LIBRO SEPTIMO
El caso Champmathieu
I
El lector habrá adivinado que el señor Magdalena era Jean Valjean.
Ya hemos sondeado antes las profundidades de su conciencia; volvamos a sondearlas otra vez. No lo haremos sin emoción, porque no hay nada más terrible que semejante estudio.
Jean Valjean, después de la aventura de Gervasillo, fue otro hombre. El deseo del obispo se vio realizado; en el criminal se verificó algo más que una transformación, se efectuó una transfiguración.
Logró desaparecer; vendió la platería del obispo, conservando los candelabros como recuerdo. Vino a M. tranquilizado ya, con esperanzas, sin tener más que dos ideas: ocultar su nombre y santificar su vida. Huir de los hombres y volver a Dios.
Algunas veces estas dos ideas disentían; y entonces el hombre conocido como Magdalena no dudaba en sacrificar la primera a la segunda, su seguridad a su virtud. Así, a pesar de toda su prudencia, había conservado los candelabros del obispo, había llevado luto
por su muerte, había interrogado a los saboyanos que pasaban, había pedido informes sobre las familias de Faverolles, y había salvado la vida del viejo Fauchelevent, a pesar de las terribles insinuaciones de Javert.
Sin embargo, hasta entonces no le había pasado nada semejante a lo que ahora le sucedía.
Las dos ideas que gobernaban a este hombre, cuyos sufrimientos vamos relatando, no habían sostenido nunca lucha tan encarnizada. El lo comprendió confusa pero profundamente desde las primeras palabras de Javert en su escritorio. Y cuando oyó el nombre que había
sepultado bajo tan espesos velos, quedó sobrecogido de estupor, y trastornado ante tan siniestro a inesperado golpe del destino.
Al escuchar a Javert, su primer pensamiento fue ir a Arras, denunciarse, sacar a Champmathieu de la cárcel y reemplazarlo. Esta idea fue dolorosa, punzante como incisión en carne viva; pero pasó, y se dijo: "Veremos, veremos." Reprimió este primer
movimiento de generosidad y retrocedió ante el heroísmo.
Sin duda era más perfecto que, después de las santas palabras del obispo, después de una penitencia tan admirablemente empezada, ese hombre, ante una coyuntura tan terrible, no dudara un momento y marchara hacia el precipicio en cuyo fondo estaba el cielo.
Pero es preciso saber qué pasaba en su alma. En el primer momento, el instinto de conservación alcanzó la victoria; recogió sus ideas, ahogó sus emociones; consideró la presencia de Javert conociendo la magnitud del peligro; aplazó toda resolución con la
firmeza que da el espanto; confundió lo que debía hacer, y así recobró su calma, como un gladiador que recoge su escudo.
El resto del día lo pasó en el mismo estado: un torbellino por dentro y una aparente tranquilidad por fuera. Todo estaba confuso; sus ideas se agolpaban dentro de su cerebro. Sólo sabía que había recibido un gran golpe.
Fue a ver a Fantina, y prolongó su visita al lado de aquel lecho de dolor. La recomendó a las Hermanas por si llegaba el caso de tener que ausentarse. Sentía vagamente que tal vez tendría que ir a Arras; y sin haber decidido hacer este viaje, se dijo que como
estaba al abrigo de toda sospecha, que no habría inconveniente en ser testigo de lo que pasara. Pidió, por tanto, un carruaje.
Volvió a su cuarto y se concentró en sus pensamientos.
Examinó su situación y le pareció inaudita. Sintió un temor casi inexplicable, y echó cerrojo a la puerta, como si temiera que entrara algo. Después apagó la luz. Le estorbaba; creía que podrían verlo. Pero lo que quería que no entrara, ya había
entrado; lo que quería cegar, lo miraba fijamente: su conciencia. Su conciencia, es decir Dios.
Su mente había perdido la fuerza necesaria para retener las ideas, y pasaban por ella como las olas. Así transcurrió la primera hora.
Pero poco a poco empezaron a formarse y a fijarse en su meditación algunos conceptos vagos. Principió por reconocer que, por más extraordinaria y crítica que fuera esta situación, era dueño absoluto de ella. Esto no hizo sino aumentar su estupor.
Independientemente del objetivo severo y religioso que se proponía en sus acciones, todo lo que había hecho hasta aquel día no había tenido más fin que el de ahondar una fosa para enterrar en ella su nombre. Lo que siempre había temido en sus horas de
reflexión, en sus noches de insomnio, era oír pronunciar ese nombre; se decía que eso sería el fin de todo; que el día en que ese nombre reapareciera, haría desaparecer su nueva vida, y quién sabe si también su nueva alma. La sola idea de que esto ocurriera lo hacía temblar.
Y si en tales momentos le hubieran dicho que llegaría un día en que resonaría ese nombre en sus oídos; en que saldría repentinamente de las tinieblas y se erguiría delante de él; en que esa gran luz encendida para disipar el misterio que lo rodeaba
resplandecería súbitamente sobre su cabeza, pero le aseguraran que tal nombre no le amenazaría, que semejante luz no produciría sino una oscuridad más espesa, que aquel velo roto aumentaría el misterio, que aquel terremoto consolidaría su edificio; que aquel prodigioso incidente no tendría más resultado, si él quería, que hacer su existencia a la vez más clara y más impenetrable, y que
de su confrontación con el fantasma de Jean Valjean el bueno y digno ciudadano señor Magdalena saldría más tranquilo y más respetado que nunca; si alguien le hubiera dicho esto, lo habría tomado como lo más insensato que escuchara jamás.
Pues bien, todo esto acababa de suceder; toda esta acumulación de imposibles era un hecho. ¡Dios había permitido que estos absurdos se convirtieran en realidad!
Su divagación se aclaraba. Le parecía que acababa de despertar de un sueño; veía en la sombra a un desconocido a quien el destino confundía con él y lo empujaba hacia el precipicio en lugar suyo. Era preciso para que se cerrara el abismo que cayera alguien,
o él a otro. Sólo tenía que dejar que las cosas sucedieran.
La claridad llegó a ser completa en su cerebro; vio que su lugar estaba vacío en el presidio, y que lo esperaba todavía; que el robo de Gervasillo lo arrastraba a él. Se decía que en aquel momento tenía un reemplazante, y que mientras él estuviese
representado en el presidio por Champmathieu, y en la sociedad por el señor Magdalena, no tenía nada que temer, mientras no impidiera que cayera sobre la cabeza de Champmathieu esa piedra de infamia que, como la del sepulcro, cae para no volver a levantarse.
Encendió la luz.
-¿Y de qué tengo miedo? ‑se dijo‑. Estoy salvado, todo ha terminado. No había más que una puerta entreabierta por la cual podría entrar mi pasado; esa puerta queda ahora tapiada para siempre. Este Javert que me acosa hace tanto tiempo, que con
ese terrible instinto que parecía haberme descubierto me seguía a todas partes, ese perro de presa siempre tras de mí, ya está desorientado. Está satisfecho y me dejará en paz. ¡Ya tiene su Jean Valjean! Y todo ha sucedido sin intervención mía. La Providencia lo ha querido. ¿Tengo derecho a desordenar lo que ella ordena? ¿Y qué me pasa? ¡No estoy contento! ¿Qué más quiero? El fin a que
aspiro hace tantos años, el objeto de mis oraciones, es la seguridad. Y ahora la tengo, Dios así lo quiere. Y lo quiere para que yo continúe lo que he empezado, para que haga el bien, para que dé buen ejemplo, para que se diga que hubo algo de felicidad en esta penitencia que sufro. Está decidido: dejemos obrar a Dios.
De este modo se hablaba en las profundidades de su conciencia, inclinado sobre lo que podría llamarse su propio abismo. Se levantó de la silla y se puso a pasear por la habitación.
‑No pensemos más ‑dijo‑. ¡Ya tomé mi decisión!
Mas no sintió alegría alguna. Por el contrario. Querer prohibir a la imaginación que vuelva a una idea es lo mismo que prohibir al mar que vuelva a la playa.
Al cabo de pocos instantes, por más que hizo por evitarlo, continuó aquel sombrío diálogo consigo mismo.
Se interrogó sobre esta "decisión irrevocable", y se confesó que el arreglo que había hecho en su espíritu era monstruoso, porque su "dejar obrar a Dios" era simplemente una idea horrible. Dejar pasar ese error del destino y de los hombres,
no impedirlo, ayudarlo con el silencio, era una imperdonable injusticia, el colmo de la indignidad hipócrita, un crimen bajo, cobarde, abyecto, vil.
Por primera vez en ocho años acababa de sentir aquel desdichado el sabor amargo de un mal pensamiento y de una mala acción. Los rechazó y los escupió asqueado.
Y siguió cuestionándose. Reconoció que su vida tenía un objetivo, pero ¿cuál? ¿Ocultar su nombre? ¿Engañar a la policía? ¿No tenía otro objetivo su vida, el objetivo verdadero, el de salvar no su persona sino su alma, ser bueno y honrado, ser justo? ¿No
era esto lo que él había querido y lo que el obispo le había mandado? Sintió que el obispo estaba ahí con él, que lo miraba fijamente, y que si no cumplía su deber, el alcalde Magdalena con todas sus virtudes sería odioso a sus ojos, y en cambio el presidiario Jean Valjean sería un ser admirable y puro. Los hombres veían su máscara, pero el obispo veía su conciencia. Debía, por lo tanto, ir
a Arras, salvar al falso Jean Valjean y denunciar al verdadero.
¡Ah! Este era el mayor de los sacrificios, la victoria más dolorosa, el último y más difícil paso, pero era necesario darlo. ¡Cruel destino! ¡No poder entrar en la santidad a los ojos de Dios sin volver a entrar en la infamia a los ojos del mundo!
‑Esto es lo que hay que hacer ‑dijo‑. Cumplamos con nuestro deber, salvemos a ese hombre.
Ordenó sus libros, echó al fuego un paquete de recibos de comerciantes atrasados que le debían, y escribió y cerró una carta dirigida al banquero Laffitte, y la guardó en una cartera que contenía algunos billetes y el pasaporte de que se había servido
ese año para ir a las elecciones.
Volvió a pasearse.
Y entonces se acordó de Fantina.
Principió una nueva crisis.
‑¡Pero no! ‑gritó‑. Hasta ahora sólo he pensado en mí, si me conviene callarme o denunciarme, ocultar mi persona o salvar mi alma. Pero es puro egoísmo. Aquí hay un pueblo, fábricas, obreros, ancianos, niños desvalidos. Yo lo he.
creado todo, le he dado vida; donde hay una chimenea que humea yo he puesto la leña. Si desaparezco todo muere. ¿Y esa mujer que ha padecido tanto? Si yo no estoy, ¿qué pasará? Ella morirá y la niña sabe Dios qué será de ella. ¿Y si no me presento? ¿Qué sucederá si no me presento? Ese hombre irá a presidio, pero ¡qué diablos!, es un ladrón, ¿no? No puedo hacerme la ilusión de que no ha
robado: ha robado. Si me quedo aquí, en diez años ganaré diez millones; los reparto en el pueblo, yo no tengo nada mío, no trabajo para mí. Esa pobre mujer educa a su hija, y hay todo un pueblo rico y honrado. ¡Estaba loco cuando pensé en denunciarme! Debo meditarlo bien y no precipitarme. ¿Qué escrúpulos son estos que salvan a un culpable y sacrifican inocentes; que salvan a un viejo
vagabundo a quien sólo le quedan unos pocos años de vida y que no será más desgraciado en el presidio que en su casa, y sacrifican a toda una población? ¡Esa pobre Cosette que no tiene más que a mí en el mundo, y que estará en este momento tiritando de frío en el tugurio de los Thenardier! Ahora sí que estoy en la verdad; tengo la solución. Debía decidirme, y ya me he decidido. Esperemos. No
retrocedamos, porque es mejor para el interés general. Soy Magdalena, seguiré siendo Magdalena.
Se miró en el espejo que estaba encima de la chimenea, y dijo:
‑Me consuela haber tomado una resolución. Ya soy otro.
Dio algunos pasos y se detuvo de repente.
‑Hay todavía hilos que me unen a Jean Valjean, y es necesario romperlos. Hay objetos que me acusarían, testigos mudos que deben desaparecer.
Sacó una llavecita de su bolsillo, y abrió una especie de pequeño armario empotrado en la pared. Sólo había en ese cajón unos andrajos: una chaqueta gris, un pantalón viejo, un morral y un grueso palo de espino. Los que vieron a Jean Valjean en la época en
que pasó por D. en octubre de 1815, habrían reconocido fácilmente aquellas miserables vestimentas.
Las conservó, lo mismo que los candelabros de plata, para tener siempre presente su punto de partida. Pero ocultaba lo que era del presidio, y dejaba ver lo que era del obispo.
Sin mirar aquellos objetos que guardara por tantos años con tanto cuidado y riesgo, cogió harapos, palo y morral, y los arrojó al fuego.
El morral, al consumirse con los harapos que contenía, dejó ver una cosa que brillaba en la ceniza. Era una moneda de plata. Sin duda la moneda de cuarenta sueldos robada al saboyano.
Pero no miraba el fuego; se seguía paseando. De repente su vista se fijó en los dos candeleros de plata.
‑Aún está allí Jean Valjean ‑pensó‑. Hay que destruir eso.
Y tomó los candelabros. Removió el fuego con uno de ellos.
En ese momento le pareció oír dentro de sí una voz que gritaba: ¡Jean Valjean! ¡Jean Valjean!
Sus cabellos se erizaron.
‑Muy bien ‑decía la voz‑. Completa lo obra. Destruye esos candelabros. ¡Aniquila el pasado! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo todo! ¡Condena a Champmathieu! ¡Apláudete! Ya está todo resuelto; un hombre, un inocente, cuyo único crimen es
lo nombre, va a concluir sus días en la abyección y en el horror. ¡Muy bien! Sé hombre respetable, sigue siendo el señor alcalde, enriquece al pueblo, alimenta a los pobres, educa a los niños, vive feliz, virtuoso y admirado, que mientras tú estás aquí rodeado de alegría y de luz, otro usará lo chaqueta roja, llevará lo nombre en la ignominia y arrastrará lo cadena en el presidio. Sí, lo has
solucionado muy bien. ¡Ah, miserable! Oirás acá abajo muchas bendiciones, pero todas esas bendiciones caerán a tierra antes de llegar al cielo, y allá sólo llegará la maldición.
Esta voz, débil al principio, se había elevado desde lo más profundo de su conciencia y llegaba a ser ruidosa. Se aterró.
‑¿Hay alguien ahí? ‑preguntó en voz alta. Y después añadió, con una risa que parecía la de un idiota‑: ¡Qué tonto soy! ¡No puede haber nadie aquí!
Había alguien. Pero el que allí estaba no era de los que el ojo humano puede ver.
Dejó los candeleros en la chimenea. Volvió a su paseo monótono y lúgubre.
Pensó en el porvenir. ¡Denunciarse! Se pintó con inmensa desesperación todo lo que tenía que abandonar y todo lo que tenía que volver a vivir.
Tendría que despedirse de esa vida tan buena, tan pura; de las miradas de amor y agradecimiento que se fijaban en él. En vez de eso pasaría por el presidio, el cepo, la chaqueta roja, la cadena al pie, el calabozo, y todos los horrores conocidos. ¡A su edad y
después de lo que había sido! Si fuera joven todavía, pero anciano y ser tuteado por todo el mundo, humillado por el carcelero, apaleado; llevar los pies desnudos en los zapatos herrados; presentar mañana y tarde su pierna al martillo de la ronda que examina los grilletes.
¿Qué hacer, gran Dios, qué hacer?
Así luchaba en medio de la angustia aquella alma infortunada. Mil ochocientos años antes, el ser misterioso en quien se resumen toda la santidad y todos los padecimientos de la humanidad, mientras que los olivos temblaban agitados por el viento salvaje de lo
infinito, había también él apartado por un momento el horroroso cáliz que se le presentaba lleno de sombra y desbordante de tinieblas en las profundidades cubiertas de estrellas.
De pronto llamaron a la puerta de su cuarto.
Tembló de pies a cabeza, y gritó con voz terrible:
-¿Quién?
-Yo, señor alcalde.
Reconoció la voz de la portera, y dijo:
-¿Qué ocurre?
‑Señor, van a ser las cinco de la mañana y aquí está el carruaje.
-Ah, sí ‑contestó‑, ¡el carruaje!
Hubo un largo silencio. Se puso a examinar con aire estúpido la llama de la vela y a hacer pelotitas con el cerote. La portera esperó un rato hasta que se atrevió a preguntar:
‑Señor, ¿qué le digo al cochero?
‑Decidle que está bien, que ahora bajo.
Eran cerca de las ocho de la noche cuando el carruaje, después de un accidentado viaje, entró por la puerta cochera de la hostería de Arras.
El señor Magdalena descendió y entró al despacho de la posadera. Presentó su pasaporte y le preguntó si podría volver esa misma noche a M. en alguno de los coches de posta. Había precisamente un asiento desocupado y lo tomó.
‑Señor ‑dijo la posadera‑, debéis estar aquí a la una de la mañana en punto.
Salió de la posada y caminó unos pasos. Preguntó a un hombre en la calle dónde estaban los Tribunales.
‑Si es una causa que queréis ver, ya es tarde porque suelen concluir a las seis ‑dijo el hombre al indicarle la dirección.
Pero cuando llegó estaban las ventanas iluminadas. Entró.
‑¿Hay medio de entrar a la sala de audiencia? ‑preguntó al portero.
‑No se abrirá la puerta ‑fue la respuesta.
‑¿Por qué?
‑Porque está llena la sala.
‑¿No hay un solo sitio?
‑Ninguno. La puerta está cerrada y nadie puede entrar. Sólo hay dos o tres sitios detrás del señor presidente; pero allí sólo pueden sentarse los funcionarios públicos.
Y diciendo esto volvió la espalda. El viajero se retiró con la cabeza baja.
La violenta lucha que se libraba en su interior desde la víspera no había concluido; a cada momento entraba en una nueva crisis. De súbito sacó su cartera, cogió un lápiz y un papel y escribió rápidamente estas palabras: "Señor Magdalena, alcalde
de M." Se dirigió al portero, le dio el papel y le dijo con voz de mando:
‑Entregad esto al señor presidente.
El portero tomó el papel, lo miró y obedeció.
El magistrado de la audiencia que presidía el tribuna de Arras conocía, como todo el mundo, aquel nombre profunda y universalmente respetado, y dio orden al portero de que lo hiciera pasar.
Minutos después el viajero estaba en una especie de gabinete de aspecto severo, alumbrado por dos candelabros. Aún tenía en los oídos las últimas palabras del portero que acababa de dejarle: "Caballero, ésta es la sala de las deliberaciones; no tenéis
más que abrir esa puerta, y os hallaréis en la sala del tribunal, detrás del señor presidente".
Estaba solo. Había llegado el momento supremo. Trataba de recogerse en sí mismo y no podía conseguirlo. En las ocasiones en que el hombre tiene más necesidad de pensar en las realidades dolorosas de la vida, es precisamente cuando los hilos del pensamiento se
rompen en el cerebro. Se encontraba en el sitio donde los jueces deliberan y condenan. En aquel aposento en que se habían roto tantas vidas, donde iba a resonar su nombre dentro de un instante.
Poco a poco lo fue dominando el espanto. Gruesas gotas de sudor corrían por sus cabellos y bajaban por sus sienes. Hizo un gesto indescriptible, que quería decir: "¿Quién me obliga a mí'?" Abrió la puerta por donde llegara y salió. Se encontró
en un pasillo largo y estrecho. No oyó nada por ningún lado, y huyó como si lo persiguieran.
Recorrió todo el pasillo, escuchó de nuevo. El mismo silencio y la misma sombra lo rodeaban. Estaba sin aliento, temblaba; tuvo que apoyarse en la pared. Allí, solo en aquella oscuridad, meditó.
Así pasó un cuarto de hora. Por fin inclinó la cabeza, suspiró con angustia, y volvió atrás. Caminó lentamente, como bajo un gran peso, como si alguien lo hubiera cogido en su fuga y lo trajera de vuelta.
Entró de nuevo en la sala de deliberaciones. De pronto, sin saber cómo, se encontró cerca de la puerta, y la abrió.
Estaba en la sala de la audiencia.
En un extremo de la sala, justamente donde él estaba, los jueces se mordían las uñas distraídos o cerraban los párpados. En el otro extremo se situaba una multitud harapienta.
Nadie hizo caso de él. Las miradas se fijaban en un punto único, en un banco de madera que se encontraba cerca de una puertecilla a la izquierda del presidente. En aquel banco había un hombre entre dos gendarmes.
Era el acusado.
Los ojos del señor Magdalena se dirigieron allí naturalmente, como si antes hubiesen visto ya el sitio que ocupaba. Y creyó verse a sí mismo, envejecido, no el mismo rostro, pero el mismo aspecto, con esa mirada salvaje, con la chaqueta que llevaba el día que
llegó a D. lleno de odio, ocultando en su alma el espantoso tesoro de pensamientos horribles acumulados en tantos años de presidio.
Y se dijo, estremeciéndose:
‑¡Dios mío! ¿Me convertiré yo en eso?
El hombre parecía tener a lo menos sesenta años; había en su rostro un no sé qué de rudeza, de estupidez, de espanto.
Al ruido de la puerta, el presidente volvió la cabeza y saludó al señor Magdalena. El apenas lo notó. Era presa de una especie de alucinación; miraba solamente.
Hacía veintisiete años había visto lo mismo; veía reaparecer en toda su horrible realidad las escenas monstruosas de su pasado.
Se sintió horrorizado, cerró los ojos, y exclamó en lo más profundo de su alma: ¡Nunca!
Allí estaba todo, era igual, la misma hora, casi las mismas caras de los jueces, de los soldados, de los espectadores. Solamente que ahora había un crucifijo sobre la cabeza del presidente, cosa que faltaba en la época de su condena. Cuando lo juzgaron a él,
Dios estaba ausente.
Buscó a Javert y no lo encontró.
En el momento en que entró en la sala, la acusación decía que aquel hombre era un ladrón de frutas, un merodeador, un bandido, un antiguo presidiario, un malvado de los más peligrosos, un malhechor llamado Jean Valjean, a quien persigue la justicia hace mucho
tiempo.
El abogado defensor persistía en llamar Champmathieu al acusado y decía que nadie lo había visto escalar la pared ni robar la fruta. Pedía para él la corrección estipulada y no el castigo terrible de un reincidente.
El fiscal en su réplica fue violento y florido, como lo son habitualmente los fiscales.
Además de cien pruebas más ‑terminó diciendo‑, lo reconocieron cuatro testigos: el inspector de policía Javert y tres de sus antiguos compañeros de ignominia, Brevet, Chenildieu y Cochepaille.
Mientras hablaba el fiscal, el acusado escuchaba con la boca abierta, con una especie de asombro no exento de admiración. Sólo decía:
‑¡Y todo por no haberle preguntado al señor Baloup!
El fiscal hizo notar que esta aparente imbecilidad del acusado era astucia, era el hábito de engañar a la justicia. Y pidió cadena perpetua.
Llegaba el momento de cerrar el debate. El presidente mandó ponerse de pie al acusado y le hizo la pregunta de costumbre:
-¿Tenéis algo que alegar en defensa propia?
El hombre daba vueltas el gorro entre sus manos, como si no hubiera entendido.
El presidente repitió la pregunta.
Entonces pareció que el acusado la había comprendido. Dirigió la vista al fiscal, y empezó a hablar, como un torrente; las palabras se escapaban de su boca incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas.
‑Sí, tengo que decir algo. Yo he sido reparador de carretones en París y trabajé en casa del señor Baloup. Es duro mi oficio; trabajamos siempre al aire libre en patios o bajo cobertizos en los buenos talleres; pero nunca en sitios cerrados porque se
necesita mucho espacio. En el invierno pasamos tanto frío que tiene uno que golpearse los brazos para calentarse, pero eso no le gusta a los patrones, porque dicen que se pierde tiempo. Trabajar el hierro cuando están escarchadas las calles es muy duro. Así se acaban pronto los hombres, y se hace uno viejo cuando aún es joven. A los cuarenta ya está uno acabado. Yo tenía cincuenta y tres y no ganaba
más que treinta sueldos al día, me pagaban lo menos que podían; se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía una hija que era lavandera en el río. Ganaba poco, pero los dos íbamos tirando. Ella trabajaba duro también. Pasaba todo el día metida en una cubeta hasta la cintura, con lluvia y con nieve. Cuando helaba era lo mismo, tenía que lavar porque hay mucha gente que no tiene bastante ropa; y si
no lavaba perdía a los clientes. Se le mojaban los vestidos por arriba y por abajo. Volvía la pobre a las siete de la noche y se acostaba porque estaba rendida. Su marido le pegaba. Ha muerto ya. Era una joven muy buena, que no iba a los bailes, era muy tranquila, no tenéis más que preguntar. Pero, qué tonto soy. París es un remolino. ¿Quién conoce al viejo Champmathieu? Ya os dije que me conoce
el señor Baloup. Preguntadle a él. No sé qué más queréis de mí.
El hombre calló y se quedó de pie. El auditorio se echó a reír. El miró al público y, sin comprender nada, se echó a reír también.
Era un espectáculo triste.
El presidente, que era un hombre bondadoso, explicó que el señor Baloup estaba en quiebra y no pudo ser encontrado para que se presentara a testimoniar.
-Acusado ‑dijo el fiscal con severa voz‑, no habéis respondido a nada de lo que se os ha preguntado. Vuestra turbación os condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu, que sois el presidiario Jean Valjean, que sois natural de Faverolles donde
erais podador. Es evidente que habéis robado. Los señores jurados apreciarán estos hechos.
El acusado se había sentado; pero se levantó cuando terminó de hablar el fiscal, y gritó:
‑¡Vos sois muy malo, señor! Eso es lo que quería decir y no sabía cómo. Yo no he robado nada, soy un hombre que no come todos los días. Venía de Ailly, iba por el camino después de una tempestad que había asolado el campo. Al lado del camino encontré
una rama con manzanas en el suelo, y la recogí sin saber que me traería un castigo: Hace tres meses que estoy preso y que me interrogan. No sé qué decir; se habla contra mí; se me dice ¡responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el codo y me dice por lo bajo: contesta. Yo no sé explicarme; no he hecho estudios; soy un pobre. No he robado; recogí cosas del suelo. Habláis de Jean
Valjean, de Jean Mathieu, yo no los conozco; serán aldeanos. Yo trabajé con el señor Baloup. Me llamo Champmathieu. Sois muy listos al decirme donde he nacido, pues yo lo ignoro; porque no todos tienen una casa para venir al mundo, eso sería muy cómodo. Creo que mi padre y mi madre andaban por los caminos y no sé nada más. Cuando era niño me llamaban Pequeño, ahora me llama Viejo. Estos son mis
nombres de bautismo. Tomadlo como queráis, que he estado en Auvernia, que he en Faverolles, ¡qué sé yo! ¿Es imposible estado en Auvernia y en Faverolles sin haber estado antes en presidio? Os digo que no he robado y que soy el viejo Champmathieu, y que he vivido en casa del señor Baloup. Me estáis aburriendo con vuestras tonterías. ¿Por qué estáis tan enojados conmigo?
El presidente ordenó hacer comparecer a los testigos.
El portero entró con Cochepaille, Chenildieu y Brevet, todos vestidos con chaqueta roja.
‑Es Jean Valjean ‑dijeron los tres‑. Se le conocía como Jean Grúa, por lo fuerte que era.
En el público estalló un rumor que llegó hasta el jurado. Era evidente que el hombre estaba perdido.
-Ujier ‑dijo el presidente‑, imponed silencio. Voy a resumir los debates para dar por terminada la vista.
En ese momento se oyó una voz que gritaba detrás del presidente:
‑¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! ¡Mirad aquí!
Todos quedaron helados con esa voz, tan lastimoso era su acento. Las miradas se volvieron hacia el sitio de donde saliera. En el lugar destinado a los espectadores privilegiados había un hombre que acababa de levantarse y, atravesando la puertecilla que lo
separaba del tribunal, se había parado en medio de la sala. El presidente, el fiscal, veinte personas lo reconocieron y exclamaron a la vez:
‑¡El señor Magdalena!
Era él. Estaba muy pálido y temblaba ligeramente. Sus cabellos, grises aún cuando llegó a Arras, se habían vuelto completamente blancos. Había encanecido en una hora.
Se adelantó hacia los testigos y les dijo:
‑¿No me conocéis?
Los tres quedaron mudos a indicaron con un movimiento de cabeza que no lo conocían. El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y dijo con voz tranquila:
‑Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor presidente, mandad que me prendan. El hombre a quien buscáis no es ése; soy yo. Yo soy Jean Valjean.
Nadie respiraba. A la primera conmoción de asombro había sucedido un silencio sepulcral.
El rostro del presidente reflejaba simpatía y tristeza. Cambió un gesto rápido con el fiscal y luego se dirigió al público y preguntó con un acento que fue comprendido por todos:
‑¿Hay algún médico entre los asistentes? Si lo hay, le ruego que examine al señor Magdalena y lo lleve a su casa...
El señor Magdalena no lo dejó terminar la frase. Lo interrumpió con mansedumbre y autoridad.
‑Os doy gracias, señor presidente, pero no estoy loco. Estabais a punto de cometer un grave error. Dejad a ese hombre. Cumplo con mi deber al denunciarme. Dios juzga desde allá arriba lo que hago en este momento; eso me basta. Podéis prenderme, puesto que
estoy aquí. Me oculté largo tiempo con otro nombre; llegué a ser rico; me nombraron alcalde; quise vivir entre los hombres honrados, mas parece que eso es ya imposible. No puedo contaros mi vida, algún día se sabrá. He robado al obispo, es verdad; he robado a Gervasillo, también es verdad. Tenéis razón al decir que Jean Valjean es un malvado; pero la falta no es toda suya. Creedme, señores
jueces, un hombre tan humillado como yo no debe quejarse de la Providencia, ni aconsejar a la sociedad; pero la infamia de que había querido salir era muy grande; el presidio hace al presidiario. Antes de ir a la cárcel, era yo un pobre aldeano poco inteligente, una especie de idiota; el presidio me transformó. Era estúpido, me hice malvado. La bondad y la indulgencia me salvaron de la perdición a
que me había arrastrado el castigo. Pero perdonadme, no podéis comprender lo que digo. Veo que el señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: el señor Magdalena se ha vuelto loco. ¡No me creéis! Al menos, no condenéis a ese hombre. A ver, ¿esos no me conocen? Quisiera que estuviera aquí Javert, él me reconocería.
Es imposible describir la melancolía triste y serena que acompañó a estas palabras.
Volviéndose hacia los tres testigos, les dijo:
-Tú, Brevet, ¿te acuerdas de los tirantes a cuadros que tenías en el presidio?
Brevet hizo un movimiento de sorpresa, y lo miró de pies a cabeza, asustado.
‑Chenildieu, tú tienes el hombro derecho quemado porque lo tiraste un día sobre el brasero encendido, ¿no es verdad?
‑Es cierto ‑dijo Chenildieu. .
‑Cochepaille, tú tienes en el brazo izquierdo una fecha escrita en letras azules con pólvora quemada. Es la fecha del desembarco del emperador en Cannes, el primero de marzo de 1815. Levántate la manga.
Cochepaille se levantó la manga y todos miraron. Allí estaba la fecha.
El desdichado se volvió hacia el auditorio y hacia los jueces con una sonrisa que movía a compasión. Era la sonrisa del triunfo, pero también la sonrisa de la desesperación.
‑Ya veis ‑dijo‑ que soy Jean Valjean.
No había ya en el recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; no había más que ojos fijos y corazones conmovidos. Nadie se acordaba del papel que debía representar; el fiscal olvidó que estaba allí para acusar, el presidente que estaba allí para
presidir, el defensor para defender. No se hizo ninguna pregunta; no intervino ninguna autoridad. Los espectáculos sublimes se apoderan del alma, y convierten a todos los que los presencian en meros espectadores. Tal vez ninguno podía explicarse lo que experimentaba; ninguno podía decir que veía allí una gran luz, y, sin embargo, interiormente todos se sentían deslumbrados.
Era evidente que tenían delante a Jean Valjean. Su aparición había bastado para aclarar aquel asunto tan oscuro hasta algunos momentos antes. Sin necesidad de explicación alguna, aquella multitud comprendió en seguida la grandeza del hombre que se
entregaba para evitar que fuera condenado otro en su lugar.
‑No quiero molestar por más tiempo a la audiencia ‑dijo Jean Valjean‑. Me voy, puesto que no me prenden. Tengo mucho que hacer. El señor fiscal sabe quién soy y adónde voy y me mandará arrestar cuando quiera.
Se dirigió a la puerta. Ni se elevó una voz, ni se extendió un brazo para detenerlo. Todos se apartaron. Jean Valjean tenía en ese momento esa superioridad que obliga a la multitud a retroceder delante de un hombre. Pasó en medio de la gente lentamente; no se
sabe quién abrió la puerta, pero lo cierto es que estaba abierta cuando llegó a ella.
Se dirigió entonces a los presentes:
-Todos creéis que soy digno de compasión, ¿no es verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso en lo que estuve a punto de hacer, me creo dignó de envidia. Sin embargo, preferiría que nada de esto hubiera sucedido.
Una hora después, el veredicto del jurado declaraba inocente a Champmathieu, quien, puesto en libertad inmediatamente, se fue estupefacto, pensando que todos estaban locos, y sin comprender nada de lo que había visto.