LOS MISERABLES
QUINTA
PARTE
Jean Valjean
LIBRO
SEGUNDO
El
intestino de Leviatán
I
París
arroja anualmente veinticinco millones al agua. Y no hablamos en estilo metafórico.
¿Cómo y de qué manera? Día y noche. ¿Con qué objeto? Con ninguno ¿Con qué
idea? Sin pensar en ello. ¿Para qué? Para nada. ¿Por medio de qué órgano?
Por medio de su intestino. ¿Y cuál es su intestino? La cloaca.
París
tiene debajo de sí otro París. Un París de alcantarillas; con sus calles,
encrucijadas, plazas, callejuelas sin salida; con sus arterias y su circulación,
llenas de fango.
La
historia de las ciudades se refleja en sus cloacas. La de París ha sido algo
formidable. Ha sido sepulcro, ha sido asilo. El crimen, la inteligencia, la
protesta social, la libertad de conciencia, el pensamiento, el robo, todo lo
que las leyes humanas persiguen, se ha ocultado en ese hoyo. Hasta ha sido
sucursal de la Corte de los Milagros.
Ya
en la Edad Media era asunto de leyendas, como cuando se desbordaba, como si
montase de repente en cólera, y dejaba en París su sabor a fango, a pestes, a
ratones.
Hoy
es limpia, fría, correcta. No le queda nada de su primitiva ferocidad. Sin
embargo, no hay que fiarse demasiado. Las miasmas la habitan aún y exhala
siempre cierto olorcillo vago y sospechoso.
El
suelo subterráneo de París no tiene más boquetes y pasillos que el pedazo de
tierra de seis leguas de circuito donde descansa la antigua gran ciudad. Sin
hablar de las catacumbas, que son una bóveda aparte; sin hablar del confuso
enverjado de las cañerías del gas; sin contar el vasto sistema de tubos que
distribuyen el agua a las fuentes públicas, las alcantarillas por sí solas
forman en las dos riberas una prodigiosa red subterránea; un laberinto cuyo
hilo es la pendiente.
La
construcción de la cloaca de París no ha sido una obra insignificante. Los últimos
diez siglos han trabajado en ella sin poder terminarla como tampoco han podido
terminar París. La cloaca sigue paso a paso el desarrollo de París.
Jean
Valjean se encontraba en la cloaca de París.
En
un abrir y cerrar de ojos había pasado de la luz a las tinieblas, del mediodía
a la medianoche, del ruido al silencio, del torbellino a la quietud de la
tumba, y del mayor peligro a la seguridad absoluta.
Qué
instante tan extraño aquel cuando cambió la calle donde en todos lados veía
la muerte, por una especie de sepulcro donde debía encontrar la vida. Permaneció
algunos segundos como aturdido, escuchando, estupefacto. Se había abierto de improviso
ante sus pies la trampa de salvación que la bondad divina le ofreció en el
momento crucial.
Entretanto,
el herido no se movía y Jean Valjean ignoraba si lo que llevaba consigo a
aquella fosa era un vivo o un muerto.
Su
primera sensación fue la de que estaba ciego. Repentinamente se dio cuenta de
que no veía nada. Le pareció también que en un segundo se había quedado
sordo. No oía el menor ruido. El huracán frenético de sangre y de venganza
que se desencadenaba a algunos pasos de allí llegaba a él, gracias al espesor
de la tierra que lo separaba del teatro de los acontecimientos, apagado y
confuso, como un rumor en una profundidad. Lo único que supo fue que pisaba en
suelo sólido, y le bastó con eso. Extendió un brazo, luego otro, y tocó la
pared a ambos lados, de donde infirió que el pasillo era estrecho. Resbaló, y
dedujo que la baldosa estaba mojada. Adelantó un pie con precaución,
temiendo encontrar un agujero, un pozo perdido, algún precipicio, y así se
cercioró de que el embaldosado se prolongaba. Una bocanada de aire fétido le
indicó cuál era su mansión actual.
Al
cabo de algunos instantes empezó a ver. Un poco de luz caía del respiradero
por donde había entrado, y ya su mirada se había acostumbrado a la cueva.
Calculó
que los soldados bien podían ver también la reja que él descubriera debajo
de los adoquines. No había que perder un minuto. Recogió a Marius del suelo,
se lo echó a cuestas, y se puso en marcha, penetrando resueltamente en aquella
oscuridad.
La
verdad es que estaban menos a salvo de lo que Jean Valjean creía. ¿Cómo
orientarse en aquel negro laberinto? El hilo de este laberinto, es la pendiente;
siguiéndola se va al río. Jean Valjean lo comprendió de inmediato. Pensó que
estaba probablemente en la cloaca del Mercado; que si tomaba a la izquierda y seguía
la pendiente llegaría antes de un cuarto de hora a alguna boca junto al Sena;
es decir, que aparecería en pleno día en el punto más concurrido de París.
Los transeúntes al ver salir del suelo, bajo sus pies, a dos hombres
ensangrentados, se asustarían; acudirían los soldados y antes de estar fuera
se les habría ya echado mano. Era preferible internarse en el laberinto, fiarse
de la oscuridad, y encomendarse a la Providencia en lo que respecta a la salida.
Subió
la pendiente y tomó a la derecha. Cuando hubo doblado la esquina de la galería,
la lejana claridad del respiradero desapareció, la cortina de tinieblas volvió
a caer ante él, y de nuevo quedó ciego. No obstante, poco a poco, sea que
otros respiraderos lejanos enviaran alguna luz, sea que sus ojos se
acostumbraran a la oscuridad, empezó a entrever confusamente, tanto la pared
que tocaba como la bóveda por debajo de la cual pasaba.
La
pupila se dilata en las tinieblas, y concluye por percibir claridad, del mismo
modo que el alma se dilata en la desgracia, y termina por encontrar en ella a
Dios.
Era
difícil dirigir el rumbo. Estaba obligado a encontrar y casi a inventar su
camino sin verlo. En ese paraje desconocido cada paso que daba podía ser el último
de su vida. ¿Cómo salir? ¿Morirían allí, Marius de hemorragia, y él de
hambre? A ninguna de estas preguntas sabía qué responder.
De
repente, cuando menos lo esperaba, y sin haber cesado de caminar en línea
recta, notó que ya no subía; el agua del arroyo le golpeaba en los talones y
no en la punta de los pies. La alcantarilla bajaba ahora. ¿Por qué? ¿Iría
a llegar de improviso al Sena? Este peligro era grande pero era mayor el de
retroceder. Siguió avanzando.
No
se dirigía al Sena. La curva que hace el suelo de París en la ribera derecha
vacía una de sus vertientes en el Sena y la otra en la gran cloaca. Hacia allá
se dirigía Jean Valjean; estaba en el buen camino, pero no lo sabía.
De
repente oyó sobre su cabeza el ruido de un trueno lejano, pero continuo. Eran
los carruajes que rodaban.
Según
sus cálculos, hacía media hora poco más o menos que caminaba, y no había
pensado aún en descansar, contentándose con mudar la mano que sostenía a
Marius. La oscuridad era más profunda que nunca; pero esta oscuridad lo tranquilizaba.
De
súbito vio su sombra delante de sí. Destacábase sobre un rojo claro que teñía
vagamente el piso y la bóveda, y que resbalaba, a derecha e izquierda, por las
dos paredes viscosas del corredor. Se volvió lleno de asombro.
Detrás
de él, en la parte del pasillo que acababa de dejar y a una distancia que le
pareció inmensa, resplandecía rasgando las tinieblas una especie de astro
horrible que parecía mirarlo. Era el lúgubre farol de la policía que alumbraba
la cloaca.
Detrás
del farol se movían confusamente ocho o diez formas, formas negras, rectas,
vagas y terribles.
Y
es que ese 6 de junio se dispuso una batida de la alcantarilla porque se temía
que los vencidos se refugiaran en ella. Los policías estaban armados de
carabinas, garrotes, espadas y puñales. Lo que en aquel momento reflejaba la
luz sobre Jean Valjean era la linterna de la ronda del sector. Habían escuchado
un ruido y registraban el callejón.
Fue
un minuto de indecible angustia.
Felizmente,
aunque él veía bien la linterna, ésta le veía a él mal, pues estaba muy
lejos y confundido en el fondo oscuro del subterráneo. Se pegó a la pared, y
se detuvo. El ruido cesó. Los hombres de la ronda escuchaban y no oían;
miraban y no veían. El sargento dio la orden de torcer a la izquierda y
dirigirse a la vertiente del Sena.
El
silencio volvió a ser profundo, la oscuridad completa, la ceguedad y la sordera
se posesionaron otra vez de las tinieblas, y Jean Valjean, sin osar moverse,
permaneció largo rato contra la pared, con el oído atento, la pupila
dilatada, mirando alejarse esa patrulla de fantasmas.
Preciso
es hacer a la policía de aquel tiempo la justicia de decir que, aun en las
circunstancias públicas más graves, cumplía imperturbablemente su deber de
inspección y vigilancia. Un motín no era a sus ojos un pretexto para aflojar
la rienda a los malhechores.
Era
lo que sucedía por la tarde del 6 de junio a orillas del Sena, en la ribera
izquierda, un poco más allá del puente de los Inválidos.
Dos
hombres, separados por cierta distancia, parecían observarse, evitándose
mutuamente. A medida que el que iba delante procuraba alejarse, se empeñaba el
que iba detrás en vigilarlo más de cerca. El que iba delante era un ser de
mal talante, harapiento, encorvado a inquieto, que tiritaba bajo una blusa
remendada. Se sentía el más débil y evitaba al que iba detrás; en sus ojos
había la sombría hostilidad de la huida y toda la amenaza del miedo. El otro
era un personaje clásico y oficial, con el uniforme de la autoridad abrochado
hasta el cuello.
El
lector conocería quizá a estos dos hombres si los viera más de cerca.
¿Qué
fin se proponía el último? Probablemente suministrar al primero ropa de abrigo.
Cuando
un hombre vestido por el Estado persigue a otro hombre andrajoso, es con el
objeto de convertirlo en hombre vestido también por el Estado.
Si
el de atrás permitía al otro ir adelante y no se apoderaba de él aún era,
según las apariencias, con la esperanza de verlo dirigirse a alguna cita
importante con algún grupo que fuese buena presa. El hombre del uniforme,
divisando un coche de alquiler que iba vacío, indicó algo al cochero. Este
comprendió y conociendo evidentemente con quién se las había, cambió de
dirección, y se puso a seguir desde lo alto del muelle a aquellos dos hombres.
De esto no se impuso el personaje de mala traza que caminaba delante.
Era
de suponer que el hombre andrajoso subiría por la rampa a fin de intentar
evadirse en los Campos Elíseos. Pero con gran sorpresa del que le seguía, no
tomó por la rampa sino que continuó avanzando por la orilla, junto al muelle.
Evidentemente
su posición se iba poniendo muy crítica. ¿Qué haría, a menos que se
arrojara al Sena?
El
hombre perseguido llegó a un montículo de escombros de una construcción y se
perdió tras él. El uniformado aprovechó el momento en que ni veía ni era
visto, y, dejando a un lado todo disimulo, se puso a caminar con rapidez. Pronto
dio la vuelta al montículo, deteniéndose en seguida asombrado. El hombre a
quien perseguía no estaba allí. Eclipse total del harapiento.
El
fugitivo no hubiera podido arrojarse al Sena, ni escalar el muelle sin que lo
viera su perseguidor. ¿Qué se había hecho? Caminó hasta el extremo de la
ribera y permaneció allí un momento, pensativo, con los puños apretados, y
registrándolo todo con los ojos. De pronto percibió, en el punto donde
concluía la tierra y empezaba el agua, una reja de hierro, gruesa y baja,
provista de una enorme cerradura y de tres goznes macizos. Aquella reja,
especie de puerta en la parte inferior del muelle, daba al río. Por debajo
pasaba un arroyo negruzco que iba a desaguar en el Sena. Al otro lado de los
pesados y mohosos barrotes se distinguía una especie de corredor abovedado y
oscuro.
El
hombre cruzó los brazos, y miró la reja con el aire de una persona que se echa
en cara algo. Como no bastaba mirar, trató de empujarla, la sacudió, y la reja
resistió tenazmente. Era probable que acabaran de abrirla y no había duda de
que la habían vuelto a cerrar, lo que probaba que la persona que la abrió no
lo hizo con una ganzúa, sino con una llave.
‑¡Esto
ya es el colmo! ¡Una llave del gobierno! ‑exclamó.
Esperando
ver salir al de la blusa o entrar a otros, se puso en acecho detrás del montón
de escombros, con la paciente rabia del perro de presa.
Por
su parte, el carruaje de alquiler, que seguía todos sus movimientos, se
detuvo junto al parapeto. El cochero, previendo que la espera no sería corta,
se bajó y ató el saco de avena al hocico de sus caballos.
Jean
Valjean emprendió de nuevo su marcha, y ya no volvió a detenerse.
Era
una marcha que se hacía cada vez más difícil. Muchas veces se veía obligado
a caminar encorvado, por miedo a que Marius se golpeara contra la bóveda; iba
siempre tocando la pared.
Tenía
hambre y sed; sed sobre todo; se sentía cansado y a medida que perdía vigor,
aumentaba el peso de la carga. Marius, muerto quizá, pesaba como pesan los
cuerpos inertes. Las ratas se deslizaban por entre sus piernas. Una se asustó
hasta el punto de querer morderlo.
De
tanto en tanto, llegaban hasta él ráfagas de aire fresco procedentes de las
bocas de la cloaca, que le infundían nuevo ánimo.
Podrían
ser las tres de la tarde cuando entró en la alcantarilla del centro. Al
principio le sorprendió aquel ensanche repentino. Se encontró bruscamente en
una galería cuyas dos paredes no tocaba con los brazos extendidos, y bajo una bóveda
mucho más alta que él. Pensó, sin embargo, que la situación era grave y que
necesitaba, a todo trance, llegar al Sena, o lo que equivalía a lo mismo, bajar.
Torció, pues, a la izquierda. Su instinto le guió perfectamente. Bajar era,
en efecto, la única salvación posible.
Se
detuvo un momento. Estaba muy cansado. Un respiradero bastante ancho daba una
luz casi viva. Jean Valjean con la suavidad de un hermano con su hermano herido,
colocó a Marius en la banqueta de la alcantarilla. El rostro ensangrentado del
joven apareció a la luz pálida como si estuviera en el fondo de una tumba. Tenía
los ojos cerrados, los cabellos pegados a las sienes, las manos yertas, la
sangre coagulada en las comisuras de la boca. Puso la mano en su pecho y vio que
el corazón latía aún. Rasgó la camisa, vendó las heridas lo mejor que pudo
y restañó la sangre que corría; después, inclinándose sobre Marius que
continuaba sin conocimiento y casi sin respiración, lo miró con un odio
indecible.
Al
romper la camisa de Marius, encontró en sus bolsillos dos cosas: un pan
guardado desde la víspera, y la cartera del joven. Se comió el pan, y abrió
la cartera. En la primera página vio las líneas escritas por Marius:
"Me llamo Marius Pontmercy. Llevar mi cadáver a casa de mi abuelo, el señor
Gillenormand, calle de las Hijas del Calvario número 6, en el Marais".
Jean
Valjean permaneció un momento como absorto en sí mismo, repitiendo a media voz:
calle de las Hijas del Calvario, número 6, señor Gillenormand. Volvió a
colocar la cartera en el bolsillo de Marius. Había comido y recuperó las
fuerzas. Puso otra vez al joven en sus hombros, apoyó cuidadosamente la cabeza
en su hombro derecho, y continuó bajando por la cloaca.
De
súbito se golpeó contra la pared. Había llegado a un ángulo de la
alcantarilla caminando desesperado y con la cabeza baja. Alzó los ojos y en la
extremidad del subterráneo delante de él, lejos, muy lejos, percibió la
claridad. Esta vez no era la claridad terrible, sino la claridad buena y blanca.
Era el día. Jean Valjean veía la salida.
Un
alma condenada que en medio de las llamas divisara de repente la salida del
infierno, experimentaría lo que él experimentó; recobró sus piernas de
acero y echó a correr.
A
medida que se aproximaba distinguía mejor la salida. Era un arco menos alto que
la bóveda, la cual por grados iba decreciendo, y menos ancho que la galería
que iba estrechándose mientras la bóveda bajaba.
Llegó
a la salida. Allí se detuvo. Era la salida pero no se podía salir. El arco
estaba cerrado con una fuerte reja, y la reja, que al parecer giraba muy pocas
veces sobre sus oxidados goznes, estaba sujeta al dintel de piedra por una
gruesa cerradura llena de herrumbre, que parecía un enorme ladrillo. Se veía
el agujero de la llave y el macizo pestillo profundamente encajado en la chapa
de hierro.
Jean
Valjean colocó a Marius junto a la pared, en la parte seca; se dirigió a la
reja y cogió con sus dos manos los barrotes. El sacudimiento fue frenético,
pero la reja no se movió. Fue probando uno por uno los barrotes para ver si podía
arrancar el menos sólido y convertirlo en palanca para levantar la puerta, o
para romper la cerradura. Ningún barrote cedió. El obstáculo era invencible.
No había manera de abrir la puerta.
No
quedaba más remedio que pudrirse allí. Cuanto había hecho era inútil.
Después de tanto esfuerzo, el fracaso. No tenía fuerzas para rehacer el camino,
y pensó que todos los respiraderos debían estar igualmente cerrados. No había
medio de salir de allí.
Volvió
la espalda a la reja y se dejó caer en el suelo cerca de Marius, que continuaba
inmóvil. Hundió la cabeza entre sus rodillas. Era la última gota de la
amargura.
¿En
qué pensaba en aquel profundo abatimiento? Ni en sí mismo, ni en Marius.
Pensaba en Cosette.
En
medio de tal postración, una mano se apoyó en su hombro y una voz que hablaba
bajo, susurró:
‑Compartamos.
¿Quién
le hablaba en aquel lóbrego sitio? Nada se parece más al sueño que la
desesperación, y Jean Valjean creyó estar soñando. No había oído pasos. ¿Era
sueño o realidad? Levantó los ojos. Un hombre estaba delante de él.
Iba
vestido de blusa y estaba descalzo. Llevaba los zapatos en la mano izquierda
pues, sin duda, se los había quitado para llegar sin ser oído.
Jean
Valjean no vaciló un momento. A pesar de cogerle tan de improviso, reconoció
al hombre. Era Thenardier.
Recobró
al instante toda su presencia de ánimo. La situación no podía empeorar,
pues hay angustias que no tienen aumento posible y ni el mismo Thenardier añadiría
oscuridad a aquella tenebrosa noche.
Thenardier
guiñó los ojos tratando de reconocer al hombre que tenía delante de sí. No
lo consiguió, porque Jean Valjean volvía la espalda a la luz y estaba, además,
tan desfigurado, tan lleno de fango y de sangre, que ni aun en pleno día lo
habría reconocido. Al revés, Jean Valjean no tuvo dudas pues el rostro de
Thenardier estaba alumbrado por la luz de la reja. Esta desigualdad de
posiciones bastaba para dar alguna ventaja a Jean Valjean en el misterioso duelo
que iba a comenzar.
El
encuentro era entre Jean Valjean con máscara, y Thenardier sin ella. Jean
Valjean advirtió inmediatamente que Thenardier no lo reconocía. Thenardier
habló primero.
‑¿Cómo
pretendes salir?
Jean
Valjean no contestó.
Thenardier
continuó:
‑Es
imposible abrir la puerta, y, sin embargo, tienes que marcharte.
‑Cierto.
‑Pues
bien, compartamos las ganancias.
‑¿Qué
quieres decir?
‑Has
matado a ese hombre, es indudable. Yo tengo la llave.
Thenardier
indicaba con el dedo a Marius.
‑No
lo conozco ‑prosiguió‑, pero quiero ayudarte. Debes ser un
camarada.
Jean
Valjean empezó a comprender. Thenardier lo tomaba por un asesino.
‑Escucha
volvió a decir Thenardier‑. No habrás matado a ese hombre sin mirar lo
que tenía en el bolsillo. Dame la mitad y lo abro la puerta.
Sacando
entonces a medias una enorme llave de debajo de su agujereada blusa, añadió:
‑¿Quieres
ver lo que ha de proporcionarte la salida? Mira.
Jean
Valjean quedó atónito, no atreviéndose a creer en la realidad de lo que veía.
Era la providencia en formas horribles; era el ángel bueno que surgía ante
él bajo la forma de Thenardier. Este sacó de un bolsillo una cuerda, y se la
pasó a Jean Valjean.
-Toma
‑dijo‑, lo doy además la cuerda.
‑¿Para
qué?
‑También
necesitas una piedra; pero afuera la hallarás. Junto a la reja las hay de sobra.
‑¿Y
para qué necesito esa piedra?
‑Imbécil,
si arrojas el cadáver al río sin atarle una piedra al pescuezo, flotaría
sobre el agua.
Jean
Valjean tomó maquinalmente la cuerda, como cualquiera habría hecho en su caso.
Después
de una breve pausa, Thenardier añadió:
‑Porque
no vea lo cara ni conozca lo nombre, no lo figures que ignoro lo que eres y lo
que quieres. Pero lo voy a ayudar. ¡Aunque eres un imbécil! ¿Por qué no lo
arrojaste en el fango?
Jean
Valjean no despegó los labios.
‑Bien
puede ser que actuaras cuerdamente ‑añadió Thenardier, pensativo‑;
porque mañana los obreros habrían tropezado con el cadáver a hilo por hilo,
hebra por hebra, quizá llegaran hasta ti. La policía tiene talento. La cloaca
es desleal y denuncia, mientras que el río es la verdadera sepultura. Al cabo
de un mes se pesca al hombre con las redes en Saint‑Cloud. ¿Y qué
importa? Está hecho un desastre. .¿Quién lo mató? París. Y ni siquiera
interviene la justicia. Has obrado a las mil maravillas.
Cuanto
más locuaz era Thenardier, más mudo se volvía Jean Valjean.
‑Terminemos
nuestro asunto. Partamos el botín. Has visto mi llave; muéstrame lo dinero.
Thenardier
tenía la mirada extraviada, feroz, amenazante, y sin embargo el tono era
amistoso. Aunque sin afectar misterio, hablaba bajo. No era fácil adivinar la
causa. Se encontraban solos y Jean Valjean supuso que tal vez habría más bandidos
ocultos en algún rincón, no muy lejos, y que Thenardier no querría repartir
el botín con ellos.
‑Acabemos
‑repitió Thenardier‑, ¿cuánto tenía ese tipo en los bolsillos?
Jean
Valjean metió la mano en los suyos. Tenía la costumbre de llevarlos siempre
bien provistos; esta vez, sin embargo, sólo tenía unas cuantas monedas en el
bolsillo del chaleco lleno de fango. Las desparramó sobre el suelo, y eran un
luis de oro, dos napoleones y cinco o seis sueldos.
‑Lo
has matado casi por las gracias ‑dijo Thenardier.
Y
se puso a registrar con toda familiaridad los bolsillos de Jean Valjean y los de
Marius. Jean Valjean, preocupado principalmente en que no le diera la claridad
en el rostro, lo dejaba hacer. Al examinar la ropa de Marius, Thenardier, con la
destreza de un escamoteador, halló medio de arrancar, sin que Jean Valjean lo
notara, un pedazo de tela, y ocultarlo debajo de la blusa calculando, sin duda,
que podría servirle algún día para saber quiénes eran el hombre asesinado y
el asesino.
En
cuanto al dinero, no encontró más.
‑Es
verdad ‑dijo‑, eso es todo.
Y,
olvidándose de la idea de compartir, se lo guardó todo. En seguida sacó otra
vez la llave.
-Ahora,
amigo mío, tienes que salir. Aquí como en la feria, se paga a la salida. Has
pagado, sal.
Y
se echó a reír.
Que
al proporcionar a un desconocido el auxilio de aquella llave y al abrirle la
reja, le guiase la intención pura y desinteresada de salvar a un asesino, hay
más de un motivo para dudarlo.
Jean
Valjean, con la ayuda de Thenardier, colocó de nuevo a Marius sobre sus hombros.
Thenardier se dirigió entonces a la reja con sigilo, indicando a Jean Valjean
que lo siguiera; miró hacia afuera, se puso el dedo en la boca y permaneció
algunos segundos como escuchando. Satisfecho de lo que oyera, introdujo la llave
en la cerradura.
Entreabrió
la puerta lo suficiente para que saliera Jean Valjean, volvió a cerrar, dio
dos vueltas a la llave en la cerradura y se hundió otra vez en las tinieblas,
sin hacer el menor ruido. Un segundo después, esta providencia de mala catadura
se diluía en lo invisible.
Jean
Valjean se encontró al aire libre.
Colocó
a Marius en la ribera del Sena.
¡Estaban
afuera!
Detrás
quedaban las miasmas, la oscuridad, el horror; los inundaba ahora el aire puro,
impregnado de alegría. La hora del crepúsculo había pasado, y se acercaba
a toda prisa la noche, libertadora y amiga de cuantos necesitan un manto de
sombra para salir de alguna angustiosa situación.
Durante
algunos segundos se sintió Jean Valjean vencido por aquella serenidad augusta y
grata. Hay ciertos minutos de olvido en que el padecimiento cesa de oprimir al
miserable; en que la paz, cual si fuera la noche, cubre al soñador. Después,
como si el sentimiento del deber lo despertara, se inclinó hacia Marius, y
cogiendo agua en el hueco de la mano, le salpicó el rostro con algunas gotas.
Los párpados de Marius no se movieron, y, sin embargo, su boca entreabierta
respiraba.
Iba
a introducir de nuevo la mano en el río, cuando tuvo la sensación de que detrás
suyo había alguien. Desde hacía poco, había, en efecto, una persona detrás
de él.
Era
un hombre de elevada estatura, envuelto en una levita larga, y que llevaba en la
mano derecha un garrote con puño de plomo. Estaba de pie, a muy corta distancia.
Jean
Valjean reconoció a Javert.
Javert,
después de su inesperada salida de la barricada, se dirigió a la prefectura de
policía, dio cuenta de todo verbalmente al prefecto en persona, y continuó
luego su servicio que implicaba, según la nota que se le encontró en Corinto,
una inspección de la orilla derecha del Sena, la cual hacía tiempo que
despertaba la atención de la policía. Allí había visto a Thenardier, y se
puso a seguirlo.
Se
comprenderá también que el abrir tan obsequiosamente aquella reja a Jean
Valjean, fue una hábil perfidia de Thenardier, que sabía que allí estaba
Javert. El hombre espiado tiene un olfato que no lo engaña. Era preciso arrojar
algo que roer a aquel sabueso. Un . asesino, ¡qué hallazgo! Thenardier,
haciendo salir en su lugar a Jean Valjean, proporcionaba una presa a la policía,
que así desistiría de perseguirlo y lo olvidaría ante un asunto de mayor
importancia; ganaba dinero y quedaba libre el camino para él.
Javert
no reconoció a Jean Valjean, que estaba desfigurado.
¿Quién
sois? ‑preguntó con voz seca y tranquila.
‑Yo.
‑¿Quién?
Jean
Valjean.
Javert
colocó en los hombros de Jean Valjean sus dos robustas manos, que se encajaron
allí como si fuesen dos tornillos, lo examinó y lo reconoció. Casi se tocaban
sus rostros. La mirada de Javert era terrible.
Jean
Valjean permaneció inerte bajo la presión de Javert, como un león que
admitiera la garra de un lince.
‑Inspector
Javert ‑dijo‑ estoy en vuestras manos. Por otra parte, desde esta
mañana me juzgo prisionero vuestro. No os he dado las señas de mi casa para
tratar luego de evadirme. Detenedme. Sólo os pido una cosa.
Javert
parecía no escuchar. Tenía clavadas en Jean Valjean sus pupilas, en una
meditación feroz. Por fin, lo soltó, se levantó de golpe, cogió de nuevo el
garrote, y, como en un sueño, murmuró, más bien que pronunció esta pregunta:
‑¿Qué
hacéis ahí? ¿Quién es ese hombre?
Seguía
sin tutear ya a Jean Valjean.
Jean
Valjean contestó, y el tono de su voz pareció despertar a Javert.
‑De
él quería hablaros. Haced de mí lo que os plazca, pero antes ayudadme a
llevarlo a su casa. Es todo lo que os pido.
El
rostro de Javert se contrajo, como le sucedía siempre que alguien parecía
creerle capaz de una concesión. Sin embargo, no respondió negativamente.
Sacó
del bolsillo un pañuelo que humedeció en el agua, y limpió la frente
ensangrentada de Marius.
‑Este
hombre estaba en la barricada ‑dijo a media voz y como hablando consigo
mismo‑. Es el que llamaban Marius.
Cogió
la mano de Marius y le tomó el pulso.
‑Está
herido ‑dijo Jean Valjean.
‑Está
muerto ‑dijo Javert.
‑No
todavía...
‑¿Lo
habéis traído aquí desde la barricada?
Jean
Valjean no respondió. Parecía no tener más que un solo pensamiento.
-Vive
‑dijo‑ en la calle de las Hijas del Calvario, en casa de su abuelo...
No me acuerdo cómo se llama.
Sacó
la cartera de Marius, la abrió en la página escrita y se la mostró a Javert.
Este
leyó las pocas líneas escritas por Marius, y dijo entre dientes: Gillenormand,
calle de las Hijas del Calvario, número 6.
Luego
gritó:
‑¡Cochero!
Y
se guardó la cartera de Marius.
Un
momento después, el carruaje estaba en la ribera. Marius fue colocado en el
asiento del fondo, y Javert y Jean Valjean ocuparon el asiento delantero.
A
cada vaivén del carruaje una gota de sangre caía de los cabellos de Marius.
Era
noche cerrada cuando llegaron al número 6 de la calle de las Hijas del Calvario.
Javert
fue el primero que bajó, y después de cerciorarse de que aquella era la casa
que buscaba, levantó el pesado aldabón de hierro de la puerta cochera. El
portero apareció bostezando, entre dormido y despierto, con una vela en la mano.
-¿Vive
aquí alguien que se llama Gillenormand? ‑preguntó Javert.
‑Sí,
aquí vive.
‑Le
traemos a su hijo.
‑¡Su
hijo! ‑dijo el portero atónito.
‑Está
muerto. Fue a la barricada y ahí le tenéis.
‑¡A
la barricada! ‑exclamó el portero.
‑Se
dejó matar. Id a despertar a su padre.
El
portero no se movía.
‑¡Id
de una vez!
El
portero se limitó a despertar a Vasco, Vasco despertó a Nicolasa y Nicolasa
despertó a la señorita Gillenormand. En cuanto al abuelo, lo dejaron dormir,
pensando que sabría demasiado pronto la desgracia.
Mientras
subían a Marius al primer piso, Jean Valjean sintió que Javert le tocaba el
hombro. Comprendió, y salió seguido del inspector de policía.
Subieron
al carruaje, y el cochero ocupó su asiénto.
‑Inspector
Javert ‑dijo Jean Valjean‑, concededme otra cosa.
‑¿Cuál?
‑preguntó con dureza Javert.
‑Dejad
que entre un instante en mi casa. Después haréis de mí lo que os acomode.
Javert
permaneció algunos segundos en silencio, con la barba hundida en el cuello de
su abrigo; luego corrió el cristal delantero, y dijo:
‑Cochero,
calle del Hombre Armado, número siete.
No
volvieron a despegar los labios en todo el camino.
¿Qué
quería Jean Valjean? Acabar lo que había principiado; advertir a Cosette;
decirle dónde estaba Marius, darle quizá alguna otra indicación útil,
tomar, si podia, ciertas disposiciones supremas. En cuanto a él, en cuanto a lo
que le concernía personalmente, era asunto concluido; Javert lo había
capturado y no se resistía.
A
la entrada de la calle del Hombre Armado, el coche se detuvo; Javert y Jean
Valjean descendieron. Javert despidió al carruaje. Jean Valjean supuso que la
intención de Javert era conducirle a pie al cuerpo de guardia. Se internaron en
la calle, que, como de costumbre, se hallaba desierta. Llegaron al número 7;
Jean Valjean llamó y se abrió la puerta.
‑Está
bien ‑dijo Javert‑; subid.
Y
añadió con extraña expresión, y como si le costase esfuerzo hablar así:
‑Os
aguardo.
Jean
Valjean miró a Javert. Aquel modo de obrar desdecía los hábitos del inspector
de policía; pero, resuelto como se mostraba a entregarse y acabar de una vez,
no debía sorprenderle mucho que Javert tuviese en aquel caso cierta confianza
altiva, la confianza del gato que concede al ratón una libertad de la longitud
de su garra.
Subió
al primer piso. Una vez allí, hizo una corta pausa. Todas las vías dolorosas
tienen sus estaciones. La ventana de la escalera, que era de una sola pieza,
estaba corrida. Como en muchas casas antiguas, la escalera tenía vista a la
calle. El farol situado enfrente de la casa número 7, comunicaba alguna
claridad a los escalones, lo que equivalía a un ahorro de alumbrado.
Jean
Valjean, sea para respirar, sea maquinalmente, sacó la cabeza por la ventana
y miró la calle, que es corta y bien iluminada. Quedó atónito: no se veía
a nadie.
Javert
se había marchado.
Marius
seguía inmóvil en el canapé donde lo habían tendido a su llegada. El médico
estaba ya allí. Lo examinó y, después de cercionarse de que continuaban los
latidos del pulso, de que el joven no tenía en el pecho ninguna herida profunda,
y de que la sangre de los labios provenía de las fosas nasales, lo
hizo
colocar en una cama, sin almohada, con la cabeza a nivel del cuerpo, y aun algo
más baja y el busto desnudo, a fin de facilitar la respiración.
El
cuerpo no había recibido ninguna lesión interior; una bala, amortiguada al dar
en la cartera, se había desviado y al correrse por las costillas, había
abierto una herida de feo aspecto, pero sin profundidad y por consiguiente sin
peligro. El largo paseo subterráneo había acabado de dislocar la clavícula
rota, y esto presentaba serias complicaciones. Tenía los brazos acuchillados;
pero ningún tajo desfiguraba su rostro. Sin embargo, la cabeza estaba cubierta
de heridas. ¿Serían peligrosas estas heridas? ¿Eran superficiales? ¿Llegaban
al cráneo? No se podía decir aún.
El
médico parecía meditar tristemente. De tiempo en tiempo hacía una señal
negativa con la cabeza, como si respondiera a alguna pregunta interior. Estos
misteriosos diálogos del médico consigo mismo son mala señal para el
enfermo. En el momento en que limpiaba el rostro y tocaba apenas con el dedo
los párpados siempre cerrados de Marius, la puerta del fondo se abrió, y
apareció en el umbral una figura alta y pálida. Era el abuelo.
Sorprendido
de ver luz a través de la puerta, se dirigió a tientas hacia el salón.
Vio
la cama y sobre el colchón a aquel joven ensangrentado, blanco como la cera,
con los ojos cerrados, la boca abierta, los labios descoloridos, desnudo hasta
la cintura, lleno de heridas, inmóvil y rodeado de luces.
El
abuelo sintió de los pies a la cabeza un estremecimiento. Se le oyó susurrar:
‑¡Marius!
‑Señor
‑dijo Vasco‑‑, acaban de traer al señorito. Estaba en la
barricada, y...
‑¡Ha
muerto! ‑gritó el anciano con voz terrible‑. ¡Ah, bandido!
Se
torció las manos, prorrumpiendo en una carcajada espantosa.
‑¡Está
muerto! ¡Está muerto! ¡Se ha dejado matar en las barricadas... por odio a mí!,
¡por vengarse de mí! ¡Ah, sanguinario! ¡Ved cómo vuelve a casa de su
abuelo! ¡Miserable de mí! ¡Está muerto!
Se
dirigió a la ventana, abrió las dos hojas como si se ahogara.
‑¡Traspasado,
acuchillado, degollado, exterminado, cortado en trozos, ¿no lo veis? ¡Tunante!
¡Sabía que lo esperaba, que había hecho arreglar su cuarto y colgar a la
cabecera de mi cama su retrato de cuando era niño! ¡Sabía que no tenía más
que volver, y que no he cesado de llamarlo en tantos años, y que todas las
noches me sentaba a la lumbre, con las manos en las rodillas, no sabiendo qué
hacer, y que por él me había convertido en un imbécil! ¡Sabías esto, sabías
que con sólo entrar y decir soy yo, eras el amo y yo lo obedecería, y dispondrías
a lo antojo del bobalicón de lo abuelo! ¡Y lo has ido a las barricadas! ¡Uno
se acuesta y duerme tranquilo, para encontrarse al despertar con que su nieto
está muerto!
Se
volvió al médico y le dijo con calma:
‑Caballero,
os doy las gracias. Estoy tranquilo, soy un hombre; he visto morir a Luis XVI, y
sé sobrellevar las desgracias. Pero, ved como le traen a uno sus hijos a casa.
¡Es abominable! ¡Muerto antes que yo! ¡Y en una barricada! ¡Ah, bandido! No
es posible irritarse contra un muerto. Sería una estupidez. Es un niño a quien
he criado. Yo había entrado ya en años cuando él todavía era pequeñito.
Jugaba en las Tullerías con su carretoncito, y para que los inspectores no gruñeran,
iba yo tapando con mi bastón los agujeros que él hacía en la tierra. Un día
gritó: ¡Abajo Luis XVIII! y se fue. No es culpa mía. Su madre ha muerto. Es
hijo de uno de esos bandidos del Loira; pero los niños no pueden responder de
los crímenes de sus padres. Me acuerdo cuando era así de chiquitito. ¡Qué
trabajo le costaba pronunciar la d! En la dulzura del acento se le hubiera creído
un pájaro. Por la mañana, cuando entraba en mi cuarto, yo solía refunfuñar,
pero su presencia me producía el efecto del sol. No hay defensa contra esos
mocosos. Una vez que os han cogido, ya no os vuelven a soltar. La verdad es que
no había otra cosa más querida para mí que ese niño.
Se
acercó a Marius, que seguía lívido a inmóvil.
‑¡Ah!
¡Desalmado! ¡Clubista! ¡Septembrista! ¡Criminal!
Eran
reconvenciones en voz baja dirigidas por un agonizante a un cadáver.
En
aquel momento abrió Marius lentamente los párpados, y su mirada, velada aún
por el asombro letárgico, se fijó en el señor Gillenormand.
‑¡Marius!
‑gritó el anciano‑. ¡Marius! ¡Hijo de mi alma! ¡Hijo ,adorado!
Abres los ojos, me miras, estás vivo, ¡gracias!
Y
cayó desmayado.