LOS MISERABLES

QUINTA PARTE

Jean Valjean

LIBRO SEPTIMO

Decadencia crepuscular

I

La sala del piso bajo

Al día siguiente, cuando empezaba a oscurecer, Jean Valjean llamó a la puerta cochera de la casa del señor Gillenoxmand. Vasco lo recibió; se en­contraba allí como si cumpliera órdenes especiales.

‑El señor barón me encargó que os pregunte si queréis subir o quedaros abajo.

‑Quedarme abajo ‑respondió Jean Valjean.

Vasco, respetuoso como siempre, abrió la puer­ta de la sala.

-Voy a avisar a la señora ‑dijo.

La habitación en que Jean Valjean entró era una especie de subterráneo abovedado y húme­do, con el suelo de ladrillos rojos, que servía a veces de bodega y que daba a la calle; tenía una pequeña ventana que permitía apenas el paso a unos míseros rayos de luz.

La sala, pequeña y de techo bajo, estaba sucia; se veían unas cuantas botellas vacías, amontonadas en un rincón. La pared estaba des­cascarada; en el fondo había una chimenea en­cendida, lo cual indicaba que se contaba con la respuesta de Jean Valjean. A cada lado de la chimenea había un sillón, y entre los dos sillo­nes, a modo de alfombra, una vieja bajada de cama, que mostraba más trama que lana. El alumbrado de la habitación consistía en la llama de la chimenea y el crepúsculo de la ventana.

Jean Valjean estaba cansado; llevaba muchos días sin comer ni dormir. Se dejó caer en uno de los sillones. Vasco entró, puso sobre la chimenea una vela encendida y se retiró, sin que Jean Valjean, con la cabeza inclinada hasta tocar el pecho, hubiera notado su presencia. De repente se levantó como sobresaltado.

Cosette estaba detrás de él. No la vio entrar. Se volvió y la contempló extasiado. Estaba adora­blemente hermosa; pero lo que él miraba no era la hermosura sino el alma.

‑Padre ‑exclamó Cosette‑, sabía vuestras rare­zas, pero jamás me hubiera figurado que llegasen a tanto. ¡Vaya una idea! Dice Marius que habéis insistido en que os reciba aquí.

‑Sí, he insistido.

Ya esperaba esa respuesta. Está bien. Os pre­vengo que voy a armar un escándalo. Empecemos por el principio. Padre, besadme.

Y le presentó la mejilla. Jean Valjean permaneció inmóvil.

‑No me besáis. Actitud culpable. Os perdono, sin embargo. Jesucristo ha dicho: Presentad la otra mejilla. Aquí la tenéis.

Y le presentó la otra mejilla. Jean Valjean parecía clavado en el suelo.

‑Esto se pone serio ‑dijo Cosette‑. ¿Qué os he hecho? Me declaro ofendida, y me debéis una safisfacción. Comeréis con nosotros.

‑He comido ya.

‑No es verdad. Haré que el señor Gillenor­mand os riña. Los abuelos están encargados de reñir a los padres. Vamos, subid conmigo al salón.

‑Imposible.

Al llegar aquí, Cosette perdió algún terreno. Cesó de mandar y pasó a las preguntas.

‑¡Imposible! ¿Por qué? ¡Y escogéis para verme, el cuarto más feo de la casa!

‑Sabes...

Jean Valjean se detuvo, y luego continuó, co­rrigiéndose:

‑Sabéis, señora, que soy raro, que tengo mis caprichos.

Cosette dio una palmada.

‑¡Señora!... ¡Sabéis!... ¡Cuántas novedades! ¿Qué significa esto?

Jean Valjean la miró con .la sonrisa dolorosa a que recurría de vez en cuando.

‑Habéis querido ser señora y lo sois.

‑Para vos no, padre.

‑No me llaméis más padre.

‑¿Cómo?

‑Llamadme señor Jean, Jean si queréis.

‑¡No sois ya padre, ni yo soy Cosette! ¡Que os llame señor Jean! ¿Qué significan estos cambios? ¿Qué revolución es ésta? ¿Qué ha pasado? Miradme a la cara. ¡Y no aceptáis un cuarto en esta casa! ¡El cuarto que os tenía destinado! ¿Qué mal os he hecho? ¿En qué os he ofendido? ¿Ha ocurrido algo?

‑Nada.

‑¿Y entonces?

-Todo sigue igual.

‑¿Por qué cambiáis el nombre?

-También vos habéis cambiado el vuestro.

Sonrió como antes, y añadió:

‑Siendo vos la señora de Pontmercy, muy bien puedo yo ser el señor Jean.

‑No comprendo. Pediré permiso a mi marido para que seáis el señor Jean y espero que no consentirá. Me causáis mucha pena. Está bien te­ner caprichos, pero no entristecer a su Cosette. No tenéis derecho a ser malo vos que sois tan bueno.

Jean Valjean no respondió.

Le tomó ella las dos manos, y las besó con profundo cariño.

‑¡Por favor ‑le dijo‑, sed bueno! Comed en nuestra compañía, sed mi padre.

El retiró las manos.

‑No necesitáis ya de padre; tenéis marido.

Cosette se incomodó.

‑¡Conque no necesito de padre! No hay sentido común en lo que decís. Y no me tratéis de vos.

‑Cuando venía ‑dijo Jean Valjean, como si no la oyera‑, vi en la calle Saint‑Louis un bonito mueble. Un tocador a la moda, de palo de rosa, con un espejo grande y varios cajones.

‑¡Oh, estoy furiosa! ‑exclamó Cosette hacien­do un gesto como de arañarlo‑. ¡Mi padre Fau­chelevent quiere que lo llame señor Jean y que lo reciba en esta sala horrible! ¿Qué tenéis contra mí? Me causáis mucha pena, os lo juro.

Clavó la vista en Jean Valjean, y añadió:

‑¿Os pesa que sea dichosa?

La candidez, sin saberlo, penetra a veces en lo más hondo. Esta pregunta, sencilla para Cosette, era profunda para Jean Valjean. Cosette quería sólo arañar, pero destrozaba.

Se puso pálido. Permaneció un momento sin responder; luego, como hablando consigo mismo, murmuró:

‑Su felicidad era el objeto de mi vida. Dios, ahora, puede quitármela sin que yo haga falta a nadie. Cosette, eres dichosa, y mi misión ha termi­nado.

‑¡Ah! ¡Me habéis dicho tú! ‑exclamó Cosette.

Y se arrojó en sus brazos.

Jean Valjean, desvanecido, la estrechó contra su pecho pareciéndole casi que la recobraba.

‑¡Gracias, padre! ‑dijo Cosette

Jean Valjean se desprendió con dulzura de los brazos de Cosette, y tomó el sombrero.

‑¿Adónde vais? ‑preguntó Cosette.

‑Me retiro, señora; os aguardan.

Y desde el umbral añadió:

‑Os he tuteado. Decid a vuestro marido que no volverá a suceder. Perdonadme.

Salió dejando a Cosette atónita con aquel adiós enigmático.

 

II

De mal en peor

 

Jean Valjean volvió al día siguiente a la misma hora.

Cosette no le hizo preguntas ni mostró admi­ración ni dijo que sentía frío, ni habló mal de la sala; evitó al mismo tiempo llamarle padre y señor Jean; dejó que la tratase de vos y de señora. Pero estaba menos alegre.

Probablemente habría tenido con Marius una de esas conversaciones en que el hombre amado dice lo que quiere y, sin explicar nada, satisface a la mujer amada. La curiosidad de los enamorados no se extiende a menudo más que a su amor.

La sala baja estaba algo más limpia. Las visitas continuaron siendo diarias. Jean Valjean no tuvo valor para ver en las palabras de Marius otra cosa que la letra. Marius, por su parte se ingenió de manera que siempre se hallaba au­sente cuando él iba. Las personas de la casa se acostumbraron a aquel nuevo capricho del señor Fauchelevent.

Nadie entrevió la siniestra realidad. Mas, ¿quién podía adivinar semejante cosa?

Varias semanas transcurrieron así. Poco a poco entró Cosette en una vida nueva; el matrimonio crea relaciones, las visitas son su necesaria conse­cuencia, y el cuidado de la casa ocupa gran parte del tiempo. En cuanto a los placeres de la nueva vida, se reducían a uno sólo: estar con Marius. Su principal gloria era salir con él y no separarse de su lado. Ambos sentían un placer cada vez mayor en pasearse tomados del brazo, a la vista de todos, los dos solos.

Sustituido el tuteo por el vos, y las expresio­nes de señora y señor Jean por las de su trato familiar, Cosette encontraba a Jean Valjean distinto de lo que era antes.

Y hasta el propósito que había tomado Jean Valjean de separarla de él se cumplió, pues Cosette se mostraba cada vez más alegre y menos cariño­sa. Sin embargo, siempre lo quería mucho, y Jean Valjean lo sabía.

‑Erais mi padre y no lo sois ya; erais mi tío, y ya no lo sois; erais el señor Fauchelevent, y sois el señor Jean. ¿Quién sois, pues? No me gustan estas cosas. Si no os conociera, os tendría miedo.

El vivía siempre en la calle del Hombre Arma­do, porque no podía resolverse a alejarse del ba­rrio donde habitaba Cosette. Al principio se quedaba con ella unos cuantos minutos, y luego se marchaba. Poco a poco se fue acostumbrando a alargar sus visitas, como si apro­vechara la autorización que se le dieran. Llegaba más temprano y se despedía más tarde. Cierto día a Cosette se le escapó decirle padre y un relámpago de alegría iluminó el sombrío rostro del anciano.

‑Llamadme Jean ‑fue su única respuesta.

‑¡Ah!, es verdad ‑dijo Cosette riéndose‑, señor Jean.

‑Eso, eso ‑replicó él, y volvió la cara para que ella no le viera enjugarse los ojos.

 

III

Recuerdos en el jardín de la calle Plumet

 

Fue la última vez. Después de aquel relámpago vino la extinción absoluta. No más familiaridad, no más buenos días acompañados de un beso, no más esa palabra tan dulce: ¡padre! Se vio, tal como él mismo lo buscara, despoja­do sucesivamente de todas sus alegrías; y su ma­yor miseria fue que, después de haber perdido a Cosette en un solo día, le era preciso perderla ahora otra vez paso a paso.

Pero le bastaba con ver a Cosette todos los días, ¿qué más necesitaba? Toda su vida se centra­ba en aquella hora que pasaba sentado junto a ella, mirándola sin desplegar los labios, o bien hablándole de los años de su infancia, del con­vento y de sus amiguitas de entonces. Una tarde Marius dijo a Cosette:

‑Habíamos prometido hacer una visita a nues­tro jardín de la calle Plumet. Vamos, no hay que ser ingratos.

La casa de la calle Plumet pertenecía aún a Cosette, por no haber concluido el plazo del arrien­do. Allí los recuerdos del pasado les hicieron olvi­dar el presente.

Cuando oscurecía, a la hora de siempre, Jean Valjean fue a la calle de las Hijas del Calvario.

‑La señora salió con el señor barón, y aún no ha vuelto ‑le dijo Vasco.

Se sentó en silencio, y esperó una hora. Cosette no volvió. Bajó la cabeza y se marchó.

Quedó Cosette tan embriagada con aquel pa­seo a su jardín, y tan contenta de haber vivido un día en el pasado, que la tarde siguiente no habló de otra cosa. Ni siquiera advirtió que no había visto a Jean Valjean.

‑¿Cómo habéis ido? ‑le preguntó éste.

‑A pie.

‑¿Y cómo habéis vuelto?

‑En un coche de alquiler.

Observaba hacía algún tiempo la estrechez con que vivían los esposos, y le molestaba. La econo­mía de Marius era demasiado rigurosa. Aventuró una pregunta:

‑¿Por qué no tenéis coche propio? Una bonita berlina no os costará más de quinientos francos al mes. Sois rica.

‑No sé ‑respondió Cosette.

‑Lo mismo ha sucedido con Santos. Se ha ido y no la habéis reemplazado. ¿Por qué?

‑Basta con Nicolasa.

‑Pero no tenéis doncella.

‑¿No tengo a Marius?

‑Casa propia, criados, carruaje, palco en la Opera, todo esto deberíais tener. ¿Por qué no sa­car provecho de la riqueza? La riqueza ayuda a la felicidad.

Cosette no respondió nada.

Las visitas de Jean Valjean no se abreviaban, antes por el contrario. Cuando el corazón se esca­pa, nada detiene al hombre en la pendiente.

Siempre que Jean Valjean deseaba prolongar su visita y hacer olvidar la hora, elogiaba a Marius; decía que era noble, valeroso, lleno de ingenio, elocuente, bueno. Cosette resplandecía. De esta manera lograba Jean Valjean permanecer alli más tiem­po. ¡Le era tan dulce ver a Cosette y olvidarlo todo a su lado! Era la única medicina para su llaga. Varias veces tuvo Vasco que repetir este recado: el señor Gillenormand me envía a recordar a la seño­ra baronesa que la cena está servida. Entonces se marchaba muy pensativo. Un día se quedó más tiempo aún de lo que acostumbraba. Al día siguiente notó que no había fuego en la chimenea.

‑¡Dios mío!, ¡qué frío se siente aquí! ‑exclamó Cosette al entrar‑. ¿Sois vos el que habéis dado orden a Vasco de que no encienda?

‑Sí. Ya estamos por llegar a mayo y me ha parecido que era inútil.

‑¡Otra de esas ideas vuestras! ‑respondió Cosette.

Al otro día no faltaba el fuego, pero los dos sillones estaban colocados en el extremo opuesto de la sala, cerca de la puerta.

‑¿Qué significa esto? ‑pensó Jean Valjean.

Tomó los sillones y los puso en el sitio de siempre, junto a la chimenea.

Se reanimó un poco al ver de nuevo el fuego, y prolongó la visita más de lo regular. Pero empe­zaba a darse cuenta de que lo rechazaban.

Al día siguiente tuvo un sobresalto al entrar en la sala baja. Los sillones habían desaparecido, no había ni siquiera una silla.

‑¿Qué es esto? ‑dijo Cosette en cuanto entró‑, no hay sillones. ¿Dónde están los sillones?

‑Se los han llevado ‑respondió Jean Valjean.

‑¡Pues esto es demasiado!

Yo he dicho a Vasco que se los lleve, porque no voy a estar más que un minuto.

‑No es razón para pasarlo de pie.

Jean Valjean no halló que decir.

‑¡Hacer quitar los sillones! ¡No os bastaba con apagar el fuego! ¡Qué raro sois!

-Adiós ‑murmuró Jean Valjean.

No dijo: Adiós, Cosette; pero le faltaron fuer­zas para decir: Adiós, señora.

Salió abrumado de dolor. Esta vez había com­prendido.

Al día siguiente no fue. Cosette no lo notó hasta la noche.

‑¡Vaya! ‑dijo‑, el señor Jean no vino hoy.

Sintió como una ligera opresión de corazón; pero un beso de Marius la distrajo en seguida. Tampoco fue al otro día. Cosette no se dio cuenta hasta la mañana si­guiente. ¡Era tan dichosa!

Envió a Nicolasa para saber si estaba enfermo, y por qué no había venido la víspera.

Nicolasa trajo la respuesta: no estaba enfermo, sino muy ocupado. Ya volvería, lo más pronto posible. Iba a emprender un viajecito, costumbre antigua suya, como la señora no ignoraba.

Cuando Nicolasa dijo que su ama la enviaba a saber por qué el señor Jean no había ido la víspe­ra, Jean Valjean observó con dulzura:

‑Hace dos días que no voy.

Pero Nicolasa no comprendió el sentido de la observación y nada dijo a Cosette.

 

IV

La atracción y la extinción

 

En los últimos meses de la primavera y los prime­ros del verano de 1833, se veía a un anciano vestido de negro que todos los días, a la misma hora, antes de oscurecer, salía de la calle del Hom­bre Armado y entraba en la de Saint‑Louis.

Allí caminaba a paso lento, fija siempre la vista en un mismo punto que parecía ser para él una estrella, y que no era otra cosa que la esquina de la calle de las Hijas del Calvario.

Cuanto más se acercaba a aquella esquina, más brillo había en sus ojos y una especie de alegría iluminaba sus pupilas como una aurora interior; tenía una expresión de fascinación y de ternura; sus labios se movían, como si hablasen a una persona sin verla; sonreía vagamente cami­nando a paso lento. Se diría que, aunque deseaba llegar, lo temía al mismo tiempo.

Cuando no faltaban sino unas cuantas casas, se detenía tembloroso, se asomaba tímidamente y había en esa trágica mirada algo semejante al des­lumbramiento de lo imposible, y a la reverbera­ción de un paraíso cerrado. Luego una lágrima resbalaba por su mejilla, yendo a parar a veces a la boca donde el anciano sentía su sabor amargo.

Permanecía allí unos pocos minutos, cual si fuera de piedra, y después se volvía por el mismo camino y con igual lentitud; su mirada se apagaba a medida que se alejaba.

Gradualmente el anciano cesó de ir hasta la esquina de las Hijas del Calvario. Se detenía a mitad de camino en la calle Saint‑Louis. Al poco tiempo no pudo llegar siquiera hasta allí. Parecía un péndulo cuyas oscilaciones, por falta de cuerda, van acortándose hasta que al fin se paran.

Todos los días salía de su casa a la misma hora, emprendía el mismo trayecto, pero no lo acababa ya; y tal vez sin conciencia de ello, lo iba abreviando incesantemente. La expresión de su semblante parecía decir: ¿Para qué? La pupila estaba apagada y ya no había lágrima; sus ojos medi­tabundos permanecían secos.

A veces, cuando hacía mal tiempo, llevaba un paraguas que jamás abría. Los niños lo seguían y se burlaban de él.