LIBRO
SEGUNDO
I
Marius
había asistido al inesperado desenlace de la emboscada que él mismo relatara a
Javert; pero, apenas abandonó éste la casa llevando a sus presos en tres
coches de alquiler, salió también él. No eran más que las nueve de la noche,
y se fue a dormir a casa de Courfeyrac, que vivía ahora en la calle de la
Verrerie, "por razones políticas", pues en esos tiempos la insurrección
se instalaba tranquilamente en aquel barrio.
-Vengo
a alojar contigo ‑dijo Marius.
Courfeyrac
sacó un colchón de su cama, que tenía dos, lo tendió en el suelo y dijo:
-Aquí
tienes.
Al
día siguiente, a las siete de la mañana, Marius volvió al caserón Gorbeau,
pagó el alquiler, hizo cargar en un carretón de mano sus libros, la cama,
la mesa, la cómoda y sus dos sillas, y se fue sin dejar las señas de su nueva
casa.
Pasó
un mes y después otro. Marius seguía en casa de Courfeyrac. Supo por un
pasante de abogado, visitante habitual de la Sala de los Pasos Perdidos, que
Thenardier estaba incomunicado, y daba todos los lunes al alcaide de la cárcel
cinco francos para el preso.
Marius,
no teniendo ya dinero, pedía los cinco francos a Courfeyrac; era la primera vez
en su vida que pedía prestado. Estos cinco francos periódicos eran un doble
enigma: para Courfeyrac que los daba, y para Thenardier que los recibía.
‑¿Para
quién pueden ser? ‑pensaba Courfeyrac.
‑¿De
dónde diablos puede venir esto? ‑se preguntaba Thenardier.
Marius
estaba desconsolado. Había vuelto a ver por un momento a la joven a quien amaba,
pero un soplo se la había arrebatado. No sabía ni su nombre; seguramente no
era Ursula y la Alondra era un apodo. ¿Y qué pensar del viejo? ¿Se ocultaba,
en efecto, de la policía?
Todo
se había desvanecido, excepto el amor.
Para
colmo volvía a visitarlo la miseria; sentía ya su soplo helado. Y es que desde
hacía algún tiempo había descuidado sus traducciones; y no hay nada más
peligroso que la interrupción del trabajo, porque es una costumbre que se
pierde. Costumbre fácil de perder y difícil de volver a adquirir.
Todo
su pensamiento era Ella; no pensaba en otra cosa; se daba cuenta confusamente de
que su traje viejo estaba inservible y que el nuevo se transformaba rápidamente
en viejo.
Le
quedaba una sola idea dulce: que Ella lo había amado; que su mirada se lo había
dicho; que Ella no sabía su nombre, pero conocía su alma, y que tal vez en el
lugar en que estaba lo amaba aún.
En
sus paseos solitarios descubrió un sitio de especial belleza y, por lo tanto,
poco frecuentado. Era una especie de prado verde al lado del arroyo de los
Gobelinos. Un día, hablando con uno de los escasos paseantes, supo que se le
llamaba el Campo de la Alondra. La Alondra era el nombre con que Marius, en las
profundidades de su melancolía, había reemplazado a Ursula.
‑¡Este
es su campo! ‑dijo en el estupor poco lógico de los enamorados‑.
Aquí sabré dónde vive.
Esto
era absurdo, pero irresistible.
Y
desde entonces fue todos los días al Campo de la Alondra.
El
triunfo de Javert en el caserón Garbeau parecía completo, pero no lo fue.
En
primer lugar, y éste era su principal problema, no detuvo al prisionero. Es
probable que este personaje, que para los bandidos era captura importante, lo
fuera también para la justicia.
En
seguida, se le había escapado Montparnasse. Montparnasse, al llegar a la
casa, se había encontrado con Eponina que estaba al acecho, y se la había
llevado consigo, prefiriendo sabiamente la hija al padre. Gracias a eso estaba
libre. En cuanto a Eponina, Javert la recupero más tarde y fue a acompañar a
Azelma a la prisión de las Madelonnettes.
Finalmente,
en el trayecto a la comisaría, se le perdió uno de los principales presos,
Claquesous, y no lo volvió a encontrar. ¿Se fundió Claquesous con la bruma?
¿Tan misterioso eclipse fue en connivencia con los agentes? Javert se mostró
más irritado que sorprendido.
En
cuanto a Marius, Javert pensó que "ese abogadillo bobo" había tenido
miedo, y olvidó hasta su nombre.
El
juez de instrucción consideró de utilidad no incomunicar a uno de los hombres
de Patrón-Minette, esperando que hablara. Se eligió a Brujon; lo pusieron
en el patio Carlomagno, y bajo especial y discreta vigilancia.
Los
ladrones no interrumpen su actividad por estar en manos de la justicia. No se
preocupan por tan poco. Estar en prisión por un crimen no impide comenzar otro
crimen.
Brujon
pasaba el día mirando como un idiota las paredes. O bien, castañeteando los
dientes y diciendo que tenía fiebre. Pero se las ingenió para obtener ciertas
informaciones del exterior.
Hacia
la segunda quincena de febrero de 1832, un vigilante vio a este adormilado reo
escribiendo un papel en su cama. Lo castigaron a un mes de calabozo, pero fue
imposible encontrar el papel.
Pero
a la mañana siguiente alguien lanzó un "perdigón" desde el patio
Carlomagno hacia la Force.
Los
detenidos llaman perdigón a una pelota de miga de pan artísticamente amasada
que se lanza por encima de los techos de una prisión, de patio a patio. Esta
pelota cae al patio. El que la recoge la abre y encuentra dentro un mensaje para
algún prisionero de esa sección. Si es otro reo quien hace el hallazgo,
entrega el mensaje al destinatario; si es un guardia, entrega el mensaje a la
policía.
Esta
vez el perdigón llegó a su destino, a pesar de que aquel a quien se dirigía
estaba incomunicado. Era nada menos que Babet, una de las cuatro cabezas de
Patrón‑Minette.
El
perdigón contenía sólo estas palabras:
"Babet.
Hay un negocio en calle Plumet. Una antigua verja que da a un jardín".
Era
lo que había escrito Brujon la noche anterior.
A
pesar de la minuciosa vigilancia, Babet encontró el medio de transmitir el
mensaje desde la Force a la Salpétrière, a su amante que estaba allí
encarcelada. Esta pasó el papel a una mujer Ilamada Magnon, a quien la policía
tenía en su mira, pero que todavía no había sido detenida. Esta Magnon era
gran amiga de los Thenardier; ella podía, por tanto, servir de puente visitando
a Eponina en las Madelonnettes. Sucedió que en esos mismos momentos Eponina
y Azelma quedaban en libertad por falta de pruebas en su contra.
Cuando
salió Eponina, Magnon, que la esperaba en la puerta, le entregó el mensaje
de Brujon a Babet y le encargó que investigara el negocio.
Eponina
fue a la calle Plumet, encontró la verja y el jardín, observó la casa, espió,
acechó, y unos días después le llevó a Magnon un bizcocho que ésta entregó
a la amante de Babet en la Salpétrière. Bizcocho, en el tenebroso lenguaje de
la prisión, significa:
"Nada que hacer".
De
modo que una semana después, cuando Babet y Brujon se cruzaban en el camino de
ronda de la Force, uno hacia la instrucción y el otro regresando, Brujon
preguntó:
-¿Y?
¿La calle Plumet?
‑Bizcocho
‑respondió Babet.
Así
abortó este feto de crimen concebido por Brujon en la Force. Sin embargo, este
aborto tuvo consecuencias totalmente diferentes a las planeadas, como ya se verá.
A menudo, cuando se intenta anudar un hilo, se anuda otro.
Mientras
Marius descendía lentamente por esos lúgubres escalones que conducen a los
lugares sin luz, el señor Mabeuf los bajaba de otra manera.
Al
anciano todas las opiniones políticas le eran indiferentes, y las aprobaba
todas para que lo dejaran tranquilo. Su postura política era la de amar
apasionadamente las plantas, pero sobre todo amar los libros. Tenía como todo
el mundo su terminación en -ista, sin la cual nadie habría podido vivir en
esa época, pero no era ni realista, ni bonapartista, ni anarquista; él era
coleccionista de libros antiguos. Uniendo sus dos pasiones, había publicado un
libro, La flora en los alrededores de Cauteretz.
Vivía
solo con una vieja ama de llaves, a quien llamaba, sin que ella comprendiera por
qué, la señora Plutarco.
En
1830, por un error legal, perdió todo lo que tenía. Además, la Revolución de
Julio provocó una crisis que afectó a las librerías y, por supuesto, en los
malos tiempos lo primero que deja de venderse es un libro sobre la flora. Dejó
su cargo en la parroquia y se mudó a una especie de choza, cerca del jardín
Botánico, donde le permitieron utilizar un pequeño pedazo de tierra para sus
ensayos de siembras de añil.
Había
reducido su almuerzo a dos huevos, y dejaba uno de ellos a su vieja criada, a la
cual no había pagado el salario hacía quince meses. Muchas veces, el almuerzo
era su única comida. Ya no se reía con su risa infantil; se había vuelto
huraño, y no recibía visitas. Algunas veces, camino al jardín Botánico, se
encontraba con Marius; no se hablaban; solamente se saludaban con la cabeza
tristemente. Es doloroso, pero hay un momento en que la miseria separa hasta a
los amigos.
El
señor Mabeuf sentía simpatía por Marius, porque era joven y suave. La
juventud, cuando es suave, es para los viejos como un sol sin viento.
Por
la noche volvía del jardín Botánico a su casa para regar sus plantas y leer
sus libros.
El
señor Mabeuf tenía por entonces muy cerca de los ochenta años.
Una
tarde recibió una singular visita. Estaba sentado en una piedra que tenía por
banco en el jardín, y miraba con tristeza sus plantas secas que necesitaban
urgente riego. Se dirigió encorvado y con paso vacilante al pozo; pero cuando
cogió la soga no tuvo fuerzas ni aun para desengancharla. Entonces se volvió,
y dirigió una mirada angustiosa al cielo, que se iba cubriendo de estrellas.
‑¡Estrellas
por todas partes! ‑pensaba el anciano‑‑: ¡Ni una pequeñísima
nube! ¡Ni una lágrima de agua!
Trató
de nuevo de desenganchar la soga del pozo, pero no pudo.
En
aquel momento oyó una voz que decía:
‑Señor
Mabeuf, ¿queréis que riegue yo el jardín?
Vio
salir de entre los matorrales a una jovencita delgada, que se puso delante de
él mirándole sin parpadear. Más que un ser humano parecía una forma nacida
del crepúsculo.
Antes
que el anciano hubiera podido responder una sílaba, aquella aparición de
pies desnudos y ropa andrajosa había llenado la regadera. El ruido del agua
en las hojas encantaba al señor Mabeuf; le parecía que el rododendro era por
fin feliz.
Vaciado
el primer cubo, la muchacha sacó otro, y después un tercero, y así regó todo
el jardín.
Cuando
hubo concluido, el señor Mabeuf se aproximó a ella con lágrimas en los ojos.
‑Dios
os bendiga ‑dijo‑, sois un ángel porque tenéis piedad de las
flores.
‑No
‑respondió ella‑, soy el diablo, pero me es igual.
El
viejo exclamó sin esperar ni oír la respuesta:
‑¡Qué
lástima que yo sea tan desgraciado y tan pobre, y que no pueda hacer nada por
vos!
-Algo
podéis hacer ‑dijo ella‑. Decidme dónde vive el señor Marius.
‑¿Qué
señor Marius?
‑Un
joven que venía a veros hace tiempo atrás.
El
señor Mabeuf había ya registrado su memoria, y contestó:
‑¡Ah!
sí... ya sé. El señor Marius... el barón de Pontmercy, vive... o más bien
dicho no vive ya... vaya, no lo sé.
Mientras
hablaba se había inclinado para sujetar una rama del rododendro.
‑Esperad
‑continuó‑; ahora me acuerdo. Va mucho al Campo de la Alondra. Id
por allí, y no será difícil que lo encontréis.
Cuando
el señor Mabeuf se enderezó ya no había nadie; la joven había desaparecido.
Algunos
días después, Marius había ido a pasearse un rato antes de ir a dejar la
moneda para Thenardier. Era lo que hacía siempre. Apenas se levantaba, se
sentaba delante de un libro y una hoja de papel para concluir alguna traducción;
trataba de escribir y no podía y se levantaba de la silla, diciendo: "Voy
a salir un rato, así me darán ganas de trabajar". Y se iba al Campo de la
Alondra.
Esa
mañana, en medio del arrobamiento con que iba pensando en Ella mientras paseaba,
oyó una voz conocida que decía:
‑¡Al
fin, ahí está!
Levantó
los ojos y reconoció a la hija mayor de Thenardier, Eponina. Llevaba los pies
descalzos a iba vestida de harapos. Tenía la misma voz ronca, la misma mirada
insolente. Además, oscurecía su rostro ese miedo que añade la prisión o la
miseria.
Llevaba
algunos restos de paja en los cabellos, no como Ofelia por haberse vuelto loca
con el contagio de la locura de Hamlet, sino porque había dormido en algún
pajar. Y a pesar de todo, estaba hermosa.
Se
quedó algunos momentos en silencio.
‑¡Os
encontré! ‑dijo por fin‑. Tenía razón el señor Mabeuf. ¡Si
supieseis cuánto os he buscado! ¿Sabéis que he estado en la cárcel quince días?
Me soltaron por no haber nada contra mí, y porque además no tenía edad de
discernimiento. ¡Oh, cómo os he buscado desde hace seis semanas! ¿Ya no vivís
allá?
‑No
‑dijo Marius.
‑¡Oh!
Ya comprendo. A causa de aquello. ¿Dónde vivís ahora?
Marius
no respondió.
‑Parece
que no os alegráis de verme. Y, sin embargo, si quisiera os obligaría a estar
contento.
‑¿Contento
‑preguntó Marius‑, qué queréis decir?
‑¡Ah!
¡Antes me llamabais de tú!
‑Pues
bien; ¿qué quieres decir?
Eponina
se mordió el labio, parecía dudar como si fuera presa de una lucha interior;
por fin, pareció decidirse.
‑Bueno,
peor para mí, qué vamos a hacer. Estáis triste y quiero que estéis contento.
¡Pobre señor Marius! Ya sabéis, me habéis prometido que me daríais todo lo
que yo quisiera...
‑¡Sí,
pero habla de una vez!
Ella
miró a Marius fijamente a los ojos y le dijc
‑¡Tengo
la dirección!
Marius
se puso pálido. Toda su sangre refluyó al corazón.
‑¿Qué
dirección?
‑Ya
sabéis, las señas de la señorita.
Y
así que pronunció esta palabra, suspiró profundamente.
Marius
le cogió violentamente la mano.
‑¡Llévame!
¡Pídeme todo lo que quieras! ¿Dónde es?
-Venid
conmigo. No sé bien la calle ni el número; es al otro extremo, pero conozco
bien la casa.
Retiró
entonces la mano, y dijo en un tono que hubiera lacerado el corazón de un
observador, pero que no llamó la atención de Marius, embriagado y loco de
felicidad:
‑¡Ah!
¡Qué contento estáis ahora!
Una
nube pasó por la frente de Marius.
‑¡
Júrame una cosa! ‑dijo cogiendo a Eponina del brazo.
‑¡Jurar!
‑dijo ella‑; ¿qué quiere decir eso? ¡Vaya! ¿Queréis que jure?
Y
se echó a reír.
‑¡Tu
padre! ¡Prométeme, Eponina, júrame que no darás esa dirección a lo padre!
Eponina
se volvió hacia él con una mirada de asombro.
-¿Cómo
sabéis que me llamo Eponina?
‑¡Respóndeme,
en nombre del cielo! ¡ Júrame que no se lo dirás a lo padre!
‑¡Mi
padre! ¡Ah, sí, mi padre! Estad tranquilo. Está preso a incomunicado.
‑¿Pero
no me lo prometes? ‑exclamó Marius.
‑¡Sí,
sí os lo prometo! ¡Os lo juro! ¡Qué me importa! ¡No diré nada a mi padre!
‑Ni
a nadie ‑dijo Marius.
‑Ni
a nadie.
-Ahora,
llévame.
-Venid.
¡Oh, qué contento está! ‑dijo la joven.
A
los pocos pasos se detuvo.
‑Me
seguís muy de cerca, señor Marius. Dejadme ir delante de vos y seguidme así
no más, como si tal cosa. No deben ver a un caballero como vos con una mujer
como yo.
Ningún
idioma podría expresar lo que encerraba la palabra mujer dicha así por
aquella niña. Dio unos pasos, y se detuvo otra vez.
-A
propósito, ¿recordáis que habéis prometido una cosa?
Marius
registró el bolsillo. No poseía en el mundo más que los cinco francos
destinados a Thenardier; los sacó, y los puso en la mano de Eponina.
Ella
abrió los dedos, dejó caer la moneda al suelo, y dijo mirando a Marius con
aire sombrío:
‑No
quiero vuestro dinero.
En
el mes de octubre de 1829, un hombre de cierta edad había alquilado una casa en
la calle Plumet y se había instalado allí con una jovencita y una anciana
criada. Los vecinos no murmuraban nada, por la sencilla razón de que no los había.
Este
inquilino tan silencioso era Jean Valjean, y la joven, Cosette. La criada era
una solterona llamada Santos, vieja, provinciana y tartamuda; tres cualidades
que habían determinado a Jean Valjean a tomarla a su servicio. Había alquilado
la casa con el nombre del señor Ultimo Fauchelevent, rentista.
¿Por
qué había abandonado Jean Valjean el convento del Pequeño Picpus? ¿Qué
había sucedido? Nada había sucedido.
Un
día se dijo que Cosette tenía derecho a conocer el mundo antes de renunciar a
él; que privarla de antemano y sin consultarla de todos los goces, bajo el
pretexto de salvarla de todas las pruebas, y aprovecharse de su ignorancia y de
su aislamiento para hacer germinar en ella una vocación artificial, sería
desnaturalizar una criatura humana, y engañar a Dios. Se resolvió, pues, a
abandonar el convento.
Cinco
años de encierro y de desaparición entre aquellas cuatro paredes habían
destruido a dispersado necesariamente los elementos de temor; podía volver
con tranquilidad a vivir entre los hombres; había envejecido, y estaba cambiado.
¿Quién había de reconocerlo ahora? Y aun en el peor caso, sólo corría
peligro por sí mismo, y no tenía derecho para condenar a Cosette al claustro
por la razón de que él había sido condenado a presidio. Por otra parte, ¿qué
es el peligro ante el deber? Y por último, nada le impedía ser prudente, y
tomar sus precauciones.
En
cuanto a la educación de Cosette, estaba casi terminada y era bastante completa.
Jean
Valjean, después de decidirse, sólo esperó una ocasión, y no tardó ésta
en presentarse: el viejo Fauchelevent murió.
Jean
Valjean pidió audiencia a la reverenda priora, y le dijo que habiendo recibido
a la muerte de su hermano una modesta herencia que le permitía vivir sin
trabajar, pensaba dejar el servicio del convento y llevarse a su nieta; pero
que, como no era justo que Cosette no pronunciando el voto hubiese sido educada
gratuitamente, con humildad suplicaba a la reverenda priora le permitiese
ofrecer a la comunidad una suma de cinco mil francos, como indemnización de los
cinco años que Cosette había pasado en el convento.
Jean
Valjean no salió al aire libre sin experimentar una profunda ansiedad.
Descubrió
la casa de la calle Plumet y allí se quedó; al mismo tiempo alquiló otras dos
casas en París, con objeto de atraer la atención menos que viviendo siempre en
el mismo barrio, y de no encontrarse desprevenido, como la noche en que se escapó
tan milagrosamente de Javert. Estas otras casas eran dos edificios feos y de
aspecto pobre, en dos barrios muy separados uno de otro; uno en la calle del
Oeste, y otro en la del Hombre Armado. Iba de cuando en cuando ya a la una o a
la otra a pasar un mes o seis semanas con Cosette. Y así tenía tres casas en
París para huir de la policía.
El
señor Fauchelevent, rentista, era guardia nacional; no había podido
escaparse de las apretadas redes del censo de 1831. El empadronamiento municipal
llegó en aquella época hasta el convenlo del Pequeño Picpus, de donde Ultimo
Fauchelevent había salido intachable a los ojos del alcalde, y por
consiguiente digno de hacer guardias.
Jean
Valjean se ponía el uniforme y entraba de guardia tres o cuatro veces al año,
y lo hacía con gusto, porque el uniforme era para él un correcto disfraz que
lo mezclaba con todo el mundo. Acababa de cumplir sesenta años, edad de la
exención legal, pero no aparentaba más de cincuenta; no tenía estado civil;
ocultaba su nombre, ocultaba su edad, ocultaba su identidad, lo ocultaba todo;
y como hemos dicho, era un guardia nacional de buena voluntad. Toda su ambición
era asemejarse a cualquiera que pagase sus contribuciones. El ideal de este
hombre era, en lo interior, el ángel, y en lo exterior, el burgués.
Cuando
salía con Cosette, se vestía como ya lo hemos visto antes y parecía un
militar retirado. Cuando salía solo, comúnmente por la noche, usaba siempre
una chaqueta y un pantalón de obrero y una gorra que le ocultaba el rostro. ¿Era
precaución o humildad? Ambas cosas a la vez.
Cosette
estaba acostumbrada ya al aspecto enigmático de su destino, y apenas notaba
las rarezas de su padre. En cuanto a Santos, veneraba a Jean Valjean y hallaba
bueno todo lo que hacía.
Ninguno
de los tres entraban o salían más que por la puerta trasera que daba a la
calle de Babilonia; de modo que, de no verlos por la verja del jardín, era
difícil adivinar que vivían en la calle Plumet. Esta verja estaba siempre
cerrada, y Jean Valjean dejó el jardín sin cultivar para que no llamara la
atención. Tal vez se equivocó.
Este
jardín, abandonado a sí mismo por más de medio siglo, se había transformado
en algo extraordinario y encantador. Los que pasaban frente a esa antigua verja
cerrada con candado, se detenían a contemplar aquella verde espesura.
Había
un banco de piedra en un rincón y dos o tres estatuas enmohecidas. La
naturaleza había invadido todo; las zarzas subían por los troncos de los árboles
cuyas ramas bajaban hasta el suelo; ramillas, troncos, hojas, sarmientos,
espinas, todo se entremezclaba en este apogeo de la maleza, y hacía que en un
pequeño jardín parisiense reinara la majestad de un bosque virgen.
En
este entorno, Jean Valjean y Cosette vivían felices. Jean Valjean arregló la
casa para Cosette, que vivía allí con Santos, con todas las comodidades, y
él se instaló en la habitación del portero, que estaba situada aparte, en el
patio trasero.
Cosette
adoraba a su padre con toda el alma.
Como
él no vivía dentro de la casa ni iba al jardín, a ella le gustaba más pasar
el día en el patio de atrás, en esa habitación sencilla, que en el salón
lleno de muebles finos.
El
le decía a veces, dichoso de que lo importunara:
‑¡Ya,
ándate a la casa, déjame en paz solo un rato!
Ella
solía reprenderlo, como se impone una hija al padre:
‑¡Hace
tanto frío en vuestra casa! ¿Por qué no ponéis una alfombra y una estufa?
‑Niña
mía, hay tanta gente mejor que yo que no tiene ni un techo sobre su cabeza.
‑¿Entonces
por qué yo tengo siempre fuego en la chimenea?
‑Porque
eres mujer, y eres una niña.
Otra
vez le dijo:
‑Padre,
¿por qué coméis ese pan tan malo?
‑Porque
sí, hija mía.
‑Entonces,
si vos lo coméis, yo también lo comeré.
De
modo que para que Cosette no comiera pan negro, Jean Valjean comenzó a comer
pan blanco.
Ella
no recordaba a su madre, ni siquiera sabía su nombre, de modo que todo su amor
se volcaba en este padre bondadoso. Y él era dichoso.
Cuando
salía con él, la niña se apoyaba en su brazo, orgullosa, feliz. El pobre
hombre se estremecía inundado de una dicha angelical; se decía que esto
duraría toda la vida; pensaba que no había sufrido lo suficiente para merecer
tanta felicidad, y agradecía a Dios en el fondo de su alma por haberle
permitido ser amado por este ser inocente.
Un
día Cosette se miró por casualidad al espejo, y le pareció que era bonita,
lo cual la turbó mucho, pues había oído decir que era fea. Otra vez, yendo
por la calle, le pareció oír a uno, a quien no pudo ver, que decía detrás de
ella: Linda muchacha, pero muy mal vestida. "¡Bah! ‑pensó ella‑,
no lo dice por mí. Yo soy fea, y voy bien vestida." Y no se miró más al
espejo.
Una
mañana estaba en el jardín y oyó que Santos decía:
‑Señor,
¿no habéis observado qué bonita se va poniendo la señorita?
Cosette
subió a su cuarto, corrió al espejo y dio un grito de asombro.
¡Era
linda! Su tipo se había formado, su cutis había blanqueado, y sus cabellos
brillaban; un esplendor desconocido se había encendido en sus ojos azules.
Jean
Valjean, por su parte, experimentaba una profunda a indefinible opresión en su
corazón.
Era
que, en efecto, desde hacía algún tiempo, contemplaba con terror aquella
belleza que se presentaba cada día más esplendorosa. Comprendió que aquello
era un cambio en su vida feliz, tan feliz, que no se atrevía a alterarla en
nada por temor a perder algo. Aquel hombre que había pasado por todas las
miserias; que aún estaba sangrando por las heridas que le había hecho el
destino; que había sido casi malvado y que había llegado a ser casi santo;
aquel hombre a quien la ley no había perdonado todavía y que podía en
cualquier momento ser devuelto a la prisión, lo aceptaba todo, lo disculpaba
todo, lo perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no
pedía a la Providencia, a los hombres, a las leyes, a la sociedad, a la
Naturaleza, al mundo, más que una cosa: ¡que Cosette siguiera amándolo! ¡Que
Dios no le impidiese llegar al corazón de aquella niña y permanecer en él!
Si Cosette lo amaba, se sentía sanado, tranquilo, en paz, recompensado,
coronado. Si Cosette lo amaba era feliz; ya no pedía más.
Nunca
había sabido lo que era la belleza de una mujer; pero por instinto comprendía
que era una cosa terrible.
Jean
Valjean desde el fondo de su fealdad, de su vejez, de su miseria, de su opresión,
miraba asustado aquella belleza que se presentaba cada día más triunfante y
soberbia a su lado, a su vista. Y se decía: "¡Qué hermosa es! ¿Qué va
a ser de mí?" En esto estaba la diferencia entre su ternura y la ternura
de una madre; lo que él veía con angustia, lo habría visto una madre con
placer.
No
tardaron mucho en manifestarse los primeros síntomas.
Desde
el día siguiente a aquel en que Cosette se había dicho: "Parece que soy
bonita", recordó lo que había dicho el transeúnte: "Bonita, pero
mal vestida". De inmediato aprendió la ciencia del sombrero, del vestido,
de la bota, de los manguitos, de la tela de moda, del color que mejor sienta;
esa ciencia que hace a la mujer parisiense tan seductora, tan profundamente
peligrosa.
El
primer día que Cosette salió con un vestido nuevo y un sombrero de crespón
blanco, se cogió del brazo de Jean Valjean alegre, radiante, sonrosada,
orgullosa, esplendorosa.
‑Padre
‑dijo‑, ¿cómo me encontráis?
El
respondió con una voz semejante a la de un envidioso:
‑¡Encantadora!
Desde
aquel momento observó que Cosette quería salir siempre y no tenía ya tanta
afición al patio interior; le gustaba más estar en el jardín, y pasearse por
delante de la verja. En esta época fue cuando Marius, después de pasados seis
meses, la volvió a ver en el Luxemburgo.
En
ese instánte en que Cosette dirigió, sin saberlo, aquella mirada que turbó a
Marius, éste no sospechó que él dirigió otra mirada que turbó también a
Cosette, haciéndole el mismo mal y el mismo bien.
Hacía
ya algún tiempo que lo veía y lo examinaba, como las jóvenes ven y examinan,
mirando hacia otra parte. Marius encontraba aún fea a Cosette, cuando Cosette
encontraba ya hermoso a Marius. Pero, como él no hacía caso de ella, este
joven le era muy indiferente.
El
día en que sus ojos se encontraron y se dijeron por fin bruscamente esas
primeras cosas oscuras a inefables que balbucea una mirada, Cosette no las
comprendió al momento. Volvió pensativa a la casa de la calle del Oeste
donde habían ido a pasar seis semanas.
Aquel
día la mirada de Cosette volvió loco a Marius, y la mirada de Marius puso
temblorosa a Cosette. Marius se fue contento. Cosette inquieta. Desde aquel
instante se adoraron.
Todos
los días esperaba Cosette con impaciencia la hora del paseo; veía a Marius,
sentía una felicidad indecible, y creía expresar sinceramente todo su
pensamiento con decir a Jean Valjean: ¡Qué delicioso jardín es el Luxemburgo!
Marius
y Cosette no se hablaban, no se saludaban, no se conocían: se veían y, como
los astros en el cielo que están separados por millones de leguas, vivían de
mirarse.
De
este modo iba Cosette haciéndose mujer, bella y enamorada, con la conciencia de
su hermosura y la ignorancia de su amor.
La
sabia y eterna madre Naturaleza advertía sordamente a Jean Valjean la
presencia de Marius; y Jean Valjean temblaba en lo más oscuro de su pensamiento;
no veía nada, no sabía nada, y consideraba, sin embargo, con obstinada
atención las tinieblas en que estaba, como si sintiera por un lado una cosa que
se construyera, y por otro una cosa que se derrumbara. Marius, advertido también,
y lo que es la profunda ley de Dios, por la misma madre Naturaleza, hacía todo
lo que podía por ocultarse del padre. Sus ademanes no eran del todo naturales.
Se sentaba lejos, y permanecía en éxtasis; llevaba un libro, y hacía que leía:
¿por qué hacía que leía? Antes iba con su levita vieja, y ahora llevaba
todos los días el traje nuevo; tenía ojos picarescos, y usaba guantes. En una
palabra, Jean Valjean lo detestaba cordialmente.
Un
día no pudo contenerse y dijo:
‑¡Qué
aire tan pedante tiene ese joven!
Cosette
el año anterior, cuando era niña indiferente, hubiera respondido:
‑No,
padre, es un joven simpático.
En
el momento de la vida y del estado de corazón en que se encontraba, se limitó
a contestar con una calma suprema, como si lo mirara por primera vez en su
vida:
‑¿Ese
joven?
‑¡Qué
estúpido soy! ‑pensó
Jean Valjean‑. Cosette
no se había fijado en él.
¡Oh,
inocencia de los viejos! ¡Oh, profundidad de la juventud!
Jean
Valjean empezó contra Marius una guerrilla que éste, con la sublime
estupidez de su pasión y de su edad, no adivinó. Le tendió una serie de
emboscadas; Marius cayó de cabeza en todas. Mientras tanto Cosette seguía
encerrada en su aparente indiferencia y en su imperturbable tranquilidad;
tanto, que Jean Valjean sacó esta conclusión: Ese necio está enamorado
locamente de Cosette, pero Cosette ni siquiera sabe que existe.
Mas
no por esto era menor la agitación dolorosa de su corazón. De un instante a
otro podía sonar la hora en que Cosette empezara a amar. ¿No empieza todo por
la indiferencia? ¿Qué viene a buscar ese joven? ¿Una aventura? ¿Qué quiere?
¿Un amorío? ¡Un amorío! ¡Y yo! ¿Qué? ¡Habré sido primero el hombre más
miserable, y después el más desgraciado! ¡Habré pasado sesenta años viviendo
de rodillas; habré padecido todo lo que se puede padecer; habré envejecido sin
haber sido joven; habré vivido sin familia, sin padres, sin amigos, sin mujer,
sin hijos; habré dejado sangre en todas las piedras, en todos los espinos, en
todas las esquinas, en todas las paredes; habré sido bueno, aunque hayan sido
malos conmigo; me habré hecho bueno, a pesar de todo; me habré arrepentido
del mal que he hecho, y habré perdonado el que me han causado; y en el momento
en que recibo mi recompensa, en el momento que toco el fin, en el momento que
tengo lo que quiero, que es bueno, que lo he pagado, y lo he ganado, desaparecerá
todo, se me irá de las manos, perderé a Cosette, y perderé mi vida, mi alegría,
mi alma, porque a un necio le haya gustado venir a vagar por el Luxemburgo!
Cuando
supo que Marius había hecho preguntas al portero de su casa, se mudó,
prometiéndose no volver a poner los pies en el Luxemburgo ni en la calle del
Oeste; y se volvió a la calle Plumet.
Cosette
no se quejó, no dijo nada, no preguntó nada, no trató de saber ningún por
qué; estaba ya en el período en que se teme ser descubierta y vendida. Jean
Valjean no tenía experiencia en ninguna de estas miserias, lo cual fue causa
de que no comprendiera el grave significado del silencio de Cosette. Solamente
observó que estaba triste y se puso sombrío. Por una y otra parte dominaba la
inexperiencia.
Un
día hizo una prueba y preguntó a Cosette:
‑¿Quieres
venir al Luxemburgo?
Un
rayo iluminó el pálido rostro de Cosette.
‑Sí
‑contestó.
Fueron.
Habían pasado tres meses. Marius no iba ya; Marius no estaba allí.
Al
día siguiente, Jean Valjean volvió a decir a Cosette:
‑¿Quieres
venir al Luxemburgo?
Y
respondió triste y dulcemente:
‑No.
Jean
Valjean quedó dolorido por esa tristeza, y lastimado por esa dulzura. ¿Qué
pasaba en aquella alma tan joven todavía, y tan impenetrable ya? ¿Qué
transformación se estaba verificando en ella? ¿Qué sucedía en el alma de
Cosette? En aquellos momentos, ¡qué miradas tan dolorosas volvía hacia el
claustro! ¡Cómo se lamentaba de su abnegación y de su demencia de haber
vuelto a Cosette al mundo, pobre héroe del sacrificio, cogido y derribado por
su mismo desinterés! "¿Qué he hecho?", se decía.
Por
lo demás, Cosette ignoraba todo esto. Jean Valjean no tenía para ella peor
humor ni más rudeza; siempre la misma fisonomía serena y buena; sus modales
eran más tiernos, más paternales que nunca.
Cosette,
por su parte, iba decayendo de ánimo. En la ausencia de Marius, padecía,
como había gozado en su presencia sin explicárselo.
‑¿Qué
tienes? ‑preguntaba algunas veces Jean Valjean.
‑No
tengo nada. Y vos, padre, ¿tenéis algo?
‑¿Yo?
Nada.
Aquellos
dos seres que se habían amado tanto, y con tan tierno amor, y que habían
vivido por tanto tiempo el uno para el otro, padecían ahora cada cual por su
lado, uno a causa del otro; sin culparse mutuamente, y sonriendo.
Una
tarde, el pequeño Gavroche no había comido y recordó que tampoco había
cenado el día anterior, lo que era ya un poco cansador. Tomó, pues, la
resolución de buscar algún medio de cenar. Se fue a dar vueltas más allá de
la Salpétrière, por los sitios desiertos, donde suele encontrarse algo; y así
llegó hasta unas casuchas que le parecieron ser el pueblecillo de Austerlitz.
En
uno de sus anteriores paseos había visto allí un jardín cuidado por un
anciano y donde crecía un buen manzano. Una manzana es una cena, una manzana es
la vida. Lo que perdió a Adán podía salvar a Gavroche.
Se
dirigió entonces hacia el jardín; reconoció el manzano, identificó la fruta,
y examinó el seto; se aprestaba a saltarlo, pero se detuvo de repente. Escuchó
voces en el jardín, y se puso a mirar por un hueco.
A
dos pasos de él, al otro lado del seto, estaba sentado el viejo dueño del jardín,
y delante de él había una anciana que refunfuñaba.
Gavroche,
que era poco discreto, escuchó.
‑¡Señor
Mabeuf! ‑decía la vieja.
‑¡Mabeuf
‑pensó Gavroche‑; ese nombre es un chiste.
El
viejo, sin levantar la vista, respondió:
‑¿Qué
pasa, señora Plutarco?
‑¡Señora
Plutarco! ‑pensó Gavroche‑. Otro chiste.
‑El
casero no está contento ‑dijo ella‑. Se le deben tres plazos.
‑Dentro
de tres meses se le deberán cuatro.
‑Dice
que os echará a la calle.
-Y
me iré.
‑La
tendera quiere que se le pague; ya no nos fía leña. ¿Con qué os calentaréis
este invierno? No tendremos lumbre.
‑Hay
sol.
‑El
carnicero nos niega el crédito.
‑Está
bien. Digiero mal la carne; es muy pesada.
‑¿Y
qué comeremos?
‑Pan.
‑El
panadero quiere que se le dé algo a cuenta, y dice que si no hay dinero, no
hay pan.
‑Bueno.
‑¿Y
qué comeremos?
‑Nos
quedan las manzanas del manzano.
‑Pero,
señor, no se puede vivir así, sin dinero.
‑¡Y
si no lo tengo!
La
anciana se fue, y el anciano se quedó solo meditando. Gavroche meditaba por
otro lado. Era ya casi de noche.
El
primer resultado de la meditación de Gavroche fue que en vez de escalar el
seto, se acurrucó debajo, donde las ramas se separaban un poco en la parte
baja de la maleza. Estaba casi afirmado contra el banco del señor Mabeuf.
‑¡Qué
buena alcoba! ‑murmuró.
La
calle formaba una línea pálida entre dos filas de espesos arbustos.
De
repente, en. esa línea blanquecina, aparecieron dos sombras. Una iba delante
y la otra algunos pasos detrás.
‑¡Vaya,
dos personajes! ‑susurró Gavroche.
La
primera sombra parecía la de algún viejo encorvado y pensativo, vestido con
sencillez, que andaba con lentitud a causa de la edad, y que paseaba a la luz de
las estrellas.
La
segunda era recta, firme, delgada. Acomodaba su paso al de la primera; pero en
la lentitud voluntaria de la marcha se descubría la esbeltez, la agilidad, la
elegancia de aquella sombra. Levita impecable, fino pantalón. Por debajo del
sombrero se entreveía en el crepúsculo el pálido perfil de un adolescente.
Tenía una rosa en la boca.
Esta
segunda sombra era conocida de Gavroche: era Montparnasse, el bandido de Patrón‑Minette,
el amigo de Thenardier.
En
cuanto a la otra, sólo podía decir que era un anciano.
Gavroche
se puso al momento a observar. Uno de los dos tenía evidentemente proyectos
sobre el otro y Gavroche estaba muy bien situado para ver el resultado.
Montparnasse
de cacería, a aquella hora y en aquel lugar, era algo amenazador. Gavroche sentía
que su corazón de pilluelo se conmovía de lástima por el viejo.
Pero
¿qué hacer? ¿Intervenir? ¿Había de socorrer una debilidad a otra? Sería
sólo dar motivo para que se riera Montparnasse. Gavroche sabía muy bien que
para aquel terrible bandido de dieciocho años, el viejo primero, y el niño
después, eran dos buenos bocados.
Mientras
que Gavroche deliberaba, tuvo efecto el ataque brusco y tremendo. Montparnasse
de súbito tiró la rosa, saltó sobre el viejo y le agarró del cuello. Un
momento después, uno de estos hombres estaba debajo del otro, rendido, jadeante,
forcejeando, con una rodilla de mármol sobre el pecho. Sólo que no había
sucedido lo que Gavroche esperaba. El que estaba en tierra era Montpernasse; el
que estaba encima era el viejo. Todo esto ocurría a algunos pasos de Gavroche.
Quedó
todo en silencio. Montparnasse cesó de forcejear, y Gavroche se dijo: ¡Estará
muerto!
El
viejo no había pronunciado una palabra, ni lanzado un grito; se levantó, y
Gavroche oyó que decía a Montparnasse:
‑Párate.
Montparnasse
se levantó, sin que el viejo lo soltara; tenía la actitud humillada y furiosa
de un lobo mordido por un cordero.
Gavroche
miraba y escuchaba; se divertía a morir.
El
viejo preguntaba y Montparnasse respondía. ‑¿Qué edad tienes?
‑Diecinueve
años.
‑Eres
fuerte, ¿por qué no trabajas?
‑Porque
me aburre.
-¿Qué
eres?
‑Holgazán.
‑¿Puedo
hacer algo por ti? ¿Qué quieres ser?
‑Ladrón.
Mirando
fijamente a Montparnasse, el viejo elevó con suavidad la voz y le dirigió en
aquella sombra en que estaban una especie de sermón solemne, del que Gavroche
no perdió ni una slaba.
‑Hijo
mío: tú entras por pereza en la existencia más laboriosa. ¡Ah! Tú lo
declaras holgazán, pues prepárate a trabajar. No has querido tener el honrado
cansancio de los hombres, tendrás el sudor de los condenados. Donde los demás
canten, tú gruñirás. Verás de lejos trabajar a los demás hombres, y lo
parecerá que descansan. Para salir a la calle, cualquiera no tiene que hacer más
que bajar la escalera, pero tú romperás las sábanas, harás con sus tiras una
cuerda, pasarás por la ventana, lo suspenderás colgado de ese hilo sobre un
abismo, de noche, en medio de la tempestad, en medio de la lluvia, en medio del
huracán, y si la cuerda es corta, sólo encontrarás un medio de bajar:
tirarte. Tirarte a ciegas en el precipicio, desde una altura cualquiera a lo
desconocido. ¡Ah! ¡No lo gusta trabajar! No tienes más que un pensamiento:
beber bien, comer bien, dormir bien. Pues beberás agua, comerás pan negro,
dormirás en una tabla con una cadena ceñida a tus piernas. Romperás esa
cadena y huirás. Bien; pero lo arrastrarás entre las matas y comerás hierba
como los animales del monte. Y volverás a caer preso; y entonces pasarás los años
en una mazmorra. Quieres lucir buena ropa, zapatos lustrosos, pelo rizado,
usar en la cabeza perfumes, agradar a las jóvenes, ser elegante; pues bien, lo
cortarán el pelo al rape, lo pondrás una chaqueta roja y unos zuecos. Quieres
llevar sortijas en los dedos, y tendrás una argolla al cuello; y si miras a una
mujer, lo darán un palo. Entrarás allí a los veinte años, y saldrás a los
cincuenta. Entrarás joven, sonrosado, fresco, con ojos brillantes, dientes blancos,
y hermosa cabellera, saldrás cascado, encorvado, lleno de arrugas, sin
dientes, horrible, y con el pelo blanco. ¡Ah, pobre niño!, lo equivocas; la
holgazanería lo aconseja mal; el trabajo más rudo es el robo. Créeme, no
emprendas la penosa profesión del perezoso; no es cómodo ser ratero. Menos
malo es ser hombre honrado. Anda ahora, y piensa en lo que lo he dicho. Pero, ¿qué
querías? ¿Mi bolsa? Aquí la tienes.
Y
el viejo, soltando a Montparnasse, le puso en la mano su bolsa, a la que
Montparnasse tomó el peso; después de lo cual, con la misma precaución
maquinal que si la hubiese robado, la dejó caer suavemente en el bolsillo de
atrás de su pantalón.
Hecho
esto, el anciano volvió la espalda, y siguió su paseo.
‑¡Viejo
imbécil! ‑murmuró Montparnasse.
¿Quién
era aquel viejo? El lector lo habrá adivinado sin duda.
Montparnasse,
estupefacto, miró cómo desaparecía en el crepúsculo; pero esta contemplación
le fue fatal.
Mientras
que el viejo se apartaba, Gavroche se aproximaba.
Saliendo
de la maleza, se arrastró en la sombra por detrás de Montparnasse que seguía
inmóvil. Así llegó hasta él sin ser visto ni oído. Metió suavemente la
mano en el bolsillo de atrás de su pantalón, cogió la bolsa, retiró la mano
y volviendo a la rastra, hizo en la oscuridad una evolución de culebra.
Montparnasse, que no tenía motivo para estar en guardia, y que meditaba quizás
por primera vez en su vida, no notó nada. Gavroche, así que llegó donde
estaba el señor Mabeuf, tiró la bolsa por encima del seto, y huyó a todo
correr.
La
bolsa cayó a los pies del señor Mabeuf. El ruido lo despertó; se inclinó, la
cogió y la abrió sin comprender nada. Era una bolsa que contenía seis
napoleones. El señor Mabeuf, muy asustado, la llevó a su criada.
‑Esto
viene del cielo ‑dijo la tía Plutarco.