LIBRO SEGUNDO

La caída

I

La noche de un día de marcha

En los primeros días del mes de octubre de 1815, como una hora antes de ponerse el sol, un hombre que viajaba a pie entraba en la pe­queña ciudad de D. Los pocos habitantes que en aquel momento estaban asomados a sus ven­tanas o en el umbral de sus casas, miraron a aquel viajero con cierta inquietud. Difícil sería hallar un transeúnte de aspecto más miserable. Era un hombre de mediana estatura, robusto, de unos cuarenta y seis a cuarenta y ocho años. Una gorra de cuero con visera calada hasta los ojos ocultaba en parte su rostro tostado por el sol y todo cubierto de sudor. Su camisa, de una tela gruesa y amarillenta, dejaba ver su velludo pecho; llevaba una corbata retorcida como una cuerda; un pantalón azul usado y roto; una vie­ja chaqueta gris hecha jirones; un morral de soldado a la espalda, bien repleto, bien cerrado y nuevo; en la mano un enorme palo nudoso, los pies sin medias, calzados con gruesos zapa­tos claveteados.

Sus cabellos estaban cortados al rape y, sin embargo, erizados, porque comenzaban a crecer un poco y parecía que no habían sido cortados hacía algún tiempo.

Nadie lo conocía. Evidentemente era forastero. ¿De dónde venía? Debía haber caminado todo el día, pues se veía muy fatigado.

Se dirigió hacia el Ayuntamiento. Entró en él y volvió a salir un cuarto de hora después. Un gen­darme estaba sentado a la puerta. El hombre se quitó la gorra y lo saludó humildemente.

Había entonces en D. una buena posada que, según la muestra, se titulaba "La Cruz de Col­bas", y hacia ella se encaminó el hombre. Entró en la cocina; todos los hornos estaban encendi­dos y un gran fuego ardía alegremente en la chimenea. El posadero estaba muy ocupado en vigilar la excelente comida destinada a unos ca­rreteros, a quienes se oía hablar y reír ruidosa­mente en la pieza inmediata. Al oír abrirse la puerta preguntó sin apartar la vista de sus cace­rolas:

‑¿Qué ocurre?

‑Cama y comida ‑dijo el hombre.

‑A1 momento ‑replicó el posadero.

Entonces volvió la cabeza, dio una rápida ojea­da al viajero, y añadió:

‑Pagando, por supuesto.

El hombre sacó una bolsa de cuero del bolsi­llo de su chaqueta y contestó:

-Tengo dinero.

‑En ese caso, al momento os atiendo.

El hombre guardó su bolsa; se quitó el morral, conservó su palo en la mano, y fue a sentarse en un banquillo cerca del fuego. Entretanto el dueño de casa, yendo y viniendo de un lado para otro, no hacía más que mirar al viajero.

‑¿Se come pronto? ‑preguntó éste.

‑En seguida ‑dijo el posadero.

 

Mientras el recién llegado se calentaba con la espalda vuelta al posadero, éste sacó un lápiz del bolsillo, rasgó un pedazo de periódico, escribió en el margen blanco una línea o dos, lo dobló sin cerrarlo, y entregó aquel papel a un muchacho que parecía servirle a la vez de pinche y de cria­do; después dijo una palabra al oído del chico y éste marchó corriendo en dirección al Ayunta­miento.

El viajero nada vio.

Volvió a preguntar otra vez:

‑¿Comeremos pronto?

‑En seguida.

Volvió el muchacho: traía un papel. El hués­ped lo desdobló apresuradamente como quien está esperando una contestación. Leyó atenta­mente, movió la cabeza y permaneció pensativo. Por fin dio un paso hacia el viajero que parecía sumido en no muy agradables ni tranquilas re­flexiones.

‑Buen hombre ‑le dijo‑, no puedo recibiros en mi casa.

El hombre se enderezó sobre su asiento.

‑¡Cómo! ¿Teméis que no pague el gasto? ¿Que­réis cobrar anticipado? Os digo que tengo dinero.

‑No es eso.

‑¿Pues qué?

-Vos tenéis dinero.

-He dicho que sí.

‑Pero yo ‑dijo el posadero‑ no tengo cuarto que daros.

El hombre replicó tranquilamente:

‑Dejadme un sitio en la cuadra.

‑No puedo.

‑¿Por qué?

‑Porque los caballos la ocupan toda.

‑Pues bien ‑insistió el viajero‑, ya habrá un rincón en el pajar, y un poco de paja no faltará tampoco. Lo arreglaremos después de comer.

‑No puedo daros de comer.

Esta declaración hecha con tono mesurado pero firme, pareció grave al forastero, el cual se levantó y dijo:

‑¡Me estoy muriendo de hambre! Vengo cami­nando desde que salió el sol; pago y quiero co­mer.

-Yo no tengo qué daros ‑dijo el posadero.

El hombre soltó una carcajada y volviéndose hacia los hornos, preguntó:

‑¿Nada? ¿Y todo esto?

Todo esto está ya comprometido por los ca­rreteros que están allá dentro.

‑¿Cuántos son?

‑Doce.

-Allí hay comida para veinte.

-Lo han encargado todo, y además me lo han pagado adelantado.

El hombre se sentó, y sin alzar la voz dijo:

‑Estoy en la hostería; tengo hambre y me quedo.

El posadero se inclinó entonces hacia él, y le dijo con un acento que le hizo estremecer:

‑Marchaos.

El viajero estaba en aquel momento encorva­do, y empujaba algunas brasas con la contera de su garrote. Se volvió bruscamente, y como abriera la boca para replicar, el huésped lo miró fijamente y añadió en voz baja:

‑Mirad, basta de conversación. ¿Queréis que os diga vuestro nombre? Os llamáis Jean Valjean. Ahora, ¿queréis que os diga también lo que sois? Al veros entrar sospeché algo; envié a preguntar al Ayuntamiento, y ved lo que me han contestado: ¿sabéis leer?

Al hablar así presentaba al viajero el papel que acababa de ir desde la hostería a la alcaldía y de ésta a aquélla. El hombre fijó en él una mirada. Bajó la cabeza, recogió el morral y se marchó.

Caminó algún tiempo a la ventura por calles que no conocía, olvidando el cansancio, como sucede cuando el ánimo está triste. De pronto se sintió aguijoneado por el hambre; la noche se acercaba. Miró en derredor para ver si descubría alguna humilde taberna donde pasar la noche.

Precisamente ardía una luz al extremo de la calle y hacia allí se dirigió. Era en efecto una taberna. El viajero se detuvo un momento, miró por los vidrios de la sala, iluminada por una pequeña lámpara colocada sobre una mesa y por un gran fuego que ardía en la chimenea. Algu­nos hombres bebían. El tabernero se calentaba. La llama hacía cocer el contenido de una marmi­ta de hierro, colgada de una cadena en medio del hogar.

El viajero no se atrevió a entrar por la puerta de la calle. Entró en el corral, se detuvo de nuevo, luego levantó tímidamente el pestillo y empujó la puerta.

‑¿Quién va? ‑dijo el amo.

‑Uno que quiere comer y dormir. Las dos cosas pueden hacerse aquí.

Entró. Todos se volvieron hacia él. El taberne­ro le dijo:

-Aquí tenéis fuego. La cena se cuece en la marmita; venid a calentaros.

El viajero fue a sentarse junto al hogar y ex­tendió hacia el fuego sus pies doloridos por el cansancio.

Dio la casualidad que uno de los que estaban sentados junto a la mesa antes de ir allí había estado en la posada de La Cruz de Colbas.

Desde el sitio en que estaba hizo al tabernero una seña imperceptible. Este se acercó a él y hablaron algunas palabras en voz baja.

El tabernero se acercó a la chimenea, puso bruscamente la mano en el hombro del viajero y le dijo:

-Vas a largarte de aquí.

El viajero se volvió, y contestó con dulzura:

‑¡Ah! ¿Sabéis...?

‑Sí.

‑¿Que no me han admitido en la posada?

‑Y yo lo echo de aquí.

‑Pero, ¿dónde queréis que vaya?

-A cualquier parte.

El hombre cogió su garrote y su morral y se marchó. Pasó por delante de la cárcel. A la puerta colgaba una cadena de hierro unida a una campa­na. Llamó. Abriose un postigo.

‑Buen carcelero ‑le dijo quitándose respetuo­samente la gorra‑, ¿queréis abrirme y darme aloja­miento por esta noche?

Una voz le contestó:

‑La cárcel no es una posada. Haced que os prendan y se os abrirá.

El postigo volvió a cerrarse.

Entró en una callejuela a la cual daban mu­chos jardines. El viento frío de los Alpes comenza­ba a soplar. A la luz del expirante día el forastero descubrió una caseta en uno de aquellos jardines que costeaban la calle. Pensó que sería alguna choza de las que levantan los peones camineros a orillas de las carreteras. Sentía frío y hambre. Esta­ba resignado a sufrir ésta, pero contra el frío que­ría encontrar un abrigo. Generalmente esta clase de chozas no están habitadas por la noche. Logró penetrar a gatas en su interior. Estaba caliente, y además halló en ella una buena cama de paja. Se quedó por un momento tendido en aquel lecho, agotado. De pronto oyó un gruñido: alzó los ojos y vio que por la abertura de la choza asomaba la cabeza de un mastín enorme.

El sitio en donde estaba era una perrera.

Se arrastró fuera de la choza como pudo, no sin agrandar los desgarrones de su ropa. Salió de la ciudad, esperando encontrar algún árbol o alguna pila de heno que le diera abrigo. Pero hay momentos en que hasta la naturaleza parece hostil; volvió a la ciudad. Serían como las ocho de la noche. Como no conocía las calles, volvió a comenzar su paseo a la ventura. Cuando pasó por la plaza de la catedral, enseñó el puño a la iglesia en señal de amenaza. Destrozado por el cansancio, y no esperando ya nada se echó sobre un banco de piedra. Una anciana salía de la iglesia en aquel momen­to, y vio a aquel hombre tendido en la oscuridad.

‑¿Qué hacéis, buen amigo? ‑le preguntó.

‑Ya lo veis, buena mujer, me acuesto ‑le con­testó con voz colérica y dura.

‑¿Por qué no vais a la posada?

‑Porque no tengo dinero.

‑¡Ah, qué lástima! ‑dijo la anciana‑. No llevo en el bolsillo más que cuatro sueldos.

‑Dádmelos.

El viajero tomó los cuatro sueldos.

‑Con tan poco no podéis alojaros en una po­sada ‑continuó ella‑. ¿Habéis probado, sin embargo? ¿Es posible que paséis así la noche? Tendréis sin duda frío y hambre. Debieran recibiros por caridad.

‑He llamado a todas las puertas y de todas me han echado.

La mujer tocó el hombro al viajero, y le señaló al otro extremo de la plaza una puerta pequeña al lado del palacio arzobispal.

‑¿Habéis llamado ‑repitió‑ a todas las puertas?

‑Sí.

‑¿Habéis llamado a aquélla?

‑No.

‑Pues llamad allí.

II

La prudencia aconseja a la sabiduría

Aquella noche el obispo de D., después de dar un paseo por la ciudad, permaneció hasta bastante tarde encerrado en su cuarto. A las ocho trabajaba todavía con un voluminoso libro abierto sobre las rodillas, cuando la señora Magloire entró, según su costumbre, a sacar la plata del cajón colocado junto a la cama.

Poco después el obispo, sabiendo que su her­mana lo esperaba para cenar, cerró su libro y entró en el comedor. En ese momento, la señora Magloire hablaba con singular viveza. Se refería a un asunto que le era familiar, y al cual el obispo estaba ya acostumbrado. Tratábase del cerrojo de la puerta principal.

Parece que yendo a hacer algunas compras para la cena había oído referir ciertas cosas en distintos sitios. Se hablaba de un vagabundo de mala catadura; se decía que había llegado un hom­bre sospechoso, que debía estar en alguna parte de la ciudad, y que podían tener un mal encuentro los que aquella noche se olvidaran de recoger­se temprano y de cerrar bien sus puertas.

‑Hermano, ¿oyes lo que dice la señora Magloire? ‑preguntó la señorita Baptistina.

‑He oído vagamente algo ‑contestó el obispo.

Después, levantando su rostro cordial y fran­camente alegre, iluminado por el resplandor del fuego, añadió:

‑Veamos: ¿qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos ame­naza algún peligro?

Entonces la señora Magloire comenzó de nue­vo su historia, exagerándola un poco sin querer y sin advertirlo. Decíase que un gitano, un desarrapa­do, una especie de mendigo peligroso, se hallaba en la ciudad. Había tratado de quedarse en la po­sada, donde no se le quiso recibir. Se le había visto vagar por las calles al obscurecer. Era un hombre de aspecto terrible, con un morral y un bastón.

‑¿De veras? -dijo el obispo.

‑Y como monseñor nunca pone llave a la puerta y tiene la costumbre de permitir siempre que entre cualquiera...

En ese momento se oyó llamar a la puerta con violencia.

‑¡Adelante! ‑dijo el obispo.

III

Heroísmo de la obediencia pasiva

La puerta se abrió. Pero se abrió de par en par, como si alguien la empujase con energía y resolución. Entró un hombre. A este hombre lo conocemos ya. Era el viajero a quien hemos visto vagar buscando asilo. Entró, dio un paso y se detuvo, dejando detrás de sí la puerta abierta. Llevaba el morral a la espalda; el palo en la mano; tenía en los ojos una expresión ruda, audaz, cansada y violenta. Era una aparición siniestra.

La señora Magloire no tuvo fuerzas para lan­zar un grito. Se estremeció y quedó muda a inmó­vil como una estatua.

La señorita Baptistina se volvió, vio al hombre que entraba, y medio se incorporó, aterrada. Lue­go miró a su hermano, y su rostro adquirió una expresión de profunda calma y serenidad.

El obispo fijaba en el hombre una mirada tran­quila.

Al abrir los labios sin duda para preguntar al recién llegado lo que deseaba, éste apoyó ambas manos en su garrote, posó su mirada en el ancia­no y luego en las dos mujeres, y sin esperar a que el obispo hablase dijo en alta voz:

‑Me llamo Jean Valjean: soy presidiario. He pasado en presidio diecinueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me dirijo a Pontarlier. Vengo caminando desde Tolón. Hoy anduve doce leguas a pie. Esta tarde, al llegar a esta ciudad, entré en una posada, de la cual me despidieron a causa de mi pasaporte amarillo, que había presen­tado en la alcaldía, como es preciso hacerlo. Fui a otra posada, y me echaron fuera lo mismo que en la primera. Nadie quiere recibirme. He ido a la cárcel y el carcelero no me abrió. Me metí en una perrera, y el perro me mordió. Parece que sabía quién era yo. Me fui al campo para dormir al cielo raso; pero ni aun eso me fue posible, porque creí que iba a llover y que no habría un buen Dios que impidiera la lluvia; y volví a entrar en la ciudad para buscar en ella el quicio de una puer­ta. Iba a echarme ahí en la plaza sobre una pie­dra, cuando una buena mujer me ha señalado vuestra casa, y me ha dicho: llamad ahí. He llama­do: ¿Qué casa es ésta? ¿Una posada? Tengo dinero. Ciento nueve francos y quince sueldos que he ganado en presidio con mi trabajo en diecinueve años. Pagaré. Estoy muy cansado y tengo hambre: ¿queréis que me quede?

‑Señora Magloire ‑dijo el obispo‑, poned un cubierto más.

El hombre dio unos pasos, y se acercó al velón que estaba sobre la mesa.

‑Mirad ‑dijo‑, no me habéis comprendido bien: soy un presidiario. Vengo de presidio y sacó del bolsillo una gran hoja de papel amarillo que des­dobló‑. Ved mi pasaporte amarillo: esto sirve para que me echen de todas partes. ¿Queréis leerlo? Lo leeré yo; sé leer, aprendí en la cárcel. Hay allí una escuela para los que quieren aprender. Ved lo que han puesto en mi pasaporte: "Jean Valjean, presi­diario cumplido, natural de..." esto no hace al caso... "Ha estado diecinueve años en presidio: cinco por robo con fractura; catorce por haber intentado evadirse cuatro veces. Es hombre muy peligroso." Ya lo veis, todo el mundo me tiene miedo. ¿Queréis vos recibirme? ¿Es esta una posa­da? ¿Queréis darme comida y un lugar donde dor­mir? ¿Tenéis un establo?

‑Señora Magloire ‑dijo el obispo‑, pondréis sábanas limpias en la cama de la alcoba.

La señora Magloire salió sin chistar a ejecutar las órdenes que había recibido.

El obispo se volvió hacia el hombre y le dijo:

‑Caballero, sentaos junto al fuego; dentro de un momento cenaremos, y mientras cenáis, se os hará la cama.

La expresión del rostro del hombre, hasta en­tonces sombría y dura, se cambió en estupefacción, en duda, en alegría. Comenzó a balbucear como un loco:

¿Es verdad? ¡Cómo! ¿Me recibís? ¿No me echáis? ¿A mí? ¿A un presidiario? ¿Y me llamáis caballero? ¿Y no me tuteáis? ¿Y no me decís: "¡sal de aquí, perro!" como acostumbran decirme? Yo creía que tampoco aquí me recibirían; por eso os dije en seguida lo que soy. ¡Oh, gracias a la buena mujer que me envió a esta casa voy a cenar y a dormir en una cama con colchones y sábanas como todo el mundo! ¡Una cama! Hace diecinueve años que no me acuesto en una cama. Sois personas muy buenas. Tengo dinero: pagaré bien. Dispensad, señor posadero: ¿cómo os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un hombre excelente. Sois el posadero, ¿no es verdad?

‑Soy ‑dijo el obispo‑ un sacerdote que vive aquí.

‑¡Un sacerdote! ‑dijo el hombre‑. ¡Oh, un buen sacerdote! Entonces ¿no me pedís dinero? Sois el cura, ¿no es esto? ¿El cura de esta iglesia?

Mientras hablaba había dejado el saco y el palo en un rincón, guardado su pasaporte en el bolsillo y tomado asiento. La señorita Baptistina lo miraba con dulzura.

‑Sois muy humano, señor cura ‑continuó di­ciendo‑; vos no despreciáis a nadie. Es gran cosa un buen sacerdote. ¿De modo que no tenéis nece­sidad de que os pague?

‑No ‑dijo el obispo‑, guardad vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? ¿No me habéis dicho que ciento nueve francos?

-Y quince sueldos ‑añadió el hombre.

‑Ciento nueve francos y quince sueldos. ¿Y cuánto tiempo os ha costado ganar ese dinero?

‑¡Diecinueve años!

 

El obispo suspiró profundamente. El hombre prosiguió:

Todavía tengo todo mi dinero. En cuatro días no he gastado más que veinticinco sueldos, que gané ayudando a descargar unos carros en Grasse.

El obispo se levantó a cerrar la puerta, que había quedado completamente abierta.

La señora Magloire volvió, con un cubierto que puso en la mesa.

‑Señora Magloire ‑dijo el obispo‑, poned ese cubierto lo más cerca posible de la chimenea. ‑Y se volvió hacia el huésped‑: El viento de la noche es muy crudo en los Alpes. ¿Tenéis frío, caballero?

Cada vez que pronunciaba la palabra caballe­ro con voz dulcemente grave, se iluminaba la fisonomía del huésped. Llamar caballero a un pre­sidiario, es dar un vaso de agua a un náufrago de la Medusa. La ignominia está sedienta de conside­ración.

‑Esta luz alumbra muy poco ‑prosiguió el obispo.

La señora Magloire lo oyó; tomó de la chime­nea del cuarto de Su Ilustrísima los dos candela­bros de plaza, y los puso encendidos en la mesa.

‑Señor cura ‑dijo el hombre‑, sois bueno; no me despreciáis, me recibís en vuestra casa. Encen­déis las velas para mí. Y sin embargo, no os he ocultado de donde vengo, y que soy un misera­ble.

El obispo, que estaba sentado a su lado, le tocó suavemente la mano:

‑No tenéis que decirme quien sois. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Esa puerta no pregunta al que entra por ella si tiene un nombre, sino si time algún dolor. Padecéis; tenéis hambre y sed; pues sed bien venido. No melo agradezcáis; no me digáis que os recibo en mi casa. Aquí no está en su casa más que el que necesita asilo. Vos que pasáis por aquí, estáis en vuestra casa más que en la mía. Todo lo que hay aquí es vuestro. ¿Para qué necesito saber vuestro nombre? Además, tenéis un nombre que antes que me lo dijeseis ya lo sabía.

El hombre abrió sus ojos asombrado.

‑¿De veras? ¿Sabíais cómo me llamo?

‑Sí ‑respondió el obispo‑, ¡os llamáis mi her­mano!

‑¡Ah, señor cura! ‑exclamó el viajero‑. Antes de entrar aquí tenía mucha hambre; pero sois tan bueno, que ahora no sé lo que tengo. El hambre se me ha pasado.

El obispo lo miró y le dijo:

‑¿Habéis padecido mucho?

‑¡Mucho! ¡La chaqueta roja, la cadena al pie, una tarima para dormir, el calor, el frío, el trabajo, los apaleos, la doble cadena por nada, el calabo­zo por una palabra, y, aun enfermo en la cama, la cadena! ¡Los perros, los perros son más felices! ¡Diecinueve años! Ahora tengo cuarenta y seis, y un pasaporte amarillo.

‑Sí ‑replicó el obispo‑, salís de un lugar de tristeza. Pero sabed que hay más alegría en el cielo por las lágrimas de un pecador arrepentido, que por la blanca vestidura de cien justos. Si salís de ese lugar de dolores con pensamientos de odio y de cólera contra los hombres, seréis digno de lástima; pero si salís con pensamientos de caridad, de dulzura y de paz, valdréis más que todos noso­tros.

Mientras tanto la señora Magloire había servi­do la cena; una sopa hecha con agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero, higos, un queso fresco, y un gran pan de centeno. A la comida ordinaria del obispo había añadido una botella de vino añejo de Mauves.

La fisonomía del obispo tomó de repente la expresión de dulzura propia de las personas hos­pitalarias:

-A la mesa ‑dijo con viveza, según acostum­braba cuando cenaba con algún forastero; a hizo sentar al hombre a su derecha. La señorita Baptis­tina, tranquila y naturalmente, tomó asiento a su izquierda.

El obispo bendijo la mesa, y después sirvió la sopa según su costumbre. El hombre empezó a comer ávidamente.

‑Me parece que falta algo en la mesa ‑dijo el obispo de repente.

La señora Magloire no había puesto más que los tres cubiertos absolutamente necesarios. Pero era costumbre de la casa, cuando el obispo tenía algún convidado, poner en la mesa los seis cubier­tos de plata. Esta graciosa ostentación de lujo era casi una niñería simpática en aquella casa tranquila y severa, que elevaba la pobreza hasta la dignidad.

La señora Magloire comprendió la observa­ción, salió sin decir una palabra, y un momento después los tres cubiertos pedidos por el obispo lucían en el mantel, colocados simétricamente ante cada uno de los tres comensales.

Al fin de la cena, monseñor Bienvenido dio las buenas noches a su hermana, cogió uno de los dos candeleros de plata que había sobre la mesa, dio el otro a su huésped y le dijo:

‑Caballero, voy a enseñaros vuestro cuarto.

El hombre lo siguió.

En el momento en que atravesaban el dormi­torio del obispo, la señora Magloire cerraba el armario de la plata que estaba a la cabecera de la cama. Lo hacía cada noche antes de acostarse.

El obispo instaló a su huésped en la alcoba. Una cama blanca y limpia lo esperaba. El hombre puso la luz sobre una mesita.

‑Bien ‑dijo el obispo‑, que paséis buena no­che. Mañana temprano, antes de partir, tomaréis una taza de leche de nuestras vacas, bien caliente.

‑Gracias, señor cura ‑dijo el hombre.

Pero apenas hubo pronunciado estas palabras de paz, súbitamente, sin transición alguna, hizo un movimiento extraño, que hubiera helado de espanto a las dos santas mujeres si hubieran esta­do presente. Se volvió bruscamente hacia el an­ciano, cruzó los brazos, y fijando en él una mira­da salvaje, exclamó con voz ronca:

‑¡Ah! ¡De modo que me alojáis en vuestra casa y tan cerca de vos!

Calló un momento, y añadió con una sonrisa que tenía algo de monstruosa:

‑¿Habéis reflexionado bien? ¿Quién os ha di­cho que no soy un asesino?

El obispo respondió:

‑Ese es problema de Dios.

Después, con toda gravedad, bendijo con los dedos de la mano derecha a su huésped, que ni aun dobló la cabeza, y sin volver la vista atrás entró en su dormitorio.

Hizo una breve oración, y un momento des­pués estaba en su jardín, donde se paseó medi­tabundo, contemplando con el alma y con el pen­samiento los grandes misterios que Dios descubre por la noche a los ojos que permanecen abiertos.

En cuanto al hombre, estaba tan cansado que ni aprovechó aquellas blancas sábanas. Apagó la luz soplando con la nariz como acostumbran los presidarios, se dejó caer vestido en la cama, y se quedó profundamente dormido. Era medianoche cuando el obispo volvió del jardín a su cuarto. Algunos minutos después, todos dormían en aquella casa.

IV

Jean Valjean

Jean Valjean pertenecía a una humilde familia de Brie. No había aprendido a leer en su infancia; y cuando fue hombre, tomó el oficio de su padre, podador en Faverolles. Su padre se llamaba igual­mente Jean Valjean o Vlajean, una contracción probablemente de "voilà Jean": ahí está Jean.

Su carácter era pensativo, aunque no triste, propio de las almas afectuosas. Perdió de muy corta edad a su padre y a su madre. Se encontró sin más familia que una hermana mayor que él, viuda y con siete hijos. El marido murió cuando el mayor de los siete hijos tenía ocho años y el menor uno. Jean Valjean acababa de cumplir vein­ticinco. Reemplazó al padre, y mantuvo a su her­mana y los niños. Lo hizo sencillamente, como un deber, y aun con cierta rudeza.

Su juventud se desperdiciaba, pues, en un trabajo duro y mal pagado. Nunca se le conoció novia; no había tenido tiempo para enamorarse.

Por la noche volvía cansado a la casa y comía su sopa sin decir una palabra. Mientras comía, su hermana a menudo le sacaba de su plato lo mejor de la comida, el pedazo de carne, la lonja de tocino, el cogollo de la col, para dárselo a alguno de sus hijos. El, sin dejar de comer, inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en la sopa, con sus largos cabellos esparcidos alrededor del plato, parecía que nada observaba; y la dejaba hacer.

Aquella familia era un triste grupo que la mi­seria fue oprimiendo poco a poco. Llegó un in­vierno muy crudo; Jean no tuvo trabajo. La familia careció de pan. ¡Ni un bocado de pan y siete niños!

Un domingo por la noche Maubert Isabeau, panadero de la plaza de la Iglesia, se disponía a acostarse cuando oyó un golpe violento en la puerta y en la vidriera de su tienda. Acudió, y llegó a tiempo de ver pasar un brazo a través del agujero hecho en la vidriera por un puñetazo. El brazo cogió un pan y se retiró. Isabeau salió apre­suradamente; el ladrón huyó a todo correr pero Isabeau corrió también y lo detuvo. El ladrón ha­bía tirado el pan, pero tenía aún el brazo ensan­grentado. Era Jean Valjean.

Esto ocurrió en 1795. Jean Valjean fue acusado ante los tribunales de aquel tiempo como autor de un robo con fractura, de noche, y en casa habita­da. Tenía en su casa un fusil y era un eximio tirador y aficionado a la caza furtiva, y esto lo perjudicó.

Fue declarado culpable. Las palabras del códi­go eran terminantes. Hay en nuestra civilización momentos terribles, y son precisamente aquellos en que la ley penal pronuncia una condena. ¡Ins­tante fúnebre aquel en que la sociedad se aleja y consuma el irreparable abandono de un ser pen­sante! Jean Valjean fue condenado a cinco años de presidio.

Un antiguo carcelero de la prisión recuerda aún perfectamente a este desgraciado, cuya cade­na se remachó en la extremidad del patio. Estaba sentado en el suelo como todos los demás. Parecía que no comprendía nada de su posición sino que era horrible. Pero es probable que descubrie­se, a través de las vagas ideas de un hombre com­pletamente ignorante, que había en su pena algo excesivo. Mientras que a grandes martillazos rema­chaban detrás de él la bala de su cadena, lloraba; las lágrimas lo ahogaban, le impedían hablar, y solamente de rato en rato exclamaba: "Yo era po­dador en Faverolles". Después sollozando y alzan­do su mano derecha, y bajándola gradualmente siete veces, como si tocase sucesivamente siete ca­bezas a desigual altura, quería indicar que lo que había hecho fue para alimentar a siete criaturas.

Por fin partió para Tolón, donde llegó des­pués de un viaje de veintisiete días, en una carre­ta y con la cadena al cuello. En Tolón fue vestido con la chaqueta roja; y entonces se borró todo lo que había sido en su vida, hasta su nombre, por­que desde entonces ya no fue Jean Valjean, sino el número 24.601. ¿Qué fue de su hermana? ¿Qué fue de los siete niños? Pero, ¿a quién le importa?

La historia es siempre la misma. Esos pobres seres, esas criaturas de Dios, sin apoyo alguno, sin guía, sin asilo, quedaron a merced de la casua­lidad. ¿Qué más se ha de saber? Se fueron cada uno por su lado, y se sumergieron poco a poco en esa fría bruma en que se sepultan los destinos solitarios. Apenas, durante todo el tiempo que pasó en Tolón, oyó hablar una sola vez de su hermana. Al fin del cuarto año de prisión, recibió noticias por no sé qué conducto. Alguien que los había conocido en su pueblo había visto a su hermana: estaba en París. Vivía en un miserable callejón, cerca de San Sulpicio, y tenía consigo sólo al menor de los niños. Esto fue lo que le dijeron a Jean Valjean. Nada supo después.

A fines de ese mismo cuarto año, le llegó su turno para la evasión. Sus camaradas lo ayudaron como suele hacerse en aquella triste mansión, y se evadió. Anduvo errante dos días en libertad por el campo, si es ser libre estar perseguido, volver la cabeza a cada instante y al menor ruido, tener miedo de todo, del sendero, de los árboles, del sueño. En la noche del segundo día fue apre­sado. No había comido ni dormido hacía treinta seis horas. El tribunal lo condenó por este delito a un recargo de tres años. Al sexto año le tocó también el turno para la evasión; por la noche la ronda le encontró oculto bajo la quilla de un buque en construcción; hizo resistencia a los guar­dias que lo cogieron: evasión y rebelión. Este hecho, previsto por el código especial, fue casti­gado con un recargo de cinco años, dos de ellos de doble cadena. Al décimo le llegó otra vez su turno, y lo aprovechó; pero no salió mejor libra­do. Tres años más por esta nueva tentativa. En fin, el año decimotercero, intentó de nuevo su eva­sión, y fue cogido a las cuatro horas. Tres años más por estas cuatro horas: total diecinueve años. En octubre de 1815 salió en libertad: había entra­do al presidio en 1796 por haber roto un vidrio y haber tomado un pan.

Jean Valjean entró al presidio sollozando y tembloroso; salió impasible. Entró desesperado; salió taciturno.

¿Qué había pasado en su alma?

V

El interior de la desesperación

Tratemos de explicarlo.

Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que ella es su causa.

Jean era, como hemos dicho, un ignorante; pero no era un imbécil. La luz natural brillaba en su interior; y la desgracia, que tiene también su claridad, aumentó la poca que había en aquel espíritu. Bajo la influencia del látigo, de la cadena, del calabozo, del trabajo bajo el ardiente sol del presidio, en el lecho de tablas, el presidiario se encerró en su conciencia, y reflexionó.

Se constituyó en tribunal. Principió por juzgarse a sí mismo. Reconoció que no era un inocente castigado injustamente. Confesó que había cometido una acción mala, culpable; que quizá no le habrían negado el pan si lo hubiese pedido; que en todo caso hubiera sido mejor esperar para conseguirlo de la piedad o del trabajo; que no es una razón el decir: ¿se puede esperar cuando se padece ham­bre? Que es muy raro el caso que un hombre muera literalmente de hambre; que debió haber tenido paciencia; que eso hubiera sido mejor para sus pobres niños; que había sido un acto de locu­ra en él, desgraciado criminal, coger violentamen­te a la sociedad entera por el cuello, y figurarse que se puede salir de la miseria por medio del robo; que es siempre una mala puerta para salir de la miseria la que da entrada a la infamia; y, en fin, que había obrado mal.

Después se preguntó si era el único que había obrado mal en tal fatal historia; si no era una cosa grave que él, trabajador, careciese de trabajo; que él, laborioso, careciese de pan; si, después de cometida y confesada la falta, el castigo no había sido feroz y extremado; si no había más abuso por parte de la ley en la pena que por parte del culpado en la culpa; si el recargo de la pena no era el olvido del delito, y no producía por resultado el cambio completo de la situación, reempla­zando la falta del delincuente con el exceso de la represión, transformando al culpado en víctima, y al deudor en acreedor, poniendo definitivamente el derecho de parte del mismo que lo había viola­do; si esta pena, complicada por recargos sucesi­vos por las tentativas de evasión, no concluía por ser una especie de atentado del fuerte contra el débil, un crimen de la sociedad contra el indivi­duo; un crimen que empezaba todos los días; un crimen que se cometía continuamente por espacio de diecinueve años.

Se preguntó si la sociedad humana podía te­ner el derecho de hacer sufrir igualmente a sus miembros, en un caso su imprevisión irracional, y en otro su impía previsión; y de apoderarse para siempre de un hombre entre una falta y un exce­so; falta de trabajo, exceso de castigo.

Se preguntó si era justo que la sociedad trata­se así precisamente a aquellos de sus miembros peor dotados en la repartición casual de los bie­nes y, por lo tanto, a los miserables más dignos de consideración.

Presentadas y resueltas estas cuestiones, juzgó a la sociedad y la condenó.

La condenó a su odio.

La hizo responsable de su suerte, y se dijo que no dudaría quizá en pedirle cuentas algún día. Se declaró a sí mismo que no había equilibrio entre el mal que había causado y el que había recibido; concluyendo, por fin, que su castigo no era ciertamente una injusticia, pero era segura­mente una iniquidad.

Los hombres no lo habían tocado más que para maltratarle. Todo contacto con ellos había sido una herida. Nunca, desde su infancia, exceptuando a su madre y a su hermana, nunca había encontrado una voz amiga, una mirada benévola. Así, de padecimiento en padecimiento, llegó a la convicción de que la vida es una guerra, y que en esta guerra él era el vencido. Y no teniendo más arma que el odio, resolvió aguzarlo en el presidio, y llevarlo consigo a su salida.

Había en Tolón una escuela para presidarios, en la cual se enseñaba lo más necesario a los desgraciados que tenían buena voluntad. Jean fue del número de los hombres de buena voluntad. Empezó a ir a la escuela a los cuarenta años, y aprendió a leer, a escribir y a contar. Pensó que fortalecer su inteligencia era fortalecer su odio; porque en ciertos casos la instrucción y la luz pueden servir de auxiliares al mal.

Digamos ahora una cosa triste: Jean, después de juzgar a la sociedad que había hecho su des­gracia, juzgó a la Providencia que había hecho la sociedad, y la condenó también.

Así, durante estos diecinueve años de tortura y de esclavitud, su alma se elevó y decayó al mismo tiempo. En ella entraron la luz por un lado y las tinieblas por otro.

Jean Valjean no tenía, como se ha visto, una naturaleza malvada. Aún era bueno cuando entró en el presidio. Allí condenó a la sociedad y supo que se hacía malo; condenó a la Providencia, y supo que se hacía impío.

¿Puede la naturaleza humana transformarse así completamente? Al hombre, creado bueno por Dios, ¿puede hacerlo malo el hombre? ¿Puede el destino modificar el alma completamente, y hacerla mala porque es malo el destino? ¿No hay en toda alma humana, no había en el alma de Jean Valjean en particular, una primera chispa, un elemento divino, incorruptible en este mundo, inmortal en el otro, que el bien puede desarrollar, encender, pu­rificar, hacer brillar esplendorosamente, y que el mal no puede nunca apagar del todo?

¿Tenía conciencia el presidiario de todo lo que había pasado en él, y de todas las emociones que experimentaba? Preguntas profundas y obscuras para que este hombre rudo a ignorante pudiera responder. Había demasiada ignorancia en Jean Valjean para que, aun después de tanta desgracia, no quedase mucha vaguedad en su espíritu. Ni aun sabía exactamente lo que por él pasaba. Jean Valjean estaba en las tinieblas; sufría en las tinie­blas; odiaba en las tinieblas. Vivía habitualmente en esta sombra, a tientas, como un ciego, como un soñador. Solamente a intervalos recibía súbita­mente, de sí mismo o del exterior, un impulso de cólera, un aumento de padecimiento, un pálido y rápido relámpago que iluminaba toda su alma y que le mostraba, entre los resplandores de una luz horrible, los negros precipicios y las sombrías perspectivas de su destino.

Pero pasaba el relámpago, venía la noche, y ¿dónde estaba él? Ya no lo sabía.

Jean Valjean hablaba poco y no reía nunca. Era necesaria una emoción fuertísima para arran­carle, una o dos veces al año, esa lúgubre risa del forzado que es como el eco de una risa satánica. Parecía estar ocupado siempre en contemplar algo terrible.

Y en aquella penumbra sombría y tenebrosa en que vivía, no dejó de destacarse su increíble fuerza física. Y su agilidad, que era aún mayor que su fuerza. Ciertos presidiarios, fraguadores per­petuos de evasiones, concluyen por hacer de la fuerza y de la destreza combinadas una verdadera ciencia, la ciencia de los músculos. Subir por una vertical, y hallar puntos de apoyo donde no había apenas un desnivel, era solamente un juego para Jean Valjean.

No sin razón su pasaporte lo calificaba de "hombre muy peligroso".

De año en año se había ido desecando su alma, lenta, pero fatalmente. A alma seca, ojos secos. A su salida de presidio hacía diecinueve años que no había derramado una lágrima.

VI

La ola y la sombra

¡Un hombre al mar!

¡Qué importa! El buque no se detiene por eso. El viento sopla; el barco tiene una senda trazada, que debe recorrer necesariamente.

El hombre desaparece y vuelve a aparecer; se sumerge y sube a la superficie; llama; tiende los brazos, pero no es oído: la nave, temblando al impulso del huracán, continúa sus maniobras; los marineros y los pasajeros no ven al hombre su­mergido; su miserable cabeza no es más que un punto en la inmensidad de las olas.

Sus gritos desesperados resuenan en las pro­fundidades. Observa aquel espectro de una vela que se aleja. La mira, la mira desesperado. Pero la vela se aleja, decrece, desaparece. Allí estaba él: hacía un momento, formaba parte de la tripula­ción, iba y venía por el puente con los demás, tenía su parte de aire y de sol; estaba vivo. Pero ¿qué ha sucedido? Resbaló; cayó. Todo ha termi­nado.

Se encuentra inmerso en el monstruo de las aguas. Bajo sus pies no hay más que olas que huyen, olas que se abren, que desaparecen. Estas olas, rotas y rasgadas por el viento, lo rodean espantosamente; los vaivenes del abismo lo arras­tran; los harapos del agua se agitan alrededor de su cabeza; un pueblo de olas escupe sobre él; confusas cavernas amenazan devorarle; cada vez que se sumerge descubre precipicios llenos de oscuridad; una vegetación desconocida lo sujeta, le enreda los pies, lo atrae: siente que forma ya parte de la espuma, que las olas se lo echan de una a otra; bebe toda su amargura; el océano se encarniza con él para ahogarle; la inmensidad jue­ga con su agonía. Parece que el agua se ha con­vertido en odio.

Pero lucha todavía.

Trata de defenderse, de sostenerse, hace es­fuerzos, nada. ¡Pobre fuerza agotada ya, que com­bate con lo inagotable!

¿Dónde está el buque? Allá a lo lejos. Apenas es ya visible en las pálidas tinieblas del horizonte.

Las ráfagas soplan; las espumas lo cubren. Alza la vista; ya no divisa más que la lividez de las nubes. En su agonía asiste a la inmensa de­mencia de la mar. La locura de las olas es su suplicio: oye mil ruidos inauditos que parecen salir de más allá de la tierra; de un sitio descono­cido y horrible.

Hay pájaros en las nubes, lo mismo que hay ángeles sobre las miserias humanas; pero, ¿qué pueden hacer por él? Ellos vuelan, cantan y se ciernen en los aires, y él agoniza. Se ve ya sepul­tado entre dos infinitos, el océano y el cielo; uno es su tumba; otro su mortaja.

Llega la noche; hace algunas horas que nada; sus fuerzas se agotan ya; aquel buque, aquella cosa lejana donde hay hombres, ha desaparecido; se encuentra solo en el formidable abismo crepuscular; se sumerge, se estira, se enrosca; ve debajo de sí los indefinibles monstruos del infinito; grita.

Ya no lo oyen los hombres. ¿Y dónde está Dios?

Llama. Llama sin cesar.

Nada en el horizonte; nada en el cielo.

Implora al espacio, a la ola, a las algas, al escollo; todo ensordece. Suplica a la tempestad; la tempestad imperturbable sólo obedece al infinito.

A su alrededor tiene la oscuridad, la bruma; la soledad, el tumulto tempestuoso y ciego, el movi­miento indefinido de las temibles olas; dentro de sí el horror y la fatiga.

El frío sin fondo lo paraliza. Sus manos se crispan y se cierran, y cogen, al cerrarse, la nada. Vientos, nubes, torbellinos, estrellas; ¡todo le es inútil! ¿Qué hacer? El desesperado se abandona; el que está cansado toma el partido de morir, se deja llevar, se entrega a la suerte, y rueda para siempre en las lúgubres profundidades del sepulcro.

¡Oh destino implacable de las sociedades hu­manas, que perdéis los hombres y las almas en vuestro camino! ¡Océano en que cae todo lo que deja caer la ley! ¡Siniestra desaparición de todo auxilio! ¡Muerte moral!

La mar es la inexorable noche social en que la penalidad arroja a sus condenados. La mar es la inmensa miseria. El alma, naufragando en este abismo, puede convertirse en un cadáver. ¿Quién lo resucitará?

VII

Nuevas quejas

Cuando llegó la hora de la salida del presidio; cuando Jean Valjean oyó resonar en sus oídos estas palabras extrañas: "¡Estás libre!", tuvo un momento indescriptible: un rayo de viva luz, un rayo de la verdadera luz de los vivos penetró en él súbitamente. Pero no tardó en debilitarse. Jean Valjean se había deslumbrado con la idea de la libertad. Había creído en una vida nueva; pero pronto supo lo que es una libertad con pasaporte amarillo.

Al día siguiente de su libertad, en Grasse, vio delante de la puerta de una destilería de flores de naranjo algunos hombres que descargaban unos fardos. Ofreció su trabajo. Era necesario y fue aceptado. Se puso a trabajar. Era inteligente, ro­busto, ágil, trabajaba muy bien; su empleador pa­recía estar contento. Pero pasó un gendarme, lo observó y le pidió sus papeles. Le fue preciso mostrar el pasaporte amarillo. Hecho esto, volvió a su trabajo. Un momento antes había preguntado a un compañero cuánto ganaba al día; "treinta sueldos", le había respondido. Llegó la tarde, y como debía partir al día siguiente por la mañana, se presentó al dueño y le rogó que le pagase. Este no pronunció una palabra, y le entregó quince sueldos. Reclamó y le respondieron: "Bastante es eso para ti". Insistió. El dueño lo miró fijamente, y le dijo: "¡Cuidado con la cárcel!"

La excarcelación no es la libertad. Se acaba el presidio, pero no la condena. Esto era lo que había sucedido en Grasse. Ya hemos visto cómo fue recibido en D.

VIII

El hombre despierto

Daban las dos en el reloj de la catedral cuando Jean Valjean despertó.

Lo que lo despertó fue el lecho demasiado blando. Iban a cumplirse veinte años que no se acostaba en una cama, y aunque no se hubiese desnudado, la sensación era demasiado nueva para no turbar su sueño.

Había dormido más de cuatro horas. No acos­tumbraba dedicar más tiempo al reposo.

Abrió los ojos y miró un momento en la oscu­ridad en derredor suyo; después los cerró para dormir otra vez.

Pero cuando han agitado el ánimo durante el día muchas sensaciones diversas; cuando se ha pensado a la vez en muchas cosas, el hombre duerme, pero no vuelve a dormir una vez que ha despertado. Jean Valjean no pudo dormir más, y se puso a meditar.

Se encontraba en uno de esos momentos en que todas las ideas que tiene el espíritu se mue­ven y agitan sin fijarse. Tenía una especie de vaivén oscuro en el cerebro.

Muchas ideas lo acosaban pero entre ellas ha­bía una que se presentaba más continuamente a su espíritu, y que expulsaba a las demás; había reparado en los seis cubiertos de plata y el cucha­rón que la señora Magloire pusiera en la mesa.

Estos seis cubiertos de plata lo obsesionaban. Y estaban allí, a algunos pasos. Y eran macizos. Y de plata antigua. Con el cucharón, valdrían lo menos doscientos francos. Doble de lo que había ganado en diecinueve años.

Su mente osciló por espacio de una hora en fluctuaciones en que se desarrollaba cierta lucha. Dieron las tres. Abrió los ojos, se incorporó brus­camente en la cama. Permaneció algún tiempo pensativo. De repente se levantó, se quitó los zapatos que colocó suavemente en la estera cerca de la cama; volvió a su primera postura de sinies­tra meditación, y quedó inmóvil, y hubiera permanecido en ella hasta que viniera el día, si el reloj no hubiese dado una campanada; tal vez esta campanada le gritó ¡Vamos!

Se puso de pie, dudó aún un momento y escuchó: todo estaba en silencio en la casa; entonces examinó la ventana; miró hacia el jardín, con esa mirada atenta que estudia más que mira. Estaba cercado por una pared blanca bastante baja y fácil de escalar.

Después, con el ademán de un hombre re­suelto, se dirigió a la cama, cogió su morral, lo abrió, lo registró, sacó un objeto de hierro que puso sobre la cama, se metió los zapatos en los bolsillos, cerró el saco y se lo echó a la espalda, se puso la gorra bajando la visera sobre los ojos, buscó a tientas su palo, y fue a colocarlo en el ángulo de la ventana; después volvió a la cama y cogió resueltamente el objeto que había dejado allí. Parecía una barra de hierro corta, aguzada como un chuzo: era una lámpara de minero. A veces se empleaba a presidiarios en faenas mine­ras cerca de Tolón y no es, por tanto, de extrañar que Valjean tuviera en su poder dicho implemen­to. Con ella en la mano, y conteniendo la respira­ción, se dirigió al cuarto contiguo. Encontró la puerta entornada. El obispo no la había cerrado.

Jean Valjean escuchó un momento. No se oía ruido alguno.

Empujó la puerta; un gozne mal aceitado pro­dujo en la oscuridad un ruido ronco y prolongado.

Jean Valjean tembló. El ruido sonó en sus oí­dos como un eco formidable, y vibrante, como la trompeta del juicio final.

Se detuvo temblando azorado. Oyó latir las arterias en sus sienes como dos martillos de fra­gua, y le pareció que el aliento salía de su pecho con el ruido con que sale el viento de una caver­na. Creía imposible que el grito de aquel gozne no hubiese estremecido toda la casa como la sa­cudida de un terremoto. El viejo se levantaría, las dos mujeres gritarían, recibirían auxilio, y antes de un cuarto de hora el pueblo estaría en movimien­to, y la gendarmería en pie. Por un momento se creyó perdido.

Permaneció inmóvil, sin atreverse a hacer nin­gún movimiento. Pasaron algunos minutos. La puer­ta se había abierto completamente. Se atrevió a entrar en el cuarto; el ruido del gozne mohoso no había despertado a nadie.

Había pasado el primer peligro; pero Jean Val­jean estaba sobrecogido y confuso. Mas no retro­cedió. Ni aun en el momento en que se creyó perdido retrocedió. Sólo pensó en acabar cuanto antes.

En el dormitorio reinaba una calma perfecta. Oía en el fondo de la habitación la respiración igual y tranquila del obispo dormido.

De repente se detuvo. Estaba cerca de la cama; había llegado antes de lo que creía.

El obispo dormía tranquilamente. Su fisono­mía estaba iluminada por una vaga expresión de satisfacción, de esperanza, de beatitud. Esta ex­presión era más que una sonrisa; era casi un res­plandor.

Jean Valjean estaba en la sombra con su barra de hierro en la mano, inmóvil, turbado ante aquel anciano resplandeciente. Nunca había visto una cosa semejante. Aquella confianza lo asustaba. El mundo moral no puede presentar espectáculo más grande: una conciencia turbada a inquieta, próxi­ma a cometer una mala acción, contemplando el sueño de un justo.

Nadie hubiera podido decir lo que pasaba en aquel momento por el criminal; ni aun él mismo lo sabía. Para tratar de expresarlo es preciso com­binar mentalmente lo más violento con lo más suave. En su fisonomía no se podía distinguir nada con certidumbre; parecía expresar un asom­bro esquivo. Contemplaba aquel cuadro; pero, ¿qué pensaba? Imposible adivinarlo. Era evidente que estaba conmovido y desconcertado. Pero, ¿de qué naturaleza era esta emoción?

No podía apartar su vista del anciano; y lo único que dejaba traslucir claramente su fisono­mía era una extraña indecisión. Parecía dudar en­tre dos abismos: el de la perdición o el de la salvación; entre herir aquella cabeza o besar aquella mano.

Al cabo de algunos instantes levantó el brazo izquierdo hasta la frente, y se quitó la gorra; des­pués dejó caer el brazo con lentitud y volvió a su meditación con la gorra en la mano izquierda, la barra en la derecha y los cabellos erizados sobre su tenebrosa frente.

El obispo seguía durmiendo tranquilamente bajo aquella mirada aterradora.

El reflejo de la luna hacía visible confusamen­te encima de la chimenea el crucifijo, que parecía abrir sus brazos a ambos, bendiciendo al uno, perdonando al otro.

De repente Jean Valjean se puso la gorra, pasó rápidamente a lo largo de la cama sin mirar al obispo, se dirigió al armario que estaba a la cabe­cera; alzó la barra de hierro como para forzar la cerradura; pero estaba puesta la llave; la abrió y lo primero que encontró fue el cestito con la platería; lo cogió, atravesó la estancia a largos pasos, sin precaución alguna y sin cuidarse ya del ruido; entró en el oratorio, cogió su palo, abrió la ventana, la saltó, guardó los cubiertos en su mo­rral, tiró el canastillo, atravesó el jardín, saltó la tapia como un tigre y desapareció.

IX

El obispo trabaja

Al día siguiente, al salir el sol, monseñor Bienve­nido se paseaba por el jardín. La señora Magloire salió corriendo a su encuentro muy agitada.

‑Monseñor, monseñor ‑exclamó‑: ¿Sabe Vues­tra Grandeza dónde está el canastillo de los cu­biertos?

‑Sí ‑contestó el obispo.

‑¡Bendito sea Dios! ‑dijo ella‑. No lo podía encontrar.

El obispo acababa de recoger el canastillo en el jardín, y selto presentó a la señora Magloire.

Aquí está.

‑Sí ‑dijo ella‑; pero vacío. ¿Dónde están los cubiertos?

‑¡Ah! ‑dijo el obispo‑. ¿Es la vajilla lo que buscáis? No lo sé.

‑¡Gran Dios! ¡La han robado! El hombre de anoche la ha robado.

Y en un momento, con toda su viveza, la señora Magloire corrió al oratorio, entró en la alcoba, y volvió al lado del obispo.

‑¡Monseñor, el hombre se ha escapado! ¡Nos robó la platería!

El obispo permaneció un momento silencioso, alzó después la vista, y dijo a la señora Magloire con toda dulzura:

‑¿Y era nuestra esa platería?

La señora Magloire se quedó sin palabras; y el obispo añadió:

‑Señora Magloire; yo retenía injustamente desde hace tiempo esa platería. Pertenecía a los pobres. ¿Quién es ese hombre? Un pobre, evidentemente.

‑¡Ay, Jesús! ‑dijo la señora Magloire‑. No lo digo por mí ni por la señorita, porque a nosotras nos da lo mismo; lo digo por Vuestra Grandeza. ¿Con qué vais a comer ahora, monseñor?

El obispo la miró como asombrado.

‑Pues, ¿no hay cubiertos de estaño?

La señora Magloire se encogió de hombros.

‑El estaño huele mal.

‑Entonces de hierro.

La señora Magloire hizo un gesto expresivo:

‑El hierro sabe mal.

‑Pues bien ‑dijo el obispo‑, cubiertos de palo.

Algunos momentos después se sentaba en la misma mesa a que se había sentado Jean Valjean la noche anterior. Mientras desayunaba, monseñor Bienvenido hacía notar alegremente a su herma­na, que no hablaba nada, y a la señora Magloire, que murmuraba sordamente, que no había necesi­dad de cuchara ni de tenedor, aunque fuesen de madera, para mojar un pedazo de pan en una taza de leche.

‑¡A quién se le ocurre ‑mascullaba la señora Magloire yendo y viniendo‑ recibir a un hombre así, y darle cama a su lado!

Cuando ya iban a levantarse de la mesa, gol­pearon a la puerta.

Adelante ‑dijo el obispo.

Se abrió con violencia la puerta. Un extraño grupo apareció en el umbral. Tres hombres traían a otro cogido del cuello. Los tres hombres eran gendarmes. El cuarto era Jean Valjean. Un cabo que parecía dirigir el grupo se dirigió al obispo haciendo el saludo militar.

‑Monseñor... ‑dijo.

Al oír esta palabra Jean Valjean, que estaba silencioso y parecía abatido, levantó estupefacto la cabeza.

‑¡Monseñor! ‑murmuró‑. ¡No es el cura!

‑Silencio ‑dijo un gendarme‑. Es Su Ilustrísi­ma el señor obispo.

Mientras tanto monseñor Bienvenido se había acercado a ellos.

‑¡Ah, habéis regresado! ‑dijo mirando a Jean Valjean‑. Me alegro de veros. Os había dado tam­bién los candeleros, que son de plata, y os pue­den valer también doscientos francos. ¿Por qué no los habéis llevado con vuestros cubiertos?

Jean Valjean abrió los ojos y miró al venerable obispo con una expresión que no podría pintar ninguna lengua humana.

‑Monseñor ‑dijo el cabo‑. ¿Es verdad enton­ces lo que decía este hombre? Lo encontramos como si fuera huyendo, y lo hemos detenido. Tenía esos cubiertos...

‑¿Y os ha dicho ‑interrumpió sonriendo el obispo‑ que se los había dado un hombre, un sacerdote anciano en cuya casa había pasado la noche? Ya lo veo. Y lo habéis traído acá.

‑Entonces ‑dijo el gendarme‑, ¿podemos de­jarlo libre?

‑Sin duda ‑dijo el obispo.

Los gendarmes soltaron a Jean Valjean, que retrocedió.

‑¿Es verdad que me dejáis? ‑dijo con voz casi inarticulada, y como si hablase en sueños.

‑Sí; te dejamos, ¿no lo oyes? ‑dijo el gendar­me.

-Amigo mío ‑dijo el obispo‑, tomad vuestros candeleros antes de iros.

Y fue a la chimenea, cogió los dos candela­bros de plata, y se los dio. Las dos mujeres lo miraban sin hablar una palabra, sin hacer un ges­to, sin dirigir una mirada que pudiese distraer al obispo.

Jean Valjean, temblando de pies a cabeza, tomó los candelabros con aire distraído.

Ahora ‑dijo el obispo‑, id en paz. Y a propó­sito, cuando volváis, amigo mío, es inútil que pa­séis por el jardín. Podéis entrar y salir siempre por la puerta de la calle. Está cerrada sólo con el picaporte noche y día.

Después volviéndose a los gendarmes, les dijo:

‑Señores, podéis retiraros.

Los gendarmes abandonaron la casa.

Parecía que Jean Valjean iba a desmayarse.

El obispo se aproximó a él, y le dijo en voz baja:

‑No olvidéis nunca que me habéis prometido emplear este dinero en haceros hombre honrado.

Jean Valjean, que no recordaba haber prometi­do nada, lo miró alelado. El obispo continuó con solemnidad:

-Jean Valjean, hermano mío, vos no pertene­céis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.

X

Gervasillo

Jean Valjean salió del pueblo como si huyera. Caminó precipitadamente por el campo, tomando los caminos y senderos que se le presentaban, sin notar que a cada momento desandaba lo andado. Así anduvo errante toda la mañana, sin comer y sin tener hambre. Lo turbaba una multitud de sensaciones nuevas. Sentía cólera, y no sabía con­tra quién. No podía saber si estaba conmovido o humillado. Sentía por momentos un estremecimiento extraño, y lo combatía, oponiéndole el endureci­miento de sus últimos veinte años. Esta situación lo cansaba. Veía con inquietud que se debilitaba en su interior la horrible calma que le había hecho adquirir la injusticia de su desgracia. Y se preguntaba con qué la reemplazaría. En algún ins­tante hubiera preferido estar preso con los gendar­mes, y que todo hubiera pasado de otra manera; de seguro entonces no tendría tanta intranquilidad. Todo el día lo persiguieron pensamientos imposi­bles de expresar.

Cuando ya el sol iba a desaparecer en el hori­zonte y alargaba en el suelo hasta la sombra de la menor piedrecilla, Jean Valjean se sentó detrás de un matorral en una gran llanura rojiza, enteramen­te desierta. Estaría a tres leguas de D. Un sendero que cortaba la llanura pasaba a algunos pasos del matorral.

En medio de su meditación oyó un alegre ruido. Volvió la cabeza, y vio venir por el sendero a un niño saboyano, de unos diez años, que iba cantando con su gaita al hombro y su bolsa a la espalda.

Era uno de esos simpáticos muchachos que van de pueblo en pueblo, luciendo las rodillas por los agujeros de los pantalones.

El muchacho interrumpía de vez en cuando su marcha para jugar con algunas monedas que lle­vaba en la mano, y que serían probablemente todo su capital. Entre estas monedas había una de plata de cuarenta sueldos.

Se detuvo cerca del arbusto sin ver a Jean Valjean y tiró las monedas que hasta entonces había cogido con bastante habilidad en el dorso de la mano. Pero esta vez la moneda de cuarenta sueldos se le escapó y fue rodando por la hierba hasta donde estaba Jean Valjean, quien le puso el pie encima. Pero el niño había seguido la moneda con la vista. No se detuvo; se fue derecho hacia el hom­bre.

El sitio estaba completamente solitario. El mu­chacho daba la espalda al sol, que doraba sus cabellos y teñía con una claridad sangrienta la salvaje fisonomía de Jean Valjean.

‑Señor ‑dijo el saboyano con esa confianza de los niños, que es una mezcla de ignorancia y de inocencia‑: ¡Mi moneda!

‑¿Cómo lo llamas? ‑preguntó Jean Valjean.

‑Gervasillo, señor.

-Vete ‑le dijo Jean Valjean.

‑Señor, dadme mi moneda volvió a decir el niño.

Jean Valjean bajó la cabeza y no respondió.

El muchacho volvió a decir:

‑¡Mi moneda, señor!

La vista de Jean Valjean siguió fija en el suelo.

‑¡Mi moneda! ‑gritó ya el niño‑, ¡mi moneda de plata! ¡Mi dinero!

Parecía que Jean Valjean no oía nada. El niño le cogió la solapa de la chaqueta, y la sacudió, haciendo esfuerzos al mismo tiempo para separar el tosco zapato claveteado que cubría su tesoro.

‑¡Quiero mi moneda! ¡Mi moneda de cuarenta sueldos!

El niño lloraba. Jean Valjean levantó la cabeza; pero siguió sentado. Sus ojos estaban turbios. Miró al niño como con asombro, y después llevó la mano al palo gritando con voz terrible:

‑¿Quién anda ahí?

‑Yo, señor ‑respondió el muchacho‑. Yo, Ger­vasillo. ¿Queréis devolverme mis cuarenta suel­dos? ¿Queréis alzar el pie?

Y después irritado ya y casi en tono amenaza­dor, a pesar de su corta edad, le dijo:

‑Pero, ¿quitaréis el pie? ¡Vamos, levantad ese pie!

‑¡Ah! ¡Conque estás aquí todavía! ‑dijo Jean Valjean; y poniéndose repentinamente de pie, sin descubrir por esto la moneda, añadió‑: ¿Quieres irte de una vez?

El niño lo miró atemorizado; tembló de pies a cabeza, y después de algunos momentos de estu­por, echó a correr con todas sus fuerzas sin volver la cabeza, ni dar un grito.

Sin embargo a alguna distancia, la fatiga lo obligó a detenerse y Jean Valjean, en medio de su meditación, lo oyó sollozar.

Algunos instantes después, el niño había des­aparecido.

El sol se había puesto. La sombra crecía alre­dedor de Jean Valjean. En todo el día no había tomado alimento; es probable que tuviera fiebre.

Se había quedado de pie, y no había cambiado de postura desde que huyó el niño. La respiración levantaba su pecho a intervalos largos y desiguales. Su mirada, clavada diez o doce pasos delante de él, parecía examinar con profunda atención un peda­zo de loza azul que había entre la hierba. De pronto, se estremeció: sentía ya el frío de la noche.

Se encasquetó bien la gorra; se cruzó y aboto­nó maquinalmente la chaqueta, dio un paso, y se inclinó para coger del suelo el palo. Al hacer este movimiento vio la moneda de cuarenta sueldos que su pie había medio sepultado en la tierra, y que brillaba entre algunas piedras. "¿Qué es esto?", dijo entre dientes. Retrocedió tres pasos, y se detuvo sin poder separar su vista de aquel punto que había pisoteado hacía un momen­to, como si aquello que brillaba en la oscuridad hubiese tenido un ojo abierto y fijo en él.

Después de algunos minutos se lanzó convulsi­vamente hacia la moneda de plata de dos francos, la cogió, y enderezándose miró a lo lejos por la llanu­ra, dirigiendo sus ojos a todo el horizonte, anhelan­te, como una fiera asustada que busca un asilo.

Nada vio. La noche caía, la llanura estaba fría, e iba formándose una bruma violada en la clari­dad del crepúsculo.

Dio un suspiro y marchó rápidamente hacia el sitio por donde el niño había desaparecido. Des­pués de haber andado unos treinta pasos se detu­vo y miró. Pero tampoco vio nada.

Entonces gritó con todas sus fuerzas:

‑¡Gervasillo! ¡Gervasillo!

Calló y esperó. Nadie respondió. El campo estaba desierto y triste.

El hombre volvió a andar, a correr; de tanto en tanto se detenía y gritaba en aquella soledad con la voz más formidable y más desolada que pueda imaginarse:

‑¡Gervasillo! ¡Gervasillo!

Si el muchacho hubiera oído estas voces, de seguro habría tenido miedo, y se hubiera guarda­do muy bien de acudir. Pero debía de estar ya muy lejos.

Jean Valjean encontró a un cura que iba a caballo. Se dirigió a él y le dijo:

‑Señor cura: ¿habéis visto pasar a un mucha­cho?

‑No ‑dijo el cura.

‑¡Uno que se llama Gervasillo!

‑No he visto a nadie.

Entonces Jean Valjean sacó dos monedas de cinco francos de su morral, y se las dio al cura.

‑Señor cura, tomad para los pobres. Señor cura, es un muchacho de unos diez años con una bolsa y una gaita. Iba caminando. Es uno de esos saboyanos, ya sabéis...

‑No lo he visto.

Jean Valjean tomó violentamente otras dos mo­nedas de cinco francos, y las dio al sacerdote.

‑Para los pobres ‑le dijo.

Y después añadió con azoramiento:

‑Señor cura, mandad que me prendan: soy un ladrón.

El cura picó espuelas y huyó atemorizado.

Jean Valjean echó a correr. Siguió a la suerte un camino mirando, llamando y gritando; pero no encontró a nadie. Al fin se detuvo. La luna había salido. Paseó su mirada a lo lejos, y gritó por última vez:

‑¡Gervasillo! ¡Gervasillo! ¡Gervasillo!

Aquel fue su último intento. Sus piernas se do­blaron bruscamente, como si un poder invisible lo oprimiera con todo el peso de su mala conciencia. Cayó desfallecido sobre una piedra con las manos en la cabeza y la cara entre las rodillas, y exclamó:

‑¡Soy un miserable!

Su corazón estalló, y rompió a llorar. ¡Era la primera vez que lloraba en diecinueve años!

Cuando Jean Valjean salió de casa del obispo, estaba, por decirlo así, fuera de todo lo que había sido su pensamiento hasta allí. No podía explicar­se lo que pasaba en él. Quería resistir la acción angélica, las dulces palabras del anciano: "Me ha‑

béis prometido ser hombre honrado. Yo compro vuestra alma. Yo la libero del espíritu de perversi­dad, y la consagro a Dios". Estas frases se presen­taban a su memoria sin cesar. Comprendía clara­mente que el perdón de aquel sacerdote era el ataque más formidable que podía recibir; que su endurecimiento sería infinito si podía resistir aquella clemencia; pero que si cedía, le sería preciso re­nunciar al odio que había alimentado en su alma por espacio de tantos años, y que ahora había comenzado una lucha colosal y definitiva entre su maldad y la bondad del anciano sacerdote.

Deslumbrado ante esta nueva luz, caminaba como un enajenado. Veía sin duda alguna que ya no era el mismo hombre; que todo había cambia­do en él, y que no había estado en su mano evitar que el obispo le hablara y lo conmoviera.

En este estado de espíritu había aparecido Ger­vasillo y él le había robado sus cuarenta sueldos. ¿Por qué? Con toda seguridad no hubiera podido explicarlo. ¿Era aquella acción un último efecto, un supremo esfuerzo de las malas ideas que había traído del presidio?

Jean Valjean retrocedió con angustia y dio un grito de espanto. Al robar la moneda al niño ha­bía hecho algo que no sería ya más capaz de hacer. Esta última mala acción tuvo en él un efec­to decisivo. En el momento en que exclamaba: "¡Soy un miserable!", acababa de conocerse tal como era. Vio realmente a Jean Valjean con su siniestra fisonomía delante de sí, y le tuvo horror.

Vio, como en una profundidad misteriosa, una especie de luz que tomó al principio por una antorcha. Examinando con más atención esta luz encendida en su conciencia, vio que tenía forma humana, y que era el obispo.

Su conciencia comparó al obispo con Jean Valjean. El obispo crecía y resplandecía a sus ojos y Jean Valjean se empequeñecía y desaparecía. Después de algunos instantes sólo quedó de él una sombra. Después desapareció del todo. Sólo quedó el obispo. El obispo, que iluminaba el alma de aquel miserable con un resplandor magnífico.

Jean Valjean lloró largo rato. Lloró lágrimas ardientes, lloró a sollozos; lloró con la debilidad de una mujer, con el temor de un niño.

Mientras lloraba se encendía poco a poco una luz en su cerebro, una luz extraordinaria, una luz maravillosa y terrible a la vez. Su vida pasada, su primera falta, su larga expiación, su embruteci­miento exterior, su endurecimiento interior, su li­bertad halagada con tantos planes de venganza, las escenas en casa del obispo, la última acción que había cometido, aquel robo de cuarenta suel­dos a un niño, crimen tanto más culpable, tanto más monstruoso cuanto que lo ejecutó después del perdón del obispo; todo esto se le presentó claramente; pero con una claridad que no había conocido hasta entonces.

Examinó su vida y le pareció horrorosa; exa­minó su alma y le pareció horrible. Y sin embar­go, sobre su vida y sobre su alma se extendía una suave claridad.

¿Cuánto tiempo estuvo llorando así? ¿Qué hizo después de llorar? ¿Adónde fue? No se supo. Sola­mente se dijo que aquella misma noche, un co­chero que llegaba a D. hacia las tres de la maña­na, al atravesar la calle donde vivía el obispo vio a un hombre en actitud de orar, de rodillas en el empedrado, delante de la puerta de monseñor Bienvenido.