El jardinero


¡Cómo discuten y cómo gritan! 
¡Cómo dudan y se desesperan! 
¡Nunca se acaba su pelear! 

Que tu vida se ponga entre ellos, inalterable y pura 
como una lengua de luz, hijo mío, 
y les imponga silencio con su hermosura. 

¡Qué crueles los hace la codicia y la envidia! Como 
ocultos cuchillos sedientos de sangre son sus palabras. 

Ponte tú entre sus corazones airados, hijo mío, y que 
tus ojos huecos caigan sobre ellos como cae la induljente 
paz del anochecer sobre la contienda del día. 

Déjales que miren tu cara, hijo mío, 
y que así comprendan el sentido de todas las cosas. 
Que te amen, y así se amen unos a otros. 

Ven tú a ocupar tu sitio al seno de lo eterno, hijo mío. 
Abre y levanta tu corazón al salir el sol, como una flor nueva. 
Y cuando el sol se ponga, inclina tu frente y acaba 
en silencio la oración de la tarde. 

_R. Tagore