LOS MISERABLES
QUINTA
PARTE
Jean Valjean
LIBRO
CUARTO
El
nieto y el abuelo
I
Poco
tiempo después de estos acontecimientos, Boulatruelle tuvo una viva emoción.
Se
recordará que Boulatruelle era aquel peón caminero de Montfermeil, aficionado
a las cosas turbias. Partía piedras y con ellas golpeaba a los viajeros que
pasaban por los caminos. Tenía un solo sueño: como creía en los tesoros
ocultos en el bosque de Montfermeil, esperaba que un día cualquiera encontraría
dinero en la tierra al pie de un árbol. Por mientras, tomaba con agrado el dinero
de los bolsillos de los viajeros.
Pero
por ahora era prudente. Había escapado con suerte de la emboscada en la
buhardilla de Jondrette, gracias a su vicio: estaba absolutamente borracho
aquella noche. Nunca se pudo comprábar si estaba allí como ladrón o como víctima.
Por lo tanto, fue puesto en libertad. Volvió a su trabajo a los caminos,
pensativo, temeroso, cuidadoso en los robos y más aficionado que nunca al vino.
Una
mañana en que se dirigía al despuntar el día a su trabajo, divisó entre los
ramajes a un hombre cuya silueta le pareció conocida. Boulatruelle, por
borracho que fuera, tenía una excelente memoria.
‑¿Dónde
diablos he visto yo alguien así? ‑se preguntó.
Pero
no pudo darse una respuesta clara.
Hizo
sus lucubraciones y sus cálculos. El hombre no era del pueblo; llegaba a pie;
había caminado toda la noche; no podía venir de muy lejos, pues no traía
maleta. Venía de París, sin duda. ¿Qué hacía en ese bosque, y a esa hora?
Boulatruelle
pensó en el tesoro. A fuerza de retroceder en su memoria, se acordó vagamente
de haber vivido esa escena, muchos años atrás, y le pareció que podía ser el
mismo hombre.
En
medio de su meditación bajó sin darse cuenta la cabeza, cosa natural pero poco
hábil. Cuando la levantó, el hombre había desaparecido.
‑¡Demonios!
‑exclamó‑. Ya lo encontraré. Descubriré de qué parroquia es el
parroquiano. Este caminante del amanecer tiene un secreto, y yo lo sabré. No
hay secretos en mi bosque sin que yo los descubra.
Y
se internó en la espesura.
Cuando
había caminado unos cien pasos, la claridad del día que nacía vino en su
ayuda. Encontró ramas quebradas, huellas de pisadas. Después, nada. Siguió
buscando, avanzaba, retrocedía. Vio al hombre en la parte más enmarañada
del bosque, pero lo volvió a perder.
Tuvo
una idea. Boulatruelle conocía bien el lugar, y sabía que había en un claro
del bosque, junto a un montón de piedras, un castaño medio seco en cuya
corteza habían puesto un parche de zinc. El famoso tesoro estaba seguramente ahí.
Era cuestión de recogerlo. Ahora, que llegar hasta ese claro no era fácil.
Tomaba su buen cuarto de hora y por senderos zigzagueantes. Prefirió tomar el
camino derecho; pero éste era tremendamente intrincado y agreste. Tuvo que
abrirse paso entre acebos, ortigas, espinos, cardos. Hasta tuvo que atravesar un
arroyo. Por fin llegó, todo arañado, a su meta. Había demorado cuarenta
minutos. El árbol y las piedras estaban en su lugar, pero el hombre se había
esfumado en el bosque. ¿Hacia dónde? Imposible saber. Y, para su gran angustia,
vio delante del castaño del parche de zinc la tierra recién removida, una
piqueta abandonada, y un hoyo. El hoyo estaba vacío.
‑¡Ladrón!
‑gritó Boulatruelle, amenazando con sus puños hacia el horizonte.
Marius
permaneció mucho tiempo entre la vida y la muerte. Durante algunas semanas tuvo
fiebre acompañada de delirio y síntomas cerebrales de alguna gravedad,
causados más bien por la conmoción de las heridas en la cabeza que por las
heridas mismas.
Repitió
el nombre de Cosette noches enteras en medio de la locuacidad propia de la alta
temperatura.
Mientras
duró el peligro, el señor Gillenormand, a la cabecera del lecho de su nieto,
estaba como Marius, ni vivo ni muerto.
Todos
los días una, y hasta dos veces, un caballero de pelo blanco y decentemente
vestido (tales eran las señas del portero), venía a saber del enfermo y dejaba
para las curaciones un gran paquete de vendas.
Por
fin, el 7 de septiembre, al cabo de tres meses desde la fatal noche en que le
habían traído moribundo a casa de su abuelo, el médico declaró que había
pasado el peligro.
Empezó
la convalecencia. Sin embargo, tuvo que permanecer aún más de dos meses
sentado en un sillón, a causa de la fractura de la clavícula.
El
señor Gillenormand padeció al principio todas las angustias para experimentar
luego todas las dichas.
El
día en que el facultativo le anunció que Marius estaba fuera de peligro, faltó
poco al anciano para volverse loco; al entrar en su cuarto esa noche, bailó
una gavota, imitó las castañuelas con los dedos y cantó.
Luego
se arrodilló sobre una silla, y Vasco, que le veía desde la puerta a medio
cerrar, no tuvo duda de que oraba. Hasta entonces no había creído
verdaderamente en Dios.
Marius
pasó a ser el dueño de la casa; el señor Gillenormand, en el colmo de su júbilo,
había abdicado, viniendo a ser el nieto de su nieto.
En
cuanto a Marius, mientras se dejaba curar y cuidar, no tenía más que una idea
fija: Cosette. No sabía qué había sido de ella. Los sucesos de la calle de la
Chanvrerie vagaban como una nube en su memona; los confusos nombres de Eponina,
Gavroche, Mabeuf, Thenardier y todos sus amigos envueltos lúgubremente en
el humo de la barricada, flotaban en su espíritu; la extraña aparición del señor
Fauchelevent en aquella sangrienta aventura le causaba el efecto de un enigma en
una tempestad. Tampoco comprendía cómo ni por quién había sido salvado. Los
que lo rodeaban sabían sólo que le habían traído de noche en un coche de
alquiler.
Pasado,
presente, porvenir, nieblas, ideas vagas en su mente; pero en medio de aquella
bruma había un punto inmóvil, una línea clara y precisa, una resolución, una
voluntad: encontrar a Cosette.
Los
cuidados y cariños de su abuelo no lo conmovían; quizá desconfiaba de aquella
solicitud como de una cosa extraña y nueva, encaminada a dominarlo. Se mantenía,
pues, frío. Y luego, a medida que iba cobrando fuerzas, renacían los antiguos
agravios, se abrían de nuevo las envejecidas úlceras de su memoria, pensaba en
el pasado, el coronel Pontmercy se interponía entre él y el señor
Gillenormand, y el resultado era que ningún bien podía esperar de quien había
sido tan injusto y tan duro con su padre. Su salud y la aspereza hacia su abuelo
seguían la misma proporción. El anciano lo notaba, y sufría sin despegar
los labios.
No
cabía duda de que se aproximaba una crisis. Marius esperaba la ocasión para
presentar el combate, y se preparaba para una negativa, en cuyo caso dislocaría
su clavícula, dejaría al descubierto las llagas que aún estaban sin
cerrarse, y rechazaría todo alimento. Las heridas eran sus municiones.
Cosette o la muerte. Aguardó el momento favorable con la paciencia propia de
los enfermos. Ese momento llegó.
Un
día el señor Gillenormand, mientras que su hija arreglaba los frascos y las
tazas en el mármol de la cómoda, inclinado sobre Marius, le decía con la
mayor ternura:
‑Mira,
querido mío, en lo lugar preferiría ahora la carne al pescado. Un lenguado
frito es bueno al principio de la convalecencia; pero después al empezar a
levantarse el enfermo, no hay como una chuleta.
Marius,
que había recobrado ya casi todo su vigor, hizo un esfuerzo, se incorporó en
la cama, apoyó las manos en la colcha, miró a su abuelo de frente, frunció el
seño, y dijo:
‑Esto
me ayuda a deciros una cosa.
‑¿Cuál?
‑Que
quiero casarme.
‑Lo
había previsto ‑dijo el abuelo soltando una carcajada.
‑¿Cómo
previsto?
Marius,
atónito y sin saber qué pensar, se sintió acometido de un temblor.
El
señor Gillenormand, continuó:
‑Sí;
verás colmados tus deseos; tendrás a esa preciosa niña. Ella viene todos los
días, bajo la forma de un señor ya anciano, a saber de ti. Desde que estás
herido pasa el tiempo en llorar y en hacer vendas. Me he informado, y resulta
que vive en la calle del Hombre Armado, número 7. ¡Ah! ¿Conque la quieres?
Perfectamente; la tendrás. Esto destruye todos tus planes, ¿eh? Habías formado
lo conspiracioncilla, y lo decías: "Voy a imponerle mi voluntad a ese
abuelo, a esa momia de la Regencia y del Directorio, a ese antiguo pisaverde,
a ese Dorante convertido en Geronte. También él ha tenido sus veinte años;
será preciso que se acuerde." ¡Ah! Te has llevado un chasco, y bien
merecido. Te ofrezco una chuleta y me respondes que quieres casarte. Golpe de
efecto. Contabas con que habría escándalo, olvidándote de que soy un viejo
cobarde. Estás con la boca abierta. No esperabas encontrar al abuelo más
borrico que tú, y pierdes así el discurso que debías dirigirme. ¡Imbécil!
Escucha. He tomado informes, pues yo también soy astuto, y sé que es hermosa y
formal. Vale un Perú, te adora, y si hubieras muerto, habríamos sido tres;
su ataúd hubiera acompañado al mío. Desde que lo vi mejor, se me ocurrió
traértela, pero una joven bonita no es el mejor remedio contra la fiebre. Por
último, ¿a qué hablar más de eso? Es negocio hecho; tómala. ¿Te parezco
feroz? He visto que no me querías, y he dicho para mis adentros: ¿qué podría
hacer para que ese animal me quiera? Darle a su Cosette. Caballero, tomaos la
molestia de casaros. ¡Sé dichoso, hijo de mi alma!
Dicho
esto, el anciano prorrumpió en sollozos. Cogió la cabeza de Marius, la
estrechó contra su pecho y los dos se pusieron a llorar. El llanto es una de
las formas de la suprema dicha.
‑¡Padre!
‑exclamó Marius.
‑¡Ah!
¡Conque me quieres! ‑dijo el anciano.
Hubo
un momento de inefable expansión, en que se ahogaban sin poder hablar.
Por
fin, el abuelo tartamudeó:
-Vamos,
ya estás desenojado, ya has dicho padre.
Marius
desprendió su cabeza de los brazos del anciano y dijo alzando apenas la voz:
‑Pero,
padre, ahora que estoy sano, me parece que podría verla.
‑También
lo tenía previsto. La verás mañana.
‑¡Padre!
‑¿Qué?
‑¿Por
qué no hoy?
‑Sea
hoy, concedido. Me has dicho tres veces padre y vaya lo uno por lo otro. En
seguida lo la traerán. Lo tenía previsto, créeme.
Cosette
y Marius se volvieron a ver. Toda la familia, incluso Vasco y Nicolasa, estaba
reunida en el cuaito de Marius cuando entró Cosette.
Precisamente
en aquel instante iba a sonarse el anciano y se quedó parado, cogida la nariz,
y mirando a Cosette por encima del pañuelo.
‑¡Adorable!
‑exclamó.
Después
se sonó estrepitosamente.
Cosette
estaba embriagada de felicidad, medio asustada, en el cielo. Balbuceaba, ya pálida,
ya encendida, queriendo echarse en brazos de Marius, y sin atreverse.
Detrás
de Cosette había entrado un hombre de cabellos blancos, serio y, sin embargo,
sonriente, aunque su sonrisa tenía cierto tinte vago y doloroso. Era el señor
Fauchelevent; era Jean Valjean. En el cuarto de Marius permaneció junto a la
puerta. Llevaba bajo el brazo un paquete bastante parecido a un libro con
cubierta de papel verde, algo mohoso.
El
señor Gillenormand lo saludó y dijo con voz alta:
‑Señor
Fauchelevent, tengo el honor de pediros para mi nieto, el señor barón Marius
de Pontmercy, la mano de esta señorita.
El
señor Fauchelevent se inclinó en señal de asentimiento.
‑Negocio
concluido ‑dijo el abuelo.
Y
volviéndose hacia Marius y Cosette, con los dos brazos extendidos en actitud de
bendecir, les gritó:
‑Se
os permite adoraros.
No
dieron lugar a que se les repitiese pues en seguida empezó el susurro, Marius
recostado en el sillón y Cosette de pie junto a él. Después, como había
gente delante, cesaron de hablar, contentándose con estrecharse suavemente
las manos.
El
señor Gillenormand se volvió a los que estaban en el cuarto, y les dijo:
-Vamos,
hablad alto, meted ruido, ¡qué diablos!, para que estos muchachos puedan
charlar a gusto.
Permaneció
un instante en silencio, y luego dijo, mirando a Cosette:
‑¡Es
preciosa! ¡Preciosa! Hijos míos, adoraos. Pero ‑añadió poniéndose
triste de repente‑, ¡qué lástima! Ahora que pienso, sois tan pobres. Más
de la mitad de mis rentas son vitalicias. Mientras yo viva, todo marchará bien;
pero, después que muera, de aquí a unos veinte años, ¡ah, pobrecillos! No
tendréis un centavo.
Se
oyó entonces una voz grave y tranquila, que decía:
‑La
señorita Eufrasia Fauchelevent tiene seiscientos mil francos.
Era
la voz de Jean Valjean.
No
había desplegado aún los labios; nadie parecía cuidarse siquiera de que
estuviese allí, y él permanecía de pie a inmóvil detrás de todos aquellos
seres dichosos.
‑¿Quién
es la señorita Eufrasia? ‑preguntó el abuelo, asustado.
‑Soy
yo ‑respondió Cosette.
‑¡Seiscientos
mil francos! ‑exclamó el señor Gillenormand.
‑Menos
catorce o quince mil quizá ‑dijo Jean Valjean.
Y
colocó en la mesa el paquete. Lo abrió; era un legajo de billetes de banco.
Los contó, y había en total quinientos ochenta y cuatro mil francos.
‑¡Miren
ese diablo de Marius que ha ido a tropezar en la región de los sueños con una
millonaria! Ni Rothschild.
En
cuanto a Marius y Cosette, no hacían más que mirarse, prestando apenas atención
a aquel incidente.
Jean
Valjean después del caso Champmathieu pudo, gracias a su primera evasión, ir a
París y retirar de Casa Laffitte la suma que tenía depositada a nombre del
señor Magdalena. Temiendo ser apresado de nuevo, escondió el dinero en el
bosque de Montfermeil dentro de un pequeño cofre de madera. Junto a los
billetes puso su otro tesoro, los candelabros del obispo. Fue en esa ocasión
cuando lo vio Boulatruelle por primera vez. Cada vez que necesitaba dinero,
venía Jean Valjean al bosque.
Cuando
supo que Marius comenzaba a convalecer, pensó que había llegado la hora en
que aquel dinero sería de utilidad, y fue a buscarlo. Fue la segunda y última
vez que lo vio Boulatruelle.
De
los seiscientos mil francos originales, Jean Valjean había retirado cinco mil
francos, que fue lo que costó la educación de Cosette, más quinientos
francos para sus gastos personales.
Los
dos ancianos procuran labrar, cada uno a su manera, la felicidad de Cosette
Jean
Valjean sabía que nada tenía ya que temer de Javert. Había oído contar, y lo
vio confirmado en el Monitor, el caso de un inspector de policía, llamado
Javert, al que encontraron ahogado debajo de un lanchón, entre el
Pont‑du‑Change y el Puente Nuevo. Un escrito que había dejado el
tal inspector, hombre por otra parte irreprochable y apreciadísimo de sus
jefes, inducía a creer en un acceso de enajenación mental como causa inmediata
del suicidio.
‑En
efecto ‑pensó Jean Valjean‑ debía estar loco cuando, a pesar de
tenerme en su poder, me dejó ir libre.
Se
dispuso todo para el casamiento, que se fijó para el mes de febrero. Corría el
mes de diciembre.
Cosette
y Marius habían pasado repentinamente del sepulcro al paraíso. La transición
había sido tan inesperada que casi les hizo perder el sentido.
‑¿Comprendes
algo de todo esto? ‑preguntaba Marius a Cosette.
‑No
‑respondía Cosette‑; pero me parece que Dios nos está mirando.
Jean
Valjean concilió y facilitó todo, apresurando la dicha de Cosette con tanta
solicitud y alegría, a lo menos en la apariencia, como la joven misma.
La
circunstancia de haber sido alcalde le ayudó a resolver un problema delicado,
cuyo secreto le pertenecía a él sólo: el estado civil de Cosette. Supo
allanar todas las dificultades, dando a Cosette una familia de personas ya
difuntas, lo cual era el mejor medio de evitar problemas. Cosette era el último
vástago de un tronco ya seco; debía el nacimiento, no a él, sino a otro
Fauchelevent, hermano suyo.
Los
dos hermanos habían sido jardineros en el convento del Pequeño Picpus. Las
buenas monjas dieron excelentes informes. Poco aptas y sin inclinación a
sondear las cuestiones de paternidad, no supieron nunca fijamente de cuál de
los dos Fauchelevent era hija Cosette. Se extendió un acta y Cosette fue,
ante la ley, la señorita Eufrasia Fauchelevent, huérfana de padre y madre.
En
cuanto a los quinientos ochenta y cuatro mil francos, era un legado hecho a
Cosette por una persona, ya difunta, y que deseaba permanecer desconocida.
Había
esparcidas acá y allá algunas singularidades; pero se hizo la vista gorda.
Uno
de los interesados tenía los ojos vendados por el amor y los demás por los
seiscientos mil francos.
Cosette
supo que no era hija de aquel anciano, a quien había llamado padre tanto
tiempo. En otra ocasión esto la habría lastimado, pero en aquellos momentos
supremos de inefable felicidad, fue apenas una sombra, una nubecilla, que el
exceso de alegría disipó pronto. Tenía a Marius. Al mismo tiempo de
desvanecerse para ella la personalidad del anciano, surgía la del joven. Así
es la vida.
Continuó,
sin embargo, llamando padre a Jean Valjean.
Se
dispuso que los esposos habitaran en casa del abuelo. El señor Gillenormand
quiso cederles su cuarto por ser el más hermoso de la casa.
‑Esto
me rejuvenecerá ‑decía‑. Es un antiguo proyecto. Había tenido
siempre la idea de cónvertir mi cuarto en cámara nupcial.
Su
biblioteca se transformó en despacho de abogado para Marius.
Los
enamorados se veían diariamente, pues Cosette iba a casa de Marius con su
padre.
Pontmercy
y el señor Fauchelevent no se hablaban. Parecía algo convenido.
Al
discutir sobre política, aunque vagamente y sin determinar nada, en el tema del
mejoramiento general de la suerte de todos llegaban a decirse algo más que sí
y no.
Una
vez, con motivo de la enseñanza, que Marius quería que fuese gratuita y
obligatoria, prodigada a todos como el aire y el sol, en una palabra,
respirable al pueblo entero, fueron de la misma opinión, y casi entraron en
conversación. Marius notó entonces que el señor Fauchelevent hablaba bien, y
hasta con cierta elevación de lenguaje. Le faltaba, sin embargo, un no se
sabe qué. El señor Fauchelevent tenía algo de menos que el hombre de mundo, y
algo de más.
Marius,
interiormente y en el fondo de su pensamiento, se hacía todo género de
preguntas mudas. Se preguntaba si estaba bien seguro de haber visto al señor
Fauchelevent en la barricada, y hasta si existió el motín.
A
veces sentía el humo de la barricada, veía de nuevo caer a Mabeuf, oía a
Gavroche cantar bajo la metralla, sentía en sus labios el frío de la frente de
Eponina, vislumbraba las sombras de todos sus amigos. Aquellos seres queridos,
impregnados de dolor, valientes, ¿eran creaciones de su fantasía? ¿Existieron
realmente? ¿Dónde estaban, pues, ahora? ¿Habían muerto, sin quedar uno
solo?
La
dicha no consiguió borrar en el espíritu de Marius otras preocupaciones.
Mientras
llegaba la época fijada, se dedicó a hacer escrupulosas indagaciones
retrospectivas. Tenía deudas de gratitud con dos personas, tanto en nombre de
su padre como en el suyo propio. Una era con Thenardier, y la otra con el desconocido
que lo llevó a casa de su abuelo.
Deseaba
encontrar a estos dos hombres, pues no podía conciliar la idea de su felicidad
con la de olvidarlos, pareciéndole que esas deudas de gratitud no pagadas
ensombrecerían su vida futura.
El
que Thenardier fuese un infame no impedía que hubiera salvado al coronel
Pontmercy. Thenardier era un bandido para todos excepto para Marius, que
ignoraba la verdadera escena del campo de batalla de Waterloo y no sabía, por
lo tanto que su padre, aunque debía la vida a Thenardier, no le debía, en
atención a las circunstancias particulares de aquel hecho, ninguna gratitud.
Pero
no logró descubrir la pista de Thenardier. Sólo averiguó que su mujer había
muerto en la cárcel durante el proceso. Thenardier y su hija Azelma, únicos
personajes que quedaban de aquel deplorable grupo, habían desaparecido de nuevo
en las tinieblas.
En
cuanto al individuo que había salvado a Marius, las indagaciones llegaron hasta
el carruaje
que
lo trajera a casa de su abuelo, la noche del 6 de junio. El cochero contó su
historia con el policía, la captura del hombre que salió de la cloaca con el
herido a cuestas, la llegada a la calle de las Hijas del Calvario, y finalmente
el momento en que el policía lo despachó y se llevó al otro individuo.
Marius
sólo recordaba haber perdido el conocimiento cuando una mano lo cogió al
momento de caer al suelo, y luego despertó en casa del abuelo. Se perdía en
conjeturas. ¿Cómo, si cayó en la calle de la Chanvrerie el policía lo recogió
en el puente de los Inválidos? Alguien lo había trasladado desde el barrio del
Mercado a los Campos Elíseos a través de la cloaca. ¡Inaudita abnegación!
¿Y quién era ese alguien? ¿Habría muerto? ¿Qué clase de hombre era? Nadie
podía decirlo. El cochero se limitaba a responder que la noche estaba muy
oscura; Vasco y Nicolasa, en su azoramiento, habían mirado sólo al señorito
cubierto de sangre.
Esperando
que lo ayudarían en sus investigaciones, conservó Marius la ropa
ensangrentada que tenía puesta esa noche. Al examinar la levita, notó que a
uno de los faldones le faltaba un pedazo.
Una
tarde hablaba Marius delante de Cosette y de Jean Valjean de esta singular
aventura y de la inutilidad de sus esfuerzos. Le molestó el rostro frío del señor
Fauchelevent, y exclamó con una vivacidad que casi tenía la vibración de la cólera:
‑Sí,
ese hombre, quienquiera que sea, ha sido sublime. ¿Sabéis qué hizo? Se arrojó
en medio del combate, me sacó de allí, abrió la alcantarilla, bajó a ella
conmigo. Tuvo que andar más de legua y media por horribles galerías subterráneas,
encorvado en medio de las tinieblas, a través de las cloacas. ¿Y con qué
objeto? Sin otro objeto que salvar un cadáver. Y el cadáver era yo. Sin duda
pensó: quizás en ese miserable haya todavía un resto de vida y para salvar
esa pobre chispa voy a aventurar mi existencia. ¡Y no la arriesgó una vez,
sino veinte! Cada paso era un peligro. La prueba es que lo prendieron al salir
de la cloaca. ¿Sabéis que ese hombre hizo todo esto sin esperar ninguna
recompensa? ¿Qué era yo? Un insurrecto, un vencido. ¡Oh!, si los seiscientos
mil francos de Cosette fuesen míos...
‑Son
vuestros ‑interrumpió Jean Valjean.
‑Pues
bien ‑continuó Marius‑, los daría por encontrar a ese hombre.
Jean
Valjean guardó silencio.