LOS MISERABLES
LIBRO
CUARTO
El
encanto y la desolación
I
Desde
1823, mientras el bodegón de Montfermeil desaparecía poco a poco, no en el
abismo de una bancarrota sino en la cloaca de las deudas pequeñas, los
Thenardier habían tenido dos hijos varones; ahora eran cinco, dos mujeres y
tres hombres, lo que fue demasiado para ellos.
La
Thenardier se deshizo de los dos últimos, cuando eran aún muy pequeños, con
una singular facilidad. Su odio al género humano empezaba en sus hijos varones.
¿Por qué? Porque sí.
Expliquemos
cómo llegaron a librarse de estos hijos. Su gran amiga Magnon, que fuera criada
del señor Gillenormand antes de Nicolasa, había conseguido sacarle al pobre
viejo una buena pensión para sus dos hijos, haciéndole creer que era el padre.
Pero en una epidemia murieron ambos en el mismo día. Esto fue un gran golpe,
porque los niños representaban ochenta francos al mes para su madre.
La
Magnon buscó una solución. Ella necesitaba dos hijos; la Thenardier los tenía,
de la misma edad y sexo, y le estorbaban. Fue un buen arreglo para las dos
madres y así los niños Thenardier se convirtieron en riiños Magnon.
La
Thenardier exigió diez francos al mes por el préstamo de sus hijos, lo que fue
aceptado y pagado regularmente. En tanto, el señor Gillenormand iba cada seis
meses a ver a los niños, y no notó el cambio.
‑Señor
‑le decía la Magnon‑, ¡cómo se parecen a vos!
Thenardier,
para evitar problemas, se convirtió en Jondrette. Sus dos hijas y Gavroche
apenas habían tenido tiempo de notar que tenían dos hermanos. En cierto grado
de miseria se apodera del alma una especie de indiferencia espectral y se ve a
los seres como a ánimas en pena.
Los
dos niños tuvieron suerte, pues fueron criados como señoritos, y estaban mucho
mejor que con su verdadera madre. La Magnon los cuidaba, los vestía bien y
jamás decía ni una sola palabra en argot delante de ellos.
Así
pasaron algunos años. Pero la redada hecha en el desván de Jondrette
repercutió en una parte de esa inmunda sociedad del crimen que vive oculta. La
prisión de Thenardier trajo la prisión de la Magnon.
Poco
después de que ésta entregara a Eponina el mensaje relativo a la calle Plumet,
se verificó en su barrio una repentina visita de la policía y la Magnon fue
apresada.
Los
dos niños jugaban afuera y no se dieron cuenta. Al volver hallaron la puerta
cerrada y la casa vacía. Un vecino les dio un papel que les dejara la madre,
con una dirección a la que debían dirigirse.
Los
niños se alejaron, llevando el mayor el papel en la mano; hacía mucho frío,
sus dedos hinchados se cerraban mal y apenas podían sostener el papel. Al dar
vuelta la esquina se lo llevó una ráfaga de viento, y como caía la noche no
pudieron encontrarlo. Se pusieron a vagar por las calles.
La
primavera en París suele verse interrumpida por brisas ásperas y agudas que le
dejan a uno por eso aterido de frío. Una tarde en que esas brisas soplaban rudamente,
de modo que parecía haber vuelto el invierno y los parisienses se ponían
nuevamente los abrigos, el pequeño
Gavroche, temblando alegre mente de frío bajo sus harapos, estaba parado y
como en éxtasis delante de una peluquería de los alrededores de la calle Orme‑Saint‑Gervais.
Llevaba un chal de lana de mujer, cogido no sabemos dónde, con el cual se había
hecho un tapaboca, Parecía que admiraba embelesado una figura de cera, una
novia adornada con azahares, que daba vueltas en el escaparate. Pero en realidad
observaba la tienda para ver si podía birlar un jabón, que iría a vender
enseguida a otra parte. Muchos días almorzaba con uno de esos jabones, y llamaba
a este trabajo, para el cual tenía mucho talento, “cortar el pelo al
peluquero".
Mientras
Gavroche examinaba la vitrina, dos pequeños de unos siete y cinco años
entraron a la tienda pidiendo algo con un murmullo lastimero, que más parecía
un gemido que una súplica. Hablaban ambos a la vez y sus palabras eran
ininteligibles, porque los sollozos ahogaban la voz del menor y el frío hacía
castañetear los dientes del mayor. El barbero se volvió con rostro airado y,
sin abandonar la navaja, los echó a la calle y cerró la puerta diciendo:
‑¡Venir
a enfriarnos la sala por nada!
Los
niños echaron a andar llorando. Empezaba a llover. Gavroche fue tras ellos.
‑¿Qué
tenéis, pequeñuelos?
‑No
sabemos dónde dormir.
‑¿Y
eso es todo? ¡Vaya gran cosa! ¡Y se llora!
Y
adoptando un acento de tierna autoridad y de dulce protección, añadió:
‑Criaturas,
venid conmigo.
‑Sí,
señor ‑dijo el mayor.
Lo
siguieron y dejaron de llorar. Gavroche los llevó en dirección a la Bastilla.
En el camino se entretenía. Al pasar, salpicó de barro las botas lustradas de
un transeúnte.
‑¡Bribón!
‑gritó éste furioso.
Gavroche
sacó la nariz del tapaboca.
‑¿Se
queja de algo el señor?
‑¡De
ti!
‑Se
ha cerrado el despacho, y ya no admito reclamos.
Y
se volvió a tapar la boca.
Mientras
caminaban, escuchó un sollozo y descubrió junto a una puerta cochera a una muchachita
de trece a catorce años, helada, y con un vestidito tan corto que apenas le
llegaba a la rodilla.
‑¡Pobre
niña! ‑dijo Gavroche‑. No tiene ni calzones. ¡Ponte esto aunque
sea!
Y
quitándose el chal de lana que tenía al cuello, lo echó sobre los hombros
delgados y amoratados de la niña, que lo contempló con asombro, y recibió el
chal en silencio. En cierto grado de miseria, el pobre en su estupor no flora ya
su mal ni agradece el bien.
Y
Gavroche continuó su camino; los dos niños lo seguían. Pasaron frente a uno
de esos estrechos enrejados de alambre que indican una panadería, porque el
pan se pone como el oro detrás de rejas de hierro.
-A
ver, muchachos, ¿habéis comido?
‑Señor
‑repuso el mayor‑, no hemos comido desde esta mañana.
‑¿No
tenéis padre ni madre?
‑Excúseme,
señor, tenemos papá y mamá, pero no sabemos dónde están.
-A
veces es mejor eso que saberlo ‑dijo Gavroche, que era un gran filósofo.
‑Hace
dos horas que buscamos por los rincones y no encontramos nada.
‑Lo
sé, los perros se lo comen todo.
Y
continuó después de un momento de silencio:
‑¡Ea!
Hemos perdido a nuestros autores. Eso no se hace, cachorros, no debemos perder
así no más a las personas de edad. Pero como sea, hay que manducar.
No
les hizo ninguna pregunta. ¿Qué cosa más normal que no tener domicilio? Se
detuvo de pronto y registró todos los rincones que tenía en sus harapos. Por
fin levantó la cabeza con una expresión que no que ría ser satisfecha,
pero que en realidad era triunfante.
‑Calmémonos,
monigotes. Ya tenemos con qué cenar los tres.
Y
sacó de un bolsillo un sueldo. Los empujó hacia la tienda del panadero, y puso
el sueldo en el mostrador, gritando:
‑¡Mono!
Cinco céntimos de pan.
El
panadero, que era el dueño en persona, cogió un pan y un cuchillo.
‑¡En
tres pedazos, mozo! ‑gritó Gavroche, añadiendo con dignidad‑:
Somos tres.
El
panadero cortó el pan y se guardó el sueldo. Gavroche tomb el pedazo más
chico para sí y dijo a los niños:
-Ahora,
¡engullid, monigotes!
Los
niños lo miraron sin comprender.
‑¡Ah,
es verdad! ‑exclamó Gavroche riendo‑. No entienden, son tan
ignorantes los pobres.
Siempre
riendo, les dijo:
‑Comed,
pequeños.
Los
pobres niños estaban hambrientos, y Gavroche también. Se fueron comiendo el
pan por la calle, y así llegaron a la lúgubre calle Ballets, al fondo de la
cual se ve el portón de la cárcel de la Force.
‑¡Caramba!
¿Eres tú, Gavroche? ‑dijo alguien.
‑¡Caramba!
¿Eres tú, Montparnasse?
Un
hombre acababa de acercarse al pilluelo; era Montparnasse disfrazado, con unos
curiosos anteojos azules.
‑¡Diablos!
‑dijo Gavroche‑. ¡Qué anteojos! Tienes estilo, palabra de honor.
‑¡Chist!
No hables tan alto.
Y
se lo llevó fuera de la luz de las tiendas. Los niños los siguieron tornados
de la mano.
‑¿Sabes
adónde voy? ‑dijo Montpamasse.
-A
la guillotina ‑repuso Gavroche.
-A
encontrarme con Babet ‑susurró Montpar‑
‑Lo
creía en chirona.
‑Se
escapó esta mañana.
Y
Montparnasse le contó al pilluelo que esa mañana Babet había sido trasladado
a La Concièrgerie y se había escapado, doblando a la izquierda en vez de a
la derecha en el "corredor de la instrucción". Gavroche admiró su
habilidad. Mientras escuchaba, había cogido el bastón de Montparnasse y tiró
maquinalmente de la parte superior, en donde apareció la hoja de un puñal.
‑¡Ah!
‑dijo envainando rápidamente el puñal‑, has traído lo gendarme
disfrazado de ciudadano. ¿Vas a aporrear polizontes?
‑No
sé, pero siempre es bueno llevar un alfiler.
‑¿Qué
haces esta noche? ‑preguntó Gavroche sonriendo.
‑Negocios.
Y tú, ¿adónde vas ahora?
-Voy
a acostar a estos piojosos.
‑¿Dónde?
‑En
mi casa.
‑¿Dónde
está lo casa?
‑En
mi casa.
‑¿Tienes
casa, entonces?
‑Sí,
tengo casa.
‑¿Y
dónde vives?
‑En
el elefante.
Montparnasse
no pudo contener una exclamación.
‑¡En
el elefante!
‑Sí,
en el elefante. ¿Y qué?
‑No,
nada. ¿Se está bien allí?
‑Fenomenal.
No hay vientos encajonados como bajo los puentes.
‑¿Y
cómo entras?
‑Entrando.
‑¿Hay
algún agujero?
‑Claro,
pero no se debe decir. Es por las patas delanteras.
-Y
tú escalas, ya comprendo.
‑Para
los cachorros pondré una escalera.
-¿De
dónde demonios sacaste estos mochuelos?
‑Me
los regaló un peluquero.
Montparnasse
estaba preocupado.
‑Me
reconociste con facilidad ‑murmuró.
Sacó
del bolsillo dos cañones de pluma rodeados de algodón y se los introdujo en
los agujeros de las narices.
‑Eso
lo cambia ‑dijo Gavroche‑. Estás menos feo, deberías usarlos
siempre.
Montparnasse
era un buenazo, pero a Gavroche le gustaba burlarse de él.
-Y
ahora, muy buenas noches ‑dijo Gavroche‑, me voy a mi elefante con
mis monigotes. Si por casualidad alguna noche me necesitas, ve a buscarme allá.
Vivo en el entresuelo; no hay portero; pregunta por el señor Gavroche.
Y
se separaron, dirigiéndose Montparnasse hacia la Grève y Gavroche hacia la
Bastilla.
Hace
veinte años se veía aún en la plaza de la Bastilla un extraño monumento, el
esqueleto grandioso de una idea de Napoleón. Era un elefante de cuarenta pies
de alto, construido de madera y mampostería. Muy pocos extranjeros visitaban
aquel edificio; ningún transeúnte lo miraba. Estaba ya ruinoso, rodeado de una
empalizada podrida, y manchada a cada instante por cocheros y borrachos.
Al
llegar al coloso, Gavroche comprendió el efecto que lo infinitamente grande podía
producir en lo infinitamente pequeño, y dijo:
‑¡No
tengáis miedo, hijos míos!
Después
entró por un hueco de la empalizada en el recinto que ocupaba el elefante y
ayudó a los niños a pasar por la brecha. Estos, un tanto asustados, seguían a
Gavroche sin decir palabra, y se entregaban a, aquella pequeña providencia harapienta
que les había dado pan y les había prometido un techo. Había en el suelo
una escalera de mano que servía en el día a los trabajadores de un taller
vecino. Gavroche la apoyó contra las patas del elefante y dijo a los niños:
‑Subid
y entrad.
Ellos
se miraron aterrados.
‑¡Tenéis
miedo! Mirad.
Se
abrazó al pie rugoso del elefante y en un abrir y cerrar de ojos, sin dignarse
hacer use de la escala, llegó a una grieta; entró por ella como una culebra,
desapareció, y un momento después apareció su cabeza por el borde del
agujero.
‑¡Ea!
‑gritó‑, subid ahora, cachorros. ¡Ya veréis lo bien que se está
aquí!
El
pilluelo les inspiraba miedo y confianza a la vez; además llovía muy fuerte.
Se arriesgaron y subieron. Cuando estuvieron los tres adentro, Gavroche dijo,
con orgullo:
‑¡Enanitos,
estáis en mi casa!
¡Oh,
utilidad increíble de lo inútil! Aquel monumento desmesurado que había
contenido un pensamiento del emperador, se convirtió en la casa de un pilluelo.
El niño había sido adoptado y abrigado por el coloso.
Napoleón
tuvo un pensamiento digno del genio; en aquel elefante titánico quiso
encarnar al pueblo. Dios hizo algo más grande: alojaba allí a un niño.
‑Empecemos
‑dijo Gavroche‑ por decirle al portero que no estamos en casa.
Tomó
una tabla y tapó el agujero. Luego encendió una de esas sogas impregnadas de
resina que llaman cerillas largas.
Los
dos huéspedes de Gavroche miraron en derredor y experimentaron algo semejante a
lo que debió experimentar Jonás en el vientre bíblico de la ballena.
El
menor dijo:
‑¡Qué
oscuro está!
Esta
exclamación llamó la atención a Gavroche.
‑¿Qué
decís? ¿Nos quejamos? ¿Nos hacemos los descontentos? ¿Necesitáis acaso las
Tullerías?
Para
curar, el miedo es muy buena la aspereza porque da confianza. Los niños se
aproximaron a Gavroche, quien, paternalmente enternecido con esta confianza,
dijo al más pequeño con una sonrisa cariñosa:
‑Mira,
animalejo, lo oscuro está en la calle. En la calle llueve, aquí no llueve; en
la calle hace frío, aquí no hay ni un soplo de viento; en la calle no hay ni
luna, aquí hay una luz.
Los
niños empezaron a mirar aquella habitación con menos espanto. Pero Gavroche
no les dejó tiempo para contemplaciones.
‑Listo
‑dijo.
Y
los empujó hacia lo que podemos llamar el fondo del cuarto. Allí estaba su
cama.
La
cama de Gavroche tenía de todo. Es decir, tenía un colchón y una manta. El
colchón era una estera de paja; la manta un pedazo grande de lana tosca,
abrigadora y casi nueva.
Los
tres se echaron sobre la estera. Aunque eran pequeños, ninguno podía estar de
pie en la alcoba.
‑Ahora
‑dijo Gavroche‑, vamos a suprimir el candelabro.
‑Señor
‑dijo el mayor de los hermanos mostrando la manta‑, ¿qué es
esto? ¡Es muy calentita!
Gavroche
dirigió una mirada de satisfacción a la manta.
‑Es
del jardín Botánico ‑dijo‑. Se la pedí a los monos.
Y
mostrando la estera en que estaban acostados, añadió:
‑Esta
era de la jirafa. Los animales tenían todo esto, y yo lo tomé. Les dije: es
para el elefante. Y por eso no se enojaron.
Los
niños contemplaban con respeto temeroso y asombrado a este ser intrépido a
ingenioso, vagabundo como ellos, solo como ellos, miserable como ellos, que tenía
algo admirable y poderoso, y cuyo rostro se componía de todos los gestos de un
viejo saltimbanqui, mezclados con la más sencilla y encantadora de las
sonrisas.
‑No
debéis preocuparos por nada ‑les dijo‑. Yo os cuidaré. Ya veréis
cómo nos divertiremos. En el verano nos bañaremos en el estanque; correremos
desnudos sobre los trenes delante del puente de Austerlitz. Esto hace rabiar a
las lavanderas, que gritan como locas. Iremos al teatro, iremos a ver
guillotinar, os presentaré al verdugo, el señor Sansón. ¡Ah, lo pasaremos
muy bien!
En
ese momento cayó una gota de resina en el dedo de Gavroche, y le recordó las
realidades de la vida.
‑Se
está gastando la mecha ‑dijo‑. ¡Atención! No puedo gastar más de
un sueldo al mes en luz. Cuando uno se acuesta es para dormir, no para leer
novelas.
Sus
palabras fueron seguidas de un gran relámpago deslumbrador que entró por las
hendiduras del vientre del elefante. Casi al mismo tiempo resonó un feroz
trueno. Los niños dieron un grito, pero Gavroche saludó al trueno con una
carcajada.
‑Calma,
niños. No movamos el edificio. Fue un hermoso trueno. Y puesto que Dios
enciende su luz, yo apago la mía.
Los
niños se apretaron uno contra otro. Gavroche los arregló bien sobre la
estera, les subió la manta hasta las orejas, y apagó la luz.
Apenas
quedó a oscuras su dormitorio, se sintió una multitud de ruidos sordos, como
si garras o dientes arañaran algo. El ruido iba acompañado de pequeños pero
agudos gritos.
El
más pequeño, helado de espanto, dio un codazo a su hermano, pero éste dormía
profundamente.
‑¡Señor!
‑¿Eh?
‑dijo Gavroche, que acababa de cerrar los párpados.
‑¿Qué
es eso?
‑Las
ratas.
Y
volvió a acomodarse.
‑¡Señor!
¿Qué son las ratas?
‑Son
ratones.
Esta
explicación tranquilizó un poco al niño. Había visto algunas veces ratones
blancos y no les tenía miedo. Sin embargo, volvió a decir:
‑¡Señor!
‑¡Qué!
‑¿Por
qué no tenéis gato?
-Tuve
uno, pero me lo comieron.
Esta
segunda explicación deshizo el efecto de la primera, y el niño volvió a
temblar, de modo que por cuarta vez empezó el diálogo.
‑¡Señor!
‑¡Qué!
‑¿A
quién se comieron?
-Al
gato.
‑¿Quién
se comió al gato?
‑Las
ratas.
‑¿Los
ratones?
‑Sí,
las ratas.
El
niño, consternado con la noticia de que estos ratones se comían a los gatos,
prosiguió:
‑¡Señor!
¿Nos comerán a nosotros estos ratones?
‑¡Qué
tontería!
El
terror del niño ya no tenía límites.
Pero
Gavroche añadió:
‑No
tengas miedo, no pueden entrar. Además, estoy yo aquí. Tómate de mi mano. Cállate
y duerme.
El
niño apretó esa mano y se tranquilizó. El valor y la fuerza tienen
comunicaciones misteriosas.
Poco
antes del amanecer, un hombre atravesó la plaza y se deslizó por la empalizada
hasta colocarse bajo el vientre del elefante. Repitió dos veces un extraño
grito. Al segundo grito, una voz clara respondió desde el vientre del elefante:
‑¡Sí!
Al
oír el grito, Gavroche quitó la tabla que cerraba el agujero, y bajó por la
pata del elefante.
El
hombre y el niño se reconocieron en silencio.
Montpamasse
se limitó a decir:
-Te
necesitamos. Ven a darnos una mano.
El
pilluelo no preguntó nada.
‑Aquí
me tienes ‑dijo.
Y
ambos se dirigieron hacia la calle Saint Antoine, de donde venía Montpamasse.
Esa
noche se había llevado a cabo la fuga de Thenardier y sus compinches, y
Montparnasse necesitó de la ayuda de Gavroche para los últimos detalles.
Esto
es lo que había pasado esa misma noche en la cárcel de la Force:
Babet,
Brujon, Gueulemer y Thenardier habían concertado su evasión. Babet lo hizo
por la mañana, como le contara Montpamasse a Gavroche. Montparnasse debía
apoyar la fuga de los otros desde fuera.
Brujon,
en su mes de calabozo, tuvo tiempo para trenzar una cuerda y madurar un plan.
Como se ve, lo malo de los calabozos es que dejan soñar a seres que deberían
estar trabajando.
Considerado
altamente peligroso, Brujon, al salir del calabozo, pasó al Edificio Nuevo,
donde lo primero que encontró fue a Gueulemer. Estaban en el mismo dormitorio.
Thenardier
se hallaba recluido en la parte alta del Edificio Nuevo, justo encima de la
habitación de sus amigos, desde donde, y no se sabe cómo, logró comunicarse
con ellos.
Esa
noche, Brujon y Gueulemer, sabiendo que afuera, en la calle, los esperaban Babet
y Montparnasse, horadaron la pared, al amparo del fuerte aguacero que caía.
Con la ayuda de la cuerda de Brujon, que ataron a un barrote de la chimenea,
saltaron al patio de los baños, abrieron la puerta de la casa del portero y se
hallaron en la calle. Instantes después se les unían Babet y Montparnasse
que rondaban a la espera. Al tirar de la cuerda, ésta se rompió y quedó un
pedazo colgando de la chimenea.
Thenardier
vio pasar por el tejado las sombras de sus amigos y, como estaba prevenido, comprendió
de qué se trataba. Hacia la una de la madrugada, con una barra de hierro aturdió
al guardián, abrió un boquete en el techo y salió al tejado.
Eran
ya las tres cuando logró llegar, de tejado en tejado, al caballete del techo de
una pequeña barraca abandonada. Allí se quedó aguardando, helado, agotado,
temeroso. Se preguntaba si sus cómplices habrían tenido éxito en su empresa y
si vendrían en su auxilio. Al dar los relojes las cuatro de la mañana, estalló
en la cárcel ese rumor despavorido y confuso que sigue al descubrimiento de
una evasión. Thenardier se estremeció. Se hallaba en la cima de una pared altísima,
tendido bajo la lluvia, sin poder moverse, víctima del vértigo de una caída
posible y del horror de una captura segura.
En
medio de su angustia, divisó de pronto en la calle las siluetas de cuatro
hombres que se deslizaban a lo largo de las paredes, con infinitas precauciones.
Se detuvieron debajo del tejado donde colgaba Thenardier.
Por
el característico argot que hablaba cada uno reconoció a Babet, a Brujon y a
Gueulemer; y a Montparnasse, por su correcto francés. Decían que seguramente
el viejo tabernero no había 1ogrado escapar, o que tal vez lo hizo y lo
volvieron a capturar; que tendría para veinte años; que era mejor alejarse de
allí.
‑No
se deja a los amigos en el peligro ‑protestó Montparnasse.
Thenardier
no se atrevía a gritar para llamarlos. En su desesperación, se acordó del
trozo de la cuerda de Brujon que sacara del barrote en el Edificio Nuevo, y que
aún guardaba en su bolsillo. La arrojó con fuerza a los pies de los hombres.
‑¡Mi
cuerda! ‑exclamó Brujon.
Y
levantando los ojos vieron a Thenardier. Ataron el trozo al que tenía Brujon,
pero no podían lanzársela.
‑Es
preciso que uno de nosotros suba a ayudarlo ‑dijo Montparnasse.
‑¡Tres
pisos! ‑replicó Brujon‑. ¡Jamás! Sólo un niño podría hacerlo.
‑¿Y
de dónde sacamos un niño ahora? ‑añadió Gueulemer.
‑Esperad
‑dijo Montparnasse‑. Yo lo tengo.
Echó
a correr hacia la Bastilla y a los pocos minutos volvía con Gavroche.
‑A
ver, mocoso, ¿eres hombre? ‑dijo Gueulemer, despectivo.
‑Un
mocoso como yo es un hombre, y hombre como vosotros sois mocosos ‑replicó
Gavroche‑. ¿Qué hay que hacer?
-Trepar
por ese tubo, llevar esta cuerda y ayudar a bajar al que está allá arriba.
Trepó
Gavroche y reconoció el rostro despavorido de Thenardier.
‑¡Caramba!
‑se dijo‑. ¡Es mi padre! Bueno, qué importa.
En
pocos instantes Thenardier se hallaba en la calle.
‑¿Y
ahora, a quién nos vamos a comer? ‑fueron sus primeras palabras.
Inútil
es explicar el sentido de esta palabra, de horrorosa transparencia, que
significa a la vez asesinar y desvalijar.
‑Había
un buen negocio ‑dijo Brujon‑, en la calle Plumet; calle desierta,
casa aislada, verja antigua y podrida que da a un jardín, mujeres solas.
‑¿Y
por qué no?
-Tu
hija Eponina fue a ver y trajo bizcocho.
‑La
niña no es tonta ‑dijo Thenardier‑, pero de todos modos será
conveniente ver lo que hay allí.
‑Sí,
sí ‑repuso Brujon‑, habría que ir a ver.
Gavroche
estaba sentado en el suelo, esperando tal vez que su padre lo mirara, pero al
cabo de un rato se levantó y dijo:
‑¿No
necesitan nada más de mí? Me voy.
Y
se marchó. Babet llevó a Thenardier aparte.
‑¿Viste
a ese harapiento? ‑le preguntó.
-¿Cuál?
‑El
que subió y lo llevó la cuerda.
‑No
me fijé mucho.
‑No
estoy seguro, pero creo que es tu hijo.
‑¡Vaya!
‑dijo Thenardier‑. ¿Tú crees?
Jean
Valjean no sospechaba nada del romance del jardín.
Cosette,
un poco menos soñadora que Marius, estaba alegre, y eso bastaba a Jean Valjean
para ser feliz.
Como
se retiraba siempre a la diez de la noche, Marius no iba al jardín hasta
después de esa hora, cuando oía desde la calle que Cosette abría la
puerta‑ventana de la escalinata. Durante el día Marius no aparecía jamás
por allí y Jean Valjean no se acordaba ya que existía tal personaje. Sólo una
vez, una mañana, le dijo a Cosette:
‑¡Tienes
la espalda blanca de yeso!
La
noche anterior, Marius, en un arrebato de pasión, había abrazado a Cosette
junto a la pared.
En
aquel alegre mes de mayo, Marius y Cosette descubrieron dichas inmensas, como reñir
y llamarse de vos, sólo para llamarse después de tú con más placer; hablar
horas; callarse horas. Para Marius, oír a Cosette hablar de trapos. Para
Cosette, oír a Marius hablar de política. Pero por lo general hablaban
tonterías; niñerías, incoherencias, y se reían por nada.
‑¿Sabías
tú que me llamo Eufrasia? ‑decía Cosette.
‑¿Eufrasia?
¡No, tú lo llamas Cosette!
‑Mi
verdadero nombre es Eufrasia. Cuando era niña me pusieron Cosette. ¿Te gusta más
Eufrasia?
‑Pues...
sí.
‑Sí,
y también es bonito Cosette. Llámame Cosette.
Una
noche que Marius iba a la cita por la avenida de los Inválidos, con la cabeza
inclinada como era su costumbre, al doblar la esquina de la calle Plumet oyó
decir a su lado:
‑Buenas
noches, señor Marius.
Levantó
la cabeza y reconoció a Eponina. Nunca había vuelto a pensar en ella desde
el día en que lo llevara a casa de Cosette. Tenía motivos para estarle
agradecido y le debía su felicidad presente; sin embargo, le molestó
encontrarla allí.
Es
un error creer que la pasión, cuando es feliz, conduce al hombre a un estado de
perfección; lo conduce, simplemente, al estado de olvido. En esta situación,
el hombre se olvida de ser malo, pero se olvida también de ser bueno. El
agradecimiento, el deber, los recuerdos, desaparecen. En otro tiempo Marius
hubiera actuado de manera muy distinta con Eponina, pero, absorbido por
Cosette, ni recordaba que la muchacha se llamaba Eponina Thenardier, que llevaba
un nombre escrito en el testamento de su padre. Hasta el nombre de su padre
desaparecía bajo el esplendor de su amor.
‑¡Ah!,
¿sois Eponina?
‑¿Por
qué me habláis de vos? ¿Os he hecho algo?
‑No
‑respondió él.
Es
cierto que no tenía nada contra ella, todo lo contrario. Pero ahora que tuteaba
a Cosette, debía tratar de vos a Eponina.
‑¡Señor
Marius...! ‑exclamó ella.
Y
se detuvo. Parecía que le faltaban las palabras a esa criatura que había
sido tan desvergonzada y tan audaz. Trató de sonreír y no pudo.
-¿Y
entonces...?- volvió a decir.
Después
se calló y bajó los ojos.
‑Buenas
noches, señor Marius ‑dijo con brusquedad, y se fue.
Al
día siguiente, 3 de junio de 1832, Marius, al caer la noche, se dirigía a su
cita cuando vio entre los árboles a Eponina que venía hacia él. Dos días
seguidos de encuentro era demasiado. Se volvió rápidamente, cambió de camino
y se fue por la calle Monsieur.
Eponina
lo siguió hasta la calle Plumet, lo que no había hecho nunca hasta entonces,
pues se contentaba con verlo pasar. Lo siguió, pues, sin que él se diera
cuenta, lo vio separar el barrote de la verja y entrar en el jardín.
‑¡Entra
en la casa! ‑exclamó.
Se
acercó a la verja, empujó los hierros uno tras otro y encontró fácilmente el
que Marius había separado.
‑¡Esto
sí que no! ‑murmuró con voz lúgubre.
Se
sentó al lado del barrote como si lo estuviera cuidando. Así permaneció más
de una hora, sin moverse y casi sin respirar, entregada a sus ideas.
Hacia
las diez de la noche, vio entrar en la calle a seis hombres que iban separados y
a corta distancia unos de otros. El primero que llegó a la verja del jardín se
detuvo y esperó a los demás; un segundo después estaban todos reunidos.
Hablaron en voz baja.
-Aquí
es ‑dijo uno.
‑¿Hay
algún perro en el jardín? ‑dijo otro, y comenzó a probar los barrotes.
Cuando
iba a coger el barrote que Marius quitara para entrar, una mano que salió
bruscamente de la sombra le agarró el brazo; al mismo tiempo sintió un golpe
en medio del pecho y oyó una voz que le decía sin gritar:
‑Hay
un perro.
Y
vio a una joven pálida delante de él. El hombre tuvo esa conmoción que
produce siempre lo inesperado; se le pararon los pelos y retrocedió asustado.
‑¿Quién
es esta bribona?
-Vuestra
hija.
En
efecto, era Eponina que hablaba a Therardier.
Los
otros cinco se habían acercado sin ruido, sin precipitación, sin decir una
palabra, con la siniestra lentitud propia de estos hombres nocturnos.
‑¿Qué
haces aquí? ¿Qué quieres? ¿Estás local ‑exclamó Thenardier‑.
¿Vienes a impedimos trabajar?
Eponina
se echó a reír, y lo abrazó.
-Estoy
aquí, padrecito mío, porque sí. ¿No está permitido sentarse en el suelo
ahora? Vos sois el que no debe estar aquí, es bizcocho, ya se lo dije a la
Magnon. No hay nada que hacer aquí. Pero abrazadme, mi querido padre. ¡Cuánto
tiempo sin veros! ¡Estáis ya fuera! ¡Estáis libre!
Thenardier
trató de librarse de los brazos de Eponina y murmuró:
‑Está
bien. Ya me abrazaste. Sí, estoy fuera, no estoy dentro. Ahora vete.
Pero
Eponina redoblaba sus caricias.
‑Padre
mío, ¿cómo lo hicisteis? Debéis tener mucho talento cuando habéis salido de
allí. ¡Contádmelo! ¿Y mi madre? ¿Dónde está mi madre? Dadme noticias de
mamá.
Thenardier
respondió:
‑Está
bien; no sé; déjame. Te digo que lo vayas.
‑No
quiero irme ahora ‑dijo Eponina con su modo de niño enfadado‑; me
despedís, cuando hace cuatro meses que no os veía, y apenas he tenido tiempo
de abrazaros.
Y
volvió a echar los brazos al cuello de su padre.
‑¡Pero
qué estupidez! ‑dijo Babet.
‑No
perdamos más tiempo ‑dijo Gueulemer‑, pueden pasar los polizontes.
Eponina
se volvió hacia los cinco bandidos.
‑Pero
si es el señor Brujon. Buenas noches, señor Babet, buenas noches, señor
Claquesous. ¿No os acordáis de mí, señor Gueulemer? ¿Cómo estáis,
Montparnasse?
‑Sí,
todos se acuerdan de ti ‑dijo Thenardier‑. Pero buenas noches, y
largo. Déjanos tranquilos.
‑Esta
es la hora de los lobos y no de las gallinas ‑dijo Montparnasse.
Ya
ves que tenemos que trabajar aquí ‑agregó Babet.
Eponina
tomó la mano de Montpamasse.
‑¡Ten
cuidado! ‑dijo éste‑ lo vas a cortar, tengo un cuchillo abierto.
‑Mi
querido Montparnasse ‑respondió Eponina dulcemente‑, hay que
tener confianza en las personas, aunque sea la hija de mi padre. Señor Babet,
señor Gueulemer, a mí me encargaron investigar este negocio. Recordad que os
he prestado servicios algunas veces. Pues bien, me he informado y sé que os
expondréis inútilmente. Os juro que no hay nada que hacer en esta casa.
‑Sólo
hay mujeres ‑dijo Gueulemer.
‑No
hay nadie, los inquilinos se mudaron.
‑Las
luces no se mudaron ‑dijo Babet.
Y
mostró a Eponina una luz que se paseaba por la buhardilla. Era Santos que ponía
ropa a secar. Eponina intentó un último recurso:
‑Pues
bien ‑dijo‑ esta gente es muy pobre y en esta pocilga no hay un solo
sueldo.
‑¡Vete
al diablo! ~exclamó Thenardier‑. Cuando hayamos registrado la casa ya
lo diremos lo que hay dentro.
Y
la empujó para entrar.
-¡Buen
amigo Montparnasse ‑dijo Eponina‑, os lo ruego, vos que sois buen
muchacho, no entréis.
-Ten
cuidado, que lo vas a cortar ‑masculló Montparnasse.
Thenardier
añadió con su acento autoritario:
‑Lárgate,
preciosa, y deja que los hombres hagan sus negocios.
Eponina
se aferró a la verja, hizo frente a los seis bandidos armados hasta los
dientes, y que parecían demonios en la noche, y dijo con voz firme y baja:
‑¿Queréis
entrar? Pues yo no quiero.
Los
seis demonios se detuvieron estupefactos. Ella continuó:
-Amigos,
escuchadme bien. Si entráis en el jardín, si tocáis esta verja, grito, golpeo
las puertas, despierto a los vecinos y hago que os prendan, y llamo a la
policía.
-Y
lo haría ‑dijo Thenardier en voz baja a Brujon.
‑¡Empezando
por mi padre! ‑dijo Eponina.
Thenardier
se le aproximó.
‑¡No
tan cerca, buen hombre!
Thenardier
retrocedió, murmurando entre dientes:
-¡Perra!
Eponina
se echó a reír de una manera horrible.
‑Seré
lo que queráis, pero no entraréis. Sois seis, ¿y eso qué me importa? Sois
hombres, pues yo soy mujer. No me dais miedo. Marchaos. Os digo que no entraréis
en esta casa porque a mí no se me da la gana. Si os acercáis, ladro; ya os he
dicho que soy el perro. Me río de vosotros; idos donde queráis, pero no vengáis
aquí, os lo prohíbo. Vosotros a puñaladas y yo a zapatazos, me da lo mismo.
Y
dio un paso hacia los bandidos; su risa era cada vez más horrible.
‑No
le tengo miedo a nada, ni aun a vos, padre. ¡Qué me importa que me recojan mañana
en la calle Plumet, asesinada por mi padre, o que me encuentren dentro de un año
en las redes de Saint‑Cloud, o en la isla de los Cisnes, en medio de
perros ahogados!
Tuvo
que detenerse; la acometió una tos seca.
‑No
tengo nada que hacer más que gritar y os caen encima, ¡cataplum! Sois seis, yo
soy todo el mundo.
Thenardier
hizo otra vez un movimiento para aproximarse.
‑¡Atrás!
‑dijo ella.
Thenardier
se detuvo.
‑No
me acercaré, pero no hables tan alto. Hija, ¿quieres impedirnos trabajar?
Tenemos que ganarnos la vida. ¿No tienes cariño a lo padre?
‑Me
aburrís ‑dijo Eponina.
‑Pero
es preciso que vivamos, que comamos... ‑¡Reventad!
Los
seis bandidos, admirados y disgustados de verse a merced de una muchacha, se
retiraron a la sombra y celebraron consejo.
‑Es
una lástima ‑dijo Babet‑. Dos mujeres, un viejo judío, buenas
cortinas en las ventanas. Creo que era un buen negocio.
‑Entrad
vosotros ‑dijo Montparnasse‑. Haced el negocio y yo me quedaré con
la muchacha, y si chista...
E
hizo relucir a la luz del farol la navaja que tenía abierta en la manga.
Thenardier
no decía una palabra, pero parecía dispuesto a todo.
‑¿Y
tú qué dices, Brujon? ‑preguntó al fin.
Brujon
permaneció un instante silencioso y luego murmuró:
‑Esta
mañana vi dos gorriones dándose picotazos; esta noche me enfrenta una mujer
rabiosa. Todo esto es mal presagio. ¡Vámonos!
Y
se fueron.
Al
marcharse, Montparnasse murmuró:
‑Si
hubieran querido, yo le habría dado el golpe de gracia.
Babet
respondió:
-Yo
no aporreo a una dama.
Al
final de la calle se detuvieron y entablaron, en voz sorda, este diálogo enigmático:
‑¿Dónde
vamos a dormir esta noche?
‑Bajo
París.
‑¿Tienes
la llave de la reja, Thenardier?
‑¡Qué
pregunta!
Eponina,
que no separaba de ellos la vista, les vio tomar el camino por donde habían
venido. Después se levantó y se arrastró detrás de ellos arrimada a las
paredes de las casas. Los siguió hasta el boulevard. Allí se separaron, y se
perdieron en la oscuridad como si se fundieran en ella.
Mientras
que aquella perra con figura humana montaba guardia en la verja y los seis
bandidos retrocedían ante ella, Marius estaba con Cosette.
Desde
el día en que se declararon su amor, Marius iba todas las noches al jardín de
la calle Plumet. El amor entre ambos crecía día a día; se miraban, se tomaban
las manos, se abrazaban. Marius sentía una barrera, la pureza de Cosette;
Cosette sentía un apoyo, la lealtad de Marius. No se preguntaban adónde los
conducía su amor Es una extraña pretensión del hombre querer que el amor
conduzca a alguna parte.
El
cielo no había estado nunca tan estrellado y tan hermoso como esa noche del 3
de junio de 1832, nunca Marius había estado tan conmovido, tan feliz, tan
extasiado. Pero había encontrado triste a Cosette. Cosette había llorado; tenía
los ojos rojos.
Era
la primera nube en tan admirable sueño.
Las
primeras palabras de Marius fueron:
‑¿Qué
tienes?
Ella
respondió:
‑Esta
mañana mi padre ha dicho que tenga prontas todas mis cosas, y esté dispuesta
para partir; que prepare mi ropa para guardarla en una maleta, que se verá
obligado a hacer un viaje; que teníamos que partir, que necesitábamos una maleta
grande para mí y una pequeña para él y que lo preparase todo en una semana,
porque iríamos tal vez a Inglaterra.
‑¡Pero
eso es monstruoso! ‑exclamó Marius.
Y
luego preguntó, con voz débil:
‑¿Cuándo
debes partir?
‑No
me ha dicho cuándo.
‑¿Y
cuándo volverás?
‑No
me ha dicho cuándo.
Marius
se levantó y dijo fríamente:
‑Cosette,
¿iréis?
Cosette
volvió hacia él sus hermosos ojos llenos de angustia al oírlo tratarla de
vos, y respondió con voz quebrada.
‑¿Qué
quieres que haga? ‑dijo juntando las manos.
‑Está
bien ‑dijo Marius‑. Entonces yo me iré a otra parte.
Cosette
sintió, más bien que comprendió, el significado de esta frase; se puso pálida,
su rostro se veía blanco en la oscuridad, y balbuceó:
‑¿Qué
quieres decir?
Marius
la miró; después alzó lentamente los ojos al cielo, y respondió:
-Nada.
Cuando
bajó los párpados, vio que Cosette se sonreía mirándole. La sonrisa de la
mujer amada tiene una claridad que disipa las tinieblas.
‑¡Qué
tontos somos! Marius, se me ocurre una idea. ¡Parte tú también! Te diré dónde.
Ven a buscarme donde esté.
Marius
era ya un hombre completamente despierto. Había vuelto a la realidad, y dijo
a Cosette:
‑¡Partir
con vosotros! ¿Estás loca? Es preciso para eso dinero, y yo no lo tengo. ¡Ir
a Inglaterra! Ahora debo más de diez luises a Courfeyrac, un amigo a quien tú
no conoces. Tengo un sombrero viejo que no vale tres francos, una levita sin
botones por delante, mi camisa está toda rota, se me ven los codos, mis botas
se calan de agua; hace seis semanas que no pienso en todo esto, y por eso no
lo lo he dicho, Cosette. ¡Soy un miserable! Tú no me ves más que por la
noche, y me das lo amor; ¡si me vieras de día me darías limosna! ¿Ir a
Inglaterra! ¡Y no tengo siquiera con qué pagar el pasaporte!
Y
se recostó contra un árbol que había allí, de pie, con los dos brazos por
encima de la cabeza, con la frente en la corteza sin sentir ni la aspereza que
le arañaba la frente, ni la fiebre que le golpeaba las sienes, inmóvil y próximo
a caer al suelo, como un monumento a la desesperación. Así permaneció largo
rato.
Cosette
sollozaba. Marius cayó de rodillas a sus pies.
‑No
llores, por favor ‑le dijo.
‑¡Qué
he de hacer, si voy a marcharme y tú no puedes venir!
‑¿Me
amas?
Cosette
le contestó sollozando esta frase del paraíso que nunca es tan seductora como
a través de las lágrimas:
‑Te
adoro.
‑Cosette,
nunca he dado mi palabra de honor a nadie, porque mi palabra de honor me causa
miedo; sé que al darla mi padre está a mi lado. Pues bien, lo doy mi palabra
de honor más sagrada, de que si lo vas, yo moriré.
Había
en el acento con que pronunció estas palabras una melancolía tan solemne y tan
tranquila, que Cosette tembló.
-Ahora,
escucha ‑continuó Marius‑, no me esperes mañana.
‑¡Un
día sin verte!
‑Sacrifiquemos
un día para tener tal vez toda la vida. Mira, creo que conviene que sepas la
dirección de mi casa, por lo que pueda suceder; vivo con mi amigo Courfeyrac,
en la calle de la Verrerie, número 16.
Metió
la mano en el bolsillo sacó un cortaplumas, y con la hoja escribió en el
yeso de la pared: "Calle de la Verrerie, 16".
Cosette
entretanto lo miraba a los ojos.
‑Dime
lo que piensas, Marius; sé que tienes una idea. Dímela. ¡Oh, dímela para que
pueda dormir esta noche!
‑Mi
idea es ésta: es imposible que Dios quiera separarnos. Espérame pasado mañana.
Mientras
que Marius meditaba con la cabeza apoyada en el árbol, se le ocurrió una idea;
una idea que él mismo tenía por insensata a imposible. Pero tomó una decisión
violenta.
El
señor Gillenormand tenía entonces noventa y un años cumplidos. Seguía
viviendo con la señorita Gillenormand en la calle de las Hijas del Calvario,
número 6, en su propia y vieja casa. Hacía cuatro años que esperaba a Marius
con la convicción de que aquel pequeño picarón extraviado llamaría algún
día a la puerta; pero en sus momentos de tristeza llegaba a decirse que si
Marius tardaba en venir... Y no era la muerte lo que temía, sino la idea de que
no vería más a su nieto. No volver a ver a Marius era un triste y nuevo temor
que no se le había presentado nunca hasta ahora; esta idea que empezaba a
aparecer en su cerebro, le dejaba helado.
El
señor Gillenormand era, o se creía por lo menos, incapaz de dar un paso hacia
su nieto. "Antes moriré", decía; pero sólo pensaba en Marius con
profundo enternecimiento, y con la muda desesperación de un viejo que se va
entre las tinieblas.
Su
ternura dolorida concluía por convertirse en indignación. Se encontraba en esa
situación en que se trata de tomar un partido, y aceptar lo que mortifica.
Estaba ya dispuesto a decirse que no había razón para que Marius volviese, que
si hubiera debido volver lo habría hecho ya, y que por consiguiente era
preciso renunciar a verle. Trataba de familiarizarse con la idea de que todo había
concluido, y que moriría sin ver a "aquel caballerete".
Pero
toda su naturaleza se rebelaba; y su vieja paternidad no podía consentirlo.
‑¡No
vendrá! ‑repetía.
Un
día que estaba en lo más profundo de esta tristeza, su antiguo criado Vasco
entró y preguntó:
‑Señor,
¿podéis recibir al señor Marius?
El
viejo se incorporó pálido y semejante a un cadáver que se levanta a
consecuencia de una sacudida galvánica. Toda su sangre había refluido a su
corazón y murmuró:
-¿Qué
señor Marius?
‑No
sé ‑respondió Vasco, intimidado y desconcertado por el aspecto de su
amo. Nicolasa es la que acaba de decirme: ahí está un joven, que dice que es
el señor Marius.
El
señor Gillenormand balbuceó en voz baja:
‑Que
entre.
Y
permaneció en la misma actitud, con la cabeza temblorosa y la vista fija en
la puerta. Se abrió ésta, y entró un joven: era Marius.
Marius
se detuvo a la puerta como esperando que le dijeran que entrase. Su traje, casi
miserable, apenas se veía en la semipenumbra que producía la lámpara. Sólo
se distinguía su rostro tranquilo y grave, pero extrañamente triste. El señor
Gillenormand, sobrecogido de estupor y de alegría, permaneció algunos
momentos sin ver más que una claridad, como cuando se está delante de una
aparición. Estaba próximo a desfallecer; era él; era Marius.
¡Al
fin, después de cuatro años! Quiso abrir los brazos; se oprimió su corazón
de alegría; mil palabras de cariño le ahogaban y se desbordaban dentro de
su pecho. Toda esta ternura se abrió paso y llegó a sus labios, y por el
contraste que constituía su naturaleza, salió de ellas la dureza, y dijo
bruscamente:
‑¿Qué
venís a hacer aquí?
‑Señor...
‑empezó a decir Marius, turbado.
El
señor Gillenormand hubiera querido que Marius se arrojara en sus brazos, y quedó
descontento de Marius y de sí mismo. Reconoció que él había sido brusco y
Marius frío; y era para él una insoportable a irritante ansiedad sentirse tan
tierno y tan conmovido en su interior, y ser tan duro exteriormente. Volvió a
su amargura, a interrumpió a Marius con aspereza:
‑Pero
entonces, ¿a qué venís?
Este
entonces significaba: si no venís a abrazarme, ¿a qué venís?
Marius
miró a su abuelo, que con su palidez parecía un busto de mármol.
El
viejo dijo con voz severa:
‑¿Venís
a pedirme perdón? ¿Habéis reconocido vuestra falta?
Creía
con esto poner a Marius en camino para que el "niño" se disculpara.
Marius tembló; le exigía que se opusiese a su padre; bajó los ojos, y
respondió:
‑No,
señor.
‑Y
entonces ‑exclamó impetuosamente el viejo con un dolor agudo y lleno de
cólera‑¿qué queréis?
Marius
juntó las manos, dio un paso y dijo con voz débil y temblorosa:
‑Señor,
tened compasión de mí.
Estas
palabras conmovieron al señor Gillenormand; un momento antes lo hubieran
enternecido, pero ya era tarde. El abuelo se levantó y apoyó las dos manos
en el bastón; tenía los labios pálidos, la cabeza vacilante; pero su alta
estatura dominaba a Marius, que estaba inclinado.
‑¡Compasión
de vos, señorito! ¡Un adolescente que pide compasión a un anciano de noventa
y un años! Vos entráis en la vida, y yo salgo de ella; vos sois rico, tenéis
la única riqueza que existe, la juventud; y yo tengo todas las pobrezas de la
vejez, la debilidad, el aislamiento. Estáis enamorado, eso no hay ni qué
decirlo, ¡a mí no me ama nadie en el mundo! ¡Y venís a pedirme compasión!
Pero vamos, ¿qué es lo que queréis?
‑Señor
‑dijo Marius‑, sé que mi presencia os molesta; pero vengo solamente
a pediros una cosa; después me iré en seguida.
‑¡Sois
un necio! ‑dijo el anciano‑. ¿Quién os dice que os vayáis?
Estas
palabras eran la traducción de este tierno pensamiento que tenía en el corazón:
"¡Pídeme perdón de una vez! ¡Echate a mis brazos!" El señor
Gillenormand sabía que Marius iba a abandonarlo dentro de algunos instantes,
que su mal recibimiento lo enfriaba, que su dureza lo cerraba; pensaba todo
esto, y aumentaba su dolor;
pero
éste se transformaba en cólera. Hubiera querido que Marius comprendiera, y
Marius no comprendía.
‑¡Cómo!
¿Me habéis ofendido, a mí, a vuestro abuelo; habéis abandonado mi casa para
iros no sé dónde; habéis querido llevar la vida de joven independiente; no
habéis dado señal de vida; habéis contraído deudas sin decirme que las
pague, y al cabo de cuatro años venís a mi casa, y no tenéis que decirme nada
más que eso?
Este
modo violento de empujar al joven hacia la ternura sólo produjo el silencio de
Marius.
‑Concluyamos.
¿Venís a pedirme algo? Decidlo. ¿Qué queréis? Hablad.
‑Señor
‑dijo Marius‑, vengo a pediros permiso para casarme.
‑El
señorito se quiere casar ‑exclamó el anciano, cuya voz breve y ronca
anunciaba la plenitud de su ira.
Se
afirmó en la chimenea.
‑¡Casaros!
¡A los veintiún años! ¡No tenéis que hacer más que pedirme permiso! Una
formalidad. Sentaos, caballero. Habéis pasado por una revolución desde que
no he tenido el honor de veros, y han vencido en vos los jacobinos. Debéis
estar muy contento. ¿No sois republicano desde que sois barón? ¿Conque queréis
casaros? ¿Con quién? ¿Puedo preguntar, sin ser indiscreto, con quién?
Y
se detuvo; pero, antes de que Marius tuviera tiempo de responder, añadió con
violencia:
‑¡Ah!
¿Tendréis una posición? ¿Una fortuna hecha? ¿Cuánto ganáis en vuestro
oficio de abogado?
‑Nada
‑dijo Marius con una especie de firmeza y de resolución casi feroz.
‑¿Nada?
¿No tenéis para vivir más que las mil doscientas libras que os envío?
Marius
no respondió. El señor Gillenormand continuó:
‑Entonces
ya comprendo. ¿Es rica la joven?
‑Como
yo.
‑¡Qué!
¿No tiene dote?
‑No.
‑¿Y
esperanzas?
‑Creo
que no.
‑¡Enteramente
desnuda! ¿Y qué es su padre?
‑No
lo sé.
‑¡Y
cómo se llama?
‑La
señorita Fauchelevent.
‑Pst
‑dijo el viejo.
‑¡Señor!
‑exclamó Marius.
El
señor Gillenormand prosiguió como quien se habla a sí mismo:
Así
que veintiún años, sin posición, mil doscientas libras al año y la señora
baronesa de Pontmercy irá a comprar dos cuartos de perejil a la plaza.
‑¡Señor!
‑dijo Marius con la angustia de la última esperanza que se
desvanece‑; os suplico en nombre del cielo, con las manos juntas, me pongo
a vuestros pies. ¡Permitidme que me case!
El
viejo lanzó una carcajada estridente y lúgubre, en medio de la cual tosía y
hablaba:
‑¡Ah!,
¡ah!, ¡ah! Os habéis dicho: "Voy a buscar a ese viejo rancio, a ese
absurdo bobalicón, y le diré: Viejo cretino, eres muy dichoso en verme;
mira, tengo ganas de casarme con la señorita Fulana, hija del señor Fulano; yo
no tengo zapatos, ella no tiene camisa; pero quiero echar a un lado mi
carrera, mi porvenir, mi juventud, mi vida; deseo hacer una excursión por la
miseria con una mujer al cuello; esto es lo que quiero y es preciso que
consientas. Y el viejo fósil consentirá". Anda hijo, como tú quieras, átate,
cásate con tu Pousselevent, con tu Coupelevent. ¡Nunca, caballero, nunca!
‑Padre
mío...
‑Nunca.
Marius
perdió toda esperanza al oír el acento con que fue pronunciado este nunca.
Atravesó
el cuarto lentamente con la cabeza inclinada, temblando, y más semejante al que
se muere que al que se va.
El
señor Gillenormand lo siguió con la vista, y en el momento en que se cerraba
la puerta, y en que Marius iba a desaparecer, dio cuatro pasos con esa viveza
senil de los viejos impetuosos y coléricos, cogió a Marius por el cuello, lo
arrojó en un sillón y le dijo:
‑¡Cuéntamelo!
Sólo
estas palabras, "padre mío", que se le escaparon a Marius, habían
causado esta revolución. Marius lo miró asustado. El abuelo se había
convertido en padre.
Vamos
a ver, habla ¡cuéntame tus amores! Dímelo en secreto; dímelo todo. ¡Caramba,
qué tontos son los jóvenes!
‑¡Padre!
-volvió a decir Marius.
Todo
el rostro del anciano se iluminó con un indecible resplandor.
‑Sí,
eso es; ¡llámame padre y verás!
Había
en estas frases algo tan bueno, tan dulce, tan franco, tan paternal, que
Marius pasó repentinamente del desánimo a la esperanza.
-Y
bien, padre... ‑dijo Marius.
‑¡Ah!
‑dijo el señor Gillenormand‑, no tienes ni un ochavo. Estás
vestido como un ladrón.
Y
abriendo un cajón, sacó una bolsa que puso sobre la mesa.
Toma,
ahí tienes cien luises; cómprate un sombrero.
‑Padre
‑continuó Marius‑, mi buen padre, ¡si supieseis! La amo. No podéis
figuraros. La primera vez que la vi fue en el Luxemburgo, adonde ella iba a
pasear; al principio no le puse atención, pero después yo no sé cómo me he
enamorado. ¡Oh! ¡Cuánto he sufrido! Pero, en fin, ahora la veo todos los días
en su casa; su padre no lo sabe, nos vemos en el jardín. Y ahora, figuraos que
van a partir; su padre quiere irse a Inglaterra, y yo me he dicho: voy a ver á
mi abuelo y a contárselo. Me volveré loco, me moriré, caeré enfermo, me
arrojaré al río. Es preciso que me case porque si no, no sé qué haré. Esta
es la verdad; creo que no he olvidado nada. Vive en la calle Plumet, cerca de
los Inválidos.
El
señor Gillenormand se había sentado alegremente al lado de Marius. Al mismo
tiempo que le escuchaba y saboreaba el sonido de su voz, saboreaba también un
polvo de tabaco.
‑¡Conque
la niña lo recibe a escondidas de su padre! Es como debe ser. A mí me han
pasado historias de ese género, y más de una. ¿Y sabes lo que se hace? No se
toma la cosa con ferocidad; no se precipita uno en lo trágico, no se concluye
por un casamiento; es preciso tener sentido común. Tropezad, mortales, pero
no os caséis. Cuando llega un caso como éste, se busca al abuelo, que es un
buen hombre en el fondo, y que tiene siempre algunos cartuchos de luises en un
cajón y se le dice: abuelo, esto me pasa. Y el abuelo dice: es muy natural. Es
preciso que la juventud se divierta, y que la vejez se arrugue. Yo he sido
joven, y tú serás viejo. Anda, hijo mío que ya dirás esto mismo a tus
nietos. Aquí tienes doscientas pistolas. ¡Diviértete, caramba! Así debe
llevarse este negocio. No se casa uno, pero eso no impide... ¿Me comprendes?
Marius,
petrificado y sin poder pronunciar una palabra hizo con la cabeza un movimiento
negativo. El viejo se echó a reír, guiñó el ojo, le dio un golpecito en la
rodilla, lo miró con aire misterioso y le dijo:
‑¡Tonto!
¡Tómala como querida!
Marius
se puso pálido. Al principio no comprendió lo que acababa de decir su
abuelo, pero la frase, "tómala como querida", había entrado en su
corazón como una espada.
Se
levantó, cogió el sombrero que estaba en el suelo y se dirigió hacia la
puerta con paso fume y seguro. Allí se volvió, se inclinó profundamente
ante su abuelo, levantó después la cabeza y dijo:
‑Hace
cinco años insultasteis a mi padre; hoy habéis insultado a mi esposa. No os
pido nada más, señor. Adiós.
El
señor Gillenormand, estupefacto, abrió la boca, extendió los brazos y trató
de levantarse; pero, antes de que hubiera podido pronunciar una palabra, se había
cerrado la puerta, y Marius había desaparecido.
El
anciano permaneció algunos momentos inmóvil, como si hubiera caído un rayo
a sus pies, sin poder hablar ni respirar, como si una mano vigorosa le apretase
la garganta.
Por
fin, se levantó del sillón y gritó:
_¡Está
loco! ¡Se va! ¡Ay, Dios mío! ¡Ahora ya no volverá! ¡Marius! ¡Marius! ¡Marius!
¡Marius!
Pero
Marius ya no podía oírle.