CONTRA TODA ESPERANZA
por Armando Valladares
Capítulo 3
La visita
La primera visita fue en la mañana. Los hombres no podían visitar a los prisioneros. Sólo permitían la entrada de mujeres. Las requisas que hacían eran humillantes. Las desnudaban a todas, sin respetar ni aun las ancianas. Entre las mujeres que practicaban los registros estaban dos que protagonizaron varios escándalos: "La China" y "Mirta", dos lesbianas que se aprovechaban de la situación. Por mucho que mi madre y mi hermana quisieron ocultarme la verguenza y la indignación por la requisa que habían sufrido, no lograron hacerlo. Les prohibí que volvieran.
Todas las noches había fusilamientos. Los gritos de los patriotas de: "¡Viva Cristo el Rey!" "¡Abajo el comunismo!" estremecían los fosos centenarios de aquella fortaleza. Cuando escuchaba las descargas de fusilería el horror se apoderaba de mí, y me abrazaba a Cristo con desesperación. Yo había llegado a la cárcel con formación religiosa. Por aquel entonces mis creencias eran genuinas, pero probablemente superficiales, pues no habían sido sometidas a una dura prueba. Tenía y mantenía la religión que había aprendido en el hogar, en la escuela; pero era algo así como quien adquiere buenos modales, o las primeras lecturas. Sin embargo, aquella mínima cantidad de religiosidad había sido suficiente para señalarme como un enemigo de la revolución comunista, y estaba seguro que de alguna forma contribuyó a convencer a los de la Policía Política de que yo era un peligroso adversario, aunque en estado potencial.
Muy pronto comencé a experimentar una modificación sustancial en la naturaleza de mis creencias. En primer lugar, me abracé a Cristo, quizá por miedo a perder la vida, porque estaba en peligro de ser fusilado. Pero aquella forma de acercarme a El, aunque humana, me pareció incompleta, utilitaria. Sin embargo, cuando estremecido de dolor veía partir a aquellos jóvenes llenos de valor a morir frente a los paredones gritando "¡Viva Cristo el Rey!", comprendí, de pronto, como una revelación súbita, que Cristo no sólo servía para que yo le pidiera que no me mataran, sino también para darle a mi vida y a mi muerte, si llegaba a suceder, un sentido ético que las dignificara. Creo que fue en aquel momento, y no antes, cuando el cristianismo, además de ser una fe religiosa, se convirtió en una forma de vida que en mi particular circunstancia sólo podía concretarse en resistir, pero con el alma llena de amor y esperanza.
Aquellos gritos devinieron un símbolo. Ya en 1963 los condenados a muerte bajaban al paredón amordazados. Los carceleros temían a esos gritos. No toleraban en los que iban a morir ni siquiera una última exclamación viril. Aquel gesto de rebeldía, de desafío, en los instantes supremos; aquella demostración de valor y entereza de quienes morían gritando sus ideales, podía ser un mal ejemplo para los soldados: podía hacerles meditar.
Los reclutas que componían los pelotones de ejecución recibían una paga de cinco pesos y tres días de licencia por cada fusilado. Es costumbre, al menos en los países occidentales, por razones de conciencia, que los militares que fusilan no puedan tener nunca la certeza de que han matado a otro hombre. Para ello, de los seis fusiles uno está cargado con balas de salva. Los soldados los toman al azar; así nunca saben si la bala tiene o no proyectil. Esto es un alivio para sus conciencias. En Cuba no: todos los fusiles están cargados con balas.
Balbino Díaz y Robertico Cruz eran muy jóvenes. Los acusaban de haber disparado contra el entonces vocero del Gobierno, José Pardo Llada. Durante el juicio nada pudo probarse. Nadie los identificaba. En un momento del proceso, el abogado defensor se acercó al fiscal Flores Ibarra, a quien todo el pueblo conocía por el apodo de "Charco de sangre", pidiéndole que modificara sus conclusiones provisionales, pues era evidente que no había podido probarse la culpabilidad de los acusados. Flores le respondió:
_He recibido órdenes de fusilar de todas maneras, como una medida de profilaxis social. Si no lo hiciéramos, otros contrarrevolucionarios envalentonados desatarían una ola de atentados contra los dirigentes de la revolución.
Los milicianos Sergio Arenas y Alejandro Meneses, miembros del Tribunal, como eran analfabetos y no sabían firmar, estamparon sus huellas digitales en la sentencia. Balbino y Robertico fueron fusilados de inmediato.
El abogado defensor, doctor Acosta Mir, fue detenido al terminar el juicio y dejado en libertad más tarde, después de advertirle que no debía volver a defender contrarrevolucionarios.
El fusilamiento de Robertico y Balbino me afectó mucho, y me hice el propósito de no conocer a nadie más. En la prisión y en situaciones difíciles hay una necesidad de comunicación urgente con los demás. El amigo nuevo nos habla de su vida, de sus hijos, en la visita nos presenta a la familia. En sólo unos días se forjan grandes amistades, se establece un afecto y simpatías muy profundos. Pero, una tarde, a ese amigo entrañable lo llaman a juicio y no regresa, y en la noche es fusilado. Comprendí muy bien entonces la actitud de los más viejos, que no querían conocer a los que todavía no habían ido a juicio.
Jesús Carreras era uno de los jefes de las guerrillas contra la dictadura de Batista. Operaba en el Escambray, cordillera montañosa de la zona central de la isla. Su valor personal en los combates lo había convertido en un héroe legendario por aquellos lugares. Pero el comandante Carreras tampoco había combatido para la instauración de una dictadura más feroz mil veces que la que ayudó a derrocar. Y Castro lo envió a la cárcel, como a tantos otros oficiales; pero hacia los de alta graduación había un odio especial, como un ensañamiento. Carreras había tenido fricciones con el Che Guevara en plena guerra, porque no aceptaba la imposición de Castro de situar a un comunista como jefe del frente guerrillero del Escambray. Cuando el Che Guevara penetró en la zona rebelde que controlaba Carreras, éste estuvo a punto de matarlo. El Che y Castro nunca lo olvidaron. Hablamos con frecuencia porque vivíamos en el mismo grupo de literas, y me dijo que estaba seguro de que por aquello sería condenado a muerte.
Jesús Carreras fue fusilado después del comandante Clodomiro Miranda. Luego fusilaron a William Morgan _con éste se ensañó el jefe del pelotón y le disparó varios tiros de gracia_. Ya antes, pero en la provincia de Las Villas, caía frente a los pelotones de ejecución otro comandante que luchó junto a Castro: Porfirio Ramírez, presidente de la Federación Estudiantil de la Universidad Central.
Por los constantes fusilamientos, la prisión de La Cabaña se había convertido en la más terrible de todas las cárceles. Y para mantenernos bajo el terror, comenzaron las requisas de madrugada. Los pelotones, armados con barras de madera, cadenas, bayonetas y cuanto sirviera para golpear, irrumpían en las galeras gritando y pegando sin contemplaciones.
La orden que teníamos los presos era la de salir como estuviéramos. Se abrían las rejas y aquella turba enardecida de soldados entraba como tromba, repartiendo golpes a ciegas. Los presos, también como una tromba trataban de salir al patio. Pero en la puerta se formaba un nudo entre prisioneros y guardias que los golpeaban, pues todos no podíamos salir al mismo tiempo. Siempre, en esas requisas, el terro, la angustia, la confusión hacían presa de nosotros; se trataba de escapar endemne, aspiración casi imposible, porque afuera, en el patio, una doble hilera de guardias armados de fusiles con bayoneta calada se encargaba de que nadie dejara de recibir su ración de golpes.
Muchos salían a medio vestir, en calzoncillos, desnudos, con zapatos, descalzos. Cuando todos estábamos fuera arremetían contra nosotros y nos golpeaban con más saña. A medida que los guardias iban golpeando y gritando se enardecían, el rostro se les descomponía. Arriba, en la azotea, una fila de militares _mujeres inclusive_, fusil en mano, contemplaban el espectáculo. Entre ellos un grupo de oficiales y civiles de la Policía Política, que no faltaba nunca. El capitán Hernán F. Marks, un norteamericano, había sido nombrado por Fidel Castro jefe de la guarnición de La Cabaña y verdugo oficial. Era este hombre el que disparaba los tiros de gracia y el que dirigía las requisas. Cuando se emborrachaba, cosa que hacía muy frecuentemente, Hernán mandaba formar a la guarnición y en zafarrancho de combate se lanzaba contra los presos. El mismo llamaba a la prisión su "coto de caza". Otro de sus entretenimientos era pasear por las galeras y llamar a la reja a los que les pedían pena de muerte para preguntarles detrás de qué oreja querían que les disparara. Años más tarde volvió a su país, los Estados Unidos.
Cada amanecer, La Cabaña despertaba con una nueva interrogante: "¿A quién fusilarán hoy?"
Después del recuento de la mañana abrían las rejas y nos reuníamos en el patio, en la interminable cola para tomar el desayuno. El más joven de nuestro grupo era Carlos Alberto, todavía menor de edad, aunque en estatura nos sobrepasaba a todos. Carlos Alberto ser había casado muy joven y esposa, Linda, le había traído en la última visita a Gina, la hija de ambos, de sólo unos meses de nacida. Ya Carlos y yo habíamos hecho aquel intento de escapar en los calabozos de la Policía Política. La posibilidad y casi certeza de ser fusilados era una amenaza que pendía sobre nuestras cabezas. La familia de Carlos Alberto hacía gestiones para que, atendiendo a su edad, lo trasladaran a una cárcel de menores. Unos días después del juicio, fue llamado al rastrillo con sus pertenencias: lo destinaron a una prisión en las afueras de La Habana. A las pocas semanas, provisto de una segueta, cortó los barrotes de su celda y escapó. Logró entrar en la Embajada de Venezuela y, tras meses de presiones, el Gobierno cubano le permitió salir del país.
Carrión, Piñango, Boitel y yo celebramos con júbilo la huida de Carlos Alberto. ¡Uno menos en aquel infierno! Cuando, días antes, pensaba en Linda y en la bebita de pocos meses, no podía evitar que la angustia se apoderase de mi espíritu. Recordaba a Juan José, a Pedrito, a sus hijos pequeñitos con los que jugué en la visita y que a la semana siguiente ya eran niños huérfanos. Gina no sería una niña huérfana.
Normalmente no avisaban a los familiares de los fusilados, y era frecuente que en las visitas aparecieran las madres y las esposas con los niños preguntando por ellos. Se hacía entonces un silencio angustioso. Los presos se miraban unos a otros, como diciendo "dícelo tú". A veces, los familiares interpretaban aquel silencio y abrían los ojos con doloroso asombro y rompían a llorar... Cuando la madre de Julio Antonio Yedra conoció del fusilamiento de su hijo, con una entereza extraordinaria exclamó:
_Si la muerte de mi hijo fuera la última sangre que se derramara en esos paredones, aceptaría su muerte sin protestar.
Pero no sería la última. Miles y miles seguirían a Julio.
En una ocasión, cuando la esposa y la suegra de un fusilado llegaron al rastrillo, sin sospechar siquiera que su familiar estaba muerto, al chequear en las listas, aquel jefe de almacén, el del pelo recogido en cola de caballo, les gritó:
_A ese gusano lo fusilamos anoche, así que dígale a ésa (refiriéndose a la esposa embarazada) que se busque otro marido, o que si necesita un macho que me vea a mí.
No habían transcurrido todavía dos semanas desde mi detención cuando me llevaron a juicio. La mañana era fría y Manolito Villanueva me prestó su suéter. Fui esposado a la salida del rastrillo y dos militares armados de metralletas checas me flanquearon. Soplaba el viento norte y unos papeles se arremolinaban a mis pies:
_Andando...
Y echamos a andar. La calle que comienza a la salida del rastrillo era de adoquines, llevados desde España en épocas de la colonia y colocados por esclavos negros. Las botas de los militares golpeaban los bloques gastados por dos siglos de iniquidad. Una llovizna lenta comenzó a caer. Atravesamos los fosos y dejamos atrás la prisión. Volví la cabeza: la vieja pared enmohecida y las rejas de las galeras; a mi izquierda el poste de fusilamiento, un viejo madero rústico, detrás una pared de sacos de arena, algunos con huecos hechos por las balas que atravesaban de parte a parte los cuerpos. Al pie del madero, manchas de sangre y unas gallinas que picoteaban, quizás, los restos de masa encefálica de un fusilado la noche anterior. El norteamericano jefe de guarnición tenía un perro que llevaba con él a los fusilamientos para que lamiera la sangre de los cadáveres.
Llegamos a la última posta después de atravesar el foso de los laureles, una alameda de árboles frondosos; luego el extenso polígono por el que marchaban pelotones de guardias. En una de aquellas antiguas casitas de los oficiales habían instalado los Tribunales Revolucionarios. Entramos y me señalaron un cuartico pequeño, a la derecha. Dos sofás verdes y un aparato automático de Coca-cola era todo lo que había. Más tarde trajeron a dos mujeres vestidas con el uniforme de las presas. Una de ellas er Zoila; la otra, a la que veía por primera vez, era Inés María, una enfermera a la que habían detenido cuando ayudaba a Olver Obregón a ganar las montañas del Escambray para unirse a los alzados. Yo había sido incluido en aquel grupo. Originalmente la Policía Política pensó conformar con todos los detenidos aquella madrugada del 28 de diciembre de 1960, una sola causa. Luego cambiaron de idea y nos agruparon en cinco causas diferentes.