LIBRO SEXTO
Los cementerios reciben todo lo que se les da
I
Este convento de Benedictinas de la callejuela Picpus era una comunidad de la severa regla española de Martín Verga.
Después de las Carmelitas, que llevaban los pies descalzos y no se sentaban nunca, la más dura era la de las Bernardas Benedictinas de Martín Verga. Iban vestidas de negro con una pechera que, según la prescripción expresa de san Benito, llegaba hasta el mentón;
una túnica de sarga de manga ancha, un gran velo de lana, y la toca que bajaba hasta los ojos. Todo su hábito era negro, salvo la toca que era blanca. El de las novicias era igual, pero en blanco.
Las Bernardas Benedictinas de Martín Verga practican la adoración perpetua. Comen de viernes todo el año, ayunan toda la Cuaresma; se levantan en el primer sueño, desde la una hasta las tres, para leer el breviario y cantar maitines. Se acuestan en sábanas de
sarga y sobre paja, no usan baños ni encienden nunca lumbre, se disciplinan , todos los viernes, observan la regla del silencio. Sus votos, cuyo rigor está aumentado por la regla, son de obediencia, pobreza, castidad y perpetuidad en el claustro.
Todas se turnan en lo que llaman el desagravio. El desagravio es la oración por todos los pecados, por todas las faltas, por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por todas las iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la superficie
de la tierra.
Durante doce horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las cuatro de la mañana, la hermana que está en desagravio permanece de rodillas sobre la piedra ante el Santísimo Sacramento, con las manos juntas y una cuerda al cuello. Cuando el cansancio
se hace insoportable, se prosterna extendida con el rostro en la tierra y los brazos en cruz; éste es todo su descanso. En esta actitud ora por todos los pecadores del universo. Es de una grandeza que raya en lo sublime. Nunca dicen "mío", porque no tienen nada suyo, ni deben tener afecto a nada.
Estas religiosas, enclaustradas en el Pequeño Picpus hacía cincuenta años, habían hecho construir un panteón bajo el altar de su capilla para sepultar allí a los miembros de su comunidad. Pero las autoridades no se lo permitieron, por lo cual tenían que
abandonar el convento al morir. Sólo obtuvieron, consuelo mediocre, ser enterradas a una hora especial y en un rincón especial del antiguo cementerio Vaugirard, que ocupaba tierras que fueron antes de la comunidad. En la época de esta historia, la orden tenía junto al convento un colegio para niñas nobles, la mayoría muy ricas.
Al amanecer, Fauchelevent abrió los ojos y vio al señor Magdalena sentado en su haz de paja, mirando dormir a Cosette. El jardinero se incorporó, y le dijo:
‑Y ahora que estáis aquí, ¿cómo haréis para entrar?
Estas palabras resumían el problema y sacaron a Jean Valjean de su meditación.
Los dos hombres celebraron una especie de consejo.
‑Tenéis que empezar ‑dijo Fauchelevent‑ por no poner los pies fuera de este cuarto ni la niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería.
‑Es cierto.
‑Señor Magdalena ‑continuó Fauchelevent‑, habéis llegado en un momento muy bueno, quiero decir muy malo; hay una monja gravemente enferma; están rezando las cuarenta horas; toda la comunidad no piensa más que en esto. La que va a morir es
una santa; no es extraño, porque aquí todos lo somos. La diferencia entre ellas y yo sólo está en que ellas dicen: nuestra celda y yo digo: mi choza. Ahora va a rezarse la oración de los agonizantes, y luego la de los muertos; por hoy podemos estar tranquilos, pero no respondo de lo que sucederá mañana.
‑Sin embargo ‑dijo Jean Valjean‑, esta choza está en una rinconada del muro, oculta por unas ruinas y por los árboles, y no se ve desde el convento.
Y yo añado que las monjas no se acercan aquí nunca.
‑¿Pues entonces?...
‑Pero quedan las niñas.
‑¿Qué niñas?
Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de decir, se oyó una campanada.
‑La religiosa ha muerto ‑dijo‑. Ese es el tañido fúnebre.
E hizo una señal a Jean Valjean para que escuchara. En esto sonó una nueva campanada.
‑La campana seguirá tañendo de minuto en minuto, veinticuatro horas hasta que saquen el cuerpo de la iglesia. En cuanto a las niñas, como os decía, en las horas de recreo basta que una pelota ruede un poco más para que lleguen hasta aquí, a pesar de las
prohibiciones. Son unos demonios esos querubines.
-Ya entiendo, Fauchelevent; hay colegialas internas.
Jean Valjean pensó: "Encontré educación para Cosette".
Y dijo en voz alta:
‑Sí; lo difícil es quedarse.
‑No ‑dijo Fauchelevent‑, lo difícil es salir.
Jean Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón.
‑¡Salir!
‑Sí, señor Magdalena; para volver a entrar es preciso que salgáis.
Jean Valjean se puso pálido. Sólo la idea de volver a ver aquella temible calle lo hacía temblar.
-Vuestra hija duerme ‑continuó Fauchelevent . ¿Cómo se llama?
‑Cosette.
-A ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta que da al patio. Llamo, el portero abre; yo llevo mi cesto al hombro; la niña va dentro, y salgo. Es muy sencillo. Diréis a la niña que se esté quieta debajo de la tapa. Después la deposito el tiempo
necesario en casa de una vieja frutera, amiga mía, bien sorda, que vive en la calle Chemin‑Vert, donde tiene una camita. Gritaré a su oído que es una sobrina mía, que la tenga allí hasta mañana; y después la niña entrará con vos, porque yo os facilitaré la entrada, por supuesto. Pero, ¿cómo saldréis?
Jean Valjean meneó la cabeza.
‑Debería tener la seguridad de que nadie me vea, Fauchelevent. Buscad un medio de que salga, como Cosette, en un cesto y bajo una tapa.
Fauchelevent se rascó la punta de la oreja, señal evidente de un grave apuro.
Se oyó un tercer toque.
‑El médico de los muertos se va ‑dijo Fauchelevent . Habrá mirado y habrá dicho: está muerta; bueno. Así que el médico ha dado el pasaporte para el paraíso, la administración de pompas fúnebres envía un ataúd. Si la muerta es una madre, la
amortajan las madres; si es una hermana la amortajan las hermanas, y después clavo yo la caja. Esto forma parte de mis obligaciones de jardinero; porque un jardinero tiene algo de sepulturero. Se deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia que da a la calle, y donde no puede entrar ningún hombre más que el médico de los muertos y yo, porque yo no cuento como hombre, ni tampoco los
sepultureros. En la sala es donde clavo la caja. Los sepultureros vienen por ella y ¡arre, cochero! así es como se va al cielo. Traen una caja vacía, y se la llevan con algo adentro. Ya veis lo que es un entierro.
Se oyó en eso un cuarto toque. Fauchelevent cogió precipitadamente del clavo la rodillera con el cencerro, y se lo puso en la pierna.
‑Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Señor Magdalena, no os mováis, y esperadme. Si tenéis hambre, ahí encontraréis vino, pan y queso.
Unos minutos después, Fauchelevent, cuya campanilla ponía en fuga a las religiosas, llamaba suavemente a una puerta; una dulce voz respondió: Por siempre, por siempre. Es decir, entrad.
La priora, la Madre Inocente, sentada en la única silla que había en el locutorio, esperaba a Fauchelevent.
El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda. La priora, que estaba pasando las cuentas de un rosario, levantó la vista y le dijo:
‑¡Ah!, ¿sois vos, tío Fauvent?
Tal era la abreviación adoptada en el convento.
-Aquí estoy, reverenda madre.
-Tengo que hablaros.
-Y yo por mi parte ‑dijo Fauchelevent con una audacia que le asombraba a él mismo‑, tengo también que decir alguna cosa a la muy reverenda madre.
La priora le miró.
‑¡Ah!, ¿tenéis que comunicarme algo?
‑Una súplica.
‑Pues bien, hablad.
El bueno de Fauchelevent tenía mucho aplomo. En los dos años y algo más que llevaba en el convento, se había granjeado el afecto de la comunidad. Viejo, cojo, casi ciego, probablemente un poco sordo, ¡qué cualidades! Difícilmente se le hubiera podido
reemplazar.
El pobre, con la seguridad del que se ve apreciado, empezó a formular frente de la reverenda priora una arenga de campesino bastante difusa y muy profunda. Habló largamente de su edad, de sus enfermedades, del peso de los años que contaban doble para él, de
las exigencias crecientes del trabajo, de la extensión del jardín, de las malas noches que pasaba, como la última, por ejemplo, en que había tenido que cubrir con estera los melones para evitar el efecto de la luna, y concluyó por decir que tenía un hermano (la priora hizo un movimiento), un hermano nada de joven (segundo movimiento de la priora, pero ahora de tranquilidad); que si se le permitía
podría ir a vivir con él y ayudarlo; que era un excelente jardinero; que la comunidad podría aprovecharse de sus buenos servicios, más útiles que los suyos; que de otra manera, si no se admitía a su hermano, él que era el mayor y se sentía cansado a inútil para el trabajo, se vería obligado a irse; y que su hermano tenía una nieta que llevaría consigo, y que se educaría en Dios en el
convento, y podría, ¿quien sabe?, ser religiosa un día.
Cuando hubo acabado, la priora interrumpió el paso de las cuentas del rosario por entre los dedos y le dijo:
‑¿Podríais conseguiros de aquí a la noche una barra fuerte de hierro?
-¿Para qué?
-Para que sirva de palanca.
‑Sí, reverenda madre ‑respondió Fauchelevent. Tío Fauvent, ¿habéis entrado en el coro de la capilla alguna vez?
‑Dos o tres veces.
‑Se trata de levantar una piedra.
‑¿Pesada?
‑La losa del suelo que está junto al altar. La madre Ascensión, que es fuerte como un hombre, os ayudará. Además, tendréis una palanca.
‑Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda. ‑Las cuatro madres cantoras os ayudarán.
‑¿Y cuando esté abierta la cripta?
‑Será preciso volver a cerrarla.
‑¿Nada más?
‑Sí.
‑Dadme vuestras órdenes, reverenda madre.
‑Fauvent, tenemos confianza en vos.
‑Estoy aquí para obedecer.
-Y para callar.
‑Sí, reverenda madre.
‑Cuando esté abierta la bóveda...
‑La volveré a cerrar.
‑Pero antes...
‑¿Qué, reverenda madre?
‑Es preciso bajar algo.
Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un gesto con el labio inferior que parecía indicar duda, lo rompió:
‑¿Tío Fauvent?
-¿Reverenda madre?
‑¿Sabéis que esta mañana ha muerto una madre?
‑No.
‑¿No habéis oído la campana?
‑En el jardín no se oye nada.
‑¿De veras?
-Apenas distingo yo mi toque.
‑Ha muerto al romper el día. Ha sido la madre Crucifixión, una bienaventurada. La madre Crucifixión en vida hacía muchas conversiones; después de la muerte hará milagros.
‑¡Los hará! ‑contestó Fauchelevent.
-Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión. Su muerte ha sido preciosa, hemos visto el paraíso con ella.
Fauchelevent creyó que concluía una oración, y dijo:
-Amén.
-Tío Fauvent, es preciso cumplir la voluntad de los muertos. Por otra parte, ésta es más que una muerta, es una santa.
‑Como vos, reverenda madre.
‑Dormía en su ataúd desde hace veinte años, con la autorización expresa de nuestro Santo Padre Pío VII. Tío Fauvent, la madre Crucifixión será sepultada en el ataúd en que ha dormido durante veinte años.
‑Es justo.
‑Es una continuación del sueño.
‑¿La encerraré en ese ataúd?
‑Sí.
‑¿Y dejaremos a un lado la caja de las pompas fúnebres?
‑Precisamente.
‑Estoy a las órdenes de la reverendísima comunidad.
‑Las cuatro madres cantoras os ayudarán.
‑¿A clavar la caja? No las necesito.
‑No, a bajarla.
‑¿Adónde?
A la cripta.
¿Qué cripta?
‑Debajo del altar.
Fauchelevent dio un brinco.
‑¡A la cripta debajo del altar!
‑Debajo del altar.
‑Pero...
‑Llevaréis una barra de hierro.
‑Sí, pero...
‑Levantaréis la piedra metiendo la barra en el anillo.
‑Pero...
‑Debemos obedecer a los muertos. El deseo supremo de la madre Crucifixión ha sido ser enterrada en su ataúd y debajo del altar de la capilla, no ir a tierra profana; morar muerta en el mismo sitio en que ha rezado en vida. Así nos lo ha pedido, es decir,
nos lo ha mandado.
‑Pero eso está prohibido.
-Prohibido por los hombres; ordenado por Dios.
‑¿Y si se llega a saber?
-Tenemos confianza en vos.
‑¡Oh! Yo soy como una piedra de esa pared.
‑Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales, a quienes acabo de consultar, y que aún están deliberando, han decidido que, conforme a sus deseos, la madre Crucifixión sea enterrada en su ataúd y debajo del altar. ¡Figuraos, tío Fauvent, si se
llegasen a hacer milagros aquí! ¡Qué gloria en Dios para la comunidad! Los milagros salen de los sepulcros.
‑Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad...
La priora tomó aliento y, volviéndose a Fauchelevent, le dijo:
‑Tío Fauvent, ¿está acordado?
‑Está acordado, reverenda madre.
-¿Puedo contar con vos?
‑Obedeceré.
‑Está bien. Cerraréis el ataúd, las hermanas lo llevarán a la capilla, rezarán el oficio de difuntos y después volverán al claustro. A las once y media vendréis con vuestra barra de hierro, y todo se hará en el mayor secreto. En la capilla no habrá
nadie más que las cuatro madres cantoras, la madre Ascensión y vos.
‑¿Reverenda madre?
‑¿Qué, tío Fauvent?
-¿Ha hecho ya su visita habitual el médico de los muertos?
‑La hará hoy a las cuatro. Se ha dado el toque que manda llamarle.
‑Reverenda madre, ¿todo está arreglado ya?
‑No.
‑¿Pues qué falta?
‑Falta la caja vacía.
Esto produjo una pausa. Fauchelevent meditaba, la priora meditaba.
-Tío Fauvent, ¿qué haremos del ataúd?
‑Lo enterraremos.
‑¿Vacío?
Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda ese gesto que parece dar por terminada una cuestión enfadosa.
‑Reverenda madre, yo soy el que ha de clavar la caja en el depósito de la iglesia; nadie puede entrar allí más que yo, y yo cubriré el ataúd con el paño mortuorio.
‑Sí, pero los mozos, al llevarlo al carro y al bajarlo a la fosa, se darán cuenta en seguida que no tiene nada dentro.
‑¡Ah, dia...! ‑exclamó Fauchelevent.
La priora se santiguó y miró fijamente al jardinero. El blo se le quedó en la garganta.
Se apresuró a improvisar una salida para hacer olvidar el juramento.
‑Echaré tierra en la caja y hará el mismo efecto que si llevara dentro un cuerpo.
-Tenéis razón. La tierra y el hombre son una misma cosa. ¿De modo que arreglaréis el ataúd vacío?
‑Lo haré.
La fisonomía de la priora, hasta entonces turbada y sombría, se serenó. El jardinero se dirigió hacia la puerta. Cuando iba a salir, la priora elevó suavemente la voz.
-Tío Fauvent, estoy contenta de vos. Mañana, después del entierro, traedme a vuestro hermano, y decidle que lo acompañe la niña.
Fauchelevent estaba perplejo. Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar a su choza del jardín. Al ruido que hizo Fauchelevent al abrir la puerta, se volvió Jean Valjean.
‑¿Y qué?
‑Todo está arreglado, y nada está arreglado ‑contestó Fauchelevent‑. Tengo ya permiso para entraros; pero antes es preciso que salgáis. Aquí está el atasco. En cuanto a la niña, es fácil.
‑¿La llevaréis?
‑¿Se callará?
-Yo respondo.
‑Pero, ¿y vos, señor Magdalena? Y hay otra cosa que me atormenta. He dicho que llenaré la caja de tierra, y ahora pienso que llevando tierra en vez de un cuerpo no se confundirá, sino que se moverá, se correrá; los hombres se darán cuenta.
Jean Valjean lo miró atentamente, creyendo que deliraba.
Fauchelevent continuó:
-¿Cómo di... antre vais a salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho mañana! Porque mañana os he de presentar; la priora os espera.
Entonces explicó a Jean Valjean que esto era una recompensa por un servicio que él, Fauchelevent, hacía a la comunidad. Y le relató su entrevista con la priora. Pero no podía traer de fuera al señor Magdalena, si el señor Magdalena no salía.
Aquí estaba la primera dificultad, pero después había otra, el ataúd vacío.
‑¿Qué es eso del ataúd vacío? ‑preguntó Jean Valjean.
Fauchelevent respondió:
‑El ataúd de la administración.
‑¿Qué ataúd y qué administración?
‑Cuando muere una monja viene el médico del Ayuntamiento y dice "Ha muerto una monja". El gobierno envía un ataúd, y al día siguiente un carro fúnebre y sepultureros que cogen el ataúd y lo llevan al cementerio. Vendrán los sepultureros y
levantarán la caja y no habrá nada dentro.
‑¡Pues meted cualquier cosa! Un vivo, por ejemplo.
‑¿Un vivo? No lo tengo.
-Yo ‑dijo Jean Valjean.
Fauchelevent que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado un petardo debajo de la silla.
‑¡Ah!, os reís; no habláis con seriedad.
‑Hablo muy en serio. ¿No es necesario salir de aquí?
‑Sin duda. .
‑Os he dicho que busquéis también para mí una cesta y una tapa.
‑¿Y qué?
‑La cesta será de pino y la tapa un paño negro. Se trata de salir de aquí sin ser visto. ¿Cómo se hace todo? ¿Dónde está ese ataúd?
‑¿El que está vacío?
‑Sí.
-Allá en lo que se llama la sala de los muertos. Está sobre dos caballetes y bajo el paño mortuorio.
‑¿Qué longitud tiene la caja?
‑Seis pies.
‑¿Quién clava el ataúd?
-Yo.
‑¿Quién pone el paño encima?
-Yo.
-¿Vos solo?
‑Ningún otro hombre, excepto el médico forense, puede entrar en el salón de los muertos. Así está escrito en la pared.
‑¿Y podríais esta noche, cuando todos duermen en el convento, ocultarme en esa sala?
‑No, pero puedo ocultaros en un cuartito oscuro que da a la sala de los muertos, donde guardo mis útiles de enterrar, y cuya llave tengo.
‑¿A qué hora vendrá mañana el carro a buscar el ataúd?
-A eso de las tres de la tarde. El entierro se hace en el cementerio Vaugirard un poco antes de anochecer y no está muy cerca.
‑Estaré escondido en el cuartito de las herramientas toda la noche y toda la mañana. ¿Y qué comeré? Tendré hambre.
‑Yo os llevaré algo.
‑Podéis ir a encerrarme en el ataúd a las dos.
Fauchelevent retrocedió chasqueando los dedos.
‑¡Pero eso es imposible!
‑¿Qué? ¿Tomar un martillo y clavar los clavos en una madera?
Lo que parecía imposible a Fauchelevent, era simple para Jean Valjean, que había encarado peores desafíos para sus evasiones.
Además, este recurso de reclusos lo fue también de emperadores. Pues, si hemos de creer al monje Agustín Castillejo, éste fue el medio de que se valió Carlos V, después de su abdicación, para ver por última vez a la Plombes, para hacerla entrar y salir del
monasterio de Yuste.
Fauchelevent, un poco más tranquilizado, preguntó:
‑Pero, ¿cómo habéis de respirar?
-Ya respiraré.
‑¡En aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo.
‑Buscaréis una barrena, haréis algunos agujeritos alrededor del sitio donde coincida la boca, y clavaréis sin apretar la tapa.
‑¡Bueno! ¿Y si os ocurre toser o estornudar?
‑El que se escapa no tose ni estornuda.
Luego añadió:
-Tío Fauchelevent, es preciso decidirse; o ser descubierto aquí o salir en el carro fúnebre.
‑La verdad es que no hay otro medio.
‑Lo único que me inquieta es lo que sucederá en el cementerio.
‑Pues eso es justamente lo que me tiene a mí sin cuidado ‑dijo Fauchelevent‑. Si tenéis seguridad de poder salir de la caja, yo la tengo de sacaros de la fosa. El enterrador es un borracho amigo mío, Mestienne. El enterrador mete a los muertos
en la fosa, y yo meto al enterrador en mi bolsillo. Voy a deciros lo que sucederá. Llegamos un poco antes de la noche, tres cuartos de hora antes de que cierren la verja del cementerio. El carro llega hasta la sepultura, y yo lo sigo porque es mi obligación. Llevaré un martillo, un formón y tenazas en el bolsillo. Se detiene el carro; los mozos atan una cuerda al ataúd y os bajan a la sepultura. El
cura reza las oraciones, hace la señal de la cruz, echa agua bendita y se va. Me quedo yo solo con Mestienne, que es mi amigo, como os he dicho. Y entonces sucede una de dos cosas: o está borracho, o no lo está. Si no está borracho, le digo: Ven a echar una copa mientras está aún abierto el bar. Me lo llevo, y lo emborracho; no es difícil emborrachar a Mestienne, porque siempre tiene ya principios de
borrachera; lo dejo bajo la mesa, tomo su cédula para volver a entrar en el cementerio, y regreso solo. Entonces ya no tenéis que ver más que conmigo. En el otro caso, si ya está borracho, le digo: Anda; yo haré lo trabajo. Se va y os saco del agujero.
Jean Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó hacia ella con tierna efusión.
‑Está convenido, Fauchelevent. Todo saldrá bien.
-"Con tal de que nada se descomponga ‑pensó Fauchelevent‑. ¡Qué horrible sería!"
Todo sucedió como dijera Fauchelevent, y el viejo jardinero se fue cojeando tras la carroza, muy contento. Sus dos complots, uno con las religiosas y el otro con el señor Magdalena, habían sido un éxito. En cuanto se deshizo del enterrador, el viejo jardinero
se inclinó hacia la fosa y dijo en voz baja:
‑¡Señor Magdalena!
Nadie respondió. Fauchelevent tembló. Se dejó caer en la fosa más bien que bajó, se echó sobre el ataúd y gritó:
-¿Estáis ahí?
Continuó el silencio. Fauchelevent, casi sin respiración, sacó el formón y el martillo, a hizo saltar la tapa de la caja. El rostro de Jean Valjean estaba pálido y con los ojos cerrados. Fauchelevent sintió que se le erizaban los cabellos; se puso de pie y
se apoyó de espaldas en la pared de la fosa.
‑¡Está muerto! ‑murmuró.
Entonces el pobre hombre se puso a sollozar.
‑¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena! Se ha ahogado, bien lo decía yo. Y está muerto este hombre bueno, el más bueno de todos los hombres. No puede ser. ¡Señor Magdalena! ¡Señor alcalde! ¡Salid de ahí, por favor!
Se inclinó otra vez a mirar a Jean Valjean y retrocedió bruscamente todo lo que se puede retroceder en una sepultura. Jean Valjean tenía los ojos abiertos y lo miraba.
Ver una muerte es una cosa horrible, pero ver una resurrección no lo es menos. Fauchelevent se quedó petrificado, pálido, confuso, rendido por el exceso de las emociones, sin saber si tenía que habérselas con un muerto o con un vivo.
-Me dormí ‑dijo Jean Valjean.
Y se sentó. Fauchelevent cayó de rodillas.
‑¡Qué susto me habéis dado! ‑exclamó.
Jean Valjean estaba sólo desmayado. El aire puro le devolvió el conocimiento.
-Tengo frío ‑dijo.
‑¡Salgamos pronto de aquí! ‑dijo Fauchelevent.
Cogió él la pala y Jean Valjean el azadón, y enterraron el ataúd vacío. Caía la noche. Se fueron por el mismo camino que había llevado el carro fúnebre. No tuvieron contratiempos; en un cementerio una pala y un azadón son el mejor pasaporte. Cuando llegaron
a la verja, Fauchelevent, que llevaba en la mano la cédula del enterrador, la echó en la caja, el guarda tiró de la cuerda, se abrió la puerta y salieron.
‑¡Qué bien resultó todo! ¡Habéis tenido una idea magnífica, señor Magdalena! ‑dijo Fauchelevent.
Una hora después, en la oscuridad de la noche, dos hombres y una niña se presentaban en el número 62 de la calle Picpus. El más viejo de los dos cogió el aldabón y llamó.
Eran Fauchelevent, Jean Valjean y Cosette.
Los dos hombres habían ido a buscar a la niña a casa de la frutera, donde la había dejado Fauchelevent la víspera. Cosette había pasado esas veinticuatro horas sin comprender nada y temblando en silencio. Temblaba tanto, que no había llorado, no había
comido ni dormido. La pobre frutera le había hecho mil preguntas sin conseguir más respuesta que una mirada triste, siempre la misma. Cosette no había dejado traslucir nada de lo que había oído y visto en los dos últimos días. Adivinaba que estaba atravesando una crisis y que era necesario ser prudente. ¡Quién no ha experimentado el terrible poder de estas tres palabras pronunciadas en cierto
tono al oído de un niño aterrado: "¡No digas nada!" El miedo es mudo. Por otra parte, nadie guarda tan bien un secreto como un niño.
Fauchelevent era del convento y sabía la contraseña. Todas las puertas se abrieron. Así se resolvió el doble y difícil problema: salir y entrar. La priora, con el rosario en la mano, los esperaba ya, acompañada de una madre vocal con el velo echado sobre
la cara. Una débil luz aclaraba apenas el locutorio. La priora examinó a Jean Valjean. Nada escudriña tanto como unos ojos bajos. Después le preguntó:
‑¿Sois el hermano?
‑Sí, reverenda madre ‑respondió Fauchelevent.
‑¿Cómo os llamáis?
Fauchelevent respondió:
‑Ultimo Fauchelevent.
Había tenido, en efecto, un hermano llamado Ultimo, que había muerto.
‑¿De dónde sois?
Fauchelevent respondió:
‑De Picquigny, cerca de Amiens.
-¿Qué edad tenéis?
Fauchelevent respondió:
‑Cincuenta años.
‑¿Qué oficio?
Fauchelevent respondió:
-Jardinero.
‑¿Sois buen cristiano?
Fauchelevent respondió:
‑Todos lo son en nuestra familia.
-¿Es vuestra esta niña?
Fauchelevent respondió:
‑Sí, reverenda madre.
-¿Sois su padre?
Fauchelevent respondió:
‑Su abuelo.
La madre vocal dijo entonces a la priora:
‑Responde bien.
Jean Valjean no había pronunciado una sola palabra.
La priora miró a Cosette con atención, y dijo a media voz a la madre vocal:
‑Será fea.
Las dos religiosas hablaron algunos minutos en voz baja en el rincón del locutorio, y después volvió a su asiento la priora y dijo:
-Tío Fauvent, buscaréis otra rodillera con campanilla. Ahora hacen falta dos.
Y así fue que al día siguiente se oían dos campanillas en el jardín. Jean Valjean estaba ya instalado formalmente; tenía su rodillera de cuero y su campanilla; se llamaba Ultimo Fauchelevent. La causa más eficaz de su admisión había sido esta observación de
la priora sobre Cosette: "Será fea". Así que la priora dio este pronóstico, tomó simpatía a Cosette, y la admitió en el colegio como alumna sin pago.
Cosette continuó guardando silencio en el convento. Se creía hija de Jean Valjean; y como por otra parte nada sabía, nada podía contar. Se acostumbró muy pronto al colegio; al entrar de educanda, tuvo que ponerse el traje de las colegialas de la casa. Jean
Valjean consiguió que le devolvieran los vestidos que usaba, es decir, el mismo traje de luto con que la vistió cuando la sacó de las garras de los Thenardier. El traje no estaba aún muy usado; Jean Valjean lo guardó en una maletita con mucho alcanfor y otros aromas que abundaban en los claustros.
El convento era para Jean Valjean como una isla rodeada de abismos; aquellos cuatro muros eran el mundo para él. Tenía bastante cielo para estar tranquilo, y tenía a Cosette para ser feliz. Empezó, pues, para él una vida muy grata.
Trabajaba todos los días en el jardín, y era muy útil. Había sido en su juventud podador, y sabía mucho de jardinería. Las religiosas lo llamaban el otro Fauvent.
En las horas de recreo, miraba desde lejos cómo jugaba y reía Cosette, y distinguía su risa de las de las demás. Porque ahora Cosette reía.
Dios tiene sus caminos: el convento contribuía, como Cosette, a mantener y completar en Jean Valjean la obra del obispo. Mientras no se había comparado más que con el obispo, se había creído indigno, y había sido humilde; pero desde que, hacía algún
tiempo, se comparaba con los hombres, había principiado a nacer en él el orgullo. ¿Quién sabe si tal vez, y poco a poco, habría concluido por volver al odio?
El convento lo detuvo en esta pendiente.
Algunas veces se apoyaba en la pala, y descendía lentamente por la espiral sin fin de la meditación. Recordaba a sus antiguos compañeros, y su gran miseria. Vivían sin nombre; sólo eran conocidos por números; estaban casi convertidos en cifras, y vivían
en la vergüenza, con los ojos bajos, la voz queda, los cabellos cortados, y recibiendo golpes.
Después su espíritu se dirigía a los seres que tenía ante la vista.
Estos seres vivían también con los cabellos cortados, los ojos bajos, la voz queda, , no en la vergüenza, pero sí en medio de la burla del mundo. Los otros eran hombres; éstos eran mujeres. ¿Y qué habían hecho aquellos hombres? Habían robado, violado,
saqueado, asesinado. Eran bandidos, falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas. ¿Y qué habían hecho estas mujeres? Nada.
Cuando pensaba en estas cosas se abismaba su espíritu en el misterio de la sublimidad.
En estas meditaciones desaparecía el orgullo. Dio toda clase de vueltas sobre sí mismo y reconoció que era malo y lloró muchas veces. Todo lo que había sentido su alma en seis meses lo llevaba de nuevo a las santas máximas del obispo, Cosette por el amor, el
convento por la humildad.
Algunas veces a la caída de la tarde, en el crepúsculo, a la hora en que el jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del paseo que costeaba la capilla, delante de la ventana por donde había mirado la primera noche, vuelto hacia el sitio en que
sabía que la hermana que hacía el desagravio estaba prosternada en oración. Rezaba arrodillado ante esa monja. Parecía que no se atrevía a arrodillarse directamente delante de Dios.
Todo lo que lo rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores embalsamadas, aquellas niñas dando gritos de alegría, aquellas mujeres graves y sencillas, aquel claustro silencioso, lo penetraban lentamente, y poco a poco su alma iba adquiriendo el silencio del claustro, el perfume de las flores, la paz del jardín, la ingenuidad de las monjas y la alegría de las niñas. Además, recordaba que precisamente dos casas de Dios lo habían acogido en los momentos críticos de su vida; la primera cuando todas las puertas se le cerraban y lo rechazaba la sociedad humana; la segunda, cuando la sociedad humana volvía a perseguirlo, y el presidio volvía a llamarlo; sin la primera, hubiera caído en el crimen; sin la segunda, en el suplicio. Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más. Muchos años pasaron así; Cosette iba creciendo.