LIBRO OCTAVO
El mal pobre
I
Pasó el verano y después el otoño; y llegó el invierno. Ni el señor Blanco ni la joven habían vuelto a poner los pies en el Luxemburgo. Marius no tenía más que un pensamiento, volver a ver aquel dulce y adorable rostro, y lo buscaba sin cesar y en todas
partes; pero no hallaba nada. No era ya el soñador entusiasta, el hombre resuelto, ardiente y firme, el arriesgado provocador del destino, el cerebro que engendra porvenir sobre porvenir con la imaginación llena de planes, de proyectos, de altivez, de ideas y de voluntad. Era un perro perdido. Había caído en una negra tristeza; todo había concluido para él.
El trabajo le repugnaba, el paseo lo cansaba, la soledad lo fastidiaba; la Naturaleza se presentaba ahora vacía ante sus ojos. Le parecía que todo había desaparecido.
Un día de aquel invierno, Marius acababa de salir de su pieza en casa Gorbeau y caminaba lentamente por la calle, pensativo y con la cabeza baja.
De repente sintió un empujón en la bruma; se volvió, y vio dos jóvenes cubiertas de harapos ‑una alta y delgada, la otra más pequeña‑, que pasaban rápidamente frente a él, sofocadas, asustadas, y como huyendo. No lo vieron y lo rozaron al pasar.
Marius distinguió en el crepúsculo sus caras lívidas, sus cabezas despeinadas, sus vestidos rotos y sus pies descalzos. Sin dejar de correr, iban hablando.
La mayor decía en voz baja:
‑¡Llegaron los sabuesos, pero no pudieron pescarme!
La otra respondió:
‑¡Los vi y disparé a rajar!
Marius comprendió, a través de su jerga, que los policías habían tratado de prender a las muchachas, y ellas se habían escapado.
Se escondieron un rato entre los árboles y luego desaparecieron.
Marius iba ya a continuar su camino, cuando vio en el suelo a sus pies un paquetito gris, y lo recogió.
‑Se les habrá caído a esas pobres muchachas ‑dijo.
Volvió atrás, pero no las encontró; creyó que estarían ya lejos; se metió el paquete en el bolsillo y se fue a comer.
Por la noche, cuando se desnudaba para acostarse, encontró en su bolsillo el paquete. Ya se había olvidado de él. Creyó que sería útil abrirlo, porque tal vez contuviera las señas de las jóvenes o de quien lo hubiera perdido.
El sobre contenía cuatro cartas, sin cerrar. Todas exhalaban un olor repugnante a tabaco.
La primera estaba dirigida a: "Señora marquesa de Grucheray, plaza enfrente de la Cámara de Diputados".
Marius se dijo que encontraría probablemente las indicaciones que buscaba en ella, y que además, no estando cerrada la carta, era probable que pudiese ser leída sin inconveniente.
Estaba concebida en estos términos:
"Señora marquesa:
La birtud de la clemencia y de la piedad es la que une más estrechamente la soziedad. Dad salida a buestros cristianos sentimientos, y dirigid una mirada de compación a este desgraciado español víctima de la lealtad y fidelidad a la causa sagrada de la
legitimidad, que no duda que buestra honorable persona le concederá un socorro. Os saluda humildemente Alvarez, capitán español de caballería, realista refugiado en Francia, que está de biaje acia su patria, y carece de recursos para continuar su biaje".
No había señas del remitente.
La segunda carta, dirigida a la señora condesa de Montverdet, estaba firmada por la señora Balizard, madre de seis hijos.
Marius pasó a la tercera carta, que era, como las anteriores, una petición, y estaba firmada por Genflot, literato.
Marius abrió por fin la cuarta carta, dirigida al señor bienhechor de la iglesia de Saint jacques. Contenía las siguientes líneas:
"Hombre bienhechor:
Si os dignáis acompañar a mi hija, conozeréis una calamidad mizerable, y os enseñaré mis certificados. Espero buestra bisita o buestro socorro, si os dignáis darlo, y os ruego recibáis los saludos respetuosos de buestro muy humilde y muy obediente
serbidor,
Fabontou, artista dramático".
Después de haber leído estas cuatro cartas, no se quedó Marius mucho más enterado que antes.
En primer lugar, ningún firmante ponía las señas de su casa.
Además, parecía que provenían de cuatro individuos diferentes, pero tenían la particularidad de estar escritas por la misma mano, en el mismo papel grueso y amarillento, tenían el mismo olor a tabaco, y aunque en ellas se había tratado evidentemente de
variar el estilo, las faltas de ortografía se repetían con increíble desenfado.
Marius las volvió al sobre, las tiró a un rincón, y se acostó.
A las siete de la mañana del día siguiente, acababa de levantarse y desayunarse a iba a ponerse a trabajar, cuando llamaron suavemente a la puerta.
Como no poseía nada, nunca quitaba la llave.
-Adelante ‑dijo.
Se abrió la puerta.
‑Perdón, caballero...
Era una voz sorda, cascada, ahogada, áspera; una voz de viejo enronquecida por el aguardiente.
Marius se volvió con presteza, y vio a una joven.
Ante él se encontraba una muchacha flaca, descolorida, descarnada; no tenía más que una mala camisa y un vestido sobre su helada y temblorosa desnudez; las manos rojas, la boca entreabierta y desfigurada, con algunos dientes de menos, los ojos sin brillo de
mirada insolente, las formas abortadas de una joven, y la mirada de una vieja corrompida; cincuenta años mezclados con quince. Uno de esos seres que son a la vez débiles y horribles, y que hacen estremecer a aquellos a quienes no hacen llorar. Un resto de belleza moría en aquel rostro de dieciséis años.
Aquella cara no era absolutamente desconocida a Marius. Creía recordar haberla visto en alguna parte.
‑¿Qué queréis, señorita? ‑preguntó.
La joven contestó con su voz de presidiario borracho:
‑Traigo una carta para vos, señor Marius.
Llamaba a Marius por su nombre, no podía dudar que era a él a quien se dirigía; pero, ¿quién era aquella muchacha? ¿Cómo sabía su nombre?
Le entregó una carta. Marius, ai abrirla, observó que el lacre del sello estaba aún húmedo. El mensaje, pues, no podía venir de muy lejos. Leyó:
`Mi amable y joven becino:
"He sabido buestras bondades para conmigo, que habéis pagado mi alquiler hace seis meses. Os bendigo. Mi hija mayor os dirá que estamos sin un pedazo de pan hace dos días cuatro personas, y mi mujer enferma. Sí mi corasón no me engaña, creo deber
esperar de la jenerosidad del buestro, que se umanizará a la bista de este espectáculo, y que os dará el deseo de serme propicio, dignándoos prodigarme algún socorro.
BUESTRO, JONDRETTE
P. D. Mi hija esperará buestras órdenes, querido señor Marius ".
Esta carta era como una luz en una cueva. Todo quedó para él iluminado de repente. Porque ésta venía de donde venían las otras cuatro. Era la misma letra, el mismo estilo, la misma ortografía, el mismo papel, el mismo olor a tabaco.
Había cinco misivas, cinco historias, cinco nombres, cinco firmas y un solo firmante. Todos eran Jondrette, si es que el mismo Jondrette se llamaba efectivamente de este modo.
Ahora veía todo claro. Comprendía que su vecino Jondrette tenía por industria, en su miseria, explotar la caridad de las personas benéficas, cuyas señas se proporcionaba; que escribía bajo nombres supuestos a personas que juzgaba ricas y caritativas,
cartas que sus hijas llevaban. Marius comprendió que aquellas desgraciadas desempeñaban además no sé qué sombrías ocupaciones, y que de todo esto había resultado, en medio de la sociedad humana, tal como está formada, dos miserables seres que no eran ni niñas, ni muchachas, ni mujeres, especie de monstruos impuros o inocentes producidos por la miseria.
Sin embargo, mientras Marius fijaba en ella una mirada admirada y dolorosa, la joven iba y venía por la buhardilla con una audacia de espectro. Y como si estuviese sola, tarareaba canciones picarescas que en su voz gutural y ronca sonaban lúgubres. Bajo aquel
velo de osadía, asomaba a veces cierto encogimiento, cierta inquietud y humillación. El descaro, en ocasiones, tiene vergüenza.
Marius estaba pensativo, y la dejaba hacer.
Se aproximó a la mesa.
‑¡Ah! ‑exclamó‑, ¡tenéis libros! Yo también sé leer.
Y cogiendo vivamente el libro que estaba abierto sobre la mesa, leyó con bastante soltura: "...del castillo de Hougomont, que está en medio de la llanura de Waterloo..."
Aquí suspendió su lectura.
‑¡Ah! Waterloo; lo conozco. Es una batalla de hace tiempo. Mi padre sirvió en el ejército. Nosotros en casa somos muy bonapartistas. Waterloo fue contra los ingleses, yo sé.
Y dejó el libro, cogió una pluma, y exclamó:
-También sé escribir.
Mojó la pluma en el tintero. y se volvió hacia Marius:
‑¿Queréis ver? Mirad, voy a escribir algo para que veáis.
Y antes que Marius hubiera tenido tiempo de contestar, escribió sobre un pedazo de papel blanco que había sobre la mesa: Los sabuesos están ahí.
Luego, arrojando la pluma, añadió:
‑No hay faltas de ortografía, podéis verlo. Mi hermana y yo hemos recibido educación.
Luego consideró a Marius, su rostro tomó un aire extraño, y dijo:
‑¿Sabéis, señor Marius, que sois un joven muy guapo?
Y al mismo tiempo se les ocurrió a ambos la misma idea, que a ella la hizo sonreír, y a él ruborizarse.
‑Vos no habéis reparado en mí ‑añadió ella‑, pero yo os conozco, señor Marius. Os suelo encontrar aquí en la escalera y os veo entrar algunas veces en casa del viejo Mabeuf. Os sienta bien ese pelo rizado.
‑Señorita ‑dijo Marius con su fría gravedad‑, tengo un paquete que creo os pertenece. Permitid que os lo devuelva...
Y le alargó el sobre que contenía las cuatro cartas. Palmoteó ella de contento y exclamó:
‑Lo habíamos buscado por todas partes. ¿Luego erais vos con quien tropezamos al pasar ayer noche? No se veía nada. ¡Ah, ésta es la de ese viejo que va a misa! Y ya es la hora. Voy a llevársela. Tal vez nos dará algo con qué poder almorzar.
Esto hizo recordar a Marius lo que aquella desgraciada había ido a buscar a .su casa.
Registró su chaleco y no halló nada. La joven continuó su charla.
-A veces salgo por la noche. Otras no vuelvo a casa. Antes de vivir aquí, el otro invierno, vivíamos bajo los arcos de los puentes. Nos estrechábamos unos contra otros para no helarnos. Marius, a fuerza de buscar y rebuscar en sus bolsillos, había conseguido
reunir cinco francos y dieciséis sueldos. Era todo cuanto en el mundo tenía.
"Mi comida de hoy ‑pensó‑; mañana ya veremos."
Y guardando los dieciséis sueldos, dio los cinco francos a la joven.
Esta cogió la moneda a hizo un profundo saludo a Marius.
‑Buenos días, caballero ‑dijo‑, voy a buscar a mi viejo.
Hacía cinco años que Marius vivía en la pobreza, en la desnudez, en la indigencia; pero entonces advirtió que aún no había conocido la verdadera miseria. La verdadera miseria era la que acababa de pasar ante sus ojos.
Marius hasta casi se acusó de los sueños de delirio y pasión que le habían impedido hasta aquel día dirigir una mirada a sus vecinos. Todos los días, a cada instante, a través de la pared, les oía andar, ir, venir, hablar, y no los escuchaba. Sentía que
esas criaturas humanas, sus hermanos en Jesucristo, agonizaban inútilmente a su lado sin que él hiciera nada por ellos. Parecían, sin duda, muy depravados, muy corrompidos, muy envilecidos, hasta muy odiosos; pero son escasos los que han caído y no se han degradado. Además, ¿no es cuando la caída es más profunda que la caridad debe ser mayor?
Sin saber casi lo que hacía, examinaba la pared; de pronto se levantó: acababa de observar hacia lo alto, cerca del techo, un agujero triangular, resultado de tres listones que dejaban un hueco entre sí. Faltaba la mezcla que debía llenar aquel hueco, y
subiendo sobre la cómoda, se podía ver por aquel agujero la buhardilla de los Jondrette. La conmiseración debe tener también su curiosidad. Aquel agujero formaba una especie de trampilla. Permitido es mirar el infortunio para socorrerlo.
‑Veamos, pues, lo que son esa gente ‑se dijo Marius‑, y lo que hacen.
Escaló la cómoda, y miró.
IV
Marius era pobre, y su cuarto era pobre; pero su pobreza era noble y su buhardilla era limpia. El tugurio en que su mirada se hundía en aquel momento era abyecto, sucio, fétido, infecto, tenebroso y sórdido. Por todo amoblado una silla de paja, una mesa coja,
algunos viejos tiestos, y en dos rincones dos camastros indescriptibles. Por toda claridad, una ventanilla con cuatro vidrios, adornada de telarañas. Por aquel agujero entraba la luz suficiente para que una cara de hombre pareciera la faz de un fantasma.
Cerca de la mesa, sobre la cual Marius divisaba pluma, tinta y papel, estaba sentado un hombre de unos sesenta años, pequeño, flaco, pálido, huraño, de aire astuto, cruel a inquieto: un bribón repelente. Escribía, probablemente, alguna carta como las que
Marius había leído.
Una mujer gorda, que lo mismo podría tener cuarenta años que ciento, estaba acurrucada cerca de la chimenea. Tampoco ella tenía más traje que una camisa y un vestido de punto, remendado con pedazos de paño viejo. Un delantal de gruesa tela ocultaba la mitad del
vestido. Era una especie de gigante al lado de su marido.
En uno de los camastros, Marius entrevió a una muchacha larguirucha, sentada, casi desnuda, con los pies colgando; era la hermana menor, sin duda, de la que había estado en su cuarto. Tendría unos catorce años.
Marius, con el corazón oprimido, iba a bajarse de su observatorio, cuando un ruido atrajo su atención, y lo obligó a permanecer en el sitio que estaba.
La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente. La hija mayor apareció en el umbral. Llevaba puestos gruesos zapatos de hombre, manchados de barro, y estaba cubierta con una vieja manta hecha jirones, que Marius no le había visto una hora antes, pero que
probablemente dejaría a la puerta para inspirarle más piedad, y que sin duda había recogido al salir. Entró, cerró la puerta tras sí, se detuvo para tomar aliento, porque estaba muy fatigada, y luego gritó con expresión de triunfo y de alegría:
‑¡Viene!
El padre volvió los ojos; la madre la cabeza; la chica no se movió.
¿Quién? ‑preguntó el padre.
‑El viejo de la iglesia Saint Jacques.
‑¿Segura?
‑Segura. Viene en un coche de alquiler.
‑¡En coche! ¡Es Rothschild!
El padre se levantó.
‑¿Con que estás segura? Pero si viene en coche, ¿cómo es que has llegado antes que él? ¿Le diste bien las señas? ¡Con tal que no se equivoque! ¿Qué ha dicho?
-Me ha dicho: "Dadme vuestras señas. Mi hija tiene que hacer algunas compras, tomaré un carruaje, y llegaré a vuestra casa al mismo tiempo que vos".
‑¿Y estás segura de que viene?
‑Viene pisándome los talones.
El hombre se enderezó; había una especie de iluminación en su rostro.
‑Mujer gritó‑, ya lo oyes. Viene el filántropo. Apaga el fuego.
La madre estupefacta no se movió.
El padre, con la agilidad de un saltimbanqui, agarró un jarro todo abollado que había sobre la chimenea, y arrojó el agua sobre los tizones.
Luego dirigiéndose a su hija mayor:
‑Quítale el asiento a la silla ‑añadió.
Su hija no comprendió.
Cogió la silla, y de un talonazo le quitó, o mejor dicho le rompió el asiento. Su pierna pasó por el agujero que había abierto.
Al retirarla, preguntó a la muchacha:
‑¿Hace frío?
‑Mucho. Está nevando.
Se volvió él padre hacia la hija menor, y le gritó con voz tonante:
‑¡Pronto! Fuera de la cama, perezosa; nunca servirás para nada. Rompe un vidrio.
La niña se levantó tiritando.
‑¡Rompe un vidrio! ‑repitió él‑. ¿No me oyes? Te digo que rompas un vidrio.
La niña, con una especie de obediente pavor, se alzó sobre la punta de los pies y pegó un puñetazo en uno de los vidrios, el cual se rompió y cayó con estrépito.
‑¡Bien! ‑dijo el padre.
Su mirada recorría rápidamente los rincones del desván. Se diría que era un general haciendo los últimos preparativos en el momento en que va a comenzar la batalla.
Mientras tanto se oyeron sollozos en un rincón.
‑¿Qué es eso? ‑preguntó el padre.
La hija menor, sin salir de la sombra en que se había guarecido, enseñó su puño ensangrentado. Al romper el vidrio se había herido; había ido a colocarse cerca del camastro de su madre, y allí lloraba silenciosamente.
La madre se levantó y gritó:
‑¡No haces más que tonterías! Al romper ese vidrio la niña se ha cortado la mano.
‑¡Tanto mejor! ‑dijo el hombre‑. Es lo que quería.
‑¿Cómo tanto mejor? ‑replicó la mujer.
‑¡Calma! ‑replicó el padre‑. Suprimo la libertad de prensa.
Y desgarrando la camisa de mujer que tenía puesta, sacó de ella una tira de tela, con la cual envolvió el puño ensangrentado de la niña.
Miró a su alrededor. Un viento helado silbaba al pasar por el vidrio quebrado.
Todo tiene un aspecto magnífico ‑murmuró‑. Ahora podemos recibir al filántropo.
En ese momento dieron un ligero golpe a la puerta; el hombre se precipitó hacia ella, y la abrió, exclamando con profundos saludos y sonrisas de adoración:
‑Entrad, señor, dignaos entrar, mi respetable bienhechor, así como vuestra encantadora hija.
Un hombre de edad madura y una joven aparecieron en la puerta del desván.
Marius no había dejado su puesto. Lo que sintió en aquel momento no puede expresarse en ninguna lengua humana. Era Ella.
Todo el que haya amado sabe las acepciones resplandecientes que contienen las cuatro letras de esta palabra: Ella.
Era ella, efectivamente. Marius apenas la distinguía a través del luminoso vapor que se había esparcido súbitamente sobre sus ojos. Era aquel dulce ser ausente, aquel astro que para él había lucido durante seis meses; era aquella pupila, aquella frente,
aquella boca, aquel bello rostro desvanecido, que lo había dejado sumiso en la oscuridad al marcharse. La visión se había eclipsado y reaparecía.
Reaparecía en aquel desván, en aquella cueva asquerosa, en aquel horror.
La acompañaba el señor Blanco.
Había dado algunos pasos en el cuarto, y había dejado un gran paquete sobre la mesa.
La Jondrette mayor se había retirado detrás de la puerta, y miraba con ojos tristes el sombrero de terciopelo, el abrigo de seda y aquel encantador rostro feliz.
A tal punto estaba oscuro el tugurio, que las personas que venían de fuera experimentaban al entrar en él lo mismo que hubieran sentido al entrar en una cueva. Los dos recién llegados avanzaron con cierta vacilación, distinguiendo apenas formas vagas en tomo
suyo, en tanto que eran perfectamente vistos y examinados por los habitantes del desván, acostumbrados a aquel crepúsculo.
El señor Blanco se aproximó a Jondrette con su mirada bondadosa y triste, y dijo:
‑Caballero, en este paquete hallaréis algunas prendas nuevas; medias y cobertores de lana.
‑Nuestro angelical bienhechor nos abruma ‑dijo Jondrette inclinándose hasta el suelo.
Luego acercándose a su hija mayor mientras que los dos visitantes examinaban aquel lamentable interior, añadió en voz baja y hablando con rapidez:
‑¿No lo decía yo? Trapos, pero no dinero. Todos son iguales. A propósito, ¿cómo estaba firmada la carta para este viejo zopenco?
‑Fabontou ‑respondió la hija.
Ah, el artista dramático.
A tiempo se acordó Jondrette, porque en aquel momento el señor Blanco se volvió hacia él y le dijo con ese titubeo de quien busca un nombre:
-Veo que sois muy digno de lástima, señor...
‑Fabontou ‑respondió vivamente Jondrette.
‑Señor Fabontou, sí, eso es. Ya lo recuerdo.
-Artista dramático, señor, que ha obtenido algunos triunfos.
Aquí Jondrette creyó evidentemente llegado el momento de apoderarse del filántropo. Exclamó, pues, con un acento que mezclaba la charla del titiritero de las ferias y la humildad del mendigo en las carreteras:
‑La fortuna me ha sonreído en otro tiempo, señor. Ahora ha llegado su turno a la desgracia; ya lo veis, mi bienhechor, no tengo ni pan ni fuego. ¡Mis pobres hijas no tienen fuego! ¡Mi única silla sin asiento! ¡Un vidrio roto! ¡Y con el tiempo que hace!
¡Mi esposa en la cama, enferma!
‑¡Pobre mujer! ‑dijo el señor Blanco.
‑¡Mi hija herida! ‑añadió Jondrette.
La muchacha, distraída con la llegada de los dos extraños, se había puesto a contemplar a la señorita y había dejado de llorar.
‑¡Llora, chilla! ‑le dijo por lo bajo Jondrette.
Y al mismo tiempo le pellizcó la mano herida, sin que nadie lo notara.
La niña lanzó un alarido.
La adorable joven que Marius llamaba en su corazón su Ursula se acercó a ella.
‑¡Pobrecita! ‑dijo.
‑Ya lo veis, hermosa señorita ‑prosiguió Jondrette‑; su puño está ensangrentado. Es un accidente que le ha sucedido trabajando en una industria mecánica para ganar seis centavos al día. Quizás habrá necesidad de cortarle el brazo.
‑¿De veras? ‑dijo el señor Blanco, alarmado.
La chica, tomando en serio estas palabras, comenzó a llorar con más fuerza.
‑¡Ah, sí, mi bienhechor! ‑respondió el padre.
Desde hacía algunos momentos, Jondrette contemplaba al visitante de un modo extraño. Mientras hablaba, parecía escudriñarlo con atención, como si tratara de buscar algo en sus recuerdos. De pronto, aprovechando el momento en que los visitantes preguntaban
con interés a la niña sobre la herida de su mano, pasó cerca de su mujer, que seguía tirada en la cama, y le dijo vivamente y en voz baja:
‑¡Mira bien a ese hombre!
Luego continuó con sus lamentaciones:
‑¿Sabéis, mi digno señor, lo que va a pasar mañana? Mañana es el último plazo que me ha concedido mi casero. Si esta noche no le pago, mañana mi hija mayor, yo, mi esposa con su fiebre, mi hija menor con su herida, los cuatro seremos arrojados de
aquí y echados a la calle, en medio de la lluvia y de la nieve. Debo cuatro trimestres, es decir, ¡sesenta francos!
Jondrette mentía. Cuatro trimestres no hubieran hecho más que cuarenta francos, y no podía deber cuatro, puesto que no hacía seis meses que Marius había pagado dos.
El señor Blanco sacó cinco francos de su bolsillo, y los puso sobre la mesa.
Jondrette tuvo tiempo de murmurar al oído de su hija mayor:
‑¡Tacaño! ¿Qué querrá que haga yo con cinco francos? Con eso no me paga ni la silla ni el vidrio.
‑Señor Fabontou ‑dijo el señor Blanco‑, no tengo aquí más que esos cinco francos; pero volveré esta noche. ¿No es esta noche cuando debéis pagan..?
La cara de Jondrette se iluminó con una extraña expresión, y contestó con voz trémula:
‑Sí, mi respetable bienhechor. A las ocho debo estar en casa del propietario.
Vendré a las seis, y os traeré los sesenta francos.
‑¡Oh!, ¡mi bienhechor! ‑exclamó Jondrette delirante.
Y añadió por lo bajo:
‑Míralo bien, mujer.
El señor Blanco había cogido el brazo de su hermosa hija, y se dirigía hacia la puerta.
‑Hasta la noche, amigos míos ‑dijo.
En aquel momento la Jondrette mayor se fijó que el abrigo del visitante estaba sobre la silla.
‑Señor ‑dijo‑, olvidáis vuestro abrigo.
Jondrette dirigió a su hija una mirada furibunda.
‑No lo olvido, lo dejo ‑contestó el señor Blanco sonriendo.
‑¡Oh, mi protector! ¡Mi augusto bienhechor! ‑dijo Jondrette‑, voy a llorar a lágrima viva con tantas bondades. Permitid que os acompañe hasta vuestro carruaje.
‑Si salís ‑dijo el señor Blanco‑, poneos ese abrigo. En verdad hace mucho frío.
Jondrette no se lo hizo repetir dos veces y los tres salieron del desván, Jondrette precediendo a los visitantes.
Marius presenció toda la anterior escena, sin embargo nada vio. Sus ojos estuvieron todo el tiempo clavados en la joven.
Cuando se fueron, quedó sin saber qué hacer; no podía seguirlos porque andaban en carruaje. Además, si no habían partido aún y el señor Blanco lo veía, volvería a escapar y todo se habría perdido otra vez. Finalmente decidió arriesgarse y salió de la
pieza.
Al llegar a la calle alcanzó a ver el coche que doblaba la esquina. Corrió hacia allá y lo vio tomar la calle Mouffetard.
Hizo parar un cabriolé para seguirlo, pero el cochero, al ver su aspecto, le cobró por adelantado y Marius no tenía suficiente dinero. ¡Por veinticuatro sueldos perdió su alegría, su dicha, su amor!
Al regresar divisó al otro lado de la calle a Jondrette hablando con un hombre de aspecto sumamente sospechoso. A pesar de su preocupación, Marius lo miró bien, pues le pareció reconocer en él a un tal Bigrenaille, asaltante nocturno que una vez le mostrara
Courfeyrac en las calles del barrio.
Marius entró en su habitación a iba a cerrar la puerta, pero una mano impidió que lo hiciera.
‑¿Qué hay? ‑preguntó‑, ¿quién está ah?
Era la Jondrette mayor.
¿Sois vos? ‑dijo Marius casi con dureza‑. ¿Otra vez vos? ¿Qué queréis ahora?
Ella se había quedado en la sombra del corredor; ya no tenía la seguridad que mostrara en la mañana. Levantó hacia él su mirada apagada, donde parecía encenderse vagamente una especie de claridad, y le dijo:
‑Señor Marius, parecéis triste; ¿qué tenéis?
‑¡Yo! ‑exclamó Marius.
‑Sí, vos.
‑No tengo nada, dejadme en paz.
‑No es verdad ‑dijo la muchacha‑. Habéis sido bueno esta mañana, sedlo también ahora. Me habéis dado para comer; decidme ahora lo que tenéis. Tenéis pena, eso se ve a la legua. No quisiera que tuvierais pena ninguna. ¿Puedo serviros en
algo? No os pregunto vuestros secretos, no necesito que me los digáis; pero puedo ayudaros, puesto que ayudo a mi padre. Cuando es menester llevar cartas, ir a las casas, preguntar de puerta en puerta, hallar unas señas, seguir a alguien, yo sirvo para hacer esas cosas. Dejadme ayudaros. Una idea atravesó por la imaginación de Marius. ¿Quién desdeña una rama cualquiera cuando se siente caer?
Se acercó a la Jondrette.
‑Escucha ‑le dijo.
‑Sí, sí, tuteadme ‑dijo ella con un relámpago de alegría en sus ojos.
‑Pues bien ‑replicó Marius‑, ¿tú trajiste aquí a ese caballero anciano con su hija?
‑Sí.
‑¿Sabes dónde viven?
‑No.
Averígualo.
La mirada de la Jondrette de triste se había vuelto alegre, de alegre se tornó sombría.
‑¿Eso es lo que queréis? ‑preguntó.
‑Sí.
‑¿Los conocéis acaso?
‑No.
‑Es decir ‑replicó vivamente‑, no la conocéis, pero queréis conocerla.
Aquellos los que se habían convertido en la tenían un no sé qué de significativo y de amargo.
‑¿Puedes o no? ‑dijo Marius.
-Tendréis las señas de esa hermosa señorita.
Había en las palabras hermosa señorita un acento que importunó a Marius, el cual replicó:
‑La dirección del padre y de la hija. Eso es lo que quiero. .
La Jondrette lo miró fijamente.
‑¿Qué me daréis?
-Todo lo que quieras.
‑¿Todo lo que yo quiera?
‑Si.
-Tendréis esas señas.
Bajó la cabeza; luego con un movimiento brusco tiró de la puerta y salió. Marius quedó solo.
Todo lo que había pasado desde la mañana, la aparición del ángel, su desaparición, lo que aquella muchacha acababa de decirle, un vislumbre de esperanza flotando en una inmensa desesperación, todo esto llenaba confusamente su cerebro.
De pronto vio interrumpida violentamente su meditación.
Oyó la voz alta y dura de Jondrette pronunciar estas palabras, que para él tenían el más grande interés.
-Te digo que estoy seguro y que lo he reconocido.
¿De quién hablaba Jondrette? ¿A quién había reconocido? ¿Al señor Blanco? ¿Al padre de su Ursula? ¿Acaso Jondrette los conocía? ¿Iba Marius a tener de aquel modo brusco a inesperado todas las informaciones, sin las cuales su vida era tan obscura? ¿Iba a
saber, por fin, a quién amaba? ¿Quién era aquella joven? ¿Quién era su padre? ¿Estaba a punto de iluminarse la espesa sombra que los cubría? ¿Iba a romperse el velo? ¡Ah, santo cielo!
Saltó más bien que subió sobre la cómoda, y volvió a su puesto cerca del pequeño agujero del tabique.
Desde allí volvió a ver el interior de la cueva de Jondrette.
Nada había cambiado en el aspecto de la familia, como no fuera la mujer y las hijas, que habían sacado la ropa del paquete y se habían puesto medias y camisetas de lana. Dos cobertores nuevos estaban tendidos sobre las camas.
Jondrette se paseaba por el desván, de un extremo a otro, a largos pasos, y sus ojos brillaban.
La mujer se atrevió a preguntarle:
‑Pero, ¿estás seguro?
‑¡Seguro! Han pasado ya ocho años, pero ¡lo reconozco! ¡Oh, sí, lo reconozco! ¡Le reconocí en seguida! ¿Tú no?
‑No.
‑¡Y, sin embargo, lo dije que pusieras atención! Pero es su estatura, su cara, apenas un poco más viejo; es el mismo tono de voz. Mejor vestido, es la única diferencia. ¡Ah, viejo misterioso del diablo, ya lo tengo!
Se paró, y dijo a sus hijas:
-Vosotras, salid de aquí.
Las hijas se levantaron para obedecer. La madre balbuceó:
-¿Con su mano mala?
‑El aire le sentará bien ‑dijo Jondrette‑. Idos. Estaréis aquí las dos a las cinco en punto, os necesito.
Marius redobló su atención.
Jondrette, solo ya con su mujer, se puso a pasear nuevamente por el cuarto.
-¿Quieres que lo diga una cosa? ‑dijo‑. La señorita... ¡es ella!
Marius no podía dudar, era de Ella de quien se hablaba. Escuchaba ansioso; toda su vida estaba en sus oídos, pero Jondrete bajó la voz.
-¿Esa? ‑dijo la mujer.
‑Esa ‑contestó el marido.
No hay palabra que pueda expresar lo que había en el esa de la madre. Eran la sorpresa, la rabia, el odio y la cólera mezclados y combinados en una monstruosa entonación. Habían bastado algunas palabras, el nombre sin duda que su marido le había dicho al oído,
para que aquella gorda adormilada se despertara y de repulsiva se volviera siniestra.
‑¡Imposible! ‑exclamó‑. Cuando pienso que mis hijas van con los pies descalzos, y que no tienen un vestido que ponerse. ¡Cómo! ¡Sombrero de terciopelo, chaqueta de raso, botas y todo! ¡Más de doscientos francos en trapos! ¡Cualquiera creería
que es una señora! No, lo engañas; en primer lugar, la otra era horrible, y ésta no es fea. ¡No puede ser ella!
‑¡Te digo que es ella!
Ante afirmación tan absoluta, la Jondrette alzó su ancha cara roja y rubia y miró al techo, desfigurada. En aquel momento le pareció a Marius más temible aún que su marido. Era una cerda con la mirada de un tigre.
‑¿Dices que esa horrenda hermosa señorita que miraba a mis hijas con cara de piedad sería aquella pordiosera? ¡Ah, quisiera destriparla a zapatazos!
Saltó del lecho, resoplando, con la boca entreabierta y los puños crispados. Después se dejó caer nuevamente en el jergón. El hombre continuaba su paseo por el cuarto.
-¿Quieres que lo diga una cosa? ‑dijo parándose delante de ella con los brazos cruzados.
‑¿Qué?
‑Mi fortuna está hecha.
La mujer lo miró como si estuviera volviéndose loco.
‑¡Estoy harto! Basta ya de pasar la vida muerto de hambre y de frío. ¡Me aburrió la miseria! Quiero comer hasta hartarme, beber hasta que se me quite la sed, dormir, no hacer nada, ¡quiero ser millonario! Escucha.
Bajó la voz, pero no tanto que Marius no pudiera oírle.
‑Escúchame bien. Lo tengo agarrado al ricachón ese. Está todo arreglado; ya hablé con unos amigos. Vendrá a las seis a traer sus sesenta francos, el muy avaro; a esa hora el vecino se habrá ido a cenar y no vuelve nunca antes de las once, y la Burgon
sale hoy de la casa. Las niñas estarán al acecho y tú nos ayudarás. Tendrá que resolverse a hacer lo que yo quiero.
‑¿Y si no se resuelve? ‑preguntó la mujer.
Jondrette hizo un gesto siniestro, y dijo:
‑Nosotros lo obligaremos a resolverse.
Y soltó una carcajada.
Era la primera vez que Marius lo veía reír. Aquella risa era fría y suave, y hacía estremecer. Jondrette abrió un armario que estaba cerca de la chimenea y sacó de él una gorra vieja, que se puso después de haberla limpiado con la manga.
-Ahora ‑dijo‑ voy a salir; tengo aún que ver a algunos amigos, de los buenos. Ya verás cómo esto marcha. Estaré fuera el menor tiempo posible. ¡Es un buen golpe el que vamos a dar! Ha sido una suerte que no me reconociera. ¡Mi romántica barba
nos ha salvado!
Y se echó a reír de nuevo. Después se acercó a la ventana. Continuaba nevando, y el cielo estaba gris.
‑¡Qué tiempo de perros! ‑exclamó. Y se puso el abrigo‑. Me queda enorme, pero qué importa. Hizo bien, el viejo canalla, en dejármelo, porque sin él no habría podido salir bajo la nieve y el golpe habría fracasado. ¡Mira las cosas de la
vida!
Antes de salir se volvió nuevamente hacia su mujer y le dijo:
‑Me olvidaba decirte que tengas preparado un brasero con carbón.
Y arrojó a su mujer el napoleón que le había dejado el filántropo, como lo llamaba él.
‑Compraré el carbón y algo para comer ‑dijo la mujer.
-No vayas a gastar ese dinero, tengo otras cosas que comprar todavía.
‑Pero, ¿cuánto lo hace falta para eso que necesitas comprar?
‑Unos tres francos.
‑No quedará gran cosa para la comida.
‑Hoy no se trata de comer; hoy hay algo mejor que hacer.
Jondrette cerró la puerta, y Marius oyó sus pasos alejarse por el corredor del caserón y bajar rápidamente la escalera. En ese instante daban la una en la iglesia de San Medardo.
Por más soñador que fuese Marius, ya hemos dicho que era de naturaleza firme y enérgica. Los hábitos de recogimiento habían disminuido tal vez su facultad de irritarse, pero habían dejado intacta la facultad de indignarse. Se apiadaba de un sapo, pero
aplastaba a una víbora. Ahora su mirada había penetrado en un agujero de víboras; era un nido de monstruos el que tenía en su presencia.
‑¡Es preciso aplastar a esos miserables! ‑dijo.
Se bajó de la cómoda lo más suavemente que pudo.
En su espanto por lo que se preparaba, y en el horror que los Jondrette le causaban, sentía una especie de alegría con la idea de que le sería dado prestar un gran servicio a la que amaba. Pero, ¿qué hacer? ¿Advertir a las personas amenazadas? ¿Dónde
encontrarlas? No sabía sus señas. ¿Esperar al señor Blanco a la puerta a las seis, al momento de llegar, y prevenirle del lazo? Pero Jondrette y su gente lo verían espiar. Era la una; la emboscada no debía verificarse hasta las seis. Marius tenía cinco horas por delante.
No había más que una cosa que hacer.
Se puso su traje presentable y salió, sin hacer más ruido que si hubiese caminado sobre musgo y descalzo. Caminaba lentamente, pensativo; la nieve amortiguaba el ruido de sus pasos. De pronto oyó voces que hablaban muy cerca de él, por encima de una pared que
bordeaba la calle. Se asomó.
Había allí, en efecto, dos hombres apoyados en la pared, sentados en la nieve, y hablando bajo. Uno tenía los cabellos muy largos y el otro llevaba barba. El cabelludo empujaba al otro con el codo, y le decía:
‑Con el Patrón‑Minette la cosa no puede fallar.
¿Tú crees? ‑dijo el barbudo.
‑Será un grande de quinientos francos de un paraguazo para cada uno, y lo peor que nos puede pasar, serían cinco, o seis, o diez años a lo más.
‑Eso sí que es algo real y no hay que ir a rebuscarlo.
Te digo que el negocio no puede fallar. Sólo hay que enganchar al fulano.
Luego se pusieron a hablar de un melodrama que habían visto la víspera en el teatro de la Gaîté.
Marius continuó su camino.
Al llegar al número 14 de la calle Pontoise, subió al piso principal, y preguntó por el comisario de policía.
‑El señor comisario de policía no está ‑contestó un ordenanza de la oficina‑, pero hay un inspector que lo reemplaza. ¿Queréis hablar con él? ¿Es cosa urgente?
‑Sí ‑dijo Marius.
El ordenanza lo introdujo en el gabinete del comisario. Un hombre de alta estatura estaba allí de pie, detrás de un enrejado, junto a una estufa. Tenía cara cuadrada, boca pequeña y firme, espesas patillas entrecanas, muy erizadas, y una mirada capaz de
registrar hasta el fondo de los bolsillos.
Aquel hombre tenía un semblante no menos feroz y no menos temible que Jondrette; algunas veces causa tanta inquietud un encuentro con un perro de presa como con un lobo.
-¿Qué queréis?
Ver al comisario de policía.
‑Está ausente, yo lo reemplazo.
‑Es para un asunto muy secreto.
‑Hablad.
-Y muy urgente.
‑Entonces, hablad rápido.
Marius relató los sucesos. Al mencionar la entrevista de Jondrette con Bigrenaille, el policía asintió con la cabeza. Cuando Marius dio la dirección, el inspector levantó la cabeza y dijo fríamente:
‑¿Es, pues, en el cuarto del extremo del corredor?
‑Precisamente ‑dijo Marius, y añadió‑: ¿Por ventura conocéis la casa?
El inspector permaneció un momento silencioso; luego contestó, calentándose el tacón de la bota en la puertecilla de la estufa:
-Así parece.
Y continuó entre dientes, hablando, más que a Marius, a su corbata.
‑Por ahí debe de andar el Patrón‑Minette.
Esta palabra llamó la atención de Marius.
‑¡El Patrón‑Minette! ‑dijo‑; en efecto, he oído pronunciar esta palabra.
Y refirió al inspector el diálogo que tenían el hombre cabelludo y el hombre barbudo en la nieve, detrás de la tapia.
‑El peludo debe ser Brujon y el barbudo Demiliard, llamado Deux‑Milliards.
El inspector volvió a guardar silencio; luego dijo:
‑Número 50‑52; conozco ese caserón. Imposible que nos ocultemos en el interior sin que los artistas lo noten, y entonces saldrían del paso con dejar ese vaudeville para otro día. Nada, nada. Quiero oírlos cantar y hacerlos bailar.
Terminando este monólogo, se volvió hacia Marius, y le dijo, mirándolo fijamente:
‑Los inquilinos de esa casa tienen llaves para entrar por la noche en sus cuartos. Vos debéis tener una.
‑Si ‑dijo Marius.
‑¿La lleváis por casualidad?
‑Sí.
‑Dádmela ‑dijo el inspector.
Marius sacó su llave del bolsillo, se la dio al inspector y añadió:
‑Si me queréis creer, haréis bien en ir acompañado.
El inspector dirigió a Marius la misma mirada que habría dirigido Voltaire a un académico de provincia que le hubiera aconsejado una rima. De los dos inmensos bolsillos de su abrigo sacó dos pequeñas pistolas de acero, de esas que llaman puñetazos, y se las
pasó a Marius, diciéndole:
‑Tomad esto. Volved a vuestra casa. Ocultaos en vuestro cuarto de modo que crean que habéis salido. Están cargados, cada uno con dos balas. Observaréis por el agujero en la pared. Esa gente llegará allá; dejadla obrar, y cuando juzguéis la cosa a punto,
y que es tiempo de prenderlos, tiraréis un pistoletazo; no antes. Lo demás es cosa mía. Un tiro al aire, al techo, adonde se os antoje. Sobre todo, que no sea demasiado pronto. Aguardad a que hayan principiado la ejecución. Vos sois abogado, y sabéis lo que esto quiere decir.
Marius cogió las pistolas y se las guardó en el bolsillo del pantalón.
A propósito ‑le dijo al salir el policía‑, si tuvierais necesidad de mí, venid o mandadme recado; preguntaréis por el inspector Javert.
Marius se dirigió con paso rápido al caserón pues la señora Burgon, cuando le tocaba salir, cerraba temprano la puerta, y como el inspector se había quedado con su llave, no podía retrasarse. La puerta estaba abierta todavía. Al pasar por el corredor, sin
hacer el menor ruido, le pareció ver en una de las habitaciones desocupadas cuatro cabezas de hombres inmóviles.
Entró a su cuarto sin ser visto. Se sentó sobre su lecho y se sacó cuidadosamente las botas. Al poco rato sintió a la señora Burgon cerrar la puerta y marcharse.
Transcurrieron algunos minutos. Oyó abrirse la puerta de calle.
Escuchó pasos pesados y rápidos que subían la escala; era Jondrette que regresaba de hacer sus compras.
Pensó que había llegado el momento de volver a ocupar su puesto en su observatorio. En un abrir y cerrar de ojos, y con la agilidad de su juventud, se halló junto al agujero y miró.
Toda la cueva estaba iluminada por la reverberación de un brasero colocado en la chimenea, y lleno de carbón encendido. Dentro de él se calentaba al rojo vivo un enorme cincel con mango de madera, recién comprado por Jondrette esa tarde. En un rincón cerca
de la puerta se veían dos montones, que parecían ser uno de objetos de hierro y otro de cuerdas.
La guarida de Jondrette estaba admirablemente bien elegida como escenario para llevar a cabo un hecho violento y para cubrir un crimen. Era la habitación más escondida de la casa más aislada de París.
‑¿Y? ‑dijo la mujer.
-Todo va viento en popa ‑respondió Jondrette‑, pero tengo los pies congelados, y tengo hambre. Pero qué importa, mañana iremos todos a comer fuera. ¡Comeréis como verdaderos Carlos Diez!
Y agregó bajando la voz:
‑La ratonera está lista, los gatos esperan.
Se paseó por el cuarto, y luego continuó:
‑¿Aceitaste los goznes de la puerta para que no haga ruido?
‑Sí ‑contestó la mujer.
‑¿Qué hora es?
‑Falta poco para las seis.
‑¡Diablos! Las niñas tienen que ir a ponerse al acecho. ¿Se fue la Burgon?
‑Sí.
‑¿Estás segura de que no hay nadie donde el vecino?
‑No ha estado en todo el día.
-Mejor asegurarse. Hija, toma la vela y ve a su cuarto.
Marius se dejó caer sobre sus manos y rodillas y se arrastró silenciosamente bajo la cama. Apenas se había acurrucado allí, se abrió la puerta, una luz iluminó el cuarto y entró la hija mayor de Jondrette.
Se dirigió directamente hacia un espejo clavado a la pared cerca del lecho. Se empinó en la punta de los pies y se miró. Se alisó el pelo mientras canturreaba con su voz quebrada y sepulcral.
En tanto, Marius temblaba; le parecía imposible que ella no escuchara su respiración.
‑¿Qué pasa? ‑gritó el padre desde su buhardilla.
-Miro debajo de la cama y de los muebles ‑contestó ella mientras seguía peinándose‑. No hay nadie.
‑Entonces, vuelve de inmediato. ¡No perdamos más tiempo!
Ella salió, echando una última mirada al espejo.
Un momento después, Marius sintió los pasos de las dos niñas en el corredor y la voz de Jondrette que les gritaba:
‑¡Pongan mucha atención! Una junto al muro, la otra en la esquina del Petit‑Banquier. No pierdan de vista ni por un segundo la puerta de la casa, y la menor cosa que vean, las dos aquí corriendo. La mayor gruñó:
‑¡Pegarse el plantón a pie pelado en la nieve!
‑Mañana tendrás botines de seda ‑dijo el padre.
No quedó en la casa nadie más que Marius y los Jondrette, y probablemente los hombres misteriosos que el joven entreviera en el cuarto vacío.
Jondrette había encendido su pipa y fumaba, sentado en la silla rota.
Si Marius hubiera tenido sentido del humor, como Courfeyrac, habría estallado en risas cuando su mirada descubrió a la Jondrette. Se había puesto un sombrero negro con plumas, un inmenso chal escocés sobre el vestido de lana, y los zapatos de hombre que
antes usara su hija. Esta tenida hizo exclamar a Jondrette:
‑¡Estás muy bien vestida! Vas a inspirar confianza.
El, por su parte, no se había quitado el abrigo del señor Blanco.
De pronto Jondrette alzó la voz y dijo a su mujer:
‑Con el tiempo que hace vendrá en coche. Enciende el farol, y baja con él. Quédate detrás de la puerta y ábrela en el momento en que oigas pararse el carruaje; luego lo alumbrarás por la escalera y el corredor; y mientras entra aquí, bajarás a todo
escape, pagarás al cochero, y despedirás el carruaje.
‑¿Y el dinero? ‑preguntó la mujer.
Jondrette rebuscó en los bolsillos de su pantalón, y le entregó una moneda de cinco francos.
‑¿De dónde sacaste esto? ‑exclamó la mujer.
Jondrette respondió con dignidad:
‑Es el monarca que dio el vecino esta mañana.
Y añadió:
‑¿Sabes que aquí hacen falta dos sillas?
‑¿Para qué?
‑Para sentarse.
Marius sintió correr por todo su cuerpo un estremecimiento glacial al oír a la Jondrette dar esta respuesta:
‑¡Es cierto! Voy a buscar las del vecino.
Y con un movimiento rápido abrió la puerta del desván y salió al corredor.
Marius no alcanzaba a bajar de la cómoda y ocultarse debajo de la cama.
‑Lleva la vela ‑gritó Jondrette.
‑No ‑dijo ella‑, me estorbaría, y además hay luna.
Marius oyó la pesada mano de la Jondrette buscar a tientas en la oscuridad la llave. La puerta se abrió, y Marius, sobrecogido de espanto, quedó clavado en su sitio.
La Jondrette no lo vio, cogió las dos sillas, únicas que Marius poseía, y se marchó, dejando que la puerta se cerrara de un golpe detrás de ella. Volvió a entrar en su cueva.
-Aquí están las dos sillas.
-Y aquí el farol ‑dijo el marido‑. Baja pronto.
Obedeció, y Jondrette quedó solo.
Colocó las sillas a los dos lados de la mesa; dio vueltas al cincel en el brasero; puso delante de la chimenea un viejo biombo que lo ocultaba, y luego fue al rincón a examinar el montón de cuerdas. Marius se dio cuenta entonces de que lo que había tomado por un
montón informe era una escala de cuerda muy bien hecha, con travesaños de madera y dos garfios para colgarla.
Aquella escala y algunos gruesos instrumentos, verdaderas mazas de hierro que estaban entre un montón de herramientas detrás de la puerta, no se hallaban por la mañana en la cueva de los Jondrette, y evidentemente habían sido llevados allí aquella tarde
durante la ausencia de Marius.
La chimenea y la mesa con las dos sillas estaban precisamente frente a Marius. Con el fuego tapado, la pieza estaba iluminada solamente por la vela. Reinaba allí una calma terrible y amenazante; se sentía que todo estaba preparado a la espera de algo
aterrador.
La pálida luz hacía resaltar los ángulos fieros y finos del rostro de Jondrette. Fruncía las cejas y hacía bruscos movimientos con la mano derecha como si contestara a los últimos consejos de un sombrío monólogo interno. En una de esas oscuras réplicas
que se daba a sí mismo, abrió bruscamente el cajón de la mesa, cogió de él un ancho cuchillo de cocina que allí ocultaba, y probó el filo sobre su uña. Hecho esto, volvió a colocar el cuchillo en el cajón, y lo cerró.
Marius por su parte sacó la pistola que tenía en el bolsillo y la cargó.
Esto produjo un pequeño ruido claro y seco.
Jondrette se estremeció y se levantó de la silla.
‑¿Quién anda ahí? ‑gritó.
Marius contuvo la respiración. Jondrette escuchó un instante, luego se echó a reír, diciendo:
‑¡Qué estúpido soy! Es el tabique que cruje.
De súbito, la lejana y melancólica vibración de una campana hizo temblar los vidrios. Daban las seis en Saint‑Médard.
Jondrette marcó cada campanada con un movimiento de cabeza. Cuando dio la sexta, despabiló la vela con los dedos. Después se puso a andar por el cuarto, escuchó en el corredor, se paseó y escuchó nuevamente.
‑¡Con tal que venga! ‑masculló.
Y se volvió a sentar.
Apenas se había sentado, se abrió la puerta.
La Jondrette la había abierto, y permanecía en el corredor, haciendo una horrible mueca amable, iluminada de abajo arriba por uno de los agujeros del farol.
‑Entrad, mi bienhechor ‑dijo Jondrette, levantándose precipitadamente.
Apareció en la puerta el señor Blanco. Tenía una expresión de serenidad que lo hacía singularmente venerable. Puso sobre la mesa cuatro luises, y dijo:
‑Señor Fabontou, aquí tenéis para el alquiler y para vuestras primeras necesidades. Después ya veremos.
‑Dios os lo pague, mi generoso bienhechor ‑dijo Jondrette.
Y, acercándose rápidamente a su mujer, añadió:
‑Despide el coche.
La mujer desapareció en tanto que el marido ofrecía una silla al señor Blanco, y poco después volvió a aparecer, y le dijo al oído:
‑Ya está.
La nieve que había caído todo el día era tan espesa, que no se oyó al carruaje llegar ni marcharse. El señor Blanco se sentó y Jondrette se sentó frente a él. La escena era siniestra. El lector puede imaginar lo que era esa noche helada, la soledad de
las calles donde no pasaba un alma, el caserón Gorbeau casi en ruinas y sumido en el más profundo silencio de horror y de sombra, y en medio de esa sombra, el cuchitril de Jondrette iluminado sólo por una vela, donde dos hombres estaban sentados ante una mesa; el señor Blanco tranquilo, Jondrette sonriente y aterrador; la Jondrette, la madre loba, en un rincón; y detrás del tabique, Marius,
invisible, de pie, sin perder una palabra ni un movimiento, al acecho, empuñando la pistola.
Marius sentía la emoción de aquel horror, pero no experimentaba ningún temor. "Detendré a este miserable cuando quiera", pensaba. Sabía que la policía estaba emboscada en los alrededores, esperando la señal convenida.
El señor Blanco volvió la vista hacia los dos camastros vacíos.
‑¿Cómo está la pobre niña herida? ‑preguntó.
-Mal ‑respondió Jondrette con una. sonrisa de tristeza‑, muy mal, mi digno señor. Su hermana mayor la ha llevado para que la curen.
‑La señora Fabontou parece algo mejor que esta mañana.
‑Está muriéndose, señor ‑repuso Jondrette‑; pero, ¡qué queréis! es tan animosa esa mujer, que no es mujer, es un buey.
La Jondrette, halagada por el cumplido, exclamó con un melindre de fiera acariciada:
‑¡Ah, Jondrette! Eres demasiado bueno conmigo.
‑¡Jondrette! ‑exclamó el señor Blanco‑; yo creía que os llamabais Fabontou.
‑Fabontou alias Jondrette ‑replicó vivamente el marido‑. Es un apodo de artista.
Y empezó a relatar las peripecias de su carrera teatral.
En ese momento Marius alzó los ojos y vio en el fondo del cuarto un bulto, que hasta entonces no había visto. Acababa de entrar un hombre sigilosamente. Se sentó en silencio y con los brazos cruzados sobre la cama más próxima, y como estaba detrás de la
Jondrette, sólo se le distinguía confusamente. Tenía la cara tiznada de negro.
Esa especie de instinto magnético que advierte a la mirada hizo que el señor Blanco se volviese casi al mismo tiempo que Marius, y no pudo reprimir un movimiento de sorpresa.
‑¿Quién es ese hombre? ‑preguntó.
‑¿Ese? ‑exclamó Jondrette‑. Es un vecino, no le hagáis caso.
‑Perdonad, ¿de qué me hablabais, señor Fabontou?
‑0s decía, mi venerable protector ‑contestó Jondrette apoyando los codos en la mesa, y fijando en el señor Blanco una mirada tierna, semejante a la de la serpiente boa‑, os decía que tenía un cuadro en venta.
Hizo la puerta un ligero ruido. Un hombre acababa de entrar y se sentó junto al otro. Tenía la cara tiznada con tinta a hollín, como el primero. Aun cuando aquel hombre, más bien que entrar, se deslizó por el cuarto, no pudo impedir que el señor Blanco lo
viera.
‑No os preocupéis ‑dijo Jondrette‑, son personas de la casa. Decía, pues, que me quedaba un cuadro muy valioso. Vedlo, caballero, vedlo.
Se levantó, se dirigió a la pared contra la cual estaba apoyado un bastidor. Era, en efecto, una cosa que se parecía a un cuadro, iluminado apenas por la luz de la vela. Marius no podía distinguir nada, porque Jondrette se había colocado entre el cuadro y
él.
-¿Qué es eso? ‑preguntó el señor Blanco.
Jondrette exclamó:
‑¡Una obra maestra! Un cuadro de gran precio, mi bienhechor; lo quiero tanto como a mis hijas; despierta en mí tantos recuerdos..., pero yo no me desdigo de lo dicho; estoy tan necesitado de dinero que me desharé de él...
Fuese casualidad, fuese que hubiera en él un principio de inquietud, al examinar el cuadro, el señor Blanco volvió la vista hacia el interior de la habitación. Había ahora cuatro hombres, tres sentados en la cama y uno en pie cerca de la puerta, todos con los
rostros tiznados. Uno de los que estaban en la cama se apoyaba en la pared y tenía los ojos cerrados; se hubiera dicho que dormía. Era viejo, y su cara negra rodeada de cabellos blancos era horrible.
Jondrette observó que la mirada del señor Blanco se fijaba en esos hombres.
‑Son amigos, vecinos ‑dijo‑. Están tiznados porque trabajan con el carbón. Son deshollinadores. No hagáis caso de ellos, mi bienhechor; pero compradme mi cuadro. Compadeceos de mi miseria. No os lo venderé caro. A vuestro ver, ¿cuánto
vale?
‑Pero ‑dijo el señor Blanco, mirando a Jondrette con ceño y como hombre que se pone en guardia‑, eso no es más que una muestra de taberna y valdrá unos tres francos.
Jondrette replicó con amabilidad:
‑¿Tenéis ahí vuestra cartera? Me contentaré con mil escudos.
El señor Blanco se levantó, apoyó la espalda en la pared y paseó rápidamente su mirada por el cuarto. Tenía a Jondrette a su izquierda, del lado de la ventana, y la Jondrette y los cuatro hombres a la derecha, por el lado de la puerta. Los cuatro hombres no
pestañeaban, y ni siquiera parecían verle. Jondrette había comenzado de nuevo su arenga con acento tan plañidero, miradas tan vagas y entonación tan lastimera, que el señor Blanco podía creer muy bien que la miseria lo había vuelto loco.
‑Si no me compráis el cuadro, mi querido bienhechor ‑decía Jondrette‑, no tengo ya recursos para vivir y no me queda más que tirarme al río.
Al hablar, Jondrette no miraba al señor Blanco. La mirada del señor Blanco estaba fija en Jondrette y la de Jondrette en la puerta.
De repente su apagada pupila se iluminó con un horrible fulgor; se enderezó con el semblante descompuesto; dio un paso hacia el señor Blanco, y le gritó con voz tonante:
‑¿Me reconocéis?
La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente para .dar paso a tres hombres con camisas de tela azul, cubiertas las caras con máscaras de papel negro. El primero era flaco y portaba un largo garrote de hierro; el segundo, una especie de coloso, llevaba una maza para matar bueyes; el tercero, menos delgado que el primero
y menos macizo que el segundo, empuñaba una enorme llave robada de alguna puerta de prisión.
Parecía que Jondrette esperaba la llegada de estos hombres. Se inició un diálogo rápido entre él y el hombre flaco que llevaba un garrote.
‑¿Está todo pronto?
‑Sí ‑contestó el flaco.
‑¿Dónde está Montparnasse?
‑El joven galán se ha quedado conversando con vuestra hija mayor.
‑¿Hay abajo un cabriolé?
‑Sí.
‑¿Está enganchado el carricoche?
‑Enganchado está.
‑¿Con dos buenos caballos?
‑Excelentes.
¿Espera donde he dicho que espere?
‑Sí.
‑Bien ‑dijo Jondrette.
El señor Blanco estaba muy pálido. Miraba todos los objetos de la cueva en torno suyo, como hombre que comprende dónde ha caído, y su mirada atenta se dirigía sucesivamente hacia todas las cabezas de los que lo rodeaban. Estaba sorprendido, pero sin que hubiese nada en él parecido al miedo.
Este anciano, tan valiente ante aquel peligro, enorgullecía a Marius. Al fin y al cabo era el padre de la mujer amada. Marius pensó que en pocos segundos llegaría el momento de intervenir, y levantó la mano derecha en dirección al corredor, listo a lanzar su disparo.
Tres de los hombres que Jondrette llamaba deshollinadores sacaron del montón de hierros algunos implementos: uno tomó unas grandes tijeras, el otro unas tenazas y el tercero un martillo. Terminado el coloquio con el hombre del garrote, Jondrette se volvió de nuevo hacia el señor Blanco, y repitió su pregunta, acompañándola
con esa risa baja, contenida y terrible que le era peculiar:
‑¿No me reconocéis?
‑No.
Entonces Jondrette se inclinó por encima de la vela, cruzó los brazos, aproximó su mandíbula angulosa y feroz al rostro sereno del señor Blanco, acercándosele lo más posible sin que éste se echara hacia atrás, en una postura de fiera salvaje que se apronta a morder, y le gritó:
‑¡No me llamo Fabontou, ni me llamo Jondrette, me llamo Thenardier! ¡Soy el posadero de Montfermeil! ¿Oís bien? ¡Thenardier! ¿Me conocéis ahora?
Un imperceptible rubor pasó por la frente del señor Blanco, que contestó, sin que la voz le temblara, sin alzarla, con su acostumbrada afabilidad:
‑Tampoco.
Marius no oyó esta respuesta. Parecía herido por un rayo. En el momento en que Jondrette había dicho: Me llamo Thenardier, Marius se había estremecido y había tenido que apoyarse en la pared, como si hubiera sentido el frío de una espada que le atravesara el corazón. Luego su brazo derecho, pronto a dar la señal,
había bajado lentamente, y en el momento en que Jondrette había repetido: ¿Oís bien? ¡Thenardier!, los desfallecidos dedos de Marius habían estado a punto de dejar caer la pistola.
Jondrette, al confesar quién era, no había conmovido al señor Blanco, pero había trastornado a Marius. La recomendación sagrada de su padre retumbaba en sus oídos. El nombre de Thenardier formaba parte de su alma, se mezclaba con el nombre de su padre dentro del culto que tenía a su memoria.
¡Cómo! ¡Era aquél el Thenardier, el posadero de Montfermeil, a quien había buscado en vano durante largo tiempo! ¡Lo hallaba al fin! ¿Pero qué hallaba? El salvador de su padre era un bandido; aquel hombre por el que Marius hubiera querido sacrificarse, era un monstruo. Aquel salvador del coronel Pontmercy estaba a punto de
cometer un asesinato. ¡Y el asesinato de quién, gran Dios! ¡Qué fatalidad! ¡Qué amarga burla de la suerte! Su padre le decía ¡Socorre a Thenardíer! Y él contestaba a esta voz adorada y santa destruyendo a Thenardier.
Pero, por otra parte, ¡cómo asistir a aquel asesinato premeditado y no impedirlo! ¡Cómo condenar a la víctima, y salvar al asesino! ¿Le debía gratitud a semejante miserable? ¿Qué partido elegir? ¿Faltar al testamento de su padre, o dejar que se consumara un crimen? Todo estaba en sus manos. Pero no tuvo tiempo de
pensar, pues la escena que tenía ante sus ojos se precipitó con furia.
Thenardier, a quien ya no nombraremos de otro modo, se paseaba por delante de la mesa en una especie de extravío y de triunfo frenético.
Cogió el candelero v lo colocó sobre la chimenea, dando con él un golpe tan violento que la vela estuvo a punto de apagarse, y la pared quedó salpicada de sebo.
Luego se volvió hacia el señor Blanco, y más bien vomitó que pronunció estas palabras:
‑¡Al fin os encuentro, señor filántropo, señor millonario raído! ¡Señor regalador de muñecas! ¡Viejo imbécil! ¡No me conocéis! ¡No sois vos quien fue a Montfermeil, a mi posada hace ocho años la noche de Navidad de 1823! ¡No sois vos quien se llevó de mi casa a la hija de la Fantina, la Alondra! ¡No sois
vos el que llevaba un paquete lleno de trapos en la mano, como el de esta mañana! ¡Mira, mujer! ¡Parece que es su manía llevar a las casas paquetes llenos de medias de lana! ¡El viejo caritativo! ¡Yo sí que os reconozco!
Se detuvo, y pareció hablar consigo mismo. Luego, golpeó con fuerza la mesa y gritó:
‑¡Con ese aire bonachón! ¡Demonios! En otro tiempo os burlasteis de mí; sois causa de todas mis desgracias. Por mil quinientos francos comprasteis una muchacha que yo tenía, que seguramente era de gente rica, que me había producido ya mucho dinero, y a costa de la cual debía vivir toda mi vida. Una niña que me
hubiera indemnizado de todo lo perdido en ese abominable bodegón. ¡Cretino! ¡Y ahora me trae cuatro malos luises! ¡Canalla! ¡Ni aun ha tenido la generosidad para llegar a los cien francos! Pero yo me reía, y pensaba: Te tengo, estúpido. Esta mañana te lamía las manos; pero esta noche te arrancaré el corazón.
Thenardier calló. Se ahogaba. Su pecho mezquino y angosto resollaba como el fuelle de una fragua. Su mirada estaba llena de esa innoble felicidad de una criatura débil, cruel y cobarde, que consigue al fin echar por tierra al que ha temido.
El señor Blanco no lo interrumpió, pero le dijo cuando acabó:
‑No sé lo que queréis decir. Os equivocáis. Soy un hombre pobre, y nada más lejano de mí que ser millonario. No os conozco, creo que me tomáis por otro.
‑¡Ah! ‑gritó Thenardier‑. ¡Os empeñáis en seguir la broma! ¡Ah! ¡Palabras vanas, mi viejo! ¿Conque no me recordáis? ¿Conque no sabéis quién soy?
‑Perdonad ‑respondió el señor Blanco con gran gentileza, gentileza que tenía en tal momento algo de extraño y de poderoso‑, ya veo que sois un bandido.
Al oír esto, Thenardier tomó la silla como si la fuera a quebrar con las manos.
‑¡Bandido! ¡Sí, soy bandido como me llamáis vosotros, los ricos! Claro, es cierto, me he arruinado, estoy escondido, no tengo pan, no tengo un centavo, soy un bandido. Hace tres días que no como, soy un bandido. Vosotros os calentáis los pies en la chimenea, tenéis abrigos forrados, habitáis mansiones con
portero, coméis trufas, y cuando queréis saber si hace frío, consultáis el periódico. ¡Nosotros somos los termómetros! Para saber si hace frío no tenemos que consultar a nadie, sentimos helarse la sangre en las venas y el hielo llegamos al corazón, y entonces decimos: ¡no hay Dios! ¡Y vosotros venís a nuestras cavernas a llamamos bandidos!
Aquí Thenardier se aproximó a los hombres que estaban cerca de la puerta y agregó con un estremecimiento:
‑¡Cuando pienso que se atreve a hablarme como a un zapatero remendón!
Luego se dirigió nuevamente al señor Blanco, con renovada furia:
‑¡Y sabed también esto, señor filántropo! ¡Yo no soy un hombre cualquiera cuyo nombre se ignora, que va a robar niños a las casas! Yo soy un soldado francés. ¡Yo debiera estar condecorado! ¡Yo estuve en Waterloo, y salvé en la batalla a un general llamado el conde de Pontmercy! Este cuadro que veis, y que ha sido
pintado por David, ¿sabéis lo que representa? Pues es a mí. Yo tengo sobre los hombros al general Pontmercy y lo llevo a través de la metralla. Esa es la historia. ¡Ese general nunca hizo nada por mí! No valía más que los otros. No por eso dejé de salvarle la vida poniendo en peligro la mía. Y ahora que he tenido la bondad de deciros todo esto, acabemos. ¡Necesito dinero, muchísimo dinero, u
os extermino, por los mil demonios!
Marius había recuperado algún dominio sobre sus angustias, y escuchaba. La última posibilidad de duda acababa de desvanecerse. Era aquél efectivamente el Thenardier del testamento. Marius se estremeció al oír la reconvención de ingratitud dirigida a su padre y que él estaba a punto de justificar tan fatalmente. Su
perplejidad no hacía más que redoblarse.
El famoso cuadro de David no era, como el lector adivinará, otra cosa que la muestra de la taberna pintada por el propio Thenardier. Hacía algunos instantes que el señor Blanco parecía seguir y espiar todos los movimientos de Thenardier, el cual, cegado y deslumbrado por su propia rabia, iba y venía por el cuarto con la
confianza de tener la puerta guardada, de estar armado contra un hombre desarmado, y de ser nueve contra uno, aun suponiendo que la Thenardier no se contase más que por un hombre. Al terminar de hablar, Thenardier daba la espalda al señor Blanco.
Este aprovechó la ocasión, empujó con el pie la silla, la mesa con la mano; y de un salto, con prodigiosa agilidad, antes que Thenardier hubiera tenido tiempo de volverse, estaba en la ventana. Abrirla, escalarla, meter una pierna por ella, fue obra de un momento. Ya tenía la mitad del cuerpo fuera, cuando seis robustos puños
lo cogieron y lo volvieron a meter enérgicamente en el antro. Eran los tres "deshollinadores" que se habían lanzado sobre él. Uno de ellos levantaba sobre la cabeza del señor Blanco una especie de maza, formada por dos bolas de plomo en los dos extremos de una barra de hierro.
Marius no pudo resistir este espectáculo.
‑Padre mío ‑pensó‑, ¡perdonadme!
Y su dedo buscó el gatillo de la pistola. Iba ya a salir el tiro, cuando la voz de Thenardier gritó:
‑¡No le hagáis daño!
De un puñetazo derribó al hombre de la maza. Aquella tentativa desesperada de la víctima, en vez de exasperar a Thenardier, lo había calmado.
‑Vosotros ‑añadió‑ registradlo.
El señor Blanco parecía haber renunciado a toda resistencia. Se le registró; no tenía más que una bolsa de cuero que contenía seis francos y su pañuelo. Thenardier se guardó el pañuelo en el bolsillo.
‑¿No hay cartera? ‑preguntó.
‑Ni reloj.
Thenardier fue al rincón y allí cogió un paquete de cuerdas, que les arrojó.
-Atadle al banquillo ‑dijo.
Y viendo al viejo que permanecía tendido en medio del cuarto después del puñetazo que el señor Blanco le había dado, y notando que no se movía:
‑¿Acaso está muerto Boulatruelle? ‑preguntó.
‑No ‑contestó el del garrote‑; está borracho.
‑Barredle a un rincón ‑dijo Thenardier.
Empujaron al borracho con el pie cerca del montón de hierros.
‑Babet, ¿por qué has traído tanta gente? ‑dijo Thenardier por lo bajo al hombre del garrote‑; no era necesario.
‑¡Qué quieres! Todos han querido ser de la partida; los tiempos son malos, y apenas se hacen negocios.
El camastro en que habían tirado al señor Blanco era una especie de cama de hospital, sostenida por un par de banquillos de madera y toscamente labrada. El señor Blanco dejó que hicieran de él lo que quisieran; los ladrones le ataron sólidamente, de pie, y con los pies sujetos al banquillo más distante de la ventana y
más cercano a la chimenea.
Cuando terminaron el último nudo, Thenardier cogió una silla y fue a sentarse casi enfrente del señor Blanco. Se había transformado en algunos instantes; su fisonomía había pasado de la violencia desenfrenada a la dulzura tranquila y astuta. Marius apenas podía conocer en esa sonrisa cortés la boca casi bestial que
momentos antes echaba espuma; contemplaba estupefacto aquella metamorfosis fantástica a inquietante.
‑Caballero... ‑.dijo Thenardier.
Y apartando con el gesto a los ladrones, que aún tenían puesta la mano sobre el señor Blanco, añadió:
‑Apartaos un poco, y dejadme hablar con este caballero.
Todos se retiraron hacia la puerta, y él continuó:
‑Caballero, habéis hecho mal en querer saltar por la ventana, porque habríais podido romperos una pierna. Ahora, si lo permitís, vamos a hablar tranquilamente. Ante todo debo daros cuenta de una observación que he hecho, y es que todavía no habéis lanzado el menor grito. Os felicito por ello y voy a deciros lo que
deduzco. Cuando se grita, mi buen señor, ¿quién acude? La policía. ¿Y después de la policía? La justicia. Pues bien; vos no habéis gritado: es que os interesa muy poco que acudan la justicia y la policía. Hace tiempo que sospecho que tenéis algún interés en ocultar alguna cosa. Por nuestra parte, tenemos el mismo interés, conque podemos entendernos.
La fundada observación de Thenardier oscurecía aún más para Marius las misteriosas sombras bajo las cuales se ocultaba aquella figura grave y extraña a la que Courfeyrac había puesto el apodo de señor Blanco. Pero no podía sino admirar en semejante momento aquel rostro soberbiamente impasible y melancólico. Era
evidentemente un alma que no sabía lo que era la desesperación. Era uno de esos hombres que dominan las situaciones extremas. Thenardier se levantó sin afectación, fue a la chimenea, separó el biombo y dejó al descubierto el brasero lleno de ardientes brasas, donde el prisionero podía ver perfectamente el cincel al rojo. Luego volvió a sentarse cerca del señor Blanco.
‑Continúo ‑dijo‑. Podemos entendernos; arreglemos esto amistosamente. Hice mal en incomodarme hace poco; no sé dónde tenía la cabeza; he ido demasiado lejos y he dicho mil locuras. Por ejemplo, porque sois millonario, os he dicho que exigía dinero, mucho dinero, enorme cantidad de dinero. Esto no sería
razonable, tenéis la suerte de ser rico, pero tendréis vuestras obligaciones, ¿quién no tiene las suyas? No quiero arruinaros; al fin y al cabo, yo no soy un desollador. Mirad, yo cedo algo y hago un sacrificio por mi parte. Necesito solamente doscientos mil francos.
El señor Blanco no dijo una palabra. Thenardier prosiguió:
‑Una vez fuera de vuestro bolsillo esa bagatela, os respondo de que todo ha concluido y de que no tenéis que temer ni lo más mínimo. Me diréis: ¡pero yo no tengo aquí doscientos mil francos! ¡Oh!, no soy exagerado; no exijo eso. Sólo os pido una cosa. Tened la bondad de escribir lo que voy a dictaros.
Colocó un papel y una pluma delante del señor Blanco.
‑Escribid ‑.dijo.
El prisionero habló, por fin.
‑¿Cómo queréis que escriba, si estoy atado?
‑Es cierto, perdonad ‑dijo Thenardier‑; tenéis mucha razón.
Y ordenó:
‑Desatad el brazo derecho del señor.
Cuando vio libre la mano derecha del prisionero, Thenardier mojó la pluma en el tintero y se la presentó.
‑Notad bien que estáis en nuestro poder ‑dijo‑, a nuestra discreción; que ningún poder humano puede sacaros de aquí, y que nos afligiría verdaderamente el vernos obligados a recurrir a desagradables extremos. No sé ni vuestro hombre, ni las señas de vuestra casa; pero os prevengo que seguiréis atado
aquí hasta que vuelva la persona encargada de llevar esta carta. Ahora dignaos escribir.
El señor Blanco, cogió la pluma. Thenardier comenzó a dictar.
-“Hija mía..."
El prisionero se estremeció, y alzó los ojos hacia Thenardier.
‑Poned mejor, "Mi querida hija" ‑dijo Thenardier.
Él señor Blanco obedeció.
‑¿La tuteáis, verdad?
‑¿A quién?
A la niña, caramba.
‑No entiendo lo que queréis decir.
‑No importa ‑gruñó Thenardier, y continuó‑, escribid: "Ven al momento. Te necesito. La persona que lo entregará esta carta está encargada de conducirte adonde yo estoy. Te espero. Ven con confianza".
El señor Blanco había escrito todo. Thenardier añadió:
‑Borrad "ven con confianza"; eso podría hacer suponer que la cosa no es natural, y que la desconfianza es posible.
El señor Blanco borró las tres palabras.
‑Ahora ‑prosiguió Thenardier‑ firmad... ¿Cómo os llamáis?
El prisionero dejó la pluma, y preguntó:
‑¿Para quién es esta carta?
Ya lo sabéis ‑respondió Thenardier‑; para la niña.
Era evidente que Thenardier evitaba nombrar a la joven de que se trataba. Decía la Alondra, decía la niña, pero no pronunciaba el nombre. Precaución de hombre hábil que guarda su secreto delante de sus cómplices. Decir el nombre hubiera sido entregarles todo el negocio, y darles a conocer más de lo que tenían
necesidad de saber.
Replicó:
‑Firmad: ¿cuál es vuestro nombre?
‑Urbano Fabre ‑dijo el prisionero, con serena decisión.
Thenardier, con el movimiento propio de un gato, se metió la mano en el bolsillo, y sacó el pañuelo del señor Blanco. Buscó la marca y se aproximó a la luz.
‑U. F Eso es. Urbano Fabre. Pues bien, firmad
U. F.
El prisionero firmó.
‑Como hacen falta las dos manos para cerrar la carta, dádmela, la cerraré yo.
Hecho esto, Thenardier añadió:
‑Poned en el sobre: Señorita Fabre. Como no habéis mentido al decir vuestro nombre, tampoco mentiréis con vuestras señas. Ponedlas vos mismo.
El prisionero permaneció un momento pensativo, luego cogió la pluma y escribió:
"Señorita Fabre, casa del señor Urbano Fabre, calle Saint‑Dominique d'Enfer, número 17".
Thenardier cogió la carta con una especie de convulsión febril.
‑¡Mujer! ‑gritó.
La Thenardier acudió.
-Toma esta carta. Ya sabes lo que tienes que hacer. Abajo hay un cabriolé esperándote, parte de inmediato y vuelve volando.
Y, dirigiéndose al hombre de la maza, añadió:
-Tú, acompaña a la ciudadana. Irás en la parte trasera. ¿Recuerdas dónde dejé el carricoche?
‑Sí ‑contestó el hombre.
Y dejando su maza en un rincón, siguió a la Thenardier.
Cuando ya se iban, Thenardier sacó la cabeza por la puerta entreabierta, y gritó en el corredor:
‑Cuidado con perder la carta; piensa que llevas en ella doscientos mil francos.
Tranquilo ‑respondió la voz ronca de su mujer‑, me la puse en la panza.
Un minuto después se sintió el chasquido del látigo del cochero.
‑¡Bien! ‑masculló Thenardier‑. Van a buen paso. Con ese galope, la ciudadana estará de vuelta en tres cuartos de hora más.
Acercó una silla a la chimenea, y se sentó cruzando los brazos, y apoyando sus botas enlodadas en el brasero.
-Tengo frío en los pies ‑dijo.
Una sombría calma había sucedido al feroz estrépito que llenaba el desván momentos antes. No se oía más ruido que la respiración acompasada del borracho que dormía en el suelo. Marius esperaba con ansiedad siempre creciente. El enigma era más impenetrable que nunca. ¿Quién era aquella niña a quien Thenardier había
llamado la Alondra? ¿Era su Ursula? Pero el señor Blanco había dicho que no la conocía. Por otra parte, las dos letras u. F. estaban explicadas; era Urbano Fabre, y Ursula no se llamaba ya Ursula. Esto era lo único que Marius veía con mayor claridad.
‑De cualquier modo ‑decía‑, si la Alondra es Ella, la veré, porque la Thenardier va a traerla aquí. Entonces todo acabará: daré mi vida y mi sangre si es preciso, pero la libertaré. Nada me detendrá.
Pasó así media hora. Thenardier parecía absorto en una tenebrosa meditación; el prisionero no se movía. Sin embargo, Marius creía oír por intervalos, y desde hacía algunos instantes, un pequeño ruido sordo hacia el lado donde éste se hallaba.
De improviso Thenardier dijo al señor Blanco con tono duro:
‑Señor Fabre, escuchad lo que voy a deciros.
Estas pocas palabras parecían dar principio a una aclaración que despejaría el misterio. Marius prestó oído. Thenardier continuó:
‑Mi mujer va a volver, no os impacientéis. Estoy convencido de que la Alondra es vuestra hija, y sé que querréis protegerla. Con vuestra carta mi mujer la irá a buscar. Le ordené que se vistiera como la habéis visto para inspirarle confianza y así la niña la seguirá sin dificultad. Vendrán ambas en el cabriolé,
con mi amigo detrás. En cierto lugar hay un carricoche con dos buenos caballos; allí subirá vuestra hija acompañada de mi camarada, y mi mujer volverá aquí a decirnos: "todo va bien". En cuanto a vuestra hija no se le hará ningún daño; el carricoche la llevará a un sitio donde estará tranquila, y en cuanto me hayáis dado esos miserables doscientos mil francos, os será devuelta. Si
hacéis que me prendan, mi camarada dará el golpe de gracia a la Alondra, y todo habrá concluido.
Imágenes espantosas pasaron por la imaginación de Marius. ¡Cómo! Aquella joven a quien raptaban, ¿no iba a ser llevada allí? ¿Uno de aquellos monstruos iba a esconderla en la oscuridad? ¿Dónde? Marius sentía paralizarse los latidos de su corazón. ¿Qué hacer? ¿Disparar el tiro? ¿Poner en manos de la justicia
a todos aquellos miserables? Pero no por eso dejaría la joven de estar en poder de ese horrible hombre del garrote. Y Marius pensaba en estas palabras de Thenardier cuya sangrienta significación entreveía: "Si me hacéis prender, mi camarada dará el golpe de gracia a la Alondra".
Ahora ya no lo detenía sólo el testamento del coronel, sino también el peligro en que estaba la que amaba. Esta aterrante situación duraba ya hacía más de una hora. En medio del silencio se oyó el ruido de la puerta de la calle, que se abría y luego se cerraba.
El prisionero hizo un movimiento en sus ligaduras.
‑Aquí está la ciudadana ‑dijo Thenardier.
Apenas acababa de hablar cuando la Thenardier se precipitó en el cuarto, amoratada, jadeante, sofocada, llameantes los ojos.
‑¡Señas falsas! ‑gritó.
El bandido que había ido con ella entró detrás.
¿Señas falsas? ‑repitió Thenardier.
-La mujer replicó:
‑¡Nadie! En la calle de Saint‑Dominique, número 17, no vive ningún Urbano Fabre.
La Thenardier se interrumpió para recuperar el aliento, y luego continuó, acezando:
‑¡Thenardier, eres demasiado bueno! Ese viejo lo engañó. ¡Si fuera yo, lo habría cortado en cuatro para empezar, y si se portaba mal, lo habría hecho hervir vivo! Y que diga dónde está esa niña y dónde está la pasta. ¡Así hay que hacerlo! ¡Mire que dar señas falsas, el viejo infame!
Marius respiró. Ella, Ursula o la Alondra, aquella a quien no sabía cómo llamar, estaba a salvo. Thenardier dijo al prisionero con una inflexión de voz lenta y singularmente feroz:
‑¿Señas falsas? ¿Qué es, pues, lo que esperabas?
‑¡Ganar tiempo! ‑gritó el prisionero con voz tonante.
Y al mismo instante sacudió sus ataduras; estaban cortadas. El prisionero sólo estaba sujeto a la cama por una pierna.
Antes de qué los siete hombres hubiesen tenido tiempo de comprender la situación y de lanzarse sobre él, el señor Blanco se inclinó hacia la chimenea, extendió la mano hacia el brasero y levantó por encima de su cabeza el cincel hecho ascua.
Es probable que cuando los bandidos registraron al prisionero, éste llevara consigo una moneda de las que cortan y pulen los presidiarios, con infinita paciencia, hasta darles una forma especial para que sirvan como sierra en el momento de su evasión. Seguramente conseguiría ocultarla en su mano derecha, y al tenerla libre,
la usó para cortar las cuerdas que lo ataban, lo cual explicaría el ligero ruido y los movimientos casi imperceptibles que Marius había observado. Como no se atrevió a inclinarse para no traicionar sus intentos, no pudo cortar las ligaduras de la pierna. Los bandidos se rehicieron de su primera sorpresa.
‑Descuidad ‑dijo Bigrenaille a Thenardier‑. Está todavía sujeto por una pierna, y no se irá, yo respondo; como que yo le até a esa pata.
Sin embargo, el prisionero alzó la voz:
‑¡Sois unos miserables, pero mi vida no vale la pena de ser tan defendida! En cuanto a imaginaros que me haréis hablar, que me haréis escribir lo que yo no quiero escribir, que me haréis decir lo que yo no quiero decir, eso sí que no.
Subió la manga de su brazo izquierdo y agregó:
‑Mirad.
Extendió el brazo y apoyó sobre la piel desnuda el cincel candente.
Se escuchó el chirrido de la carne quemada y se sintió el olor de las cámaras de tortura. Marius se tambaleó, horrorizado y hasta los bandidos se estremecieron. El anciano, en cambio, fijó su mirada serena en Thenardier, sin odios.
‑Miserables ‑dijo‑ no me temáis, así como yo no os temo.
Y arrancando el cincel de la herida, lo lanzó por la ventana, que había quedado abierta.
‑Haced de mí lo que queráis ‑dijo.
‑¡Sujetadle! ‑gritó Thenardier.
Dos bandidos lo tomaron de los hombros y el ventrílocuo se paro frente a‑ él, dispuesto a hacerle saltar el cráneo con su llave al menor movimiento.
Marius escuchó en el extremo inferior del tabique este coloquio sostenido en voz baja:
‑No hay más que una cosa que hacer.
‑¡Abrirlo de un tajo!
‑Eso.
Eran el marido y la mujer que celebraban con Thenardier fue lentamente hacia la mesa, abrió el cajón y cogió el cuchillo.
Marius oprimía la culata de la pistola. ¡Perplejidad inaudita! Hacía una hora que se elevaban dos voces en su conciencia; la una le decía que respetase el testamento de su padre, la otra le gritaba que socorriera al prisionero. Aquellas dos voces continuaban sin interrupción su lucha, que lo hacía agonizar. Había
esperado vagamente, hasta aquel momento, hallar un medio de conciliar los dos deberes, pero nada posible había surgido. Entretanto el peligro apremiaba; había ya traspasado el último límite de la espera. Thenardier, a pocos pasos del prisionero, pensaba, con el cuchillo en la mano.
Marius, desesperado, paseaba sus miradas en tomo suyo. De repente se estremeció. A sus pies, sobre la cómoda, un rayo de clara luna iluminaba una hoja de papel, en la que leyó esta línea escrita en gruesos caracteres aquella misma mañana por la mayor de las hijas de Thenardier: "Las sabuesos están ahí ".
Una idea, una luz atravesó la imaginación de Marius; era el medio que buscaba, la solución de aquel horrible problema. Cogió el papel, arrancó suavemente un pedazo de yeso del tabique, lo envolvió en el papel, y lo arrojó por el agujero en medio del tugurio vecino.
Ya era tiempo. Thenardier había vencido sus últimos escrúpulos o sus últimos temores, y se dirigía hacia el prisionero.
‑¡Algo han tirado! ‑gritó la Thenardier.
‑¿Qué es? ‑dijo el marido.
La mujer se lanzó a recoger el yeso envuelto en el papel y lo entregó a su marido.
-¿Por dónde ha venido? ‑preguntó Thenardier.
‑¿Por dónde quieres que haya entrado? Por la ventana.
-Yo lo vi caer ‑dijo Bigrenaille.
Thenardier desenvolvió rápidamente el papel, y se acercó a la luz.
‑Es la letra de Eponina. ¡Diablo!
Hizo una seña a su mujer que se acercó vivamente, y le mostró lo escrito en el papel, añadiendo luego con voz sorda:
‑¡Pronto! ¡La escalera de cuerda! Dejemos el tocino en la ratonera, y abandonemos el campo.
‑¿Sin cortarle el pescuezo al hombre? ‑preguntó la Thenardier.
‑No tenemos tiempo.
‑¿Por dónde? ‑preguntó Bigrenaille.
‑Por la ventana ‑respondió Thenardier‑. Puesto que Eponina ha tirado la piedra por la ventana, es que la casa no está cercada por ese lado.
El bandido con voz de ventrílocuo dejó en el suelo su enorme llave, levantó los dos brazos y abrió y cerró tres veces las manos sin decir una palabra. Fue como la señal de zafarrancho para una tripulación. Los que sujetaban al prisionero lo soltaron; en un abrir y cerrar de ojos fue desenrollada la escala hacia fuera de
la ventana y sujetada sólidamente al marco con los dos ganchos de hierro.
El prisionero no ponía atención a lo que pasaba en torno suyo. Parecía soñar o rezar.
Una vez lista la escala, Thenardier gritó:
-Ven, mujer.
Y se precipitó hacia la ventana. Pero cuando iba a saltar por ella, Bigrenaille lo cogió bruscamente del cuello:
-Todavía no, viejo farsante; después de que nosotros hayamos salido.
‑Después que nosotros ‑aullaron los demás bandidos.
‑Parecéis niños asustados ‑dijo Thenardier‑; estamos perdiendo tiempo. Los polizontes nos están pisando los talones.
‑Pues bien ‑dijo uno de los bandidos‑, echemos a la suerte quién pasará primero.
Thenardier exclamó:
‑¡Estáis locos! ¡Estáis borrachos! ¡Perder así el tiempo! Echar a la suerte, ¿no es verdad? Escribiremos nuestros nombres y los pondremos en una gorra...
‑¿Queréis mi sombrero? ‑gritó una voz desde el umbral de la puerta.
Todos se volvieron. Era Javert. Tenía el sombrero en la mano, y lo ofrecía sonriendo.
Javert, al anochecer, había apostado a su gente y él mismo se había emboscado detrás de los árboles frente al caserón Gorbeau. Empezó por abrir su bolsillo para meter en él a las dos muchachas encargadas de vigilar las inmediaciones del tugurio, pero sólo encontró a Azelma. Eponina no estaba en su puesto; había
desaparecido. Luego Javert quedó al acecho, atento el oído a la señal convenida.
Las idas y venidas del coche lo preocuparon y terminó por impacientarse. Estaba seguro de andar de suerte y de que allí había un nido, ya que conocía a muchos de los bandidos que habían entrado; acabó por decidirse a subir sin esperar el pistoletazo. Entró con la llave de Marius. Llegó justo a tiempo.
Los bandidos, asustados, se arrojaron sobre las armas que habían abandonado en el momento de evadirse. En menos de un segundo, aquellos siete asesinos, que daba espanto mirar, se agruparon en actitud de defensa; Thenardier tomó su cuchillo; la Thenardier se apoderó de una enorme piedra que servía a sus hijas de taburete.
Javert se puso su sombrero, dio dos pasos por el cuarto con los brazos cruzados, el bastón debajo del brazo y el espadín en la vaina.
‑¡Alto ahí! ‑dijo‑. No saldréis por la ventana, sino por la puerta. Es menos perjudicial. Sois siete, nosotros somos quince. No riñáis como principiantes. Sed buenos muchachos.
Bigrenaille sacó una pistola que llevaba oculta bajo la camisa, y la puso en la mano de Thenardier, diciéndole al oído:
‑Es Javert. Yo no me atrevo a disparar contra ese hombre. ¿Te atreves tú?
‑¡Por supuesto! ‑respondió Thenardier.
‑Entonces, dispara.
Thenardier cogió la pistola y apuntó a Javert.
Este, que se hallaba a tres pasos, lo miró fijamente, y se contentó con decirle:
‑No tires, lo va a fallar.
Thenardier apretó el gatillo; el tiro no salió.
‑¡Te lo dije! ‑exclamó Javert.
‑¡Eres el emperador de los demonios! ‑gritó Bigrenaille, tirando su garrote al suelo‑. Yo me rindo.
‑¿Y vosotros? ‑preguntó Javert a los demás.
‑También.
Javert dijo con calma:
‑Bien, bien; ya decía yo que erais buena gente.
Y volviéndose a la puerta llamó a sus hombres.
‑Entrad ya ‑dijo.
Una escuadra de municipales sable en mano y de agentes armados de garrotes, se precipitó en la habitación.
‑¡Esposas a todos! ‑gritó Javert.
La Thenardier miró sus manos atadas y las de su marido, se dejó caer en el suelo, y exclamó llorando:
‑¡Mis hijas!
‑Están ya a la sombra ‑dijo Javert.
En tanto, los agentes habían descubierto al borracho dormido detrás de la puerta, y lo sacudían. Se despertó balbuceando:
‑¿Hemos concluido, Jondrette?
‑Sí, Boulatruelle ‑respondió Javert.
Los seis bandidos, atados, conservaban aún sus caras de espectros: tres tiznados de negro, tres enmascarados.
‑Conservad vuestras caretas ‑dijo Javert.
Y pasándoles revista con la mirada de un Federico II en la parada de Postdam, dijo a los tres falsos deshollinadores:
‑Buenas noches, Bigrenaille; buenas noches, Brujon; buenas noches, Demiliard.
Luego, volviéndose hacia los tres enmascarados, dijo al hombre de la maza:
‑Buenas noches, Gueulemer.
Y al del garrote:
‑Buenas noches, Babet.
Y al ventrílocuo:
‑Qué tal, Claquesous.
En ese momento, vio al prisionero de los bandidos, el cual, desde la entrada de los agentes de policía no había pronunciado una palabra, y se mantenía con la cabeza baja.
‑Desatad al señor ‑dijo Javert‑, y que nadie salga.
Dicho esto, se sentó ante la mesa, donde habían quedado la vela y el tintero, sacó un papel sellado del bolsillo, y comenzó su informe. Luego que escribió las primeras líneas, que son las fórmulas de siempre, alzó la vista.
‑Que se acerque el caballero a quien estos señores tenían atado.
Los agentes miraron en derredor.
Y bien ‑preguntó Javert‑, ¿dónde está?
El prisionero de los bandidos, el señor Blanco, el señor Urbano Fabre, el padre de Ursula, había desaparecido.
La puerta estaba guardada, pero la ventana no lo estaba. En cuanto se vio libre, y en tanto que Javert escribía, se aprovechó de la confusión, de la oscuridad, y de un momento en que la atención no estaba fija en él, para lanzarse por la ventana.
Un agente corrió a ella y miró. No se veía nada afuera. La escala de cuerda temblaba todavía.
‑¡Demonios! ‑dijo Javert entre dientes‑. ¡Este debía ser el mejor de todos!
Al día siguiente, un niño caminaba en dirección a Fontainebleau. Era noche oscura. El muchacho era pálido, flaco; iba vestido de harapos, con un pantalón de lienzo en pleno invierno, y cantaba a voz en grito.
En la esquina de la calle del Petit‑Banquier, una vieja encorvada rebuscaba en un montón de basura, a la luz del farol. El niño la empujó al pasar, y luego retrocedió, exclamando en tono burlón:
‑¡Qué lo parece! ¡Y yo que había tomado esto por un perro enorme, ENORME!
La vieja, sofocada de indignación, se levantó, y el resplandor de la luz dio de lleno en su cara angulosa y arrugada, con patas de gallo que le bajaban casi hasta la boca. El cuerpo se perdía en la sombra, y sólo se veía la cabeza. Hubiérase dicho que era la máscara de la decrepitud dibujada por una luz en la noche.
El niño la miró atentamente.
‑Esta señora ‑dijo‑ no es mi tipo de belleza.
Y prosiguió su camino, cantando:
Mambrú se fue a la guerra
montado en una perra.
Mambrú se fue a la guerra
no sé cuándo vendrá.
Al acabar el cuarto verso se detuvo. Había llegado delante del número 50‑52, y hallando cerrada la puerta, comenzó a descargar sobre ella golpes y taconazos que llegaban a retumbar, y que eran testimonio más bien de los zapatos de hombre que llevaba que de los pies de niño que tenía.
Entretanto, la anciana que había encontrado en la esquina del Petit‑Banquier corría detrás de él, lanzando gritos y haciendo gestos desmesurados.
‑¿Qué es eso?, ¿qué es eso? ¡Buen Dios! ¡Echan abajo la puerta! ¡Están derribando la casa!
Las patadas continuaban. La mujer gritaba a más no poder. De pronto se detuvo; había reconocido al pilluelo.
‑¡Ah, claro, tenías que ser tú, Satanás!
‑¡La vieja otra vez! ‑dijo el muchacho‑. Buenas noches, tía Burgonmuche. Vengo a ver a mis antepasados.
La vieja respondió con una mueca:
‑No hay nadie aquí, patán.
‑¿Dónde está mi padre?
‑En la cárcel de la Force.
‑¡Vaya! ¿Y mi madre?
‑En la de Saint‑Lazare.
‑¿Y mis hermanas?
‑En las Madelonnettes.
El niño se rascó la oreja, miró a la señora Burgon, y exclamó:
‑¡Qué lo parece!
Luego hizo una pirueta, giró sobre sus talones, y un segundo después la mujer, que se había quedado en el umbral de la puerta, lo oyó cantar con voz clara y juvenil, perdiéndose entre los álamos que se estremecían al soplo del viento invernal:
Mambrú se fue a la guerra
montado en una perra.
Mambrú se fue a la guerra
no sé cuándo vendrá.
Si volverá por Pascua,
o por la Trinidad.