¿Ora Usted?

Por el Obispo J. C. Ryle

"Siempre se debe orar" Lucas 18:1

"Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar" 1Timoteo 2:8

 Lector, le ofrezco una pregunta de una profunda importancia. Está contenida en dos pequeñas palabras: ¿Ora usted?. Es una pregunta que nadie puede contestar, sino usted mismo. Si usted asiste a los cultos públicos o no, su pastor lo sabe. Si tiene oraciones familiares en su casa o no, sus parientes lo saben. Pero si ora en privado o no, es un asunto entre usted y Dios.

Lector, le ruego con todo afecto que atienda el asunto que traigo a su vista. No diga que mi pregunta es muy íntima. Si su corazón es recto a la vista de Dios, no hay nada en él que lo haga estar temeroso. No desvíe mi pregunta replicando que usted hace sus oraciones. Una cosa es hacer sus oraciones y otra es orar. No diga que mi pregunta es innecesaria. Atienda por unos minutos y yo le mostraré que hay buenas razones para hacérsela.

1.- Le pregunto si ora, porque la oración es completamente necesaria para la salvación del hombre. Yo sostengo tanto como cualquier otro que la salvación es por gracia. Ofrecería gustosamente perdón libre y completo al más grande pecador que haya vivido. No dudaría en pararme al lado de su lecho y decirle: "Cree en el Señor Jesucristo, y aún ahora serás salvo". Pero ese hombre no puede alcanzar la salvación si no la solicita. No puedo ver eso en la Biblia. No encuentro que alguien sea salvo por sus oraciones, pero tampoco veo que sin oraciones alguno pueda ser salvo. Hay ciertas cosas que son absolutamente imprescindibles para la salud del alma y la felicidad. Cada cual tiene que atender a esas cosas por sí mismo. Cada cual tiene que arrepentirse y consagrarse a Cristo por sí mismo, y en esa forma hablar a Dios en oración.

Lector, habrá muchos a la derecha de Cristo en el día final. El canto de victoria que brotará de sus labios será un himno glorioso en verdad. Aquellos que canten, cantarán con un solo corazón tanto como con una sola voz. Su experiencia será una y la misma. Todos habrán nacido otra vez. Todos habrán orado. ¡Sí!, nosotros tenemos que orar sobre la tierra, o nunca alabaremos en el cielo.

Lector, estar sin oración es estar sin Dios -sin Cristo-, sin gracia, sin esperanza y sin cielo. Es estar en el camino al infierno. Ahora, ¿se maravilla usted de que le pregunte: ora usted?

 Le pregunto otra vez que si ora porque el hábito de la oración es una de las señales más seguras del verdadero cristiano.

Todos los hijos de Dios sobre la tierra son iguales en este aspecto: desde el momento en que hay alguna vida y realidad en su religión, ellos oran. Es el orar en ellos tan natural en su 'nueva naturaleza' como el llanto en un niño. Ellos ven su necesidad de misericordia y gracia. Sienten su vacuidad y debilidades. Ven que no pueden obrar en otra forma que en la que lo hacen. Ellos tienen que orar.

He estudiado cuidadosamente en la Biblia acerca de las vidas de los santos de Dios, y encuentro como una característica común en ellos, que 'invocaron al Padre', que 'pidieron en el nombre del Señor Jesús', y encuentro indicada como una característica de los impíos, que 'no invocaron al Señor'. 1Ped.1:17; Cor.1:2; Sal.14:4. He leído las vidas de muchos cristianos eminentes que han estado sobre la tierra desde los tiempos bíblicos. Una cosa veo que todos tenían en común: ellos han sido todos hombres y mujeres de oración. Yo estudio actualmente los informes de las Sociedades Misioneras de nuestros días, y veo con regocijo que hombres y mujeres paganos están recibiendo el evangelio en varias partes del globo. La gente convertida son naturalmente diferentes en todos los aspectos, pero una cosa sobresaliente observo en todas las estaciones misioneras: los convertidos siempre oran.

Lector, yo no niego que algunos oran sin corazón y sin sinceridad. Como en otros aspectos de la religión, también en éste hay abundancia de decepción e hipocresía, pero esto sí puedo decir: que el no orar en un hombre, es una prueba clara de que no es todavía un verdadero cristiano. El no puede realmente sentir sus pecados, no puede amar a Dios; él no puede sentirse deudor a Cristo; necesita aún nacer otra vez. El podrá alardear confidencialmente de su elección, gracia, fe, esperanza y conocimientos, y engañará a la gente ignorante, pero usted puede estar seguro de que, si él no ora, todo eso es vana conversación.

Yo sé desde el principio que los elegidos de Dios son escogidos para salvación. Conozco que el Espíritu Santo, que los llama a su debido tiempo, en muchos casos los conduce por grados muy lentos al conocimiento de Cristo; pero la vista humana sólo puede juzgar por lo que ve. No puedo decir que alguno cree hasta que él no ora. El primer acto de fe debe ser hablar a Dios.

Lector, ¿desea usted comprobar si es un verdadero cristiano? Entonces, descanse en la seguridad de que mi pregunta es una de las de primaria importancia: ¿Ora usted?

Le pregunto que si ora, porque no hay en la religión otro deber tan descuidado como el de la oración privada. Vivimos en días de abundantes manifestaciones religiosas; y sin embargo, a pesar de toda esta religión pública, yo creo que existe una vasta negligencia en cuanto a la oración privada. He llegado a la conclusión de que la gran mayoría de los que profesan el cristianismo no oran.

Sé que esto suena muy chocante, y alarmará a muchos; pero estoy convencido de que la oración es una de las cosas que se considera como algo corriente, y como a menudo ocurre con las cosas a las que no damos importancia, es vergonzosamente descuidada. Ella debe ser "el negocio de todos", y como con frecuencia sucede en tales casos, es un negocio ejercitado por muy pocos. La oración es una de esas transacciones privadas entre Dios y nuestras almas que ningún ojo ve, y por lo tanto hay muchas tentaciones para pasarla por alto, dejándola sin hacer.

Yo creo que hay miles que nunca dicen ni aún una palabra de oración. Ellos comen, beben, duermen, se levantan, van a sus trabajos, vuelven a sus hogares; ellos respiran el aire de Dios, ven el sol de Dios, caminan sobre la tierra de Dios, disfrutan de las misericordias divinas. Ellos tienen cuerpos mortales, tienen ante sí el juicio y la eternidad; pero ellos nunca hablan a Dios. Simplemente se comportan como criaturas sin almas. No tienen una sola palabra que decir a Aquel en cuyas manos están sus vidas, aliento, y todas las cosas, y de cuya boca recibirán un día sus sentencias eternas. ¡Qué terrible parece esto!

Yo creo que hay decenas de miles cuyas oraciones no pasan de ser una mera forma. Algunos dicen unas breves y precipitadas frases aprendidas cuando eran niños. Otros añaden el Padre Nuestro, pero sin el más ligero deseo de que estas solemnes peticiones les sean concedidas. Muchos, aún entre los que usan buenos hábitos, rezongan sus oraciones después de haberse acostado, o las dicen confusamente mientras se lavan o visten por la mañana. Los hombres pensarán lo que quieran, pero ellos pueden estar seguros que a la vista de Dios esto no es orar. Las palabras dichas sin corazón son tan enteramente inútiles para nuestras almas como el repicar del tambor de los paganos ante sus ídolos. Donde no hay corazón habrá obra de labios y lengua, pero no hay nada a lo que Dios pueda atender: no hay oración.

Lector, ¿le sorprende esto? Atiéndame y le mostraré que yo no estoy hablando sin razón. ¿Ha olvidado usted que no es algo natural en alguien el orar? La mente carnal está en enemistad con Dios. Entonces, ¿por qué el hombre ha de orar, cuando él no tiene el verdadero sentido del pecado, ni el real sentimiento de las necesidades espirituales, sin una completa creencia en las cosas invisibles, sin ningún deseo de santidad y de cielo? La mayoría de las personas no conocen ni sienten nada sobre todas estas cosas; por lo cual digo libremente que creo que son pocos los que oran.

¿Ha olvidado usted que no está de moda el orar? Hay miles que si se vieran obligados por casualidad a dormir en la misma habitación con un extraño, se acostarían sin hacer una oración. No puedo pensar que orar es un hábito común cuando tantos se sienten avergonzados de practicarlo. Creo que pocos oran.

¿Ha visto usted la vida que muchos viven? Realmente, ¿se puede suponer que la gente esté orando en contra del pecado, cuando de día y de noche la vemos hundirse directamente en él? ¿Se puede suponer que ellos oren contra las cosas del mundo, cuando son enteramente absorbidos y arrastrados por las actividades mundanales? ¿Se puede pensar que alguien esté pidiendo a Dios gracia para servirle, cuando no muestra el más ligero deseo de servir a Dios en algo? ¡No, no! Es tan claro como la luz del día el que la gran mayoría de las personas no piden nada a Dios, o no se dan cuenta de lo que dicen cuando están pidiendo.

Yo miro a la vida del hombre. ¿Ha visto usted en la forma en que muchos mueren? Cuantos, cuando se acercan a la muerte, parecen ser enteramente extraños a Dios. Hay una terrible torpeza, timidez y falta de práctica en sus esfuerzos para acercarse a El. Esas personas lucen como si nunca antes hubieran hablado con Dios. Los lechos de muerte son grandes reveladores de secretos. No puedo olvidar lo que he visto de enfermos y agonizantes, y esto también me inclina a creer que pocas personas oran.

Lector, yo estoy cierto que no puedo poner una pregunta más necesaria ante su vista: ¿ora usted? Le pregunto si ora, porque la oración es ese acto religioso para el que hay más estímulo. Todas las cosas están en las manos de Dios para hacer de la oración una cosa fácil, si los hombres sólo intentaran practicarla. Todo está listo de su parte. Cada objeción está anticipada. Todo está provisto para allanar toda dificultad.

Hay un camino por el cual el hombre, no importa lo pecador e indigno que sea, puede acercarse a Dios el Padre. Jesucristo ha abierto ese camino por el sacrificio que El realizó en la cruz. La santidad y justicia de Dios no necesita de asustar a los pecadores y mantenerlos lejos. Sólo que ellos clamen en el nombre de Jesús, sólo que aduzcan como razón la sangre expiatoria de Jesús, buscando el lugar de arrepentimiento, ya que Dios no oye a los pecadores impenitentes (Jn. 9:31), y ellos han de encontrar a Dios sobre un trono de gracia, deseoso y listo para escucharles. Lector, piense en esto: ¿no es alentador?

Hay un abogado e intercesor esperando siempre para presentar las oraciones de aquellos que le empleen a El. El abogado es Cristo Jesús. El mezcla nuestras oraciones con el incienso de su propia y todopoderosa intercesión. Pobres como dichas oraciones son en sí, ellas son poderosas y eficaces en las manos de nuestro Sumo Sacerdote y hermano mayor. El cheque de banco no vale nada sin una firma al final, es sólo un pedazo de papel sin valor alguno. El toque de la pluma le confiere todo su valor. La oración de un pobre hijo de Adán es algo débil en sí, pero una vez endosada por la mano de Jesús, toma mucho valor. Lector, piensa en esto: ¿no es alentador?

También está siempre listo el Espíritu Santo para ayudar nuestras dolencias en la oración. Es una parte de su oficio especial el ayudarnos en nuestros esfuerzos para hablar con Dios. No tenemos que estar abatidos y angustiados por el temor de no saber qué decir, pues el Espíritu nos dará palabras si sólo buscamos su ayuda. Seguramente el pueblo de Dios bien puede esperar ser oído. No es meramente que ellos oran, sino que el Espíritu Santo ruega por ellos. Lector, piensa en esto: ¿no es verdaderamente alentador?

Hay "promesas sumamente grandes y preciosas" para aquellos que oran. ¿Qué quiso decir el Señor Jesús cuando habló palabras como éstas: "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá" (Mat. 7:7), "Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis."? ¿Qué quiso expresar el Señor cuando dijo la parábola del amigo a media noche y la viuda importuna? (Luc. 11:5; 18:1). Lector, piense en estos pasajes. Si esto no es un estímulo para orar, las palabras no tienen ningún significado.

Hay ejemplos maravillosos en las Escrituras sobre el poder de la oración. No hay nada que pueda parecer tan grande, tan duro o tan difícil que la oración no pueda hacer. La oración trajo el fuego del cielo en el sacrificio de Elías. La oración cambió el consejo de Achitophel en necedad. La oración venció al ejército de Sennacherib. Bien pudo decir María, reina de Escocia: "Temo más a las oraciones de Juan Knox que a un ejército de diez mil hombres."

Tanto como Abraham pidió misericordia por Sodoma el Señor siguió concediendo. El no cesó de dar hasta que Abraham no cesó de orar. Lector, piense en esto, ¿no es ello alentador?

¿Qué más puede un hombre desear que lo dirija a dar un paso en la religión que las cosas que le he dicho acerca de la oración? ¿Qué más podría ser hecho para hacerle más fácil el camino hacia el trono de misericordia y para quitar todas las ocasiones de tropiezo del camino del pecador?

Pero al final, ¿dónde ha de esconder su cabeza el hombre que desprecie tales gloriosos estímulos? ¿Qué puede decirse positivamente en favor de la persona que después de todo muere sin oración? Seguramente, lector, yo podría sentirme ansioso de que usted no fuera la tal persona. Seguramente bien puedo preguntarle: ¿ora usted?

Le pregunto si ora, porque la diligencia en la oración es el secreto de la más alta santidad. Sin controversia, hay una gran diferencia entre los cristianos. Ellos están todos peleando la misma buena batalla, pero, ¡cuánto más valientemente están peleando unos que otros! Todos están haciendo la obra del Señor, pero ¡cuánto más están haciendo unos que otros! Ellos son todos luz en el Señor, pero ¡cuánto más brillan unos que otros! Ellos todos aman al mismo Señor y Salvador, pero, ¡cuánto más le aman unos que otros! Yo pregunto a cualquier cristiano verdadero si este no es el caso. ¿No es esto así?

Hay algunos del pueblo del Señor que parece que nunca pueden adelantar desde el tiempo de su conversión. Ellos han nacido otra vez, pero se han quedado como niños toda su vida. Se ve en ellos la misma falta de apetito espiritual, el mismo escrúpulo por todo, menos la leche de la Palabra -la misma pequeñez mental- la misma estrechez de corazón que se notaba hace diez años. Digo esto con pesar y dolor, pero pregunto a cualquier cristiano verdadero, ¿no es esto verdad?

Hay otros del pueblo del Señor, por el contrario, que parecen estar progresando. Crecen como la hierba después de la lluvia. Siempre están añadiendo gracia sobre gracia, fe sobre fe, y fortaleza sobre fortaleza. Cada año parecen ver más, creer más y sentir más su religión. Ellos no sólo tienen buenas obras para probar la realidad de su fe; sino que son celosos de ellas. No sólo hacen el bien, sino que son incansables en hacerlo. Cuando fallan, prueban otra vez, y cuando caen, pronto están en pie de nuevo. Se consideran a sí mismos como siervos pobres e inútiles y se imaginan que no hacen nada. Estos son los que hacen a la religión bella y amable a la vista de todos. Sé que estas personas son escasas. Sólo le pregunto, ¿no es así? Ahora pues, ¿cómo podremos considerar la diferencia que acabo de describir? Yo creo que aquellos que no son eminentemente santos, oran poco, y aquellos que son altamente santos, oran mucho.

Me atrevo a decir que esta opinión alarmará a algunos lectores. Tengo pocas dudas acerca de que muchos creen que la santidad eminente es como una clase de don especial, el cual sólo unos pocos deben pretender alcanzar. Ahora, yo creo que este es un error peligroso. Estimo que la grandeza, tanto espiritual como natural, depende del uso de los medios al alcance de todos, más que de otra cosa; que cuando un hombre se convierte a Dios, si ha de se eminentemente santo o no, depende principalmente de su propia diligencia al usar los medios que Dios le ha asignado.

Yo afirmo confiadamente que el medio principal por el que la mayoría de los creyentes han llegado a ser grandes en la Iglesia de Cristo, ha sido el hábito de la diligente oración privada.

Mire a través de las vidas de los siervos de Dios más brillantes y mejores, ya sea en la Biblia o fuera de ella. Dígame de uno, entre toda la considerable compañía de santos y mártires, que no haya tenido esta muy prominente señal: -que era un hombre de oración-. Sí, dependía de ella. ¡La oración es poder!.

La oración es el mejor remedio contra el diablo y los pecados acorraladores. No hay pecado que pueda permanecer firme si se ha orado con todo el corazón contra él; pero para hacerlo, debemos desplegar todo nuestro caso ante nuestro Médico Celestial, si es que deseamos que El nos dé el alivio cotidiano. Debemos arrastrar a los pies de Jesús nuestros bajos impulsos, cual si fueren demonios residentes, y clamar que El los envíe al abismo otra vez.

Lector, ¿Desea crecer en gracia, y ser un cristiano muy santo? Esté seguro que si lo desea, no podrá tener una pregunta más importante que esta ¿Ora usted?.

Le preguntó si ora, porque la negligencia en la oración es una grande causa de la apostasía. Hay tal cosa como el ir para atrás en la religión después de hacer una buena profesión. Los hombres pueden correr bien por un tiempo, como los gálatas, y después volverse a maestros falsos. Los hombres pueden profesar de su religión ruidosamente mientras sus sentimientos son tibios, como hizo Pedro, y entonces, en la hora de prueba, negar al Señor. Ellos pueden perder su primer amor, como hicieron los efesios. Los hombres pueden enfriarse en su celo por hacer el bien, como hizo Marcos, el compañero de Pablo. Ellos pueden seguir a un apóstol por una temporada, y después, como Demas volver al mundo. El hombre puede hacer todas estas cosas, pero es algo miserable ser un apóstata, un anticristo.

En los fieles que oran fervientemente la gracia verdadera no se extinguirá nunca, y la verdadera unión con Cristo nunca podrá ser quebrantada, no siento dudas del ello; pero sí creo que el hombre puede apartarse tanto de Dios que perderá de vista su propia gracia y perderá toda esperanza de su salvación. Y si esto no es el infierno, ciertamente es lo más próximo a él. Una conciencia herida, una mente enferma en sí, una memoria llena de reproches propios, un espíritu quebrantado con una carga de acusación interior, todo esto es un infierno en la tierra. En verdad el dicho del hombre sabio es solemne y de peso: "De sus caminos será harto el apartado de razón". Proverbios 14:14.

Ahora, ¿Cuál es la causa de la mayoría de las apostasías? Como regla general, una de las causas principales es la negligencia en la oración privada. Lecturas bíblicas sin oración, matrimonios contraídos sin oración, amistades formadas sin oración, el mismo acto de la oración privada cotidiana hecho apresuradamente, o sin sentirlo; éstas son la clase de pisadas descendente por las que muchos cristianos descienden a una condición de parálisis espiritual, o llegan al punto donde Dios permite que tengan una caída tremenda. Este es el proceso que forma a los morosos "LOT", a los inestables "Samsones", a los idólatras de esposas "Salomones", a los inconstantes "Asas", a los flexibles "Josaphats", a las demasiado cuidadosa "Martas", de los cuales se puede encontrar a muchos en la iglesia de Cristo. A menudo la simple historia de estos casos es ésta: ellos se descuidaron en la oración privada.

Lector, puede usted estar seguro que los hombres son apóstatas en sus rodillas mucho antes de que se aparten a la vista del mundo. Como Pedro, ellos primero descuidan la amonestación de velar y orar, y entonces, como Pedro, sus fuerzas se van, y en la hora de tentación niegan a Señor. El mundo se entera de su caída y se burla ruidosamente de ellos, pero el mundo no sabe nada de la verdadera razón de esa caída.

Lector, si usted es un cristiano verdadero, confío que nunca será un apóstata; pero si no desea llegar a ser un cristiano apóstata, recuerde la pregunta que le hago: ¿Ora usted?

 

Tomado de la revista :El Mensajero de los Postreros Días_(edición antigua) Organo Oficial de la Iglesia  IEISCC, con permiso de su editor: Apostol Director de la Iglesia Evangélica Internacional Soldados de la Cruz de Cristo