CONTRA TODA ESPERANZA
por Armando Valladares
Capítulo 5
El año del paredón
La lucha del pueblo cubano tratando de que el comunismo no se consolidara se incrementaba día a día. Voraces incendios consumían grandes almacenes y tiendas de la capital. Cientos de hectáreas de sembradíosde caña de azúcar eran pasto de las llamas y las noches cubanas eran alumbradas por aquellos gigantescas hogueras. Las bombas demolían tendidos telefónicos y electrónicos y descarrilaban trenes; los enfrentamientos armados entre los patriotas y las fuerzas represivas, en la ciudad y en las montañas, eran constantes.
A medida que la resistencia aumentaba, también aumentaba el terror del Gobierno. Caían frente a los pelotones culpables e inocentes. En las montañas, cuando las tropas del Gobierno apresaban a los patriotas, éstos eran fusilados en el sitio de su captura, y los médicos forenses les abrían el abdomen para tratar de localizar al resto de la guerrilla guiándose por los alimentos que tuviesen en el estómago.
Castro había manifestado en el teatro de la
Confederación de Trabajadores de Cuba:
_Contestaremos a la violencia con la violencia. Por fin es
que nosotros no tenemos a Dios, pero tenemos una infantería que es la mejor del
mundo.
Juan Carlos Alvarez Aballí tuvo la fatalidad de ser detenido en su hogar en medio de aquel clima de violencia. Simplemente le dijeron que tenía que aclarar algo en la sede de la Policía Política. Estaba en mangas de camisa; cuando fue a ponerse una corbata y el saco, los militares le manifestaron que regresaría en menos de una hora, que no tenía que vestirse con elegancia. Besó a su esposa y a sus hijos. Estaba tranquilo, con esa confianza que da el saber que nada se ha hecho. Uno de los agentes, el más viejo, tuvo unas palabras para la esposa:
_No se preocupe señora, dentro de una hora a más tardar, yo mismo se lo traigo.
El cuñado de Alvarez Aballí había buscado refugio en una Embajada _estaba complicado en actividades conspirativas_. Esta era la única razón por la que Alvarez Aballí era detenido ahora. Ya que no podían echar mano al que estaba en la Embajada, al menos lo tendrían a él. Y allí estaba, en el patio de la prisión, esperando por un juicio injusto del que pensaba salir absuelto. Hasta que escuchó la petición del fiscal: le acusaba de estar conspirando con su cuñado, el que estaba asilado en la Embajada, y le pedía pena de muerte. Cuando leyó el documento, Alvarez Aballí se desplomó llorando y repitiendo que era inocente.
La tarde que lo llamaron a juicio estaba sereno y tenía puesta su fe en Dios. Con vehemencia y sinceridad conmovedoras contó al tribunal toda su vida, dedicada por entero a su trabajo y a su familia, alejado de cualquier actividad política. El abogado defensor, en un acto de valor, se atrevió a presentar una carta del cuñado, certificada por el embajador, en la que se hacía único culpable de una sustracción de armas y explicaba, con detalles, hechos que demostraban la inocencia de Alvarez Aballí. El tribunal rechazó rotundamente la carta de Juan Miristany y planteó que si éste salía de la Embajada y se entregaba a las autoridades, entonces cambiarían la sentencia.
Al día siguiente de finalizado el juicio fue conducido a las celdas para los condenados a muerte. Con él iba otro prisionero que tuvo mejor suerte y a quien sacaron de la celda unos minutos antes de que Alvarez Aballí fuera llevado al paredón. Nos contaba que frente a la muerte éste se creció, pasó todo el tiempo rezando y se despidió con un abrazo. Pero ni una sola lágrima asomó a sus ojos.
Cuando lo sacaron rumbo a los fosos, pasó frente a los retratos de Fidel y Raúl Castro y se detuvo un momento, exclamado:
_¡Y pensar que por estos dos miserables quedan cinco huérfanos!_ Y, colérico, se volvió hacia el teniente Manolito, jefe de la prisión, y le dijo:_Vamos, terminemos esto rápido.
Enrique Tellería era el jefe del pelotón. Cuando la descarga de fusiles atravesó el pecho de Juan Carlos Alvarez Aballí, Castro anunciaba en su discurso la partida de los primeros mil niños cubanos hacia la Unión Soviética para que estudiaran allá. Eran hijos de obreros y campesinos. Mientras tanto, los de Juan Carlos quedaban sin padre.
A todo lo largo de la isla los pelotones de fusilamiento no cesaban de ejecutar. Fue en aquellos días que el capitán Antonio Núñez Jiménez declaró que en lo adelante el año 1961, que había sido bautizado como "Año de la educación", se llamaría "Año del paredón". Y fue cierta su predicción.
Los condenados a muerte, al salir del juicio, no regresaban a las galeras. Eran conducidos a unas celdas pequeñitas, situadas al final de la galera 22, donde alojaban a los militares del Ejército revolucionario sancionados por robo, drogas y otros delitos comunes. Estos presos se mantenían separados de nosotros por el pequeño patio rodeado de altas verjas que constituía el rastrillo, lo que evitaba el contacto físico con los mismo; pero podían verse desde nuestro patio.
Los condenados a muerte eran confinados a aquellas celdas individuales, para llegar a las cuales tenían que pasar a todo lo largo de la galera de los presos comunes militares. En ese recorrido, acompañados de los escoltas, con las manos amarradas a la espalda, eran insultados y recibían toda clase de humillaciones por parte de aquellos delincuentes comunes, que buscaban, quizá, ganar mérito con la guarnición, o que canalizaban verdaderamente su odio contra los que se enfrentaban a la revolución que muchos de ellos apoyaban. Pero no solamente eran los pocos instantes del paso obligatorio por su galera los aprovechados por los delincuentes comunes para atropellar y vejar a los condenados a muerte. Había quienes los seguían hasta sus propias celdas, a las que tenían acceso, y allí continuaban ofendiéndolos, negándoles en sus últimas horas la paz y el recogimiento que les permitieran rezar, repasar sus vidas, meditar. Las autoridades no ocultaban su beneplácito con estos procedimientos, y cuando había prisioneros políticos en las celdas de la muerte, repartían bebidas alcohólicas a los delincuentes comunes para que entonaran "La internacional" y celebraran los triunfos de la revolución sobre los contrarrevolucionarios.
El respeto al hombre que va a morir por sus ideales sólo pueden tenerlo quienes creen en Dios, en una vida espiritual trascendente. Por eso ni les concedían la asistencia de un sacerdote, ni respetaban sus últimos momentos.
Muchos condenados a muerte, lejos de sentirse derrumbados o amedrentados por tanta maldad, respondían con arengas políticas y denunciaban al marxismo frente a aquella chusma.
Algunos se dirigían a las autoridades pidiéndoles que no toleraran que aquellos delincuentes continuaran frente a sus celdas insultándolos. Mas para ellos no había un ápice de conmiseración. Desde que salían maniatados de los tribunales rumbo a las celdas de la muerte, comenzaban las burlas de los escoltas. Los despojaban de los zapatos y se los tiraban a los delincuentes comunes, que se los disputaban tumultuosamente.
Cuando la escuadra de guardias los conducía al paredón de fusilamiento, al pasar por la galera 22, eran despedidos con gritos "Viva Fidel Castro, viva la revolución".
Desde que la camioneta con los componentes del pelotón de fusilamiento traspasaba la entrada que conduce a los fosos, se escuchaba el ruido inconfundible del motor en las galeras y en las celdas de los condenados, que sentían acercarse el momento decisivo. En las galeras comenzaba entonces el murmullo de las letanías del rosario. En las camas, los presos guardábamos un silencio opresor y angustioso, mezclado con la impotencia de no poder hacer absolutamente nada por impedir la muerte de quien hasta horas antes compartía con nosotros sus esperanzas, sus sueños, sus preocupaciones. Un cúmulo de imágenes y pensamientos se confundían en nuestras mentes en aquellos instantes: sus hijos huérfanos, la viuda, la madre transida de dolor. También nos asaltaba, estremeciéndonos, la idea de que aquel a quien aguardaba el pelotón podía ser uno mismo. Y de pronto me veía con las manos atadas, amordazado, bajar aquellos escalones, conducido al foso... unos oficiales me empujaban y me rodeaban con una cuerda por la cintura... levantaban los fusiles y un relámpago ensordecedor retumbaba por todos los fosos... Así me sucedería a mí... lo esperaba. Cada noche ensayaba aquel camino, lo veía en mi mente, conocía el recorrido de memoria, cada escalón, el madero...
Luego del tiro de gracia siempre sollozaba alguien. Hubo noches de diez y doce fusilados. Se escuchaba la reja del rastrillo y alguien que avanzaba a la puerta para ver al amigo y gritarle el último adiós. No se podía dormir en las galeras. Fue entonces cuando Dios comenzó a convertirse para mí en un compañero constante, y la perspectiva de la muerte en una puerta para la verdadera vida, en un paso de las tinieblas a la luz eterna.
Para los condenados no había un solo átomo de compasión, de respeto. Si el sentenciado no caminaba con la rapidez que deseaban los escoltas, la emprendían con él a culatazos, lo arrastraban como un fardo y lo amarraban al poste.
El golpe de los martillos clavando las cajas de madera era repetido por el eco de los fosos. Los cadáveres no eran entregados a los familiares para velarlos y acompañarlos al camposanto. Una furgoneta con un letrero del INRA (Instituto Nacional de Reforma Agraria) en la que iban un oficial de la Policía Política y varios militares, se los llevaba hasta el cementerio, donde eran enterrados en fosas comunes, en una parcela reservada a ese fin por el Ministerio del Interior en el cementerio de Colón. No dejaban una marca, una tarja, nada que sirviera para identificarlos. Los familiares no tenían siquiera el triste privilegio de saber dónde quedaban sepultados sus seres queridos.
Pero no sólo desaparecían cadáveres; algunos detenidos eran sometidos secretamente a los procesos de interrogatorio y, al terminar, eran llevados directamente de la sede de la Policía Política al paredón de fusilamiento. Eso podíamos verlo desde el fondo de las galeras. Estando en el patio vi, con un grupo de mis compañeros, cuando bajaban a un hombre amordazado y con las manos atadas a la espalda. Vestía de verde olivo. Lo fusilaron con prisa. No había salido de aquella prisión. No lo conocía nadie. Esto sucedía muchas veces: fusilados y enterrados secretamente.