LOS MISERABLES

QUINTA PARTE

Jean Valjean

 

LIBRO OCTAVO

Suprema sombra, suprema aurora

I

Compasión para los desdichados a indulgencia para los dichosos

¡Qué terrible es ser feliz! Está uno tan contento, y eso le basta, como si la única meta en la vida fuera ser feliz, y se olvida de la verdadera, que es el deber. Sería un error culpar a Marius.

Marius se limitó a alejar poco a poco a Jean Valjean de su casa, y a borrar, en lo posible, su recuerdo del espíritu de Cosette. Procuró en cierto modo colocarse siempre entre Cosette y él, seguro de que así la joven no se daría cuenta y dejaría de pensar en él.

Hacía lo que juzgaba necesario y justo. Creía que le asistían serias razones para alejar a Jean Valjean, sin dureza pero también sin debilidad. Creía su deber restituir los seiscientos mil francos a su dueño, a quien buscaba con toda discreción, absteniéndose entretanto de tocar ese dinero.

Cosette ignoraba el secreto que conocía Ma­rius, pero también merece disculpa. Marius ejercía sobre ella un fuerte magnetismo, que la obligaba a ejecutar casi maquinalmente sus deseos. Respec­to al señor Jean, sentía una presión vaga, pero clara, y obedecía ciegamente. En este caso, su obediencia consistía en no acordarse de lo que Marius olvidaba. Pero respecto a Jean Valjean, este olvido no era más que superficial.

Cosette en el fondo quería mucho al que ha­bía llamado por tanto tiempo padre, pero quería más a su marido. Cuando Cosette se extrañaba del silencio de Jean Valjean, Marius la tranquilizaba, diciéndole:

‑Está ausente, supongo. ¿No avisó que iba a emprender un viaje?

‑Cierto ‑pensaba Cosette‑. Esa ha sido siem­pre su costumbre, pero nunca ha tardado tanto.

Dos o tres veces envió a Nicolasa a la calle del Hombre Armado, a preguntar si el señor Jean había vuelto de su viaje; y por orden de Jean Valjean se le contestó que no. Cosette no inquirió más; pues para ella en la tierra no había ahora más que una necesidad, Marius.

Marius consiguió poco a poco separar a Co­sette de Jean Valjean. Digamos para concluir que lo que en ciertos casos se denomina, con dema­siada dureza, ingratitud de los hijos, no es siem­pre tan reprensible como se cree. Es la ingratitud de la Naturaleza. La Naturaleza divide a los vivien­tes en seres que vienen y seres que se van. De ahí cierto desvío, fatal en los viejos, involuntario en los jóvenes. Las ramas, sin desprenderse del tron­co, se alejan. No es culpa suya. La juventud va donde está la alegría, la luz, el amor; la vejez camina hacia el fin. No se pierden de vista, pero no existe ya el lazo estrecho. Los jóvenes sienten el enfriamiento de la vida; los ancianos el de la tumba.

No acusemos, pues, a estos pobres jóvenes.

 

II

Utimos destellos de la lámpara sin aceite

 

Un día Jean Valjean bajó la escalera, dio tres pa­sos en la calle, se sentó en el banco donde Gavro­che, en la noche del 5 al 6 de junio, lo encontrara pensativo; estuvo allí tres minutos, y luego volvió a subir. Fue la última oscilación del péndulo. Al día siguiente no salió de la casa; al subsiguiente no salió de su lecho.

La portera, que le preparaba su parco alimen­to, miró el plato, y exclamó:

‑¡Pero si no habéis comidó ayer!

‑Sí, comí ‑respondió Jean Valjean.

‑El plato está como lo dejé.

‑Mirad el jarro del agua. Está vacío.

‑Lo que prueba que habéis bebido, no que habéis comido.

‑No tenía ganas más que de agua.

‑Cuando se siente sed y no se come al mismo tiempo, es señal de que hay fiebre.

‑Mañana comeré.

‑O el año que viene. ¿Por qué no coméis ahora? ¿A qué dejarlo para mañana? ¡Hacer tal desaire a mi comida! ¡Despreciar mis patatas que estaban tan buenas!

Jean Valjean tomó la mano de la portera y le dijo con bondadoso acento:

‑Os prometo comerlas.

Transcurrió una semana sin que diera un paso por el cuarto.

La portera dijo a su marido:

‑El buen hombre de arriba no se levanta ya ni come. No durará mucho. ¡Los disgustos, los dis­gustos! Nadie me quitará de la cabeza que su hija se ha casado mal.

El portero replicó con el acento de la sobera­nía marital:

‑Morirá.

Esa misma tarde la portera divisó en la calle a un médico del barrio, y acudió a él suplicándole que subiera a ver al enfermo.

‑Es en el segundo piso ‑le dijo‑. El infeliz no se mueve de la cama.

El médico vio a Jean Valjean y habló con él. Cuando bajó, la portera le preguntó por el paciente.

‑Está muy grave ‑dijo el doctor.

‑¿Qué es lo que tiene?

-Todo y nada. Es un hombre que, según las apariencias, ha perdido a una persona querida. Algunos mueren de eso.

‑¿Qué os ha dicho?

‑Que se sentía bien.

‑¿Volveréis?

‑Sí ‑respondió el doctor‑ aunque le haría mejor que otra persona, no yo, regresara.

 

III

El que levantó la carreta de Fauchelevent no puede levantar una pluma

 

Una tarde Jean Valjean, apoyándose con trabajo en el codo, se tomó la mano y no halló el pulso; su respiración era corta, y se interrumpía a cada momento; comprendió que estaba más débil que nunca. Entonces, sin duda bajo la presión de al­guna gran preocupación, hizo un esfuerzo, se in­corporó y se vistió.

Se puso el traje de obrero, pues ahora que no salía lo prefería a los otros. Tuvo que pararse repetidas veces y le costó mucho ponerse la ropa. Abrió la maleta, sacó el ajuar de Cosette y lo extendió sobre la cama. Los candelabros del obispo estaban en su si­tio, en la chimenea. Sacó de un cajón dos velas de cera y las puso en ellos. Después, aunque no había oscurecido aún, las encendió.

Cada paso lo extenuaba, y se veía obligado a sentarse. Era la vida que se agotaba en esos abru­madores esfuerzos. Una de las sillas donde se dejó caer estaba colocada enfrente del espejo; se miró y no se conoció. Parecía tener ochenta años; antes del casamiento de Cosette sólo representaba cincuen­ta; en un año había envejecido treinta.

Lo que en su frente se veía no eran las arrugas de la edad; era la señal misteriosa de la muerte. Estaba en la última fase del abatimiento, fase en que ya el dolor no fluye, sino que se solidifi­ca; hay sobre el alma algo como un coágulo de desesperación.

Llegó la noche. Arrastró con enorme trabajo una mesa y el viejo sillón junto a la chimenea, y puso en la mesa pluma, tintero y papel.

Hecho esto, se desmayó. Cuando se recobró, clavó los ojos en el trajecito negro que le era tan querido. Sintió un temblor, y figurándose que iba a morir, se apoyó en la mesa que alumbraban los candelabros del obispo, y cogió la pluma. Le temblaba la mano. Escribió lentamente:

"Cosette, te bendigo. Voy a explicártelo todo. Tu marido tenía razón al darme a entender que debía marcharme; aunque se haya equivocado algo en lo que ha creído, tenía razón. Es un hombre excelente. Amalo mucho cuando yo no exista. Señor de Pontmercy, amad siempre a mi querida niña. Cosette, escucha: ese dinero es tuyo. Aho­ra lo entenderás. El azabache blanco viene de Noruega; el azabache negro de Inglaterra; los aba­lorios negros de Alemania. El azabache es más ligero, más precioso, más caro. En Francia pueden hacerse imitaciones como en Alemania. Se necesi­ta un pequeño yunque de dos pulgadas cuadra­das y una lámpara de espíritu de vino para ablan­dar la cera. La cera en otro tiempo era muy cara. Se me ocurrió hacerla con goma laca y trementi­na. Es muy barata, y es mejor..."

No le fue posible seguir. La pluma se le cayó de los dedos; le acometió uno de esos sollozos deses­perados que subían por instantes desde lo más hon­do de su pecho. El desdichado se tomó la cabeza entre las manos y se hundió en la meditación.

‑¡Oh! ‑gritó para sus adentros, con lamentos que sólo Dios escuchó‑. Es el fin. No la veré más. Es una sonrisa que pasó por mi vida. Voy a sepul­tarme en la noche sin volverla a ver. ¡Oh!, ¡un minuto, un instante, oír su ‑voz, tocar su ropa, mirarla, a ella, al ángel mío, y luego morir! La muerte no es nada; pero ¡morir sin verla es horri­ble! Una sonrisa, una palabra suya. ¿Puede esto perjudicar a alguien? Pero no, todo ha terminado para mí, todo. Estoy solo para siempre. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No la volveré a ver!

En aquel momento llamaron a la puerta.

 

IV

Equívoco que sirvió para limpiar las manchas

 

Esa misma tarde, cuando Marius entraba en su gabinete para estudiar unos asuntos, le entregó Vasco una carta, diciéndole:

‑La persona que la ha escrito espera en la antesala.

Cosette daba una vuelta por el jardín del bra­zo del abuelo. Hay cartas que, lo mismo que ciertos hombres, tienen mala catadura. Papel ordi­nario, manera tosca de cerrarlas; con sólo ver algunas misivas, repugnan. La carta que había traído Vasco pertenecía a esta clase. Marius la tomó y sintió olor a tabaco, desper­tando en él una serie de recuerdos.

Miró el sobre. Conocido el tabaco, fácil le fue reconocer la letra. Se presentó a sus ojos la buhar­dilla de Jondrette.

¡Extraña casualidad! Una de las dos pistas que había buscado tanto, que creía perdida para siem­pre, se le aparecía cuando menos esperaba. Abrió ansiosamente la carta, y leyó lo que sigue:

"Señor barón:

"Poseo un secreto que concierne a un indibi­duo, y este indibiduo os concierne. El secreto está a buestra disposición, deseando el onor de seros hútil. Os proporcionaré un modo sencillo de arro­jar de buestra familia a ese indibiduo que no tiene derecho a estar en ella, pues la señora baronesa pertenece a una clase elevada. El santuario de la birtú no puede coavitar más tiempo con el crimen sin mancharse. Espero en la antesala las órdenes del señor barón."

La firma de la carta era Thenard. Firma verdadera, aunque abreviada. Por lo demás, el estilo y la ortografía comple­taban la revelación.

La emoción de Marius fue profunda. Después de la sorpresa, experimentó una gran felicidad. Si lograba encontrar ahora al otro a quien buscaba, a su salvador, ya no pediría más.

Abrió un cajón de su papelera, cogió algunos billetes de banco, los guardó en el bolsillo, volvió a cerrar, y tiró de la campanilla. Vasco asomó la cabeza.

‑Haced que pase ‑dijo Marius.

Entró un hombre y la sorpresa de Marius fue grande, pues le era totalmente desconocido. El personaje introducido por Vasco, de edad avanzada, tenía una enorme nariz, anteojos verdes y el pelo gris y caído sobre la frente hasta las cejas, como la peluca de los cocheros ingleses de las casas de alcurnia.

El disgusto experimentado por Marius al ver entrar a un hombre distinto del que esperaba, recayó sobre el recién venido.

‑¿Qué se os ofrece? ‑le preguntó secamente.

El personaje contestó sonriéndose, como lo habría hecho un cocodrilo capaz de sonreírse, y con un tono de voz en todo diferente del que Marius esperaba oír.

‑Señor barón, dignaos oírme. Hay en América, en un país que confina con Panamá, una aldea llamada Joya. Es un país maravilloso, porque allí hay oro.

‑¿Qué queréis? ‑preguntó Marius, a quien la contrariedad había vuelto impaciente.

‑Quisiera ir a establecerme en Joya. Somos tres; tengo esposa a hija, una hija muy linda. El viaje es largo y caro, y necesito algún dinero.

‑¿Y qué tiene que ver eso conmigo? ‑pregun­tó Marius.

El desconocido volvió a sonreír.

‑¿No ha leído el señor barón mi carta?

‑Sed más explícito.

‑Está bien, señor barón. Voy a ser más explíci­to. Tengo un secreto que venderos.

‑¿Qué secreto?

‑Señor barón, tenéis en vuestra casa a un la­drón, que es al mismo tiempo un asesino.

Marius se estremeció.

‑¿En mi casa? No.

El desconocido imperturbable continuó:

-Asesino y ladrón. Tened en cuenta, señor barón, que no hablo de hechos antiguos, anula­dos por la prescripción ante la ley, y por el arre­pentimiento ante Dios. Hablo de hechos recientes, de hechos actuales ignorados aún por la justicia. Continúo. Ese sujeto se ha introducido en vuestra confianza y casi en vuestra familia con un nombre falso. Voy a deciros el nombre verdadero. Os lo diré de balde.

‑Escucho.

‑Se llama Jean Valjean.

‑Lo sé.

Voy a deciros, también gratis, quién es.

‑Decidlo.

‑Un antiguo presidiario.

‑Lo sé.

‑Lo sabéis desde que he tenido el honor de decíroslo.

-No. Lo sabía antes.

El tono frío de Marius despertó en el descono­cido una cólera sorda.

‑No me atrevo a desmentir al señor barón, pero lo que tengo que revelaros sólo yo lo sé, y concierne a la señora baronesa. Es un secreto extraordinario, que vale dinero. A vos os lo ofrez­co antes que a nadie, y, barato. Veinte mil francos.

‑Sé ese secreto como sé los demás ‑dijo Manus. El personaje sintió la necesidad de rebajar algo. ‑Señor barón, dadme diez mil francos.

‑Os repito que no tenéis que tomaros ese trabajo. Sé lo que queréis decirme.

Los ojos de aquel hombre chispearon de nue­vo; luego exclamó:

‑Con todo, fuerza es que yo coma hoy. Insisto en que el secreto vale la pena. Señor barón, voy a hablar. Hablo. Dadme veinte francos.

Marius le miró fijamente.

‑Conozco vuestro secreto extraordinario, lo mis­mo que sabía el nombre de Jean Valjean y que sé vuestro nombre.

‑¿Mi nombre?

‑Sí.

‑No es difícil, señor barón, pues he tenido el honor de escribíroslo y decíroslo, Thenar...

‑Dier.

‑¿Cómo?

-Thenardier.

‑¿Quién?

En el peligro, el puerco espín se eriza, el escarabajo se finge muerto, la guardia veterana forma el cuadro; nuestro hombre se echó a reír.

Marius continuó:

‑Sois también el obrero Jondrette, el come­diante Fabantou, el poeta Genflot, el español Al­varez y la señora Balizard. Y habéis tenido una taberna en Montfermeil.

‑¡Una taberna! Jamás...

‑Y os digo que sois Thenardier.

‑Lo niego.

‑Y que sois un miserable. Tomad.

Marius sacó del bolsillo un billete de banco, y se lo arrojó a la cara.

‑¡Gracias! ¡Perdón! ¡Quinientos francos! ¡Señor barón!

Y el hombre, atónito, saludando y cogiendo el billete, lo examinó.

‑¡Quinientos francos! ‑repitió absorto.

Luego exclamó con un movimiento repentino:

‑Pues bien, sea. Fuera disfraces.

Y con la prontitud de un mono, echándose hacia atrás los cabellos, arrancándose los anteojos y sacándose la nariz, se quitó el rostro como quien se quita el sombrero.

Sus ojos se inflamaron; la frente desigual, agrie­tada, con protuberancias en varios sitios, horrible­mente arrugada en la parte superior, se manifestó por entero; la nariz volvió a ser aguileña; reapare­ció el perfil feroz y sagaz del hombre de rapiña.

‑El señor barón es infalible ‑dijo con voz cla­ra‑, soy Thenardier.

Y enderezó la espina dorsal.

Thenardier estaba sorprendido. Quiso causar asombro, y era él el asombrado. Valía esta humilla­ción quinientos francos, y en último caso la acepta­ba; pero no por eso estaba menos aturdido. Veía por primera vez al barón Pontmercy, y a pesar de su disfraz éste lo había conocido. Para mayor sor­presa suya, no sólo sabía su historia, sino la de Jean Valjean. ¿Quién era aquel joven casi imberbe, tan glacial y tan generoso, que sabía todo?

Se recordará que Thenardier, aunque en otro tiempo vecino de Marius, no lo había visto nunca, lo cual es muy frecuente en París. Había oído hablar a sus hijas vagamente de un joven muy pobre, llamado Marius, que vivía en la casona. Ninguna relación podía existir para él entre el Marius de aquella época y el señor barón Pont­mercy.

Había logrado, tras largas investigaciones, adi­vinar quién era el hombre que había encontrado cierto día en la gran cloaca. Del hombre le costó poco llegar al nombre. Sabía que la baronesa Pont­mercy era Cosette, y en este tema se proponía obrar con toda discreción, siendo que ignoraba el verdadero origen de la joven. Entreveía, es cierto, algún nacimiento bastardo, pues la historia de Fan­tina le había parecido siempre llena de ambigüe­dades; pero, ¿qué sacaría con hablar?, ¿que le pa­gasen caro su silencio? Poseía, o creía poseer, un secreto de mucho más valor.

En la mente de Thenardier la conversación con Marius no había empezado todavía. Se vio obligado a retroceder, a modificar su estrategia, a abandonar una posición y cambiar de frente; pero nada esen­cial se hallaba aún comprometido, y tenía ya qui­nientos francos en el bolsillo. Le quedaban cosas decisivas por revelar, y se sentía fuerte hasta contra aquel barón Pontmercy tan bien informado. Para los hombres de la índole de Thenardier todo diálogo es un duelo. ¿Cuál era su situación actual? No sabía a quién hablaba, pero sí de lo que hablaba. Pasó rápidamente esta revista interior de sus fuerzas, y después de haber dicho ‑soy Thenardier‑, aguardó.

Marius meditaba. Por fin tenía delante a Thenardier, al hombre que tanto había deseado encontrar, y podía cumplir el encargo del coronel Pontmercy. Le humillaba que el héroe debiera algo a este bandido. Le pareció que se le presen­taba la ocasión de vengar al coronel de la desgra­cia de haber sido salvado por un individuo tan vil y tan perverso. A este deber agregábase otro; el de averiguar el origen de la fortuna de Cosette. Tal vez Thenardier supiera algo. Por ahí empezó. Thenardier, después de guardarse el billete de banco, miraba a Marius con aire bondadoso y casi tierno. Marius rompió el silencio:

-Thenardier, os he dicho vuestro nombre. Ahora, ¿queréis que os diga el secreto que pre­tendéis venderme? También he reunido yo datos y os convenceréis de que sé más que vos. Jean Valjean, como dijisteis, es asesino y ladrón. La­drón, porque robó a un rico fabricante, el señor Magdalena, siendo causa de su ruina. Asesino, porque dio muerte al agente de policía Javert.

‑No comprendo, señor barón ‑dijo Thenar­dier.

‑Vais a comprenderme. Escuchad. Vivía en un distrito del Paso de Calais, por los años de 1822, un hombre que había tenido no sé qué antiguo choque con la justicia, y que bajo el nombre del señor Magdalena, se había corregido y rehabilitado. Este hombre era, en toda la fuerza de la expresión, un justo. Con una fábrica de abalorios negros labró la fortuna de toda la ciu­dad. Por su parte, aunque sin darle mayor impor­tancia, reunió también una fortuna considerable. Era el padre de los pobres. Lo nombraron alcal­de. Otro presidiario lo denunció, y logró que el banquero Laffitte le entregara, en virtud de una firma falsa, más de medio millón de francos per­tenecientes al señor Magdalena. El presidiario que robó al señor Magdalena, es Jean Valjean. En cuanto al otro hecho, nada necesitáis tampoco decirme. Jean Valjean mató al agente Javert de un pistoletazo. Yo estaba allí.

Thenardier lanzó a Marius esa mirada sobera­na de la persona derrotada que se repone y vuel­ve a ganar en un minuto todo el terreno perdido.

‑Señor barón, equivocamos el camino.

‑¿Cómo? ‑replicó Marius‑. ¿Negáis esto? Son hechos.

‑Son quimeras. La confianza con que me hon­ra el señor barón me impone el deber de decírse­lo. Ante todo la verdad y la justicia. No me gusta acusar a nadie injustamente. Señor barón, Jean Valjean no le robó al señor Magdalena, ni mató a Javert.

‑¡Qué decís! ¿En qué fundáis vuestras pala­bras?

‑En dos razones. Primero: no robó al señor Magdalena, porque el señor Magdalena y Jean Valjean son una misma persona. Segundo: no ase­sinó a Javert, porque Javert, y no Jean Valjean, es el autor de su muerte.

‑¿Qué queréis decir?

-Javert se suicidó.

‑¡Probadlo, probadlo! ‑gritó Marius fuera de sí.

Thenardier repuso, recalcando cada palabra:

-Al agente de policía Javert se le encontró aho­gado debajo de una barca del Pont‑du‑Change.

‑Pero, ¡probadlo!

Thenardier sacó del bolsillo unos pliegos do­blados de diferentes tamaños.

‑Tengo mi legajo ‑dijo con calma.

Y añadió:

‑Señor barón, por interés vuestro quise cono­cer a Jean Valjean. Repito que Jean Valjean y el señor Magdalena son uno mismo y que Javert murió a manos de Javert; cuando así me expreso, es porque me sobran pruebas.

Mientras hablaba extraía Thenardier de su le­gajo dos periódicos amarillos, estrujados y fétidos a tabaco. Uno de los números, roto por los doble­ces y casi deshaciéndose, parecía mucho más an­tiguo que el otro.

‑Dos hechos, dos pruebas ‑dijo Thenardier.

Y entregó a Marius los dos periódicos.

El lector los conoce. Uno, el del 25 de julio de 1823 que probaba la identidad del señor Mag­dalena y de Jean Valjean. El otro era un Monitor del 15 de julio de 1832, donde se refería al suici­dio de Javert, añadiendo, que hecho prisionero en la barricada de la calle de la Chanvrerie, ha­bía salvado su vida la magnanimidad de un insu­rrecto, el cual, teniéndolo al alcance de su pisto­la, en lugar de volarle el cerebro había disparado al aire.

Marius leyó. No cabía duda; la fecha era cier­ta, la prueba irrefutable. Jean Valjean, engrandeci­do repentinamente, salía de las sombras. Marius no pudo contener un grito de alegría:

‑¡Entonces ese desdichado es un hombre ad­mirable! ¡Entonces esa fortuna era suya! ¡Es Mag­dalena, la providencia de todo un país! ¡Es Jean Valjean, el salvador de Javert! ¡Un héroe! ¡Un santo!

‑Ni un santo, ni un héroe ‑dijo Thenardier‑. Es un asesino y un ladrón.

‑¿Todavía? ‑preguntó.

‑Siempre ‑contestó Thenardier‑. Jean Valjean no robó al señor Magdalena, pero es un ladrón; no mató a Javert, pero es un asesino.

‑¿Queréis hablar ‑repuso Marius‑ de ese mi­serable robo de hace cuarenta años, expiado, como resulta de vuestros mismos periódicos, por toda una vida de arrepentimiento, de abnegación y de virtud?

‑Digo asesinato y robo. Señor barón, el 6 de junio de 1832, hace cosa de un año, el día del motín, estaba un hombre en la cloaca grande de París, por el lado donde desemboca en el Sena, entre el puente de Jena y el de los Inválidos.

Calló un segundo gozando de la expectación de Marius, y continuó:

‑Ese hombre, obligado a ocultarse por razo­nes ajenas a la política, había elegido la cloaca como su domicilio, y tenía una llave de la reja. Era, repito, el 6 de junio, a las ocho poco más o menos de la noche. El hombre oyó ruido. Bastan­te sorprendido se ocultó y espió. Era ruido de pasos, alguien caminaba en medio de las tinieblas adelantándose hacia él. Había en la cloaca otro hombre. La reja de salida no estaba lejos, y la escasa claridad que entraba por ella le permitió conocer al recién venido, y ver que traía algo a cuestas. Era un antiguo presidiario, y llevaba en sus hombros un cadáver. Flagrante delito de asesi­nato. En cuanto al robo, es su causa; no se mata a un hombre gratis. El presidiario iba a arrojar aquel cadáver al río. Antes de llegar a la reja de salida, el presidiario que venía de un punto lejano de la alcantarilla, debió necesariamente tropezar con un cenagal espantoso, donde hubiera podido dejar el cadáver; pero al día siguiente los poceros, traba­jando en el cenagal, habrían descubierto al hom­bre asesinado, lo cual no quería sin duda el asesi­no. Decidió atravesar el pantano con su carga, con inmensos esfuerzos, y arriesgando de una manera increíble su propia existencia. No com­prendo cómo logró salir de allí vivo.

Thenardier respiró profundamente, muy satis­fecho, y luego prosiguió:

‑Señor barón, la cloaca no es el Campo de Marte. Allí falta todo, hasta sitio. Así, cuando la ocupan dos hombres, menester es que se encuen­tren. Esto fue lo que sucedió. El domiciliado y el transeúnte tuvieron que darse las buenas noches, sin la menor gana. El transeúnte dijo al domiciliado: "Ves lo que llevo a cuestas; es preciso que salga de aquí. Tú tienes la llave, dámela". El presi­diario era hombre de extraordinarias fuerzas y no había medio de resistirle. Sin embargo, el que po­seía la llave parlamentó, únicamente para ganar tiempo. Examinó al muerto; mas sólo pudo averi­guar que era joven, con apariencia de persona rica, y que estaba todo desfigurado por la sangre. Mien­tras hablaba, halló medio de romper y arrancar sin que el asesino lo advirtiera, un pedazo de faldón de la levita que vestía el hombre asesinado. Docu­mento justificativo como comprenderéis. Se guardó en el bolsillo el testimonio, y abriendo la reja, dejó salir al presidiario con su pesada carga. Después cerró de nuevo, y se puso a salvo, importándole poco el desenlace de la aventura, y sobre todo no conviniéndole estar allí cuando el asesino arrojara el cadáver al río. Ahora veréis claro. El que llevaba el cadáver era Jean Valjean; el que tenía la llave os habla en este momento; y el pedazo de la levita...

Thenardier acabó la frase sacando del bolsillo y mostrándole a Marius un jirón de paño negro, todo lleno de manchas oscuras.

Marius se levantó, pálido, respirando apenas, con la vista fija en el pedazo de paño negro; y sin pronunciar una palabra, sin apartar los ojos de aquel jirón, retrocedió hacia la pared, buscando detrás de sí con la mano derecha, a tientas, una llave que estaba en la cerradura de una alacena, junto a la chimenea. Encontró la llave, abrió la alacena a introdujo el brazo sin separar la vista de Thenardier. Entretanto éste continuaba:

‑Señor barón, me asisten grandes razones para creer que el joven asesinado era un opulento ex­tranjero, atraído por Jean Valjean a una embosca­da, y portador de una suma enorme.

‑El joven era yo y aquí está la levita ‑gritó Marius, arrojando en el suelo una levita negra y vieja, manchada de sangre.

En seguida, arrancando el jirón de manos de Thenardier, lo ajustó en el faldón roto. Se adapta­ba perfectamente.

Thenardier quedó petrificado, pensando: "Me he lucido hoy".

Marius, tembloroso, desesperado, radiante, me­tió la mano en el bolsillo y se dirigió fuera de sí hacia Thenardier con el puño, que apoyó casi en el rostro del bandido, lleno de billetes de quinien­tos y de mil francos.

‑¡Sois un infame! ¡Sois un embustero! ¡Un ca­lumniador! ¡Un malvado! ¡Veníais a acusar a ese hombre y le habéis justificado; queríais perderlo y habéis conseguido tan sólo glorificarlo! ¡Vos sois el ladrón! ¡Vos sois el asesino! Yo os he visto, Thenardier, Jondrette, en el desván del caserón Gorbeau. Sé de vos lo suficiente para enviaros a presidio y más lejos aún, si quisiera. Tomad estos mil francos, canalla.

Y arrojó un billete de mil francos a los pies de Thenardier.

‑¡Ah, Jondrette‑Thenardier, vil gusano! ¡Que os sirva esto de lección, mercader de secretos y mis­terios, escudriñador de las tinieblas, miserable! ¡To­mad, además, estos quinientos francos, y salid de aquí! Waterloo os protege.

‑¡Waterloo! ‑murmuró Thenardier guardándo­se los quinientos francos al mismo tiempo que los mil.

‑¡Sí, asesino! Habéis salvado en esa batalla la vida a un coronel...

-A un general ‑dijo Thenardier alzando la ca­beza.

‑¡A un coronel! ‑replicó Marius furioso‑. ¡Y venís aquí a cometer infamias! Os digo que sobre vos pesan todos los crímenes. ¡Marchaos! ¡Desapa­reced! Sed dichoso, es cuanto os deseo. ¡Ah, mons­truo! Tomad también esos tres mil francos. Maña­na, mañana mismo, os iréis a América con vuestra hija, porque vuestra mujer ha muerto, abominable embustero. ¡Id a que os ahorquen en otra parte!

‑Señor barón ‑respondió Thenardier inclinán­dose hasta el suelo‑, gratitud eterna.

Y Thenardier salió sin comprender una pala­bra, atónito y contento de verse abrumado bajo sacos de oro, y herido en la cabeza por aquella granizada de billetes de banco.

Acabemos desde ahora con este personaje. Dos días después de los sucesos que estamos refirien­do, salió, merced a Marius, para América en com­pañía de su hija Azelma. Allá, con el dinero de Marius, Thenardier se hizo negrero.

En cuanto se retiró Thenardier, Marius corrió al jardín donde Cosette estaba aún paseando.

‑¡Cosette! ¡Cosette! ‑exclamó‑. ¡Ven! ¡Ven pron­to! Vamos. Vasco, un coche. Ven, Cosette. ¡Ah, Dios mío! ¡El es quién me salvó la vida! ¡No per­damos un minuto!

Cosette creyó que se había vuelto loco. Marius no respiraba y ponía la mano sobre su corazón para comprimir los latidos. Iba y venía a grandes pasos, y abrazaba a Cosette, diciendo:

‑¡Ah! ¡Qué desgraciado soy!

Enloquecido, Marius empezaba a entrever en Jean Valjean una majestuosa y sombría personali­dad. Una virtud inaudita aparecía ante él, suprema y dulce, humilde en su inmensidad. El presidiario se transfiguraba en Cristo. Marius estaba deslum­brado. El coche no tardó en llegar.

Marius hizo subir a Cosette, y se lanzó en seguida dentro.

‑Cochero ‑dijo‑, calle del Hombre Armado, número siete.

El coche partió.

‑¡Ah, qué felicidad! ‑exclamó Cosette‑. A la calle del Hombre Armado. No me atrevía a ha­blarte de eso. Vamos a ver al señor Jean.

-A tu padre, Cosette. A lo padre, pues lo es hoy más que nunca. Cosette, ahora comprendo. Tú no recibiste la carta que lo mandé con Gavroche. Cayó sin duda en sus manos, y fue a la barricada para salvarme. Como su misión es ser un ángel, de paso salvó a otras personas, salvó a Javert. Me sacó de aquel abismo para entregarme a ti. Me llevó sobre sus hombros a través de la cloaca. ¡Ah! ¡Soy el peor de los ingratos! Cosette, después de haber sido lo providencia, fue la mía. Figúrate que había allí un espantoso cenagal donde aho­garse cien veces, y lo atravesó conmigo a cuestas. Yo estaba desmayado; no veía, no oía. Vamos a traerlo a casa y a tenerlo con nosotros quiera o no; no volverá a separarse de nuestro lado. Si es que lo encontramos, si es que no ha partido. Pasaré lo que me resta de vida venerándolo. Gavroche seguramente le entregó a él la carta. Todo se explica. ¿Comprendes, Cosette?

Cosette no comprendía una palabra.

-Tienes razón ‑fue su respuesta.

Entretanto, el coche seguía rodando.

 

V

Noche que deja entrever el día

 

Oyendo llamar a la puerta, Jean Valjean dijo con voz débil:

‑Entrad, está abierto.

Aparecieron Cosette y Marius. Cosette se precipitó en el cuarto. Marius permaneció de pie en el umbral.

‑¡Cosette! ‑dijo Jean Valjean y se levantó con los brazos abiertos y trémulos, lívido, siniestro, mostrando una alegría inmensa en los ojos.

Cosette, ahogada por la emoción, cayó sobre su pecho, exclamando:

‑¡Padre!

Jean Valjean, fuera de sí, tartamudeaba:

‑¡Cosette! ¡Es ella! ¡Sois vos, señora! ¡Eres tú! ¡Ah, Dios mío!

Y sintiéndose estrechar por los brazos de Cosette, añadió:

‑¡Eres tú, sí! ¡Me perdonas, entonces!

Marius, bajando los párpados para detener sus lágrimas, dio un paso, y murmuró:

‑¡Padre!

‑¡Y vos también me perdonáis! ‑dijo Jean Val­jean.

Marius no encontraba palabras y el anciano añadió:

‑Gracias.

Cosette se sentó en las rodillas del anciano, separó sus cabellos blancos con un gesto adora­ble, y le besó la frente. Jean Valjean extasiado, no se oponía, y balbu­ceaba:

‑¡Qué tonto soy! Creía que no la volvería a ver. Figuraos, señor de Pontmercy, que en el mis­mo momento en que entrabais, me decía: "¡Todo se acabó! Ahí está su trajecito; soy un miserable, y no veré más a Cosette". Decía esto mientras su­bíais la escalera. ¿No es verdad que me había vuelto idiota? No se cuenta con la bondad infinita de Dios. Dios dijo: "¿Crees que lo van a abandonar, tonto? No. No puede ser así. Este pobre viejo necesita a su ángel". ¡Y el ángel vino, y he vuelto a ver a mi Cosette, a mi querida Cosette! ¡Ah, cuánto he sufrido!

Estuvo un instante sin poder hablar; luego con­tinuó:

-Tenía realmente necesidad de ver a Cosette un rato, de tiempo en tiempo. Sin embargo, sabía que estaba de sobra, y decía en mis adentros: "No lo necesitan, quédate en lo rincón, nadie tiene derecho a eternizarse". ¡Ah, Dios de mi alma! ¡La vuelvo a ver! ¿Sabes, Cosette, que lo marido es un joven apuesto? ¡Ah! Llevas un bonito cuello bordado, me gusta mucho. Señor de Pontmercy, permi­tidme que la tutee; será por poco tiempo.

‑¡Qué maldad dejarnos de ese modo! ‑excla­mó Cosette‑. ¿Adónde habéis ido? ¿Por qué habéis estado ausente tanto tiempo? Antes vuestros viajes apenas duraban tres o cuatró días. He enviado a Nicolasa, y le respondían siempre que estabais fuera. ¿Cuándo regresasteis? ¿Por qué no nos avi­sasteis? Os veo con mal semblante: ¡Mal padre! ¡Enfermo y sin decírnoslo! Ten, Marius, toma su mano y verás qué fría está.

‑Habéis venido, señor de Pontmercy; ¡conque me perdonáis! ‑repitió Jean Valjean.

A estas palabras los sentimientos que se agol­paban al corazón de Marius hallaron una salida, y el joven exclamó:

‑Cosette, ¿no lo oyes? ¿No lo oyes que me pide perdón? ¿Sabes lo que me ha hecho, Cosette? Me ha salvado la vida. Más aún, lo ha entregado a mí. Y después de salvarme y después de entregar­te a mí, Cosette, ¿sabes lo que ha hecho de su persona? Se ha sacrificado. Eso ha hecho. ¡Y a mí, el ingrato, el olvidadizo, el cruel, el culpable, me

dice gracias! Cosette, aunque pase toda la vida a los pies de este hombre siempre será poco. La barricada, la cloaca, el lodazal, todo lo átravesó por mí, por ti, Cosette, preservándome de mil muertes, que alejaba de mí y que aceptaba para él. En él está todo el valor, toda la virtud, todo el heroísmo. ¡Cosette, este hombre es un ángel!

‑¡Silencio! ¡Silencio! ‑murmuró apenas Jean Valjean‑ ¿Para qué decir esas cosas?

‑¡Pero vos! ‑exclamó Marius, con cierta cóle­ra lléna de veneración‑, ¿por qué no lo habéis dicho? Es culpa vuestra también. ¡Salváis la vida a las personas y se lo ocultáis! ¡Y bajo pretexto de quitaros la máscara, os calumniáis! Es horri­ble.

‑Dije la verdad ‑respondió Jean Valjean.

‑No ‑replicó Marius‑; la verdad es toda la verdad, y no habéis dicho sino parte. Erais el señor Magdalena, ¿por qué callarlo? Habíais salva­do a Javert, ¿por qué callarlo? Yo os debía la vida, ¿por qué callarlo?

‑Porque sabía que vos teníais razón, que era preciso que me alejara. Si os hubiera referido lo de la cloaca, me habríais retenido a vuestro lado. Debía, pues, callarme. Hablando, todo se echaba a perder.

‑¡Se echaba a perder! ¿Qué es lo que se echa­ba a perder? ¿Por ventura os figuráis que os va­mos a dejar aquî? No. Os llevamos con nosotros, ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cuando pienso que por casualidad he sabido estas cosas! Os llevamos con nosotros. Formaréis parte de nosotros mismos. Sois su padre y el mío. No pasaréis un día más en esta horrible casa. Mañana ya no estaréis aquí.

‑Mañana ‑dijo Jean Valjean‑, no estaré aquí, ni tampoco en vuestra casa.

‑¿Qué queréis decir? ‑dijo Marius‑. Se acaba­rán los viajes. No os volveréis a separar de noso­tros. Nos pertenecéis, y no os soltaremos.

‑Esta vez ‑añadió Cosette‑, emplearé la fuerza si es necesario.

Y riéndose, hizo ademán de coger al anciano en sus brazos.

-Vuestro cuarto está tal como estaba ‑conti­nuó‑. ¡Si supieseis qué bonito se ha puesto ahora el jardín! ¡Cuántas flores! Un petirrojo anidó en un agujero de la pared y un horrendo gato se lo comió. ¡Lloré tanto! Padre, vais a venir con noso­tros. ¡Cómo va a alegrarse el abuelo! Tendréis vuestro lugar propio en el jardín y lo cultivaréis, veremos si vuestras fresas valen tanto como las mías. Una vez en casa, yo haré cuanto queráis, y vos me obedeceréis. ¿Verdad que sí?

Jean Valjean la escuchaba sin oírla. Percibía la música de su voz sin casi comprender el sentido de sus palabras y una de esas gruesas lágrimas, sombrías perlas del alma, se formaba lentamente en sus ojos.

‑¡Dios es bueno! ‑murmuró.

‑¡Padre querido! ‑dijo Cosette.

Jean Valjean prosiguió:

‑No hay duda que sería delicioso vivir juntos. Tenéis árboles llenos de pájaros. Me pasearía las horas con Cosette. ¡Es grata la vida en compañía de las personas que uno quiere, darles . los buenos días, oírse llamar en el jardín! Cada cual cultivaría un pequeño trozo. Ella me haría comer sus fresas, y yo le haría coger mis rosas. Sería delicioso  pero...

Se detuvo, y luego dijo bajando más la voz:

‑Es una pena.

La lágrima no cayó sino que entró de nuevo en la órbita y la reemplazó una sonrisa.

Cosette tomó las manos del anciano entre las suyas.

‑¡Dios mío! ‑exclamó‑. Vuestras manos me parecen más frías que antes, ¿os sentís mal?

‑¿Yo? No ‑respondió Jean Valjean‑, me siento bien. Sólo que...

Se detuvo.

‑¿Sólo qué?

‑Sólo que me estoy muriendo.

Cosette y Marius se estremecieron.

‑¡Muriendo! ‑exclamó Marius.

‑Sí ‑dijo Jean Valjean.

Respiró y sonriéndose repuso:

‑Cosette, ¿no estabas hablando? Continúa, ha­blame más. ¿Conque el gato se comió a lo petirro­jo? Habla, ¡déjame oír lo voz!

Marius petrificado, miraba al anciano. Cosette lanzó un grito desgarrador.

‑¡Padre! ¡Padre mío! Viviréis, sí, viviréis. Yo quiero que viváis. ¿Oís?

Jean Valjean alzó los ojos y los fijó en ella con adoración.

‑¡Oh, sí, prohíbeme que muera! ¿Quién sabe? Tal vez lo obedezca. Iba a morir cuando entras­teis, y la muerte detuvo su golpe. Me pareció que renacía.

‑Estáis lleno de fuerza y de vida ‑dijo Marius‑. ¿Acaso imagináis que se muere tan fácilmente? Ha­béis tenido disgustos y no volveréis a tenerlos. ¡Os pido perdón de rodillas! Vais a vivir, y con nosotros y por largo tiempo. Os hemos recobrado.

Jean Valjean continuaba sonriendo.

‑Señor de Pontmercy, aunque me recobraseis ¿me impediría eso que sea lo que soy? No; Dios ya ha decidido, y él no cambia sus planes. Es mejor que parta. La muerte lo arregla todo. Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Que seáis dichosos, que haya en torno vuestro, hijos míos, lilas y ruiseñores, que vuestra vida.sea un hermoso prado iluminado por el sol, que todo el encanto del cielo inunde vuestra alma, y que ahora yo, que para nada sirvo, me muera. Seamos razonables; no hay remedio ya; sé que no hay remedio. ¡Qué bueno es lo marido, Cosette! Con él estás mejor que conmigo.

Se oyó un ruido en la puerta. Era el médico que entraba.

‑Buenos días y adiós, doctor ‑dijo Jean Val­jean‑. Estos son mis pobres hijos.

Marius se acercó al médico y lo miró anhelante. El médico le respondió con una expresiva mi­rada. Jean Valjean se volvió hacia Cosette y se puso a contemplarla como si quisiera atesorar recuer­dos para una eternidad. En la profunda sombra donde ya había des­cendido, aún le era posible el éxtasis mirando a Cosette. La luz de aquel dulce rostro iluminaba su pálida faz. El médico le tomó el pulso.

‑¡Ah! ¡Os necesitaba tanto! ‑dijo el anciano dirigiéndose a Cosette y a Marius.

E inclinándose al oído del joven, añadió muy bajo:

‑Pero ya es demasiado tarde.

Sin apartar casi los ojos de Cosette, miró al médico y a Marius con serenidad. Se oyó salir de su boca esta Erase apenas arti­culada:

‑Nada importa morir, pero no vivir es horri­ble.

De repente se levantó. Caminó con paso firme hacia la pared, recha­zó a Marius y al médico que querían ayudarle, descolgó el crucifijo que había sobre su cama, volvió a sentarse como una persona sans, y dijo alzando la voz y colocando el crucifijo sobre la mesa:

‑He ahí al Gran mártir.

Después sintió que su cabeza oscilaba, como si lo acometiera el vértigo en la tumba, y quedó con la vista fija. Cosette sostenía sus hombros y sollozaba, pro­curando hablarle.

‑¡Padre! No nos abandonéis. ¿Es posible que no os hayamos encontrado sino para perderos?

Hay algo de titubeo en el acto de morir. Va, viene, se adelanta hacia el sepulcro y se retrocede hacia la vida. Jean Valjean después del síncope, se serenó, y recobró casi una completa lucidez. Tomó la mano de Cosette y la besó.

‑¡Vuelve en sí, doctor, vuelve en sí! ‑gritó Marius.

‑Sois muy buenos ‑dijo Jean Valjean‑. Voy a explicaros lo que me ha causado viva pens. Señor de Pontmercy, me la ha causado que no hayáis querido tocar ese dinero. Ese dinero es de vuestra mujer. Esta es una de las razones, hijos míos, por la que me he alegrado tanto de veros. El azabache negro viene de Inglaterra y el azabache blanco de Noruega. En el papel que veis ahí consta todo esto. Para los brazaletes inventé sustituir los col­gantes simplemente enlazados a los colgantes sól­dados. Es más bonito, mejor y menos caro. Ya comprenderéis cuánto dinero puede ganarse. Por tanto, la fortuna de Cosette es suya, legítimamente suya. Os refiero estos pormenores para que os tranquilicéis.

Había entrado la portera y miraba desde el umbral. Dijo al moribundo:

-¿Queréis un sacerdote?

-Tengo uno ‑respondió Jean Valjean.

Es probable, en realidad, que el obispo lo estuviera asistiendo en su agonía.

Cosette, con mucha suavidad, le puso una al­mohada bajo los riñones. Jean Valjean continuó:

‑Señor de Pontmercy, no temáis nada, os lo suplico. Los seiscientos mil francos son de Cosette. Si no disfrutaseis de ellos, resultaría perdido todo el trabajo de mi vida. Habíamos conseguido fabri­car con singular perfección los abalorios, y rivali­zábamos con los de Berlín.

Cuando va a morir una persona que nos es querida, las miradas se fijan en ella como para retenerla. Los dos jóvenes, mudos de angustia, no sabiendo qué decir a la muerte, desesperados y trémulos, estaban de pie delante del anciano.

Jean Valjean decaía rápidamente. Su respira­ción era ya intermitente a interrumpida por un estertor. Le costaba trabajo cambiar de posición el antebrazo y los pies habían perdido todo movi­miento. Al mismo tiempo que la miseria de los miembros y la postración del cuerpo crecían, toda la majestad del alma brillaba, desplegándose so­bre su frente. La luz del mundo desconocido era ya visible en sus pupilas. Su rostro empalidecía, pero continuaba son­riendo. Hizo señas a Cosette de que se aproximara, y luego a Marius. Era sin duda el último minuto de su última hora, y se puso a hablarles con voz tan queda que parecía venir de lejos, como si en ese momento hubiera ya una pared divisoria entre ellos y él.

-Acércate; acercaos los dos. Os quiero mucho. ¡Ah! ¡Qué bueno es morir así! Tú también me quieres, Cosette. Yo sabía que lo quedaba siempre algún cariño para lo viejo. ¡Cuánto lo agradezco, niña mía, esta almohada! Me llorarás ¿no es ver­dad? Pero que no sea demasiado. Quiero que seáis felices, amados hijos. Los seiscientos mil fran­cos, señor de Pontmercy, es dinero ganado honra­damente. Podéis ser ricos sin repugnancia alguna. Será preciso que compréis un carruaje, que vayáis de vez en cuando a los teatros. Cosette, para ti bonitos vestidos de baile, para vuestros amigos buenas comidas. Sed dichosos. Estaba hace poco escribiendo una carta a Cosette, ya la encontrará. Te lego, hija mía, los dos candelabros que están sobre la chimenea. Son de plata; mas para mí son de oro, de diamantes, y convierten las velas en cirios. No sé si el que me los dio está satisfecho de mí en el Cielo. He hecho lo que he podido. Hijos míos, no olvidéis que soy un pobre, y os encargo que me hagáis enterrar en el primer rin­cón de tierra que haya a mano, con sólo una piedra por lápida. Es mi voluntad. Sobre la piedra no grabéis ningún nombre. Si Cosette quiere ir allí alguna vez se lo agradeceré. Vos también, señor Pontmercy. Debo confesaros que no siempre os he tenido afecto; os pido perdón. Os estoy muy agradecido, pues veo que haréis feliz a Cosette. ¡Si supieseis, señor Pontmercy, cuánto ha sido mi cariño hacia ella! Sus hermosas mejillas sonrosa­das eran mi alegría; en cuanto la vela un poco pálida, ya estaba triste. Hay en la cómoda un billete de quinientos francos. Es para los pobres.  Cosette, ¿ves tu trajecito allí sobre la cama? ¿Te acuerdas? No hace más de diez años de eso. ¡Cómo pasa el tiempo! Fuimos muy dichosos. Hijos míos, no lloréis, que no me voy muy lejos; desde allá os veré. Con sólo que miréis en la noche, mi sonrisa se os aparecerá. Cosette, ¿te acuerdas de Montfer­meil? Estabas en el bosque y tenías miedo. ¿Te acuerdas cuando yo cogí el asa del cubo lleno de agua? Fue la primera vez que toqué tu pobre manita. ¡Y qué fría estaba! Entonces vuestras ma­nos, señorita, tiraban a rojas, hoy brillan por su blancura. ¿Y la muñeca, lo acuerdas? La llamaste Catalina. ¡Qué de veces me hiciste reír, ángel mío! ¡Eras tan traviesa! No hacías más que jugar. Te colgabas las guindas de las orejas. En fin, son cosas pasadas. Los bosques que uno ha atravesa­do con su amada niña, los árboles que les han resguardado del sol, los conventos que les han resguardado de los hombres, las inocentes risas de la infancia; todo no es más que sombra. Se me figuró que esas cosas me pertenecían, y ahí estu­vo el mal. Los Thenardier fueron muy perversos; pero hay que perdonarlos. Cosette, ha llegado el momento de decirte el nombre de lo madre. Se llamaba Fantina. Recuerda este nombre, Fantina. Arrodíllate cada vez que lo pronuncies. Ella padeció mucho, y lo quería con locura. Su desgracia fue tan grande, como grande es lo felicidad. Dios lo dispuso así. Dios nos ve desde el cielo a todos, y en medio de sus brillantes estrellas sabe bien lo que hace. Me voy ahora, mis queridos hijos. Amaos mucho, siem­pre. En el mundo casi no hay nada más importan­te que amar. Pensad alguna vez en el pobre viejo que ha muerto aquí. Cosette mía, no tengo la culpa de no haberte visto en tanto tiempo; el corazón se me desgarraba, estaba medio loco. Hi­jos míos, no veo claro. Aún tenía que deciros muchas cosas; pero no importa. Vosotros sois se­res benditos. No sé lo que siento, pero me parece que veo una luz. Acercaos más. Muero dichoso. Venid, acercad vuestras cabezas tan amadas para poner encima mis manos.

Cosette y Marius cayeron de rodillas, inundan­do de lágrimas las manos de Jean Valjean; manos augustas, pero que ya no se movían. Estaba echado hacia atrás, de modo que la luz de los candelabros iluminaba su pálido rostro diri­gido hacia el cielo. Cosette y Marius cubrían sus manos de besos. Estaba muerto.

Era una noche profundamente obscura; no ha­bía una estrella en el cielo. Sin duda, en la som­bra un ángel inmenso, de pie y con las alas des­plegadas, esperaba su alma.

 

VI

La hierba oculta y la lluvia borra

 

En el cementerio Padre Lachaise, cerca de la fosa común y lejos del barrio elegante de esa ciudad de sepulcros, lejos de todas esas tumbas a la moda, en un lugar solitario, al pie de un antiguo muro, bajo un gran tejo por el cual trepan las enredade­ras de campanillas en medio del musgo, hay una piedra.

Esta piedra no se halla menos expuesta que las demás a la lepra del tiempo, a los efectos de la humedad, del líquen y de las inmundicias de los pájaros. El agua la pone verde y el aire la enne­grece. No está próxima a ninguna senda, y no es agradable ir a pasear por aquel lado a causa de la altura de la hierba. Cuando la bañan los rayos del sol, se suben a ella los lagartos. A su alrededor se mecen los tallos de avena agitados por el viento, y en la primavera cantan en el árbol las currucas.

Esta piedra está desnuda. Al cortarla, se pensó únicamente en las necesidades de la tumba, esto es, que fuera lo bastante larga y lo bastante an­gosta para cubrir a un hombre.

Ningún nombre se lee en ella. Pero hace muchos años, una mano escribió allí con lápiz estos cuatro versos que se fueron volviendo poco a poco ilegibles a causa de la lluvia y del polvo, y que probablemente ya se habrán borrado:

 

Duerme. Aunque la suerte fue con él tan extraña,

El vivía. Murió cuando no tuvo más a su ángel.

La muerte simplemente llegó,

Como la noche se hace cuando el día se va.

 

FIN