son distorsiones de lo que procede de Dios _es decir, de la Biblia y sus enseñanzas, el culto y los sacramentos. Cualesquiera que sean sus faltas, la iglesia contiene mucho de sublime. El mar es la causa de que se ahoguen miles de personas anualmente, pero nadie le disputa su belleza, y su utilidad para los transportes y el riego de la tierra mediante las nubes.

Patrascanu sonrió:

_Yo pudiera decir lo mismo del comunismo. Quienes lo practican no son perfectos, y entre ellos hay canallas, pero eso no significa que todo es erróneo en nuestra teoría.

_En ese caso juzgue por los resultados _le dije_, como Jesús advirtió. Muchas acciones nefastas han manchado la historia de la iglesia, pero ésta ha derramado amor y compasión en gente de todas partes, ha producido una multitud de santos, hospitales y órdenes de beneficios y a la cabeza tiene a Cristo, el más santo de todos. ¿Quienes son vuestros ídolos? Hombres como Marx, descrito como borracho por su biógrafo Riazanof, director del Instituto Marx en Moscú. O Lenin, cuya esposa contó que era un jugador empedernido, y cuyos escritos destilan veneno. "Por sus frutos los conoceréis", y el comunismo ha eliminado a millones de víctimas inocentes, ha puesto a muchas naciones en la bancarrota, y ha viciado el aire con mentiras y temores. ¿Cuál es el lado bueno del comunismo?

Patrascanu defendió "la lógica del la doctrina del Partido".

Repliqué que esa clase de doctrinas no significan nada.

_Se pueden cometer actos atroces, dándoles a los mismos bonitos nombres rebuscados. Hitler alegó la lucha por el espacio vital (Lebensraum) y asesinó a poblaciones enteras. Stalin afirmó: "Cuidemos a los hombres como cuidamos las flores", pero mató a su propia esposa e hizo matar a la de usted.

Patrascanu se veía molesto, pero se expresó francamente.

_Nuestro plan a largo plazo es comunizar el mundo. Pocos quieren seguirnos hasta esa meta, pero siempre habrá quienes por razones personales estarán contentos de seguir con nosotros por un tiempo. Primero teníamos a las clases gobernantes rumanas y al rey, que apoyaron a los aliados contra los nazis. Una vez que nos sirvieron para nuestros propios fines, les destruimos a ellos. Conquistamos con promesas a la iglesia ortodoxa y entonces usamos las sectas menores para minarlas. Pusimos a los campesinos a pelear contra los terratenientes, y más tarde a los campesinos pobres contra los labriegos ricos, y ahora todos serán colectividades conjuntamente. ¡Estas ideas de Lenin sobre táctica, ciertamente dan resultado!

_Es del dominio común que vuestros simpatizantes han sido encarcelados, ejecutados o destruidos de alguna forma en el pasado _alegué_. ¿Cómo creen poder seguir usando gente para descartarlas después?

Se rió:

_Porque son estúpidos. Le voy a dar un ejemplo. Diez años después de la Primera Guerra Mundial el gran pensador bolchevique, Bukharin, se opuso a los planes de Trotsky para lanzar una revolución mundial por la fuerza de las armas. Arguyó que era mejor esperar a que los países capitalistas empezaran a pelear entre ellos. Rusia se pondría entonces del lado del ganador, repartiéndose el botín de las naciones conquistadas. Una profecía notable _pero nadie la tomó en serio. Si el Occidente hubiera sabido que la mitad de Europa y dos tercios de Asia se volverían comunistas como resultado de la última guerra, ésta no hubiera sucedido jamás. Afortunadamente, nuestros enemigos no escuchan nuestros o leen nuestro libros, de manera que podemos hablar abiertamente.

Le indiqué un fallo a este razonamiento:

_¿No ve usted, señor Patrascanu, que así como ustedes utilizaron a la gente para luego eliminarla, sus camaradas lo han utilizado a usted y ahora lo descartan? ¿No se ha cegado usted con la lógica malvada de la doctrina de Lenin?

Esta vez Patrascanu dejó traslucir su amargura:

_Cuando llevaban a Danton a la guillotina y vio que Robespierre le observaba desde un balcón, le gritó: "¡Tú me seguirás!", y yo le aseguro a usted que ellos me seguirán a mí _Ana Pauker, Georgescu y Luca.

Así ocurrió, en el plazo de tres años.

12

No hablamos más aquella noche, pero a las 10, ya acostados, se abrió la puerta y me llamaron por mi nuevo nombre. Afuera había tres hombres. Uno de ellos, que posteriormente conocí como Appel, me mandó vestirme. Lo hice, y Patrascanu me dijo al oído que me pusiera también el abrigo, para amortiguar los golpes. Me taparon los ojos con unas anteojeras negras, para que no viera a dónde iba, y me condujeron por un corredor a una habitación, donde me sentaron en una silla. Entonces me quitaron la venda de los ojos.

Me sentaron delante de una mesa. Una luz acusadora, dura, me encandilaba. Al principio sólo vi una sombra en el lado opuesto, más cuando me acostumbré al resplandor reconocí a un individuo llamado Moravetz, antiguo inspector de policía, anteriormente envuelto en problemas por entregar secretos a los comunistas, y al que ahora recompensaban con el trabajo de interrogador.

_Ah _dijo_, Vasile Georgescu. Encontrará papel y pluma en el escritorio. Lleve ahí su silla y escriba sobre su actividad y su vida.

Pregunté qué le interesaba en particular.

Moravetz levantó las cejas sarcásticamente.

_Como clérigo, habrá oído usted muchas confesiones. Lo hemos traído aquí para que se confiese con nosotros.

Escribí una reseña de mi vida hasta la época de mi conversión. Entonces, pensando que la declaración pudiera llegar hasta los líderes del Partido y surtir algún efecto, expliqué extensamente cómo a mí, un ateo como ellos, me habían sido abiertos los ojos a la verdad. Escribí durante una hora o más, antes que Moravetz tomara el papel y dijera:

_Basta por esta noche. _Me volvieron a llevar a la celda, encontrando a Patrascanu dormido.

Nuevamente transcurrieron varios días sin que me molestaran. Los comunistas invierten los métodos normales de policía, basados en la conmoción que le produce al individuo ser arrestado, para hacerlo hablar. Prefieren que el prisionero "madure". El interrogador nunca dice lo que quiere; meramente aborda a su presa sugestivamente, de una dirección a otra, con objeto de crear ansiedad y culpa. Mientras el hombre se tortura tratando de adivinar la razón de su arresto, su tensión es elevada mediante diversos trucos: un juicio constantemente propuesto; el sonido del escuadrón de fusilamiento, producido afuera mediante una grabadora; los gritos de otros prisioneros. El resultado es que empiezan a dar falsos testimonios. Un desliz conduce a otro, hasta que el agotamiento lo obliga a aceptar su culpa. El interrogador se vuelve compasivo; le ofrece esperanza, y el fin de su sufrimiento, si el prisionero admite que merece castigo y lo confiesa todo. Por eso Appel regresó al cabo de varios días y comenzó el primero de mis innumerables interrogatorios.

Esta vez el propio Appel me condujo a una habitación en el sótano, uno cuantos escalones más abajo en la celda. Me hizo sentar, me ofreció un caramelo que sacó de la cartera, y se instaló en el sofá. Uno de sus colegas tomó notas. Masticando regularmente, Appel revisó algunos puntos de mi declaración; comentó que la manera de pensar de un hombre la decidía la clase; no siendo de origen proletario, yo estaba destinado a tener opiniones reaccionarias. Estaba seguro de que Appel no era tampoco proletario, y le indiqué que ninguno de los grandes pensadores del Partido eran "trabajadores" en ese sentido. Marx era el hijo de un abogado; el padre de Engel era un propietario; Lenin procedía de la nobleza. La clase sola nunca dictaba las convicciones de un hombre.

 

Appel interrumpió:

_¿Qué conexiones más tenía usted con el señor Teodorescu?

_¿Teodorescu? _dije_. Ese es un nombre bastante común. ¿A cuál se refiere?

Appel no contestó. En cambio se puso a discutir la Biblia y las profecías de Isaías sobre la llegada del Mesías. De vez en cuando, sin previa advertencia, mencionaba los nombres de gente que había ayudado a distribuir mis libros a los soldados soviéticos y a manejar el socorro del Concilio Mundial de Iglesias. Los dardos parecían venir al azar. Appel era muy cortés, y nunca persistente. Aparentaba interesarse más por mis reacciones a las súbitas preguntas que a mis respuestas, y después de otra hora me llevaron de nuevo a la celda, para reflexionar en lo que esto pudiera significar.