LOS MISERABLES
CUARTA PARTE
LIBRO SEPTIMO
La grandeza de la desesperación
Habían
dado las diez y aún no llegaba nadie. De súbito en medio de aquella calma lúgubre,
se oyó en la barricada una voz clara, juvenil, alegre, que parecía provenir
de la calle de Saint‑Denis, y que empezó a cantar, con el tono de una
antigua canción popular, otra que terminaba por un grito semejante al canto del
gallo.
‑Es
Gavroche ‑dijo Enjolras.
‑Nos
avisa ‑dijo Combeferre.
Una
carrera precipitada turbó el silencio de la calle desierta; Gavroche saltó con
agilidad y cayó en medio de la barricada, sofocado y gritando:
‑¡Mi
fusil! ¡Ahí están!
Un
estremecimiento eléctrico recorrió toda la barricada; y se oyó el movimiento
de las manos buscando las armas.
‑¿Quieres
mi carabina? ‑preguntó Enjolras al pilluelo.
‑Quiero
el fusil grande ‑respondió Gavroche.
Y
cogió el fusil de Javert.
Cuarenta
y tres insurgentes estaban arrodillados en la gran barricada, con las cabezas
a flor del parapeto, los cañones de los fusiles y de las carabinas apuntando
hacia la calle.
Otros
seis comandados por Feuilly se habían instalado en las dos ventanas.
Pasaron
así algunos instantes; después se oyó claramente el ruido de numerosos pasos
acompasados. Sin embargo, no se veía nada. De repente desde la sombra una voz
gritó:
‑¿Quién
vive?
Enjolras
respondió con acento vibrante y altanero:
‑¡Revolución
Francesa!
‑¡Fuego!
‑repuso una voz.
Estalló
una terrible detonación. La bandera roja cayó al suelo. La descarga había
sido tan violenta y tan densa, que había cortado el asta. Las balas que habían
rebotado en las fachadas de las casas penetraron en la barricada e hirieron a
muchos hombres.
El
ataque fue violento; era evidente que debían luchar contra todo un regimiento.
‑Compañeros
‑gritó Courfeyrac‑, no gastemos pólvora en balde. Esperemos a que
entren en la calle para contestarles.
-Antes
que nada ‑dijo Enjolras‑, icemos de nuevo la bandera.
Precisamente
había caído a sus pies, y la levantó.
Se
oía afuera el ruido de la tropa cargando las armas.
Enjolras
añadió:
‑¿Quién
será el valiente que vuelva a clavar la bandera sobre la barricada?
Ninguno
respondió. Subir a la barricada en el momento en que estaban apuntando de nuevo
era morir y hasta el más decidido dudaba.
Cuando
después de la llegada de Gavroche cada cual ocupó su puesto de combate, no
quedaron en la sala baja más que Javert, un insurgente que lo custodiaba y el
señor Mabeuf, de quien nadie se acordaba. El anciano había permanecido inmóvil,
como si mirara un abismo; no parecía que su pensamiento estuviera en la
barricada.
En
el momento del ataque, la detonación lo conmovió como una sacudida física, y
como si despertara de un sueño se levantó bruscamente, atravesó la sala, y
apareció en la puerta de la taberna en el momento en que Enjolras repetía por
segunda vez su pregunta:
‑¿Nadie
se atreve?
La
presencia del anciano causó una especie de conmoción en todos los grupos.
Se
dirigió hacia Enjolras; los insurgentes se apartaban a su paso con religioso
temor; cogió la bandera, y sin que nadie pensara en detenerlo ni en ayudarlo,
aquel anciano de ochenta años, con la cabeza temblorosa y el pie firme, empezó
a subir lentamente la escalera de adoquines hecha en la barricada. A cada escalón
que subía, sus cabellos blancos, su faz decrépita, su amplia frente calva y
arrugada, sus ojos hundidos, su boca asombrada y abierta, con la bandera roja en
su envejecido brazo, saliendo de la sombra y engrandeciéndose en la claridad
sangrienta de la antorcha, parecía el espectro de 1793 saliendo de la tierra
con la bandera del terror en la mano.
Cuando
estuvo en lo alto del último escalón, cuando aquel fantasma tembloroso y
terrible de pie sobre el montón de escombros en presencia de mil doscientos
fusiles invisibles, se levantó enfrente de la muerte como si fuese más fuerte
que ella, toda la barricada tomó en las tinieblas un aspecto sobrenatural y
colosal.
En
medio del silencio, el anciano agitó la bandera roja y gritó:
‑¡Viva
la Revolución! ¡Viva la República! ¡Fraternidad, igualdad o la muerte!
La
misma voz vibrante que había dicho ¿quién vive? gritó:
‑¡Retiraos!
El
señor Mabeuf, pálido, con los ojos extraviados, las pupilas iluminadas con lúgubres
fulgores, levantó la bandera por encima de su frente, y repitió:
‑¡Viva
la República!
‑¡Fuego!
‑dijo la voz.
Una
segunda descarga semejante a una metralla cayó sobre la barricada.
El
anciano se dobló sobre sus rodillas, después se levantó, dejó escapar la
bandera de sus manos, y cayó hacia atrás sobre el suelo, inerte, y con los
brazos en cruz.
Arroyos
de sangre corrieron por debajo de su cuerpo. Su arrugado rostro, pálido y
triste, pareció mirar al cielo.
Enjolras
elevó la voz, y dijo:
‑Ciudadanos:
éste es el ejemplo que los viejos dan a los jóvenes. Estábamos dudando, y él
se ha presentado; retrocedíamos, y él ha avanzado. ¡Ved aquí lo que los que
tiemblan de vejez enseñan a los que tiemblan de miedo! Este anciano es augusto
a los ojos de la patria; ha tenido una larga vida, y una magnífica muerte. ¡Retiremos
ahora el cadáver, y que cada uno de nosotros lo defienda como defendería a su
padre vivo; que su presencia haga inaccesible nuestra barricada!
Un
murmullo de triste y enérgica adhesión siguió a estas palabras.
Enjolras
levantó la cabeza del anciano y besó con solemnidad su frente; después, con
tierna precaución, como si temiera hacerle daño, le quitó la levita, mostró
sus sangrientos agujeros, y dijo:
‑¡Esta
será nuestra bandera!
III
Se
cubrió al señor Mabeuf con un largo chal negro de la dueña de la taberna;
seis hombres hicieron con sus fusiles una camilla de campaña, pusieron en
ella el cadáver y lo llevaron con la cabeza desnuda, con solemne lentitud, a la
mesa grande de la sala baja.
Entretanto,
el pequeño Gavroche, único que no había abandonado su puesto, creyó ver algunos
hombres que se aproximaban como lobos a la barricada. De repente lanzó un grito.
Courfeyrac, Enjolras, Juan Prouvaire, Combeferre, Joly, Bahorel y Laigle
salieron en tumulto de la taberna. Se veían bayonetas ondulando por encima de
la barricada.
Los
granaderos de la guardia municipal penetraban en ella, empujando al pilluelo,
que retrocedía sin huir.
El
instante era crítico.
Era
aquel primer terrible minuto de la inundación cuando el río se levanta al
nivel de sus barreras, y el agua empieza a infiltrarse por las hendiduras de
los diques. Un segundo más, y la barricada estaba perdida.
Bahorel
se lanzó sobre el primer guardia, y lo mató de un tiro a quemarropa con su
carabina; el segundo mató a Bahorel de un bayonetazo. otro había derribado a
Courfeyrac que gritaba:
‑¡A
mí!
El
más alto de todos se dirigía contra Gavroche con la bayoneta calada.
El
pilluelo cogió en sus pequeños brazos el enorme fusil de Javert, apuntó
resueltamente al gigante, y dejó caer el gatillo; pero el tiro no salió.
Javert no lo había cargado.
El
guardia municipal lanzó una carcajada y levantó la bayoneta sobre el niño.
Pero
antes que hubiera podido tocarle, el fusil se escapó de manos del soldado, y
cayó de espaldas herido de un balazo en medio de la frente.
Una
segunda bala daba en medio del pecho al otro guardia que había derribado a
Courfeyrac. Era Manus que acababa de entrar en la barricada.
No
tenía ya armas, pues sus pistolas estaban descargadas, pero había visto el
barril de pólvora en la sala baja cerca de la puerta.
Al
volverse hacia ese lado, le apuntó un soldado; pero en ese momento una mano
agarró el cañón del fusil tapándole la boca; era el joven obrero que se había
lanzado al fusil. Salió el tiro, le atravesó la mano, y tal vez el cuerpo,
porque cayó al suelo, sin que la bala tocara a Marius.
Todo
esto sucedió en medio del humo, y Marius apenas lo notó. Sin embargo, había
visto confusamente el fusil que le apuntaba y aquella mano que lo había
tapado; había oído también el tiro; pero en tales momentos, todas las cosas
que se ven son nebulosas, y se siente uno impulsado hacia otra sombra mayor.
Los
insurgentes, sorprendidos pero no asustados, se habían reorganizado. Por
ambas partes se apuntaban a quemarropa; estaban tan cerca que podían hablarse
sin elevar la voz. Cuando llegó ese momento en que va a saltar la chispa, un
oficial con grandes charreteras extendió la espada y dijo:
‑¡Rendid
las armas!
‑¡Fuego!
‑respondió Enjolras.
Las
dos detonaciones partieron al mismo tiempo y todo desapareció en una nube de
humo. Cuando se disipó el humo, se vio por ambos lados heridos y moribundos,
pero los combatientes ocupaban sus mismos sitios y cargaban sus armas en
silencio.
De
repente se oyó una voz fuerte que gritaba:
‑¡Retiraos,
o hago volar la barricada!
Todos
se volvieron hacia el sitio de donde salía la voz. Marius había entrado en la
sala baja y cogido el barril de pólvora; se aprovechó del humo y de la especie
de oscura niebla que llenaba el espacio cerrado para deslizarse a lo largo de la
barricada hasta el hueco de adoquines en que estaba la antorcha. Coger ésta,
poner en su lugar el barril de pólvora, colocar la pila de adoquines sobre el
barril cuya tapa se había abierto al momento con una especie de obediencia
terrible, todo esto lo hizo Marius en un segundo.
En
aquel momento todos, guardias nacionales, municipales, oficiales y soldados,
apelotonados en el otro extremo de la calle, lo miraban con estupor, con el
pie sobre los adoquines, la antorcha en la mano, su altivo rostro iluminado por
una resolución fatal, inclinando la llama de la antorcha hacia aquel montón
terrible en que se distinguía el barril de pólvora roto. Marius en aquella
barricada, como lo fue el octogenario, era la visión de la juventud
revolucionaria después de la aparición de la vejez revolucionaria.
Acercó
la antorcha al barril de pólvora, pero ya no había nadie en el parapeto.
Los
agresores, dejando sus heridos y sus muertos, se retiraban atropelladamente
hacia el extremo de la calle, perdiéndose de nuevo en la oscuridad. La
barricada estaba libre.
Todos
rodearon a Marius.
‑¡Si
no es por ti, hubiera muerto! ‑dijo Courfeyrac.
‑¡Sin
vos me hubieran comido! ‑añadió Gavroche.
Marius
preguntó:
‑¿Quién
es el jefe?
-Tú
‑contestó Enjolras.
A
pesar de que la atención de los amotinados se concentraba en la Gran barricada,
que era la más atacada, Marius pensó en la barricada pequeña; fue hacia allá,
y la encontró desierta. La calle Mondetour estaba absolutamente tranquila.
Cuando se retiraba oyó que le llamaba una voz débil:
‑¡Señor
Marius!
Se
estremeció, porque reconoció la voz que lo había llamado dos horas antes en
la verja de la calle Plumet. Sólo que esta voz parecía ahora un soplo. Miró
en su derredor, y no vio a nadie.
‑¡Señor
Marius! ‑repitió la voz‑. Estoy a vuestros pies.
Entonces
se inclinó, y vio en la sombra un bulto que se arrastraba hacia él.
La
lamparilla que llevaba le permitió distinguir una blusa, un pantalón roto,
unos pies descalzos y una cosa semejante a un charco de sangre. Marius entrevió
un rostro pálido que se elevaba hacia él, y que le dijo:
‑¿Me
reconocéis?
‑No.
‑Eponina.
Marius
se hincó. La pobre muchacha estaba vestida de hombre.
‑¿Qué
hacéis aquí?
‑¡Me
muero! ‑dijo ella.
‑¡Estáis
herida! Esperad; voy a llevaros a la sala. Allí os curarán. ¿Es grave? ¿Cómo
he de cogeros para no haceros daño? ¿Padecéis mucho? ¡Dios mío! ¿Pero qué
habéis venido a hacer aquí?
Y
trató de pasar el brazo por debajo del cuerpo de Eponina pare levantarla, y
tocó su mano. Ella dio un débil grito.
‑¿Os
he hecho daño? ‑preguntó Marius.
‑Un
poco.
‑Pero
sólo os he tocado la mano.
Eponina
acercó la mano a los ojos de Marius, y le mostró en ella un agujero negro.
‑¿Qué
tenéis en la mano? ‑le preguntó.
‑La
tengo atravesada por una bala.
‑¿Cómo?
-¿No
visteis un fusil que os apuntaba?
‑Sí,
y una mano que lo tapó.
‑Era
la mía.
Marius
se estremeció.
‑¡Qué
locura! ¡Pobre niña! Pero si es eso, no es nada; os voy a llevar a una cama y
os curarán; no se muere nadie por tener una mano atravesada.
Ella
murmuró:
‑La
bala atravesó la mano, pero salió por la espalda. Es inútil que me mováis de
aquí. Yo os diré cómo podéis curarme mejor que un cirujano: sentaos a mi
lado en esta piedra.
Marius
obedeció; ella puso la cabeza sobre sus rodillas, y le dijo sin mirarlo:
‑¡Ah,
qué bien estoy ahora! ¡Ya no sufro!
Permaneció
un momento en silencio; después, volvió con gran esfuerzo el rostro y miró a
Marius.
‑¿Sabéis,
señor Marius? Me daba rabia que entraseis en ese jardín; era una tontería,
porque yo misma os había llevado allá y, por otra parte, yo sabía que un
joven como vos...
Aquí
se detuvo; y añadió con una triste sonrisa:
‑Os
parezco muy fea, ¿no es verdad?
Y
continuó:
‑¡Ya
veis! ¡Estáis perdido! Ahora nadie saldrá de la barricada. Yo os traje aquí,
y vais a morir; yo lo sabía. Y, sin embargo, cuando vi que os apuntaban, puse
mi mano en la boca del fusil. ¡Qué raro! Pero es que quería morir antes que
vos. Cuando recibí el balazo, me arrastré y os esperaba. ¡Oh! Si supieseis...
Mordía la blusa; ¡tenía tanto dolor! Pero ahora estoy bien. ¿Os acordáis de
aquel día en que entré en vuestro cuarto, y del día en que os encontré en el
prado? ¡Cómo cantaban los pájaros! No hace mucho tiempo. Me disteis cien
sueldos, y os contesté: No quiero vuestro dinero ¿Recogisteis la moneda? No
sois rico y no me acordé de deciros que la recogieseis. Hacía un sol hermoso.
¿Os acordáis, señor Marius? ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Todo el mundo va a
morir!
Mientras
hablaba, apoyaba la mano herida sobre el pecho, donde tenía otro agujero del
cual salía a intervalos una ola de sangre. Marius con templaba a aquella
infeliz criatura con profunda compasión.
‑¡Oh!
‑dijo la joven de repente‑. ¡Me vuelve otra vez! ¡Me ahogo!
Cogió
la blusa y la mordió.
En
aquel momento el grito de gallo de Gavroche resonó en la barricada. El
muchacho se había subido sobre una mesa para cargar el fusil y cantaba
alegremente.
Eponina
se levantó y escuchó; después dijo a Marius:
‑¡Es
mi hermano! Mejor que no me vea, porque me regañaría.
‑¿Vuestro
hermano? ‑preguntó Marius, que estaba pensando con amargura en la
obligación que su padre le había dejado respecto de los Thenardier‑.
¿Quién es vuestro hermano?
‑Ese
muchacho. El que canta.
Marius
hizo un movimiento como para ponerse de pie.
‑¡Oh!
¡No os vayáis! ‑dijo Eponina‑. Ya no duraré mucho más.
Estaba
casi sentada; pero su voz era muy débil y cortada por el estertor. Acercó todo
lo que podía su rostro al de Marius y dijo con extraña expresión:
‑Escuchad,
no quiero engañaros. Tengo en el bolsillo una carta para vos desde ayer. Me
encargaron que la echara al correo, y la guardé porque no quería que la
recibierais. ¡Pero tal vez me odiaríais cuando nos veamos dentro de poco!
Porque los muertos se vuelven a encontrar, ¿no es verdad? Tomad la carta.
Cogió
convulsivamente la mano de Marius con su mano herida y la puso en el bolsillo de
la blusa. Marius tocó un papel.
‑Cogedlo
‑dijo ella.
Marius
tomó la carta. Entonces Eponina hizo un gesto de satisfacción.
-Ahora
prometedme por mis dolores...
Y
se detuvo.
‑¿Qué?
‑preguntó Marius.
‑¡Prometedme!
‑Os
prometo.
‑Prometedme
darme un beso en la frente cuando muera. Lo sentiré.
Su
cabeza cayó entre las rodillas de Marius y se cerraron sus párpados.
El
la creyó dormida para siempre, pero de pronto Eponina abrió lentamente los
ojos, que ya tenían la sombría profundidad de la muerte, y le dijo con un
acento cuya dulzura parecía venir de otro mundo:
‑Y
mirad qué locura, señor Marius, creo que estaba un poco enamorada de vos.
Trató
de sonreír y expiró.
Marius
cumplió su promesa, y besó aquella frente lívida perlada de un sudor glacial.
Un dulce adiós a un alma desdichada.
Se
estremeció al mirar la carta que Eponina le había dado; sabía que era algo
grave, y estaba impaciente por leerla. Así es el corazón del hombre; apenas
hubo cerrado los ojos la desdichada niña, Marius sólo pensó en leer la carta.
Tendió
suavemente a Eponina en el suelo y se fue a la sala baja. Algo le decía que no
podía leer la carta delante del cadáver. La carta iba dirigida a la calle
Verrerie, 16. Decía:
"Amor
mío: Mi padre quiere que partamos en seguida. Estaremos esta noche en la calle
del Hombre Armado, número 7. Dentro de ocho días estaremos en Londres.
Cosette. 4 de junio."
Lo
que había pasado puede decirse en breves palabras. Desde la noche del 3 de
junio, Eponina tuvo un solo proyecto: separar a Marius de Cosette. Había
cambiado de harapos con el primer pilluelo con que se cruzó, el cual encontró
divertido vestirse de mujer mientras Eponina se vestía de hombre.
Ella
era quien había escrito a Jean Valjean en el Campo de Marte la expresiva frase
"mudaos", que lo decidió a marcharse.
Cosette,
aterrada con este golpe imprevisto, había escrito unas líneas a Marius. Pero,
¿cómo llevar la carta al correo? En esta ansiedad, vio a través de la verja a
Eponina, vestida de hombre, que andaba rondando sin cesar alrededor del jardín.
Le dio cinco francos y la carta diciéndole: "Llevadla en seguida a su
destino". Ya hemos visto lo que hizo Eponina.
Al
día siguiente, 5 de junio, fue a casa de Courfeyrac a preguntar por Marius, no
para darle la carta, sino "para ver", lo que comprenderá todo
enamorado celoso. Cuando supo que iban a las barricadas, se le ocurrió la idea
de buscar aquella muerte como habría buscado otra cualquiera y arrastrar a
Marius. Siguió pues a Courfeyrac, se informó del sitio en que se construían
las barricadas; y como estaba segura de que Marius acudiría lo mismo que
todas las noches a la cita, porque no había recibido la carta, fue a la calle
Plumet, esperó a Marius y le dio, en nombre de sus amigos, aquel aviso para
llevarle a la barricada. Contaba con la desesperación de Marius al no encontrar
a Cosette, y no se engañaba. Volvió en seguida a la calle de la Chanvrerie,
donde ya hemos visto lo que hizo: morir con esa alegría trágica, propia de los
corazones celosos que arrastran en su muerte al ser amado, diciendo: ¡No será
de nadie!
Marius
cubrió de besos la carta de Cosette. ¡Lo amaba! Por un momento creyó que ya
no debía morir, pero después se dijo: Se marcha; su padre la lleva a
Inglaterra, y mi abuelo me niega el permiso para casarme; la fatalidad continúa
siendo la misma.
Pensó
que le quedaban dos deberes que cumplir: informar a Cosette de su muerte enviándole
un supremo adiós, y salvar de la catástrofe inminente que se preparaba a
aquel pobre niño, hermano de Eponina a hijo de Thenardier. Escribió con lápiz
estas líneas:
"Nuestro
matrimonio era un imposible. Hablé con mi abuelo y se opone; yo no tengo
fortuna y tú tampoco. Fui a lo casa y no lo encontré; ya sabes la palabra que
lo di, ahora la cumplo; moriré. Te amo. Cuando leas estas líneas mi alma
estará cerca de ti y lo sonreirá."
No
teniendo con qué cerrar la carta, dobló el papel y lo dirigió a Cosette en la
calle del Hombre Armado 7.
Escribió
otro papel con estas líneas: "Me llamo Marius Pontmercy. Llévese mi cadáver
a casa de mi abuelo el señor Gillenormand, calle de las Hijas del Calvario número
6, en el Marais".
Guardó
este papel en el bolsillo de la levita, y llamó a Gavroche. El pilluelo acudió
a la voz de Marius y lo miró con su rostro alegre y leal.
‑¿Quieres
hacer algo por mí?
‑Todo
‑dijo Gavroche‑. ¡Dios mío! Si no hubiera sido por vos me habrían
comido.
‑¿Ves
esta carta?
‑Sí.
-Tómala.
Sal de la barricada al momento, y mañana por la mañana la llevarás a su
destino, a la señorita Cosette, en casa del señor Fauchelevent, calle del
Hombre Armado, número 7.
El
niño, muy inquieto, contestó:
‑Pero
pueden tomar la barricada en esas horas, y yo no estaré aquí.
‑No
atacarán la barricada hasta el amanecer, según espero, y no será tomada hasta
el mediodía.
‑¿Y
si salgo de aquí mañana por la mañana?
‑Sería
tarde. La barricada será probablemente bloqueada: se cerrarán todas las calles
y no podrás salir. Ve en seguida.
Gavroche
no encontró nada que replicar; quedó indeciso y rascándose la oreja
tristemente. De repente, con uno de esos movimientos de pájaro que tenía, cogió
la carta.
‑Está
bien ‑dijo.
Y
salió corriendo por la calle Mondetour.
Se
le había ocurrido una idea que lo había decidido, pero no dijo nada, temiendo
que Marius hiciese alguna objeción. Esta idea era la siguiente:
Apenas
es medianoche, la calle del Hombre Armado no está lejos; voy a llevar la carta
en seguida, y volveré a tiempo.
¿Qué
son las convulsiones de una ciudad al lado de los motines del alma? El hombre es
más profundo que el pueblo. Jean Valjean en aquel momento sentía en su
interior una conmoción violenta. El abismo se había vuelto a abrir ante él,
y temblaba como París en el umbral de una revolución formidable y oscura.
Algunas horas habían bastado para que su destino y su conciencia se cubrieran
de sombras.
La
víspera de aquel día, por la noche, acompañado de Cosette y de Santos, se
instaló en la calle del Hombre Armado. Jean Valjean estaba tan inquieto que
no veía la tristeza de Cosette. Cosette estaba tan triste que no veía la
inquietud de Jean Valjean.
Apenas
llegó a la calle del Hombre Armado disminuyó su ansiedad y se fue disipando
poco a poco. Durmió bien. Dicen que la noche aconseja, y puede añadirse que
tranquiliza.
Al
día siguiente se despertó casi alegre y hasta encontró muy bonito el comedor,
que era feo. Cosette dijo que tenía jaqueca y no salió de su dormitorio.
Por
la tarde, mientras comía, oyó confusamente dos o tres veces el tartamudeo de
Santos que le decía:
‑Señor,
hay jaleo; están combatiendo en las calles.
Pero,
absorto en sus luchas interiores, no hizo caso.
Más
tarde, cuando se paseaba de un lado a otro, meditando, su mirada se fijó en
algo extraño. Vio enfrente de sí, en un espejo inclinado que estaba sobre el
aparador, estas tres líneas que leyó perfectamente:
"Amor
mío: Mi padre quiere que partamos en seguida. Estaremos esta noche en la calle
del Hombre Armado, número 7. Dentro de ocho días iremos a Londres.
Cosette, 4 de junio."
Jean
Valjean se detuvo aturdido.
¿Qué
había sucedido? Cosette al llegar había puesto su carpeta sobre el aparador,
delante del espejo, y en su dolorosa agonía la dejó olvidada allí sin notar
que estaba abierta precisamente en la hoja de papel secante que había empleado
para secar la carta. Lo escrito había quedado marcado en el secante. El espejo
reflejaba la escritura.
Jean
Valjean se sintió desfallecer, dejó caer la carpeta y se recostó en el viejo
sofá, al lado del aparador, con la cabeza caída, la vista vidriosa. Se dijo
entonces que la luz del mundo se había apagado para siempre, que Cosette había
escrito aquello a alguien, y oyó que su alma daba en medio de las tinieblas
un sordo rugido.
Cosa
curiosa y triste, en aquel momento, Marius no había recibido aún la carta de
Cosette y la traidora casualidad se la había dado ya a Jean Valjean.
El
pobre anciano no amaba ciertamente a Cosette más que como un padre; pero en
aquella paternidad había introducido todos los amores de la soledad de su vida.
Amaba a Cosette como hija, como madre, como hermana; y como no había tenido
nunca ni amante ni esposa, este sentimiento se había mezclado con los demás,
vagamente, puro con toda la pureza de la ceguedad, espontáneo, celestial, angélico,
divino; más bien como instinto que como sentimiento. El amor, propiamente tal,
estaba en su gran ternura para Cosette, y era como el filón de una montaña,
tenebroso y virgen.
Entre
ambos no era posible ninguna unión, ni aun la de las almas, y, sin embargo, sus
destinos estaban enlazados. Exceptuando a Cosette, es decir, a una niña, no tenía
en su larga vida nada que amar. Jean Valjean era un padre para Cosette; padre
extrañamente formado del abuelo, del hijo, del hermano y del marido que había
en él.
Así,
cuando vio que todo estaba concluido, que se le escapaba de las manos; cuando
tuvo ante los ojos esta evidencia terrible ‑otro es el objeto de su corazón,
otro tiene su amor y yo no soy más que su padre‑ experimentó un dolor
que traspasó los límites de lo posible. Sintió hasta la raíz de sus cabellos
el horrible despertar del egoísmo, y lanzó un solo grito: ¡yo!
Jean
Valjean volvió a coger el secante, y quedó petrificado leyendo aquellas tres
líneas irrecusables. Sintió que se derrumbaba toda su alma. Su instinto no
dudó un momento.
Reunió
algunas circunstancias, algunas fechas, ciertos rubores y palideces de Cosette,
y se dijo:
‑Es
él.
No
sabía su nombre, pero en su desesperación adivinó quién era: el joven que
rondaba en el Luxemburgo.
Entonces
ese hombre regenerado, ese hombre que había luchado tanto por su alma, que había
hecho tantos esfuerzos por transformar toda su miseria y toda su desgracia en
amor, miró dentro de sí y vio un espectro, el Odio.
Los
grandes dolores descorazonan al ser humano. En la juventud, su visita es lúgubre,
más tarde, es siniestra. ¡Si cuando la sangre bulle, cuando los cabellos son
negros, cuando la cabeza está erguida, cuando el corazón enamorado puede
recibir amor, cuando está todo el porvenir en la mano, si entonces la
desesperación es algo estremecedor, qué será esa desesperación para el
anciano, cuando los años se precipitan sobre él cada vez más descoloridos,
cuando a esa hora crepuscular comienza a ver las estrellas de la tumba!
Entró
Santos y le preguntó:
¿No
me habéis dicho que estaban combatiendo?
‑¡Así
es, señor! ‑contestó Santos‑. Hacia SaintMerry.
Hay
movimientos maquinales que provienen, a pesar nuestro, del pensamiento más
profundo. Sin duda a impulsos de algo de que apenas tuvo conciencia, Jean
Valjean salió a la calle cinco minutos después.
Llevaba
la cabeza descubierta; se sentó en el escalón de la puerta de su casa y se
puso a escuchar. Era ya de noche.
¿Cuánto
tiempo pasó así? El farolero vino, como siempre, a encender el farol que
estaba colocado precisamente enfrente de la puerta número 7, y se fue.
Escuchó
violentas descargas; era probablemente el ataque de la barricada de la calle de
la Chanvrerie, rechazado por Marius.
El
continuó su tenebroso diálogo consigo mismo.
De
súbito levantó los ojos; alguien andaba por la calle; oía los pasos muy
cerca; miró a la luz del farol, y por el lado de la calle que va a los Archivos,
descubrió la silueta de un muchacho con el rostro radiante de alegría.
Gavroche
acababa de entrar en la calle del Hombre Armado.
Iba
mirando al aire, como buscando algo. Veía perfectamente a Jean Valjean, pero no
hacía caso alguno de él.
Jean
Valjean se sintió irresistiblemente impulsado a hablar a aquel muchachillo.
‑Niño
‑le dijo‑, ¿qué tienes?
‑Hambre
‑contestó secamente Gavroche, y añadió‑: El niño seréis vos.
Jean
Valjean metió la mano en el bolsillo, y sacó una moneda de cinco francos.
Pero
Gavroche, que pasaba con rapidez de un gesto a otro, acababa de coger una
piedra. Había visto el farol.
‑¡Cómo
es esto! ‑exclamó‑. Todavía tenéis aquí faroles; estáis muy
atrasados, amigos. Esto es un desorden. Rompedme ese farol.
La
calle quedó a oscuras, y los vecinos se asomaron a las ventanas, furiosos.
Jean
Valjean se acercó a Gavroche.
‑¡Pobrecillo!
‑dijo a media voz, y hablando consigo mismo‑; tiene hambre.
Y
le puso la moneda de cinco francos en la mano.
Gavroche
levantó los ojos asombrado de la magnitud de aquella moneda; la miró en la
oscuridad y le deslumbró su blancura. Conocía de oídas las monedas de cinco
francos y le gustaba su reputación; quedó, pues encantado de ver una, mirándola
extasiado por algunos momentos; después se volvió a Jean Valjean, extendió
el brazo para devolverle la moneda y le dijo majestuosamente:
‑Ciudadano,
me gusta más romper los faroles. Tomad vuestra fiera; a mí no se me compra.
‑¿Tienes
madre? ‑le preguntó Jean Valjean.
Gavroche
respondió:
-Tal
vez más que vos.
‑Pues
bien ‑dijo Jean Valjean‑, guarda ese dinero para tu madre.
Gavroche
se sintió conmovido. Además había notado que el hombre que le hablaba no tenía
sombrero, y esto le inspiraba confianza.
‑¿De
verdad no es esto para que no rompa los faroles?
‑Rompe
todo lo que quieras.
‑Sois
todo un hombre ‑dijo Gavroche.
Y
se guardó el napoleón en el bolsillo.
Como
aumentara poco a poco su confianza, preguntó:
‑¿Vivís
en esta calle?
‑Sí.
¿Por qué?
-¿Podríais
decirme cuál es el número 7?
‑¿Para
qué quieres saber el número 7?
El
muchacho se detuvo, temió haber dicho demasiado y se metió los dedos entre los
cabellos, limitándose a contestar:
‑Para
saberlo.
Una
repentina idea atravesó la mente de Jean Valjean; la angustia tiene momentos de
lucidez. Dirigiéndose al pilluelo le preguntó:
‑¿Eres
tú el que trae una carta que estoy esperando?
‑¿Vos?
‑dijo Gavroche‑. No sois mujer.
‑¿La
carta es para la señorita Cosette, no es verdad?
‑¿Cosette?
‑murmuró Gavroche‑; sí, creo que es ese endiablado nombre.
‑Pues
bien ‑añadió Jean Valjean‑; yo debo recibir la carta para llevársela.
Dámela.
‑¿Entonces
deberéis saber que vengo de la barricada?
‑Sin
duda.
Gavroche
metió la mano en uno de sus bolsillos, y sacó un papel con cuatro dobleces.
‑Este
despacho ‑dijo‑ viene del Gobierno Provisional.
‑Dámelo.
‑No
creáis que es una carta de amor; es para una mujer, pero es para el pueblo.
Nosotros peleamos, pero respetamos a las mujeres.
‑Dámela.
‑¡Tomad!
‑¿Hay
que llevar respuesta a Saint‑Merry?
‑¡Ahí
sí que la haríais buena! Esta carta viene de la barricada de la Chanvrerie, y
allá me vuelvo. Buenas noches, ciudadano.
Y,
dicho esto, se fue, o por mejor decir, voló como un pájaro escapado de la
jaula hacia el sitio de donde había venido. Algunos minutos después el ruido
de un vidrio roto y el estruendo de un farol cayendo al suelo, despertaron otra
vez a los indignados vecinos. Era Gavroche que pasaba por la calle Chaume.
Jean
Valjean entró en su casa con la carta de Marius. Subió la escalera a tientas,
abrió y cerró suavemente la puerta, consumió tres o cuatro pajuelas antes
de encender la luz, ¡tanto le temblaba la mano!, porque había algo de robo en
lo que acababa de hacer. Por fin encendió la vela, desdobló el papel y leyó.
En
las emociones violentas no se lee, se atrapa el papel, se le oprime como a una
víctima, se le estruja, se le clavan las uñas de la cólera o de la alegría,
se corre hacia el fin, se salta el principio; la atención es febril,
comprende algo, un poco, lo esencial, se apodera de un punto, y todo lo demás
desaparece. En la carta de Marius a Cosette, Jean Valjean no vio más que esto:
"...Muero. Cuando leas esto, mi alma estará a lo lado".
Al
leer estas dos líneas, sintió un deslumbramiento horrible; tenía ante sus
ojos este esplendor: la muerte del ser aborrecido.
Dio
un terrible grito de alegría interior. Todo estaba ya concluido. El desenlace
llegaba más pronto de lo que esperaba. El ser que oponía un obstáculo a su
destino desaparecía y desaparecía por sí mismo, libremente, de buena
voluntad, sin que él hiciera nada; sin que fuera culpa suya, ese hombre iba a
morir, quizá había ya muerto. Pero empezó a reflexionar su mente febril. No
‑se dijo‑, todavía no ha muerto. Esta carta fue escrita para que
Cosette la lea mañana por la mañana; después de las descargas que escuché
entre once y doce no ha habido nada; la barricada no será atacada hasta el
amanecer; pero es igual, desde el momento en que ese hombre se mezcló en esta
guerra está perdido, será arrastrado por su engranaje.
Se
sintió liberado. Estaría de nuevo solo con Cosette; cesaba la competencia,
empezaba el porvenir. Bastaba con que guardara la carta en el bolsillo, y
Cosette no sabría nunca lo que había sido de ese hombre.
‑Ahora
hay que dejar que las cosas se cumplan ‑murmuró‑. No puede
escapar. Si aún no ha muerto, va a morir pronto. ¡Qué felicidad!
Sin
embargo, prosiguió su meditación con aire taciturno.
Una
hora después, Jean Valjean salía vestido de guardia nacional y armado. Llevaba
un fusil cargado y una cartuchera llena.