Cristo en las prisiones comunistas
Primera parte
1
La primera parte de mi vida terminó el 29 de Febrero de 1948. Caminaba solo por una calle de Bucarest cuando un Ford negro frenó bruscamente y dos hombres saltaron del mismo. Me agarraron por los brazos y me tiraron en el asiento trasero, mientras que un tercero sentado al lado del chofer me encañonaba con una pistola. El automóvil aceleró en el entonces tránsito de la noche de domingo. Al llegar a una calle llamada Rohova, atravesamos compuertas de acero que se cerraron tras nosotros.
Mis secuestradores pertenecían a la policía secreta comunista, y éste era su edificio principal. Una vez dentro, me arrebataron mis papeles, pertenencias, corbata, cordones de zapatos, y finalmente mi nombre.
_De ahora en adelante _dijo el oficial de guardia_ usted es Vasile Georgescu.
Era un nombre común. Las autoridades no querían que ni los guardias supieran a quién estaban vigilando, en caso de que se suscitaran preguntas en el extranjero, donde yo era muy conocido. Tenía que desaparecer, como muchos otros, sin dejar rastro.
Calea Rahova era una prisión nueva, y yo su primer prisionero, aunque la prisión no era una nueva experiencia para mí. Ya había sido arrestado durante la guerra, por los fascistas que dominaban en los días de Hitler, y otra vez cuando los comunistas triunfaron. En la pared de concreto de la celda había una pequeña ventana muy alta, de camas de tablas, y el acostumbrado cubo en la esquina. Me senté a esperar a los interrogadores, sabiendo las preguntas que me harían y las respuestas que debía darles.
Conozco bien lo que es el temor, pero en ese momento no sentí ninguno. Este arresto, y lo que siguió, era la contestación a una oración que yo había formulado y esperaba diera nuevo sentido a mi vida pasada. No imaginaba los extraños y maravillosos descubrimientos que me estaban reservados.
2
Mi padre tenía en casa un libro que aconsejaba a los jóvenes cómo planear una carrera como abogado, doctor, oficial del ejército, y así sucesivamente. En una ocasión, cuando yo tenía cinco años, sacó a relucir este libro, preguntándole a mis hermanos qué era lo que querían ser. Una vez que eligieron, mi padre se dirigió a mí, el menor.
_¿Y tú que quieres ser, Richard? _Miré nuevamente el título de la obra, Guía General de Profesionales, y pensando en esto repliqué:
_Quisiera ser guía general.
Han pasado cincuenta años desde entonces, catorce de ellos en prisión, y a menudo he recordado estas palabras. Se dice que elegimos temprano en la vida, y no sé cómo describir mejor mi presente labor sino como "guía general".
La idea de ser pastor cristiano, sin embargo, estaba muy lejos de pasarme por la mente, o por la de mis padres judíos. Mi padre murió cuando yo tenía nueve años, y nuestra familia estuvo siempre corta de dinero, y a veces de pan. Un individuo me ofreció comprarme un juego de ropa nueva, mas cuando fuimos a la tienda y el sastre sacó lo mejor que tenía, el donante dijo:
_Es demasiado bueno para un muchacho como éste.
Aún recuerdo su voz. Yo no adelantaba mucho en la escuela, pero teníamos muchos libros en casa. Antes de los diez años los había leído todos y me había convertido en un gran escéptico como Voltaire, al que admiraba. No obstante, me interesaba la religión. Observaba el ritual en las iglesias ortodoxa y católica romana, y una vez en la sinagoga vi a un conocido orando por su hija enferma. Como falleció al día siguiente le pregunté al rabí:
_¿Qué clase de Dios puede desatender una plegaria tan desesperada? _Y él no supo responderme. Yo no podía creer en un ser todopoderoso capaz de dejar a tanta gente morirse de hambre y sufrimiento, y mucho menos que hubiera puesto en la tierra un hombre de tanta bondad y sabiduría como Jesucristo.
Crecí, y me incorporé al mundo de los negocios de Bucarest. Me fue bien; antes de los veinticinco años contaba con abundante dinero para gastármelo en iluminado bares nocturnos, y en las muchachas del "pequeño París", como llamaban a la capital. No me importaba lo que ocurría en el mundo, con tal de satisfacer mi apetito de nuevas sensaciones. Era una existencia que muchos envidiaban, si bien me tenía en un estado de zozobra. Sabía que era una impostura; que estaba tirando como escoria algo bueno en mí, a lo que podía darle utilidad. A pesar de sentirme seguro de que no había Dios, de todo corazón deseaba que sí lo hubiera; que existiera una razón para estar en esta universo.
Un día entré en una iglesia y me paré con los otros delante de una estatua de la Virgen. Rezaban, y traté de unirme y repetir con ellos: "Dios te salve, María, llena de gracia"... pero permanecí completamente vacío. Le dije a la imagen: "Realmente eres como la piedra. ¡Cuántos te piden y no tienes nada que darles!"
Después de casarme seguí buscando a otras mujeres. Continué persiguiendo el placer, mintiendo, engañando, sin negarme nada, hasta que a los veintisiete años estos excesos _combinados con las privaciones de mis primeros años, me provocaron la tuberculosis. Por esa época era una enfermedad peligrosa, y por un tiempo pareció que iba a morir. Descansé por primera vez en mi vida. Tuve miedo, en un sanatorio en el campo. Permanecía tendido mirando los árboles y pensando en el pasado, que lo reviví como escenas de una obra angustiosa. Mi madre lloró por mí; mi esposa había llorado; inocentes muchachas habían llorado también. Había seducido y calumniado, me había burlado y alardeado, todo por una farsa. Allí acostado me invadieron las lágrimas.
En ese sanatorio oré por primera vez en mi vida, pero fue la oración de un ateo. Dije más o menos lo siguiente: "Dios, sé que no existes. Mas si por casualidad existieras, tienes la obligación de revelarte a mí; no es mi deber buscarte a Ti."
Hasta entonces mi filosofía había sido materialista, pero en el mundo no estaba satisfecho con ella. En teoría creía que el hombre es sólo materia, y cuando muere se descompone en sal y minerales. Sin embargo, con todo, perdí a mi padre y había asistido a otros funerales, jamás podía pensar en los muertos sino como gente. ¿Quién puede guardar la memoria de un hijo o de la esposa muerta como un montón de minerales? Si siempre son los seres amados loso que se conservan en nuestro recuerdo, ¿cómo puede la mente equivocarse tanto?
Mi alma estaba llena de contradicciones. Había pasado muchas horas en ruidosos lugares de diversión, entre chicas medio desnudas y música excitante, pero igualmente me agradaba tomar solitarios paseos en los cementerios, a veces en días de invierno cuando una espesa capa de nieve cubría las tumbas, diciéndome en mi interior: "Algún día yo también estaré muerto y la nieve caerá sobre mi tumba, mientras los vivos reirán, se abrazarán, y disfrutarán de la vida, sin que yo pueda participar en sus gozos, sin saber siquiera quiénes son ellos o ellas. Simplemente dejaré de existir. Después de un breve tiempo, nadie me recordará. Y si es así, ¿de qué vale todo esto?"
Al reflexionar sobre los problemas sociales y políticos, confiaba en que quizá algún día la humanidad encontraría un sistema capaz de proporcionar libertad, seguridad y riqueza para todos. Mas si todo el mundo es feliz, nadie querrá morir, y el pensamiento de que alguna vez tendrán que abandonar su placentera existencia, probablemente los hará más desdichados que nunca.
Recuerdo haber leído que Krupp, el millonario fabricante de armas letales, se horrorizaba de la muerte. No permitía a nadie pronunciar esa palabra en su presencia. Se divorció de su primera esposa porque ella le contó la muerte de un sobrino. Lo poseía todo, pero era muy infeliz sabiendo que su dicha no podía durar; que tendría que dejarla atrás y podrirse en la tumba.
Aunque yo había leído la Biblia como pasatiempo literario, me ofuscaba al llegar al punto en que los adversarios desafiaban a Cristo diciéndole: "Si eres el Hijo de Dios baja de la cruz." Y en lugar de hacerlo, murió, como dando razón a sus enemigos. Sin embargo, mis pensamientos iban espontáneamente a Cristo. Me decía en mi interior: "Ojalá hubiera podido conocerlo y hablar con El." Mi diaria meditación concluía con este anhelo.
En el sanatorio había una paciente demasiado enferma para salir de su habitación, pero de algún modo oyó hablar de mí y me mandó un libro acerca de los hermanos Ratisbonne, fundadores de una orden para convertir judíos. Mientras yo malgastaba mi vida, otros habían estado orando por mí, un judío.
Después de algunos meses en el sanatorio mejoré ligeramente y me fui a convalecer a una villa montañosa, donde me hice amigo de un anciano carpintero que me regaló una Biblia. No era una Biblia corriente, como supe más tarde. El y su esposa habían pasado horas diariamente orando por mí.
Yacía en el sofá de mi casita leyendo el Nuevo Testamento, y a medida que pasaron los días, Cristo se me hizo tan real como la mujer que me traía la comida. Pero no todo el que reconoce a Cristo se salva. Satanás cree, y no es cristiano. Le dije a Jesús: "Nunca me tendrás por discípulo. Quiero dinero, viajes, placer. Ya he sufrido bastante. El tuyo es el camino de la cruz, y aunque fuera también el camino de la verdad, no lo seguiré." Su respuesta me atravesó la mente como una súplica: "¡Ven por mi camino! ¡No temas a la cruz! ¡En ella encontrarás el mayor de los gozos!"
Seguí leyendo, y nuevamente los ojos se me llenaron de lágrimas. No podía evitar comparar la vida de Cristo con la mía; Su actitud, tan pura, y la mía, tan corrompida; Su naturaleza tan abnegada, y la mía, tan codiciosa; Su corazón tan lleno de amor, y el mío, tan lleno de rencor. Mis antiguas ambiciones empezaron a desmoronarse, al confrontar tanta sabiduría y verdad. Cristo había apelado siempre a las profundidades de mi corazón, al cual mi conciencia no había tenido acceso, y ahora admitía para mis adentros: "Si poseyera una mente como la de El, podría basarme en sus conclusiones." Era como el protagonista del antiguo cuento chino, que caminaba penosamente bajo el sol hasta que llegó a un inmenso roble y descansó bajo su sombra. "¡Qué casualidad que te encontré!"_dijo. Pero el roble le replicó: "No es casualidad. He esperado 400 años por ti." Cristo había esperado por mí toda la vida, y ahora nos encontrábamos.
|
|