DEDICATORIA

 

A la memoria de mis compañeros

torturados y asesinados en las

cárceles de Fidel Castro y a los

miles de prisioneros que

actualmente agonizan en ellas.

 

INTRODUCCION

 

    Este libro es mi testimonio de veintidós años pasados en las cárceles políticas de Cuba, únicamente por manifestar mis criterios distintos al régimen de Fidel Castro.

    En mi país hay algo que ni los más fervientes defensores de la revolución cubana pueden negar, y es el hecho de que existe una dictadura hace más de un cuarto de siglo. Y no puede un dictador mantenerse en el poder durante tanto tiempo sin violar los Derechos Humanos, sin persecuciones, sin presos políticos y cárceles.

    En Cuba existen en este momento más de doscientos establecimientos penitenciarios, que van desde las cárceles de mayor seguridad a los campos de concentración y a las llamadas granjas y frentes abiertos, donde los presos efectúan trabajo forzado.

    En cada una de estas doscientas prisiones hay suficiente historia para escribir muchos libros. Por eso, los testimonios que aquí aparecen son apenas un esbozo de la terrible realidad de aquellas cárceles.

    Algún día, cuando toda la historia se conozca con detalles, la Humanidad se horrorizará como lo hizo cuando se conocieron los crímenes de Stalin.

    Amnistía Internacional en sus últimos informes ha denunciado los fusilamientos de decenas de opositores políticos, los maltratos físicos, las palizas. Y cuando se dirigieron al gobierno de Cuba pidiéndole suprimiera la pena de muerte, el vicepresidente cubano, antiguo ministro de Batista, Carlos Rafael Rodríguez, les respondió que en Cuba la pena de muerte era necesaria. Este mismo funcionario, en entrevista aparecida en el "Diario 16" de Madrid, el día 10 de octubre de 1983, cuando el periodista le preguntó si existían en Cuba grupos que luchaban por libertad sindical y Derechos Humanos, repondió que sí, que había gente con esas ideas festivas de libertad sindical y Derechos Humanos, pero que les auguraba el ridículo.

    Para mí este testimonio es la noche que ha quedado atrás, pero no para los miles de mis compañeros prisioneros que siguen en las cárceles, algunos de ellos han cumplido ya veinticinco años. Son los presos más antiguos de América Latina y quizá del mundo.

    Las situaciones de violencia, la represión, las golpizas, las torturas e incomunicaciones son práctica diaria, hoy, ahora mismo, cientos de prisioneros políticos, por rechazar la rehabilitación política, se encuentran hace cuatro años desnudos, sin asistencia médica, sin visitas, durmiendo en el suelo y encerrados en celdas cuyas ventanas y puertas han sido tapiadas.

    Jamás ven la luz del sol, ni artificial. Yo soy un superviviente de estas terribles celdas tapiadas de Boniato.

    Hay fotos de algunos de los personajes que aparecen en el libro, para que sepan que son personas que existieron, que existen, que tienen un rostro. Los vivos están actualmente en Estados Unidos, Venezuela y otros países. Debo decir que en aquel peregrinar por las prisiones, conocí militares y funcionarios con gran calidad humana, que nos ayudaron en la medida de sus posibilidades, y con ello se arriesgaban a ir a la cárcel. Los nombres de estas personas, por razones de seguridad para ellos, no pueden ser revelados, así como los favores que hicieron.

    No quiero terminar sin evocar a quienes hicieron posible mi libertad y reiterarles mi reconocimiento. No escribo nombres porque la lista sería muy larga y porque hay personas que pensaron en mí, que hicieron por mí y yo ni siquiera conozco sus nombre. Para ellos lo mejor de mi recuerdo y corazón.

 

Madrid, 1985

Armando Valladares