La
Cabaña Solitaria del kilómetro 40
Una
maravillosa historia de la gracia de Dios
Sermón
por el doctor Charles S. Price en el campamento del lago Génova.
En
todas partes que relato esta historia de "La Cabaña Solitaria del Kilómetro
40", el Señor parece bendecirla y es por haberlo solicitado por lo que la
estoy relatando esta noche. Es una historia verídica que me contó el principal
protagonista de ella, y que enaltece la gracia de Dios sobre una vida destrozada
por el pecado.
La
historia comienza en Iowa con un anciano granjero llamado J. Conlee. El era
padre de doce hijos: seis varones y seis hembras, los cuales crecieron con la
fiel promesa de convertirse en espléndidos ciudadanos y seguidores del Señor
Jesús, pues el padre era Metodista de la vieja escuela y llevaba a su familia a
la iglesia y a la Escuela Dominical.
Algunos
de los hijos se habían hecho hombres. Uno de ellos era abogado, otro médico, y
otro era profesor en un Seminario. Cuando el niño del cual vamos a hablar nació,
el padre y la madre hicieron lo que habían hecho con los otros hijos: le
dedicaron al Señor. En los días de su niñez la madre dijo: "Espero que
mi pequeño José sea un predicador del evangelio como lo son dos de sus
hermanos."
Los años
pasaron y José era un buen muchacho y una promesa en su hogar.
Un día,
después de terminar sus labores en la escuela de Segunda Enseñanza, su padre
se acercó y le dijo: "José, ¿has decidido lo que serás?" "Sí,
padre _ dijo José_, el curso que he tomado en la Escuela me está preparando
como un ingeniero civil. Yo creo que seré ingeniero civil."
El rostro
de su padre se inmutó notablemente y dijo: "¡Oh, me da mucho sentimiento!
Nosotros esperábamos que tú te dedicaras al Ministerio. ¿Estás seguro de no
haber oído el llamamiento del Señor?" El contestó que oraría sobre eso,
y después de dos semanas llegó hasta su padre y le dijo: "Padre, he
cambiado de idea. Abrazaré el Ministerio." Su padre le abrazó y le besó
y le dijo que le mandaría a la Universidad de Iowa: y cuando él hubo recibido
su grado de bachiller, fué durante tres años a la Escuela en Ft. Dodge para
prepararse para el Ministerio.
Un día
uno de los profesores le dijo: "¿Sabe que hay una cantidad de
supersticiones mezcladas con lo que nosotros originalmente aceptamos? Usted es
un alumno brillante. Le oí al Presidente decir que le considera uno de los
estudiantes más aplicados que tenemos. Piénselo bien, y dedíquese al estudio
de los libros. Me gustaría que leyera a "Darwin", "Renán"
y "Huxley", todos ellos filósofos."
Cuando
José Colee salió de aquella escuela había una batalla de razón contra fe y
la razón estaba ganando la batalla. El aceptó el cargo de pastor en una pequeña
iglesia Metodista de Iowa, y estando allí se casó con una espléndida joven
cristiana, la hija de un predicador metodista de un pueblo cercano. Después de
tres años, a causa de su amistad con el Obispo, fue trasladado a la
"Primera Iglesia Metodista" de Sta. Ana. Allí pasó dos años, pero
fueron años en los que libró una tremenda batalla dentro de su alma. Se libran
mayores batallas dentro de los confines del corazón humano que las que se
libraron en el histórico Gettysburg, Ypres o el Marne.
Le
otorgaron el grado honorífico de "Doctor en la Divinidad", y él
progresó en sus aspiraciones ministeriales, aunque durante todo ese tiempo
estuvo sumergido en el "Modernismo" mirando las Escrituras desde el
punto de vista Modernista e interpretándolas no a base de fe sino a base de
razones e intelectualismo. A él le habían aconsejado que para estar en el
justo medio debía mirar a ambos lados del problema, y no se dejaría arrastrar
por el emocionalismo del metodismo.
La
Conferencia Metodista que se celebró en Los Ángeles sirvió para que el Obispo
le cumplimentara por su excelente trabajo, y llegó a ser pastor de la Primera
Iglesia Metodista de San Diego, una de las mayores en la Costa del Pacífico.
Después
de dos años de ministerio triunfal en dicho lugar, se trasladó a Pomona,
California, y fue durante ese tiempo que construyó la elegante Iglesia
Metodista de aquel lugar; un bello exponente de arquitectura española. Fue allí
donde las semillas que él había sembrado en su corazón, en el pasado,
comenzaron a producir frutos, de tal modo que José le confesó a su esposa que
estaba comenzando a sentirse un poco hipócrita, que no creía las cosas que
estaba predicando a su congregación y finalmente dijo: "Lo voy a dejar. No
puedo seguir."
El
"negó el nacimiento virginal" de Cristo y los milagros, y un día José
Colee subió al púlpito y dijo: "Amigos míos, les voy a hacer una confesión:
Yo no puedo creer en la Biblia; y he librado una terrible batalla en mi corazón
durante años. Ahora creo que recobraré parte de mi propia estimación. Esta es
la última vez que predicaré".
El era un
talentoso escritor y pronto encontró empleo. Regresó a Sta. Ana y llegó a ser
el editor de "The Sta. Ana Herald". Durante
años su nombre apareció encabezando los artículos de editorial. Pero comenzó
a fumar, beber y jugar un poco y fue de mal en peor. Dejó Sta. Ana y fue a Los
Ángeles donde por algún tiempo fue el editor de "The East Los Ángeles
Exponent". Se mudó a Covina y allí fundó su propio periódico "The
Covina Argur Independent", un periódico que aún se edita. Lo vendió por
una pequeña fortuna y se convirtió en escritor del editorial de "Los Ángeles
Times" y más tarde del "The Exáminer", posiciones éstas que
perdió a causa de la bebida. Trabajó en "The Express", pero perdió
ese empleo por estar embriagado con frecuencia.
Su pluma
nunca perdió su brillantez. Parecía estar sumergida en la buena tinta de la
inspiración. Hubo muchos días que él no pudo asistir al trabajo.
Vagabundeando de un lugar a otro, el hombre que había sido el pastor de la gran
Primera Iglesia Metodista de San Diego y de la gran Iglesia en Pomona, se
convirtió en un disoluto borracho vestido de harapos. Solía encontrársele
todas las noches en la parte trasera del "Mineral Saloon".
Culpando
a su vieja vida de su caída comenzó, en su antipatía hacia Dios, con una
serie de ataques públicos sobre el Metodismo y el Cristianismo. Llegó a ser el
presidente de la "Asociación de Libres Pensadores de California", y
durante doce años no perdió una sola noche de asistir al "Mineral
Saloon", dando charlas sobre ateísmo y bebiendo hasta querer morirse. El
levantaba su mano y desafiaba a Dios a que le matase, y cuando nada le sucedía
decía: "¿Ustedes ven amigos?, no hay Dios". Recogía algunos reales
y pesetas y entraba al salón a beber de nuevo hasta no poder más.
Era
necesario llevárselo noche tras noche hasta su esposa que oraba sin cesar,
mientras el delirio se apoderaba de él una y otra vez. Se puso enflaquecido,
con los ojos hundidos, blasfemo, maldiciente y perjuro; él había descendido
hasta el fango y la escoria de las cosas, pero cada noche su esposa, una hija de
un predicador metodista, oraba por él. Me imagino lo que hubiera pensado el
profesor que le dio aquellos libros si hubiera podido verle ahora en Los Ángeles,
sucio, con los pantalones rotos en las rodillas, con la barba larga: un pobre y
viejo borracho.
Un día,
bajando por una calle, accidentalmente tropezó con un hombre. El doctor Conlee
estaba borracho como siempre, y dijo: "¿Puede usted darme un real,
amigo?" El hombre le miró y reconoció a su viejo pastor: "¿No es
usted Conlee, señor? ¡Dígame!" le dijo con alegría. "Ese es mi
nombre, Conlee" le contestó el borracho. "¡Mi viejo pastor! ¿Qué
hace usted en éste estado? ¡No puedo creer lo que ven mis ojos!". Y el
bondadoso doctor cristiano, pues era doctor en medicina, le llevó a su casa, le
ayudó a bañarse, lo vistió, y le llevó a un hotel cercano explicando al
dependiente lo que él estaba haciendo. Conlee empeñó el traje y lo gastó en
bebida. Entre el doctor y sus amigos trataron de la mejor manera de salvar al
viejo borracho, pero no pudieron hacer nada por él. Cada centavo que conseguía
lo gastaba en bebida, hasta que llegó tan bajo como es posible a un ser humano
llegar. Por último todo el mundo le ayudó, y el doctor dijo: "Si pudiéramos
sacarle del "Mineral Saloon", tal vez le ayudaría a
regenerarse".
Fue en el
tiempo de la gran avalancha de oro en Alaska y los hombres estaban subiendo a
"Chilkoot Pass" como un enjambre de hormigas camino a los campos de
oro en una cruzada loca por obtener el metal amarillo, y sus amigos pensaron que
él podía interesarse de tal modo que su vida cambiaría.
El viejo
borracho dijo que deseaba ir; de modo que le prepararon su pequeño baúl, le
compraron otro traje y le embarcaron rumbo a Skagway. Su esposa e hijita
vinieron a despedirle. Su pequeña hija, Florence, le echó los brazos al cuello
y le dijo: "Papá, querido papá; mamá puso un pequeño botiquín de
medicinas que ella pensó tú podrías necesitar si te herías allá. Dentro del
botiquín yo he puesto mi pequeña Biblia. Yo no se la daría a ningún otro en
el mundo, sino a ti, papá ¿la leerás?". Esa pequeña Biblia representaba
mucho para Florence y en la carátula ella había escrito: "Para mi querido
papá, con amor de Florence. No olvides que te amamos".
La sirena
tocó y el viejo vapor surcó las aguas: en el fondo del baúl estaba el botiquín
con la Biblia adentro. En unas pocas semanas él estaba en medio de una
maldiciente oleada humana que iba rumbo al Yukón. El primer lugar que encontró
fue una cantina, la mayor de la ciudad, y consiguió empleo en aquella cueva
infernal. El reverendo José Conlee barriendo pisos y limpiando las escupideras,
y su paga era todo lo que quisiera beber y el alimento suficiente para
mantenerse vivo.
Un día
el propietario de un gran lugar llegó hasta él y le dijo: "Doctor, yo
quiero que usted vaya hasta el kilómetro 40. Hemos hallado oro allí, y yo soy
el primer hombre que lo sabe, con excepción del hombre que lo encontró. Yo he
comprado la vieja cabaña de madera, y quisiera que usted fuera y maneje
aquello". "¡Yo no me voy de aquí! _dijo José_, usted sabe cuál es
mi pequeña debilidad". El no iba donde no pudiera conseguir whiskey; pero
el hombre le dijo: "José, usted puede tener todo lo que desee para beber.
Nosotros enviaremos provisiones para dos semanas en el trineo. No tendrá nada
que hacer sino sentarse en la cabaña y pasar el tiempo agradablemente".
De este
modo José Conlee se instaló en la Solitaria Cabaña del Kilómetro 40, sin
nada que hacer sino beber. El había sido provisto de una buena remesa al
despuntar el invierno y tenía suficiente hasta que terminara. Reía y reía
mientras bebía hasta más no poder.
El barril
de whiskey había bajado una cuarta parte, cuando un día de octubre hubo un
golpe a la puerta de la cabaña. Allí estaba Jimmie Miller, un Católico Romano
que dijo tener frió y hambre. El picaporte está siempre abierto en Alaska, no
se acostumbra despedir a nadie, así que Conlee dijo: "Entre, hay alimento
y un barril de whiskey". Jimmie Miller rió alborozado mientras entraba en
la cabaña; entonces los dos se sentaron a beber. Allí estuvieron por dos
semanas bebiendo juntos cada noche hasta dormirse, sin perder una sola noche.
Las orgías de licor en aquella cabaña eran superiores a cualquier descripción,
cuando sonó otro golpe en la puerta y Wally Flett, un médium espiritista de
San Francisco, apareció. Al ver el licor su boca comenzó a hacerse agua
y dijo: "¿No desean que me quede con ustedes?" Ellos dijeron: "Sí"
y entonces eran tres ahora en la cabaña. Sus risas impúdicas, sus soeces
burlas, sus historias y cuentos obscenos, su beber en exceso era algo difícil
de explicar.
Llegó
Noviembre y se terminó. Ellos hicieron tres viajes a Dawson con los trineos
para buscar whiskey y alimento. Entonces el abuso de bebida les atacó los
nervios. Los tres bebían, bebían y bebían hasta llorar y hacer heces en
tormentoso delirio noche tras noche. Después, por divertirse, tuvieron una sesión
espiritista, y Wally Flett, el viejo médium, les dijo como él hacía para engañar
a las gentes y les enseñó a ellos como la escritura de la pizarra se hacía y
su clave. Noche tras noche ese era el programa para los tres en la Cabaña
Solitaria.
Entonces
una noche uno de ellos se puso al borde de la muerte. Jimmie Miller tenía
delirio y fiebre y en gran agonía gritó: "¡Tráiganme un médico,
ustedes no pueden permitir que me quede aquí y muera!". Pero ellos estaban
a 40 millas de la ciudad de Dawson; la temperatura era 40 grados bajo cero, y la
nieve estaba profunda. El delirio le mantenía gritando: "¡Tráiganme un médico!".
Entonces Conlee recordó que en el fondo del viejo baúl estaba el botiquín, de
modo que lo trajo, lo abrió, y de este cayó un pequeño y negro libro sobre el
piso. El lo abrió y leyó: "De Florence a mi papá". "¡Forence!
¡Florence! Wally Flett dijo, ¿Qué encontraste Conlee?" "Una Biblia
¡maldición!" y Conlee cruzó la estancia hacia la estufa, pero al
levantar la tapa para arrojarla adentro Wally Flett gritó: "¡No la eches
ahí, hombre, ¿no sabes que no tenemos nada para leer en este paraje abandonado
de Dios? El único magazine tuyo lo he leído veinte veces" y diciendo esto
arrebató la pequeña Biblia de la mano de José Conlee. Este dijo: "Si tú
quieres leer eso, hazlo, pero yo no lo haré. ¿Qué es lo que tiene en la carátula?"
"A mi querido papá, con amor de Florence" leyó Wally. Ahora Conlee
estaba un poco más serio: "¡Mi pequeña hija! Me alegro de no haber
quemado la Biblia que mi pequeña Florence me dio".
La
medicina comenzó a obrar; Jimmie Miller comenzó a mejorar y cuando estuvo
convaleciente comenzó a leer la Biblia. Jimmie tenía el hábito de leer en voz
alta. José trató de decirle que se callara pero Wally Flett estaba interesado.
El decía: "¿Qué fué lo que usted leyó Jimmie?" entonces Jimmie
volvía a leer de nuevo. Wally dijo: "No sabía que habían cosas tan
importantes como estas en la Biblia. ¿Qué dice usted si la leemos solamente
para pasar el tiempo, no para creer en ella? José en un tiempo fué un
predicador, él nos dijo lo tonto que son los predicadores". Así que
tomaron turno para la lectura y sin que se dieran cuenta un cambio se aproximaba
a la Cabaña Solitaria del Kilómetro 40_ y el barril de whiskey fue vaciándose
más despaciosamente. Algunos días ellos leían 5,6 y 7 capítulos, y cuando
llegaron al Nuevo Testamento, las blasfemias decrecieron, comenzaron a dejar el
barril de whiskey y Wally dijo: "¿No han notado ustedes como una especie
de cambio en nosotros? Durante tres o cuatro días no he oído imprecaciones. Yo
quisiera saber si es esa Biblia la que está haciendo esto".
Llegó la
Navidad. Ellos leyeron la historia del Nacimiento de Cristo. Wally Flett dijo:
"Un momento; ¿saben ustedes qué día es? Es Navidad. Yo quisiera saber lo
que los niños están haciendo ahora en los Estados Unidos... ¿qué te pasa José?"
"¡Oh, precisamente pensaba en la pequeña Florence. Ella acostumbraba
colgar una media en Navidad antes de que yo me volviera un imbécil con la
bebida. Allí estarán las gentes felices alrededor de sus chimeneas."
Llegó
Enero y ellos comenzaron a leer el Evangelio de San Juan, y fue entonces cuando
vino aquel día venturoso, Febrero 14. Le tocaba leer a Walley y José se puso
detrás de la estufa. Walley leyó: "No se turbe vuestro corazón: creéis
en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si no
fuera así os lo hubiera dicho. Voy pues a preparar lugar para vosotros."
José se pasó la mano por los ojos. "¿Qué te pasa, José?" "¡Nada!"
"¿Estás llorando, José?" "Sí, lee, estoy pensando en mi pequeña
hija. No estoy llorando a causa de la Biblia." Entonces Walley dijo:
"Me gustaría saber si lo que este libro dice es verdad. Durante los últimos
cinco días yo he estado queriendo orar y me espanta la idea de que ustedes se
rieran de mí, pero no tendré más ningún temor. Yo le pediré a Dios, si hay
un Dios, que me hable." José dijo: "Bien, ya que te has confesado tú
mismo, les diré que mi corazón ha sido quebrantado desde la semana pasada.
Puedo oír a mi madre allá en Iowa orando, aunque ella está ahora en la tumba.
¿Qué dices tú, Jimmie? Si ustedes compañeros quieren orar, yo oraré con
ustedes." Los tres viajeros borrachos de la Cabaña Solitaria del Kilómetro
40 doblaron sus rodillas para orar. Sus oraciones se elevaron más y más. De
repente Walley Flett saltó sobre sus pies gritando: "¡Aleluya, aleluya!
¡Jesús me ha escuchado!". Mientras él gritaba, se levantó Jimmie
Miller, y por último José Conlee, el tercero en la cabaña, también se levantó
gritando "¡Gloria!". Eran las dos de la mañana cuando ellos se
levantaron de orar.
Dentro de
la Cabaña Solitaria del Kilómetro 40 había venido el Hombre del Manto
Inmaculado. Yo puedo verle a El en espíritu junto a la vieja estufa de yukón,
al poner Sus manos sobre sus cabezas. Más tarde José agarró el barril de
Whiskey y lo rodó hasta la puerta. Waley fue a buscar el hacha, y el inmundo líquido
se derramó sobre la nieve en medio de los gritos de gloria. Los ángeles
estaban mirando desde las alturas cuando vieron lo que sucedió en la Cabaña
Solitaria del Kilómetro 40: Jimmie Miller, José Conlee y Waley Flett nacieron
de nuevo por el Espíritu de Dios.
Yo estaba
atendiendo los cultos en Eugenia, Oregón; y el hermano Hornshub me ofreció
presentarme al Deán de su Escuela Bíblica quien resultó ser el doctor José
Conlee. Ese fue el comienzo de nuestra amistad.
Un poco
antes de terminar mi campaña, el doctor Conlee me pidió pasar tres horas con
él en su habitación y que trajera papel y lápiz. El dijo: "No voy a
estar mucho tiempo en este mundo; yo voy a mi hogar para descansar en Jesús;
pero yo he estado orando, y creo que Dios quiere que mi historia sea
publicada." Aquella noche yo estuve en su habitación, y en la habitación
próxima estaban su esposa y su hija Florence quienes vivían en los
apartamentos de la Escuela. El comenzó diciendo: "Usted tendrá que
perdonarme si lloro un poco, pero quiero comenzar desde el principio." Y él
me contó la historia tal como yo se las he relatado a ustedes. Tres veces,
durante la entrevista, oramos juntos. A las cuatro en punto yo le abracé y
lloramos juntos.
Me fui a
Yakima para una campaña, y durante la primera semana me enteré por una
estudiante enviada desde Eugenia que "Tío José" había ido a
descansar. Cuando él supo que se iba envió por ella y le dijo me dijera que
Jesús, quien le había hallado en la Cabaña del Kilómetro 40, estaba con él.
Entonces puso su cabeza sobre la almohada y murió.
Walley
Flett ha sido lleno del Espíritu Santo y vive predicando en Texas. La última
vez que oí hablar de Jimmie Miller, él estaba predicando la santidad al
pueblo, pero el querido tío José estaba descansando en Jesús.
Jóvenes
amigos, tengan cuidado con lo que leen. No hay ningún libro como la Biblia, y
si alguna batalla comienza a librarse dentro de los confines de sus corazones y
vidas digan: "¡Señor, mientras no pueda entender, yo creeré en ti, y
donde no pueda ir la razón, irá conmigo la fe, y donde no pueda ver, yo
confiaré."
Tomado de la revista :El Mensajero de los Postreros Días_(edición antigua) Organo Oficial de la Iglesia IEISCC, con permiso de su editor: Apostol Director de la Iglesia Evangélica Internacional Soldados de la Cruz de Cristo