LOS MISERABLES

LIBRO SEXTO

El 5 de junio de 1832

I

La superficie y el fondo del asunto

¿De qué se compone un motín? De todo y de nada. De una electricidad que se desarrolla poco a poco, de una llama que se forma súbitamente, de una fuerza vaga, de un soplo que pasa. Este soplo encuentra cabezas que hablan, cerebros que piensan, almas que padecen, pasiones que arden, miserias que se lamentan, y arrastra todo. ¿Adón­de? Al acaso. A través del Estado, a través de las leyes, a través de la prosperidad y de la insolencia de los demás.

La convicción irritada, el entusiasmo frustrado, la indignación conmovida, el instinto de guerra reprimido, el valor de la juventud exaltada, la ceguera generosa, la curiosidad, el placer de la novedad, la sed de lo inesperado, los odios vagos, los rencores, las contrariedades, la vanidad, el ma­lestar, las ambiciones, la ilusión de que un derrumbamiento lleve a una salida; y en fin, en lo más bajo, la turba, ese lodo que se convierte en fuego: tales son los elementos del motín.

Sin duda, los motines tienen su belleza históri­ca; la guerra de las canes no es menos grandiosa ni menos patética que la guerra del campo.

El movimiento de 1832 tuvo, en su rápida explosión y en su lúgubre extinción, tal magnitud que aún aquellos que lo consideran sólo un mo­tín, hablan de él con respeto.

Una revolución no se corta en un día; tiene siempre necesariamente algunas ondulaciones an­tes de volver al estado de paz.

Esta crisis patética de la historia contempo­ránea, que la memoria de los parisienses llama la época de los motines, es seguramente una hora característica entre las más tempestuosas de este siglo.

Los hechos que vamos a referir pertenecen a esa realidad dramática y viva que el historiador desprecia muchas veces por falta de tiempo y de espacio. Sin embargo, insistimos, en ella está la vida, la palpitación, el temblor humano.

La época llamada de los motines abunda en hechos pequeños. Nosotros vamos a sacar a la luz, entre particularidades conocidas y publica­das, cosas que no se han sabido, hechos sobre los cuales ha pasado el olvido de unos y la muerte de otros.

La mayor parte de los adores de estas escenas gigantescas han desaparecido, pero podemos de­cir que lo que relatamos, lo hemos visto. Cambia­remos algunos nombres, porque la historia refiere y no denuncia.

En este libro no mostraremos más que un lado y un episodio, seguramente el menos co­nocido, de las jornadas de los días 5 y 6 de junio de 1832; pero lo haremos de modo que el lector entrevea, bajo el sombrío velo que vamos a levantar, la figura real de esta terrible aventura del pueblo.

 

II

Reclutas

 

Al momento de estallar la insurrección, un niño andrajoso bajaba por Menilmontant con una vara florida en la mano. Vio de pronto en el suelo una vieja pistola inservible; arrojó lejos su vara, reco­gió la pistola, y se fue cantando a todo pulmón y blandiendo su nueva arma. Era Gavroche que se iba a la guerra.

Nunca supo que los dos niños perdidos a quienes acogiera una noche eran sus propios her­manos. ¡Encontrar en la noche dos hermanos y en la madrugada un padre! Después de ayudar a Thenardier, volvió al elefante, inventó algo de co­mer y lo compartió con los niños y después salió, dejándolos en manos de la madre calle. Al irse les dio este discurso de despedida: "Yo me largo, hijitos míos. Si no encontráis a papá y mamá, volved aquí en la tarde. Yo os daré algo de comer y os acostaré". Pero los niños no regresaron. Diez o doce semanas pasaron y Gavroche muchas ve­ces se decía, rascándose la cabeza:

-¿Pero dónde diablos se metieron mis dos hijos?

Y ahora caminaba, muerto de hambre, pero alegre, en medio de una muchedumbre que huía despavorida. El iba cantando versos de la Marse­llesa interpretados a su manera. En una calle en­contró un guardia nacional caído con su caballo. Lo recogió, lo ayudó a poner de pie a su cabalga­dura, y continuó su camino pistola en mano.

En el mercado, cuyo cuerpo de guardia había sido desarmado ya, se encontró con un grupo guia­do por Enjolras, Courfeyrac, Combeferre, Feuilly, Bahorel y Prouvaire. Enjolras llevaba una escopeta de caza de dos cañones; Combeferre, un fusil de guardia nacional y dos pistolas, que se le veían bajo su levita desabotonada; Prouvaire, un viejo mosquetón de caballería, y Bahorel una carabina; Courfeyrac bland'ia un estoque; Feuilly con un sable desnudo marchaba delante gritando: ¡Viva Polonia!

Venían del muelle Morland, sin corbata y sin sombrero, agitados, mojados por la lluvia, y con el fuego en los ojos. Gavroche se acercó a ellos con toda calma.

‑¿Adónde vamos? ‑preguntó.

-Ven ‑dijo Courfeyrac.

Un cortejo tumultuoso les seguía; estudiantes, artistas, obreros, hombres bien vestidos, armados de palos y de bayonetas, algunos con pistolas. Un anciano que parecía de mucha edad iba también en el grupo. No tenía armas y corría para no quedarse atrás, aunque parecía pensar en otra cosa y su andar era vacilante.

Era el señor Mabeuf. Courfeyrac lo había reco­nocido por haber acompañado muchas veces a Marius a su casa.

Conociendo sus costumbres pacíficas y extra­ñado al verlo en medio de aquel tumulto, se le acercó.

‑Señor Mabeuf, volvéos a casa.

-¿Por qué?

‑Porque va a haber jarana.

‑Está bien.

‑¡Sablazos, tiros, señor Mabeul

‑Está bien.

‑¡Cañonazos!

‑Está bien. ¿Adónde vais vosotros?

-Vamos a echar abajo el gobierno.

‑Está bien.

Y los siguió sin volver a pronunciar una pala­bra. Su paso se había ido fortaleciendo; algunos obreros le ofrecieron el brazo y lo había rechaza­do con un movimiento de cabeza. Iba casi en la primera fila de la columna ya. Empezó a correr el rumor de que era un antiguo regicida.

Mientras tanto el grupo crecía a cada instante. Gavroche iba delante de todos, cantando a gritos.

En la calle Billettes, un hombre de alta esta­tura, que empezaba a encanecer y a quien nadie conocía, se sumó al grupo. Gavroche, distraído con sus cánticos, sus silbidos y sus gritos, con ir el primero, y con llamar en las tiendas con la culata de su pistola sin gatillo, no se fijó en aquel hombre.

Al pasar por la calle Verrerie frente a la casa de Courfeyrac, su portera le gritó:

‑Señor Courfeyrac, adentro hay alguien que quiere hablaros.

‑¡Que se vaya al diablo! ‑dijo Courfeyrac.

‑¡Pero es que os espera hace más de una hora! ‑exclamó la portera.

Y al mismo tiempo un jovencillo vestido de obrero, pálido, delgado, pequeño, con manchas rojizas en la piel, cubierto con una blusa agujerea­da y un pantalón de terciopelo remendado, que tenía más bien facha de una muchacha vestida de muchacho que de hombre, salió de la portería, y dijo a Courfeyrac con una voz que no era por cierto de mujer:

‑¿Está con vos el señor Marius?

‑No.

‑¿Volverá esta noche?

‑No lo sé. Y lo que es yo, no volveré.

El muchacho le miró fijamente, y le preguntó:

‑¿Adónde vais?

-Voy a las barricadas.

‑¿Queréis que vaya con vos?

‑¡Si tú quieres! ‑respondió Courfeyrac‑ La ca­lle es libre.

Y junto a sus amigos se encaminaron hasta la calle de la Chanvrerie, en el barrio de Saint‑Denis.

 

III

Corinto

 

A esa hora Laigle, Joly y Grantaire se encontraban en la, en aquella época, célebre taberna Corinto, situada en la calle de la Chanvrerie desde hacía trescientos años, y cuyos dueños se sucedían de padres a hijos.

Hacia 1830, el dueño murió y su viuda no supo mantener el prestigio de la taberna; la coci­na bajó su calidad y el vino, que siempre fue malo, se hizo intomable. Sin embargo, Courfeyrac y sus camaradas continuaron yendo allí, por com­pasión, decía Laigle.

Ese día los tres amigos comieron y bebieron copiosamente y se burlaron de todo, como de costumbre. De pronto vieron aparecer a un niño de unos diez años, todo despeinado, empapado por la llu­via, y con una gran sonrisa en sus labios. Los miró atentamente y se dirigió sin vacilar a Laigle.

‑Un rubio alto me dijo que viniera aquí y dijera al señor Laigle de su parte este mensaje: "ABC". Es una broma, ¿verdad?

‑¿Cómo lo llamas? ‑le preguntó Laigle.

‑Navet, soy amigo de Gavroche.

‑Quédate con nosotros a almorzar.

‑No puedo, voy en el cortejo, soy el que grita ¡abajo Polignac!

Hizo una reverencia y se fue.

‑ABC, es decir, entierro de Lamarque ‑dijo Laigle‑. ¿Iremos?

‑Llueve ‑dijo Joly‑, no quiero resfriarme.

-Yo prefiero un almuerzo a un entierro.

‑Entonces nos quedamos ‑concluyó Laigle.

Y continuaron con su almuerzo alegremente. Pasaron las horas y ya no quedaba nadie más en la taberna. Laigle, bastante borracho, estaba senta­do en la ventana cuando súbitamente sintió un tumulto en la calle y gritos de ¡a las armas! y vio pasar a sus amigos encabezados por Enjolras y seguidos por un extraño grupo vociferante. Llamó a gritos a Courfeyrac. Courfeyrac lo vio y se le acercó.

‑¿A dónde van? ‑preguntó Laigle.

A hacer una barricada.

‑Háganla aquí, este lugar está perfecto.

‑Es cierto, Laigle, tienes razón.

Y a una señal de Courfeyrac, el tropel se pre­cipitó hacia Corinto.

A aquella famosa barricada de la Chanvrerie, sumergida hoy en una noche profunda, es a la que vamos a dar un poco de luz.

Corinto se componía de una sala baja donde estaba el mostrador, y otra sala en el segundo piso a la que se subía por una escalera de caracol que se abría al techo; en la sala baja había una trampa por donde se bajaba al sótano. La cocina dividía el entresuelo del mostrador.

Gavroche iba y venía, subía, bajaba, metía rui­do, brillaba, era un torbellino. Se le veía sin cesar; se le oía continuamente; llenaba todo el espacio. La enorme barricada sentía su acción. Molestaba a los transeúntes, excitaba a los perezosos, reanima­ba a los fatigados, impacientaba a los pensativos, alegraba a unos, esperanzaba o encolerizaba a otros, y ponía a todos en movimiento.

 

IV

Los preparativos

 

Los periódicos de la época, que han dicho que la barricada de la calle de Chanvrerie era casi inex­pugnable y que llegaba al nivel del piso principal, se equivocaron. No pasaba de una altura de seis o siete pies, como término medio.

Enjolras y sus amigos hicieron dos barricadas, una en la calle Chanvrerie y, contigua a ésta, otra más pequeña en la callejuela Mondetour, oculta detrás de la taberna y que apenas se veía. Los pocos transeúntes que se atrevían a pasar en aquel momento por la calle Saint‑Denis, echaban una mirada a la calle Chanvrerie, veían la barricada y apresuraban el paso.

Cuando estuvieron construidas las dos barri­cadas y enarbolada la bandera, se sacó una mesa fuera de la taberna; y en ella se subió Courfeyrac. Enjolras transportó un cofre cuadrado que esta­ba lleno de cartuchos; Courfeyrac los distribu­yó. A1 recibirlos temblaron los más valientes, y hubo un momento de silencio. Cada uno reci­bió treinta.

Muchos tenían pólvora y comenzaron a prepa­rar más cartuchos con las balas que se fundían en la taberna. Sobre una mesa aparte, cerca de la puerta, colocaron un barril de pólvora, bien guar­dado. Entretanto, la convocatoria que recorría todo París a toque de tambores no cesaba, pero había terminado por no ser más que un ruido monóto­no del que nadie hacía caso.

Concluidas ya las barricadas, designados los puestos, cargados los fusiles, situados los centine­las, solos en aquellas calles temibles por donde no pasaba ya nadie, rodeados de aquellas casas mudas, en medio de esas sombras y de ese silencio que tenía algo trágico y aterrador, aislados, armados, resueltos, tranquilos, esperaron.

En aquellas horas de terrible espera, los ami­gos se buscaron y en un rincón de Corinto esos jóvenes, tan cercanos a una hora suprema, ¿qué hicieron? Escucharon los versos de amor que reci­taba en voz baja Prouvaire, el poeta.

Pues el insurgente poetiza la insurrección, y era por un ideal que estaban allí; no contra Luis Felipe sino contra la monarquía, contra el domi­nio del hombre sobre el hombre. Querían París sin rey y el mundo sin déspotas.

 

V

El hombre reclutado en la calle Billetes

 

La noche había ya caído completamente; nadie se acercaba. El plazo se prolongaba, señal de que el gobierno se tomaba su tiempo y reunía sus fuer­zas. Aquellos cincuenta hombres esperaban a se­senta mil.

Gavroche, que hacía cartuchos en la sala baja, estaba muy pensativo, aunque no precisamente por sus cartuchos.

El hombre de la calle Billettes acababa de entrar y había ido a sentarse en la mesa menos alumbrada, con aire meditabundo. Tenía un fusil de munición, que sostenía entre sus piernas.

Gavroche, hasta aquel momento distraído en cien cosas "entretenidas", no lo había visto toda­vía. Cuando entró, le siguió maquinalmente con la vista, admirando su fusil, y cuando el hombre se sentó, se paró él de un salto. Se le aproximó, y se puso a dar vueltas en derredor suyo sobre la punta de los pies. Al mismo tiempo, en su rostro infantil, a la vez tan descarado y tan serio, tan vivo y tan profundo, tan alegre y tan dolorido, se fueron pintando sucesivamente todos esos gestos que significan: ¡Ah! ¡Bah! ¡No es posible! ¡Tengo telarañas en los ojos! ¿Será él? No, no es. Pero sí. Pero no.

Gavroche se balanceaba sobre sus talones, cris­paba sus manos en los bolsillos, movía el cuello como un pájaro. Estaba estupefacto, confundido, incrédulo, convencido, trastornado. En lo más profundo de este examen se acercó a él Enjolras.

‑Tú eres pequeño ‑le dijo‑, y no serás visto. Sal de las barricadas, explora un poco las calles, y ven a decirme lo que hay.

Gavroche se enderezó al oír esto.

‑¡Los pequeños sirven, pues, para algo! ¡Qué felicidad! ¡Voy! Mientras tanto, confiad en los pe­queños y desconfiad de los grandes...

Y levantando la cabeza y bajando la voz, aña­dió señalando al hombre de la calle Billettes:

‑¿Veis ese grandote?

‑Sí.

‑Es un espía.

‑¿Estás seguro?

-Aún no hace quince días que me bajó de las orejas de una cornisa del Puente Real, en donde estaba yo tomando el fresco.

Enjolras se alejó de inmediato y llamó a cuatro hombres, que fueron a colocarse detrás de la mesa en que estaba el sospechoso. Entonces Enjolras se le acercó y le preguntó:

‑¿Quién sois?

A esta brusca interrogación, el hombre se so­bresaltó; dirigió una mirada a Enjolras, una mirada que penetró hasta el fondo de su cándida pupila, y pareció adivinar su pensamiento.

‑¿Sois espía? ‑preguntó Enjolras.

Sonrió desdeñoso, y respondió con altivez:

‑Soy agente de la autoridad.

‑¿Como os llamáis?

‑Javert.

Enjolras hizo una señal a los cuatro hombres, y en un abrir y cerrar de ojos, antes de que Javert tuviera tiempo de volverse, fue cogido por el cue­llo, derribado y registrado.

Le hallaron, aparte de su tarjeta de identifica­ción, un papel de la Prefectura que decía: "El inspector Javert, así que haya cumplido su misión política, se asegurará, mediante una vigilancia es­pecial, si es verdad que algunos malhechores an­dan vagando por las orillas del Sena, cerca del puente de Jena".

Terminado el registro levantaron a Javert; le sujetaron los brazos por detrás de la espalda y lo ataron.

‑Es el ratón el que cogió al gato ‑le dijo Gavroche.

‑Seréis fusilado dos minutos antes de que to­men la barricada ‑dijo Enjolras.

Javert replicó con tono altanero:

‑¿Y por qué no en seguida?

‑Economizamos la pólvora.

‑Entonces matadme de una puñalada.

‑Espía ‑le dijo Enjolras‑, nosotros somos jue­ces y no asesinos.

Después llamó a Gavroche.

‑¡Tú, vete a lo misión! ¡Haz lo que lo he di­cho!

-Voy ‑dijo Gavroche.

Y deteniéndose en el momento de partir, aña­dió:

‑A propósito ¿me daréis su fusil? Os dejo el músico y me llevo el clarinete.

El pilluelo hizo el saludo militar y saltó alegre­mente por una grieta de la barricada.

 

VI

Marius entra en la sombra

 

Aquella voz que a través del crepúsculo había llamado a Marius a la barricada de la calle de la Chanvrerie, le había producido el mismo efecto que la voz del destino. Quería morir, y se le presentaba la ocasión; llamaba a la puerta de la tumba, y una mano en la sombra le tendía la llave. Marius salió del jardín, y dijo: ¡Vamos!

El joven que le hablara se había perdido en la oscuridad de las calles.

Marius caminaba decidido, con la voluntad del hombre sin esperanza; lo habían llamado, y tenía que ir. Encontró medio de atravesar por entre la multitud y las tropas, se ocultó de las patrullas y evitó los centinelas. Oyó un tiro que no supo de dónde venía; el fogonazo atravesó la oscuridad. Pero no se detuvo.

Así llegó a la callejuela Mondetour, que era la única comunicación conservada por Enjolras con el exterior. Un poco más allá de la esquina con la calle de la Chanvrerie, distinguió el resplandor de una lamparilla, una pequeña parte de la taberna, y unos cuantos hombres acurrucados con fusiles entre las rodillas. Era el interior de la barricada. Todo esto a pocos metros de él. Marius no tenía más que dar un paso. Entonces el desdichado joven se sentó en un adoquín, cruzó los brazos, y se echó a llorar amargamente.

¿Qué hacer? Vivir sin Cosette era imposible; y puesto que se había marchado, era preciso morir. ¿Para qué, pues, vivir? No podía además abando­nar a sus amigos que lo esperaban, que quizá lo necesitaban, que eran un puñado contra un ejérci­to. Vio abrirse ante él la guerra civil.

Pensando así, decaído pero resuelto, temblan­do ante lo que iba a hacer, su mirada vagaba por el interior de la barricada.