LIBRO TERCERO

El abuelo y el nieto

I

Un espectro rojo

Este niño, de siete años, blanco, sonrosado, fres­co, de alegres a inocentes ojos, siempre oía mur­murar a su alrededor estas frases: "¡Qué lindo es! ¡Qué lástima! ¡Pobre niño!" Lo llamaban pobre niño porque su padre era "un bandido del Loira".

Este bandido del Loira era el yerno del señor Gillenormand, y había sido calificado por éste como la deshonra de la familia.

Sin embargo, quien pasara en aquella época por la pequeña aldea de Vernon, podría observar desde lo alto del puente a un hombre que se paseaba casi todos los días con una azadilla y una podadora en la mano. Tendría unos cincuenta años, iba vestido con un pantalón y una especie de casaca de burdo paño gris, en el cual llevaba cosida una cosa amarilla que en su tiempo había sido una cinta roja; en su rostro, tostado por el sol, había una gran cicatriz desde la frente hasta la mejilla; tenía el pelo casi blanco; caminaba encor­vado, como envejecido antes de tiempo.

Vivía en la más humilde de las casas del pue­blo. Las flores eran toda su ocupación. Comía muy frugalmente, y bebía más leche que vino; era tímido hasta parecer arisco; salía muy poco, y no veía a nadie más que a los pobres que llamaban a su ventana, y al padre Mabeuf, el cura, que era un buen hombre de bastante edad. Sin embargo, si alguien llamaba a su puerta para ver sus tulipanes y sus rosas, abría sonriendo.

Era el bandido del Loira.

Su nombre era Jorge Pontmercy. Fue un militar que combatió en los ejércitos de Napoleón en in­numerables batallas, y a quien el emperador conce­dió la cruz de honor por su valentía y fidelidad. Acompañó a Napoleón a la isla de Elba; en Water­loo fue quien cogió la bandera del batallón de Luxemburgo, y fue a colocarla a los pies del empe­rador, todo cubierto de sangre, pues había recibi­do, al apoderarse de ella, un sablazo en la cara. El emperador, lleno de satisfacción, le dijo: Sois coro­nel, barón y oficial de la Legión de Honor.

Después de Waterloo, la Restauración dejó a Pontmercy a media paga, y después lo envió al cuartel, es decir, sujeto a vigilancia en Vernon. El rey Luis XVIII, considerando como no sucedido todo lo que se había hecho en los Cien Días, no le recono­ció ni la gracia de oficial de la Legión de Honor, ni su grado de coronel, ni su título de barón.

En tiempos del Imperio, entre dos guerras, había encontrado la oportunidad para casarse con la señorita Gillenormand. En 1815 murió esta mu­jer admirable, inteligente, poco común, y digna de su marido, dejándole un niño. Ese niño habría sido la felicidad del coronel en su soledad; pero el abuelo reclamó imperiosamente a su nieto, de­clarando que, si no se lo entregaba, lo deshereda­ría. Impuso expresamente que Pontmercy no trataría nunca de ver ni hablar a su hijo. El padre accedió por el interés del niño, y no pudiendo tener al lado a su hijo, se dedicó a amar a las flores.

La herencia del abuelo Gillenormand era poca cosa; pero la de la señorita Gillenormand mayor era grande, porque su madre había sido muy rica, y habiendo ella permanecido soltera, el hijo de su hermana era su heredero natural. El niño, que se llamaba Marius, sabía que tenía padre, pero nada más. Nadie abría la boca para hablarle de él, y llegó poco a poco a no pensar en su padre sino lleno de vergüenza y con el corazón oprimido.

Mientras Marius crecía en esta atmósfera, cada dos o tres meses se escapaba el coronel, iba furti­vamente a París y se apostaba en San Sulpicio, a la hora en que la señorita Gillenormand llevaba a Marius a misa; y allí, temblando al pensar que la tía podía darse vuelta y verlo, oculto detrás de un pilar, inmóvil, sin atreverse apenas a respirar, miraba a su hijo. Aquel hombre, lleno de cicatrices, tenía miedo de una vieja solterona.

Aquí había nacido su amistad con el cura de Vernon, señor Mabeuf.

Este digno sacerdote tenía un hermano, admi­nistrador de la Parroquia de San Sulpicio, que había visto muchas veces a este hombre contem­plar a su hijo, y se había fijado en la cicatriz que le cruzaba la mejilla y en la gruesa lágrima que caía de sus ojos. Ese hombre de aspecto tan varo­nil y que lloraba como una mujer, impresionó al señor Mabeuf. Un día que fue a Vernon a ver a su hermano, se encontró en el puente al coronel Pontmercy, y reconoció en él al hombre de San Sulpicio. Habló de él al cura, y ambos, bajo un pretexto cualquiera, hicieron una visita al coronel, visita que trajo detrás de sí muchas otras.

El coronel, muy reservado al principio, con­cluyó por abrir su corazón; y el cura y su herma­no llegaron a saber toda la historia, y cómo Pontmercy sacrificaba su felicidad por el porvenir de su hijo. Esto hizo nacer en el corazón del párroco un profundo cariño y respeto por el coronel, quien a su vez le tomó gran afecto. Cuando ambos son sinceros, no hay nada que se amalgame mejor que un viejo sacerdote y un viejo soldado.

Dos veces al año, el 1° de enero y el día de San Jorge, escribía Marius a su padre cartas que le dictaba su tía, y que parecían copiadas de algún formulario; esto era lo único que permitía el señor Gillenormand. El padre respondía en cartas muy tiernas, que el abuelo se guardaba en el bolsillo sin leerlas.

Marius Pontmercy hizo, como todos los niños, los estudios corrientes. Cuando salió de las manos de su tía Gillenormand, su abuelo lo entregó a un digno profesor de la más pura ignorancia clásica, y así aquel joven espíritu que empezaba a abrirse, pasó de una mojigata a un pedante. Marius termi­nó los años de colegio, y después entró a la escuela de Derecho. Era realista fanático y muy austero. Quería muy poco a su abuelo, cuya ale­gría y cuyo cinismo lo ofendían, y tenía una som­bría idea respecto de su padre.

Por lo demás, era un joven entusiasta, noble, generoso, altivo, religioso, exaltado, digno hasta la dureza, puro hasta la rudeza.

II

Fin del bandido

Marius acababa de cumplir los diecisiete años en 1827 y terminaba sus estudios. Un día al volver a su casa vio a su abuelo con una carta en la mano.

‑Marius ‑le dijo‑, mañana partirás para Ver­non.

‑¿Para qué? ‑dijo Marius.

‑Para ver a tu padre.

Marius se estremeció. En todo había pensado, excepto en que podría llegar un día en que tuvie­ra que ver a su padre. No podía encontrar nada más inesperado, más sorprendente y, digámoslo, más desagradable. Estaba convencido de que su padre, el cuchillero como lo llamaba el señor Gillenormand en los días de mayor amabilidad, no lo quería, lo que era evidente porque lo había abandonado y entregado a otros. Creyendo que no era amado, no amaba. Nada más sencillo, se decía.

Quedó tan estupefacto, que no preguntó nada. El abuelo añadió:

‑Parece que está enfermo; lo llama.

Y después de un rato de silencio, añadió:

‑Parte mañana por la mañana. Creo que hay en la Plaza de las Fuentes un carruaje que sale a las seis y llega por la noche. Tómalo. Dice que es de urgencia.

Después arrugó la carta y se la metió en el bolsillo.

Marius hubiera podido partir aquella misma noche, y estar al lado de su padre al día siguiente por la mañana, porque salía entonces una diligen­cia de noche que iba a Rouen y pasaba por Ver­non. Pero ni el señor Gillenormand ni Marius pen­saron en informarse.

Al día siguiente al anochecer llegaba Marius a Vernon. Principiaban a encenderse las luces. En­contró la casa sin dificultad. Le abrió una mujer con una lamparilla en la mano.

‑¿El señor Pontmercy? ‑dijo Marius.

La mujer permaneció muda.

-¿Es aquí?

La mujer hizo con la cabeza un signo afirmativo. ‑¿Puedo hablarle?

La mujer hizo un gesto negativo.

‑¡Es que soy su hijo! ‑dijo Marius‑. Me espera.

-Ya no os espera.

Marius notó entonces que estaba llorando.

La mujer le señaló con el dedo la puerta de una sala baja, donde entró.

En aquella, sala, iluminada por una vela de sebo colocada sobre la chimenea, había tres hom­bres; uno de pie, otro de rodillas y otro tendido sobre los ladrillos. El que estaba en el suelo era el coronel. Los otros dos eran un médico y un sacer­dote que oraba.

El coronel había sido atacado hacía tres días por una fiebre cerebral; al principio de la enfer­medad tuvo un mal presentimiento, y escribió al señor Gillenormand para llamar a su hijo. El en­fermo se agravó, y el mismo día de la llegada de Marius a Vernon el coronel había tenido un acce­so de delirio; se había levantado del lecho a pesar de la oposición de la criada, gritando:

‑¡Mi hijo no viene!, ¡voy a buscarlo!

Y habiendo salido de su cuarto cayó en los ladrillos de la antecámara. Acababa de expirar.

Habían sido llamados el médico y el cura; pero el médico llegó tarde y el sacerdote llegó tarde. También el hijo llegó tarde.

A la débil luz de la vela se distinguía en la mejilla del coronel que yacía pálido en el suelo, una gruesa lágrima que brotara de su ojo ya mori­bundo. El ojo se había apagado, pero la lágrima no se había secado aún. Aquella lágrima era la tardanza de su hijo.

Marius miró a ese hombre, a quien veía por primera y última vez; contempló su fisonomía venerable y varonil, sus ojos abiertos que no mira­ban, sus cabellos blancos. Contempló la gigantes­ca cicatriz que imprimía un sello de heroísmo en aquella fisonomía, marcada por Dios con el sello de la bondad. Pensó que ese hombre era su padre, y que estaba muerto, y permaneció inmóvil.

La tristeza que experimentó fue la misma que hubiera sentido ante cualquier otro muerto. El dolor, un dolor punzante, reinaba en la sala. La criada sollozaba en un rincón, el sacerdo­te rezaba y se le oía suspirar, el médico se secaba las lágrimas; el cadáver lloraba también.

El médico, el sacerdote y la mujer miraban a Marius en medio de su aflicción, sin decir una palabra. Allí era él el extraño; se sentía poco con­movido, y avergonzado de su actitud. Como tenía el sombrero en la mano, lo dejó caer al suelo para hacer creer que el dolor le quitaba fuerzas para sostenerlo.

Al mismo tiempo sentía un remordimiento, y se despreciaba por obrar así. Pero, ¿era esto culpa suya? ¡Después de todo, él no amaba a su padre!

El coronel no dejaba nada. La venta de sus muebles apenas alcanzó para pagar el entierro. La criada encontró un pedazo de papel que en­tregó a Marius; en él el coronel había escrito lo siguiente: "Para mi hijo. El emperador me hizo barón en el campo de batalla de Waterloo. Ya que la Res­tauración me niega este título que he comprado con mi sangre, mi hijo lo tomará y lo llevará. Estoy cierto que será digno de él".

A la vuelta de la hoja, el coronel había añadi­do: "En la batalla de Waterloo un sargento me salvó la vida; se llama Thenardier. Creo que tenía una posada en un pueblo de los alrededores de París, en Chelles o en Montfermeil. Si mi hijo lo encuentra, haga por él todo el bien que pueda".

Marius cogió este papel y lo guardó, no por amor a su padre, sino por ese vago respeto a la muerte que tan imperiosamente vive en el cora­zón del hombre.

Nada quedó del coronel. El señor Gillenor­mand hizo vender a un prendero su espada y su uniforme. Los vecinos arrasaron con el jardín para robar las flores más raras; las demás plantas se convirtieron en maleza y murieron.

Marius permaneció sólo cuarenta y ocho horas en Vernon. Después del entierro volvió a París, y se entregó de lleno al estudio del Derecho, sin pensar más en su padre como si no hubiera existi­do nunca.

III

Cuán útil es ir a misa para hacerse revolucionario

Marius había conservado los hábitos religiosos de la infancia. Un domingo que fue a misa a San Sulpicio, a la misma capilla de la Virgen a que lo llevaba su tía cuando era pequeño, estaba distraí­do y más pensativo que de ordinario y se arrodi­lló, sin advertirlo, sobre una silla de terciopelo en cuyo respaldo estaba escrito este nombre: "Señor Mabeuf, administrador". Apenas empezó la misa, se presentó un anciano y le dijo:

‑Caballero, ése es mi sitio.

Marius se apartó en seguida, y el viejo ocupó su silla.

Cuando acabó la misa, Marius permaneció me­ditabundo a algunos pasos de distancia; el viejo se acercó otra vez y le dijo:

‑0s pido perdón de haberos molestado antes y molestaros otra vez en este momento, pero tal vez me habréis creído impertinente y debo daros una explicación.

‑No hay necesidad, caballero ‑dijo Marius.

‑¡Oh, sí! ‑contestó el viejo‑. No quiero que os forméis mala idea de mí. Este sitio es mío. Me parece que desde él es mejor la misa. ¿Y por qué? Voy a decíroslo. A este mismo sitio he visto venir por espacio de diez años, cada dos o tres meses, a un pobre padre que no tenía otro medio ni otra ocasión de ver a su hijo, porque se lo impedían, problemas de familia. Venía a la hora en que siempre traían a su hijo a misa. El niño no sabía que su padre estaba ahí, ni aun sabía, tal vez, el inocente, que tenía padre. El padre se ponía detrás de esta columna para que no lo vieran, miraba a su hijo y lloraba. ¡Adora­ba a ese niño el pobre hombre! Yo fui testigo de todo eso. Este sitio está como santificado para mí, y he tomado la costumbre de venir a él a oír la misa. Traté un poco a ese caballero de que os hablo. Tenía un suegro y una tía rica que amenazaban desheredar al hijo si él lo veía; y se sacrificó para que su hijo fuese algún día rico y feliz. Parece que los separaban las opi­niones políticas. ¡Dios mío! Porque un hombre haya estado en Waterloo no es un monstruo; no por eso se debe separar a un padre de su hijo. Era un coronel de Bonaparte, y ha muerto, se­gún creo. Vivía en Vernon, donde tengo un her­mano cura, y se llamaba algo así como Pontma­rie o Montpercy. Tenía una gran cicatriz en la cara.

‑Pontmercy ‑dijo Marius, poniéndose pálido.

‑Precisamente, Pontmercy. ¿Lo conocéis?

‑Caballero ‑dijo Marius‑, era mi padre.

El viejo juntó las manos, y exclamó:

‑¡Ah, sois su hijo! Sí, ahora debía de ser ya un hombre. Pues bien, podéis decir que habéis teni­do un padre que os ha querido mucho.

Marius ofreció el brazo al anciano y lo acom­pañó hasta su casa.

Al día siguiente dijo al señor Gillenormand:

‑Hemos arreglado entre algunos amigos una partida de caza. ¿Me dejáis ir por tres días?

‑¡Por cuatro! ‑respondió el abuelo‑. Anda, di­viértete.

Y, guiñando el ojo, dijo en voz baja a su hija: -Algún amorcillo.

El joven estuvo tres días ausente, después vol­vió a París, se fue derecho a la biblioteca de Jurisprudencia y pidió la colección del Monitor.

En él leyó la historia de la República y del Imperio, el Memorial de Santa Elena, todo lo de­voró. La primera vez que encontró el nombre de su padre en los boletines del gran ejército, tuvo fiebre durante una semana. Visitó a todos los ge­nerales a cuyas órdenes había servido Jorge Pont­mercy. El señor Mabeuf, a quien había vuelto a ver, le contó la vida en Vernon, el retiro del coro­nel, sus flores, su soledad. Marius llegó a conocer íntimamente a aquel hombre excepcional, sublime y amable, a aquella especie de león‑cordero, que había sido su padre.

Mientras tanto, ocupado en este estudio que le consumía todo su tiempo y todos sus pensamientos, casi no veía al señor Gillenormand. Iba a casa sólo a las horas de comer. Gillenormand se sonreía.

‑¡Bien! Está en la edad de los amores ‑mur­muraba.

Un día añadió:

‑¡Demonios! Creía que esto era una distrac­ción; pero voy viendo que es una pasión.

Era una pasión, en efecto. Marius comenzaba a adorar a su padre.

Al mismo tiempo se operaba un extraordinario cambio en sus ideas. Se dio cuenta de que hasta aquel momento no había comprendido ni a su patria ni a su padre. Hasta entonces palabras como república a imperio habían sido monstruosas. La república, una guillotina en el crepúsculo; el im­perio, un sable en la noche. De pronto vio brillar nombres como Mirabeau, Vergniaud, Saint Just, Ro­bespierre, Camille Desmoulins, Danton, y luego vio elevarse un sol, Napoleón. Poco a poco pasó el asombro, se acostumbró a esta nueva luz, y la revolución y el imperio tomaron una muy diferen­te perspectiva ante sus ojos.

Estaba lleno de pesares, de remordimientos; pensaba desesperado que no podía decir todo lo que tenía en el alma más que a una tumba. Ma­rius tenía un llanto continuo en el corazón.

Al mismo tiempo se hacía más formal, más serio, se afirmaba en su fe, en su pensamiento. A cada instante un rayo de luz de la verdad venía a completar su razón; se verificaba en él un verdadero crecimiento interior. Donde antes veía la caída de la monarquía, veía ahora el porvenir de Francia; había dado una vuelta com­pleta.

Todas estas revoluciones se verificaban en él sin que su familia lo sospechara.

Cuando en esta misteriosa metamorfosis hubo perdido completamente la antigua piel de borbó­nico y de ultra; cuando se despojó del traje de aristócrata y de realista; cuando fue completamen­te revolucionario, profundamente demócrata y casi republicano, mandó hacer cien tarjetas con esta inscripción: El barón Marius Pontmercy.

Pero, como no conocía a nadie a quien darlas, se las guardó en el bolsillo.

Como consecuencia natural, a medida que se aproximaba a su padre, a su memoria, a las cosas por las cuales el coronel había luchado veinticin­co años, se alejaba de su abuelo. Ya hemos dicho que hacía tiempo que no le agradaba el carácter del señor Gillenormand. Entre ambos existían to­das las disonancias que puede haber entre un joven serio y un viejo frívolo.

Mientras que habían tenido unas mismas opi­niones políticas a ideas comunes, Marius se en­contraba como en un puente con el señor Gille­normand. Cuando se hundió el puente, los separó el abismo. Sentía profunda rebelión cuando recor­daba que el señor Gillenormand lo había separa­do sin piedad del coronel, privando al hijo de su padre y al padre de su hijo.

Por compasión hacia su padre, llegó casi a tener aversión a su abuelo. Pero nada de esto salía al exterior. Solamente se notaba que cada día se mostraba más frío, más lacónico en la mesa, y con más frecuencia ausente de la casa. Marius hacía a menudo algunas escapatorias.

‑Pero, ¿adónde va? ‑preguntaba la tía.

En uno de estos viajes, siempre cortos, fue a Montfermeil para cumplir la indicación que su padre le había hecho, y buscó al antiguo sargento de Waterloo, al posadero Thenardier. Thenardier había quebrado; la posada estaba cerrada, y nadie sabía qué había sido de él.

‑Decididamente ‑dijo el abuelo‑, el joven se mueve.

Había notado que Marius llevaba bajo la cami­sa, sobre su pecho, algo que pendía de una cinta negra que colgaba del cuello.

IV

Algún amorcillo

El señor Gillenormand tenía un sobrino, el tenien­te Teódulo Gillenormand, que los visitaba en París en tan raras ocasiones que Marius nunca había llegado a conocerlo. Teódulo era el favorito de la tía Gillenormand, que tal vez lo prefería porque no lo veía casi nunca. No ver a las personas es cosa que permite suponer en ellas todas las perfecciones.

Una mañana, la señorita Gillenormand mayor estaba bordando en su cuarto y pensando con curiosidad en las ausencias de Marius. Este acababa de pedir permiso al abuelo para hacer un corto viaje, y saldría esa misma tarde. De pronto se abrió la puerta; levantó la mirada y vio al teniente Teó­dulo ante ella haciéndole el saludo militar. Dio un grito de alegría. Una mujer puede ser vieja, mojiga­ta, devota, tía, pero siempre se alegra al ver entrar en su cuarto a un gallardo oficial de lanceros.

‑¡Tú aquí, Teódulo! ‑exclamó.

‑¡De paso no más, tía! Parto esta tarde. Cam­biamos de guarnición y para ir a la nueva tene­mos que pasar por París, y me he dicho: Voy a ver a mi tía.

‑Pues aquí tienes por la molestia.

Y le puso diez luises en la mano.

‑Por el placer querréis decir, querida tía.

Teódulo la abrazó por segunda vez y ella tuvo el placer de que le rozara un poco el cuello con los cordones del uniforme.

‑¿Haces el viaje a caballo con lo regimiento?

‑No, tía. Como quería veros, tengo un permi­so especial. El asistente lleva mi caballo, y yo voy en la diligencia. Y a propósito, tengo que pregun­taros una cosa. ¿Está de viaje también mi primo

Marius Pontmercy? Pues al llegar fui a la diligencia a tomar mi asiento en berlina y he visto su nom­bre en la hoja.

‑¡Ah, el sinvergüenza! ‑exclamó‑ ella‑. ¡Va a pasar la noche en la diligencia!

‑Igual que yo, tía.

‑Pero tú vas por deber, en cambio él va por una aventura.

Entonces sucedió una cosa notable: a la seño­rita Gillenormand se le ocurrió una idea.

‑¿Sabes que lo primo no lo conoce? ‑preguntó repentinamente a Teódulo.

‑Sí, lo sé. Yo lo he visto, pero él nunca se ha dignado mirarme.

‑¿Y vais a viajar juntos?

‑El en imperial, y yo en berlina.

-¿Adónde va esa diligencia?

-A Andelys.

‑¿Es allí donde irá Marius?

‑Sí, como no sea que haga como yo, y se quede en el camino. Yo bajo en Vernon para tomar el coche de Gaillon. No sé el itinerario de Marius.

‑Escucha, Teódulo.

‑Os escucho, tía.

‑Lo que pasa es que Marius se ausenta a me­nudo, y viaja, y duerme fuera de casa. Quisiéra­mos saber qué hay en esto.

Teódulo respondió con la calma de un hom­bre experimentado:

-Algún amorío.

‑Es evidente ‑dijo la tía, que creyó oír hablar al señor Gillenormand. Después añadió:

-Haznos el favor. Sigue un poco a Marius; esto lo será fácil porque él no lo conoce; y si se trata de una mujer, haz lo posible por verla. Nos escribirás contándo­nos la aventura, y se divertirá el abuelo.

No le gustaba mucho a Teódulo este espiona­je; pero los diez luises lo habían emocionado y creía que podrían traer otros detrás. Aceptó, pues, la comisión y su tía lo abrazó otra vez.

En la noche que siguió a este diálogo, Marius subió a la diligencia sin sospechar que iba vigila­do. En cuanto al vigilante, la primera cosa que hizo fue dormirse con un sueño pesado y largo. Al amanecer el día, el mayoral de la diligencia gritó:

‑¡Vernon! ¡Relevo de Vernon! ¡Los viajeros de Vernon!

Y el teniente Teódulo se despertó.

‑¡Bueno! ‑murmuró medio dormido aún‑ aquí es donde me bajo.

Después empezó a despejarse su memoria poco a poco y se acordó de su tía, de los diez luises y de la promesa que había hecho de contar los hechos y dichos de Marius. Esto le hizo reír.

‑Ya no estará tal vez en el coche ‑pensó abo­tonándose la casaca del uniforme‑. ¿Qué diablos voy a escribir ahora a mi buena tía?

En aquel momento apareció en la ventanilla de la berlina un pantalón negro que descendía de la imperial.

‑¿Será Marius? ‑se dijo el teniente.

Era Marius.

Al pie del coche, y entre los caballos y los postillones„ una jovencita del pueblo ofrecía flores a los viajeros.

‑Flores para vuestras damas, señores ‑gritaba.

Marius se acercó a la joven y le compró las flores más hermosas que llevaba en la cesta.

‑Vamos bien ‑dijo Teódulo saltando de la ber­lina‑, esto ya me está gustando. ¿A quién diantre va a llevar esas flores? Es preciso que sea una mujer muy linda para merecer tan hermoso rami­llete. Hay que conocerla.

Y no ya por mandato, sino por curiosidad personal, como los perros que cazan por cuenta propia, se puso a seguir a su primo.

Marius no lo vio, a él ni a las elegantes muje­res que pasaban a su lado; parecía no ver nada a su alrededor.

‑¡Está enamorado! ‑pensó Teódulo.

Marius se dirigió a la iglesia, pero no entró; dio la vuelta por detrás del presbiterio, y desapa­reció.

‑La cita es fuera de la iglesia ‑dijo Teódulo‑. ¡Magnífico! Veamos quién es esa mujer.

Y se adelantó en puntillas hacia el sitio en que había dado la vuelta Marius.

Cuando llegó allí se quedó estupefacto.

Marius, con la frente entre ambas manos, esta­ba arrodillado en la hierba, junto a una tumba. Había deshojado el ramo sobre ella. En el extre­mo de la fosa había una cruz de madera negra, con este nombre escrito en letras blancas: El coro­nel barón de Pontmercy.

Oyó los sollozos de Marius.

La mujer era una tumba.

V

Mármol contra granito

Allí era donde había ido Marius la primera vez que se ausentó de París. Allí iba cada vez que el señor Gillenormand decía: " Pasa la noche fuera".

El teniente Teódulo quedó desconcertado a con­secuencia de este encuentro inesperado con un se­pulcro; experimentaba una sensación desagradable y singular, que no hubiera podido analizar, y que se componía del respeto a una tumba, y del respeto a un coronel. Retrocedió en silencio, dejando a Marius solo en el cementerio. No sabiendo qué escribir a la tía, tomó el partido de no escribirle. Y probablemen­te no hubiera servido de nada el descubrimiento hecho por Teódulo sobre los amores de Marius, si por una de esas coincidencias misteriosas, tan fre­cuentes en los sucesos más casuales, la escena de Vemon no hubiera tenido, por decirlo así, una espe­cie de eco casi inmediato en París.

Marius volvió de Vernon tres días después a media mañana; llegó a casa de su abuelo, y, can­sado por las dos noches de insomnio que había pasado en la diligencia, sólo pensó en ir a darse un baño a la escuela de natación para reparar sus fuerzas. Se sacó apresuradamente el abrigo y el cordón negro que llevaba al cuello, y se fue.

El señor Gillenormand, que se levantaba de ma­drugada como todos los viejos fuertes y sanos, lo oyó entrar, y se apresuró a subir lo más rápido que le permitieron sus piernas la escalera del cuarto de Marius, con el objeto de saludarlo y de interrogarlo al mismo tiempo, para saber de dónde venía.

Pero el joven había empleado menos tiempo en bajar que él en subir, y cuando el abuelo entró en la pieza, ya Marius había salido.

La cama estaba hecha, y sobre ella se encon­traban su abrigo y el cordón negro que Marius llevaba al cuello.

‑Mejor así ‑murmuró el anciano.

Y un momento después hacía una entrada triun­fal en la sala en que estaba bordando la señorita Gillenormand. Llevaba en una mano el abrigo y el cordón en la otra.

‑¡Victoria! ‑exclamó‑. ¡Vamos a resolver el mis­terio! ¡Vamos a palpar los libertinajes de este hipó­crita! Tengo el retrato.

En efecto, del cordón pendía una cajita de tafilete negro, muy semejante a un medallón.

La caja se abrió apretando un resorte, pero no encontraron en ella más que un papel cuidadosa­mente doblado.

‑Ya sé lo que es ‑dijo el señor Gillenormand echándose a reír‑. ¡Una carta de amor!

‑¡Ah! ¡Leámosla! ‑dijo la tía.

‑"Para mi hijo. El emperador me hizo barón en el campo de batalla de Waterloo. Ya que la Restauración me niega este título que he compra­do con mi sangre, mi hijo lo tomará y lo llevará. Estoy cierto que será digno de él."

El señor Gillenormand dijo en voz baja, y como hablándose a sí mismo:

‑Es la letra del bandido.

La tía examinó el papel, lo volvió en todos sentidos, y después lo volvió a poner en la cajita. En aquel momento cayó al suelo del bolsillo del abrigo un paquetito cuadrado, envuelto en papel azul. La señorita Gillenormand lo recogió, y desdobló el papel azul; era el ciento de tarjetas de Marius. Cogió una y se la dio a su padre, que leyó: El barón Marius Pontmercy.

El señor Gillenormand cogió el cordón, la caja y el abrigo, los tiró al suelo en medio de la sala, y llamó a Nicolasa.

‑¡Sacad de aquí esas porquerías! ‑le gritó.

Pasó una hora en profundo silencio.

De pronto apareció Marius. Antes de atravesar el umbral del salón, vio a su abuelo que tenía en la mano una de sus tarjetas. El anciano, al verlo, exclamó con su aire de superioridad burguesa y burlona:

‑¡Vaya, vaya, vaya, vaya! Ahora eres barón. Te felicito. ¿Qué quiere decir todo esto?

Marius se ruborizó ligeramente, y respondió:

‑Eso quiere decir que soy el hijo de mi padre.

El señor Gillenormand dejó de reírse, y dijo con dureza:

-Tu padre soy yo.

-Mi padre ‑dijo Marius muy serio y con los ojos bajos‑ era un hombre humilde y heroico, que sirvió gloriosamente a la República y a Fran­cia; que fue grande en la historia más grande que han hecho los hombres; que vivió un cuarto de siglo en el campo de batalla, por el día bajo la metralla y las balas, de noche entre la nieve, en el lodo, bajo la lluvia; que recibió veinte heridas; que ha muerto en el olvido y en el abandono, y que no ha cometido en su vida más que una falta, amar demasiado a dos ingratos: su país y yo.

Esto era más de lo que el señor Gillenormand podía oír. Cada una de las palabras que Marius acababa de pronunciar, principiando por la repú­blica, había hecho en el rostro del viejo realista el efecto del soplo de un fuelle de fragua sobre un tizón encendido.

‑¡Marius! ‑exclamó‑. ¡Mocoso insolente! ¡Yo no sé lo que era lo padre! ¡No quiero saberlo! ¡No sé nada! ¡Pero lo que sé es que entre esa gente nunca ha habido más que miserables! Eran todos unos pordioseros, asesinos, boinas rojas, ladrones. ¡Todos! ¿Lo oyes, Marius? ¡Ya lo ves, eres tan ba­rón como mi zapatilla! ¡Todos eran bandidos los que sirvieron a Bonaparte! ¡Todos traidores, que vendieron a su rey legítimo! ¡Todos cobardes, que huyeron ante los prusianos y los ingleses en Water­loo! Esto es lo que sé. Si vuestro señor padre es uno de ellos, lo ignoro, lo siento.

Marius temblaba entero; no sabía qué hacer; le ardía la cabeza. Su padre acababa de ser pisoteado y humillado en su presencia; pero, ¿por quién? Por su abuelo. ¿Cómo vengar al uno sin ultrajar al otro? Permaneció algunos instantes atur­dido y vacilante, con todo este remolino en la mente; después levantó los ojos, miró fijamente a su abuelo, y gritó con voz tonante:

‑¡Abajo los Borbones! ¡Abajo ese cerdo de Luis XVIII!

Luis XVIII había muerto hacía cuatro años; pero a Marius le daba lo mismo.

El anciano pasó del color escarlata que tenía de rabia a una blancura mayor que la de sus cabellos. Dio algunos pasos por la habitación, y después se inclinó ante su hija, que asistía a esta escena con el estupor de una oveja, y le dijo con una sonrisa casi tranquila:

‑Un barón como este caballero y un plebe­yo como yo no pueden vivir bajo un mismo techo.

Y después, enderezándose pálido, tembloroso, amenazante, en el colmo de la cólera, extendió el brazo hacia Marius, y le gritó:

‑¡Vete!

Marius salió de la casa.

Al día siguiente, el señor Gillenormand dijo a su hija:

‑Enviaréis cada seis meses sesenta pistolas a ese bebedor de sangre, y no me volveréis a hablar de él.

Marius se fue indignado. Una de esas peque­ñas fatalidades que complican los dramas domés­ticos hizo que cuando Nicolasa llevó "las porque­rías" de Marius a su cuarto, se cayera en la escala, que estaba muy obscura, el medallón de tafilete negro con la carta del coronel. Al no poderlo encontrar, Marius supuso que el señor Gillenormand, como lo llamaba desde ahora, lo había arrojado al fuego.

Se fue sin decir ni saber adónde, con treinta francos, su reloj y algunas ropas en un maletín. Subió a un cabriolé, lo contrató por horas, y se dirigió, a la ventura, al Barrio Latino. ¿Qué iba a ser de él?