LIBRO TERCERO

Cumplimiento de una promesa

I

Montfermeil

Montfermeil en 1823 no era más que una aldea entre bosques. Era un sitio tranquilo y agradable, cuyo único problema era que escaseaba el agua y era preciso ir a buscarla bastante lejos, en los estanques del bosque. El bodeguero Thenardier pagaba medio sueldo por cubo de agua a un hombre que tenía este oficio y que ganaba en esto ocho sueldos al día: pero este hombre sólo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y hasta las cinco en el invierno, y cuando llegaba la noche, el que no tenía agua para beber, o iba a buscarla, o se pasaba sin ella.

Esto es lo que aterraba a la pequeña Cosette. La pobre niña servía de criada a los Thenardier y ella era la que iba a buscar agua cuando faltaba. Así es que, espantada con la idea de ir a la fuente por la noche, cuidaba de que no faltara nunca en la casa.

La Navidad del año 1823 fue particularmente brillante en Montfermeil. El principio del invierno había sido templado y no había helado ni nevado. Los charlatanes y feriantes que habían llegado de París obtuvieron del alcalde el permiso para colo­car sus tiendas en la calle ancha de la aldea, y hasta en la callejuela del Boulanger donde estaba el bodegón de los Thenardier. Toda aquella gente llenaba las posadas y tabernas, y daba al pueblo una vida alegre y ruidosa.

En la noche misma de Navidad, muchos carre­teros y vendedores bebían alrededor de una mesa con cuatro o cinco velas de sebo en la sala baja del bodegón de Thenardier, quien conversaba con sus parroquianos. Su mujer vigilaba la cena.

Cosette se hallaba en su puesto habitual, sen­tada en el travesaño de la mesa de la cocina junto a la chimenea; la pobre niña estaba vestida de harapos, tenía los pies desnudos metidos en zue­cos, y a la luz del fuego tejía medias de lana destinadas a las hijas de Thenardier. Debajo de las sillas jugaba un gato pequeño. En la pieza conti­gua se oían las voces de Eponina y Azelma que reían y charlaban. De vez en cuando se oía desde el interior de la casa el grito de un niño de muy tierna edad. Era una criatura que la mujer de Thenardier había tenido en uno de los inviernos anteriores, sin saber por qué, según decía ella, y que tendría unos tres años. La madre lo había criado pero no lo quería. Y el pobre niño abando­nado lloraba en la oscuridad.

II

Dos retratos completos

En este libro no se ha visto aún a los Thenardier más que de perfil; ha llegado el momento de mirarlos por todas sus fases.

Thenardier acababa de cumplir los cincuenta años; su esposa frisaba los cuarenta.

La mujer de Thenardier era alta, rubia, colorada, gorda, grandota y ágil. Ella hacía todo en la casa; las camas, los cuartos, el lavado, la comida, a lluvia, el buen tiempo, el diablo. Por única criada tenía a Cosette, un ratoncillo al servicio de un elefante. Todo temblaba al sonido de su voz, los vidrios, los muebles y la gente. Juraba como un carretero, y se jactaba de par­tir una nuez de un puñetazo. Esta mujer no amaba más que a sus hijas y no temía más que a su marido.

Thenardier era un hombre pequeño, delgado, pálido, anguloso, huesudo, endeble, que parecía enfermizo pero que tenía excelente salud. Poseía la mirada de una zorra y quería dar la imagen de un intelectual. Era astuto y equilibrado; silencioso o charlatán según la ocasión, y muy inteligente. jamás se emborrachaba; era un estafador redoma­do, un genial mentiroso.

Pretendía haber servido en el ejército y conta­ba con toda clase de detalles que en Waterloo, siendo sargento de un regimiento, había luchado solo contra un escuadrón de Húsares de la Muer­te, y había salvado en medio de la metralla a un general herido gravemente. De allí venía el nom­bre de su taberna, "El Sargento de Waterloo", y la enseña pintada por él mismo. No tenía más que un pensamiento: enrique­cerse. Y no lo conseguía. A su gran talento le faltaba un teatro digno. Thenardier se arruinaba en Montfermeil y, sin embargo, este perdido hu­biera llegado a ser millonario en Suiza o en los Pirineos; mas el posadero tiene que vivir allí don­de la suerte lo pone.

En aquel 1823 Thenardier se hallaba endeu­dado en unos mil quinientos francos de pago urgente. Cosette vivía en medio de esta pareja repug­nante y terrible, sufriendo su doble presión como una criatura que se viera a la vez triturada por una piedra de molino y hecha trizas por unas tenazas. El hombre y la mujer tenían cada uno su modo diferente de martirizar. Si Cosette era moli­da a golpes, era obra de la mujer; si iba descalza en el invierno era obra del marido.

Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, frota­ba, barría, sudaba, cargaba con las cosas más pe­sadas; y débil como era se ocupaba de los traba­jos más duros. No había piedad para ella; tenía un ama feroz y un amo venenoso. La pobre niña sufría y callaba.

III

Vino para los hombres y agua a los caballos

Llegaron cuatro nuevos viajeros.

Cosette pensaba tristemente que estaba oscuro ya, que había sido preciso llenar los jarros y las botellas en los cuartos de los viajeros recién llega­dos, y que no quedaba ya agua en la vasija. Lo que la tranquilizaba un poco era que en la casa de Thenardier no se bebía mucha agua. No faltaban personas que tuvieran sed, pero de esa sed que se aplaca más con el vino que con el agua. De pronto uno de los mercaderes ambulantes hospedados en el bodegón dijo con voz dura:

-A mi caballo no le han dado de beber.

‑Sí, por cierto ‑dijo la mujer de Thenardier.

‑Os digo que no ‑contestó el mercader.

Cosette había salido de debajo de la mesa.

‑¡Oh, sí, señor! ‑dijo‑. El caballo ha bebido, y ha bebido en el cubo que estaba lleno, yo misma le he dado de beber, y le he hablado.

Esto no era cierto. Cosette mentía.

-Vaya una muchacha que parece un pajarillo y que echa mentiras del tamaño de una casa –dijo el mercader‑. Te digo que no ha bebido, tunan­tuela. Cuando no bebe, tiene un modo de reso­plar que conozco perfectamente.

Cosette insistió, añadiendo con una voz en­ronquecida por la angustia:

‑¡Pero si ha bebido! ¡Y con qué ganas!

‑Bueno, bueno ‑replicó el hombre, enfadado‑; que den de beber a mi caballo y concluyamos.

Cosette volvió a meterse debajo de la mesa.

-Tiene razón ‑dijo la Thenardier‑; si el animal no ha bebido, es preciso que beba.

Después miró a su alrededor.

-Y bien, ¿dónde está ésa?

Se inclinó y vio a Cosette acurrucada al otro extremo de la mesa casi debajo de los pies de los bebedores.

‑¡Ven acá! ‑gritó furiosa.

Cosette salió de la especie de agujero en que se hallaba metida. La Thenardier continuó:

‑Señorita perro‑sin‑nombre, vaya a dar de be­ber a ese caballo.

‑Pero, señora ‑dijo Cosette, débilmente‑, si no hay agua.

La Thenardier abrió de par en par la puerta de la calle.

‑Pues bien, ve a buscarla.

Cosette bajó la cabeza, y fue a tomar un cubo vacío que había en el rincón de la chimenea. El cubo era más grande que ella y la niña habría podido sentarse dentro, y aun estar cómoda. La Thenardier volvió a su fogón y probó con una cuchara de palo el contenido de la cacerola, gruñendo al mismo tiempo:

‑Oye tú, monigote, a la vuelta comprarás un pan al panadero. Ahí tienes una moneda de quin­ce sueldos.

Cosette tenía un bolsillo en uno de los lados del delantal; tomó la moneda sin decir palabra, la guardó en aquel bolsillo y salió.

IV

Entrada de una muñeca en escena

Frente a la puerta de los Thenardier se había instalado una tienda de juguetes relumbrante de lentejuelas, de abalorios y vidrios de colores. De­lante de todo había puesto el tendero una inmen­sa muñeca de cerca de dos pies de altura, vestida con un traje color rosa, con espigas doradas en la cabeza, y que tenía pelo verdadero y ojos de vidrio esmaltado. Esta maravilla había sido duran­te todo el día objeto de la admiración de los mirones de menos de diez años, sin que hubiera en Montfermeil una madre bastante rica o bastan­te pródiga para comprársela a su hija. Eponina y Azelma habían pasado horas enteras contemplán­dola y hasta la misma Cosette, aunque es cierto que furtivamente, se había atrevido a mirarla.

En el momento en que Cosette salió con su cubo en la mano, por triste y abrumada que estu­viera, no pudo menos que alzar la vista hacia la prodigiosa muñeca, hacia la "reina", como ella la llamaba. La pobre niña se quedó petrificada; no había visto todavía tan de cerca como entonces la muñeca. Toda la tienda le parecía un palacio; la muñeca era la alegría, el esplendor, la riqueza, la dicha, que aparecían como una especie de brillo quimérico ante aquel pequeño ser, enterrado tan profundamente en una miseria fúnebre y fría. Co­sette se decía que era preciso ser reina, o a lo menos princesa para tener una cosa así. Contem­plaba el bello vestido rosado, los magníficos cabe­llos alisados y decía para sí: "¡Qué feliz debe ser esa muñeca!" Sus ojos no podían separarse de aquella tienda fantástica; cuanto más miraba más se deslumbraba; creía estar viendo el paraíso. En esta adoración lo olvidó todo, hasta la comisión que le habían encargado. De pronto la bronca voz de la Thenardier la hizo volver en sí. Había echado una mirada a la calle y vio a Cosette en éxtasis.

‑¡Cómo, flojonazá! ¿No lo has ido todavía? ¡Es­pera! ¡Allá voy yo! ¿Qué tienes tú que hacer ahí? ¡Vete, pequeño monstruo!

Cosette echó a correr con su cubo a toda la velocidad que podía.

V

La niña sola

Como la taberna de Thenardier se hallaba en la parte norte de la aldea, tenía que ir Cosette por el agua a la fuente del bosque que estaba por el lado de Chelles.

Ya no miró una sola tienda de juguetes. Cuanto más andaba más espesas se volvían las tinieblas. Pero mientras vio casas y paredes por los lados del camino, fue bastante animada. De vez en cuando veía luces a través de las rendijas de una ventana; allí había gente, y esto la tranquilizaba. Sin embargo, a medida que avanzaba iba ami­norando el paso maquinalmente. No era ya Mont­fermeil lo que tenía delante, era el campo, el espacio oscuro y desierto. Miró con desesperación aquella oscuridad. Arrojó una mirada lastimera ha­cia delante y hacia atrás. Todo era oscuridad. Tomó el camino de la fuente y echó a correr. Entró en el bosque corriendo, sin mirar ni escuchar nada. No detuvo su carrera hasta que le faltó la respiración, aunque no por eso interrumpió su marcha. No dirigía la vista ni a la derecha ni a la izquierda, por temor de ver cosas horribles en las ramas y entre la maleza. Llorando llegó a la fuente.

Buscó en la oscuridad con la mano izquierda una encina inclinada hacia el manantial, que ha­bitualmente le servía de punto de apoyo; encon­tró una rama, se agarró a ella, se inclinó y metió el cubo en el agua. Mientras se hallaba inclinada así no se dio cuenta de que el bolsillo de su delantal se vaciaba en la fuente. La moneda de quince sueldos cayó al agua. Cosette no la vio ni la oyó caer. Sacó el cubo casi lleno, y lo puso sobre la hierba. Hecho esto quedó abrumada de cansancio. Sintió frío en las manos, que se le habían mojado al sacar el agua, y se levantó. El miedo se apoderó de ella otra vez, un miedo natural a insuperable. No tuvo más que un pen­samiento, huir; huir a todo escape por medio del campo, hasta las casas, hasta las ventanas, hasta las luces encendidas. Su mirada se fijó en el cubo que tenía delante. Tal era el terror que le inspiraba la Thenardier, que no se atrevió a huir sin el cubo de agua. Cogió el asa con las dos manos, y le costó trabajo levantarlo.

Así anduvo unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno, pesaba mucho, y tuvo que dejarlo en tierra. Respiró un instante, después volvió a coger el asa y echó a andar: esta vez anduvo un poco más. Pero se vio obligada a detenerse todavía. Después de algunos segundos de reposo, conti­nuó su camino. Andaba inclinada hacía adelante, y con la cabeza baja como una vieja. Quería acortar la duración de las paradas an­dando entre cada una el mayor tiempo posible. Pensaba con angustia que necesitaría más de una hora para volver a Montfermeil, y que la Thenar­dier le pegaría. Al llegar cerca de un viejo castaño que conocía, hizo una parada mayor que las otras para descansar bien; después reunió todas sus fuerzas, volvió a coger el cubo y echó a andar nuevamente.

‑¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ‑exclamó, abruma­da de cansancio y de miedo.

En ese momento sintió de pronto que el cubo ya no pesaba. Una mano, que le pareció enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba vigorosa­mente. Cosette, sin soltarlo, alzó la cabeza y vio una gran forma negra, derecha y alta, que camina­ba a su lado en la oscuridad. Era un hombre que había llegado detrás de ella sin que lo viera.

Hay instintos para todos los encuentros de la vida. La niña no tuvo miedo.

VI

Cosette con el desconocido en la oscuridad

Hacia las seis de la tarde de ese mismo día, un hombre descendía en Chelles del coche que hacía el viaje París‑Lagny, y se iba por la senda que lleva a Montfermef, como quien se conoce bien el cami­no. Pero en lugar de entrar en el pueblo, se internó en el bosque. Una vez allí, se fue caminando des­pacio, mirando con atención los árboles, como si buscara algo y siguiera una ruta sólo por él conoci­da. Por fin llegó a un claro donde había gran cantidad de piedras. Se dirigió con rapidez a ellas y las examinó cuidadosamente, como si les pasara revista. A pocos pasos de las piedras, se alzaba un árbol enorme lleno de esas especies de verrugas que tienen los troncos viejos.

Frente a este árbol, que era un fresno, había un castaño con una parte de su tronco descortezado, al que habían clavado como parche una faja de zinc.

Tocó el parche y luego dio de patadas a la tierra alrededor del árbol, como para asegurarse de que no había sido removida. Después de esto, prosiguió su camino por el bosque. Este era el hombre que acababa de encontrar­se con Cosette. Se había dado cuenta que se trata­ba de una niña pequeña y se le acercó y tomó silenciosamente su cubo.

El hombre le dirigió la palabra. Hablaba con una voz grave y baja.

‑Hija mía, lo que llevas ahí es muy pesado para ti.

Cosette alzó la cabeza y respondió:

‑Sí, señor.

‑Dame ‑continuó el hombre‑, yo lo llevaré.

Cosette soltó el cubo. El hombre echó a andar junto a ella.

-En efecto, es muy pesado ‑dijo entre dientes.

Luego añadió:

‑¿Qué edad tienes, pequeña?

‑Ocho años, señor.

‑¿Y vienes de muy lejos así?

‑De la fuente que está en el bosque.

-¿Y vas muy lejos?

A un cuarto de hora largo de aquí.

El hombre permaneció un momento sin hablar; después dijo bruscamente:

¿No tienes madre?

‑No lo sé ‑respondió la niña.

Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo para tomar la palabra, añadió:

‑No lo creo. Las otras, sí; pero yo no la tengo.

Y después de un instante de silencio, conti­nuó:

‑Creo que no la he tenido nunca.

El hombre se detuvo, dejó el cubo en tierra, se inclinó, y puso las dos manos sobre los hom­bros de la niña, haciendo un esfuerzo para mirarla y ver su rostro en la oscuridad.

-¿Cómo lo llamas? ‑preguntó.

‑Cosette.

El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Volvió a mirarla, cogió el cubo y echó a andar.Al cabo de un instante preguntó:

-¿Dónde vives, niña?

‑En Montfermeil.

Volvió a producirse otra pausa, y luego el hombre continuó:

‑¿Quién lo ha enviado a esta hora a buscar agua al bosque?

La señora Thenardier.

El hombre replicó en un tono que quería es­forzarse por hacer indiferente, pero en el cual había un temblor singular:

-¿Quién es esa señora Thenardier?

‑Es mi ama ‑dijo la niña‑. Tiene una posada.

‑¿Una posada? ‑dijo el hombre‑. Pues bien, allá voy a dormir esta noche. Llévame.

El hombre andaba bastante de prisa. La niña lo seguía sin trabajo; ya no sentía el cansancio; de vez en cuando alzaba los ojos hacia él con una especie de tranquilidad y de abandono inexplica­ble. Jamás le habían enseñado a dirigirse a la Providencia y orar: sin embargo, sentía en sí una cosa parecida a la esperanza y a la alegría, y que se dirigía hacia el Cielo. Pasaron algunos minutos. El hombre continuó:

‑¿No hay criada en casa de esa señora Thenardier?

‑No, señor.

‑¿Eres tú sola?

‑Sí, señor.

Volvió a haber otra interrupción. Luego Cosette dijo:

‑Es decir, hay dos niñas, Eponina y Azelma, las hijas de la señora Thenardier.

‑¿Y qué hacen?

‑¡Oh! ‑dijo la niña‑, tienen muñecas muy bo­nitas y muchos juguetes. juegan y se divierten.

‑¿Todo el día?

‑Sí, señor.

-¿Y tú?

¡Yo trabajo.

‑¿Todo el día?

Alzó la niña sus grandes ojos, donde había una lágrima que no se veía a causa de la oscuri­dad, y respondió blandamente:

‑Sí, señor.

Después de un momento de silencio prosi­guió:

-Algunas veces, cuando he concluido el traba­jo y me lo permiten, me divierto también.

‑¿Cómo lo diviertes?

-Como puedo. Me dan permiso; pero no ten­go muchos juguetes. Eponina y Azelma no quie­ren que juegue con sus muñecas, y no tengo más que un pequeño sable de plomo, así de largo.

La niña señalaba su dedo meñique.

‑¿Y que no corta?

-Sí, señor ‑dijo la niña‑; corta ensalada y ca­bezas de moscas.

Llegaron a la aldea; Cosette guió al desconoci­do por las calles. Pasaron por delante de la panadería, pero Cosette no se acordó del pan que debía llevar.

Al ver el hombre todas aquellas tiendas al aire libre, preguntó a Cosette:

‑¿Hay feria aquí?

‑No, señor, es Navidad.

Cuando ya se acercaban al bodegón, Cosette le tocó el brazo tímidamente.

‑¡Señor!

‑¿Qué, hija mía?

‑Ya estamos junto a la casa.

-Y bien...

‑¿Queréis que tome yo el cubo ahora? Por­que si la señora ve que me lo han traído me pegará.

El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban a la puerta de la taberna.

VII

Inconvenientes de recibir a un pobre que tal vez es un rico

Cosette no pudo menos de echar una mirada de reojo hacia la muñeca grande que continuaba ex­puesta en la tienda de juguetes. Después llamó; se abrió la puerta y apareció la Thenardier con una vela en la mano.

‑¡Ah! ¿Eres tú, bribonzuela? ¡Mira el tiempo que has tardado! Se habrá estado divirtiendo la muy holgazana como siempre.

‑Señora ‑dijo Cosette temblando‑, aquí hay un señor que busca habitación.

La Thenardier reemplazó al momento su aire gruñón por un gesto amable, cambio visible muy propio de los posaderos, y buscó ávidamente con la vista al recién llegado.

-¿Es el señor? ‑dijo.

‑Sí, señora ‑respondió el hombre llevando la mano al sombrero.

Los viajeros ricos no son tan atentos. Esta acti­tud y la inspección del traje y del equipaje del forastero, a quien la Thenardier pasó revista de una ojeada, hicieron desaparecer la amable mue­ca, y reaparecer el gesto avinagrado. Le replicó, pues, secamente:

‑Entrad, buen hombre.

El "buen hombre" entró. La Thenardier le echó una segunda mirada; examinó particularmente su abrigo entallado y amarillento que no podía estar más raído, y su sombrero algo abollado; y con un movimiento de cabeza, un fruncimiento de nariz y una guiñada de ojos, consultó a su marido, que continuaba bebiendo con los carreteros. El marido respondió con una imperceptible agitación del ín­dice, que quería decir: "Que se largue". Recibida esta contestación, la Thenardier exclamó:

‑Lo siento mucho, buen hombre, pero no hay habitación.

‑Ponedme donde queráis ‑dijo el hombre‑, en el granero, o en la cuadra. Pagaré como si ocupara un cuarto.

‑Cuarenta sueldos.

‑¿Cuarenta sueldos? Sea.

‑¡Cuarenta sueldos! ‑murmuró por lo bajo un carretero a Thenardier‑; ¡si no son más que veinte sueldos!

-Para él son cuarenta ‑replicó la Thenardier, en el mismo tono‑. Yo no admito pobres por menos.

Entretanto el recién llegado, después de haber dejado sobre un banco su paquete y su bastón, se había sentado junto a una mesa, en la que Cosette se apresuró a poner una botella de vino y un vaso.

La niña volvió a ocupar su sitio debajo de la mesa de la cocina, y se puso a tejer. El hombre la contemplaba con atención extraña.

Cosette era fea, aunque si hubiese sido feliz, habría podido ser linda. Tenía cerca de ocho años y representaba seis. Sus grandes ojos hundidos en una especie de sombra estaban casi apagados a fuerza de llorar. Los extremos de su boca tenían esa curvatura de la angustia habitual que se obser­va en los condenados y en los enfermos desahu­ciados. Toda su vestimenta consistía en un harapo que hubiera dado lástima en verano, y que inspi­raba horror en el invierno. La tela que vestía esta­ba llena de agujeros. Se le veía la piel por varias partes, y por doquiera se distinguían manchas azu­les o negras, que indicaban el sitio donde la The­nardier la había golpeado. Su mirada, su actitud, el sonido de su voz, sus intervalos entre una y otra palabra, su silencio, su menor gesto, expresa­ban y revelaban una sola idea: el miedo.

De súbito la Thenardier dijo:

-A propósito, ¿y el pan?

Cosette, según era su costumbre cada vez que la Thenardier levantaba la voz, salió en seguida de debajo de la mesa.

Había olvidado el pan completamente. Re­currió, pues, al recurso de los niños asustados. Mintió.

‑Señora, el panadero tenía cerrado.

‑¿Por qué no llamaste?

‑Llamé, señora.

¿Y qué?

‑No abrió.

‑Mañana sabré si es verdad ‑dijo la Thenar­dier‑, y si mientes, verás lo que lo espera. Ahora, devuélveme la moneda de quince sueldos.

Cosette metió la mano en el bolsillo de su delantal, y se puso lívida. La moneda de quince sueldos ya no estaba allí.

-Vamos ‑dijo la Thenardier‑, ¿me has oído?

Cosette dio vuelta el bolsillo: estaba vacío. ¿Qué había sido del dinero? La pobre niña no halló una palabra para explicarlo. Estaba petrificada.

‑¿Has perdido acaso los quince sueldos? ‑au­lló la Thenardier‑. ¿O me los quieres robar?

Al mismo tiempo alargó el brazo hacia un látigo colgado en el rincón de la chimenea.

Aquel ademán terrible dio a Cosette fuerzas para gritar:

‑¡Perdonadme, señora; no lo haré más!

La Thenardier tomó el látigo.

Entretanto, el hombre del abrigo amarillento había metido los dedos en el bolsillo, sin que nadie lo viera, ocupados como estaban los demás viajeros en beber o jugar a los naipes.

Cosette se acurrucaba con angustia en el rin­cón de la chimenea, procurando proteger de los golpes sus pobres miembros medio desnudos. La Thenardier levantó el brazo.

‑Perdonad, señora ‑dijo el hombre‑; pero vi caer una cosa del bolsillo del delantal de esa chica, y ha venido rodando hasta aquí. Quizá será la moneda perdida.

Al mismo tiempo se inclinó y pareció buscar en el suelo un instante.

Aquí está justamente ‑continuó, levantándose.

Y dio una moneda de plata a la Thenardier.

‑Sí, ésta es ‑dijo ella.

No era aquélla sino una moneda de veinte sueldos; pero la Thenardier salía ganando. La guar­dó en su bolsillo y se limitó a echar una mirada feroz a la niña diciendo:

‑¡Cuidado con que lo suceda otra vez!

Cosette volvió a meterse en lo que la Thenar­dier llamaba su perrera y su mirada, fija en el viajero desconocido, tomó una expresión que no había tenido nunca, mezcla de una ingenua admi­ración y de una tímida confianza.

‑¿Quién será este hombre? ‑se decía la mujer entre dientes‑. Algún pobre asqueroso. No tiene un sueldo para cenar. ¿Me pagará siquiera la habi­tación? Con todo, suerte ha sido que no se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que estaba en el suelo.

En eso se abrió una puerta, y entraron Azelma y Eponina, dos niñas muy lindas, alegres y sanas, y vestidas con buenas ropas gruesas.

Se sentaron al lado del fuego. Tenían una mu­ñeca a la que daban vueltas y más vueltas sobre sus rodillas, jugando y cantando. De vez en cuan­do alzaba Cosette la vista de su trabajo, y las miraba jugar con expresión lúgubre.

De pronto la Thenardier advirtió que Cosette en vez de trabajar miraba jugar a las niñas.

‑¡Ah, ahora no me lo negarás! ‑exclamó‑. ¡Es así como trabajas! ¡Ahora lo haré yo trabajar a latigazos!

El desconocido, sin dejar su silla, se volvió hacia la Thenardier.

‑Señora ‑dijo sonriéndose casi con timidez‑. ¡Dejadla jugar!

‑Es preciso que trabaje, puesto que come ‑replicó ella, con acritud‑. Yo no la alimento por nada.

-¿Pero qué es lo que hace? ‑continuó el des­conocido con una dulce voz que contrastaba ex­trañamente con su traje de mendigo.

La Thenardier se dignó responder:

‑Está tejiendo medias para mis hijas que no las tienen, y que están con las piernas desnudas.

El hombre miró los pies morados de la pobre Cosette, y continuó:

‑¿Y cuánto puede valer el par de medias, des­pués de hecho?

‑Lo menos treinta sueldos.

‑Compro ese par de medias ‑dijo el hombre, y añadió sacando del bolsillo una moneda de cinco francos y poniéndola sobre la mesa‑, y lo pago.

Después dijo volviéndose hacia Cosette:

-Ahora el trabajo es mío. Juega, hija mía.

Uno de los carreteros se impresionó tanto al oír hablar de una moneda de cinco francos, que vino a verla.

‑¡Y es verdad ‑dijo‑, no es falsa!

La Thenardier se mordió los labios, y su rostro tomó una expresión de odio.

Entretanto Cosette temblaba. Se arriesgó a pre­guntar:

‑¿Es verdad, señora? ¿Puedo jugar?

‑¡Juega! ‑dijo la Thenardier, con voz terrible.

‑Gracias, señora ‑dijo Cosette.

Y mientras su boca daba gracias a la Thenar­dier, toda su alma se las daba al viajero.

Eponina y Azelma no ponían atención alguna a lo que pasaba. Acababan de dejar de lado la muñeca y envolvían al gato, a pesar de sus mau­llidos y sus contorsiones, con unos trapos y unas cintas rojas y azules.

Así como los pájaros hacen un nido con todo, los niños hacen una muñeca con cualquier cosa. Mientras Eponina y Azelma envol­vían al gato, Cosette por su parte había envuel­to su sablecito de plomo, lo acostó en sus brazos y cantaba dulcemente para dormirlo. Como no tenía muñeca, se había hecho una muñeca con el sable.

La Thenardier se acercó al hombre amarillo, como lo llamaba para sí. Mi marido tiene razón, pensaba. ¡Hay ricos tan raros!

-Ya veis, señor ‑dijo‑, yo quiero que la niña juegue, no me opongo, pero es preciso que trabaje.

‑¿No es vuestra esa niña?

‑¡Oh, Dios mío! No, señor; es una pobrecita que recogimos por caridad; una especie de idiota. Hacemos por ella lo que podemos, porque no somos ricos. Por más que hemos escrito a su pueblo, hace seis meses que no nos contestan. Pensamos que su madre ha muerto.

‑¡Ah! ‑dijo el hombre, y volvió a quedar pen­sativo.

De pronto Cosette vio la muñeca de las hijas de la Thenardier abandonada a causa del gato y dejada en tierra a pocos pasos de la mesa de cocina.

Entonces dejó caer el sable, que sólo la satis­facía a medias, y luego paseó lentamente su mira­da alrededor de la sala. La Thenardier hablaba en voz baja con su marido y contaba dinero; Eponina y Azelma jugaban con el gato, los viajeros comían o bebían o cantaban y nadie se fijaba en ella. No había un momento que perder; salió de debajo de la mesa, se arrastró sobre las rodillas y las manos, llegó con presteza a la muñeca y la cogió. Un instante después estaba otra vez en su sitio, senta­da, inmóvil, vuelta de modo que diese sombra a la muñeca que tenía en los brazos. La dicha de jugar con una muñeca era tan poco frecuente para ella, que tenía toda la violencia de una vo­luptuosidad.

Nadie la había visto, excepto el viajero.

Esta alegría duró cerca de un cuarto de hora. Pero por mucha precaución que tomara Cosette, no vio que uno de los pies de la muñeca sobresa­lía, y que el fuego de la chimenea lo alumbraba con mucha claridad. Azelma lo vio y se lo mostró a Eponina. Las dos niñas quedaron estupefactas. ¡Cosette se había atrevido a tomar la muñeca!

Eponina se levantó, y sin soltar el gato se acercó a su madre, y empezó a tirarle el vestido.

‑Déjame ‑dijo la madre‑. ¿Qué quieres?

‑Madre ‑dijo la niña, señalando a Cosette con el dedo‑, ¡mira!

Esta, entregada al éxtasis de su posesión, no veía ni oía nada.

El rostro de la Thenardier adquirió una expre­sión terrible. Gritó con una voz enronquecida por la indignación:

‑¡Cosette!

Cosette se estremeció como si la tierra hubiera temblado bajo sus pies, y volvió la cabeza.

‑¡Cosette! ‑repitió la Thenardier.

Tomó Cosette la muñeca, y la puso suavemen­te en el suelo con una especie de veneración y de doloroso temor; después, las lágrimas que no ha­bía podido arrancarle ninguna de las emociones del día, acudieron a sus ojos, y rompió a llorar.

Entretanto, el viajero se había levantado.

-¿Qué pasa? ‑preguntó a la Thenardier.

‑¿Es que no veis? ¡Esa miserable se ha permiti­do tocar la muñeca de mis hijas con sus asquero­sas manos sucias!

Aquí redobló Cosette sus sollozos.

‑¿Quieres callar? ‑gritó la Thenardier.

El hombre se fue derecho a la puerta de la calle, la abrió y salió.

Apenas hubo salido, aprovechó la Thenardier su ausencia para dar a Cosette un feroz puntapié por debajo de la mesa, que la hizo gritar.

La puerta volvió a abrirse, y entró otra vez el hombre; llevaba en la mano la fabulosa muñeca de la juguetería, y la puso delante de Cosette, diciendo:

-Toma, es para ti.

Cosette levantó los ojos; vio ir al hombre ha­cia ella con la muñeca como si hubiera sido el sol; oyó las palabras inauditas: "para ti"; lo miró, miró la muñeca, después retrocedió lentamente y fue a ocultarse al fondo de la mesa. Ya no lloraba ni gritaba; parecía que ya no se atrevía a respirar. La Thenardier, Eponina y Azelma eran otras tantas estatuas. Los bebedores mismos se habían callado. En todo el bodegón se hizo un silencio solemne. El tabernero examinaba alternativamente al viajero y a la muñeca. Se acercó a su mujer, y dijo en voz baja:

‑Esa muñeca cuesta lo menos treinta francos. No hagamos tonterías: de rodillas delante de ese hombre.

-Vamos, Cosette ‑dijo entonces la Thenardier con una voz que quería dulcificar, y que se com­ponía de esa miel agria de las mujeres malas‑, ¿no tomas lo muñeca?

Cosette se aventuró a salir de su agujero.

‑Querida Cosette ‑continuó la Thenardier con tono cariñoso‑; el señor lo da una muñeca. Tóma­la. Es tuya.

Cosette miraba la muñeca maravillosa con una especie de terror. Su rostro estaba aún inundado de lágrimas; pero sus ojos, como el cielo en el crepúsculo matutino, empezaban a llenarse de las extrañas irradiaciones de la alegría.

‑¿De veras, señor? ‑murmuró‑. ¿Es verdad? ¿Es mía "la reina"?

El desconocido parecía tener los ojos llenos de lágrimas y haber llegado a ese extremo de emoción en que no se habla para no llorar. Hizo una señal con la cabeza. Cosette cogió la muñeca con violencia.

‑La llamaré Catalina ‑dijo.

Fue un espectáculo extraño aquél, cuando los harapos de Cosette se estrecharon con las cintas rosadas de la muñeca.

Cosette colocó a Catalina en una silla, después se sentó en el suelo delante de ella, y permaneció inmóvil, sin decir una palabra, en actitud de con­templación.

-Juega, pues, Cosette ‑dijo el desconocido.

‑¡Oh! Estoy jugando ‑respondió la niña.

La Thenardier se apresuró a mandar acostar a sus hijas, después pidió al hombre permiso para que se retirara Cosette. Y Cosette se fue a acostar llevándose a Catalina en brazos.

Horas después, Thenardier llevó al viajero a un cuarto del primer piso.

Cuando Thenardier lo dejó solo, el hombre se sentó en una silla, y permaneció algún tiempo pensativo. Después se quitó los zapatos, tomó una vela y salió del cuarto, mirando a su alrede­dor como quien busca algo. Oyó un ruido muy leve parecido a la respiración de un niño. Se dejó conducir por este ruido, y llegó a una especie de hueco triangular practicado debajo de la escalera. Allí entre toda clase de cestos y trastos viejos, entre el polvo y las telarañas, había un jergón de paja lleno de agujeros, y un cobertor todo roto. No tenía sábanas, y estaba echado por tierra. En esta cama dormía Cosette.

El hombre se acercó y la miró un rato. Cosette dormía profundamente, y estaba vestida. En in­vierno no se desnudaba para tener menos frío. Tenía abrazada la muñeca, cuyos grandes ojos abiertos brillaban en la oscuridad. Al lado de su cama no había más que un zueco.

Una puerta que había al lado de la cueva de Cosette dejaba ver una oscura habitación bastante grande. El desconocido entró en ella. En el fondo se veían dos camas gemelas muy blancas; eran las de Azelma y Eponina. Detrás de las camas, había una cuna donde dormía el niño a quien había oído llorar toda la tarde.

Al retirarse pasó frente a la chimenea, donde había dos zapatitos de niña, de distinto tamaño. El desconocido recordó la graciosa e inmemorial cos­tumbre de los niños que ponen sus zapatos en la chimenea la noche de Navidad esperando encon­trar allí un regalo de alguna hada buena. Eponina y Azelma no habían faltado a esta costumbre, y cada una había puesto uno de sus zapatos en la chimenea.

El viajero se inclinó hacia ellos. El hada, es decir, la madre, había hecho ya su visita y se veía brillar en cada zapato una magnífica moneda de diez sueldos, nuevecita.

Ya se iba cuando vio escondido en el fondo, en el rincón más oscuro de la chimenea, otro obje­to. Miró, y vio que era un zueco, un horrible zueco de la madera más tosca, medio roto, y todo cubier­to de ceniza y barro seco. Era el zueco de Cosette. Cosette, con esa tierna confianza de los niños, que puede engañarlos siempre sin desanimarlos jamás, había puesto también su zueco en la chimenea.

La esperanza es una cosa dulce y sublime en una niña que sólo ha conocido la desesperación. En el zueco no había nada.

El viajero buscó en el bolsillo de su chaleco y puso en el zueco de Cosette un Luis de oro.Después se volvió en puntillas a su habita­ción.

VIII

Thenardier maniobra

Al día siguiente, lo menos dos horas antes de que amaneciera, Thenardier, sentado junto a una mesa en la sala baja de la taberna, con una pluma en la mano, y alumbrado por la luz de una vela, hizo la cuenta del viajero del abrigo amarillento.

‑¡Y no lo olvides que hoy saco de aquí a Cosette a patadas! -gruñó su mujer‑. ¡Monstruo! ¡Me come el corazón con su muñeca! ¡Preferiría casarme con Luis XVIII a tenerla en casa un día.

Thenardier encendió su pipa y respondió en­tre dos bocanadas de humo:

‑Entregarás al hombre esta cuenta.

Después salió.

Apenas había puesto el pie fuera de la sala cuando entró el viajero. Thenardier se devolvió y permaneció inmóvil en la puerta entreabierta, visi­ble sólo para su mujer.

El hombre llevaba en la mano su bastón y su paquete.

‑¡Levantado ya, tan temprano! ‑dijo la Thenar­dier‑. ¿Acaso el señor nos deja?

El viajero parecía pensativo y distraído. Res­pondió:

‑Sí, señora, me voy.

La Thenardier le entregó la cuenta doblada.

El hombre desdobló el papel y lo miró; pero su atención estaba indudablemente en otra parte.

‑Señora ‑continuó‑, ¿hacéis buenos negocios en Montfermeil?

‑Más o menos no más, señor ‑respondió la Thenardier, con acento lastimero‑: ¡Ay, los tiem­pos están muy malos! ¡Tenemos tantas cargas! Mi­rad, esa chiquilla nos cuesta los ojos de la cara, esa Cosette; la Alondra, como la llaman en el pueblo.

‑¡Ah! ‑dijo el hombre.

La Thenardier continuó:

-Tengo mis hijas. No necesito criar los hijos de los otros.

El hombre replicó con una voz que se esforza­ba en hacer indiferente y que, sin embargo, le temblaba:

‑¿Y si os libraran de ella?

‑¡Ah señor!, ¡mi buen señor! ¡Tomadla, lleváos­la, conservadla en azúcar, en trufas; bebéosla, co­méosla, y que seáis bendito de la Virgen Santísima y de todos los santos del paraíso!

‑Convenido entonces.

‑¿De veras? ¿Os la lleváis?

-Me la llevo.

-¿Ahora?

-Ahora mismo. Llamadla.

‑¡Cosette! ‑gritó la Thenardier.

‑Entretanto ‑prosiguió el hombre‑, voy a pa­garos mi cuenta. ¿Cuánto es?

Echó una ojeada a la cuenta, y no pudo repri­mir un movimiento de sorpresa.

‑¡Veintitrés francos!

Miró a la tabernera y repitió:

‑¿Veintitrés francos?

‑¡Claro que sí, señor! Veintitrés francos.

El viajero puso sobre la mesa cinco monedas de cinco francos.

En ese momento Thenardier irrumpió en me­dio de la sala, y dijo:

‑El señor no debe más que veintiséis sueldos.

‑¡Veintiséis sueldos! ‑dijo la mujer

-Veinte sueldos por el cuarto ‑continuó fría­mente Thenardier‑ y seis sueldos por la cena. Y en cuanto a la niña, necesito hablar un poco con el señor. Déjanos solos.

Apenas estuvieron solos, Thenardier ofreció una silla al viajero. Este se sentó; Thenardier per­maneció de pie, y su rostro tomó una expresión de bondad y de sencillez.

‑Señor ‑dijo‑, mirad, tengo que confesaros que yo adoro a esa niña. ¿Qué me importa todo ese dinero? Guardaos vuestras monedas de cien sueldos. No quiero dar a nuestra pequeña Cosette. Me haría falta. No tiene padre ni madre; yo la he criado. Es cierto que nos cuesta dinero, pero, en fin, hay que hacer algo por amor a Dios. Y quiero tanto a esa niña, si la hemos criado como a hija nuestra.

El desconocido lo miraba fijamente. Thenardier continuó:

‑No se da un hijo así como así al primero que viene; quisiera saber adónde la llevaréis, quisiera no perderla de vista, saber a casa de quién va, para ir a verla de vez en cuando.

El desconocido, con esa mirada que penetra, por decirlo así, hasta el fondo de la conciencia, le respondió con acento grave y firme:

‑Señor Thenardier, si me llevo a Cosette, me la llevaré y nada más. Vos no sabréis mi nombre, ni mi dirección, ni dónde ha de ir a parar, y mi intención es que no os vuelva a ver en su vida. ¿Os conviene? ¿Sí, o no?

Lo mismo que los demonios y los genios co­nocían en ciertas señales la presencia de un Dios superior, comprendió Thenardier que tenía que habérselas con uno más fuerte que él. Calculó que era el momento de ir derecho y pronto al asunto.

‑Señor ‑dijo‑, necesito mil quinientos francos.

El viajero sacó de su bolsillo una vieja cartera de cuero de donde extrajo algunos billetes de Banco que puso sobre la mesa. Después apoyó su ancho pulgar sobre estos billetes, y dijo al tabernero:

‑Haced venir a Cosette.

Un instante después entraba Cosette en la sala baja.

El desconocido tomó el paquete que había llevado, y lo desató. Este paquete contenía un vestidito de lana, un delantal, un chaleco, un pa­ñuelo, medias de lana y zapatos, todo de color negro.

‑Hija mía ‑dijo el hombre‑, toma esto, y ve a vestirte en seguida.

El día amanecía cuando los habitantes de Montfermeil, que empezaban a abrir sus puertas, vieron pasar a un hombre vestido pobre­mente que llevaba de la mano a una niña de luto, con una muñeca color de rosa en los bra­zos.

Cosette iba muy seria, abriendo sus grandes ojos y contemplando el cielo. Había puesto el luís en el bolsillo de su delantal nuevo. De vez en cuando se inclinaba y le arrojaba una mirada, después miraba al desconocido. Se sentía como si estuviera cerca de Dios.

 

IX

El que busca lo mejor puede hallar lo peor

Luego que el hombre y Cosette se marcharan, Thenardier dejó pasar un cuarto de hora largo; después llamó a su mujer, y le mostró los mil quinientos francos.

‑¡Nada más que eso! ‑dijo la mujer.

Era la primera vez desde su casamiento, que se atrevía a criticar un acto de su marido.

El golpe fue certero.

‑En realidad tienes razón ‑dijo Thenardier‑, soy un imbécil. Dame el sombrero. Los alcanzaré.

Los encontró a buena distancia del pueblo, a la entrada del bosque.

‑Perdonad, señor ‑dijo respirando apenas‑, pero aquí tenéis vuestros mil quinientos francos.

El hombre alzó los ojos.

‑¿Qué significa esto?

Thenardier respondió respetuosamente:

‑Señor, esto significa que me vuelvo a quedar con Cosette.

Cosette se estremeció y se estrechó más y más contra el hombre.

‑¿Volvéis a quedaros con Cosette?

‑Sí, señor ‑dijo Thenardier‑. Lo he pensado bien. Yo, francamente, no tengo derecho a dáros­la. Soy un hombre honrado, ya lo veis. Esa niña no es mía, es de su madre. Su madre me la confió, y no puedo entregarla más que a ella. Me diréis que la madre ha muerto. Bueno. En ese caso sólo puedo entregar la niña a una persona que me traiga un papel firmado por la madre, en el que se me mande entregar la niña a esa perso­na. Eso está claro.

El hombre, sin responder, metió la mano en el bolsillo y Thenardier pensó que aparecería la vieja cartera con más billetes de Banco. Sintió un estre­mecimiento de alegría. Abrió el hombre la cartera, sacó de ella, no el paquete de billetes que espera­ba Thenardier, sino un simple papelito que desdo­bló y presentó abierto al bodegonero, diciéndole

‑Tenéis razón, leed.

Tomó el papel Thenardier, y leyó

"M., 25 de marzo de 1823.

"Señor Thenardier: Entregaréis a Cosette al portador. Se os pagarán todas las pequeñas deudas. Tengo el honor de enviaros mis respetos. FANTI­NA".

-¿Conocéis esa firma? ‑continuó el hombre.

En efecto, era la firma de Fantina. Thenardier la reconoció.

No había nada que replicar.

Thenardier se entregó.

‑Esta firma está bastante bien imitada ‑mur­muró entre dientes‑. En fin, ¡sea!

Después intentó un esfuerzo desesperado.

‑Señor ‑dijo‑, está bien, puesto que sois la persona enviada por la madre. Pero es preciso pagarme todo lo que se me debe, que no es poco.

El hombre contestó:

‑Señor Thenardier, en enero la madre os de­bía ciento veinte francos; en febrero habéis recibi­do trescientos francos, y otros trescientos a princi­pios de marzo. Desde entonces han pasado nueve meses, que a quince francos, según el precio con­venido, son ciento treinta y cinco francos. Habíais recibido cien francos de más; se os quedaban a deber, por consiguiente, treinta y cinco francos, y por ellos os acabo de dar mil quinientos.

Sintió entonces Thenardier lo que siente el lobo en el momento en que se ve mordido y cogido en los dientes de acero del lazo.

‑Señor‑sin‑nombre ‑dijo resueltamente y de­jando esta vez a un lado todo respeto‑, me volve­ré a quedar con Cosette, o me daréis mil escudos.

El viajero, cogiendo su garrote, dijo tranquila­mente:

-Ven, Cosette.

Thenardier notó la enormidad del garrote y la soledad del lugar.

Se internó el desconocido en el bosque con la niña, dejando al tabernero inmóvil y sin saber qué hacer. Los siguió, pero no pudo impedir que lo viera. El hombre lo miró con expresión tan sombría que Thenardier juzgó inútil ir más adelante, y se vol­vió a su casa.

X

Vuelve a aparecer el número 9.430

Jean Valjean no había muerto.

Al caer al mar, o más bien al arrojarse a él, estaba como se ha visto sin cadena ni grillos. Nadó entre dos aguas hasta llegar a un buque anclado, al cual había amarrada una barca, y halló medio de ocultarse en esta embarcación hasta que vino la noche. Entonces se echó a nadar de nuevo, y llegó a tierra a poca distancia del cabo Brun. Allí, como no era dinero lo que le faltaba, pudo comprarse ropa en una tenducha especializada en vestir a reos evadidos. Después Jean Valjean, como todos esos tristes fugitivos que tratan de despistar a la policía, siguió un itinerario oscuro y ondulante. Estuvo en los Altos Alpes, luego en los Pirineos y después en diversos lugares. Por fin llegó a París, y lo acabamos de ver en Montfermeil.

Lo primero que hizo al llegar a París fue com­prar vestidos de luto para una niña de siete a ocho años, y luego buscó donde vivir. Hecho esto, fue a Montfermef. Recordemos que durante su primera evasión hizo también un viaje misterio­so por esos alrededores.

Se le creía muerto, circunstancia que espesaba en cierto modo la sombra que lo envolvía. En París llegó a sus manos uno de los periódicos que consignaban el hecho, con lo cual se sintió más tranquilo y casi en paz como si hubiese muerto realmente.

La noche misma del día en que sacó a Cosette de las garras de los Thenardier, volvió a París con la niña.

El día había sido extraño y de muchas emo­ciones para Cosette; habían comido detrás de los matorrales pan y queso comprados en bodegones alejados de los caminos; habían cambiado de ca­rruaje muchas veces, y recorrido varios trozos de camino a pie. No se quejaba, pero estaba cansa­da, y entonces Jean Valjean la tomó en brazos; Cosette, sin soltar a Catalina, apoyó su cabeza sobre el hombro de Jean Valjean, y se durmió.