En Genesareth

 

Mientras la tarde baña de dulzura infinita

Los montes y los valles, las riberas que son

las mismas que sintieron su mirada bendita,

las mismas que escucharon el Divino Sermón,

 

En una barca vieja que a meditar invita

Y sintiendo en los labios un temblor de oración-

voy cruzando en silencio el lago que palpita

misterioso y callado, como un gran corazón.

 

El horizonte cruza lentamente una vela;

con las almas inmóviles un ave blanca vuela,

se desvanece arriba el postrer arrebol...

 

y en la quietud serena, entre la luz escasa

parece que el Maestro sobre las ondas pasa

Y es su túnica el último relámpago del sol.