LOS MISERABLES

LIBRO TERCERO

Cuyo fin no se parece al principio

I

Miedos de Cosette

En el jardín de la calle Plumet y cerca de la verja, había un banco de piedra defendido de las mira­das de los curiosos por un enrejado de cañas.

Una tarde de ese mismo mes de abril había salido Jean Valjean; Cosette, después de puesto el sol, fue al jardín y se sentó en el banco de piedra. Sintiendo refrescar el viento que penetraba entre los árboles, Cosette meditaba. Esa tristeza invenci­ble que trae el atardecer iba apoderándose poco a poco de ella. Acaso Fantina la rondaba desde la sombra.

Cosette se levantó, dio lentamente una vuelta por el jardín sobre la hierba mojada de rocío.Después volvió al banco.

En el momento en que iba a sentarse, observó en el sitio que había ocupado recién, una gran piedra que no estaba antes.

Contempló aquella piedra preguntándose qué significaba. Pero, de repente, la idea de que aque­lla piedra no se había ido sola al banco, de que alguien la había puesto allí, de que un brazo había pasado a través de la verja, le dio miedo; un miedo verdadero esta vez porque la piedra estaba allí, y no era posible dudar como en otras ocasio­nes cuando le pareció divisar siluetas cerca del jardín. No la tocó y huyó sin atreverse a mirar hacia atrás, se refugió en la casa y cerró en segui­da con cerrojos la puerta‑ventana.

Al día siguiente, después de una noche de pesadillas, el sol que entraba por las junturas de los postigos la tranquilizó de tal manera que todo se borró de su imaginación; hasta la piedra.

Se vistió, bajó al jardín, corrió al banco, y sintió un sudor frío. La piedra estaba allí.

Pero aquello sólo duró un momento; lo que es miedo de noche es curiosidad de día. Levantó la piedra, que era bastante grande. Debajo había un sobre. Contenía un cuadernillo de hojas nume­radas, en cada una de las cuales había algunas líneas escritas con una letra que le pareció a Co­sette bonita y elegante.

Buscó un nombre, pero no lo había; buscó una firma, tampoco la había. ¿A quién iba dirigi­do? A ella probablemente, ya que una mano había depositado aquel paquete en su banco. ¿De quién venía?

Una fascinación irresistible se apoderó de ella; trató de separar los ojos de aquellos papeles que temblaban en su mano, miró al cielo, a la calle, a las acacias llenas de luz, a las palomas que vola­ban sobre un tejado cercano, y después se dijo que debía leer lo que contenía.

 

II

Un corazón bajo una piedra

 

Comenzaba así:

"La reducción del Universo a un solo ser, la dilatación de un solo ser hasta Dios; esto es el amor. ¡Qué triste está el alma cuando está triste por el amor!

¡Qué vacío tan inmenso es la ausencia del ser que llena el mundo! ¡Oh! ¡Cuán verdadero es que el ser amado se convierte en Dios! Basta una sonrisa vislumbrada para que el alma entre en el palacio de los sueños.

Ciertos pensamientos son oraciones. Hay mo­mentos en que cualquiera que sea la actitud del cuerpo, el alma está de rodillas.

Los amantes separados engañan la ausencia con mil quimeras, que tienen, no obstante, su realidad. Se les impide verse; no pueden escribir­se; pero tienen una multitud de medios misterio­sos de correspondencia. Se envían el canto de los pájaros, el perfume de las flores, la risa de los niños, la luz del sol, los suspiros del viento, los rayos de las estrellas, toda la creación. ¿Y por qué no? Todas las obras de Dios están hechas para servir al amor.

El amor es una parte del alma misma, es de la misma naturaleza que ella, es una chispa divina; como ella, es incorruptible, indivisible, imperece­dero. Es una partícula de fuego que está en noso­tros, que es inmortal a infinita, a la cual nada puede limitar, ni amortiguar. Se la siente arder hasta en la médula de los huesos, y se la ve brillar hasta en el fondo del cielo.

¿Viene ella aún al Luxemburgo? No, señor. En esta iglesia oye misa, ¿no es verdad? No viene ya. ¿Vive todavía en esta casa? Se ha mudado. ¿Adón­de ha ido a vivir? No lo ha dicho.

¡Qué cosa tan triste es no saber dónde habita su alma!

Los que padecéis porque amáis, amad más aún. Morir de amor es vivir.

Vi en la calle a un joven muy pobre que amaba. Llevaba un sombrero roto, una levita vieja con los codos parchados; el agua entraba a través de sus zapatos, y los astros a través de su alma."

Y así seguían sus pensamientos, página a pá­gina, para terminar diciendo:

"Si no hubiera quien amase, se apagaría el sol".

Mientras leía el cuaderno, Cosette iba cayendo poco a poco en un ensueño. Estaba escrito, pen­saba, por la misma mano, pero con diversa tinta, ya negra, ya blanquecina, como cuando se acaba la tinta y se vuelve a llenar el tintero, y por consi­guiente en distintos días. Era, pues, un pensa­miento que se había derramado allí suspiro a sus­piro, sin orden, sin elección, sin objeto, a la casualidad. Cosette no había leído nunca nada semejante. Aquel manuscrito en que se veía más claridad que oscuridad, le causaba el mismo efec­to que un santuario entreabierto. Cada una de sus misteriosas líneas resplandecía a sus ojos y le inun­daba el corazón de una luz extraña. Descubría en aquellas líneas una naturaleza apasionada, ardien­te, generosa, honrada; una voluntad sagrada, un inmenso dolor y una esperanza inmensa; un cora­zón oprimido y un éxtasis manifestado. ¿Y qué era aquel manuscrito? Una carta. Una carta sin señas, sin nombre, sin fecha, sin firma, apremiante y desinteresada. ¿Quién la había escrito?

Cosette no dudó ni un minuto. Sólo un hom­bre. ¡El!

¡Era él quien le escribía! ¡El, que estaba allí! ¡El, que la había encontrado!

Entró en la casa y se encerró en su cuarto para volver a leer el manuscrito, para aprenderlo de memoria, y para pensar. Cuando lo hubo leído, lo besó y lo guardó.

Pasó todo el día sumida en una especie de aturdimiento.

 

III

Los viejos desaparecen en el momento oportuno

 

Cuando llegó la noche, salió Jean Valjean, y Co­sette se vistió. Se peinó del modo que le sentaba mejor y se puso un bonito vestido. ¿Quería salir? No. ¿Esperaba una visita? No.

Al anochecer bajó al jardín. Empezó a pasear bajo los árboles, separando de tanto en tanto al­gunas ramas con la mano porque las había muy bajas.

Así llegó al banco. Se sentó, y puso su mano sobre la piedra, como si quisiese acariciarla y ma­nifestarle agradecimiento.

De pronto sintió esa sensación indefinible que se experimenta, aun sin ver, cuando se tiene al­guien detrás. Volvió la cabeza y se levantó. Era él.

Tenía la cabeza descubierta; parecía pálido y delgado. Tenía, bajo un velo de incomparable dul­zura, algo de muerte y de noche. Su rostro estaba iluminado por la claridad del día que muere y por el pensamiento de un alma que se va.

Cosette no dio ni un grito. Retrocedió lenta­mente, porque se sentía atraída. El no se movió. Cosette sentía la mirada de sus ojos, que no podía ver a través de ese velo inefable y triste que lo rodeaba.

Cosette, al retroceder, encontró un árbol, y se apoyó en él; sin ese árbol se hubiera caído al suelo. Entonces oyó su voz, aquella voz que nunca había oído, que apenas sobresalía del susurro de las hojas, y que murmuraba:

‑Perdonadme por estar aquí, pero no podía vivir como estaba y he venido. ¿Habéis leído lo que dejé en ese banco? ¿Me reconocéis? No tengáis miedo de mí. ¿Os acordáis de aquel día, hace ya mucho tiempo, en que me mirasteis? Fue en el Luxemburgo, cerca del Gladiador. ¿Y del día que pasasteis cerca de mí? El l6 de junio y el 2 de julio. Va a hacer un año. Hace mucho tiempo que no os veía. Vivíais en la calle del Oeste, en un tercer piso; ya veis que lo sé. Yo os seguía. Des­pués habéis desaparecido. Por las noches vengo aquí. No temáis; nadie me ve; vengo a mirar vues­tras ventanas de cerca. Camino suavemente para que no lo oigáis, porque podríais tener miedo. Sois mi ángel, dejadme venir; creo que me voy a morir. ¡Si supieseis! ¡Os adoro! Perdonadme; os hablo, y no sé lo que os digo; os incomodo tal vez. ¿Os incomodo?

‑¡Oh, madre mía! ‑murmuró Cosette. Se le doblaron las piernas como si se muriera.

El la cogió; ella se desmayaba; la tomó en sus brazos, la estrechó sin tener conciencia de lo que hacía, y la sostuvo temblando. Estaba perdido de amor. Balbuceó:

‑¿Me amáis, pues?

Cosette respondió en una voz tan baja, que no era más que un soplo que apenas se oía:

‑¡Ya lo sabéis!

Y ocultó su rostro lleno de rubor en el pecho del joven.

No tenían ya palabras. Las estrellas empeza­ban a brillar. ¿Cómo fue que sus labios se encon­traron? ¿Cómo es que el pájaro canta, que la nieve se funde, que la rosa se abre?

Un beso; eso fue todo.

Los dos se estremecieron, y se miraron en la sombra con ojos brillantes.

No sentían ni el frío de la noche, ni la frialdad de la piedra, ni la humedad de la tierra, ni la humedad de las hojas; se miraban, y tenían el corazón lleno de pensamientos. Se habían cogido las manos sin saberlo.

Poco a poco se hablaron. La expansión sucedió al silencio, que es la plenitud. La noche estaba serena y espléndida por encima de sus cabezas. Aquellos dos seres puros como dos espíritus, se lo dijeron todo: sus sueños, sus felicidades, sus éxta­sis,,sus quimeras, sus debilidades; cómo se habían adorado de lejos, cómo se habían deseado, y su desesperación cuando habían cesado de verse. Se confiaron en una intimidad ideal, que ya nunca sería mayor, lo que tenían de más oculto y secreto.

Cuando se lo dijeron todo, ella reposó su ca­beza en el hombro de Marius, y le preguntó:

‑¿Cómo os llamáis?

-Yo me llamo Marius. ¿Y vos?

-Yo me llamo Cosette.