CONTRA TODA ESPERANZA
por Armando Valladares
Capítulo 2
La Cabaña
La fortaleza de La Cabaña había sido construida por los españoles sobre la colina de ese mismo nombre dos siglos atrás, a la salida de los ingleses de la Habana, para reforzar la protección del puerto. Cuando los ingleses tomaron La Habana en 1762 se apoderaron primero de esa colina. Por su ubicación se decía que quien dominase La Cabaña, era dueño de la ciudad. Desde el triunfo de la revolución la fortaleza fue convertida en prisión política y en sus fosos se llevaron a cabo las ejecuciones. Levantada sobre una loma al otro lado de la bahía, estaba, sin embargo, aislada. Grandes polígonos y terrenos la rodeaban. Radicaba allí la escuela de artillería.
Abrieron una puerta metálica, pequeña, y me mandaron entrar. Ya en el rastrillo puede ver el patio frente a las galeras y a cientos de presos que miraban con curiosidad a los recién llegados. Pasé a un departamento donde me ficharon. Luego al almacén. Aquí me despojaron de la ropa que traía _un traje nuevo_ y me entregaron el uniforme de preso con una "P" en la espalda. Prometieron devolverme el traje a mi familia en la primera visita, pero nunca lo hicieron. El jefe del almacén había sido un alzado de las guerrillas de Castro, ahora preso por un delito de robo a mano armada. Vivían estos delincuentes en una galera fuera del patio central que daba al rastrillo. Vestían todavía el uniforme verde olivo y éste usaba el pelo recogido en forma de cola de caballo, imitando a Raúl Castro. Odiaba a los presos políticos y no perdía ocasión de demostrarlo.
Y me vi de pronto en el patio, en medio de aquella multitud de prisioneros. No conocía a nadie. Me asignaron la galera 12 y a ella me dirigí. En la puerta, un preso joven, con gafas, tras las cuales brillaban con impaciencia sus ojos claros, se me quedó mirando, sonrió afable y me tendió la mano. Era Pedro Luis Boitel, dirigente estudiantil universitario. Combatió a Batista en la clandestinidad, y luego había logrado huir a Venezuela, de donde regresó a la caída del dictador. Me había reconocido por las fotos aparecidas en los periódicos. Fue la primera persona que conocí allí, y llegamos a ser grandes amigos, como hermanos.
Pedro Luis vivía en el centro de la galera, en una litera alta. Todas las camas estaban ocupadas. Había exceso de prisioneros. Las galeras eran como túneles ovalados, abiertos en sus extremos y daban al foso que circundaba la fortaleza. Estaban cerradas con dos rejas de gruesos barrotes, separadas por un metro de distancia. En las dos garitas del techo, escoltas con ametralladoras apuntaban siempre al patio, a los prisioneros, a las rejas de las galeras.
Esa misma tarde llegaron algunos presos de los que estaban conmigo en la jefatura de la Policía Política: Carlos Alberto Montaner, Alfredo Carrión, Néstor Piñango y otros. Conocían a Pedro Luis de la universidad y también fueron destinados a nuestra galera. La primera noche tuvimos que dormir en el suelo, entre cama y cama, y en los pasillos. Como el fondo de todas las galeras daba al norte, por la ventana enrejada entraba el viento frío. No había frazadas suficientes y nos helábamos.
Al día siguiente logramos avisar a nuestras familias que permitirían visita.
Ulises y Julio Yebra habían sido detenidos la misma madrugada que yo. También aparecían en las fotos. Julio Antonio era médico y de un valor temerario. En el registro efectuado en su casa le habían encontrado un viejo fusil calibre 22. Solamente eso. La policía Política dedujo que si él tenía un fusil era para agredir a alguien. Por las relaciones que Julio Antonio tenía dentro del Gobierno, por su nivel como profesional, no se trataría de atentar contra un soldado de filas o un simple y desconocido miliciano. Debía ser alguien importante, un dirigente de la revolución. Y de los dirigentes, ¿quién más importante que Fidel Castro? Por este razonamiento Julio fue acusado de tener un fusil para atentar contra Fidel Castro, y lo condenaron a muerte.
En épocas del dictador Batista, Armando Hart, uno de los jefes del Movimiento 26 de julio y actual ministro de Cultura de Cuba, había sido encarcelado junto con su esposa Haydée Santamaría, la tercera figura femenina del régimen, que ocupó la dirección de la Casa de las Américas, y que años más tarde, el 26 de julio de 1980, decepcionada del sistema que ayudó a implantar, se suicidó. Julio, en una acción valerosa, contribuyó a rescatar a Armando Hart de las manos de la Policía batistiana cuando le celebraron juicio en la Audiencia de La Habana. Ahora Julio era el que estaba preso y la madre tocó a las puertas de Armando Hart y de Haydée. Era la hora de la lealtad, pero se negaron rotundamente a interceder por el hombre que les había salvado la vida. Más que eso, Haydée escribió una carta acusando a Julio de supuestas manifestaciones contra Castro y señalando que nunca le había resultado persona de fiar.
Julio Antonio fue juzgado por la Ley número 5 de 1961, la cual entró en vigor cinco días después que él había sido detenido. Se la aplicaron con efecto retroactivo. El juicio comenzó en la madrugada. A las 12 del día siguiente se suspendió para continuarlo dos horas después. Julio regresó a su galera y dirigiéndose a uno del grupo le dijo:
_Quiero que abras esa lata de peras en conseva que guardas ahí y un vaso de leche. Es lo único que comeré en esta tierra, pues esta noche estaré bien lejos de aquí, cerca de Dios.
Muchos quisieron darle apoyo con frases de consuelo y él, con afable sencillez y tranquilidad, les repitió:
_Sí, voy a estar cerca de Dios esta noche.
Escribió varias cartas. A las 2 de la tarde se lo llevaron de nuevo a juicio. Julio no regresó del tribunal a la galera. Lo dejaron en las capillas para los condenados a muerte. Cuentan que en el juicio se portó con la misma valentía con que vivió siempre. A las nueve se acostumbraba rezae en grupo por todas las galeras _la fe en momentos difíciles_. El ruido de un motor se dejó escuchar. Se hizo un silencio total. Era el camión que llevaba la caja para el cadáver. Luego se escuchó el motor de un jeep que transportaba al preso y algunas voces. Por una larga escalera de piedra se bajaba al foso. A unos metros de la pared había un madero al que ataban al condenado. Antes de que lo amarraran, Julio dio la mano a cada uno de los guardias que componían al pelotón y les dijo que los perdonaba.
_¡PELOTON ATENCION...!
_APUNTEN... ¡FUEGO!
_¡ABAJO EL COMU...! _el grito de Julio quedó inconcluso. No fue una descarga cerrada, sino que dispararon en desorden, no al unísono. Luego el golpe del tiro de gracia de la oreja. Jamás olvidaré ese único sonido mortal.
En la prisión el silencio era denso, dramático. Y comenzó a escucharse el ruido de los martillos clavando la rústica caja de pino.
Desde nuestra galera nada podía verse, pero todo se escuchaba. Imaginaba la escena: el preso atado frente a los fusileros, luego el derrumbamiento del cuerpo agonizante, con el pecho roto por las balas...
_¡Que Dios lo reciba en sus brazos! _exclamó alguien, y Ulises, sin poder contenerse más, rompió a llorar... Eran primos.
Al día siguiente Pedro Luis, Villanueva y otros más se declararon en huelga de hambre protestando por los fusilamientos. Fueron sacados del patio y llevados a las capillas. Allí estaba Clodomiro Miranda, el ex comandante del Ejército de Fidel Castro. Clodomiro se había alzado en las montañas de la provincia de Pinar del Río, la más occidental de Cuba. Había ganado los grados de comandante y se había batido con valor defendiendo la libertad. Sin ser un hombre de mucha cultura había comprendido que el curso de la revolución no era el que había prometido Castro, y viendo la traición empuñó de nuevo el fusil y se marchó otra vez a las montañas. Castro ordenó cazarlo y se levantaron contra él miles de milicianos. Fue herido en combate. Cuando lo capturaron tenía las piernas destrozadas a tiros, y otros balazos en un brazo y en un costado. Lo llevaron a juicio en una camilla y, cuando lo condenaron a muerte, lo sacaron del Hospital Militar y lo metieron en aquellas celdas inmundas, sin cama. Clodomiro no podía pararse, se arrastraba por el piso sucio. Las heridas sin atención se infectaron y llenaron de gusanos. Así lo vieron Pedro Luis y Manuel Villanueva. Fueron los últimos presos que hablaron con él.
En camilla también bajaron a Clodomiro para fusilarlo. La escalera que desciende a los fosos está pegada a la pared por un lado; por el otro no hay ni siquiera un pasamano o barandilla de seguridad. Los escalones bicentenarios, de piedras gastadas por generaciones de esclavos y presos, se ven desde las últimas galeras. La comitiva de guardias que transportaba a Clodomiro se bamboleaba. Ya casi llegando al suelo uno de ellos resbaló; las manos soltaron la camilla buscando un asidero y Clodomiro cayó sobre sus piernas rotas, golpeándose con los escalones.
Un guardia nos contó que trataron de amarrarlo al poste, pero no podía sostenerse en pie. Tuvieron que fusilarlo en el suelo, mientras gritaba:
_¡Abajo el comunismo...!
Clodomiro fue quizá el único fusilado que ya estaba siendo devorado por los gusanos antes de morir.