El hijo pródigo

 

En Hermosa alegoría

De moraleja profunda

A un grupo que le circunda

Como ocurre día a día

Jesús, con sabiduría

Divina y lenguaje grato,

Después de hablar por un rato

En narración parabólica

Sobre una escena bucólica

Comienza un nuevo relato.

 

Y con tonos magistrales

Habla de aquellos cortijos

Y de un padre con dos hijos

Como figures centrales.

Altos principios morales

Hacen el hogar dichoso

Y mas que eso luminoso

Porque aquel padre a los dos

Enseñó el temor de Dios

Como en todo piadoso.

 

Mas, compañías fatales

Que hacer el bien nunca aciertan,

En el mas chico despiertan

Apetitos mundanales.

Con torcidos ideales

Tras una aventura loca

Ante el padre no se apoca

Y al fin, resuelto y con arte,

Le dice: “Dame la parte

De la hacienda que me toca”.

 

Siente aquel padre una daga

Atravesándole el pecho

Mas no le niega el derecho

Aunque un gran daño le haga.

Ese mundo que le halaga

Quiere conocer mejor

Y parte el hijo menor

Sin pensar, mientras se aleja,

Que tras sus espaldas deja

Una estela de dolor.

 

De sus bienes se envanece,

Aun de su vistosa ropa

Cuando va a apurar la copa

De placer que se le ofrece.

Allá su bolsa decrece

Al cabo de unas semanas

Por las costumbres livianas

Que adopta en nuevos senderos

Entre amigos lisonjeros

Y atractivas cortesanas.

 


Al consumar su torpeza

De aquel continuo derroche

Su día se trueca en noche

Y su alegría en tristeza.

El hambre a azotar empieza

Aquella vasta región,

Y en su desesperación,

Cuando va a buscar abrigo,

No encuentra ni un solo amigo

Que le brinde protección.

 

Qué oscuro luce su cielo

Al verse sin agasajo,

Sin amigos, sin trabajo,

Sin dinero y sin consuelo.

Clavada su vista al suelo

Soliloquia con espanto:

“En medio de mi quebranto,

cuando carezco de pan,

mis amigos, ¿dónde están

los que me adulaban tanto?”

 

Nada remedia el lamento;

Lo único indicado ahora

Es procurar sin demora

Dónde encontrar el sustento.

Sabe que es malo el momento

Por la escasa  producción,

Por su débil condición

Fruto de tantas orgías,

Y porque no hay garantía

Para su reputación.

 

Tras una  lucha tremenda

Consigue aquel insensato

Empleo cuidando un hato

De cerdos en una hacienda.

¡Qué experiencia tan horrenda

Para el necio vagabundo

Que fue a recorrer el mundo,

A hacerse un hombre, a gozar,

Y ahora tener que lidiar

Con ese animal inmundo!

 

Y mientras va a apacentar

Aquella piara de cerdos

Le sobrevienen recuerdos

De su padre y de su hogar.

Allí podía disfrutar

De muchos manjares sanos,

Pero aquí en sitios lejanos

Donde como él muchos ruegan

Aun algarrobas le niegan

Pues son para los marranos.

 

“Sé que cada jornalero

De los que en mi casa están

Tiene abundancia de pan

Y yo aquí de hambre me muero”.

Piensa así el aventurero

Cuando el regreso concibe

Tras rodar por el declive

De la infamia y del pecado:
”Seré un nuevo asalariado

Si mi padre me recibe”.

 

Abandona el cochitril,

Su execrable empleo deja

Y regresa como oveja

Que se vuelve a su redil.

Cansado, enfermo, febril

Por largo camino avanza

Y un día ve en lontananza

El padre que llora y vela

Que se cumple lo que anhela,

Que se hace real su esperanza.

 

Inundado de emoción

Siente un gran ímpetu dentro

Del pecho y sale al encuentro

Del hijo sin dilación.

En el cielo hay conmoción,

Brotan lirios entre abrojos;

Y cuando el padre, de hinojos,

Al hijo besa y abraza,

El mozo de recia traza

Siente húmedos los ojos.

 

Macilento y desgarbado

Aquel que saliera un día

Con pomposa bizarría

Para volver enlodado

Dice: “Padre, he pecado

Contra el cielo y contra ti,

Y aunque he regresado aquí

No te pido ni te exijo

Que me trates como a un hijo

Pero apiádate de mí”.

 

Huelgan las explicaciones,

Con ternura las silencia

Y despeja su conciencia

De cargos y acusaciones.

Sus ropas hechas  jirones

Presto renueva, y después

Adunando el interés

A sus amorosos tratos

Procura suaves zapatos

Para sus cansados pies.

 

Y como demostración

De amor perenne y sencillo

Pone en su dedo un anillo

Que es prenda de filiación.

Hay fiesta en su corazón

Por el hijo que ha llegado,

Así que ordena a un criado

Que sacrifique un torete

Y se prepara un banquete

Con un ternero cebado.

 

El hijo  mayor regresa

Del campo de su labranza

Y al oír música y danza

Pregunta: “¿Qué bulla es esa?”

Todo le causa sorpresa

Al oír por los pensiles

Voces fuertes e infantiles

Y sonidos de trompetas,

Vihuelas y panderetas,

Pífanos y tamboriles.

 

Al quedar bien informado

Del motivo de la fiesta,

Se alarma, gruñe y protesta

Profundamente enojado.

A su padre que a su lado

Viene a mitigar su ofensa

Dice en su propia defensa:

“Yo siempre te he obedecido

Y de ti no he recibido
jamás una recompensa.

 

Mas, al volver de su viaje

Mi hermano que te ofendió

Y tus vienes disipó

Causándote grave ultraje,

Le brindas tal homenaje

Que pres y alabanza entraña.

¿Cómo tu razón se empaña

Que en pago a su torpe yerro

Le das el mejor becerro

Como aplaudiendo su hazaña?

 

¿Acaso no consideras

Que manchó tu augusta frente

De baldón cuando imprudente

Tu caudal dio a las rameras?"

Oye el padre las severas

Reprensiones del hijo mayor,

Y suavizando el rencor

Que lleva a tales deslices

Muestra las hondas raíces

De la fuerza de su amor.

 

"Escucha lo que te digo,

Hijo, aunque te redarguyo:

Todo lo que tengo es tuyo

Pues tu siempre estás conmigo.

Mas, si tu hermano a mi abrigo

Vuelve, aunque un día se fue,

¿no me regocijaré?

¿no he de hacer holgorio yo?

¡Muerto estaba y revivió!

¡Perdido andaba y lo hallé!"

 

Así sin más escarceos

Jesús su historia concluye

Y los prejuicios destruye

De escribas y fariseos.

Opuesto a los corifeos

De postura intransigente

Hace entender a la gente

Que el cielo goza de amor

Cada vez que un pecador

De su maldad se arrepiente.

 

Así apela a la conciencia

En la Biblia, excelso código,

La historia del hijo pródigo

Como solemne advertencia.

Ella revela en esencia

Un gran amor paternal

Puro, limpio, sin igual,

Perfecto e inextinguible;

Amor solo concebible

En el Padre Celestial.

 

_Hugo Izquierdo