LOS MISERABLES
QUINTA
PARTE
Jean
Valjean
LIBRO
PRIMERO
I
Enjolras
había ido a hacer un reconocimiento, saliendo por la callejuela de Mondetour
y serpenteando a lo largo de las casas. Al regresar, dijo:
‑Todo
el ejército de París está sobre las armas. La tercera parte de este ejército
pesa sobre la barricada que defendéis, y además está la guardia nacional.
Dentro de una hora seréis atacados. En cuanto al pueblo, ayer mostró
efervescencia pero hoy no se mueve. No hay nada que esperar. Estáis abandonados.
Estas
palabras causaron el efecto de la primera gota de la tempestad que cae sobre un
enjambre. Todos quedaron mudos; en el silencio se habría sentido pasar la
muerte. De pronto surgió una voz desde el fondo:
‑Con
o sin auxilio, ¡qué importa! Hagámonos matar aquí hasta el último hombre.
Esas
palabras expresaban el pensamiento de todos y fueron acogidas con entusiastas
aclamaciones.
‑¿Por
qué morir todos? ‑dijo Enjolras‑. Los que tengáis esposas, madres,
hijos, tenéis obligación de. pensar en ellos. Salgan, pues, de las filas
todos los que tengan familia. Tenemos uniformes militares para que podáis
filtraros entre los atacantes.
Nadie
se movió.
‑¡Lo
ordeno! ‑gritó Enjolras.
‑Os
lo ruego ‑dijo Marius.
Para
todos era Enjolras el jefe de la barricada, pero Marius era su salvador.
Empezaron a denunciarse entre ellos.
-Tú
eres padre de familia. Márchate ‑decía un joven a un hombre mayor.
-A
ti es a quien toca irse ‑respondía aquel hombre‑, pues mantienes a
tus dos hermanas.
Se
desató una lucha inaudita, nadie quería que lo dejaran fuera de aquel sepulcro.
‑Designad
vosotros mismos a las personas que hayan de marcharse ‑ordenó Enjolras.
Se
obedeció esta orden. Al cabo de algunos minutos fueron designados cinco por
unanimidad, y salieron de las filas.
‑¡Son
cinco! ‑exclamó Marius.
No
había más que cuatro uniformes.
‑¡Bueno!
‑dijeron los cinco‑, es preciso que se quede uno.
Y
empezó de nuevo la generosa querella. Pero al final eran siempre cinco, y sólo
cuatro uniformes.
En
aquel instante, un quinto uniforme cayó, como si lo arrojaran del cielo, sobre
los otros cuatro. El quinto hombre se había salvado.
Marius
alzó los ojos, y reconoció al señor Fauchelevent. Jean Valjean acababa de
entrar a la barricada. Nadie notó su presencia, pero él había visto y oído
todo; y despojándose silenciosamente de su uniforme de guardia nacional, lo
arrojó junto a los otros.
La
emoción fue indescriptible.
-¿Quién
es ese hombre? ‑preguntó Laigle.
‑Un
hombre que salva a los demás ‑contestó Combeferre.
Marius
añadió con voz sombría:
‑Lo
conozco.
Que
Marius lo conociera les bastó a todos.
Enjolras
se volvió hacia Jean Valjean y le dijo:
‑Bienvenido,
ciudadano.
Y
añadió:
‑Supongo
que sabréis que vamos a morir por la Revolución.
Jean
Valjean, sin responder, ayudó al insurrecto a quien acababa de salvar a
ponerse el uniforme.
Nada
hay más curioso que una barricada que se prepara a recibir el asalto. Cada uno
elige su sitio y su postura.
Como
la víspera por la noche, la atención de todos se dirigía hacia el extremo de
la calle, ahora clara y visible. No aguardaron mucho tiempo. El movimiento empezó
a oírse distintamente aunque no se parecía al del primer ataque. Esta vez el
crujido de las cadenas, el alarmante rumor de una masa, la trepidación del
bronce al saltar sobre el empedrado, anunciaron que se aproximaba alguna
siniestra armazón de hierro.
Apareció
un cañón. Se veía humear la mecha.
‑¡Fuego!
‑gritó Enjolras.
Toda
la barricada hizo fuego, y la detonación fue espantosa. Después de algunos
instantes se disipó la nube, y el cañón y los hombres reaparecieron. Los
artilleros acababan de colocarlo enfrente de la barricada, ante la profunda
ansiedad de los insurgentes. Salió el tiro, y sonó la detonación.
‑¡Presente!
‑gritó una voz alegre.
Y
al mismo tiempo que la bala dio contra la barricada se vio a Gravroche lanzarse
dentro.
El
pilluelo produjo en la barricada más efecto que la bala, que se perdió en los
escombros. Todos rodearon a Gavroche. Pero Marius, nervioso y sin darle tiempo
para contar nada, lo llevó aparte.
‑¿Qué
vienes a hacer aquí?
‑¡Psch!
‑le respondió el pilluelo‑. ¿Y vos?
Y
miró fijamente a Marius con su típico descaro.
‑¿Quién
lo dijo que volvieras? Supongo que habrás entregado mi carta.
No
dejaba de escocerle algo a Gavroche lo pasado con aquella carta; pues con la
prisa de volver a la barricada, más bien que entregarla, lo que hizo fue
deshacerse de ella.
Para
salir del apuro, eligió el medio más sencillo, que fue el de mentir sin
pestañar.
‑Ciudadano,
entregué la carta al portero. La señora dormía, y se la darán en cuanto
despierte.
Marius,
al enviar aquella carta, se había propuesto dos cosas: despedirse de Cosette
y salvar a Gavroche. Tuvo que contentarse con la mitad de lo que quería.
El
envío de su carta y la presencia del señor Fauchelevent en la barricada ofrecían
cierta correlación, que no dejó de presentarse a su mente, y dijo a Gavroche,
mostrándole al anciano:
‑¿Conoces
a ese hombre?
‑No
‑contestó Gavroche.
En
efecto, sólo vio a Jean Valjean de noche.
Y
ya estaba al otro extremo de la barricada, gritando:
‑¡Mi
fusil!
Courfeyrac
mandó que se lo entregasen.
Gavroche
advirtió a los camaradas (así los llamaba) que la barricada estaba bloqueada.
Dijo que a él le costó mucho trabajo llegar hasta allí. Un batallón de línea
tenía ocupada la salida de la calle del Cisne; y por el lado opuesto, estaba
apostada la guardia municipal. Enfrente estaba el grueso del ejército. Cuando
hubo dado estas noticias, añadió Gavroche:
‑Os
autorizo para que les saquéis la mugre.
Iban
a comenzar los disparos del cañón.
‑Nos
hace falta un colchón para amortiguar las balas ‑dijo Enjolras.
-Tenemos
uno ‑replicó Combeferre‑, pero sobre él están los heridos.
Jean
Valjean recordó haber visto en la ventana de una de las casas un colchón
colgado al aire.
‑¿Tiene
alguien una carabina a doble tiro que me preste? ‑dijo.
Enjolras
le pasó la suya. Jean
Valjean disparó. Del
primer tiro rompió una de las cuerdas que sujetaban el colchón; con el segundo
rompió la otra.
‑¡Ya
tenemos colchón! ‑gritaron todos.
‑Sí
‑dijo Combeferre‑, ¿pero quién irá a buscarlo?
El
colchón había caído fuera de la barricada, en medio del nutrido fuego de los
atacantes. Jean Valjean salió por la grieta, se paseó entre las balas,
recogió el colchón, y regresó a la barricada llevándolo sobre sus hombros.
Lo colocó contra el muro. El cañón vomitó su fuego, pero la metralla rebotó
en el colchón; la barricada estaba a salvo.
‑Ciudadano
‑dijo Enjolras a Jean Valjean‑, la República os da las gracias.
El
6 de junio de 1832, una compañía de guardias nacionales lanzó su ataque
contra la barricada, con tan mala estrategia que se puso entre los dos fuegos y
finalmente debió retirarse, dejando tras de sí más de quince cadáveres.
Aquel
ataque, más furioso que formal, irritó a Enjolras.
‑¡Imbéciles!
‑dijo‑. Envían a su gente a morir, y nos hacen gastar las
municiones por nada.
‑Vamos
bien ‑dijo Laigle‑. ¡Victoria!
Enjolras,
meneando la cabeza contestó:
‑Con
un cuarto de hora más que dure esta victoria, no tendremos más de diez
cartuchos en la barricada.
Al
parecer, Gavroche escuchó estas últimas palabras. De improviso, Courfeyrac
vio a alguien al otro lado de la barricada, bajo las balas. Era Gavroche que había
tomado una cesta, y saliendo por la grieta del muro, se dedicaba tranquilamente
a vaciar en su cesta las cartucheras de los guardias nacionales muertos.
‑¿Qué
haces ahí? ‑dijo Courfeyrac.
Gavroche
levantó la cabeza.
‑Ciudadano,
lleno mi cesta.
‑¿No
ves la metralla?
Gavroche
respondió:
-Me
da lo mismo; está lloviendo. ¿Algo más?
Le
gritó Courfeyrac:
‑¡Vuelve!
-Al
instante.
Y
de un salto se internó en la calle.
Cerca
de veinte cadáveres de los guardias nacionales yacían acá y allá sobre el
empedrado; eran veinte cartucheras para Gavroche, y una buena provisión para
la barricada. El humo obscurecía la calle como una niebla. Subía lentamente y
se renovaba sin cesar, resultando así una oscuridad gradual que empañaba la
luz del sol. Los combatientes apenas se distinguían de un extremo al otro.
Aquella
penumbra, probablemente prevista y calculada por los jefes que dirigían el
asalto de la barricada, le fue útil a Gavroche. Bajo el velo de humo, y gracias
a su pequeñez, pudo avanzar por la calle sin que lo vieran, y desocupar las
siete a ocho primeras cartucheras sin gran peligro. Andaba a gatas, cogía la
cesta con los dientes, se retorcía, se deslizaba, ondulaba, serpenteaba de un
cadáver a otro, y vaciaba las cartucheras como un mono abre una nuez.
Desde
la barricada, a pesar de estar aún bastante cerca, no se atrevían a gritarle
que volvierá por miedo de llamar la atención hacia él.
En
el bolsillo del cadáver de un cabo encontró un frasco de pólvora.
‑Para
la sed ‑dijo.
A
fuerza de avanzar, llegó adonde la niebla de la fusilería se volvía
transparente, tanto que los tiradores de la tropa de línea, apostados detrás
de su parapeto de adoquines, notaron que se movía algo entre el humo.
En
el momento en que Gavroche vaciaba la cartuchera de un sargento, una bala hirió
al cadáver.
‑¡Ah,
diablos! ‑dijo Gavroche‑. Me matan a mis muertos.
Otra
bala arrancó chispas del empedrado junto a él. La tercera volcó el canasto.
Gavroche
se levantó, con los cabellos al viento, las manos en jarra, la vista fija en
los que le disparaban, y se puso a cantar. En seguida cogió la cesta, recogió,
sin perder ni uno, los cartuchos que habían caído al suelo, y, sin miedo a los
disparos, fue a desocupar otra cartuchera. La cuarta bala no le acertó tampoco.
La quinta bala no produjo más efecto que el de inspirarle otra canción:
La
alegría es mi ser;
por
culpa de Voltaire;
si
tan pobre soy yo,
la
culpa es de Rousseau.
Así
continuó por algún tiempo.
El
espectáculo era a la vez espantoso y fascinante.
Gavroche,
blanco de las balas, se burlaba de los fusileros. Parecía divertirse mucho.
Era
el gorrión picoteando a los cazadores. A cada descarga respondía con una copla.
Le apuntaban sin cesar, y no le acertaban nunca.
Los
insurrectos, casi sin respirar, lo seguían con la vista. La barricada temblaba
mientras él cantaba. Las balas corrían tras él, pero Gavroche era más listo
que ellas.
Jugaba
una especie de terrible juego al escondite con la muerte; y cada vez que el
espectro acercaba su faz lívida, el pilluelo le daba un papirotazo.
Sin
embargo, una bala, mejor dirigida o más traidora que las demás, acabó por
alcanzar al pilluelo. Lo vieron vacilar, y luego caer. Toda la barricada lanzó
un grito. Pero se incorporó y se sentó; una larga línea de sangre le rayaba
la cara.
Alzó
los brazos al aire, miró hacía el punto de donde había salido el tiro y se
puso a cantar:
Si
acabo de caer,
la
culpa es de Voltaire;
si
una bala me dio,
la
culpa es...
No
pudo acabar.
Otra
bala del mismo tirador cortó la frase en su garganta.
Esta
vez cayó con el rostro contra el suelo, y no se movió más.
Esa
pequeña gran alma acababa de echarse a volar.
En
ese mismo momento, en los jardines del Luxemburgo ‑porque la mirada del
drama debe estar presente en todas partes‑, dos niños caminaban tomados
de la mano. Uno tendría siete años, el otro, cinco. Vestían harapos y estaban
muy pálidos. El más pequeño decía: "Tengo hambre". El mayor, con
aire protector, lo guiaba.
El
jardín estaba desierto y las rejas cerradas, a causa de la insurrección. Los
niños vagaban, solos, perdidos. Eran los mismos que movieron a compasión a
Gavroche; los hijos de los Thenardier, atribuidos a Gillenormand, entregados a
la Magnon.
Fue
necesario el trastorno de la insurrección para que niños abandonados como esos
entraran a los jardines prohibidos a los miserables. Llegaron hasta la laguna
y, algo asustados por el exceso de luz, trataban de ocultarse, instinto
natural del pobre y del débil, y se refugiaron detrás de la casucha de los
cisnes.
A
lo lejos se oían confusos gritos, un rumor de disparos y cañonazos. Los niños
parecían no darse cuenta de nada. Al mismo tiempo, se acercó a la laguna un
hombre con un niño de seis años de la mano, sin duda padre a hijo.
El
niño iba vestido de guardia nacional, por el motín, y el padre de paisano, por
prudencia. Divisó a los niños detrás de la casucha.
-Ya
comienza la anarquía ‑dijo‑, ya entra cual quiera en este jardín.
En
esa época, algunas familias vecinas tenían llave del Luxemburgo.
El
hijo, que llevaba en la mano un panecillo mordido, parecía disgustado y se echó
a llorar, diciendo que no quería comer más.
‑Tíraselo
a los cisnes ‑le dijo el padre.
El
niño titubeó. Aunque uno no quiera comerse un panecillo, esa no es razón
para darlo.
-Times
que ser más humano, hijo. Debes tener compasión de los animales.
Y
tomando el panecillo, lo tiró al agua. Los cisnes nadaban lejos y no lo vieron.
En
ese momento aumentó el tumulto lejano.
‑Vámonos,
‑dijo el hombre‑, atacan las Tullerías
Y
se llevó a su hijo.
Los
cisnes habían visto ahora el panecillo y nadaban hacia él. Al mismo tiempo que
ellos, los dos niños se habían acercado y miraban el pastel.
En
cuanto desaparecieron padre a hijo, el mayor se tendió en la orilla y, casi a
riesgo de caerse, empezó a acercar el panecillo con una varita. Los cisnes,
al ver al enemigo, nadaron más rápido, haciendo que las olas que producían
fueran empujando suavemente el panecillo hacia la varita. Cuando los cisnes
llegaban a él, el niño dio un manotazo, tomó el panecillo, ahuyentó à los
cisnes y se levantó.
El
panecillo estaba mojado, pero ellos tenían hambre y sed. El mayor lo partió en
dos, dio el trozo más grande a su hermano y le dijo:
‑¡Zámpatelo
a la panza!
Se
lanzó Marius fuera de la barricada, seguido de Combeferre, pero era tarde.
Gavroche estaba muerto.
Combeferre
se encargó del cesto con los cartuchos, y Marius del niño.
Pensaba
que lo que el padre de Gavroche había hecho por su padre, él lo hacía por el
hijo. Cuando Marius entró en el reducto con Gavroche en los brazos, tenía,
como el pilluelo, el rostro inundado de sangre.
En
el instante de bajarse para coger a Gavroche, una bala le había pasado
rozando el cráneo, sin que él lo advirtiera. Courfeyrac se quitó la corbata,
y vendó la frente de Marius.
Colocaron
a Gavroche en la misma mesa que a Mabeuf, y sobre ambos cuerpos se extendió el
paño negro. Hubo suficiente lugar para el anciano y el niño.
Combeferre
distribuyó los cartuchos del cesto. Esto suministraba a cada hombre quince
tiros más.
Jean
Valjean seguía en el mismo sitio, sin moverse. Cuando Combeferre le presentó
sus quince cartuchos, sacudió la cabeza.
‑¡Qué
tipo tan raro! ‑dijo en voz baja Combeferre a Enjolras‑. Encuentra
la manera de no combatir en esta barricada.
‑Lo
que no le impide defenderla ‑contestó Enjolras.
-Al
estilo del viejo Mabeuf ‑susurró Combeferre.
Jean
Valjean, mudo, miraba la pared que tenía enfrente.
Marius
se sentía inquieto, pensando en lo que su padre diría de él.
De repente, entre dos descargas, se oyó el sonido lejano de la hora.
‑Son
las doce ‑dijo Combeferre.
Aún
no habían acabado de dar las doce campanadas, cuando Enjolras, poniéndose en
pie, dijo con voz tonante desde lo alto de la barricada:
‑Subid
adoquines a la casa y colocadlos en el borde de la ventana y de las boardillas.
La mitad
de
la gente a los fusiles, la otra mitad a las piedras. No hay que perder un
minuto.
Una
partida de zapadores bomberos con el hacha al hombro, acababa de aparecer, en
orden de batalla, al extremo de la calle. Aquello tenía que ser la cabeza de
una columna de ataque.
Se
cumplió la orden de Enjolras y se dejaron a mano los travesaños de hierro que
servían para cerrar por dentro la puerta de la taberna. La fortaleza estaba
completa: la barricada era el baluarte y la taberna el torreón. Con los
adoquines que quedaron se cerró la grieta.
Como
los defensores de una barricada se ven siempre obligados a economizar las
municiones, y los sitiadores lo saben, éstos combinan su plan con una especie
de calma irritante, tomándose todo el tiempo que necesitan. Los preparativos de
ataque se hacen siempre con cierta lentitud metódica; después viene el rayo.
Esta lentitud permitió a Enjolras revisar todo y perfeccionarlo. Ya que
semejantes hombres iban a morir, su muerte debía ser una obra maestra. Dijo a
Marius:
‑Somos
los dos jefes. Voy adentro a dar algunas órdenes; quédate fuera tú, y
observa.
Dadas
sus órdenes, se volvió a Javert, y le dijo:
‑No
creas que lo olvido.
Y
poniendo sobre la mesa una pistola, añadió:
‑El
último que salga de aquí levantará la tapa de los sesos a ese espía.
‑¿Aquí
mismo? ‑preguntó una voz.
‑No;
no mezclemos ese cadáver con los nuestros. Se le sacará y ejecutará afuera.
En
aquel momento entró Jean Valjean y dijo a Enjolras:
‑¿Sois
el jefe?
‑Sí.
‑Me
habéis dado las gracias hace poco.
‑En
nombre de la República. La barricada tiene dos salvadores: Marius Pontmerey y
vos.
‑¿Creéis
que merezco recompensa?
‑Sin
duda.
‑Pues
bien, os pido una.
‑¿Cuál?
‑La
de permitirme levantar la tapa de los sesos a ese hombre.
Javert
alzó la cabeza, vio a Jean Valjean, hizo un movimiento imperceptible y dijo:
‑Es
justo.
Enjolras
se había puesto a cargar de nuevo la carabina y miró alrededor.
‑¿No
hay quien reclame?
Y
dirigiéndose a Jean Valjean le dijo:
‑Os
entrego al soplón.
Jean
Valjean tomó posesión de Javert sentándose al extremo de la mesa; cogió la
pistola y un débil ruido seco anunció que acababa de cargarla.
Casi
al mismo instante se oyó el sonido de una corneta.
‑¡Alerta!
‑gritó Marius desde lo alto de la barricada.
Javert
se puso a reír con su risa sorda, y mirando fijamente a los insurrectos, les
dijo:
‑No
gozáis de mejor salud que yo.
‑¡Todos
fuera! ‑gritó Enjolras.
Los
insurrectos se lanzaron en tropel, mientras Javert murmuraba:
‑¡Hasta
muy pronto!
Cuando
Jean Valjean se quedó solo con Javert, desató la cuerda que sujetaba al
prisionero a la mesa. En seguida le indicó que se levantara.
Javert
obedeció con una indefinible sonrisa.
Jean
Valjean lo tomó de una manga como se tomaría a un asno de la rienda, y arrastrándolo
tras de sí salió de la taberna con lentitud, porque Javert, a causa de las
trabas que tenía puestas en las piernas, no podía dar sino pasos muy cortos.
Jean
Valjean llevaba la pistola en la mano.
Atravesaron
de este modo el interior de la barricada. Los insurrectos, todos atentos al
ataque que iba a sobrevenir, tenían vuelta la espalda. Sólo Marius los vio
pasar.
Atravesaron
la pequeña trinchera de la callejuela Mondetour, y se encontraron solos en la
calle. Entre el montón de muertos se distinguía un rostro lívido, una
cabellera suelta, una mano agujereada en medio de un charco de sangre: era
Eponina.
Javert
dijo a media voz, sin ninguna emoción:
‑Me
parece que conozco a esa muchacha.
Jean
Valjean colocó la pistola bajo el brazo y fijó en Javert una mirada que no
necesitaba palabras para decir: Javert, soy yo.
Javert
respondió:
-Toma
tu venganza.
Jean
Valjean sacó una navaja del bolsillo, y la abrió.
‑¡Una
sangría! ‑exclamó Javert . Tienes razón. Te conviene más.
Jean
Valjean cortó las cuerdas que ataban las muñecas del policía, y luego las de
los pies. Después
le dijo:
‑Estáis
libre.
Javert
no era hombre que se asombraba fácilmente. Sin embargo, a pesar de ser tan
dueño de sí mismo, no pudo menos de sentir una conmoción. Se quedó con la
boca abierta a inmóvil. Jean
Valjean continuó:
‑No
creo salir de aquí. No obstante, si por casualidad saliera, vivo con el nombre
de Fauchelevent, en la calle del Hombre Armado, número 7.
Javert
entreabrió los labios como un tigre y murmuró entre dientes:
-Ten
cuidado.
‑Idos
‑dijo Jean Valjean.
Javert
repuso:
‑¿Has
dicho Fauchelevent, en la calle del Hombre Armado?
‑Número
siete.
Javert
repitió a media voz:
‑Número
siete.
Se
abrochó la levita, tomó cierta actitud militar, dio media vuelta, cruzó los
brazos sosteniendo su mentón con una mano, y se encaminó en la dirección
del Mercado. Jean Valjean le seguía con la vista. Después de dar algunos
pasos, Javert se volvió y le gritó:
-No me gusta esto. Matadme mejor.
Javert,
sin advertirlo, no lo tuteaba ya.
‑Idos
‑dijo Jean Valjean.
Javert
se alejó poco a poco. Cuando hubo desaparecido, Jean Valjean descargó la
pistola al aire. En seguida entró de nuevo en la barricada, y dijo:
-Ya
está hecho.
Mientras
esto sucedía, Marius, que había reconocido a último momento a Javert en el
espía maniatado que caminaba hacia la muerte, se acordó del inspector que le
proporcionara las dos pistolas de que se había servido en esta misma barricada;
pensó que debía intervenir en su favor. En aquel momento se oyó el
pistoletazo y Jean Valjean volvió a aparecer en la barricada. Un frío glacial
penetró en el corazón de Marius.
La
agonía de la barricada estaba por comenzar. De repente el tambor dio la señal
del ataque. La embestida fue un huracán. Una poderosa columna de infantería y
guardia nacional y municipal cayó sobre la barricada. El muro se mantuvo
firme.
Los
revolucionarios hicieron fuego impetuosamente, pero el asalto fue tan
furibundo, que por un momento se vio la barricada llena de sitiadores; pero
sacudió de sí a los soldados como el león a los perros.
En
uno de los extremos de la barricada estaba Enjolras, y en el otro, Marius.
Marius combatía al descubierto, constituyéndose en blanco de los fusiles
enemigos, pues más de la mitad de su cuerpo sobresalía por encima del
reducto. Estaba en la batalla como en un sueño. Diríase un fantasma disparando
tiros.
Se
agotaban los cartuchos. Se sucedían los asaltos. El horror iba en aumento.
Aquellos hombres macilentos, haraposos, cansados, que no habían comido desde
hacía veinticuatro horas, que tampoco habían dormido, que sólo contaban con
unos cuantos tiros más, que se tentaban los bolsillos vacíos de cartuchos,
heridos casi todos, vendados en la cabeza o el brazo con un lienzo mohoso y
negruzco, de cuyos pantalones agujereados corría sangre, armados apenas de
malos fusiles y de viejos sables mellados, se convirtieron en titanes. Diez
veces fue atacado y escalado el reducto, y ninguna se consiguió tomarlo.
Laigle
fue muerto, y lo mismo Feuilly, Joly, Courfeyrac y Combeferre. Marius,
combatiendo siempre, estaba tan acribillado de heridas particularmente en la
cabeza, que el rostro desaparecía bajo la sangre.
Cuando
no quedaron vivos más jefes que Enjolras y Marius en los dos extremos de la
barricada, el centro cedió. El grupo de insurrectos que lo defendía
retrocedió en desorden.
Se
despertó a la sazón en algunos el sombrío amor a la vida. Viéndose blanco de
aquella selva de fusiles, no querían ya morir. Enjolras abrió la puerta de la
taberna, que impedía pasar a los sitiadores. Desde allí gritó a los
desesperados:
‑No
hay más que una puerta abierta. Esta.
Y
cubriéndolos con su cuerpo, y haciendo él solo cara a un batallón, les dio
tiempo para que pasasen por detrás.
Todos
se precipitaron dentro. Hubo un instante horrible, queriendo penetrar los
soldados y cerrar los insurrectos. La puerta se cerró, al fin, con tal
violencia, que al encajar en el quicio, dejó ver cortados y pegados al dintel
los cinco dedos de un soldado que se había asido de ella.
Marius
se quedó afuera; una bala acababa de romperle la clavícula, y se sintió
desmayar y caer. En aquel momento, ya cerrados los ojos, experimentó la
conmoción de una vigorosa mano que lo cogía, y su desmayo le permitió apenas
este pensamiento en que se mezclaba el supremo recuerdo de Cosette: .
‑Soy
hecho prisionero, y me fusilarán.
Enjolras,
no viendo a Marius entre los que se refugiaron en la taberna, tuvo la misma
idea. Pero habían llegado al punto en que no restaba a cada cual más tiempo
que el de pensar en su propia suerte. Enjolras sujetó la barra de la puerta,
echó el cerrojo, dio dos vueltas a la llave, hizo lo mismo con el candado,
mientrás que por la parte de afuera atacaban furiosamente los soldados con las
culatas de los fusiles, y los zapadores con sus hachas. Empezaba el sitio de la
taberna. Cuando la puerta estuvo trancada, Enjolras dijo a los suyos:
-Vendámonos
caros.
Después
se acercó a la mesa donde estaban tendidos Mabeuf y Gavroche. Veíanse bajo el
paño negro dos formas derechas y rígidas, una grande y otra pequeña, y las
dos caras se bosquejaban vagamente bajo los pliegues fríos del sudario. Una
mano asomaba por debajo del paño, colgando hacia el suelo. Era la del anciano.
Enjolras se inclinó y besó aquella mano venerable, lo mismo que el día
antes había besado la frente. Fueron los únicos dos besos que dio en su vida.
Nada
faltó a la toma por asalto de la taberna Corinto; ni los adoquines lloviendo de
la ventana y el tejado sobre los sitiadores; ni el furor del ataque; ni la rabia
de la defensa; ni, al fin, cuando cedió la puerta, la frenética demencia del
exterminio.
Los
sitiadores al precipitarse dentro de la taberna con los pies enredados en los
tableros de la puerta rota y derribada, no encontraron un solo combatiente. La
escalera en espiral, cortada a hachazos, yacía en medio de la sala baja;
algunos heridos acababan de expirar; los que aún vivían estaban en el piso
principal; y allí, por el agujero del techo que había servido de encaje a la
escalera empezó un espantoso fuego. Eran los últimos cartuchos. Aquellos
agonizantes, una vez quemados los cartuchos, sin pólvora ya ni balas, tomó
cada cual en la mano dos de las botellas reservadas por Enjolras para el Final e
hicieron frente al enemigo con estas mazas horriblemente frágiles. Eran
botellas de aguardiente.
La
fusilería de los sitiadores, aunque con la molestia de tener que dirigirse de
abajo arriba, era mortífera. Pronto el borde del agujero del techo se vio
rodeado de cabezas de muertos, de donde corría la sangre en rojos y humeantes
hilos. El ruido era indecible; un humo espeso y ardiente esparcía casi la noche
sobre aquel combate. Faltan palabras para expresar el horror. No había ya
hombres en aquella lucha, ahora infernal. Demonios atacaban, y espectros
resistían. Era un heroísmo monstruoso.
Cuando
por fin unos veinte soldados lograron subir a la sala del segundo piso,
encontraron a un solo hombre de pie, Enjolras. Sentado en una silla dormía
desde la noche anterior Grantaire, totalmente borracho.
‑Es
el jefe ‑gritó un soldado‑. ¡Fusilémoslo!
‑Fusiladme
‑repuso Enjolras.
Se
cruzó de brazos y presentó su pecho a las balas.
Un
guardia nacional bajó su fusil y dijo:
‑Me
parece que voy a fusilar a una flor.
‑¿Queréis
que se os venden los ojos? ‑preguntó un oficial a Enjolras.
‑No.
El
silencio que se hizo en la sala despertó a Grantaire, que durmió su borrachera
en medio del tumulto. Nadie había advertido su presencia, pero él al ver la
escena comprendió todo.
‑¡Viva
la República! ‑gritó‑. ¡Aquí estoy!
Atravesó
la sala y se colocó al lado de Enjolras.
‑Matadnos
a los dos de un golpe ‑dijo.
Y
volviéndose hacia Enjolras le dijo con gran dulzura:
‑¿Lo
permites?
Enjolras
le apretó la mano sonriendo. Estalló la detonación. Cayeron ambos al mismo
tiempo. La barricada había sido tomada.
Marius
era prisionero, en efecto. Prisionero de Jean Valjean. La mano que lo cogiera en
el momento de caer era la suya.
Jean
Valjean no había tomado más parte en el combate que la de exponer su vida. Sin
él, en aquella fase suprema de la agonía, nadie hubiera pensado en los
heridos. Gracias a él, presente como una providencia en todos lados durante la
matanza, los que caían eran levantados, trasladados a la sala baja y curados.
En los intervalos reparaba la barricada. Pero nada que pudiera parecerse a un
golpe, a un ataque, ni siquiera a una defensa personal salió de sus manos. Se
callaba y socorría. Por lo demás, apenas tenía algunos rasguños. Las balas
lo respetaban. Si el suicidio entró por algo en el plan que se propuso al
dirigirse a aquella tumba, el éxito no le favoreció. Pero dudamos que
hubiese pensado en el suicidio, acto irreligioso.
Jean
Valjean, en medio de la densa niebla del combate, aparentaba no ver a Marius,
siendo que no le perdía de vista un solo instante. Cuando un balazo derribó al
joven, saltó con la agilidad de un tigre, se arrojó sobre él como si se
tratara de una presa, y se lo llevó.
El
remolino del ataque estaba entonces concentrado tan violentamente en Enjolras
que defendía la puerta de la taberna, que nadie vio a Jean Valjean,
sosteniendo en sus brazos a Marius sin sentido, atravesar el suelo desempedrado
de la barricada y desaparecer detrás de Corinto. Allí se detuvo, puso en el
suelo a Marius y miró en derredor. La situación era espantosa. ¿Qué hacer? Sólo
un pájaro hubiera podido salir de allí.
Y
era preciso decidirse en el momento, hallar un recurso, adoptar una resolución.
A algunos pasos de aquel sitio se combatía, y por fortuna todos se encarnizaban
en la puerta de la taberna; pero si se le ocurría a un soldado dar vuelta a la
casa, o atacarla por el flanco, todo habría concluido para él.
Jean
Valjean miró la casa de enfrente, la barricada de la derecha, y, por último,
el suelo, con la ansiedad de la angustia suprema, desesperado, y como si hubiese
querido abrir un agujero con los ojos.
A
fuerza de mirar, llegó a adquirir forma ante él una cosa vagamente perceptible
en tal agonía, como si la vista tuviera poder para hacer brotar el objeto
pedido. Vio a los pocos pasos y al pie del pequeño parapeto y bajo unos
adoquines que la ocultaban en parte, una reja de hierro colocada de plano y al
nivel del piso, compuesta de fuertes barrotes transversales. El marco de
adoquines que la sostenía había sido arrancado y estaba como desencajada. A
través de los barrotes se entreveía una abertura oscura, parecida al cañón
de una chimenea o al cilindro de una cisterna. Su antigua ciencia de las
evasiones le iluminó el cerebro. Apartar los adoquines, levantar la reja,
echarse a cuestas a Marius inerte como un cuerpo muerto, bajar con esta carga
sirviéndose de los codos y de las rodillas a aquella especie de pozo,
felizmente poco profundo, volver a dejar caer la pesada trampa de hierro que
los adoquines cubrieron de nuevo, asentar el pie en una superficie embaldosada
a tres metros del suelo, todo esto fue ejecutado como en pleno delirio, con la
fuerza de un gigante y la rapidez de un águila; apenas empleó unos cuantos
minutos.
Se
encontró Jean Valjean con Marius, siempre desmayado, en una especie de corredor
largo y subterráneo. Reinaba allí una paz profunda, silencio absoluto,
noche.
Tuvo
la misma impresión que experimentara en otro tiempo cuando saltó de la calle
al convento. Sólo que ahora no llevaba consigo a Cosette, sino a Marius.
Apenas
oía encima de su cabeza algo como un vago murmullo; era el formidable tumulto
de la taberna tomada por asalto.