El buen samaritano

Por banda de ladrones sorprendido,

Maltrecho, adolorido sin montura,

Quedó el pobre viajero malherido

Al borde mismo de la sepultura.

 

Por el mismo camino un sacerdote

De blanca barba y límpido manteo,

Al ver al desvalido, avivó el trote,

Volvió la vista y describió el rodeo.

 

Tras él pasó un levita bien montado,

De los sagrados Canon el librero;

Más, también se apartó del desdichado

Sin escuchar sus ayes lastimeros.

 

Con ambos se cruzó un samaritano

Al que ni aún saludaron por desdén

Porque adoraba en Gerisim lejano

Al mismo Dios y no en Jerusalén.

 

Más, cuando este llegó junto al herido,

Dejó el caballo, se acercó prudente;

Le acomodó y con cariñoso cuido

Limpió sus yagas y enjugó su frente.

 

Le aplicó el buen remedio de su vino

Y de su aceite el eficaz sedante,

Porque era un compañero del camino

Caído en la desgracia: un semejante.

 

Aún hizo más: llevóle a la posada,

Y le pagó el mesón mientras tuviera

Que detener en cama la jornada

Hasta que a sus labores se volviera.

 

Esto lo puso por ejemplo y guía

Aquel que profundiza el corazón humano;

De nada servirá la piedad fría.

Hay que hacer como el buen samaritano.