CONTRA TODA ESPERANZA
por Armando Valladares
Capítulo 6
Isla de Pinos
Dos altavoces tenía el patio de la prisión. Cuando los militares querían dirigirse a los presos, lo hacían a través de ellos. Una tarde, al terminar el recuento, comenzaron a leer una lista de prisioneros que debían recoger de inmediato todas sus propiedades. Iban a ser trasladados. Cuando llamaban a estos grupos se hacía un silencio total en toda la cárcel. Cada cual aguzaba el oído para distinguir si pronunciaban su nombre. Nunca decían para dónde era el traslado, pero desde La Cabaña, y tantos prisioneros, sólo podían tener un destino: Isla de Pinos.
Ya los que habían sido nombrados de mi galera comenzaban a echar sus pertenencias en bolsas de lona. Había como una angustia en el ambiente. El traslado para aquella prisión, situada en una isla del sur de Cuba, sobrecogía los ánimos. Eran muchos los horrores que se comentaban de lo que allá sucedía. Además, era el aislamiento de los familiares, mayor incomunicación. Al menos, en La Cabaña teníamos noticias frecuentes de la familia, un par de veces por semana. Luego de mi prohibición de que volvieran a visitarme, para ahorrarles la vejación de aquellos registros en los que desnudaban hasta a las más viejecitas, mi madre había ido una vez. Mi hermana no entró, la esperó afuera. Supe entonces por mi madre que el ministro de Comunicaciones le había enviado una carta donde le informaba que yo había sido expulsado de mi trabajo por "traidor a la revolución". Este mismo ministro pronunció unas palabras contra mí en una asamblea que organizaron los comunistas de aquella dependencia. Unos cartelones, enarbolados por algunos de mis ex compañeros, pedían: ¡paredón, ¡que lo fusilen!
La bocina seguía emitiendo la letanía de nombres y nombres: los repetía dos veces. Escuché el mío y abandoné la puerta para preparar mis cosas. Frente a mí Pedro Luis Boitel, y a mi lado Alfredo Carrión, también preparaban su equipaje. Fue aquel uno de los traslados mayores que se hicieron: más de trescientos en un solo llamado. Todos sabíamos que allá las visitas estaban suspendidas, que hacía solamente unos días habían matado a Monteiras a culatazos en una requisa y que imperaba el terror.
El traslado del preso es siempre a prisa. Cuando terminaron de leer la lista, pelotones de militares ya formaban frente a las puertas y ordenaban a los llamados que fueran saliendo. Con verdadera agitación íbamos echando en desorden nuestros escasos artículos en los sacos de lona de los que todos los presos se habían provisto, traídos por los familiares.
_¡Vamos... apúrense...! _los guardias repetían mecánicamente la orden. Se les veía cansados. En los traslados los retenes, los que salieron después de prestar sus servicios de posta, tienen que incorporarse y no pueden dormir. Esto los disgusta, los pone de mal humor y siempre es el preso el que paga las consecuencias.
Ya los primeros que había salido de las galeras 8, 9 y 10 se amontonaban en el patio, cargados con sus sacos y con otras bolsas de yute, y del cinturón, colgando, el jarro de aluminio y la cuchara, al cuello una toalla, y asomando por el bolsillo de la chamarra el cepillo dental y la pasta.
_¡Vamos... saliendo...! ¡Esos que llamaron, afuera...! _Eran muy dramáticas las despedidas de los que se quedaban. Los apretones de manos deseándoles suerte en el juicio. El abrazo a quien se sabe tiene muy pocas posibilidades de salvarse es como abrazar a un muerto. Y se tenía casi la certeza de que jamás se les volvería a ver vivos y en aquellos instantes no se sabía qué decirles, faltaban las palabras adecuadas y se les miraba a los ojos. En el corazón, silenciosamente, brotaba una plegaria por aquellos hombres.
Pedro Luis era de complexión débil, muy delgado, y sus fuerzas escasas. Había sido un niño enfermizo. Desde muy pequeño tuvo que comenzar a trabajar, ayudaba a uno de sus tíos a repartir café a domicilio. Así, con el esfuerzo de sus padres y voluntad de superación, llegó hasta la Universidad, donde estudió ingeniería eléctrica. Se sumó a los grupos de acción que combatían a Batista y en peligro de muerte logró escapar a Venezuela. Desde allí continuó ayudando a Castro. Fue en Caracas donde lo sorprendió la caída del tirano. En enero de 1959 regresó y se reincorporó a la Universidad, a su facultad, de la que había sido elegido presidente por los demás alumnos, que lo admiraban por su valor personal, hombría de bien y dotes de dirigente.
Pedro Luis casi no podía con su saco y lo arrastraba. Usaba un crucifijo grande _regalo de un sacerdote católico_ que lo acompañó en su candidatura a presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, a la que tuvo que renunciar personalmente amenazado por Castro, porque Boitel era un anticomunista activo. Fue entonces cuando pasó a la clandestinidad, en la que estuvo viviendo durante meses, hasta que fue capturado.
Casi doscientos presos con sus sacos estábamos en el patio. Un grupo de tenientes con listas en las manos comenzaron a llamar y los presos que estaban más cerca de los militares se volvían y repetían el nombre. Así fuimos saliendo y formando en el rastrillo de dos en fondo. Cuando hubo un grupo como de cincuenta, lo sacaron, y luego otro, y otro: así transcurrieron muchas horas. El nuestro fue casi de los últimos. Salimos a la calle, aquella misma que yo conocía de cuando me llevaron a juicio; pero ahora estaba llena de guardias que iban y venían constantemente, con cascos y fusiles con bayonestas.
_¡Arriba... formando ahí de dos en fondo! _Era un sargento negro y gordo al que no había visto antes. Los presos comenzaron a formar. Pasó el sargento, confrontó con unas listas que tenía en la mano y dio la orden de echar a andar. A la salida del primer túnel, un poco más allá de la entrada de la prisión, esperaban los ómnibus. Eran Leyland ingleses, pintados de blanco, de los que componían las líneas de Autobuses Modernos, S. A., expropiados por el Gobierno. El asiento del fondo estaba ocupado por seis escoltas con metralleta. Cuando se llenaron todos los asientos, otros escoltas se apostaron en las puertas y detrás del chófer. Un teniente amenazó a los que intentaran pararse, y partió aquella comitiva de varios autobuses escoltados por patrulleros de la Policía Nacional yh carros de la Policía Política.
Yo había escondido el reloj desde el día de la requisa. Con toda seguridad, al llegar a Isla de Pinos, lo descubrirían, y pensé que sería mejor que me lo pusiera en la muñeca. Pero no ahora, sino cuando estuviera acercándome a la otra prisión; quizá allí lograra pasarlo sin mayores consecuencias.
La caravana de autobuses dejó atrás la fortaleza, arribó a la vía Monumental, torció a la derecha y entró en el túnel, rumbo al campamento militar de Columbia, lugar de donde saldrían los aviones cargados de prisioneros hacia Isla de Pinos.
Sentado a mi lado iba Carrión. Boitel se había acomodado en el primero de los asientos. Siempre un traslado genera interrogantes en el preso, son mil las preguntas que se suceden y quedan sin respuesta. Hay una actividad mental muy intensa en cada uno de los hombres mientras se desliza el silencio y no se escucha una sola voz. Quizá muchos pasaron frente a sus propias casas porque hubo que atravesar la ciudad, y un cúmulo de recuerdos los asaltó de forma directa. ¡Cuantas veces yo mismo no había caminado por aquellas avenidas, libre, sin sospechar ni remotamente que un día pasaría por ellas siendo preso!
Llegamos al campamento militar, frente a las instalaciones y hangares de la Fuerza Aérea. Altas cercas y vigías con fusiles custodiaban el aeropuerto. Un poco más allá de los edificios de oficinas y dormitorios, las pistas grises y las siluetas de aviones de transporte que se desdibujaban en la noche opaca.
Bajamos frente a unas barracas. Guardias por todas partes. Entraban y salían. Se escuchaba el golpeteo de martillos. Estaban terminando de clavar unas tablas que clausuraban las ventanas. El salón estaba lleno de literas de dos pisos, de madera con una lona gruesa, sin almuhadas. Las órdenes se escuchaban afuera de manera constante. Colocaron postas rodeando el edificio y un guardia arrastró una silla y se sentó frente a la única puerta.
Boitel, Carrión, Ulises, Piñango y yo ocupamos dos de las últimas literas. Ya los presos comenzaban a adaptarse a la nueva situación. Se le preguntó al guardia por los servicios y hubo que esperar a que consultara a los superiores. Cuando llegó la respuesta, nos autorizaron a pasar de cuatro en cuatro.
Fuimos Boitel y yo más que por necesidad fisiológica, para inspeccionar el lugar con la idea de aprovechar cualquier posibilidad de escapar. Pero sólo existía una ventana muy alta, casi pegada al techo, y daba además al costado donde estaban las postas. Regresamos y nos tiramos en las literas, a pensar, a meditar, queriendo penetrar en el futuro que nos aguardaba.
Por entonces había un optimismo enorme en cuanto a la pronta caída del régimen. Hacía sólo unas semanas que los Estados Unidos había roto relaciones con Cuba, y el presidente Eisenhower declaró "la penetración comunista occidental". Se tenía entonces la creencia de que no se toleraría un régimen marxista en el continente americano. Los analistas esgrimían como argumento los tratados de la OEA, la proximidad geográfica a Estados Unidos... Se daba por seguro que Castro no duraría muchas semanas más en el poder. Por otra parte, y eso sí era más razonable, la resistencia cubana se hacía más y más poderosa. Almacenes y fábricas eran pasto de los incendios, se multiplicaban las guerrillas en las montañas. Y los que se alzaban no eran los terratenientes, ni ex soldados de Batista, sino los mismos que lucharon junto a Castro para establecer la democracia. Al verse engañados volvían a tomar las armas. Uno de los más conocidos y legendarios jefes lo fue el capitán Osvaldo Ramírez.
El día 11 de enero de 1961 Castro envió un mensaje a Ramírez.
_Díganle a Osvaldo Ramírez que sabemos que es un idealista. Que le invito a que converse conmigo para demostrarle que la revolución no es comunista; y que le garantizo que si no se convence, tendrá plenas garantías para regresar a las montañas.
Pero el capitán Ramírez, que conocía a Castro muy bien, le respondió que aceptaba la conversación, pero con un cambio: que subiera él a las montañas y si no los convencía, le darían garantías para regresar. Castro se indignó y ordenó atacar.
Decenas de miles de milicianos, en la más gigantesca operación que se recuerda, cercaron las montañas del Escambray persiguiendo a los rebeldes.
Todas las noches, en todas las ciudades de la isla las bombas estremecían el aire. Tableteaban las metralletas y caían sin vida combatientes de uno y otro bando.
Muy temprano, aún sin aclarar, entró un grupo de oficiales para contarnos:
_¡Arriba... a formar aquí para recuento! _adormilados, nos fuimos alineando, envueltos en las frazadas, porque hacía frío a pesar de estar la barraca completamente cerrada.
Trajeron un tanque de aluminio y nos dieron un pan y un sorbo de café. Nos ordenaron recoger y nos sacaron de aquel dormitorio. El cielo seguía gris y opaco, las nubes, muy bajas, corrían empujadas por el viento del norte. Atravesamos una de las pistas. Batallones de milicianos estranando las boinas verdes marchaban y cantaban himnos revolucionarios, entre ellos "La internacional". De aquel campamento militar había escapado Batista la madrugada de un primero de enero, hacía escasamente dos años. Ahora marchaban las milicias y aguardaban cientos de presos políticos un destino incierto.
El primer grupo fue selecionado por listas que ya venían confeccionadas de la prisión. Y llegó el avión, un viejo C-46. Los guardias gritaban y amenazaban a los que subían; era una medida de coacción para atemorizarnos... más todavía.
Cuando el avión giró, una nube de polvo, papeles sucios y basura nos envolvió. Estábamos a un costado de la pista, entre las hierbas amarillentas y resecas. Era necesario esperar que el avión regresara para transportar un nuevo contingente de hombres. Aquel traslado era lento y lo suspendieron porque el avión tenían que usarlo para llevar un lote de ganado a la provincia de Camaguey. Estuvimos allí hasta el anochecer; esperábamos que nos regresaran nuevamente a la barraca. Espera inútil. Habría que permanecer allí, a la intemperie, de noche y con un frío que calaba los huesos. Los militares recibieron refuerzos y tiraron un cordon de guardias alrededor de nosotros. Sacamos las frazadas y nos agrupamos lo mas estrechamente posible para esperar el nuevo dia... La explosion de las bombas se escuchaba ratos.
En la madrugada descendio bastante la temperatura y entonces fue imposible dormir: tiritabamos de frio. Cuando por encima de las casas y las copas de lot arboles, al otro lado de las cercas, comenzo a aclarar, trajeron un poco de café y pan. El viento barría la pista grisácea, inclinando las hhierbas o arremolinando papeles. Con cuidado saqué el reloj y me lo coloqué en la muñeca; lo tapaba la manga del uniforme, pero además até un pañuelo en torno a él. Quizá en la otra cárcel pudiera usarlo.
Sólo quedábamos un grupo, no muy grando. Frente a los hangares se formaron los pelotones de milicianos e iniciaron los ejercicios de marcha. Pasaban muy cerca de nosotros y nos miraban de soslayo. Muchos de aquellos hombres que estaban enotonces dispuestos a pelear defendiendo la revolución, caerían combatiéndola o irían a las cárceles políticas,