Los animales con peste

 

En los montes, los valles y collados

de animales poblados,

se introdujo la peste de tal modo,

que en un momento lo inficiona todo.

Allí donde su Corte el león tenía

mirando cada día

las cacerías, luchas y carreras.

De mansos brutos y de bestias fieras,

se veían los campos ya cubiertos

de enfermos miserables y de muertos.

«Mis amados hermanos,

exclamó el triste Rey, mis cortesanos,

ya veis que el justo cielo nos obliga

a implorar su piedad, pues nos castiga

con tan horrenda plaga:

Tal vez se aplacará con que se le haga

sacrificio de aquel más delincuente,

y muera el pecador, no el inocente.

Confiese todo el mundo su pecado.

Yo, cruel, sanguinario, he devorado

inocentes corderos,

ya vacas, ya terneros,

y he sido, a fuerza de delito tanto,

de la selva terror, del bosque espanto.-

Señor, dijo la zorra, en todo eso

no se halla más exceso

que el de vuestra bondad, pues que se digna

de teñir en la sangre ruin, indigna

de los viles cornudos animales

los sacros dientes y las uñas reales.»

Trató la Corte al Rey de escrupuloso.

Allí del tigre, de la onza y oso

se oyeron confesiones

de robos y de muertes a millones;

mas entre la grandeza, sin lisonja,

pasaron por escrúpulos de monja.

El asno, sin embargo, muy confuso

prorrumpió: «Yo me acuso

que al pasar por un trigo este verano,

yo hambriento y él lozano,

sin guarda ni testigo,

caí en la tentación, comí del trigo.-

¡Del trigo!, ¡y un jumento!,

gritó la zorra, ¡horrible atrevimiento!»

Los cortesanos claman: «Éste, éste

irrita al cielo, que nos da la peste.»

Pronuncia el Rey de muerte la sentencia,

y ejecutola el lobo a su presencia.

   Te juzgarán virtuoso,

si eres, aunque perverso, poderoso;

y aunque bueno, por malo detestable,

cuando te miran pobre, miserable.

Esto hallará en la Corte quien la vea,

y aun en el mundo todo. ¡Pobre Astrea!